¡Buenísimos días, mis patos! ¿No estáis felices hoy? Ña, Paramore.
Bueno, lo prometido es deuda. Sé que es un poco tarde, pero llevo toda la tarde retocando esto. Hace unos meses escribí una historia corta, ridículamente corta, que no tiene más que esto. Me ha tomado mi tiempo decidir compartirla con vosotros, algo mío, algo inventado por mí y no un fic. Pero he decidido hacerlo.
Antes de nada, tenéis que saber que esto es solo eso, esto. No tiene un antes ni un después. La escribí hace muchisimo en un montón de hojas de papel y ahora las he puesto aquí, ordenadas, pero no hay nada más que esto (al menos por ahora, ña. Como dice Justin Bieber, 'never say never'). Empezó siendo un proyecto para un trabajo de Filosofía, hasta convertirse en una especie de historia de amor (?). Es muy importante para mí enseñaros esto, porque, como he dicho siempre, lo que escribo es una parte de mí, y, al igual que Clary en TMI, escribir (aunque en su caso sea dibujar), sea lo que sea, es para mí como un diario. Ña. Espero de verdad que os guste :)
PD: El título hace referencia a una canción de Evanescence (grupo que adoro, dicho sea de paso), que era la canción con la que empecé a escribir esto. Siento que sea tan largo, ña.
Hace unos años, tuve un sueño.
Había un bosque. Y una chica. Y
nevaba.
Y, cuando desperté, me sentía
aún dentro de ese bosque, con la nieve congelada bajo mis ropas, empapándome,
helándome hasta el tuétano de los huesos, como si pudiera meterse bajo mi piel
y extender un manto de frío. Podía oler el olor a árboles, escuchar a los
pequeños animales que se atrevían a salir con el frío corretear, e incluso
podía ver la luz del sol, arriba, sobre mi cabeza, sin calentar ni una milésima
parte de mi cuerpo.
Pero el bosque había
desaparecido, y la nieve, y los animales y el sol, incluso el sol. Y la chica.
La sensación ahora es la misma.
Si hay algo que me ha recordado
ese sueño ha sido el sol. El sol sobre mi cabeza, cálido esta vez, como una
caricia del propio fuego. Sé que es el sol, porque no hay nada en el mundo que
pueda calentar como él. Tiene una calidez propia, al igual que las flores o el
mar tienen su olor propio. Único. Abro los ojos, preparando las manos a modo de
visera, pero, en cuanto separo un poco los párpados, descubro que todo está
oscuro. ¿Cómo puede ser eso? ¿Sentir que es de noche y de día al mismo tiempo?
Me levanto, escuchando cómo el peso de mi cuerpo parte las ramitas secas que
hay bajo él, y miro a mi alrededor.
No lo reconozco al principio.
Parece muerto y descuidado, más que la última vez, pero antes había un atisbo
de vida en las hojas que se oponían al invierno o en los animales que buscaban
sobrevivir al frío. Ahora ya no hay nada, solo yo.
El sol se ha apagado.
Y yo con él.
Camino despacio entre los
troncos secos, a oscuras, con el sofocante calor del sol apagado sobre mi
cuerpo. La tenue luz que ilumina el bosque de mi sueño me permite ver cuán
muerto está todo, pero no me permite verme a mí misma. Ni siquiera cuando llego
a un estanque, con el agua cristalina, y me inclino para beber, no hay ningún
reflejo que me devuelva la mirada. Es como si yo no estuviese, pero estoy.
-
¿Hola? – pregunto,
removiendo el agua. Nadie responde -. ¿Hola?
Agito una vez más el agua y,
entonces, como si del mismo estanque hubiese surgido una mano líquida, me
siento arrastrar hacia abajo, cada vez más profundo, alejándome del calor del
sol. El agua fría me hiela los pulmones, y siento que me ahogo. Me dejo llevar.
Esto es otro sueño, no es más que otro sueño…
Chillo.
