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lunes, 6 de enero de 2014

Hello Cold World.


* ¡Hooooooola, pequeños! Espero que los Reyes hayan venido cargaditos este año para vosotros. Y si no, bueno, aquí os dejo un regalito. Sé que es corto, muuuuuuuuuy corto, pero lo encontré el otro día y bueno, me apetecía compartirlo con vosotros. Creo que se nota perfectamente por qué está influenciado. Espero que os guste, ña*.

Bien, imaginemos esto. Vivimos en un cuento de hadas, dónde todo es perfecto. Las brujas se convierten en cenizas, las princesas llevan vestidos largos y zapatos caros de tacón, los príncipes azules llegan a recogerlas en su caballo blanco, los hechizos se curan con un beso de amor verdadero, hay cerditos arquitectos, lobos superdotados que saben hablar, hadas que cambian el mundo con su varita mágica, enanitos enfadados que cambian sus picos y palas por canciones, zapatos de cristal a media noche, patos que se convierten en cisnes, niños que no quieren crecer, esculturas de madera de pino que cobran vida, ballenas que no muerden cuando tragan, chicas buenas maltratadas que siempre acaban con todo lo malo, calabazas que se convierten en carrozas, ratones diseñadores, mundos de paz y amor, donde siempre se vence al mal.
Ahora, quizás tú prefieras vivir imaginando un mundo así, mágico. Un mundo como ése, dónde todo siempre acaba siendo bueno. Quizás lo hagas porque tu vida real es demasiado trágica o porque no puedes aceptar que vivimos en un mundo frío. Sí, en un mundo donde lo bueno escasea, dónde lo perfecto es lo único que importa y, de hecho, hay demasiada poca perfección. Un mundo donde no hay ni princesas, ni las brujas se destruyen siempre, ni los príncipes son azules, ni los besos curan heridas, ni la gente cambia el mundo con una varita mágica. Porque es muy bonito decir “Ella cayó en un sueño profundo, el príncipe vino a rescatarla…” y el resto ya lo puedes imaginar. También es muy lindo decir “Los tres cerditos construyeron una casa de ladrillo y el lobo sopló y sopló, pero la casa no tiró”. Y todas hemos soñado con ese zapato de cristal a media noche, hemos mirado las calabazas pensando en la genial carroza de cenicienta y hemos buscado hámsters que pudiesen zurcir un trozo de tela, aún sabiendo perfectamente que la realidad no es ni por asomo así. O bien has sido un pato toda tu vida y cada cumpleaños, al soplar una vela, has deseado ser un cisne.
Honestamente, prefiero vivir en este mundo frío. Porque un mundo mágico o un cuento de hadas nos hacen soñar y cuando caemos, el golpe duele muchísimo más y nos congelamos de frío. En cambio, yo acepto esta sociedad congelada, porque si lo bueno escasea, esa escasez merece el doble la pena. Y si lo perfecto es lo único que importa, bien, quizás yo no soy perfecta, pero estoy trabajando en ello. Y no, no hay ni princesas felices, ni las brujas mueren, ni los príncipes son azules, ni los besos curan heridas. Pero hay gente feliz que no le importa si las brujas les joden la vida, si tienen una vida de princesa, si los príncipes son de colores o si los besos sanan, a la que no le importa si hay vestidos preciosos, zapatos de cristal o hadas. Gente que se conforma con tirarse en la cama, con una sudadera, vaqueros y zapatillas, con su grupo favorito en los oídos y gritándole al mundo: Sí, hola, mundo frío.



martes, 31 de diciembre de 2013

'Never let this go'.

