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domingo, 27 de julio de 2014

Las ventajas de ser un marginado. 'Love Always'.


Querido amigo:

La vida da muchas vueltas. Es algo que he podido comprobar a lo largo de mis años, numerosas veces, como un eterno patrón repetitivo. Recuerdo que alguien una vez me comparó la vida con una rueda, y en ese momento pensé que se estaba burlando de mí, pero ahora me doy cuenta de que es verdad. Tenía razón. Pisamos sobre ya pisado, rozamos los mismos baches una y otra vez, pero ese es el encanto de estar vivo, el encanto de ser humano. Equivocarse y creer aprender hasta que te equivocas de nuevo.
Sí, la vida da muchas vueltas. Un día vas en la parte de atrás de una furgoneta, escuchando una canción que te parece perfecta para un momento perfecto, y, aunque sientes que te queda toda la vida por delante, podrías quedarte en ese segundo para siempre, durante un tiempo eterno, infinito. Y, casi veinte años después, escuchas la misma canción mientras conduces tu coche nuevo, con la máquina de escribir apoyada en el asiento vacío del copiloto, y te das cuenta de que ha pasado el tiempo y tú, al igual que el resto de tu vida, has cambiado, aunque ese chico, infinito adolescente, creyó que seguiría siendo el mismo durante mucho tiempo.
Cumplí mi sueño. Escribí. He escrito varios libros durante estos años, libros en los que no solo podía meterme en la piel del personaje, sino que era el personaje. Yo lo manejaba. Yo decidía sus decisiones. He descubierto que un escritor no es el que escribe, sino el que te lleva en un descapotable de páginas llenas de tinta a mundos en los que los niños corren descalzos por calles empedradas o jóvenes trovadores cantan bajo la ventana de doncellas en busca de amor. El escritor no es el que escribe, sino el que crea. Cualquiera puede escribir, pero no cualquiera puede ser escritor. Espero serlo yo. Y espero que leer que escribo te haga sentir tan orgulloso como yo lo estoy de mí mismo.
Nunca pensé que llegaría a estar tan orgulloso de mí que podría explotar y todo lo que saldría de mí sería eso, orgullo, satisfacción, alegría. Pero lo estoy. Lo estoy de verdad.
¿Por qué escribo de nuevo?
En mi última carta te dije que no podía decidir de dónde venía, pero sí hacia dónde quería ir. Y lo sabía. En ese momento sabía que quería salir, correr, vivir, montarme en la parte de atrás de furgonetas y gritar lo infinito que me sentía. Quería amar. Pero todo eso no es un lugar. Me recuerdo confuso. Amé, viví. Me gradué con unas notas que sorprendieron, a mí el primero, y después a mis padres. Sam venía a visitarme casi cada fin de semana, con locas historias sobre su vida de universitaria, y yo escuché todas y cada una de sus palabras. Continuamos siendo amigos. Patrick, Sam y yo. No me avergüenza decir que mi último año de instituto fue peor que el año que conocí a Sam y a Patrick. Las fiestas, el alcohol, las drogas. Las chicas. Y me arrepiento de muchas de las cosas que hice entonces.
He oído a mucha gente decir que debes vivir tu vida sin arrepentirte de nada de lo que has hecho en el pasado, pero eso es una tontería. Arrepentirse es humano. ¿Dónde está sino el aprendizaje? ¿Dónde queda? Arrepentirse es sano, tanto como una de esas infinitas dietas saludables que mi hermana sigue haciendo. Así que sí, me arrepiento de muchas de las cosas que hice con dieciocho años. Y con dieciséis. Y con quince. Pero durante esos años también viví algunas de las mejores experiencias de m vida. Y esas no las cambio.
La vida no se detiene, sigue su curso, pero los recuerdos permanecen, y quizá sean lo único que nos ancla a quiénes éramos. Una vez que creces, que pasas las treintena, miras atrás y te preguntas dónde quedó el niño que disfrutaba con las cosas más nimias. Dónde está. Por qué ya no disfrutas leyendo los libros que leías entonces, por qué ya no te ilusionas igual. Y te da pena y lástima de ti mismo, pero qué más da, estás madurando. Eres adulto y sientes pasión por otras cosas. Pero no es comparable, y es una lástima.
Pero un día, repito, escuchas una canción. La primera nota. Y un escalofrío te recorre el cuerpo. Y de repente, ya no llevas traje y corbata. No acabas de regresar de una entrevista con una editorial que está barajando publicar tu próximo libro. No tienes barba en las mejillas y las primeras arrugas alrededor de los ojos. Un anillo no adorna tu dedo.
