miércoles, 19 de septiembre de 2012

Harry Potter. 'Hasta el final'.

¡Hola, preciosos! Como ya dije, voy a parar con los fics de LJDH (¡Ojo! No quiere decir que no vaya a escribir más, porque, de hecho, tengo algunos pensados). Tengo que decir que este fic no era el que tenía pensado para hoy, pero me siento con la obligación de subirlo para que lo leáis. Así que, aquí os dejo mi primer fic del maravilloso/fantabuloso/increinífico Harry Potter. Sí. La saga que más me ha marcado, tanto a mí como a millones de personas alrededor del mundo, es y será Harry Potter. De hecho, creo que solo hay dos personas a las que no les gusten los libros: los que se conformaron con las películas y los abortos de troll que dicen que es para frikis (matemos a estos últimos). El caso es que, no sé por qué, siempre he imaginado una escena de ellos dos un poco, eh... subidita de tono (? en un escobero. Sí, un escobero, llamadme loca. Así que aquí os la dejo. Espero que os guste <3
PD: Aprovecho para decir que me encantaría que me dejáseis comentarios, sino aquí, en mi Twitter (@DisorientedDuck), porque me interesan vuestras opiniones, peticiones, incluso las quejas para ayudarme a mejorar. ¡Prometo haceros caso, guaposos!