El aire que respiraba estaba repleto de humo y sudor. Pesado. La música retumbaba en mis oídos, música que, de haber estado sobrio, jamás me habría detenido a escuchar. Me llevé una mano a la cabeza, pasando los dedos por mi pelo húmedo. El estómago me daba vueltas, aunque todo se movía a mi alrededor. El alcohol, suponía. Caminé pegado a la pared, chocando con varias chicas que extendieron hacia mí sus brazos, pero estaba demasiado ocupado tratando de llegar hasta la puerta del local. Había dejado a Lisa sentada en un sofá, con la mirada perdida por las drogas que se había metido. Diría que estaba loca, pero nada me importaba, si soy sincero. No esa noche, ni probablemente me importaría el resto de mi vida. Lisa había puesto una pastilla en su lengua y me había besado, depositándola en mi boca. A veces, podía ser como una boa, de esas que abrazan hasta la asfixia, y no tuve otro remedio que tragármela. Probablemente por eso me deslizaba por el pasillo como si mis pies fueran gelatina mientras la gente me hacía muecas.
Tras tres intentos en los que no hacía más que agarrar el aire confundiéndolo con el pomo de la puerta, conseguí salir al exterior y respirar aire limpio. Estaba sudando y temblando al mismo tiempo. Me apoyé en la pared, metiéndome los dedos hasta la garganta para echar todo lo que había en mi estómago. Era asqueroso. Unas chicas me vieron, las escuché insultarme, pero no me importaba. Solo quería desintoxicarme, de todo. Absolutamente todo.
Apoyé la cabeza sobre los fríos ladrillos. Yo nunca había sido así. Siempre había sido tranquilo. Sin fiestas, sin alcohol, sin tabaco, sin drogas. Pero las circunstancias cambian, la gente cambia. Y cambiar, o al menos en mi caso, no significaba madurar. En mi caso, significaba destrozarme.
Volví a entrar. Me daba igual. Ya estaba destrozado. Romperme la cabeza habría sido mucho menos doloroso que romperme a mí por completo. Físicamente, estaba bien. Físicamente, estaba entero. Pero me faltaba lo más importante, lo que nadie veía. Y por eso, nadie se daba cuenta. Aceptaban al nuevo yo con sonrisas o ceños fruncidos, incluso con alguna que otra bofetada, pero ¿qué me importaba? Eso decían mis amigos. No debía importarme.
El calor dentro del local era apabullante, tanto que necesité al menos tres minutos para estabilizar mi paso. Caminé directo a la barra. Había dejado a Lisa al cuidado de Greg. Él siempre la cuidaba.
Y tanto que la cuidaba.
Decir que me jodió que se estuviesen enrollando sería mentir, así que no puedo explicar por qué me puse tan violento. Me abalancé sobre ellos, pero unos brazos me detuvieron antes de que pudiese estampar mi puño en sus caras. Un tío enorme me sacó de la discoteca a empujones y me cerró la puerta en las narices, dejándome tirado en mitad de la calle. Me levanté, loco de rabia, y golpeé con toda mi fuerza la pared. Ni siquiera sentí el momento en el que se me rompieron los nudillos. Quizá quería demostrar así que era muy hombre, pero en realidad, no era más que un niño que se puso a llorar en cuanto vio la sangre.
No sabía qué hacer. Quería ponerme en mitad de la carretera, dejar que me atropellasen. Quizá así…
Me saqué el teléfono del bolsillo, manchando la pantalla de sangre. Me costó encontrar el número, hacía siglos que no lo usaba. Esas son las consecuencias del cambio, supongo. Todas las cosas que dejas atrás. Marqué, sabiendo que era muy probable que me encontrase con una negativa o, mejor, que me colgasen directamente. En ambos casos, ya tendría vía libre para tirarme por un puente.
Sin embargo, descolgó el teléfono.
Esperé, quizá para oír un insulto o el pitido que me indicaría que ya no estaba al otro lado. Pero solo escuché silencio, si es que eso es posible. Supuse que me tocaba a mí hablar, pues.
-      ¿Puedes venir a por mí?
El teléfono se colgó. Me miré los nudillos, desesperado. Me había destrozado a mí mismo y a todo lo que me rodeaba. Estaba solo.
Quizá alguna vez os hayáis sentido solos. Yo, de hecho, nunca me había sentido así. No como esta vez. Siempre hay alguien. Pero esta vez, era como si estuviese en una burbuja. Rodeado de gente que no podía oír mis gritos ni ver mis lágrimas. Y me había costado darme cuenta de que esa burbuja la había creado yo.
Me puse las manos en la cabeza. Por fin, entendía qué era sentirse solo. Era estar vacío. Era ver cómo todo el mundo seguía su curso, cómo te dejaban atrás. Cómo todos encontraban unos amigos en los que confiar mientras tú ibas simplemente tanteando, conociendo a muchos y queriendo a ninguno.
Y era horrible.
Dicen que la peor sensación es el dolor. Estoy en desacuerdo, la peor sensación es la soledad.
De repente, un coche paró delante de mí. Levanté la vista, limpiándome los surcos de las lágrimas de la cara. Era un coche negro, con marcas de barro en las puertas. Una chatarra, más bien. Me levanté, frotándome la cabeza, confuso. Quizá las drogas estuviesen haciendo su efecto. O el alcohol. Debía de ser mi imaginación.
Pero no lo era. Vic alargó la mano y abrió la puerta, devolviendo la vista al frente, sin alterar ni un músculo de su cara. Echaba de menos verla sonreír, y parecía mentira que no me hubiese dado cuenta hasta ahora. Me metí en el coche y, sin haber cerrado aún la puerta, ella arrancó.
-      Lo siento – gruñí con voz ronca.
Vic miró por el retrovisor y rebuscó detrás de su asiento, sin mirarme. Un mechón pelirrojo cayó sobre sus ojos oscuros cuando se inclinó para ofrecerme una caja.
-      Tienes sangre en la cara. Límpiate.
Abrí la caja y saqué un pañuelo para limpiarme. No aguantaba su indiferencia. Prefería su odio, no… esto. Me coloqué otro pañuelo sobre los nudillos.
Vic aparcó delante de su garaje a los veinte minutos. Veinte largos minutos sin hablar, sin mirarnos. Un ‘lo siento’ no valía. ¿Cómo podía explicárselo? No tenía excusa. Y lo peor es que a ella le daba igual.
-      Vamos a curarte eso.
Salió del coche, sin dedicarme una mirada. Me habría enfadado, pero sabía que no debía hacerlo por dos razones: la primera, no tenía ningún motivo; la segunda, estaba exhausto. La seguí hasta el garaje, donde sacó un botiquín y me obligó a sentarme en una mesa. Me cogió la mano y ni siquiera se inmutó. Cuando el alcohol rozó mi piel, no me aguanté más.
-      ¿Me odias, Vic?
Ella paró, dejando el algodón a medio camino de la herida, helada. O no se lo esperaba o no tenía respuesta. Me mordí el labio aún así, esperándola. Sin embargo, se limitó a presionar el algodón sobre mi piel, más fuerte de lo que debería. Me lo merecía, supongo.
-      No te odio – respondió.
-      ¿Entonces, por qué no me miras?
Vic se apartó de mí.
-      Mírame.
Levantó la vista, clavando sus ojos oscuros en los míos. Esos ojos que habían estado mirándome toda la vida. Esos ojos oscuros que se llenaban de brillo con una simple entrada para el cine.
-      ¿Por qué, Troy?
Esta vez fui yo el que no tuve respuesta.
¿Por qué? ¿Cómo explicárselo? ¿Por dónde empezar, mejor dicho? Pensé en todo lo que había pasado. Pensé en lo que había hecho. Meses atrás, mi vida había empezado a caerse. Mis padres se habían divorciado y ¿cuál de los dos querría quedarse con un adolescente enfermo? Yo os lo diré: ninguno. Mi familia me dio la espalda. Cuando me diagnosticaron la amnesia, pensé que ellos serían valientes por mí, pero se asustaron. Creo que tenían miedo de que los olvidase, así que decidieron olvidarme ellos. Aún no me cabe en la cabeza cómo un padre puede abandonar a su hijo en una situación así, pero he decidido no cuestionarlo. Mi abuela accedió a quedarse conmigo, pero ella estaba más enferma que yo. No quedaba muy claro quién cuidaba a quien. Sí, mi mundo empezó a derrumbarse. Odiaba a mis padres por abandonarme, odiaba a la enfermedad, un extraño tipo de amnesia que sólo se da en uno de cada mil jóvenes menores de treinta años alrededor del mundo. Espero que los novecientos noventa y nueve chicos que están en mi grupo estén disfrutando de su vida sin preocupaciones. Me odiaba incluso a mí mismo por tener tan poca suerte, así que decidí que, si la enfermedad iba hacerme olvidar, sería mejor que me adelantase a ella.
Y así fue como empecé a apartar de mí todo lo que me importaba. Incluso yo mismo. Incluso Vic, que había sido mi mejor amiga desde que gateábamos. No le conté lo que me pasaba. Me limité a humillarla, una y otra vez. Y ella siempre me perdonaba. Y, mientras tanto, empecé a destruirme a mí. Empecé a fumar paquetes de tabaco por día para destruir mis pulmones. Me desmayaba borracho en los bares para matar a mi hígado. Hice la vida imposible a mi abuela hasta que no pudo más y también se marchó, les pedí a mis padres que nunca me llamasen, y todo para destruir mi familia. Así que, cuando aquella mañana, en el instituto, dije aquellas cosas horribles sobre Vic, destruí también mi corazón.
Cuando dices que tienes el corazón roto, la gente suele pensar siempre lo mismo: un amor no correspondido, alguien a quien amaste hasta la saciedad y que te traicionó, una relación que no funcionó a pesar de los intentos. Pero pocos se fijan en lo mucho que rompe el corazón perder a un amigo.
Sigo creyendo que la gente no valora lo suficiente la amistad. La tienen en un segundo puesto, por debajo del amor, cuando en realidad es lo mismo. Incluso más importante. Y más dolorosa.
Miré hacia el suelo, sin saber qué decir. Vic estaba delante de mí, con los ojos llenos de lágrimas. Había oído que había dejado el instituto. Que se encontraba constantemente las taquillas llenas de pintadas, llamándola todo lo que yo la llamé ese día. Me había obligado a que no me importase, pero me importaba. Me rompía, más bien. Me sentía un hijo de puta.
¿Cómo contarle todo eso a Vic? No quería decirle que estaba enfermo. No quería recuperar su amistad para olvidarla más tarde. Y tampoco podía excusarme para que me perdonase. No podía. Recordé un libro que había leído en clase dos años antes, un libro que no había entendido bien. En ese momento, lo hice.
El libro se llamaba El camino, de un escritor alemán. Cuando lo leí, me pareció que el tío iba muy fumado cuando lo escribió. No tenía ningún sentido. Pero ya lo entendía. El camino era la vida del protagonista. En uno de los capítulos, Jesse se encontraba en una encrucijada. Solo podía elegir uno de los dos caminos que se le ofrecían, a pesar de que los dos eran difíciles de atravesar. Así estaba yo.
-      Vic…
-      Ha sido un infierno, Troy – continuó ella, limpiándose las lágrimas -. No sabes lo que ha sido.
No, no lo sabía. Porque yo había causado esa destrucción tratando de destruirme a mí.
-      Y lo peor – continúa – es que no lo entiendo. No entiendo qué hice para que me humillases así. Si lo supiera, sería menos doloroso. Si lo supiera, al menos podría pensar que me lo merecía.
