sábado, 29 de diciembre de 2012

Capítulo 15. 'La angustia del mentor'.

-      Por dios, tiene que descansar un poco.
Finnick se inclinó en el sillón, con las manos puestas en torno a la boca, angustiado. Ver a los tributos morir en la Cornucopia había sido horrible, más aún deseando que cada tributo que caía no fuese Annie o Kit. Kit había conseguido escapar, llevándose por delante a la chica del seis, a la que había atravesado con la lanza. Había huido hacia el río, siguiendo su curso, hasta estar lo suficientemente lejos. Annie, por su parte, había corrido a través de las palmeras, perseguida por la chica del 1. Finnick era consciente, plenamente consciente, de la rapidez y agilidad de la chica, por lo que había sufrido como si fuese él al que habían perseguido. Y por esa misma razón se había sorprendido cuando el pie de la chica se había quedado enganchado en una liana y había caído al suelo, atravesándose el cuello con su propia lanza. Pero, por suerte, todo estaba bien.
Habían estado alternando imágenes de todos los tributos vivos durante todo el día, pero era Annie la que salía ahora en la pantalla. Caminaba centrada en su camino, entre más y más palmeras, pero no había dormido nada. Se la veía exhausta, después de pasar todo el día corriendo y en pie, sin apenas comer ni beber. Estaba viva, pero ¿por cuánto tiempo, si no comía ni bebía? Finnick se frotó los ojos cuando pasaron a una imagen de los profesionales en torno a una hoguera. Entonces, un avox entró en la habitación, con una bandeja de plata en las manos.
Radis soltó un gritito por la conmoción, y Yaden y Carrie miraron al avox como si no fuese normal que estuviera allí. El avox, por su parte, se dirigió directamente a Finnick y se quedó frente a él, con la bandeja de plata en las manos. Finnick distinguió, con odio, el sobre que había sobre él.
El muchacho alargó hacia la carta la mano y, con un gesto, indicó al avox que se marchase.
-      ¿Qué ha sido eso, Finnick? – preguntó Carrie, con los ojos muy abiertos por la expectación.
-      Cosas de campeones, ya sabes – sonrió Finnick, quitándole importancia -. El Presidente requiere a los campeones para algunos asuntos importantes.
Todos apartaron la mirada convencidos, excepto Radis, que miraba a Finnick con sospecha en los ojos. Solo cuando esta apartó la mirada, Finnick abrió el sobre.

 Querido señor Odair:
Primero y ante todo, deseo que esté teniendo un inicio de los Juegos lo más satisfactorio posible y que sus dos tributos supervivientes estén en las mejores condiciones posibles.
Es para mí un gran placer, del mismo modo, anunciarle que celebraré en mi casa una fiesta en honor al inicio de los Juegos, en cinco días. Como cada año hago, todos los mentores están cordialmente invitados a ella, para disfrutar y deleitarse con la presencia de otros iguales. Sería para mí un inmenso placer contar con su presencia. Como es usted consciente, señor Odair, su simple persona o incluso su simple nombre es uno de mis mayores logros. Por ello, deseo contar con usted para dicho evento. Recuerde, el viernes, a las 20:30 horas. Ansío su respuesta.

Presidente Coriolanus Snow.

Pd: En caso de que acepte acompañarnos en esta velada, por favor, sea puntual.

 ‘En caso de que acepte’. Como si la carta en sí no fuese ya una obligación. Entonces, Finnick descubrió un trozo de papel pegado al dorso de la carta, un trozo pequeño y escrito cuidadosamente.

 Viernes. Mansión del Presidente. Detalles dados en la misma velada. Fdo: Coriolanus Snow.