-      Maldito Binns y sus malditas historias de duendes.
Sirius soltó el libro sobre la mesa con un sonoro golpe, despertando a Peter de su ligero sueño. Remus era el único que parecía estudiar golpeándose rítmicamente la nariz con la punta de su pluma. Un prefecto les mandó callar llevándose un dedo a los labios, pero solo Peter se fijó en él y agachó la cabeza, sobrecogido. Sirius bostezó y se levantó de la mesa, colocándose la larga melena de pelo negro.
-      ¿No quieres que Binns te apruebe, Canuto? – replicó Remus, con una mirada severa.
-      Odio la Historia. Y a los duendes. Los metía a todos en el Bosque Prohibido.
-      ¿Qué sentido tiene eso? – rió Remus, frotándose los ojos cansados -. No es tan peligroso como dicen, lo sabemos bien.
-      Cierto – corroboró Sirius, frotándose la barbilla -. Siempre será mejor encerrarlos contigo en la Casa de los Gritos.
Remus Lupin forzó una sonrisa y, en una milésima de segundo, su libro de Pociones se estampó contra la frente del otro muchacho. Peter rió a carcajadas, y pronto también Remus se le unió. Sirius soltó un ladrido y se lanzó sobre Remus, que apenas podía defenderse debido a su descontrolada risa.
-      ¡Basta!
La voz les sobresaltó y consiguió que se separasen de inmediato. Conocían demasiado bien esa voz.
Minerva McGonagall apareció por la puerta de la biblioteca, con su sombrero de pico ligeramente ladeado. Parecía alarmada, aunque sin perder la seriedad que tan característica era de ella.
-      ¿Creen ustedes que este es el comportamiento adecuado para unos alumnos de mi Casa en esta biblioteca?
Los tres amigos se miraron, sin saber muy bien qué decir. Estaban acostumbrados a las reprimendas, pero sabían, por experiencia, que sus contestaciones no siempre ayudaban.
-      Responda, Black.
Sirius se apartó el pelo negro de la cara y miró profundamente a la profesora McGonagall.
-      No, profesora – admitió, poniendo su cara más inocente.
-      Salid de aquí los cuat… ¿dónde está Potter?
Los amigos volvieron a mirarse, pero esta vez fue Remus el que contestó.
-      Él está en la Sala Común, profesora.
-      ¿Está absolutamente seguro de eso, Lupin? – inquirió la profesora, mirándolo por encima de sus gafas.
-      Sí, profes…
Justo en ese momento, el cabello negro de James Potter apareció entre las estanterías. Era un chico alto, de cabello oscuro y siempre revuelto, con los ojos castaños ocultos tras unas gafas que ahora guardaba en el bolsillo de su túnica. Llevaba la corbata desabrochada, colgando a ambos lados de su cuello. Una de las chicas de la biblioteca se giró al mirarlo pasar, y él le dedicó una media sonrisa.
-      Potter – murmuró la profesora McGonagall – Qué sorpresa.
-      Lo mismo puedo decir yo, profesora – sonrió James, pasándose una mano por el pelo.
-      ¿Estaba usted seguro entonces, Lupin?
Remus bajó la cabeza, avergonzado. No estaba acostumbrado a mentir a los profesores, pues siempre eran Sirius y James los que se encargaban de esa tarea.
-      Os quiero a los cuatro fuera de aquí, ya – ordenó la profesora, mirándolos con ojos severos.
Y acto seguido se marchó.
-      ¿Encontraste algo, Cornamenta? – preguntó Sirius, impaciente, mientras salían.
James sonrió, palpándose la barriga con dos golpecitos.
-      Es una suerte lo de esa capa – añadió Remus, moviendo la cabeza -. No me imagino la cara de McGonagall si te llega a ver saliendo de la Sección Prohibida.
-      Sería divertido, Lunático, gracias por sugerirlo.
Todos rieron, imaginándolo. Entonces, minutos después, Sirius miró a James, inquieto.
-      Entonces, ¿qué?
-      Tengo la receta para hacer la poción multijugos, pero es muy complicado – añadió James, frunciendo el ceño.
-      ¿Cuánto nos puede llevar? – inquirió el tímido Peter.
-      Al menos un mes o así. Suerte que eres bueno en pociones, Lunático.
-      ¿Un mes? – chilló Sirius, agarrándose el pelo -. ¿¡Y si no lo conseguimos!? Maldita sea, James, tengo que aprobar ese examen como sea.
-      Lo complicado no es la poción, Canuto – interrumpió Remus, ceñudo -. Lo complicado es conseguir que alguno se transforme en Lily para que Slughorn nos dé el examen.
James soltó un gruñido. Al principio, se había opuesto totalmente, pero, viendo cómo iba a ir su plan de estudio condenado al desastre, priorizando en sus tardes los entrenamientos de Quidditch, sabía que no le quedaba otro remedio. Lo peor sería si Lily se enteraba.
-      Slughorn tiene a Lily en un pedestal. Fijo que se lo da.
-      Eso espero.
James miró el reloj de su muñeca y sonrió. Le quedaban diez minutos para verla. Entre la enorme cantidad de deberes y los entrenamientos, apenas habían tenido tiempo para estar a solas en las últimas dos semanas.
-      Mirad la cara de imbécil que se le ha puesto, al enamorado – soltó Remus, riendo.
-      Qué asco – gruñó Sirius.
James alargó las dos manos y, con la velocidad propia de un buscador, les asestó dos collejas en el cuello. Los chicos rieron.
-      ¿Has quedado con ella? – comentó Remus, frotándose la nuca.
-      Sí, ahora.
-      ¡Ah! – gritó Sirius, llevándose la mano al pecho de una manera teatral -. Ya no me cuentas nada, Potter. Creí que éramos amigos.
-      ¿Amigos tú y yo, chucho? Ni una rata querría ser amiga tuya.
-      Bueno, Pete lo es. ¿Verdad que sí, Colagusano?
Peter sonrió, bajando la cabeza. Sirius soltó una carcajada, satisfecho.
-      Ya ves, Cornamenta. No todo gira en torno a ti.
-      Bueno, ¿y tú? ¿Cuándo pensabas decirme que ibas a enrollarte con Anastacia Finningan en Hogsmeade?
Remus y Peter soltaron una sonora carcajada, coreados por James, que tuvo que sujetarse la capa de invisibilidad y la hoja de papel que llevaba escondidas bajo el jersey para que no se le cayesen.
-      Exceso de cerveza de mantequilla, pedazo de idiota. Además, luego me acordé de que tú ya te habías enrollado con ella y no me apetecía tragarme tus babas.
-      Ya, lo que tú digas, Black.
James sonrió a su amigo.
-      Además, ella sigue pillada por ti, cuernos. Es obvio cómo te mira.
James lo sabía. La había visto muchas veces, pero eso no tenía ningún efecto en él. Anastacia Finningan era guapa, podría decirse que una de las más guapas del curso, pero él solo tenía ojos para una.
-      Me voy – anunció sonriendo.
-      Diviértete – señaló Remus, guiñándole un ojo.
-      Déjala respirar – añadió Peter.
Incluso Sirius, aún enfurruñado, le dedicó unas ‘bonitas’ palabras.
-      Ojalá te ahogue con su lengua, Potter.
James soltó una risotada y le pasó a Remus la capa de invisibilidad y la hoja con la receta. Acto seguido salió corriendo, sacando el mapa del merodeador y las gafas del bolsillo de su túnica.
Séptimo piso.
Subió la Gran Escalera a la velocidad del rayo, sin dejar de ojear el mapa. Estuvo a punto de tropezar varias veces, pero estaba entrenado para no caer. Por algo era buscador de Gryffindor. Cuando, finalmente llegó, estaba exhausto, pero apenas se detuvo unos minutos a descansar. Localizó una puerta, la abrió y se metió dentro.
Era un escobero. Probablemente uno de los más grandes de Hogwarts, pero estaba tan lleno de escobas y cubos que parecía aún más pequeño. Tan solo un poco de luz proveniente de una pequeña ventana iluminaba el cuartito, pero era suficiente como para que James pudiese adivinar formas y colores. Miró el mapa y esperó, quitándose la túnica. Un minuto, tres.
De repente, apareció. Cruzó la esquina y James se acercó a la puerta, sin dejar de mirar el mapa. Tres, dos, uno…
Abrió la puerta y, de un tirón, la metió dentro.
Se quedaron así, apoyados en la madera de la puerta. James hundió la nariz en su pelo rojizo, rodeándola con los brazos. Había deseado tanto ese momento que parecía casi irreal, pero no lo era. Por fin estaban solos.
-      Eres un idiota – susurró Lily, apoyando la frente en su hombro.
James se separó de ella y le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, sin dejar de mirarla a los ojos. Siempre, desde que la conocía verdaderamente, se había sentido atraído por sus ojos. Verdes, como dos esmeraldas incrustadas en el medio de su cara, brillantes. Eran hermosos.
-      Te dije que me gustaban las sorpresas – sonrió James, con las manos descansando en la cintura de la chica.
-      Pensaba que te referías a que te gustaba que otros te las dieran – aclaró ella, enlazando las manos detrás de su cuello.
-      Y darlas, Evans. Y darlas.
Lily sonrió, respirando hondo. Llevaba puesto el jersey y la camisa, pero no había ni rastro de la corbata. James le devolvió la sonrisa, recorriéndole el cuello con los ojos.