Me levanté de la mesa, alargando la mano hacia ella, pero Vic se apartó. Ese paso hacia atrás me dolió más que la indiferencia, el odio y cualquier cosa que hubiese hecho antes.
-      ¡No me lo merecía, Troy! ¡No lo entiendo!
¿Que qué hizo Jesse en el libro? Se suicidó y el libro se acabó. Fin.
La conclusión que tuve la primera vez fue que era un libro de mierda. Ahora, creo que entiendo lo que el escritor quería decir. No era una incitación al suicidio. No quería decir que debíamos huir cuando había problemas. Quería que nos diésemos cuenta de cuan estúpido había sido Jesse, de lo cobarde que era. Normalmente, los libros te ofrecen héroes en los que inspirarte. Lo que El camino te ofrecía era el anti-héroe que debías evitar ser.
-      ¿Por qué? – repitió Vic.
Estaba llorando. La había visto llorar muchas veces. Por la muerte de algún personaje de su serie de televisión favorito. Cuando murió su abuelo. Cuando su hermano se fue de casa. O cuando ese novio del que estaba tan enamorada la dejó. Pero nunca como esta vez. Nunca.
-      No lo sé – respondí.
Pero sí lo sabía.
-      ¿Esa es tu respuesta? – chilla -. ¿Hace falta que te recuerde lo que dijiste?
Por desgracia, mi enfermedad no había eliminado eso. Lo recordaba perfectamente, estaba grabado a fuego en mi cabeza.
-      Perdió la virginidad con Matthew Collins el día del baile, en los vestuarios de los chicos. Y se acostó con los hermanos Gramm. ¿Te los turnabas, Victorie? Ah, y cómo olvidarnos de Greg… estuvo bien aquella mamada, ¿verdad?
Vic paró de hablar, tragando saliva. Había dicho cosas peores, pero prefería no oírlas de nuevo.
-      Y ninguno de ellos lo negó.
Asentí. ¿Por qué iban a negarlo? Eran unos campeones, como decía Greg.
De repente, me encontré a Vic sobre mí, golpeándome con sus puños en la cara, en los brazos, en el estómago. Mi primer instinto fue defenderme, pero me lo merecía. Eso y más. Sé que lloré mientras me golpeaba. No por el dolor de los golpes. No por lo que había hecho. Lloré por mi corazón roto.
Paró de repente, sentándose en el suelo. Llorando. Me arrastré hacia ella como pude, ignorando el dolor de las costillas. Ignorando cómo me sangraba la ceja partida. Me quedé a una distancia prudencial. Definitivamente, si me hubiese odiado hubiese sido menos doloroso que esto.
-      Me importa… una mierda – gimió, levantando la cabeza – que me llamen puta y que estén viniendo a mi casa para ‘alquilarme’. Me da igual, Troy. Me duele porque fuiste tú.
Fui yo y sin más razón que el egoísmo. Tenía tan metido en la cabeza que todo el mundo me abandonaría que nunca me planteé que Vic, que había estado siempre conmigo, como cuando me rompí la pierna y obligó al médico a dejarla dormir a mi lado en el hospital, pudiese preocuparse por mí. En ese momento, viéndola llorar a mis pies, comprendí que lo hubiese hecho con los ojos cerrados.
-      Vic.
-      Ahora estoy bien – dijo, limpiándose las lágrimas -. Nos vamos a Boston, así que…
-      ¿A Boston?
La voz se me rompió. Boston estaba a una hora de camino, no estaba lejos, pero que se trasladase a Boston significaba que ella ya no iba a estar en el pueblo, que… que había perdido un año con ella.
-      Empezar de cero – musitó -. Y no quiero…
Y no me quería a mí para destrozar su vida. Lo entendía. Me levanté, desorientado. Si había tenido la esperanza de recuperar a mi mejor amiga, se había esfumado, y volvía a estar solo. Perdido. Pensé en mi casa, sucia y descuidada, llena de botellas de alcohol vacías y colillas de cigarros ensuciando la alfombra. Así era yo, más o menos. Salí del garaje casi corriendo. Una vez en la calle, me senté en el bordillo, frente a la carretera, y empecé a llorar. Lo había perdido todo, y seguiría perdiendo. Me lo había tomado como una carrera contra la enfermedad, un juego que no podía ganar. Había buscado la manera de combatirlo, aun sabiendo que no existía, en lugar de aprender a vivir con ello. Empezaba a sentirme con Jesse. Perdido, andando sin vivir realmente. Derrumbándome ante los problemas. Me había convertido en el anti-héroe de mi propia historia.
-      Troy.
Me giré.
-      Estoy enfermo – solté.
Vic abrió mucho los ojos, llevándose las manos a la boca. Se sentó a mi lado, sin dejar de mirarme. Supongo que, en ese momento, no sabía cómo sentirse. Si hubiese sido una persona normal, estaría feliz y pensaría en que era una suerte que existiera el karma. Pero era Victorie Davis. Ella no pensaba así.
-      ¿Te vas a morir, Troy?
Reí. Probablemente, pero no por la enfermedad, sino por mí mismo. Quizá yo era mi propia enfermedad.
-      No, Vic. Es…
Y se lo conté todo. Le conté cómo mis padres se largaron. Cómo dejé de confiar. ¿Si no podía contar con mis padres, con quién podría entonces? Cómo empecé a matarme. Suicidándome inconscientemente. Cómo me obligué a que ella me odiase. Cómo quería quedarme solo.
Y cómo, ahora que sabía lo que era, me arrepentía.
-      Sé que no es excusa – dije, acariciándome los nudillos rotos.
-      ¿Por qué no me lo contaste?
-      Ya te lo he dicho – dije, demasiado brusco -. Vi a mi madre cerrarme la puerta. La llamé y me dijo que no podía. ¿Crees que pensaba que tú sí ibas a poder, Vic?
Vic se acercó a mí, mordiéndose el labio. Había dejado de llorar.
-      Me destrozaste – señaló, retorciendo las manos -. Y fue horrible.
-      Lo sé. Y lo siento. De verdad.
Vic me golpeó de nuevo, con los ojos llenos de lágrimas. Esta vez, quise frenarla, pero ella se retorció.
-      ¿Por qué no me lo contaste? – gritaba, entre golpe y golpe -. ¡Te habría ayudado! ¡Lo sabes! ¡Jamás de abandonaría, yo…!
La cogí por las muñecas, frenándola. Vic me miró a los ojos antes de cerrarlos con fuerza, dejando caer un par de lágrimas. Me gustaría poder decir que en ese momento dije algo inspirador, algo que le devolviese su confianza en mí, que hiciese que me perdonase, pero lo cierto es que no pude decir nada. Me quedé en silencio, esperando a que ella dijese algo.
-      Eres un estúpido, Troy Walters.
Le dediqué una media sonrisa. Eso era algo, al menos. Me coloqué más cerca de ella hasta que nuestras pieles se tocaron. Me estaba muriendo de frío, y ella también. Ambos temblábamos, pero me daba miedo levantarme y romper el poco roce que teníamos.
-      ¿Te duele?
¿Que si me dolía? Me escocía, más bien. No me había dado cuenta de en lo que me había convertido hasta que la había visto llorar. No me importaban mis padres, que me habían dado la espalda. Me importaba la gente a la que yo había dado la espalda injustamente.
Escuchaba a Greg y a Lisa diciéndome que no debía importarme nada. Que yo era libre, que no podía depender de nadie. Me habían convencido de eso, pero sí dependía. Aunque nuestra felicidad y nuestra vida dependan solo de nosotros, estamos ligados a  las personas que nos rodean. Y ellos dos no entendían eso, hasta que algún día lo hicieran. Espero que lo hayan hecho.
-      Los nudillos – aclaró Vic, acariciándomelos con el pulgar -. ¿Te duelen?
Asentí. Me cogió de la muñeca y volvió a meterme en el garaje. Vic repitió el proceso con el algodón, limpiando la herida y poniéndole encima una gasa.
-      Vic.
Levantó la vista. Ya no había indiferencia en sus ojos hinchados. No estaba seguro de si me había perdonado o no, pero por lo menos me había demostrado que se preocupaba por mí. Eso es lo que pasa cuando te enfrentas a malos momentos: no te das cuenta de quién está ahí y seguirá ahí y quien no lo hará.
-      Troy…
-      No puedes perdonarme. Lo sé y lo entiendo. No te estoy pidiendo eso.
Vic dejó caer las manos a ambos lados de su cuerpo, mordiéndose el interior de la mejilla. Conocía ese gesto. Era el que siempre ponía cuando quería decir algo, pero las palabras no acudían. Estiré una mano para cogerle la mano, pero algo me detuvo. ¿Miedo? Creo que fue exactamente el miedo a estropearlo todo lo que me echó para atrás. Vic no dejó pasar ese movimiento y clavó sus ojos oscuros en mis dedos.
-      Yo… - comenzó – puedo intentarlo.
No me la merecía. No me merecía su amistad. No me merecía que hubiese cogido su coche para venir a por mí. No me merecía que estuviese curándome la mano, ni que estuviese intentando perdonarme, después de lo que le hice. Me levanté y corrí a abrazarla. Al principio, se quedó rígida, inmóvil, sin responder. No me importaba. Llevaba un año sin hacer esto.
Las manos de Vis se anudaron en torno a mi cintura, apoyando la frente en mi pecho.
-      Estás raro – musitó. Reí entre dientes -. Estás más grande.
La estreché más fuerte. Vic me cogió la mano y me llevó de vuelta al coche. No podía ocultar la sonrisa, a decir verdad. Ninguno de los dos podíamos. Ella se mordía el labio para evitar que yo la viese sonreír, pero la veía. De alguna manera u otra.
-      ¿Quieres ir a cenar?
Asentí y saqué la cartera de mi pantalón. Aún me quedaban veinte dólares, lo justo para invitarla. Era lo menos que podía hacer.
-      ¿Han cambiado tus gustos? – preguntó, girando en una rotonda.
Por supuesto que habían cambiado. No me había dado cuenta de que éramos completos desconocidos. En un año, habían cambiado demasiadas cosas, nosotros dos incluidos. Yo había dejado de estudiar y me había hecho un tatuaje. Ella había dejado de usar las sudaderas anchas y las había sustituido por jerséis de mangas largas que le cubrían los dedos. Como he dicho, las cosas cambian y las personas, también.
Pero esa noche, no me apetecía cambiar.
-      No – susurré, frotando las manos frente al radiador del coche -. Necesito una buena pizza.
Vic sonrió por fin. Los conocidos hoyuelos se le marcaron en las mejillas y pareció que hubiésemos regresado, que estuviésemos como siempre habíamos estado. La miré. Parecía que no había pasado nada entre nosotros.
Esa noche entendí algo, algo que he comprobado durante el resto de mi vida. Entendí que Vic era mi mejor amiga no porque no nos enfadásemos, ni porque fuésemos inseparables, porque la amistad no trata sobre eso. La amistad no es ser inseparables, sino superar las separaciones.
-      ¿Flat Breads?
No había cambiado nada.
-      Flat Breads.
Dos horas después, me llevó a un parque. Nos sentamos en un banco, mirando la ciudad amanecer. Vic me cogió la mano, sorprendiéndome. La cena había sido incómoda para ambos, si soy sincero. Habíamos compartido anécdotas, pero ese año había sido un infierno para ambos y ninguno de los dos quería recordarlo. Y cuando me cogió la mano, un escalofrío me recorrió la espalda.
-      Sabes que voy a estar aquí – dijo, con la vista aún clavada en el frente -. Ayudándote a recordar cuando haga falta.
La miré, acariciándole la palma de la mano con el pulgar.