Y entonces, escucho el pitido.
Palpitante, como un corazón. Me tapo los oídos a fin de amortiguarlo, pero
parece nacer de mi propio cerebro. No hay nada que pueda calmarlo.
-
¿Alex?
Me giro hacia la voz. No
comprendo lo que ha dicho, no comprendo de dónde procede, pero la he oído con
demasiada distancia, amortiguada por mis manos. Y demasiado clara. Si esto es
real, ¿por qué una voz puede hablar con tanta claridad bajo el agua?
-
Alex.
Alguien se acerca y me quita
las manos de los oídos. Después, cuando sus dedos rozan mi cuello, dejo de
sentir el agua y el frío, y regresa la calidez.
-
¿Qué haces aquí,
Alex?
Busco su rostro con los ojos,
pero no encuentro nada, solo los árboles. El sol sigue sin brillar, y su calor
es cada vez más tenue.
-
¿Qué le ha pasado
al bosque? – pregunto.
La persona invisible me alza,
porque siento cómo el suelo parece alejarse de mi cuerpo. Maldita sea, ¿qué
está pasando?
-
Olvidaba cómo era
al principio – susurra la voz.
Recuerdo esa voz. Es una voz
dulce, cantarina, aunque ahora suene lúgubre, pero sigue siendo hermosa. De
mujer. Fue a ella a quien vi en el bosque la primera vez, cuando todo estaba
vivo, aunque rodeado de invierno.
¿Quién es Alex? ¿Seré yo?
Intento recordar mi nombre, o si tengo uno, para variar, pero el primer
recuerdo que tengo, además del sueño, es haber despertado. Más allá no hay
nada.
-
Cierra los ojos –
susurra la chica.
Hago lo que me pide y dejo de
ver, incluso de sentir el sol. Me aterra haberme sumido en una oscuridad tan
profunda y tan fría que acabe por consumir la poca calidez que me queda, pero
confío en la chica.
-
Puedes abrirlos.
Y abrirlos es un mundo
completamente nuevo. Puedo ver muros de piedra oscura, ventanas que dan la
vista a un cielo azul con un resplandeciente sol brillante, y otras, por el
contrario, que muestran el paisaje que acabo de llegar. El contraste entre
ambos es tan desolador que casi tengo ganas de ponerme a llorar.
-
Alex, Alex, Alex… -
susurra su voz a mi espalda -. ¿Qué haces aquí?
Me giro y por fin puedo verla.
Lleva puesta una larga túnica blanca, y el pelo rubio peinado con la raya
perfectamente al medio. Sus ojos azules se encuentran rodeados de pestañas tan
oscuras que ni siquiera parecen suyas, y la boca, con dientes perfectos y
labios gruesos, forma una mueca de disgusto. No es como yo la recuerdo,
sonriendo entre los árboles y la nieve.
-
¿Mi nombre es Alex?
– pregunto.
La chica me mira de arriba
abajo, apartándose el pelo de las sienes, y camina hacia mí con la delicadeza
de una pluma, sin hacer ruido al rozar el suelo con los pies desnudos. Me coge
por los hombros y me abraza.
-
Trata de recordar –
susurra en mi oído -. No puedes estar aquí.
Cierro los ojos, apoyando la
barbilla en su hombro, e intento lo que me pide.
Apenas he acabado de acomodarme
a su forma cuando empiezan a asaltarme las imágenes. Veo a una niña jugar en un
parque, con las dos trenzas oscuras ondeando al viento, y los ojos verdes
mirando inquisitivos por doquier. Veo nombres, fechas y lugares que no
reconozco, y que se borran de mi memoria al mismo tiempo que los veo. Y la veo
a ella, delante de mí, con una muñeca entre las manos. ‘La tuya no está guapa.
Tienes que cambiarle el vestido’, dice, con esa voz cantarina e infantil suya.
Y la veo a ella correr por el mismo bosque, desesperada. Entonces, cae en el estanque, pero no hay nadie para sacarla de allí. Me separo de ella.