-      Bésame, Evans – ordenó, serio.
-      Parece que me estés pidiendo que te deje los deberes, Potter – murmuró, haciendo énfasis en su apellido.
-      Vamos, Lily – rogó él, acercándose a ella -. Quiero que lo hagas.
-      Pues pídemelo bien. Vas a tener que ganártelo.
James sonrió con picardía y se quitó la corbata. Acto seguido, sin dejar de mirarla a los ojos, colocó la corbata en torno a su cintura y la atrajo hacia él, tan cerca que podía sentir como era únicamente ropa lo que separaba sus pieles.
-      Por favor, Lily Evans. ¿Podría usted ser tan amable de besarme?
Lily puso los ojos en blanco y se alzó unos centímetros sobre las puntas de los dedos.
-      Pareces un abuelo, Potter.
-      Me desesperas – bufó James.
Se acercó a ella, colocando la nariz en su cuello.
-      No es tan difícil, James – susurró ella, y su aliento contra la piel del muchacho le hizo estremecerse.
James se separó, agarrando con fuerza la corbata.
-      Bésame, Lily, por favor.
Ella colocó una mano sobre la suya y se acercó más aún a él, más de lo que podían.
-      No puedo negarme si me lo pides así.
Y le besó.
Como cada beso que se habían dado, era dulce. Como morder una cereza y que todo su jugo estallase en sus bocas. Algo similar. Pero, entonces, las manos de James soltaron la corbata y se deslizaron hacia el jersey de la chica, levantándolo. Lily alzó los brazos, mirándolo con las mejillas encendidas, para que él pudiera sacárselo. Cuando se quedaron así, en camisa, con tan solo esa fina capa de tela separándolos, el escobero pareció volverse más pequeño. James la sujetó contra la puerta, besándole el cuello, la mejilla y, finalmente, la boca de nuevo. La sintió sonreír contra su boca y se separó, divertido.
-      ¿Sabes? – murmuró -. Sirius quiere que me asfixies hoy.
No entró en más detalles.
-      Maldita sea, James Charlus Potter. ¿Piensas en Sirius Black cuando estás besándome?
James soltó una carcajada.
-      Lo siento, Evans, estoy enamorado de él. Es así, tendrás que aceptarlo.
Lily le dio un ligero empujón, pero James apenas se apartó de ella.
-      ¿Enamorado de Black? ¿Pretendes que te comparta con un sangre limpia?
James le acarició una mejilla, pasándole suavemente el dedo desde el pómulo hasta la línea de la mandíbula.
-      Permíteme dudar lo de la sangre limpia. Canuto es un chucho, dudo que tenga algo limpio.
Ambos soltaron una carcajada y James aprovechó para recoger del suelo la corbata, que colocó alrededor del cuello de la chica, sujetándola por los extremos.
-      Espera un segundo, Potter – susurró Lily, agarrando la corbata -. ¿De verdad estamos hablando de Sirius ahora?
James tiró suavemente de la corbata, acercando su rostro al suyo.
-      Cierto – añadió -. ¿Para qué hablar?
Y la besó. Sin embargo, hubo un cambio esta vez. Lily agarró mechones de pelo del muchacho, atrayéndolo hacia sí con insistencia, y él soltó la corbata para clavar los dedos en su cintura. Sin querer, levantó su camisa y, de pronto, se encontró tocándole la piel, que ardía. Lily agarró el cuello de su camisa y le obligó a darse la vuelta y ser él el que estuviera apoyado sobre la puerta. La muchacha se apartó de él y sonrió con picardía. James no pudo evitar pensar en lo mucho que le gustaba esa sonrisa.
-      ¿Para qué hablar? – repitió Lily.
James sintió de repente un inmenso calor por cada poro de su piel y se desabrochó la camisa. Lily levantó las cejas, consternada, pero él se limitó a sonreír.
-      ¿Te la vas a quitar? – preguntó Lily.
-      ¿Quieres que me la quite? – susurró él.
-      No.
La respuesta cayó sobre él como una losa, pero se la quitó igualmente y avanzó hacia ella.
-      Hay que usar la psicología inversa contigo, Potter – suspiró ella, retrocediendo.
James estiró una mano para coger el borde de su camisa y lo agarró con fuerza, acercándose a ella.
-      ¿Quieres que te quite la tuya también? – preguntó, apoyando su frente en la de Lily.
-      Preferiría seguir vestida, gracias.
-      ¿Estás usando ahora la psicología inversa?
-      No, Potter. No ahora.
James deslizó una mano por su espalda hasta rozar de nuevo su piel y se juntó hacia ella.
-      Vamos, Lily – susurró en su oreja, acariciando el lóbulo con la nariz -. Bésame ahora.
Lily le dio un empujón y James, tropezó con una escoba, cayendo en el suelo. Se encontraba así, mirándola desde abajo, con el torso desnudo y el pelo revuelto. Ella parecía estar aguantándose la risa.
-      Esto es ridículo – admitió James.
Entonces, Lily se agachó y, cogiéndole el rostro con las manos, le besó. James escondió su mano en el pelo rojizo de la chica y la acercó a él. Nunca había deseado tanto a nadie.
Así, cuando horas después estaban tranquilamente en el suelo, James tumbado con la cabeza en las piernas de Lily, él aún se sentía como su hubiesen estallado un globo en su interior. Su corazón seguía latiendo a mil por hora.
-      Así que… - comenzó Lily, acariciando su pelo – Sirius y tú, ¿no?
-      Dios mío, Evans, no me creo que seas celosa – bromeó él.
-      No lo soy.
Lily sonrió y se inclinó para darle un beso. En ese momento, antes de que pudieran tocarse, la puerta del diminuto escobero se abrió.
-      ¡Por las barbas de Merlín!
James se irguió con rapidez e intentó distinguir quién era la silueta. Por suerte, Lily se lo aclaró antes de que lo viese él con sus propios ojos.
-      Pero parece que tu chucho sí lo es.
Sirius estaba delante de la puerta, con expresión de alarma.
-      ¡Eh, Lunático, Colagusano, venid a ver esto! ¡Parece que lo de la estrangulación ha estado bien!
Las risas de los dos chicos resonaron en el pasillo, y James notó cómo Lily se ponía roja detrás de él. Buscó su mano y la agarró.
-      Maldita sea, Canuto, cierra la puerta.
-      No, si yo os dejo que hagáis lo que queráis… Pero, bueno… no sé… hay colchones viejos en una sala en el cuarto piso, o la Sala de los Menesteres en este mismo piso…
-      Cállate, perro – gruñó James, más divertido que enfadado.
Sirius pasaba su mirada de Lily a James y de James a Lily, una y otra vez, analizando brevemente las escobas tiradas, los cubos volcados y las prendas de ropa extendidas en el suelo.
-      Vamos, Canuto, déjalos en paz – gritó Remus desde el final del pasillo.
-      Habéis mancillado el honor de estas escobas, que sepáis. Qué asco.
Y acto seguido cerró la puerta.
James y Lily estallaron en risas, y no pararon hasta minutos después, cuando James volvió a apoyarse en sus piernas. Se sacó la varita del bolsillo y empezó a hacer aparecer volutas doradas, que volaban en torno a ellos.
-      Más vale que le aclares cómo van las cosas, James – susurró Lily, y se inclinó para bésalo brevemente.
James hizo desaparecer las pequeñas florituras, se metió la varita en el bolsillo y se irguió, dándose la vuelta para quedar justo a la altura de su rostro.
-      Tranquila, Evans. Yo soy todo tuyo.
Se inclinó y le dio un tierno besito en la nariz.
James se levantó, recogiendo y poniéndose la camisa y la corbata. Cogió su túnica y el mapa, que escondió en uno de los bolsillos, y agarró el pomo de la puerta.
-      ¿No te vas a despedir de mí, desagradecido?
James sonrió y se dio la vuelta. Allí estaba Lily Evans, con el pelo pelirrojo despeinado, la camiseta cayéndole por fuera de la falda y las mejillas coloradas por el calor. James se acercó a ella, le arregló con cariño el pelo y le dio un beso en la frente.
-      ¿Hasta cuándo, Evans? – preguntó, mirándola a los ojos.
La chica levantó la mirada y colocó una mano en su mejilla. Ardía.
-      Hasta el final, Potter.
Y salió del escobero, dejando a James sonriendo como un idiota. Quizá Remus y el resto de sus amigos tenían razón. Quizá la pequeña Lily Evans le tenía total e irrevocablemente enamorado. Podría haber sido perfectamente un simple capricho, una chica con la que pasarlo bien, pero no. Porque James Potter, el chico más aclamado de  todo séptimo, el más famoso, incluso disfrutaba de sus silencios. Y eso no podía ser un capricho. Solo quedaba una explicación posible.
Y James, obviamente, no podía saber qué le esperaría en el futuro con ella. No podía saber si seguirían, si se rompería cuando acabase el curso o si quedaría solo una amistad. Las dos últimas opciones eran demasiado dolorosas como para permitirse pensar en ellas. Sin embargo, la primera era como una caricia sanadora. No sabía si sería hasta el final. Solo sabía que sería con ella.