 
Han pasado cinco años y sigue manteniendo su promesa.
Cierro el libro de memorias. Leo partes todos los días, devolviéndome los recuerdos poco a poco. En mi época oscura, como Vic la llama, pensaba que la única manera de ganar a mi enfermedad era destrozarme antes de que ella lo hiciese; ahora entiendo que la manera de ganarla es arreglándome mientras ella actúa.
Mentiría si dijese que no la olvidé. Recuerdo perfectamente ese día, no hace falta consultar el libro. Me desperté y la vi entrar por mi puerta, como si fuese su propia casa. Dejó la bolsa de la compra sobre la mesa y me sonrió.
-      ¿Quién eres? – pregunté.
Creo que fue su cara lo que hizo que recordase ese momento. Le empezó a temblar el labio inferior y se acercó corriendo, extendiendo hacia mí los brazos. Me aparté, asustado.
-      ¿Quién eres? – repetí.
-      ¿No me recuerdas?
Eso me rompió.
Al final, ella me ayudó a recordar gracias al libro. Ella siempre me ayuda a recordar. Siempre está conmigo. Sigue siendo mi mejor amiga, a pesar de todo lo que pasó ese año. Cojo el teléfono de la mesilla y marco su número, pero me quedo trabado en el último. No lo recuerdo. Lucho por averiguarlo, pero podría ser cualquiera. Me empiezan a temblar las manos. Y, en ese momento, mi teléfono suena. Lo cojo, aliviado.
-      ¿Troy?
-      Vic – trago saliva -. No… no podía recordar tu número.
Vic calla al otro lado. Siempre se ensombrece cuando se trata de la amnesia. Me lo repite dos veces y hago todo lo que puedo por recordarlo.
-      Troy, estás bien. Tienes el libro.
-      Te tengo a ti.
Vic ríe al otro lado del teléfono.
-      Me tienes a mí – asegura -. ¿Ibas a dormirte ya?
-      Sí. He leído el libro y he escrito un par de páginas antes.
-      Voy a salir con Jake, vamos al cine. ¿Quieres venir?
¿Jake? Agarro el libro y rebusco. No encuentro su nombre por ningún lado.
-      No…
-      Troy.
-      No sé…
-      Troy.
Agarro el teléfono y me obligo a tranquilizarme.
-      Vic, no sé quién es Jake.
-      Vamos a tu casa. Vístete.
Cuelga el teléfono. Aún estoy nervioso, siempre me pongo así cuando la enfermedad aparece. La duda por saber quién es el misterioso Jake me corroe y me disgusta. No recuerdo si quiera haberlo mencionado alguna vez en mi vida. Me pongo una sudadera y espero, sentado en el sofá, con el libro entre las manos. Estoy leyendo las últimas hojas que he escrito hoy cuando llaman a la puerta. Vic está en el felpudo, con el pelo recogido en una coleta. Me sonríe, mostrándome sus inolvidables (y lo digo en serio) hoyuelos. Y detrás de ella está un chico rubio, de ojos claros, que me sonríe tendiéndome la mano.
-      ¿Me recuerdas, tío?
Jake. Sonrío, aliviado. El novio de Vic, tan implicado en mí como ella. Sé que a veces me siento como un bebé cuando estoy con ambos, y ellos mis padres, constantemente preocupados por que no olvide qué es el kétchup o cuál es el nombre del camarero del restaurante al que solemos ir.
Cojo las llaves y salgo de casa. La mano de Vic se enlaza con la mía. Jake nunca ha estado celoso de mí. No tiene motivos, pero otras parejas de Vic siempre la obligaban a dejarme ir. No él. Para Jake, soy parte de ella.
Sé que Vic teme que la olvide. Yo también lo hago, y creo que incluso Jake está preocupado porque eso suceda. Pero Vic me prometió que me ayudaría a recordar, y lo mantiene. Y yo me prometí a mí mismo que no la olvidaría.
Y no lo haré. Porque es inolvidable.