De repente, vuelves a tener quince años y acabas de beber tu primera copa. Vuelves a tener quince años y sientes la brisa en tu cara suave, el aire nocturno azotarte la cara. Subes el volumen de la música y las notas llenan el coche, salvo que ya no estás en ese coche, sino años atrás, en una furgoneta azul, gritando.
Quizá ese recuerdo fuese la razón por la que cogí papel y bolígrafo y empecé a escribirte de nuevo. Y me gustaría contártelo todo. Contarte cómo está Sam, cómo está Patrick. Mi antiguo profesor, Bill. Me gustaría, de verdad. Y también me gustaría hablarte de mí. De cómo estoy. Y de cómo las cosas, al final, acabaron bien para todos.
Fui al psicólogo el resto de años del instituto, hasta que comprendí dónde estaba mi problema. No le guardo rencor a mi tía Helen, incluso después de entender lo que me hacía. Nunca la imaginé como alguien malvado, o alguien que buscaba aprovecharse del niño que era. Simplemente, creo que ella tuvo muy mala suerte en la vida. No era una mala persona, sino una buena persona a la que la vida había golpeado y le había hecho confundir cosas, entre ellas el cariño que me tenía con algo más. No voy a decir que ahora, con más de treinta años, entienda lo que hizo. Pero al menos, no la castigo.
En cuanto me gradué, empecé a escribir con la máquina que Sam y Patrick me habían regalado. Tocar las teclas, sentir mis historias fluir más allá de mis dedos, verlas recogidas en un papel, me hacía sentir completo. Así que, cuando acabé mi primer libro, no podía creérmelo. Tenía ahí, en mis manos, mi historia. Mis personajes. Yo mismo reflejado en esas letras. Yo era esa tinta.
Sam leyó mi primer borrador. Creo que le gustó, porque me instó a no dejar de escribir. Todo lo que Sam me decía eran halagos, tantos que dejé de creérmelos.
Es algo extraño. Un halago siempre está bien. A todo el mundo le gusta que le digan que está especialmente guapo o que escribe especialmente bien. El problema está en el momento en el que una persona te repite algo siempre. Empiezas a creer que es subjetivo, que es solo su opinión. Que para el resto, eres invisible. Empiezas a creer que lo que esa persona te dice es una completa mentira. Y no te lo crees. Incluso cuando otra persona te dice exactamente lo mismo. Para ti, esa construcción de frases aparece en tu mente rodeado con un gran círculo rojo que chilla ‘mentira’.
Eso me pasó con Sam. Me repetía constantemente que escribía tan bien que le había hecho llorar, que tenía un don. Pero nunca llegué a creérmelo. Quizá pensaba que Sam solo quería contentarme y no destruir mis sueños. Desconfié de su palabra. Así que le envié el manuscrito a Bill, que vivía en Nueva York con su novia.
La respuesta de Bill: ‘es maravilloso, Charlie. No sé si alguna editorial verá lo bueno que es o lo descartarán por no ser de su gusto, pero no dejes que eso te derrumbe. Es muy bueno. Es intenso. Y lo mejor es que se nota que es tuyo, porque formas parte de él. Nunca dejes de escribir, Charlie. Eres las historias que creas’.
Cuando dos opiniones te dicen lo mismo, empiezas a preguntarte si es cierto lo que dicen, pero sigue sin parecerte suficiente. Hay millones de personas en el mundo; dos de ellas pueden pensar igual, pero queda el resto del planeta que puede tener una opinión completamente distinta. Así que le envié mi libro a Patrick, a mi hermana, a mi hermano y a la novia de mi hermano. Todos me dijeron que era maravilloso.
Así que ignoré mi lógica pesimista y, sobre la crítica de seis de mis conocidos, envié el libro a siete editoriales distintas.
Ninguna de ellas lo aceptó.
No sé si alguna vez te has sentido así. Poner todas tus esperanzas en algo que crees que es maravilloso, que crees que es perfecto, tu mayor logro, y de repente estamparte contra una pared que te dice las tres palabras fatales: ‘NO. ES. SUFICIENTE’.
Yo llevaba la opinión de seis personas, más la mía propia. Sabía que era bueno. Bill había leído cosas maravillosas. Yo mismo he leído cosas maravillosas. Y mi libro no era una obra maestra, pero era bueno. Como comprenderás, el golpe fue destructivo.
Me negué a seguir escribiendo, a pesar de lo que todos de decían. Guardé mi máquina de escribir bajo cajas de zapatos, dejándola a merced del polvo.
Pero una visita de Sam lo cambió todo. Sacó la máquina del armario y la colocó sobre mis rodillas.
‘Escribe’, me pidió.
Me negué.
‘Escribe, Charlie’.