 

sábado, 15 de septiembre de 2012

Capítulo 1: La cosecha.

-      ¿Estás nervioso?
El muchacho miró hacia arriba, dirigiendo sus ojos verde mar hacia la anciana que esperaba en la puerta. No estaba nervioso. Él no podía permitirse estar nervioso.
Finnick Odair no podía imaginar las razones que lo habían llevado a aceptar meterse en esa situación. Se sentía como un completo niño inmaduro, sin mucho cerebro, solo por la decisión que había tomado. ¿Qué se creía? Sin embargo, alguien como él jamás podría sentirse débil. Él era un ganador.
-      No, Mags – respondió, volviendo la mirada hacia el espejo.
Él nunca había negado su belleza. Era consciente del increíble físico que poseía, un físico natural, una belleza innata que ningún estilista podría igualar jamás. Su pelo cobrizo, desordenadamente ordenado. La piel bronceada, fruto de las horas en la playa del distrito. Los ojos como el mar en calma. Una sonrisa capaz de enloquecer a cualquiera. Finnick era consciente de que todos lo amaban. Al fin y al cabo, ¿quién podría odiar a un chico cómo él, tan irresistiblemente sexy y tan endemoniadamente carismático?
Pero, a pesar de toda la gente que lo quería, de todas las personas que lo adoraban, en esos momentos, él se horrorizaba de sí mismo.
Finnick Odair había pasado ya por esta situación, pero desde una perspectiva muy diferente. Cinco años atrás. Y él jamás podría borrar esos recuerdos.
-      Eres muy joven, Finnick – continuó Mags, acercándose a él, como una madre -. No deberías haberlo hecho.
-      Quiero hacerlo – respondió él, con una chispa de duda.
Mags bajó los ojos, desilusionada. Era una mujer bajita, algo encorvada, con el pelo gris trenzado ese día con adornos de flores y algas. Para Finnick, Mags significaba algo más que la madre que nunca había conocido. Mags era la persona que lo había mantenido vivo.
-      ¿Cómo me ves? – dijo entonces el muchacho, arreglándose la ropa.
-      Increíble, Finnick, como siempre – suspiró la anciana, y salió de la habitación.
Finnick volvió a mirarse en el espejo. Llevaba una camiseta blanca sencilla bajo una chaqueta negra y unos pantalones oscuros. Un traje que, a cualquier persona normal, le habría quedado bien, pero que a Finnick Odair le hacía parecer aun más sexy.
Mientras salía de la habitación, el muchacho continuó pensando en lo que estaba a punto de hacer. ¿Por qué se había presentando como mentor en los Juegos? Acababa de cumplir los diecinueve años, y sabía a lo que se arriesgaba yendo al Capitolio. Tampoco sería la primera vez, no obstante, que el Presidente Snow organizaba citas con él a sus espaldas. Entonces, ¿por qué regresar a esa ciudad de ricos? Quizás quiero salvar algún tributo del 4 este año, se dijo.
Cuando salió del edificio, el sol le dio de lleno en la cara. Allí siempre hacía sol. El olor a sal del mar impregnó sus fosas nasales, devolviéndole miles de recuerdos sobre su infancia, antes de que lo eligiesen para ir a ese matadero. Finnick frunció el ceño y continuó caminando, lejos de la Aldea de los Vencedores, hasta llegar a la plaza central, llena de puestos ahora vacíos. Muchos chicos ya estaban allí, esperando nerviosos, algunos decididos, y otros llorando junto a sus madres. Finnick se compadecía de todos ellos. Él también había estado nervioso el día que toda su vida cambió.
Recordaba ese día como si hubiese sido ayer. Se levantó temprano, con el estómago en un nudo, como los dos años anteriores. Fue a pescar con su anciano padre, comieron juntos. Poco después, a las dos de la tarde, Finnick acudió a la plaza y una mujer con enormes pestañas extrajo un papelito de la gran urna de cristal. Cuando leyó su nombre, el estómago se le hizo aún más pequeño. Su vida no sería la misma desde ese momento.
El joven atravesó más y más filas de niños hasta subirse al escenario, donde el resto de tributos vencedores ya se habían sentado. Mags, la que había sido su mentora; Darwin, un hombre robusto al cual le habían quitado media dentadura en sus juegos y la había sustituido por diamantes; Eleonora, más anciana aún que Mags, apoyada en un bastón… Todos ellos habían ganado sus respectivos juegos, pero Finnick era el más joven. Hacía cinco años que el Distrito 4 no tenía vencedor, y Finnick estaba dispuesto a ayudar a los tributos a regresar.
La alcaldesa, Ovlidia Craster, una mujer siempre impecablemente elegante, le saludó con un hosco movimiento de cabeza, pero Finnick apenas se dio cuenta de eso. Estaba bastante más centrado en las urnas de cristal que tenía delante, una para los chicos y otra para las chicas. ¿Quiénes serían los desafortunados tributos que tendrían que enfrentarse a la muerte ese año? ¿Serían buenos con algún arma? ¿Serían listos? ¿Tendrían técnicas? A medida que la plaza se iba llenando, la cabeza de Finnick se llenó de inquietud. Miraba los miles de rostros que tenía enfrente, preguntándose a cuáles de ellos tendría que ayudar.
Cuando la ceremonia comenzó, Finnick no podía dejar de limpiarse las manos en el pantalón. La chaqueta le asfixiaba, pero no se la quitó. Introdujo las manos en los bolsillos mientras la alcaldesa leía el documento sobre la historia de Panem delante de un micrófono, en el cual se contaban los Días Oscuros y la creación de los Juegos del Hambre, una horrible competición en la que el Capitolio escogía por sorteo a un chico y una chica de cada distrito para prepararlos, entrenarlos y llevarlos a luchar en un estadio cerrado hasta que solo quedase uno. Finnick había sido uno de esos vencedores. Ganar significaba fama y no más hambre, tanto para el campeó durante toda su vida como para el distrito durante un año. Después de leer el discurso, la alcaldesa sacó una lista y comenzó a leer los nombres de los tributos vencedores del Distrito 4. Varios ya estaban muertos, aunque algunos como Mags y Eleonora, con suerte, seguían demasiado vivos. Los vencedores fueron levantándose de sus asientos, ovacionados por el público. Cuando la alcaldesa pronunció Finnick Odair, el muchacho se levantó, como había hecho durante los cuatro años pasados, y sintió cómo los ciudadanos lo aclamaban más que a ninguno. Sonrió y varias niñas pequeñas dieron un grito. Finnick no pudo hacer otra cosa que desear que esas niñas tan pequeñas volviesen a casa esa noche.
De repente, calmada ya la plaza, la alcaldesa presentó a una mujer venida directamente del Capitolio, una mujer muy diferente a la que había sacado el nombre de Finnick de su urna. Esta tenía el pelo blanco, lacio, lleno de extraños adornos. Sus ojos parecían brillar más de lo normal, y tenía varios tatuajes en la mejilla derecha. No era guapa, ni tampoco anciana, al contrario de lo que podía mostrar su pelo. Su nombre era Radis Offman. La mujer habló con voz chillona, exagerando mucho el típico acento del Capitolio, sobre lo afortunada que se sentía por haber llegado a un distrito con tantos grandes vencedores. Tras decir eso último, se giró hacia Finnick y le dedicó una estremecedora sonrisa: la mujer tenía los colmillos muy afilados, haciéndola parecer un vampiro. Finnick se estremeció. Radis, por el contrario, se giró de nuevo hacia la multitud y continuó hablando durante un par de minutos más.
-      Vamos allá – dijo, finalmente -. ¡Buena suerte, y que la suerte esté siempre de vuestra parte!
Con pequeños saltitos, Radis se dirigió hacia la urna de la derecha y sonrió a las chicas que aguardaban en la plaza.
-      ¡Las damas primero! – anunció, añadiendo una suave risita.
Finnick contuvo la respiración mientras la mujer introducía la mano en la urna, buscando el papel adecuado. Miró a las niñas que habían chillado al verle sonreír y esperó que no fuera ninguna de ellas, no podría soportar la muerte de un niño de doce años.
Finalmente, Radis extrajo un papel cuidadosamente doblado y se dirigió de nuevo al micrófono, llevándolo en alto.
-      ¡Aquí está la afortunada! – gritó.
Las chicas, desde las más pequeñas hasta las más grandes, estaban todas pálidas. Finnick miró a Mags, esperando, como cada año, ver algún rastro de nerviosismo en ella, pero no vio nada. La mujer estaba seria, con la mirada perdida, probablemente sin querer escuchar el nombre de la chica elegida. El muchacho miró el papel desdoblado de Radis y suspiró.
-      Annie Cresta.
Se escuchó un murmullo al final de la plaza y entonces, una chica salió entre la multitud. Tenía el pelo castaño largo, suelto a ambos lados de la cara, y unos ojos claros, muy claros. Parecía muy nerviosa, muy pequeña, y Finnick sintió lástima por ella. Se preguntó cuántos años tendría, quizás quince. Los Agentes de la Paz la escoltaron hasta el escenario, pero estaba tan nerviosa que apenas podía tenerse en pie. De repente, un grito agudo interrumpió el silencio y, al final de la plaza, la gente comenzó a apartarse.
-      Es su madre – dijo una joven -. Se ha desmayado.
La muchacha, Annie, se giró, con la cara contraída en una mueca, pero los agentes no la dejaron avanzar. Con la cabeza agachada, temblando, la chica subió al escenario. Sin embargo, mientras subía las escaleras, tropezó y cayó al suelo. Ninguno de los agentes hizo ademán por ayudarla.
Finnick, movido por su propio subconsciente, se levanto y cogió a la chica por un brazo. Cuando sus miradas se cruzaron, el mar en calma de los ojos de él se encontró con una tormenta de lágrimas contenidas en los de ella, y se quedaron así durante un segundo que pareció eterno. Finalmente, Annie se puso en pie y avanzó hacia el micrófono, donde Radis esperaba impaciente.
-      ¡Espléndido! – chilló la mujer, cogiendo a Annie de los hombros -. ¿Alguien se presenta voluntario por ella?
Finnick observó a la chica mientras la plaza guardaba silencio. Parecía tan pura, tan vulnerable, tan… inocente. No fue capaz de imaginarla ganando los juegos. Suspiró, resignado, al ver que nadie quería jugarse el cuello por ella. Se preguntó si tendría hermanas mayores que pudiesen dar la vida por Annie.
-      Entonces – continuó Radis -, demos un fuerte aplauso a nuestro tributo femenino, ¡Annie Cresta!
Una lágrima cayó por la mejilla de la chica, pero ella se apresuró a limpiársela. Finnick lo entendía. El encuentro estaba siendo televisado, si ella mostraba debilidad, todos la tomarían como débil. Deseó que cortasen su caída en las escaleras, pero sabía de sobra que no lo harían.
-      Y ahora – siguió Radis -, ¡el tributo masculino!
La mujer repitió el mismo proceso en la otra urna hasta extraer otro nombre: Kit Grobber. Se trataba de un muchacho delgado, muy moreno, con ojos castaños muy pequeños y el pelo oscuro rizado. Avanzó lentamente hacia el escenario y, cuando Radis pidió voluntarios, nadie habló. La alcaldesa regresó al micrófono para leer el Tratado de la Traición, pero nadie la escuchaba. Todos estaban pendientes de los dos chicos elegidos, tan diferentes entre sí. Finnick miró de nuevo a la chica, a Annie, y sintió lástima por ella. Alguien tan pequeño…
La alcaldesa finalizó y, dirigiéndose hacia los tributos, pidió en voz alta que se dieran la mano. La enorme mano de Kit Grobber estrujó la diminuta y fría mano de Annie Cresta, que se estremeció al contacto. Alguien puso el himno de Panem de fondo, y Finnick observó a sus dos tributos.
Solo uno podía regresar a casa. Para uno de ellos, quizás para los dos, esa sería la última vez que verían esa plaza.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Los Juegos del Hambre. 'Yo. Yo te necesito'.