*Holi, criaturitas. Antes de nada, ¡feliz año nuevo! Bueno, hacía tiempo que no subía nada mío. Mucho tiempo. No sabéis lo nerviosa que me pongo cuando tengo que subir algo que no es un fic. Este fic en cuestión lo empecé a escribir hace bastante, y lo he acabado hoy porque quería compartirlo con vosotros. El título, igual que Bring me to Life, hace referencia a una canción de Paramore. Creo que la canción explica un poco el fic, al menos a mi parecer. Y bueno, ¿por qué esta historia? Por dos cosas, principalmente. La primera: cuando lo empecé a escribir, me estaban pasando cosas muy similares a la época oscura de Troy. Perder a un amigo importante, alejar inconscientemente a todos de ti porque crees que te van a abandonar y no quieres que te hagan daño... Siempre escribo cosas con las que me identifico, y este sea probablemente uno de los que más me definirían. Y segundo: quería escribir algo en lo que no tuviese que incluir una historia de amor, sino profundizar en algo que considero más importante, como es la amistad. Espero que os haya gustado, de verdad, y... ¡feliz 2014 desde el estanque!*

martes, 9 de abril de 2013

'Bring me to life'.

¡Buenísimos días, mis patos! ¿No estáis felices hoy? Ña, Paramore.
Bueno, lo prometido es deuda. Sé que es un poco tarde, pero llevo toda la tarde retocando esto. Hace unos meses escribí una historia corta, ridículamente corta, que no tiene más que esto. Me ha tomado mi tiempo decidir compartirla con vosotros, algo mío, algo inventado por mí y no un fic. Pero he decidido hacerlo.
Antes de nada, tenéis que saber que esto es solo eso, esto. No tiene un antes ni un después. La escribí hace muchisimo en un montón de hojas de papel y ahora las he puesto aquí, ordenadas, pero no hay nada más que esto (al menos por ahora, ña. Como dice Justin Bieber, 'never say never'). Empezó siendo un proyecto para un trabajo de Filosofía, hasta convertirse en una especie de historia de amor (?). Es muy importante para mí enseñaros esto, porque, como he dicho siempre, lo que escribo es una parte de mí, y, al igual que Clary en TMI, escribir (aunque en su caso sea dibujar), sea lo que sea, es para mí como un diario. Ña. Espero de verdad que os guste :)
PD: El título hace referencia a una canción de Evanescence (grupo que adoro, dicho sea de paso), que era la canción con la que empecé a escribir esto. Siento que sea tan largo, ña.