-
¿Qué debo recordar,
Emily?
-
¿Me recuerdas a mí?
– murmura ella, con lágrimas en los ojos.
Asiento. Recuerdo todo sobre
ella. Cuándo la conocí. Cómo la conocí. Cómo se convirtió en mi mejor amiga, en
mi hermana. En ese pacto de sangre que nos dejó a las dos una inmensa cicatriz
en la palma de la mano. Pero recuerdo algo más, algo que mi cerebro se niega a
hacerme recordar, y que me da miedo. Es algo aterrador.
-
¿Qué pasa, Em? –
digo, mirándola -. ¿Dónde estamos?
-
Tú… - comienza
ella.
Entonces, consigo derribar la
barrera que protege ese recuerdo y me dejo envolver por él.
Dolor. Eso es lo que es.
El dolor más profundo, o tal
vez el más dañino. Inhumano. Como una bestia desgarrando desde dentro. Caigo de
rodillas al suelo, observando en mi mente cómo Emily cae al suelo al mismo tiempo, en un charco
de sangre y vómito, sufriendo espasmos tan horribles que me separo de ella,
asustada, y corro.
La dejé sola. La dejé sola y
ella murió sin mí.
-
¿Qué pasó, Em? –
pregunto. Ahora soy yo la que llora.
-
Tenía una
enfermedad. Iba a morirme en cualquier momento.
No me lo contó. Éramos como
hermanas y no me dijo que se iba a morir. Me entran ganas de pegarla. Está muerta.
-
¿Estoy yo muerta
también?
Emily me mira, abriendo sus
ojos como platos. Me pone una mano en el pelo oscuro, acariciándome, y luego
pasa un dedo por mi mentón.
-
No aún – susurra -.
Y no deberías morir.
-
¿Cómo que ‘no aún’?
¿Qué significa eso?
Emily me ayuda a levantarme y
entonces las veo. Apenas son unas sombras luminosas que recorren sus hombros,
pero me basta para saber que Emily tiene alas. Como un ángel.
-
Tienes que
recordar, Alex – continúa Emily, llevándome hacia las ventanas que dan al lugar
sin sol -. Solo así podrás volver.
¿Y si no quiero volver? ¿Y si
quiero quedarme allí con ella? Emily me empuja al exterior y, de nuevo, estoy
sola en la oscuridad.
Empiezo a andar, golpeándome
con los troncos de los árboles muertos. Recordar. Sé mi nombre, sé quién es
Emily, pero ¿qué tengo que recordar exactamente? Toco el tronco de un árbol y,
de repente, viene hacia mí el primer recuerdo.
Estoy en un parque. He comprado helado de chocolate para mí sola, ya
que, desde que Em se fue, no he vuelto a salir con nadie. Me siento
inmensamente sola. Como si ella se hubiese llevado todo lo que me quedaba. Como
cucharadas de mi helado casi con desgana, apartada del sol veraniego. Odio el
verano. Todo el calor, todo el bochorno… No entiendo cómo la gente puede amar
eso.
-
Hola – dice alguien a mi lado -. ¿Está ocupado?
Me giro y veo a un chico. Es alto, atlético, a juzgar por la ropa
deportiva, y está muy sudado, por lo que deduzco que viene de hacer ejercicio.
Tampoco hay que ser muy lista para pillar eso. Tiene la piel blanquecina, tan
pálida que me pregunto si no tendrá algún tipo de de enfermedad. Ni siquiera
está moreno por el calor. Su pelo es dorado, pero un dorado más castaño que
rubio, y cae largo hasta sus ojos, de un profundo color violeta. ¿Cómo pueden
ser unos ojos violetas?
-
Eh… ¿está ocupado? – repite.
Niego con la cabeza, sonrojada, y me aparto para dejarle sitio.
-
Hace buen día, ¿verdad? – comenta, desatándose las
deportivas.