¡Hola otra vez, bonitos! Bueno, a ver, voy a colgar el último fic de Los Juegos del Hambre (por ahora), porque hay un par de ellos que quiero colgar que no tienen nada que ver... Bueno, al caso. Hoy le voy a dedicar un fic a un personaje especial, carismático, romántico, dulce, tierno, muy jsndjsmdfk... sí, a nuestro panadero preferido. Peeta Mellark es uno de mis personajes favoritos de la trilogía. Es un personaje único. Una de las escenas que más me gustó, aparte de la escena de la cueva (<3), fue la escena de la playa (<<33) Sí, lo sé, es demasiado perfecta. Ese beso fue increíble. Así que he intentado averiguar qué pensaba Peeta en ese momento, siendo como es él. Voy a intentar subir una segunda parte que aún no tengo, pero está pensado. Espero que os guste, como siempre :)
(Ya sé que es un poco corto, pero es que la escena de la playa no me daba para más)


La playa, la Arena. El reloj venido directamente del infierno. Esto está siendo un completo calvario, muriendo gente cada día. Ni siquiera en los Juegos del año pasado lo pasé tan mal. No, peor aún: ni siquiera en los Juegos del año pasado me sentí tan inseguro y tan temeroso de perder a Katniss. Y no solo por la maldición de estos juegos, por las trampas que esconde esta isla. El problema es que ella está obsesionada por salvar mi vida, lo sé, y pretende morir por ello. ¿No se da cuenta que, si ella muere, yo muero también? Mi vida no tendría sentido sin ella.
Estamos sentados en uno junto al otro, vigilando el agua y la selva al mismo tiempo. Intento concentrarme en no perder de vista los árboles, en hacer algo útil, para variar, pero no puedo quitarme de la cabeza sus planes. Haymitch tiene que haber hecho algún trato con ella, al igual que conmigo, por lo que sigue siendo el mismo borracho mentiroso de siempre. Cuando ella apoya su cabeza en mi hombro, no puedo contenerme más.
-      Katniss – susurro, mientras acaricio su pelo -. No tiene sentido seguir fingiendo que no sabemos lo que pretende el otro.
Ella suspira y traga saliva.
-      No sé qué trato habrás hecho con Haymitch, pero deberías saber que a mí también me hizo algunas promesas. Así que, podríamos afirmar – continúo – que mentía a uno de los dos.
Ella levanta la cabeza; supongo que ha entendido que para Haymitch todo sigue siendo una estrategia para ganar los Juegos, otra vez. Katniss vale más viva que muerta, pues es el símbolo de la rebelión, es la chica en llamas, la que encendió en fuego de los rebeldes, tal y como dijo Snow. Yo… ¿quién soy yo? Solo soy el chico amoroso, como decía Cato, el romántico, el débil. No aguantaría unos Juegos sin ella.
-      ¿Por qué me lo cuentas ahora? – pregunta.
Aunque me duela, sé que ella será feliz si sale viva de aquí. Puede que pase un tiempo mal, desorientada y callada, como esos meses que pasó tras la muerte de su padre. Pero su familia estará allí, y Gale también. Y si eso la hace feliz, para mí es suficiente.
-      Porque no quiero que olvides lo distintas que son nuestras circunstancias – contesto, devolviéndole la mirada -. Si mueres y yo vivo, no quedará nada para mí en el Distrito 12. Tú lo eres todo para mí. Nunca volvería a ser feliz.
Veo que abre la boca para protestar. Típico de ella.
-      Para ti es diferente – añado, antes de que me interrumpa -. No digo que no sea duro, pero hay otras personas que harán que tu vida merezca la pena.
Me saco el sinsajo que llevo colgado al cuello y lo abro, mostrándole las fotos de su madre y Prim, y Gale. Quiero que sepa lo que yo necesito para ella. Que, cuando yo muera y ella salga de aquí con vida, ellos estarán ahí para protegerla, para recordarle que no ha sido una pieza en los Juegos. Que, por mucho que el Capitolio quiera acabar con su vida, ella seguirá adelante. Que será feliz con Gale.
-      Tu familia te necesita, Katniss.
Intento convencerla de que tiene que volver a casa, de que tiene que olvidar su estúpido trato con Haymitch. Y creo que lo estoy consiguiendo, porque su muro de excusas para cumplir esa promesa ha caído al ver esas fotos.
Inevitablemente, me acuerdo de mi casa. La panadería, mis hermanos ocupados en sus tareas, mi madre regañándome por el pan mal hecho, mi padre ausente. Nadie se preocupa de que puedo morir en los Juegos. El año pasado, mi madre creía que Katniss viviría, por lo que asumió que ella era más fuerte que yo y, probablemente, que tendría que acostumbrarse a no verme más por casa. Mis hermanos ya lo sabían, aunque no dijesen nada, sabían que mis Juegos iban a ser cortos. Yo también lo pensaba, por lo que no me sorprendió ni me dolió demasiado. Ni la esperanza que mi padre me entregó en ese último abrazo antes de montarme en el tren sirvió para convencerme de que iba a vivir más de dos días dentro de la Arena.  Ellos ya están acostumbrados a vivir sin mi compañía.
-      En realidad, a mí no me necesita nadie – admito.
Y, cuando lo digo en voz alta, no siento dolor ni ira hacia ellos. Todo lo contrario, les entiendo. Los Juegos del Hambre les hicieron fuertes, les convencieron de que yo era prescindible en casa. Sufrirán, está claro, porque soy su hijo pequeño, pero luego volverán a la normalidad.
-      Yo – dice Katniss entonces. La miro sin entender, con el ceño fruncido -. Yo te necesito.
Aprieto la mandíbula, enfadado conmigo mismo. Busco en mi cabeza más razones para convencerla de que yo tengo que morir para sacarla de aquí con vida. Entonces, ella se yergue y me besa.
Continúo pensando formas de hacerla recapacitar, pero noto algo diferente y extraño en ese beso, algo que me hace olvidar todo lo que estoy pensando. Me quedo en blanco. Porque Katniss me ha dado muchos besos, muchos a lo largo de este tiempo. Besos breves, besos casi  imperceptibles por la fiebre o por el frío, besos fingidos delante de una cámara. Pero, como este, solo me dio uno, una noche, en la cueva, mientras llovía. Sin embargo, este beso es mucho mejor, más perfecto. Tengo sed, y ella es el agua que necesito. Tengo que respirar y su boca es el aire. Y el resto del universo puede olvidarse de nosotros, aunque ahora estarán más pegados a las pantallas que nunca. Pero no me importa el Capitolio y su espectáculo. Porque esto que siento ahora es grande, me llena, Katniss jamás me había dado un beso así. Ella lo siente, no lo hace para convencer al público de que me ama. Lo hace porque lo siente, como lo siente. Y ese es el mejor regalo.
La abrazo, la acaricio, la como a besos. No nos cansamos, porque todo el deseo estaba coagulado dentro de nosotros, esperando para estallar. Y ahora que lo ha hecho, ninguno nos sentimos con ganas de decirle que retroceda. Agarro su pelo y la acerco más a mí, contagiándome con su hambre. ¿Dónde estamos? ¿Qué está pasando? ¿Qué ha sido del mundo?
Oh, qué más da. Ella es mía y yo soy suyo. Nos debemos el uno al otro, nos protegemos, nos cuidamos. No hay otra cosa entre nosotros. Y, por primera vez, el deseo es mutuo, nos besamos de verdad, como siempre había querido.
Por primera vez, nos amamos.