Esa era, precisamente, la obligación para ir. Cansado, Finnick metió la nota en el bolsillo de su pantalón y miró a la pantalla, pero estaba demasiado cansado por toda la tensión del día que se disculpó y se dirigió a su habitación.
Tras esconder la nota y pasar unos segundos tumbado que le permitieron olvidarse del presidente y sus chantajes, el miedo le hizo temblar. ¿Cómo estarían? Tanto Annie como Kit, luchando por sobrevivir. Uno escondido, probablemente descansando, con un ojo puesto en la noche. Otra huyendo, sin parar, como si el sueño no pudiese vencerla. ¿Sentirían el mismo miedo, la misma angustia que sentía él? Finnick se frotó los ojos muy cansado. Annie. No podía dejar de pensar en la manera en la que ella había llorado en él la noche anterior. Era demasiado vulnerable para estar ahí dentro. Había superado a la chica del 1, pero él no podía obviar que había sido un golpe de suerte. Si esa liana no hubiese estado ahí, Annie sería la que hubiese acabado con una lanza atravesada en el cuello.
Finnick se estremeció, apretando las sábanas de su cama en el interior del puño. Kit era más fuerte que Annie, lo había visto. Ya se había apuntado un cadáver. No le gustaba pensar así, pero sabía que la lástima no iba a ayudar a sus tributos. Con ese pensamiento en la cabeza, Finnick quedó dormido.
Despertó horas después, debido a una pesadilla en la que una lanza atravesaba a Annie y él tenía que verlo tras unos barrotes, sin poder hacer nada. Se ahogaba en su habitación, así que subió a la terraza para estar solo al aire fresco.
Sin embargo, no era el único que había decidido subir allí.
Cuando ella se giró, Finnick esbozó una sonrisa sincera y se lanzó a abrazarla.
-      ¡Johanna!
La muchacha se dio la vuelta sobresaltada. Llevaba el pelo castaño corto, tan corto como un chico, y los ojos almendrados estaban abiertos por la sorpresa. Finnick cogió a la chica por los hombros y le dio un abrazo sincero, un abrazo que envolvía toda la amistad que ellos, en apenas un año, habían forjado.
-      ¿Cómo estás, Finnick? – preguntó ella, separándose de él.
Finnick suspiró y se pasó una mano por el pelo cobrizo. Entonces, justo cuando iba a mentir y decirle que estaba perfectamente, se fijó en el sobre que tenía Johanna semiarrugado en las manos.
-      ¿Tú… también? – preguntó Finnick, colocando una mano tranquilizadora en su hombro.
-      No – negó Johanna, con furia -. No pienso hacerlo.
-      Pero Johanna…
-      ¿Qué, Finnick? ¿Es que no te das asco a ti mismo cuando te acuestas con alguien a quién no conoces? ¿Solo por complacer? No, Finnick. Ya lo hice una vez. Y no puedo volver a hacerlo.
Finnick observó a Johanna. Siempre le había parecido rebelde desde que la conocía. Desafiando al mundo. Pero no era consciente de hasta dónde llegaba su desafío.
-      Sabes que tendrá consecuencias – añadió Finnick, situándose junto a ella -, ¿verdad?
-      Qué más da, Finnick. Yo ya no tengo a nadie que me puedan quitar.
Finnick hizo memoria de la historia de la chica. Había vivido sola con su padre y sus hermanos en un ambiente hostil. Un padre que la había maltratado desde pequeña por el simple hecho de ser una chica y no ser tan fuerte como sus hermanos. Unos hermanos que le habían hecho la vida imposible prácticamente desde la cuna. Por esa misma razón, cuando había ganado los Juegos, había dejado a su familia fuera de la Aldea de los Vencedores, porque, en realidad, nunca había sido su familia, de modo que, si Snow se atrevía a usarlos en su contra, Johanna no lo lamentaría. Al principio, cuando Johanna le contó su historia, Finnick había sentido verdadera lástima por ella, pero ahora sabía que no debía sentirlo así. De alguna manera, Finnick sentía admiración hacia esa chica que había sufrido tanto pero se había mantenido fuerte.
Sin embargo, sí había alguien que le importaba lo suficiente. Finnick lo recordaba.
-      ¿Qué hay de Nell, Johanna? – inquirió Finnick.
La muchacha se tensó.
-      No lo tocarán. No saben nada.
Nell era para Johanna algo más que un amigo. Se habían conocido muchos años atrás y nunca nadie había sospechado que pudieran haber tenido algo, pues Nell era bastante mayor que ella. Pero Finnick lo sabía.
-      ¿Estás segura? – continuó Finnick.