-
Demasiado calor – gruño.
-
¿No te gusta el verano?
-
No. Prefiero el infierno. Otoño en su defecto.
El chico suelta una carcajada a mi lado. Se limpia las manos en las
calzonas deportivas y me tiende una.
-
Soy Brian – se presenta, con una sonrisa. Se le hace
un hoyuelo en la barbilla al sonreír.
-
Alex – respondo. Hace tanto que no sonrío que se me
ha olvidado cómo.
En cuanto me separo del árbol,
regreso a la realidad, pero todo ha cambiado. El bosque está más iluminado, y
la luz es cada vez más naranja. El sol se está encendiendo. Toco otro árbol.
-
Vaya, ¿cómo tú por aquí?
Me giro y ahí está Brian. No es casualidad, he estado persiguiéndolo
por siglos hasta dar con él. Es extraño encontrármelo trabajando en una
discoteca, vestido con ropa bastante formal, después de haberlo visto en
calzonas y camiseta de deporte. Lleva el pelo perfectamente peinado, y una
camisa negra abierta hacia la mitad del pecho. Desvío la mirada, incómoda.
Probablemente haya sido un error venir. Igualmente, ¿por qué estoy aquí?
-
Eh, hola – continúa Brian -. ¿Siempre tienes esa
manía de ausentarte?
Le devuelvo la mirada, roja como un tomate, para encontrarme con sus
ojos violetas. A las luces parpadeantes de la discoteca, casi parecen lentillas
multicolores.
-
Hola – respondo -. Ponme algo. Sin alcohol.
-
Marchando una Coca-cola entonces.
Me separo del árbol. Brian.
¿Por qué recuerdo a Brian? ¿Por qué no recuerdo otra cosa de mi hogar, de mi
familia, de otros amigos, que no sea él?
Debería de haberme dado cuenta la primera vez que lo miré a los ojos
de que no sería difícil confiar en Brian. Casi me río ante lo ingenua que fui.
Ahora estamos aquí, sentados en el mismo banco en que nos conocimos, apenas un
par de días antes. Él está borracho, yo estoy borracha, y las cosas empiezan a
dar vueltas a mi alrededor. ¿Por qué todo se mueve?
-
Estate quieto – gruño, golpeándole el hombro.
-
Estoy quieto.
Brian está demasiado cerca. Tanto que casi podría contar sus pestañas,
si estas no se estuvieran moviendo tanto. Sus ojos parecen oscuros a la luz de
la noche, casi tanto como su camisa. Huele a alcohol, pero es dulce.
-
Alex – susurra él.
Siento su mano en mi cintura, agarrando con suavidad la tela de la
blusa. De repente, me siento culpable. Le aparto de un empujón y salgo
corriendo.
-
¡Alex, espera!
Brian me alcanza al instante. Al fin y al cabo, él es un atleta, y yo
corro haciendo eses. No es una carrera muy igualada, para ser justos.
-
Suéltame – mascullo, lanzándole un mordisco a la
mano que me tiende.
-
¿Qué pasa? Lo hemos pasado bien esta noche, ¿no?
Sin explicación aparente, me pongo a llorar.
Cuando separo la mano del
árbol, noto que estoy llorando, porque ahora sí sé por qué lo hacía. Lo
habíamos pasado bien. Muy bien. Y la última vez que lo había pasado así fue con
Em. Con Em. Sentirme de nuevo de esa manera era una especie de sensación de paz
y traición al mismo tiempo. Como si solo estuviera obligada a pasármelo bien
con Emily y, tras su muerte, no pudiese volver a disfrutar.
Me arrastro hacia otro árbol.
Brian está fuera, en el porche, apoyado contra un coche oscuro. No es
portentoso ni caro, un coche normal. Casi lo prefiero. Le sonrío al verlo y él
me devuelve la sonrisa, antes de darme un beso en la mejilla. Esto ya es como
rutina.