Hey de nuevo, guaposos :3

Bueno, a ver, voy a crear una nueva pestaña. Sí, porque estoy escribiendo un fic de varios capítulos sobre la historia de Finnick&Annie (amor *_*) y quiero que esté en una pestaña a parte, fuera de la de Los Juegos del Hambre.
Este fic englobará toda la historia de ellos dos, desde que se conocen hasta que... bueno, hasta lo de Finnick (qué, qué pasa, yo no he superado *SPOILER* su muerte *FIN DEL SPOILER*). La subiré más adelante, por capítulos, obviamente, porque será bastante más larga que el resto de fics... Bueno, que espero que os guste, como siempre. Un besazo de fuego valyrio, bonitosos <3

martes, 4 de septiembre de 2012

Los Juegos del Hambre. La Comadreja, parte II. 'Jaulas de la noche'.

¡Holita! (? Vale, aquí estoy para poner un nuevo fic. La segunda parte de la Comadreja. He de decir que esta parte fue el primer fic que escribí, así que es más corto que el resto. Bueno, el caso es que, como dije ayer, la Comadreja es uno de mis personajes favoritos de la trilogía, y su muerte me pareció un poco... ridícula para una persona tan lista. Sigo manteniendo que ella podría haber ganado perfectamente. Pero en fin. Este fic tiene dos partes: una ocurre la primera noche de los juegos, la otra, al final. Espero que os guste este fic, como siempre :3



No sé qué ha sido eso, aunque sospecho que no es algo, sino alguien. El problema es, ¿quién? No será ninguno de los profesionales, por descontado, ya que ellos se protegen unos a otros. Atiendo un poco más y escucho un grito agudo: es una chica, o sea que puede tratarse de la chica del Distrito 8, la niña del 11 o Katniss. Poco después, la agonía de la chica se silencia y escucho los vítores de los profesionales que, a los pocos minutos empiezan a discutir entre sí. El cañonazo no llega.
-      ¡He dicho que está muerta!
Agudizo el oído, intentando encontrarle sentido a los insultos de los tributos hasta que, finalmente, uno de ellos les manda callar.
-      ¡Estamos perdiendo el tiempo! ¡Iré a rematarla y seguiremos moviéndonos!
Peeta Mellark. Así que aún le mantienen con vida. Escucho como el chico se aleja y decido seguirle para asegurarme de que no matará a su compañera de distrito. Traicionaría a la audiencia de ser así.
Peeta llega hasta la víctima y levanto el cuello para observar quién es. Cuando lo hago, no me sorprendo en absoluto: solo se trata de la chica del 8. El chico amoroso saca un cuchillo de su bota y suspira, mirando a la chica, que agoniza en el suelo suplicando. Tiene una fea herida en el estómago, una herida a la cual no sobrevivirá durante más de cinco minutos. Lo que no entiendo es cómo no está muerta ya.
-      Yo no soy así – masculla Peeta, asqueado, cerrando con fuerza los ojos -. Lo siento.
La chica le mira y él le corta el cuello con el cuchillo. Me trago una náusea y veo cómo él se aparta, apoyado contra un árbol, y se frota las sienes con los dedos.
-      Yo no soy así – se repite y, acto seguido, se aleja del cuerpo.
Suena el cañonazo y, a los pocos minutos, llega el aerodeslizador para llevarse el cuerpo. Ya solo quedamos doce.
 ~~
Tengo verdadera hambre. Desde que Katniss Everdeen hizo estallar la comida de los profesionales, mi comida, el resto de los juegos ha sido un completo suplicio. La única parte buena es que solo quedamos cuatro, después de que la chica del 2 y el del 11 muriesen. Con un poco de suerte, la chica en llamas y el bruto del 2 se matarán entre ellos, pues escuché a la chica del 2 decir que Peeta Mellark estaba herido antes de que el del 11 le reventase la cabeza con una piedra. Así, Peeta morirá desangrado y yo saldré de aquí, de vuelta al Distrito 5. Por fin.
Bueno, supongo que, si nadie me ha encontrado durante todo este tiempo, nadie lo hará ahora. El chico del 2 está desesperado por ganar y, de paso, llevarse por delante a los dos del 12; y, por otro lado, ellos están juntos, dándole al público el amor que tanto les gusta, y seguro que están recibiendo mil regalos de patrocinadores. Por el contrario, yo no he recibido nada, salvo la mochila verde llena de botellas de agua y comida que he engullido en demasiado poco tiempo. Por eso, mi estómago no para de rugir.
Me mantengo caminando hasta que ya no puedo más y me siento en una roca cercana a un riachuelo. Decido coger un poco de agua con las botellas que tenía en la mochila, pero de repente, algo me frena. Alguien está haciendo demasiado ruido cerca de mí, rompiendo ramas en el suelo. Por dios, ¿quién querría hacer tanto ruido y querer que no le descubran? Me escondo tras un árbol, preparada para atacar si hace falta. Ya no puedo consumar mi rabia respecto al chico del Distrito 1, puesto que murió hace unos días, creo que asesinado por Katniss. Sin embargo, si es el tributo del 2, no me contendré, ni escaparé, sino que intentaré pillarle por sorpresa. 
Alguien silba unos metros más allá, alguien le responde y me ayudan a cerciorarme de quiénes pueden ser: los tributos del Distrito 12. Me acerco un poco más, siempre oculta tras los árboles, conteniendo al máximo los sonidos que puedan originar mis pies al rozar el suelo. Casi puedo oír al Capitolio rugiendo para que me acerque al tributo ruidoso cuando me doy cuenta de que es Peeta Mellark, agachado junto a un arbusto de bayas. No sé si es que me lo imaginaba más pálido, magullado o herido de gravedad como dijo la chica del 2, pero, desde luego, no está para nada así. Presenta buen aspecto en general. Le observo mientras recoge unas bayas rojas y las deposita sobre un cuadrado de plástico, situado junto a la mochila naranja que Katniss consiguió el primer día en la Cornucopia. El hambre me vence.
Cuando Peeta se aleja de la comida, me abalanzo sobre ella, hambrienta, con el estómago rugiendo. Oigo otro silbido, pero está lo suficientemente lejos como para que llegue a tiempo para cogerme. Ni siquiera corriendo. Cojo un pequeño trozo de queso y lo mordisqueo, saboreándolo. Mi cuerpo me lo agradece y parezco recuperarme, pues me siento mucho más fuerte. Gracias, tributos del Distrito 12, por alimentarme mientras os matáis entre vosotros, pienso riéndome. Cojo un puñado de bayas rojas, pues tienen una pinta extraordinaria, y me interno de nuevo en el bosque, justo a tiempo para ver cómo la chica en llamas atraviesa nerviosa el campo, gritando el nombre del chico amoroso. Sonrío. Ellos están perdidos en sus propios problemas como para preocuparse por la comida que les falta. Me alejo despacio, consciente de que no sospecharán de mí y se pelearán entre ellos mientras me distancio. Quizás pueda encontrar una cueva o una rama baja donde pasar la noche antes de que todo acabe por fin. Espero que los Vigilantes no metan algo parecido a las bolas de fuego de los primeros días, porque una de ellas casi hace volar mi cabeza. Oigo a la pareja discutir a voces un poco más allá, pero no me detengo. Me llevo un puñado de bayas a la boca y las saboreo con detenimiento. Tienen un sabor picante, mezclado quizás un una pizca de algo dulce, y están tremendamente asquerosas. Sin embargo, me contengo las ganas de escupirlas, con la necesidad de saciar mi hambre, y las trago.
Voy a ganar, pienso. Un dolor me atraviesa el estómago.
 ~~
El cañón suena.