No.
‘ESCRIBE’.
Colocó mis dedos sobre las teclas de la máquina y presionó.
‘Eres mi mejor amigo’, escribimos. ‘Te quiero, y sé que eres bueno. Escribe’.
Me giré y la miré a los ojos, esos ojos que siempre me habían parecido preciosos. Supe que estaba siendo sincera. Supe que todo lo que me decía era cierto. Supe que solo tenía que apartar sus manos y dejar que mis dedos hiciesen el resto.
Así que escribí sobre sus ojos. Dos enormes lagunas de agua cristalina que el viento azotaba cuando reía. Dos estanques en calma cuando leía. Y dos trozos de océano en los cuáles se reflejaba la luna cuando escuchaba su canción favorita. Escribí sobre sus ojos, bajo su atenta mirada. No sé cómo eran sus ojos en aquel momento, pero no dejé de escribir.
Y se lo agradezco, veinte años más tarde.
Estoy casado. Y no es con Sam. Cada uno de nosotros hemos hecho nuestra vida por separado, pero seguimos siendo amigos. Mejores amigos. Seguimos quedando para tomar agrios cafés en el mismo sitio de siempre. Seguimos hablando casi diariamente. Los tres. Sam, Patrick y yo.
Cuando cumplí los veinticinco años, Sam y Patrick me hicieron una fiesta sorpresa en el sótano de la casa de los padres de Sam y Patrick. Ese sótano en el que tantas cosas viví. Fueron ellos los que se encargaron de todo, y les doy las gracias. Esa noche conocí a la que sería la mujer de mi vida y con la que compartiría algunos de los momentos más hermosos de toda ella. Su nombre es Alison y es preciosa. Ama leer. Ama leer mis historias. Podría hablar con ella durante horas y nunca cansarme de su voz, porque siempre es diferente su manera de contar las cosas. Sus rasgos cambian. Muchas veces se lo he dicho. Habla con la cara más que con la boca, y a mí me parece hermoso. Ella me dio mis primeras veces, y lo considero un regalo. Adora a mis amigos, adora a mi familia, y es recíproco. Y eso para mí es lo más importante.
Así que aquí estoy. Si tuviese que contarte toda mi vida, los veinte años que han pasado, te enviaría un manuscrito enorme. Pero todos hemos crecido, todos tenemos cosas más importantes por las que preocuparnos. Y está bien. Pero también es genial volver a tener quince años, y así es como me siento escribiendo ahora. No es la misma casa, no es la misma habitación y no es la misma mesa. Pero sigo siendo yo, y espero que tú sigas siendo tú.
No sé si alguna vez te llegaron mis cartas. Y tampoco sé si esta te llegará. De verdad espero que sí. Escribir me hace sentir bien, y mejor saber que alguien te lee. Pero escribir a alguien es diferente. Es querer llegar a un corazón en especial, es querer ahondar en una única persona. Y es mucho más difícil, pero el resultado es mucho más satisfactorio. Por eso espero que me leas.
Solo quiero que sepas que todo va bien. He vivido y sigo viviendo. He amado y sigo amando. He aprendido y sigo aprendiendo. Y no he olvidado el pasado. Sigue aquí, en mi cabeza. Y en las innumerables cartas que te envié. Quiero que sepas que mi cabeza está bien, que yo estoy bien, que todos estamos bien. Sam está preciosa, más cada día. Me gustaría que la vieses. Lleva el pelo más corto y viste más adulta, pero sigue siendo la misma Sam. Alocada, dispuesta a todo. Creo que es la única de todos que ha crecido por fuera pero no por dentro. Patrick trabaja en una agencia matrimonial y es experto en bodas gays. Por cierto, ahora tiene una relación mucho más seria con un chico que conoció en la universidad, que no se avergüenza de él y que le quiere. Y a mí me vale. Mi hermana ha tenido dos gemelos que son tan diferentes entre sí que asusta, pero es feliz. A veces, piensa en aquella vez que abortó y se arrepiente de haberlo hecho, pero como he dicho, somos humanos, y arrepentirse es parte del camino. Y mi hermana lo sabe. Ahora es feliz, y eso es fantástico. En cuanto a mi hermano, es una estrella del fútbol. Lleva ya sus años con la misma novia que ha tenido siempre y vive una vida modesta llena de pequeños caprichos. Como el coche nuevo que le acaba de regalar a su hermano pequeño.
Bill escribe críticas literarias en el New York Times. Alguna vez ha escrito algo sobre mis libros, y siempre le agradezco sus buenas palabras. No deja de ser mi profesor, mi maestro y un segundo padre para mí.