Brian deja la puerta abierta para que pase y después se desplaza hacia
su asiento. Ver cómo los músculos de sus brazos se tensan al coger el volante
también es algo diario.
-
¿A dónde hoy? – murmura.
Pienso a conciencia todos los días dónde quiero ir. La playa hoy
estará abarrotada, es viernes, al igual que el parque, pero hay un lugar que
estará más solo que ningún día.
Y así es como llegamos al mirador. Las vistas desde ahí arriba son
increíbles. Salimos del coche y nos sentamos sobre el capó, con latas de
Coca-cola en las rodillas.
-
Es precioso, Al – murmura Brian, entrecerrando los
ojos.
El atardecer está a punto de caer, con el sol casi rozando el suelo.
El cielo naranja parece pedir a gritos que lo fotografíen. Como acto reflejo,
saco la cámara y comienzo a tomar fotos desde todos los ángulos. Brian está
acostumbrado, así que se tumba sobre el capó y cierra los ojos. Es entonces
cuando, sin darme cuenta, me percato de que he estado fotografiándolo a él.
Me gustaba la fotografía. El
cielo ahora mismo también es rojo brillante, con el sol iluminándose poco a
poco. Me pregunto si me gustaría fotografiarlo.
Brian conduce de camino a casa. Hemos estado en la playa que, ahora, a
finales del verano, está casi vacía a última hora de la tarde.
-
Entonces, ¿qué ocurrirá cuando acabe el verano? –
pregunta, con el ceño fruncido.
La pregunta me desconcierta.
-
¿Qué ocurrirá?
-
O sea, lo estamos pasando bien y todo eso, pero…
¿será igual en invierno?
-
Brian, ¿qué…?
Brian frena el coche en seco y se gira para mirarme. Sus ojos violetas
rezuman algo que no había visto nunca, algo que incluso parece extraño en él.
Diría rabia, pero parece algo mucho mayor que la rabia, aunque no
necesariamente malo.
-
No quiero… -
comienza. Cierra los ojos y golpea el volante con la palma de la mano -.
Joder, no quiero que esto sea solo en verano, Al. Quiero el invierno, el otoño
y cada estación del año.
Y me besa.
Me toco los labios. Él me besó.
¿Lo amaba? ¿Lo amo? ¿Dónde está Brian ahora? ‘Por favor, que no esté muerto. O
casi muerto’.
-
Buenos días – susurra Brian contra mi oreja.
Me revuelvo entre las sábanas para golpearle en la cara con la
almohada. Odio que me despierte. Brian me coge por la cintura y me aplasta la
espalda contra el colchón colocando un brazo y una pierna sobre mí. Siento su
nariz rozando mi mandíbula, hasta que su boca llega a mi oreja y me agarra el
lóbulo con los dientes, con suavidad.
-
Te quiero – murmura.
Giro la cara hasta que puedo besarlo y le atraigo hacia mí, de nuevo.
No podré acostumbrarme nunca a tenerlo en mi cama, tan cerca, piel con piel,
como si fuésemos una sola persona. Somos una sola persona.
-
Yo también te quiero.
Me sonrojo. Ni siquiera me doy
cuenta de que el sol está brillando con más fuerza de lo que nunca lo ha hecho.
No entiendo por qué recuerdo a Brian, o por qué su recuerdo hace resplandecer
todo. Quizá eso era él. El sol que me sacó de la oscuridad en la que me sumí
cuando Em se fue. La llamo a voces, pero ella no contesta. Estoy adentrándome
en el bosque, cada vez más, perdiéndome. Alejándome de ella para encontrar a
Brian.
-
Solo digo que deberíamos dejar lo de Barcelona para
otro fin de semana – mascullo.
Brian tiene los ojos fijos en la carretera, mientras me acaricia los
nudillos con la mano que no tiene al volante.
-
Cariño, vas a amar Barcelona. Te lo prometo.
-
¿Qué de interesante tiene? ¿No podemos ir a Londres?