Hace unos años, tuve un sueño.
Había un bosque. Y una chica. Y nevaba.
Y, cuando desperté, me sentía aún dentro de ese bosque, con la nieve congelada bajo mis ropas, empapándome, helándome hasta el tuétano de los huesos, como si pudiera meterse bajo mi piel y extender un manto de frío. Podía oler el olor a árboles, escuchar a los pequeños animales que se atrevían a salir con el frío corretear, e incluso podía ver la luz del sol, arriba, sobre mi cabeza, sin calentar ni una milésima parte de mi cuerpo.
Pero el bosque había desaparecido, y la nieve, y los animales y el sol, incluso el sol. Y la chica.
La sensación ahora es la misma.
Si hay algo que me ha recordado ese sueño ha sido el sol. El sol sobre mi cabeza, cálido esta vez, como una caricia del propio fuego. Sé que es el sol, porque no hay nada en el mundo que pueda calentar como él. Tiene una calidez propia, al igual que las flores o el mar tienen su olor propio. Único. Abro los ojos, preparando las manos a modo de visera, pero, en cuanto separo un poco los párpados, descubro que todo está oscuro. ¿Cómo puede ser eso? ¿Sentir que es de noche y de día al mismo tiempo? Me levanto, escuchando cómo el peso de mi cuerpo parte las ramitas secas que hay bajo él, y miro a mi alrededor.
No lo reconozco al principio. Parece muerto y descuidado, más que la última vez, pero antes había un atisbo de vida en las hojas que se oponían al invierno o en los animales que buscaban sobrevivir al frío. Ahora ya no hay nada, solo yo.
El sol se ha apagado.
Y yo con él.
Camino despacio entre los troncos secos, a oscuras, con el sofocante calor del sol apagado sobre mi cuerpo. La tenue luz que ilumina el bosque de mi sueño me permite ver cuán muerto está todo, pero no me permite verme a mí misma. Ni siquiera cuando llego a un estanque, con el agua cristalina, y me inclino para beber, no hay ningún reflejo que me devuelva la mirada. Es como si yo no estuviese, pero estoy.
-      ¿Hola? – pregunto, removiendo el agua. Nadie responde -. ¿Hola?
Agito una vez más el agua y, entonces, como si del mismo estanque hubiese surgido una mano líquida, me siento arrastrar hacia abajo, cada vez más profundo, alejándome del calor del sol. El agua fría me hiela los pulmones, y siento que me ahogo. Me dejo llevar. Esto es otro sueño, no es más que otro sueño…
Chillo.
Y entonces, escucho el pitido. Palpitante, como un corazón. Me tapo los oídos a fin de amortiguarlo, pero parece nacer de mi propio cerebro. No hay nada que pueda calmarlo.
-      ¿Alex?
Me giro hacia la voz. No comprendo lo que ha dicho, no comprendo de dónde procede, pero la he oído con demasiada distancia, amortiguada por mis manos. Y demasiado clara. Si esto es real, ¿por qué una voz puede hablar con tanta claridad bajo el agua?
-      Alex.
Alguien se acerca y me quita las manos de los oídos. Después, cuando sus dedos rozan mi cuello, dejo de sentir el agua y el frío, y regresa la calidez.
-      ¿Qué haces aquí, Alex?
Busco su rostro con los ojos, pero no encuentro nada, solo los árboles. El sol sigue sin brillar, y su calor es cada vez más tenue.
-      ¿Qué le ha pasado al bosque? – pregunto.
La persona invisible me alza, porque siento cómo el suelo parece alejarse de mi cuerpo. Maldita sea, ¿qué está pasando?
-      Olvidaba cómo era al principio – susurra la voz.
Recuerdo esa voz. Es una voz dulce, cantarina, aunque ahora suene lúgubre, pero sigue siendo hermosa. De mujer. Fue a ella a quien vi en el bosque la primera vez, cuando todo estaba vivo, aunque rodeado de invierno.
¿Quién es Alex? ¿Seré yo? Intento recordar mi nombre, o si tengo uno, para variar, pero el primer recuerdo que tengo, además del sueño, es haber despertado. Más allá no hay nada.
-      Cierra los ojos – susurra la chica.
Hago lo que me pide y dejo de ver, incluso de sentir el sol. Me aterra haberme sumido en una oscuridad tan profunda y tan fría que acabe por consumir la poca calidez que me queda, pero confío en la chica.
-      Puedes abrirlos.
Y abrirlos es un mundo completamente nuevo. Puedo ver muros de piedra oscura, ventanas que dan la vista a un cielo azul con un resplandeciente sol brillante, y otras, por el contrario, que muestran el paisaje que acabo de llegar. El contraste entre ambos es tan desolador que casi tengo ganas de ponerme a llorar.
-      Alex, Alex, Alex… - susurra su voz a mi espalda -. ¿Qué haces aquí?
Me giro y por fin puedo verla. Lleva puesta una larga túnica blanca, y el pelo rubio peinado con la raya perfectamente al medio. Sus ojos azules se encuentran rodeados de pestañas tan oscuras que ni siquiera parecen suyas, y la boca, con dientes perfectos y labios gruesos, forma una mueca de disgusto. No es como yo la recuerdo, sonriendo entre los árboles y la nieve.
-      ¿Mi nombre es Alex? – pregunto.
La chica me mira de arriba abajo, apartándose el pelo de las sienes, y camina hacia mí con la delicadeza de una pluma, sin hacer ruido al rozar el suelo con los pies desnudos. Me coge por los hombros y me abraza.
-      Trata de recordar – susurra en mi oído -. No puedes estar aquí.
Cierro los ojos, apoyando la barbilla en su hombro, e intento lo que me pide.
Apenas he acabado de acomodarme a su forma cuando empiezan a asaltarme las imágenes. Veo a una niña jugar en un parque, con las dos trenzas oscuras ondeando al viento, y los ojos verdes mirando inquisitivos por doquier. Veo nombres, fechas y lugares que no reconozco, y que se borran de mi memoria al mismo tiempo que los veo. Y la veo a ella, delante de mí, con una muñeca entre las manos. ‘La tuya no está guapa. Tienes que cambiarle el vestido’, dice, con esa voz cantarina e infantil suya. Y la veo a ella correr por el mismo bosque, desesperada. Entonces, cae en el estanque, pero no hay nadie para sacarla de allí. Me separo de ella.
-      ¿Qué debo recordar, Emily?
-      ¿Me recuerdas a mí? – murmura ella, con lágrimas en los ojos.
Asiento. Recuerdo todo sobre ella. Cuándo la conocí. Cómo la conocí. Cómo se convirtió en mi mejor amiga, en mi hermana. En ese pacto de sangre que nos dejó a las dos una inmensa cicatriz en la palma de la mano. Pero recuerdo algo más, algo que mi cerebro se niega a hacerme recordar, y que me da miedo. Es algo aterrador.
-      ¿Qué pasa, Em? – digo, mirándola -. ¿Dónde estamos?
-      Tú… - comienza ella.
Entonces, consigo derribar la barrera que protege ese recuerdo y me dejo envolver por él.
Dolor. Eso es lo que es.
El dolor más profundo, o tal vez el más dañino. Inhumano. Como una bestia desgarrando desde dentro. Caigo de rodillas al suelo, observando en mi mente cómo Emily cae al suelo al mismo tiempo, en un charco de sangre y vómito, sufriendo espasmos tan horribles que me separo de ella, asustada, y corro.
La dejé sola. La dejé sola y ella murió sin mí.
-      ¿Qué pasó, Em? – pregunto. Ahora soy yo la que llora.
-      Tenía una enfermedad. Iba a morirme en cualquier momento.
No me lo contó. Éramos como hermanas y no me dijo que se iba a morir. Me entran ganas de pegarla. Está muerta.
-      ¿Estoy yo muerta también?
Emily me mira, abriendo sus ojos como platos. Me pone una mano en el pelo oscuro, acariciándome, y luego pasa un dedo por mi mentón.
-      No aún – susurra -. Y no deberías morir.
-      ¿Cómo que ‘no aún’? ¿Qué significa eso?
Emily me ayuda a levantarme y entonces las veo. Apenas son unas sombras luminosas que recorren sus hombros, pero me basta para saber que Emily tiene alas. Como un ángel.
-      Tienes que recordar, Alex – continúa Emily, llevándome hacia las ventanas que dan al lugar sin sol -. Solo así podrás volver.
¿Y si no quiero volver? ¿Y si quiero quedarme allí con ella? Emily me empuja al exterior y, de nuevo, estoy sola en la oscuridad.
Empiezo a andar, golpeándome con los troncos de los árboles muertos. Recordar. Sé mi nombre, sé quién es Emily, pero ¿qué tengo que recordar exactamente? Toco el tronco de un árbol y, de repente, viene hacia mí el primer recuerdo.