En cuanto a mí, bueno. Tengo una casa pequeña en la misma ciudad en la que nací. Me dedico a escribir y eso me hace feliz y hace feliz a mi familia. Alguien me dijo una vez que los libros no dan de comer, pero a mí y a los míos sí, y es maravilloso poder vivir de tu sueño. Alison es todo lo que podría desear, y no puedo pensar en una vida mejor que la que tengo ahora. Con todos los errores y arrepentimientos del pasado. Con todo lo que me queda por vivir. Con los días malos, con los días buenos.
Ahora te escribo como si estuviese escribiendo mi próximo libro, pero eres real. Tú no eres solo el personaje precioso y perfecto de un libro. No eres solo un ‘querido amigo’ escrito al principio de unas cartas, ni letras sobre el papel. No eres solo una creación. Eres un conjunto de personas, esparcidas por todo el mundo, que son como tú, como yo. Que se sienten perdidos, que desconocen y aprenden cosas, que sufren, que se enamoran, que tienen amigos, que los pierden, que se sienten marginados o que forman parte de algo. Eres todas esas personas.
Lo sabes todo de mí y yo no sé nada de ti aparte de tu dirección, que no sé si sigue siendo la tuya, pero eres más que eso. No sé si has llegado al final de esta carta o si la has tirado a la mitad. No sé siquiera si has llegado a leerla. En cualquier caso, está bien. Existes, eres real. Compartimos pasado y papel.
Espero que tu vida haya sido maravillosa. De verdad espero que así sea. Espero que hayas vivido, amado, leído, escrito, equivocado y aprendido, y que sigas haciéndolo. Espero que seas feliz. No puedo decirte que hagas que tu vida sea maravillosa, vacía de arrepentimientos, porque todos los tenemos. Quien dijo eso, no tenía ni idea de vivir. Pero sí puedo decirte algo.
No sé si leerás esta carta. Pero algún día, cuando escuches esa canción que escuchabas de adolescente, cuando visites alguno de esos lugares en lo que te gustaba relajarte, cuando pises el suelo de tu antiguo instituto, no continúes. Para un segundo y trae de vuelta a la persona que eras entonces. Deja que se extienda por tu cuerpo, por tus dedos. Deja que te llene. No dejes que el niño que fuiste se marche del todo. Así, cuando ese segundo pase y vuelvas a ser tú, sonrías, eches la mirada atrás y te des cuenta de que tu vida, con sus más y sus menos, ha sido increíble.
Y una cosa más: SÉ INFINITO.
Con cariño siempre,
Charlie. 

martes, 22 de julio de 2014

Harry Potter. 'Obliviate'.


-      ¿Quieres estarte quieto?
Ron soltó el pequeño bolsito de cuentas en el suelo, pasándose una mano por el pelo rojo empapado de sudor. Australia había colocado un sol abrasador sobre sus cabezas aquella mañana.
-      Lo que todavía no entiendo – soltó Ron Weasley, apartándose el sudor de los ojos – es por qué no utilizamos un hechizo localizador.
Hermione sonrió, ocultándose tras una cortina de pelo castaño, aún enmarañado. Cerró la botella de agua que había estado bebiendo y, recogiendo el bolso del suelo, la metió en él, escuchando cómo golpeaba contra los libros.
-      ¿Dónde estaría la magia, Ronald?
-      ¿No me estás escuchando? Te digo que usemos un hechizo localizador…
La chica golpeó a su compañero de vieja con el codo. Sentía la varita golpear la parte baja de su espalda, metida en el bolsillo trasero de su pantalón. Podría usar un hechizo localizador si tuviese algo que utilizar. Una prenda de ropa, algún recuerdo, alguna foto, algo. Pero lo había dejado todo atrás por seguridad antes de embarcarse en un viaje del que no tenía muchas esperanzas de volver.
A su lado, Ron daba vueltas a la varita entre los dedos, con la mirada clavada en el suelo. Justo después de la batalla de Hogwarts, Ron había pasado un par de semanas en San Mungo, donde le habían advertido de que haber destruido Horrocruxes le dejaría secuelas. Todavía se despertaba entre noche sintiendo ardor en los dedos allí donde había  sujetado la espada de Gryffindor para destruir el guardapelo, un fuego que ni siquiera el agua fría conseguía calmar, y el dolor le ponía histérico. Las imágenes que Voldemort le había mostrado, sus miedos, se manifestaban ante sus ojos de nuevo y ya no podía volver a dormir o descansar durante el día.
Pero Hermione siempre estaba allí, apareciéndose a su lado cada vez que Ron la necesitaba. Y viceversa, porque la guerra entre magos y mortífagos también había dejado secuelas en la muchacha.