Está más cerca.
Brian me mira durante una milésima de segundo.
-
Hemos ido tres veces a Londres.
Arrugo la nariz en señal de protesta. No quiero viajar en avión, no me
gusta. Lo odio. Pero antes ir de nuevo a Londres en tren, a esa ciudad
inflamada de ruido, que volar en avión hasta el campo de los parientes
españoles de Brian.
-
De verdad, no sé por qué te quejas tanto. Pensaba
que te gustaba España.
-
No, lo leíste en mi diario, mentiroso.
-
Igualmente, pensaba que te gustaba.
-
Y me gusta. Es solo que no me apetece.
Brian devuelve la vista hacia mí un segundo. Ha cambiado después de
este año, como es normal. Tiene el pelo más corto y, ahora que ha conseguido
nuevo trabajo, parece mucho más un adulto.
-
Te prometo que…
Pero no llego a saber qué es, porque entonces, llega la luz, el golpe,
y todo oscurece.
El accidente. Ahora recuerdo el
accidente. Y el dolor, casi tan cegador que el que me provocó perder a Em,
aunque mi cuerpo realmente no lo sentía, porque estaba inconsciente. Pero yo
ahora sí lo siento.
El pitido regresa a mis oídos.
Veo una sala blanca, con doctores alrededor, y sangre. Se gritan órdenes, pero
no alcanzo a saber qué dicen. Mi pecho se encoge bajo el dolor. ¿Dónde estará
Brian? No está muerto, ¿verdad? Si estuviera muerto, o casi muerto, estaría
aquí, conmigo. Él no puede estar muerto, él está bien.
Corro de vuelta hacia el lugar
de piedra donde está Em, pero, por más que corro, no sé cuál es el camino. Es
como si hubiese desaparecido. Llamo a Em desesperada, a Brian incluso, pero no
hay nadie que pueda oírme. A mi alrededor, el bosque empieza a morir de nuevo.
‘Esto es lo que ocurre. El
bosque muere cuando yo muero’. Siento los árboles caer a mi alrededor, y la
perspectiva de quedarme aquí, para siempre, en un lugar sin calor, con un sol
que no ilumina, me aterra. Quiero volver, vivir, estar con Brian.
‘Brian, dime que no estás
muerto. Por favor, no estés muerto…’.
Corro aún más rápido, tanto
como me permiten mis piernas, pero el bosque muere, y yo con él, o yo muero y
él conmigo. Es difícil saber quién está atado a quién.
‘Quiero vivir, quiero vivir,
quiero vivir’.
-
Vamos, vamos. Hay
que reanimarla.
-
Ella está realmente
herida, no podemos hacer milagros.
-
Podemos salvarla.
Vamos, vamos.
Siento una opresión en el
pecho, y vuelve a invadirme el dolor. Las voces hablan muy arriba, me invaden
los oídos hasta reventármelos.
-
¿Y el chico?
-
Fuera de peligro.
Vamos, ayudadme.
Brian está bien. La sola idea
me hace querer vivir con más fuerza.
Entonces veo a Em. Está sentada
en lo alto de una torre, con las alas de ángel relucientes a su espalda.
-
¡Em! – grito, casi
sin aliento.
-
¡Vete, Alex! –
responde -. ¡No quieres estar aquí!
‘Ven conmigo’, quiero decirle.
Pero alguien ha dicho que no podemos hacer milagros, y ella lleva mucho tiempo
aquí. No puedo devolverla conmigo.
Entonces, la oscuridad me
traga. No oigo, no siento, no veo. Solo escucho el pitido en mis oídos.
Constante. Horrible. Largo.
Y, durante diez segundos, estoy
muerta.
Pero entonces, algo bajo mi
pecho aletea. Se mueve. Débil al principio, como un pajarillo recién nacido,
pero se hace fuerte pronto. Empieza a volar.
Estoy viva.
Abro los ojos y veo la vida.