 Estoy en un parque. He comprado helado de chocolate para mí sola, ya que, desde que Em se fue, no he vuelto a salir con nadie. Me siento inmensamente sola. Como si ella se hubiese llevado todo lo que me quedaba. Como cucharadas de mi helado casi con desgana, apartada del sol veraniego. Odio el verano. Todo el calor, todo el bochorno… No entiendo cómo la gente puede amar eso.
-      Hola – dice alguien a mi lado -. ¿Está ocupado?
Me giro y veo a un chico. Es alto, atlético, a juzgar por la ropa deportiva, y está muy sudado, por lo que deduzco que viene de hacer ejercicio. Tampoco hay que ser muy lista para pillar eso. Tiene la piel blanquecina, tan pálida que me pregunto si no tendrá algún tipo de de enfermedad. Ni siquiera está moreno por el calor. Su pelo es dorado, pero un dorado más castaño que rubio, y cae largo hasta sus ojos, de un profundo color violeta. ¿Cómo pueden ser unos ojos violetas?
-      Eh… ¿está ocupado? – repite.
Niego con la cabeza, sonrojada, y me aparto para dejarle sitio.
-      Hace buen día, ¿verdad? – comenta, desatándose las deportivas.
-      Demasiado calor – gruño.
-      ¿No te gusta el verano?
-      No. Prefiero el infierno. Otoño en su defecto.
El chico suelta una carcajada a mi lado. Se limpia las manos en las calzonas deportivas y me tiende una.
-      Soy Brian – se presenta, con una sonrisa. Se le hace un hoyuelo en la barbilla al sonreír.
-      Alex – respondo. Hace tanto que no sonrío que se me ha olvidado cómo.

 En cuanto me separo del árbol, regreso a la realidad, pero todo ha cambiado. El bosque está más iluminado, y la luz es cada vez más naranja. El sol se está encendiendo. Toco otro árbol.

 -      Vaya, ¿cómo tú por aquí?
Me giro y ahí está Brian. No es casualidad, he estado persiguiéndolo por siglos hasta dar con él. Es extraño encontrármelo trabajando en una discoteca, vestido con ropa bastante formal, después de haberlo visto en calzonas y camiseta de deporte. Lleva el pelo perfectamente peinado, y una camisa negra abierta hacia la mitad del pecho. Desvío la mirada, incómoda. Probablemente haya sido un error venir. Igualmente, ¿por qué estoy aquí?
-      Eh, hola – continúa Brian -. ¿Siempre tienes esa manía de ausentarte?
Le devuelvo la mirada, roja como un tomate, para encontrarme con sus ojos violetas. A las luces parpadeantes de la discoteca, casi parecen lentillas multicolores.
-      Hola – respondo -. Ponme algo. Sin alcohol.
-      Marchando una Coca-cola entonces.

 Me separo del árbol. Brian. ¿Por qué recuerdo a Brian? ¿Por qué no recuerdo otra cosa de mi hogar, de mi familia, de otros amigos, que no sea él?

 Debería de haberme dado cuenta la primera vez que lo miré a los ojos de que no sería difícil confiar en Brian. Casi me río ante lo ingenua que fui. Ahora estamos aquí, sentados en el mismo banco en que nos conocimos, apenas un par de días antes. Él está borracho, yo estoy borracha, y las cosas empiezan a dar vueltas a mi alrededor. ¿Por qué todo se mueve?
-      Estate quieto – gruño, golpeándole el hombro.
-      Estoy quieto.
Brian está demasiado cerca. Tanto que casi podría contar sus pestañas, si estas no se estuvieran moviendo tanto. Sus ojos parecen oscuros a la luz de la noche, casi tanto como su camisa. Huele a alcohol, pero es dulce.
-      Alex – susurra él.
Siento su mano en mi cintura, agarrando con suavidad la tela de la blusa. De repente, me siento culpable. Le aparto de un empujón y salgo corriendo.
-      ¡Alex, espera!
Brian me alcanza al instante. Al fin y al cabo, él es un atleta, y yo corro haciendo eses. No es una carrera muy igualada, para ser justos.
-      Suéltame – mascullo, lanzándole un mordisco a la mano que me tiende.
-      ¿Qué pasa? Lo hemos pasado bien esta noche, ¿no?
Sin explicación aparente, me pongo a llorar.

 Cuando separo la mano del árbol, noto que estoy llorando, porque ahora sí sé por qué lo hacía. Lo habíamos pasado bien. Muy bien. Y la última vez que lo había pasado así fue con Em. Con Em. Sentirme de nuevo de esa manera era una especie de sensación de paz y traición al mismo tiempo. Como si solo estuviera obligada a pasármelo bien con Emily y, tras su muerte, no pudiese volver a disfrutar.
Me arrastro hacia otro árbol.
 
Brian está fuera, en el porche, apoyado contra un coche oscuro. No es portentoso ni caro, un coche normal. Casi lo prefiero. Le sonrío al verlo y él me devuelve la sonrisa, antes de darme un beso en la mejilla. Esto ya es como rutina.
Brian deja la puerta abierta para que pase y después se desplaza hacia su asiento. Ver cómo los músculos de sus brazos se tensan al coger el volante también es algo diario.
-      ¿A dónde hoy? – murmura.
Pienso a conciencia todos los días dónde quiero ir. La playa hoy estará abarrotada, es viernes, al igual que el parque, pero hay un lugar que estará más solo que ningún día.
Y así es como llegamos al mirador. Las vistas desde ahí arriba son increíbles. Salimos del coche y nos sentamos sobre el capó, con latas de Coca-cola en las rodillas.
-      Es precioso, Al – murmura Brian, entrecerrando los ojos.
El atardecer está a punto de caer, con el sol casi rozando el suelo. El cielo naranja parece pedir a gritos que lo fotografíen. Como acto reflejo, saco la cámara y comienzo a tomar fotos desde todos los ángulos. Brian está acostumbrado, así que se tumba sobre el capó y cierra los ojos. Es entonces cuando, sin darme cuenta, me percato de que he estado fotografiándolo a él.