 

lunes, 3 de septiembre de 2012

Los Juegos del Hambre. La Comadreja, parte I. 'Supongo que será ganar'.

¡Buenos días, guaposos! Espero que hayáis disfrutado mucho del fin de semana :)
Bueno, yo venía aquí a colgar un nuevo fic. Este va dedicado especialmente a una chica de Twitter, no sé su nombre, pero es un amor. Ahí queda :) A ver, uno de mis personajes favoritos de la trilogía Los Juegos del Hambre (sí, sigo con ellos, lo siento, soy tributo hasta la médula) es la Comadreja. Y tú dirás, ¿por qué? Porque me parece la más real. Quiero decir, todos actuaríamos como ella, huyendo. Y además, es la más lista, pienso que podría haber ganado sin tener que matar a nadie. El caso es que he querido ponerme en su piel. Son dos partes, igual que el fic de Cato, pero aquí no cuenta una sola escena por fic, sino varias. Bueno, yo lo dejo aquí. Como siempre, espero que os guste, y no dudéis en dejarme vuestros comentarios aquí o en Twitter, vuestros blogs o lo que queráis :)


 
En cuanto suena el gong, todos los planes de mi cabeza se esfuman y me quedo completamente en blanco. Sin embargo, mis piernas actúan por su cuenta, dirigiéndome veloz hacia el bosque. No me paro a coger las mochilas que descansan en el suelo, probablemente llenas de víveres que me hacen la boca agua, ni a por las armas de la Cornucopia que seguro ya habrán desaparecido. Solo miro atrás una vez, cuando Ethan grita mi nombre pidiendo ayuda. Le miro lo suficiente para observar como el bruto del Distrito 2 le atraviesa con una espada. Mueve los labios y me giro, escondiéndome tras un arbusto lo suficientemente frondoso como para que pueda ocultarme. A mi izquierda, la niñita del Distrito 11 se adentra corriendo a toda velocidad en el bosque, llevando consigo una mochila. Bueno, al menos ella ha cogido algo y ha salido viva. Un poco más allá, a mi derecha, la chica del fuego atraviesa corriendo el claro, con una mochila naranja. La tributo del Distrito 2 la mira con furia y le lanza un cuchillo certero y letal, pero ella es lista, más de lo que yo lo soy, y sube la mochila justo para que el cuchillo se clave en ella.
No sé qué hizo Katniss Everdeen en las pruebas de los Vigilantes, pero debió de ser realmente impresionante para conseguir un once, más de lo que ninguno de los tributos más fuertes consiguieron. Más incluso que yo, y eso que mi prueba fue casi excepcional. Supongo que me merecía más nota, pero los Vigilantes apenas me prestaban atención, concentrados en su mesa de comida. En fin. Empiezo a pensar que no debería preocuparme tanto por los tributos profesionales, ni por la bestia que se presentó voluntario en el Distrito 2, ni por el enorme chico callado del Distrito 11. La verdadera amenaza este año es el tributo femenino del Distrito 12, la chica en llamas que causó expectación con todo ese fuego el día del desfile, que enamoró a todo Panem al presentarse voluntaria por su hermana, que giraba como una estúpida en las manos de Caesar, que consiguió la atracción y el deseo del público con la absurda declaración de amor de su compañero. Debería decir que me parece absolutamente mediocre, pues los tributos del 12 son siempre así, pero algo me dice que es la única a quién debo tener en cuenta. Vuelvo a mirar hacia la Cornucopia, lo suficiente para que los ojos me ardan de rabia. El asco, el odio y las ganas de matar me retuercen el estómago cuando el tributo del Distrito 1 le da una patada a Ethan en la cara, hundiéndole la nariz en el cráneo. Me aseguraré de que muera de la manera más cruel, si se me presenta la ocasión.
¿Quiénes quedan? No les reconozco apenas caminando entre los cadáveres de los tributos que han perdido su oportunidad. Ethan ya  la ha perdido. Veo a los dos tributos masculinos de los distritos 1 y 2 hundiendo sus respectivas armas en los cadáveres para asegurarse sus muertes. Junto a la Cornucopia, la chica del Distrito 2 contrae su cara de rata mientras limpia sus cuchillos y los introduce en el interior de su chaqueta, al mismo tiempo que la chica del 1 se le acerca con un arco y un carcaj lleno de flechas en la mano. La he visto usarlo en los entrenamientos y es penosamente mala. El chico del Distrito 3, la del 4, y… Un momento. No puede ser, algo falla.
Peeta Mellark. Distrito 12. Con los profesionales. Vivo.
Hay algo inusual, una alianza que no tiene sentido. El chico romántico tendría que estar muerto, ya debería estarlo. Que se una a los once cadáveres en el suelo. Probablemente la bestia del uno lo matará como ha matado a Ethan. Sin embargo, éste se gira y  mira al chico amoroso.
-      ¿Podemos confiar en ti?
-      Encontraré a Katniss – dice, cogiendo del suelo un cuchillo.
¿Qué? No he oído bien. ¿Entregará a su amada, a su compañera de distrito? Qué asco, ni siquiera por conservar mi vida entregaría a mi compañero Ethan. A no ser que todo el rollo de su enamoramiento sea una simple estrategia…
Los tributos profesionales asienten y recogen todo lo que han conseguido en la lucha. Cuando se alejan, adentrándose en el bosque, me recuesto sobre un árbol y espero hasta que se escucha el primer cañón, seguido de otros diez. Once tributos muertos, quedamos trece. Poco después, el aerodeslizador aparece, llevándose los cadáveres de los tributos. Veo entre lágrimas la cara ensangrentada de mi compañero de distrito y se me retuerce el estómago al recordar las palabras que salieron de su boca sin ningún sonido.
Gana.
Tengo que hacerlo por Ethan.
No sé qué estrategia emplear, pero tengo hambre y sed. Avanzo por el bosque cansada, sintiéndome desnuda sin armas ni nada para defenderme. Pronto, escucho el crujir de unas ramas en el suelo y me quedo parada, escondiéndome tras el tronco rugoso de un árbol. El chico cojo del Distrito 10 está en el suelo, respirando con dificultad, con una mochila diminuta colgada del brazo. ¿Qué está haciendo, por qué no abre la mochila? Entonces, veo que se lleva la mano al costado y observo la sangre roja escurriéndosele por los dedos, manchando su ropa. Está herido. El chico cojo se levanta con la cara contraída por el dolor y se adentra en el bosque, dejando la mochilita en el suelo. Antes de desaparecer, descubro que lleva un hacha colgada del cinturón. Bueno, estar cojo es una dificultad grave para huir, por ejemplo, de alguien como el chico del Distrito 2 o, incluso, alguien como Katniss Everdeen, aunque creo que no me la encontraré por un tiempo. Mejor, prefiero dejar el peligro para el final. Si tengo que morir, prefiero haber demostrado que el Distrito 5 puede llegar alto.