Nadie podía decir que Hermione Granger no era valiente, pero desde la segunda batalla que se había vivido en Hogwarts, después de haber visto morir a muchos de sus compañeros, se había acostumbrado a vivir con miedo. No esa clase de miedo que te deja paralizado, como tener miedo a las alturas y desmayarte cada vez que llegas a un sitio alto. Era el miedo a cruzar la esquina y no tener preparado un hechizo para un posible atacante. Era el miedo a llegar a Grimmauld Place, donde vivía con Harry Potter, y descubrir a un mortífago escondido en las sombras. Era el miedo a la oscuridad cada vez que alguien apagaba la luz.
Quizá por eso Hermione dormía siempre con una luz encendida y su habitación siempre estaba iluminada. Quizá por eso Ron le había dejado el iluminador de Dumbledore, a pesar de que él también sentía miedo en ocasiones.
Ambos se habían apoyado en Harry, que parecía el más cuerdo de los tres. Sin embargo, el joven mago también se había despertado muchas noches gritando, cubierto de sudor. Hermione había sido siempre la que había corrido hacia su habitación, con la varita en la mano, preocupada por su amigo. La pregunta siempre era la misma: ‘¿te vuelve a doler?’. Y la respuesta, también igual: ‘no, tranquila’. Esa negativa no solo significaba que la característica cicatriz en forma de rayo no le dolía, sino que significaba que Lord Voldemort seguía muerto y que podían estar tranquilos.
-      ¿Por qué los enviaste a Australia? – bufó Ron, guardándose la varita en el bolsillo trasero de las bermudas -. ¿No te gustaba, no sé, Noruega?
-      Fue lo primero que me vino a la cabeza – respondió Hermione, consultando el mapa.
Ron se colocó a su lado, dejando que sus brazos desnudos rozasen. Hermione le miró por el rabillo del ojo. Durante el último año, se había dejado crecer el pelo, que tapaba su frente y sobresalía tras sus orejas, de un naranja Weasley cada vez más intenso, y parecía mucho más alto.
Ron le arrancó el mapa de las manos, frotándose la nariz mientras lo colocaba delante de sus ojos.
-      Mira, la calle Scarbrough está dos calles más a la derecha.
-      No – gruñó Hermione, colgándose de su brazo para recuperarlo -, está dos calles a la izquierda.
-      Hermione, está aquí marcado.
-      Ronald… Tienes el mapa al revés. Scarbrough está dos calles a la izquierda.
Ron la miró entrecerrando los ojos y apretando los labios en una fina línea, volviendo la vista al mapa de reojo y dándole la vuelta con disimulo. Hermione sonrió.
-      Lo que yo decía – continuó Ron, pasándose una mano por el pelo -. Dos calles a la izquierda.
Ron se guardó el mapa en el bolsillo trasero del pantalón, tapando la varita. Caminaban por una calle muy transitada por muggles de un montón de nacionalidades diferentes. Ellos mismos podrían pasar por dos turistas adolescentes completamente normales, pero un par de ojos curiosos podrían fijarse y ver la forma cilíndrica de la varita de mago en el pantalón, o la cantidad de cosas que Hermione sacaba del diminuto bolsillo de cuentas. Pero si Hermione había elegido ese pueblo, había sido precisamente porque no era una comunidad reconocida de magos, lo que significaba que había muy pocas posibilidades de que alguien los reconociese. En cualquier caso, el archiconocido Harry Potter no iba con ellos, así que eran dos personas más entre el gentío.
-      ¿Qué vas a hacer cuando los veas? – preguntó Ron, rascándose justo por encima del codo.
-      No lo sé – contestó Hermione, y el temor le atenazó el estómago por primera vez desde que había empezado su búsqueda -. ¿Improvisar, supongo?
-      Por las barbas de Merlín – masculló Ron, llevándose una mano a la cabeza -. ¿Estoy oyendo a Hermione Granger decir ‘supongo’?
-      Eres idiota.
Ron soltó una carcajada y le pasó un brazo por los hombros, atrayéndola hacia sí.
-      Lo harás bien, Hermione. Siempre lo haces bien.
Hermione se sonrojó, disimulando una sonrisa. De entre todas las cosas que podía agradecerle a Ronald Weasley, la confianza ciega era una de ellas. No había persona sobre la faz de la Tierra que confiase más en su cerebro, en su ingenio y en su magia más que Ron. Y eso la hacía sentirse segura de sí misma, serena. Como en ese momento.