 Me gustaba la fotografía. El cielo ahora mismo también es rojo brillante, con el sol iluminándose poco a poco. Me pregunto si me gustaría fotografiarlo.

 Brian conduce de camino a casa. Hemos estado en la playa que, ahora, a finales del verano, está casi vacía a última hora de la tarde.
-      Entonces, ¿qué ocurrirá cuando acabe el verano? – pregunta, con el ceño fruncido.
La pregunta me desconcierta.
-      ¿Qué ocurrirá?
-      O sea, lo estamos pasando bien y todo eso, pero… ¿será igual en invierno?
-      Brian, ¿qué…?
Brian frena el coche en seco y se gira para mirarme. Sus ojos violetas rezuman algo que no había visto nunca, algo que incluso parece extraño en él. Diría rabia, pero parece algo mucho mayor que la rabia, aunque no necesariamente malo.
-      No quiero… -  comienza. Cierra los ojos y golpea el volante con la palma de la mano -. Joder, no quiero que esto sea solo en verano, Al. Quiero el invierno, el otoño y cada estación del año.
Y me besa.

 Me toco los labios. Él me besó. ¿Lo amaba? ¿Lo amo? ¿Dónde está Brian ahora? ‘Por favor, que no esté muerto. O casi muerto’.

 -      Buenos días – susurra Brian contra mi oreja.
Me revuelvo entre las sábanas para golpearle en la cara con la almohada. Odio que me despierte. Brian me coge por la cintura y me aplasta la espalda contra el colchón colocando un brazo y una pierna sobre mí. Siento su nariz rozando mi mandíbula, hasta que su boca llega a mi oreja y me agarra el lóbulo con los dientes, con suavidad.
-      Te quiero – murmura.
Giro la cara hasta que puedo besarlo y le atraigo hacia mí, de nuevo. No podré acostumbrarme nunca a tenerlo en mi cama, tan cerca, piel con piel, como si fuésemos una sola persona. Somos una sola persona.
-      Yo también te quiero.

 Me sonrojo. Ni siquiera me doy cuenta de que el sol está brillando con más fuerza de lo que nunca lo ha hecho. No entiendo por qué recuerdo a Brian, o por qué su recuerdo hace resplandecer todo. Quizá eso era él. El sol que me sacó de la oscuridad en la que me sumí cuando Em se fue. La llamo a voces, pero ella no contesta. Estoy adentrándome en el bosque, cada vez más, perdiéndome. Alejándome de ella para encontrar a Brian.

 -      Solo digo que deberíamos dejar lo de Barcelona para otro fin de semana – mascullo.
Brian tiene los ojos fijos en la carretera, mientras me acaricia los nudillos con la mano que no tiene al volante.
-      Cariño, vas a amar Barcelona. Te lo prometo.
-      ¿Qué de interesante tiene? ¿No podemos ir a Londres? Está más cerca.
Brian me mira durante una milésima de segundo.
-      Hemos ido tres veces a Londres.
Arrugo la nariz en señal de protesta. No quiero viajar en avión, no me gusta. Lo odio. Pero antes ir de nuevo a Londres en tren, a esa ciudad inflamada de ruido, que volar en avión hasta el campo de los parientes españoles de Brian.
-      De verdad, no sé por qué te quejas tanto. Pensaba que te gustaba España.
-      No, lo leíste en mi diario, mentiroso.
-      Igualmente, pensaba que te gustaba.
-      Y me gusta. Es solo que no me apetece.
Brian devuelve la vista hacia mí un segundo. Ha cambiado después de este año, como es normal. Tiene el pelo más corto y, ahora que ha conseguido nuevo trabajo, parece mucho más un adulto.
-      Te prometo que…
Pero no llego a saber qué es, porque entonces, llega la luz, el golpe, y todo oscurece.

 El accidente. Ahora recuerdo el accidente. Y el dolor, casi tan cegador que el que me provocó perder a Em, aunque mi cuerpo realmente no lo sentía, porque estaba inconsciente. Pero yo ahora sí lo siento.
El pitido regresa a mis oídos. Veo una sala blanca, con doctores alrededor, y sangre. Se gritan órdenes, pero no alcanzo a saber qué dicen. Mi pecho se encoge bajo el dolor. ¿Dónde estará Brian? No está muerto, ¿verdad? Si estuviera muerto, o casi muerto, estaría aquí, conmigo. Él no puede estar muerto, él está bien.
Corro de vuelta hacia el lugar de piedra donde está Em, pero, por más que corro, no sé cuál es el camino. Es como si hubiese desaparecido. Llamo a Em desesperada, a Brian incluso, pero no hay nadie que pueda oírme. A mi alrededor, el bosque empieza a morir de nuevo.
‘Esto es lo que ocurre. El bosque muere cuando yo muero’. Siento los árboles caer a mi alrededor, y la perspectiva de quedarme aquí, para siempre, en un lugar sin calor, con un sol que no ilumina, me aterra. Quiero volver, vivir, estar con Brian.
‘Brian, dime que no estás muerto. Por favor, no estés muerto…’.
Corro aún más rápido, tanto como me permiten mis piernas, pero el bosque muere, y yo con él, o yo muero y él conmigo. Es difícil saber quién está atado a quién.
‘Quiero vivir, quiero vivir, quiero vivir’.
-      Vamos, vamos. Hay que reanimarla.
-      Ella está realmente herida, no podemos hacer milagros.
-      Podemos salvarla. Vamos, vamos.
Siento una opresión en el pecho, y vuelve a invadirme el dolor. Las voces hablan muy arriba, me invaden los oídos hasta reventármelos.
-      ¿Y el chico?
-      Fuera de peligro. Vamos, ayudadme.
Brian está bien. La sola idea me hace querer vivir con más fuerza.
Entonces veo a Em. Está sentada en lo alto de una torre, con las alas de ángel relucientes a su espalda.
-      ¡Em! – grito, casi sin aliento.
-      ¡Vete, Alex! – responde -. ¡No quieres estar aquí!
‘Ven conmigo’, quiero decirle. Pero alguien ha dicho que no podemos hacer milagros, y ella lleva mucho tiempo aquí. No puedo devolverla conmigo.
Entonces, la oscuridad me traga. No oigo, no siento, no veo. Solo escucho el pitido en mis oídos. Constante. Horrible. Largo.
Y, durante diez segundos, estoy muerta.
Pero entonces, algo bajo mi pecho aletea. Se mueve. Débil al principio, como un pajarillo recién nacido, pero se hace fuerte pronto. Empieza a volar.
Estoy viva.
Abro los ojos y veo la vida.