Cuando el chico ya se ha perdido entre los árboles, me abro paso entre la maleza hasta la mochilita y la abro, inspirando el aroma a manzanas. No, espera, no debo cogerlas todas. Si lo hago, se dará cuenta y estaré en peligro, así que me hago con una de ellas y dejo la mochila de nuevo en su sitio. Comienzo a andar.
No sé qué estrategia seguir, me aterroriza realmente matar a cualquiera, aunque siento un deseo especial por los dos crueles tributos masculinos del 1 y el 2. Ellos serán la excepción si los encuentro aunque tampoco creo que tuviese muchas posibilidades con respecto a ellos. Quizás contra el chico larguirucho del 1, porque no parece ser muy listo, aunque tiene una gran habilidad con la lanza. Pero lo veo completamente imposible con el chico del 2, porque es fuerte, ágil y letal. Seguro que nadie que se enfrente a él será capaz de salir con vida. Por algo se presentó voluntario, digo yo. Me pregunto si la chica en llamas será capaz de acabar con el león del 2… Ahora bien, teniendo a su compañero Peeta con los profesionales tiene dos opciones claras: matar a Peeta y continuar sola o unirse a los profesionales junto a él. De hecho, creo que no haría ni una cosa ni la otra. Katniss Everdeen tiene pinta de niña estúpida, sin mucho cerebro, pero estoy segura de que no es lo que aparenta. Una vez, una chica así ganó los Juegos. Se llamaba Johanna, Johanna Mason, distrito 7, y empezó siendo una completa mediocre. Claro, que luego subió su moral y se convirtió en una versión femenina del tributo del 2. Bien, Katniss Everdeen será la nueva Johanna.
Ahora bien, mis estrategias. Podría atacar de noche, mientras los tributos duermen (porque tendrán que dormir, digo yo), conseguir un cuchillo o algo así. Puede que, si el chico del 10 se desangra, consiga coger el hacha y hacerme con ella, porque nadie puede sobrevivir a un hachazo bien dado. Pero no, no quiero convertirme en una asesina como todos. También podría esperar a que se matasen entre ellos y, cuando solo quedásemos tres o dos, rezar porque lleguen a la etapa final malheridos. Supongamos que llegan el del 2 y la chica en llamas: Dejo que se maten entre ellos, porque Katniss le daría juego al animal. Muera quien muera, el que quede vivo estará cansado y herido, con que ahí aparecería yo. Y ya está, de vuelta al Distrito 5, con mi madre y mi abuela. Pero, ¿y si solo quedamos dos, sanos y listos para luchar? En ese caso, yo perdería, puesto que todos están bastante más preparados de yo y conocen mejor las condiciones de la lucha. Desecho también esa opción. Entonces, ¿qué me queda? Pues evadirme. Dejar que los otros tributos actúen. Me convertiré en una atracción televisiva aburrida y no tendré muchos patrocinadores, pero al menos llegaré al final viva. Bueno, eso si consigo encontrar agua.
~~
Por la noche miro al cielo cuando el himno del Capitolio suena. Estoy sola, tumbada junto a la raíz de un árbol y oculta tras unas hojas que tapan mi cuerpo en la oscuridad. Casi podría parecer parte del paisaje si nadie me dedica dos miradas, por lo que me siento bastante a salvo. Solo tengo hambre, pero he descubierto el pequeño arroyo que mantiene a raya mi sed y sé que la comida de los profesionales está aún en el claro de la Cornucopia, por lo que tampoco debo temerle mucho a eso. No he avanzado mucho durante el día y tampoco he dado mucho juego a la audiencia, así que, con un poco de suerte, los profesionales y la gente del Capitolio se habrá olvidado de mí. Quizás ya hayan matado a algunos más y quedemos menos de los que me imagino. Espero que la chica en llamas haya acabado con algún profesional, aunque lo dudo, pues se la veía realmente desesperada por dejar atrás la Cornucopia y él peligro. Los profesionales son siete, puesto que el chico amoroso está con ellos, así que me quedan otros tres tributos más junto a la niñita del 11 y Katniss Everdeen, con que… son doce para destruirse a sí mismos. El escudo del Capitolio aparece en el cielo y, a continuación, comienzan a salir las caras de los tributos fallecidos. La chica del Distrito 3 es la primera en salir. No recuerdo su nombre, pero sé que, en la entrevista con Caesar, dijo que conseguiría llegar a la final. Sí, pues buenas predicciones. Después salen ambos del 4, los que salieron vestidos con horrorosos trajes de escamas blancas y doradas la noche del desfile. Bueno, a ver, tampoco yo puedo alardear, puesto que mi traje y el de Ethan eran placas de metal, prácticamente recubiertas de aluminio, colocadas alrededor de nuestro cuerpo. Luego, sale la cara de Ethan. Observo sus ojos oscuros, la tez morena y su gesto serio. Recuerdo que, en el tren, tras salir del Distrito 5, me encontró llorando en un sofá y me dijo que teníamos que ganar, uno de los dos. Sé que, en casa, sus padres y sus dos hermanas seguirán llorando, por lo que me prometo ganar para llevarles comida. Supongo que él, en el fondo, sabía que no teníamos muchas posibilidades de ganar, pues no habíamos causado especial sensación en el Capitolio durante el desfile y mucho menos durante las entrevistas con Caesar, a pesar de que nos esforzamos por parecer divertidos y sociables. Creo que no coló demasiado. Tampoco obtuvimos muy buena nota durante las sesiones con los Vigilantes, así que estábamos prácticamente solos desde el principio. Los dos tributos del 6, que no eran especialmente guapos; los dos del 7, que tampoco consiguieron apoyo del público a pesar de su excelente físico; el chico del Distrito 8, ese que era tan alto y parecía estar en tan buena forma; los dos del 9 y la chica del 10. Sin embargo, cuando todo vuelve a quedarse a oscuras y los sonidos del bosque se apoderan de mí, una sola imagen se adueña de mi cabeza: Ethan. Me acuerdo de sus risas en el Distrito 5, siempre rodeado de su extraña pandilla de amigotes grandes que bromeaban sobre los Juegos; le veo cuidando de sus dos hermanas pequeñas, frente a mi casa, mientras yo deseaba estar ahí fuera con una hermana igual. Abro la boca, sorprendida, y suspiro. Al parecer, he observado más a Ethan de lo que creía. Y eso no es bueno, porque ahora tengo la sensación de que le debo algo a cambio de su muerte. Supongo que eso será ganar.