Hermione se detuvo en la entrada de la calle Scarbrough, dirigiendo la mirada hacia el cartel colocado en la fachada de ladrillos rojos. Las letras estaban pintadas de un potente color granate, tan oscuro que casi parecía negro. La calle estaba repleta de casas de fachada roja y puerta blanca, rodeadas de un jardín de césped de un verde brillante y vallas blancas. Parecían casas de cuento, nada comparada a la destartalada Madriguera o a la oculta mansión de los Black en la que Hermione había pasado el último año.
Por una parte, se sintió orgullosa de haber pensado en ese lugar de ensueño cuando lanzó el hechizo, pero, en la otra cara de la moneda, aparecieron los nervios, el miedo y las ganas de marcharse de allí y olvidar aquel viaje. De todas formas, había sido precisamente el olvido lo que la había llevado allí en primer lugar.
-      ¿Vamos? – ofreció Ron, tendiéndole la mano.
Hermione entrelazó sus dedos con los del muchacho, dejando que él tirase levemente de ella y la arrastrase por la calle.
Los ojos de Ron observaban todo a su alrededor con curiosidad, más preocupado por encontrar algún indicio de magia que por encontrar lo que realmente estaban buscando. Tenía la varita preparada, la corta varita de Colagusano que aún seguía manteniendo, y no era precisamente malo a la hora de lanzar hechizos a diestro y siniestro. Había tenido tiempo para practicar y, bajo la insistencia de Hermione, estudiar hechizos de ataque no mortales. La varita de la que había sido su rata durante tantos años y la rata de su familia durante algunos más había acabado por convertirse en una extensión más de su brazo.
De repente, Hermione se quedó congelada en mitad de la calle, incapaz de avanzar más. Ron la miró, preocupado, sacando la varita del bolsillo casi con furia.
-      ¿Herm…?
Pero la chica lo arrastró hacia un callejón entre dos de las casas, tirando se su camiseta desteñida y sin mangas de los Chudley Cannons. Una vez allí, Hermione se apoyó contra la pared, tomando aire con dificultad. Ron se colocó delante de ella, en posición defensiva, con la varita preparada y un torrente de hechizos a punto de salirle por la boca. Solo necesitaba un indicio. El movimiento de una capa negra, un rayo verde que pasase rozándolos o el susurro de una maldición.
-      ¿Qué has visto? – gritó Ron, sin mirar a su compañera -. ¿Dónde?
Hermione colocó una mano en su brazo y lo obligó a girarse para mirarla. La chica tenía los ojos empañados y le temblaba en labio inferior, pero no parecía asustada. Además, su varita permanecía en el bolsillo. Ron se acercó a ella, sin guardar la suya, y le acarició la mejilla, preocupado.
-      ¿Qué has visto? – repitió, en apenas un susurro esta vez.
-      Eran… Bueno, los he encontrado.
La chica se asomó de nuevo a la calle principal, bajo la atenta mirada del muchacho. Justo enfrente del callejón, en una casita con el jardín perfectamente cuidado, había un hombre de mediana edad, con el pelo entrecano bajo un sombrero de paja que leía el periódico sentado en una silla plegable de madera oscura. Hermione había visto muchas veces esa expresión de concentración. Los ojos entrecerrados, rodeados de pequeñas arrugas, el dedo meñique sobre el labio inferior. Era la misma cara que había visto por las noches antes de irse a la cama o en la consulta, cuando tenía que revisarse la dentadura, durante diecisiete años. Esas cosas no podría olvidarlas ni con un millón de hechizos.
-      ¿Es él? – preguntó Ron, con una mano en la parte baja de la espalda de Hermione.
La muchacha asintió. Ver a su padre había sido mucho peor y mejor de lo que lo había imaginado a partes iguales. Por un lado, estaba el dolor casi instantáneo que le había provocado en menos de un segundo. Los recuerdos que habían asaltado su memoria, el hecho de haber pasado un año sin verlo, lo que había tenido que hacer para protegerlo. Por el otro, estaba el enorme alivio al ver que estaba bien, vivo, disfrutando del sol. Incluso se reía interiormente al ver que había cogido un bonito bronceado sobre su piel.
Sintió la tentación de acercarse y abrazarlo, pero sus pies no respondían. Parecía que se hubiesen quedado anclados al suelo. No era un petrificus totalus, sino su cerebro no queriendo actuar.
En ese momento, la puerta de la casa se abrió y salió su madre. Llevaba el pelo recogido en un moño desordenado y una bandeja en las manos con un vaso lleno de zumo de naranja y un plato de galletas. La mujer entró en el jardín y besó a su marido en la mejilla, dejando la bandeja en una mesilla junto a él. Ocupó ella misma otra silla y comenzó a leer un grueso libro de tapas oscuras.
Hermione sintió como sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas. Echaba de menos esa vida. Echaba de menos su vida muggle, con sus dos preocupados padres siempre pendientes de ella. Echaba de menos sentarse en la sala de estar, con las piernas sobre las rodillas de su padre, mientras ambos leían en el más cómodo de los silencios. Y echaba de menos los besos en la sien que su madre le daba cada noche antes de irse a dormir.
Se había arrepentido muchas veces de haber lanzado ese obliviate y haberse alejado de la vida que tenía de esa manera, pero saber que era la única manera de proteger a sus padres, la manera más inteligente al menos, siempre había calmado su arrepentimiento. Están bien, se repetía. Estén donde estén, están bien.
Pero los dos señores Granger se habían construido una vida diferente, la vida que su hija había querido para ellos. Y ellos habían continuado a partir de ahí. Hermione ya no entraba en sus planes porque ella misma lo había querido así, porque la situación la había obligado a quererlo.
Interrumpir la maravillosa vida que llevaban juntos era una crueldad para todos.
Hermione se apartó, limpiándose los ojos. Ron continuaba con la vista clavada en ella y la varita en la mano. La muchacha lo miró, con una media sonrisa llena de tristeza.
-      Están bien – señaló, poniéndose ambas manos en la nuca.
Ron asintió, guardando por fin la varita.
-      ¿Quieres que vayamos? Puedo hablar yo primero si quieres…
-      No, Ron.
El chico apoyó una mano al lado de su cara, inclinándose para que sus ojos quedaran a su misma altura.
-      Hermione…
-      Están bien y es todo lo que importa – concluyó, bajando la mirada -. Deberíamos irnos.
Ron hizo ademán de replicar, pero hasta él entendió que Hermione tenía batallas que librar consigo misma. Y él nunca podría ayudarla a ganarlas, era lo suficientemente inteligente para hacerlo por sí misma.
Hermione les lanzó a sus padres una última mirada antes de darse la vuelta y volver por donde habían venido. Quizá algún día les enviase una carta deseándoles ‘Feliz Navidad’. O se presentase en esa misma puerta para contarles toda la verdad y devolverles al mundo mágico en el que, sin quererlo, les había metido a los once años. O encontrase alguna forma de devolverles los recuerdos y pudiese recuperarlos. Pero, por ahora, estaba mejor así. Sus mundos, completamente separados.
Anduvieron durante una hora en completo silencio, cogidos de la mano, por las calles de aquel pequeño pueblecito australiano en el que tanto calor hacía hasta que encontraron una pequeña playa metida en una cala. Hermione tironeó de Ron hasta que los pies de ambos tocaron la arena ardiente, y esperaron bajo una sombrilla rota y abandonada hasta que el sol se escondió y empezó a anochecer, aún en silencio.
Ron sacó la varita y comenzó a hacer formas en el aire con la arena, comprobando en todo momento que nadie estuviese mirando. En cualquier caso, ya podían hacer magia fuera de Hogwarts. Hermione observaba, con la espalda en la arena y la cabeza apoyada en el regazo del chico.
-      ¿Puedo preguntarte por qué no les has dicho nada? – soltó, rompiendo el inmaculado silencio en el que llevaban casi dos horas.
Hermione respiró hondo.
-      Están bien – repitió -. Tienen una vida maravillosa, sin preocupaciones, alejados de la magia. ¿Qué pensarías si una chica de dieciocho años se presentase en tu puerta diciéndote que es tu hija, pero que no la conoces porque te lanzó un hechizo para olvidarla y protegerte de un mago oscuro?
Ron se rascó la nariz, arrugando la frente.
-      Entiendo. Pero podrías obviar la parte del mago oscuro y eso.
-      Si llego ahí y les digo ‘eh, hola, soy vuestra hija, Hermione, vengo de Londres’… Sería incómodo cuanto menos. Y no quiero eso, Ron. Ni para ellos ni para mí. Quiero que sean felices y lo son, así que…
Hermione guardó silencio de nuevo, con el sonido del mar de fondo y la mirada clavada en las formas que Ron trazaba en el aire. Por mucho que lo hubiese intentado, Ron nunca podría adaptarse al mundo muggle. Había sido criado rodeado de magia, rodeado de varitas y hechizos. Se sentía mejor cuando podía usar la varita, aunque fuese un hechizo sin importancia como el que usaba en ese momento.
-      ¿Algún día? – susurró Ron, dejando caer la mano.
-      Algún día.
-      Bien.
La chica se irguió, colocándose a su lado, frente al mar. La playa era preciosa. Se podía ver a sí misma llevando una vida normal, una vida muggle, sin magia que le ayudase a recoger, llevando una maleta enorme como cualquier persona en lugar de un bolsito de cuentas en el que cabía todo. Sin embargo, la magia se había metido en ella durante todos los años que había pasado en la escuela y nunca más saldría. Era tan suya como sus ojos castaños.
Ron, por su parte, no pensaba en nada. Odiaba el calor que había sufrido ese día. Odiaba el haber andado durante horas para encontrar aquella casa. Odiaba el fingir ser una persona normal en lugar de un mago. Pero no se quejaba de que ese viaje hubiese sido en vano. Para él, tenía valor. Hermione había encontrado a sus padres, había descubierto que estaban bien, y eso la hacía feliz en parte. Era suficiente.
-      Lo siento – murmuró Hermione de repente.
-      No tienes que sentirlo – contestó Ron, girándose hacia la muchacha -. Lo entiendo. Son tus padres, y en este caso, por las barbas de Merlín, nunca pensé que diría esto, tú decides que es lo mejor para ellos. Y si ahora no quieres interrumpir así en sus vidas, está bien, Hermione. Es tu decisión. No me quejo. Y Australia no está tan mal.
Hermione sonrió, girándose también hacia él.
-      Gracias, Ron… Pero lo decía por la arena. Creo que te he enterrado el pie sin querer.
Ron abrió la boca, confuso, mirándose el pie desnudo cubierto de arena blanca hasta por encima del tobillo. Dirigió los ojos hacia Hermione, que parecía hacer verdaderos esfuerzos por no reírse, y de un salto, se levantó, arrastrándola en volandas hasta el mar.
-      A ver quién ríe ahora – masculló Ron, ocultando una sonrisa.
Corrió hacia el agua y se dejó caer, arrastrándola con él. Cuando volvió a salir a la superficie, los rizos enmarañados de Hermione caían sobre sus ojos, llenos de trozos de pequeñas conchas rotas de la orilla.
-      Eres un idiota, Ronald Weasley – rió Hermione, apartándose el pelo de los ojos.
-      Sí – dijo el chico, acercándose hacia ella, extendiendo una mano para quitarle un trozo de concha del pelo -, pero tú eres la inteligente de esta pareja. Yo soy el que tiene toda la belleza.
Hermione hizo ademán de golpearle el estómago con el codo, pero él fue más rápido. La cogió por la cintura, apretándole los brazos contra el cuerpo, y la besó.
Incluso un año después, seguía sin acostumbrase a besarla. No era algo que hiciesen constantemente, sino que eran besos momentáneos, casi robados, exclusivos. Y cada uno era como una sorpresa, el recuerdo de que eran más que amigos. No se acostumbraba a besar a una persona con la que había crecido y a la que había visto crecer, pero le gustaba. Y era recíproco.
Hermione introdujo las manos en el pelo empapado del chico, colgándose de él. Estaba bien ser una pareja normal de vez en cuando.
De repente, una enorme ola se levantó sobre ellos y cayó como si les hubiesen tirado un enorme cubo encima, separándolos. Cuando el agua se retiró, apenas un segundo después, Hermione apareció en la orilla, sentada, con la boca llena de agua, sal y arena. Miró a todos lados, buscando a Ron, pero el chico no aparecía por ningún lado. Hermione se levantó, asustada.
-      ¿Ron? – llamó, escupiendo la arena de la boca -. ¡Ron!
En ese momento, cuando ya empezaba a ponerse nerviosa, escuchó una carcajada a su espalda. Se sacó la varita y se giró, preparada para lanzar el primer hechizo de ataque que se le viniese a la cabeza. Pero no era una amenaza, por supuesto que no.
Ron se irguió, sujetándose el estómago con una mano, mientras se esforzaba para no reír. El pelo naranja se le había pegado a la cabeza y le cubría los ojos, pero la estaba mirando, agitando la varita en el aire.
-      Tú me enseñaste ese hechizo – gritó, saltando y sacándose la empapada camiseta de los Canons por la cabeza.
Hermione bufó, despegándose la blusa mojada del cuerpo, y levantó la varita.
-      ¡Expelliarmus!
La varita de Ron salió volando y cayó justo bajo la sombrilla, lejos de ambos. Ron se miró la mano vacía, con los ojos muy abiertos y, mirando a Hermione una vez más, echó a correr por la orilla.
-      ¡RONALD BILLIUS WEASLEY! ¡VUELVE AQUÍ SI NO QUIERES QUE TE HAGA VOMITAR BABOSAS… OTRA VEZ!
Y mientras corrían por la playa, salió la luna. Sí, desde luego estaba bien ser una pareja de jóvenes normales por una vez… pero ellos no eran jóvenes normales. Eran magos. Y las parejas de magos hacen cosas normales más mágicas de lo que se espera.