-      Más que segura – gruñó ella.
Finnick se dio la vuelta para mirarla a los ojos. La chica tenía el semblante duro, con la mandíbula apretada por la rabia. Finnick la abrazó de nuevo.
-      No pueden hacerle daño, ¿verdad? – susurró Johanna en su oído.
-      Esperemos que no.
Finalmente, Johanna se separó de él. No lloraba, ella nunca había soltado lágrimas verdaderas delante de él, y probablemente delante de nadie. Johanna apretó la mano de Finnick y se alejó, dejando la carta sobre la balaustrada donde habían estado apoyados. Finnick alargó la mano y la cogió, pero vio, con sorpresa, que el sobre ni siquiera estaba abierto.
‘Podría hacerlo’, se dijo a sí mismo. ‘Negarme, hacer como ella’. Tampoco a él le quedaban familiares en el distrito que Snow pudiese usar contra él. Sin embargo sí que le quedaban personas que le importaban, lejos de él, indefensos. Y si Snow decidía que Annie o Kit tenía que morir de una manera ‘accidental’, Finnick sabía que lo conseguiría. Johanna no era tan considerada con sus tributos. Pero él sí lo era.
Bajó las escaleras de nuevo hacia su habitación, pero se desvió hacia el comedor para ver un rato la tele.
En ese momento, era el baño de sangre lo que estaba en pantalla, una repetición de lo que había ocurrido por la mañana. Solo cortarían las repeticiones si ocurría algo importante. Finnick percibió cómo Annie huía hacia las palmeras, con la mochila, perseguida por la chica del 1. Y cómo Kit acababa con la chica del seis atravesándola con una lanza. No era algo agradable de ver, pero estaba contento de que hubiesen superado esa prueba. A la mañana siguiente debía empezar a conseguir patrocinadores, pero no le sería muy difícil. Tenía a los dos tributos de su distrito vivos, sanos, y era Finnick Odair, cientos de patrocinadores o al menos media centena querrían tener negocios con él.
Justo cuando iba a apagar el televisor, la imagen cambió por una en directo. Casi podía escuchar el silencio de todos los habitantes del Capitolio, despiertos solo para ver los Juegos. Los profesionales se habían dividido para cazar al chico del distrito 11, un chico muy delgado, prácticamente esquelético, que descansaba junto al tronco de una palmera. Fue muy rápido. El chico del distrito 1 se abalanzó hacia él con una maza y le golpeó en la sien, haciendo que el chico despertase aturdido y prácticamente inconsciente. El chico rubio del 2 lo levantó por la chaqueta y lo empujó contra el tronco de la palmera, agarrándolo con fuerza. Entonces, la chica pelirroja del distrito 3 se acercó a él y, mientras los otros lo sujetaban, le cortó una oreja con un cuchillo aserrado.
El grito que dio el chico fue suficiente para que todo el estadio se enterase de dónde estaban los profesionales.
Después de varios minutos dándole patadas, cuchilladas y golpes, el cañón sonó. Finnick tragó saliva, asqueado. La bilis se le subió hasta la garganta cuando imaginó a Annie o a Kit muriendo de esa manera. Pero su cabeza no podía apartar la imagen de Annie siendo apaleada por esas bestias. No, tenía que ponerse manos a la obra. No había tiempo que perder.
Apenas durmió esa noche. Y, cuando los primeros rayos del amanecer entraron por la ventana de su habitación, se vistió como mejor pudo, se maquilló con los pocos productos que pudo conseguir y salió a la calle, dispuesto a cumplir su tarea como mentor.



sábado, 15 de diciembre de 2012

Capítulo 14. 'Un inicio sangriento'.

Annie despertó con la sensación de que el resto del mundo había desaparecido, y solo quedaban ella, su miedo atroz, y su estómago nervioso dando vueltas en su barriga, provocándole fuertes temblores.
Había estado preocupada por cosas que, en ese mismo instante, no tenían ninguna importancia para ella, como caerle bien a la gente del Capitolio, hacer que la adorasen, convencer a Finnick para que no tuviese favoritismos, hacer alianzas… Pero el peligro real siempre había estado ahí y ella no había querido verlo: ¿cómo iba a poder sobrevivir a un baño de sangre en el que iban a enfrentarse veinticuatro chicos, algunos de ellos el doble de grandes y experimentados que la misma Annie? Cerró los puños en torno a las sábanas y, segundos después, entró Yaden en la habitación.
-      Vamos, Annie, tenemos mucho que hacer.
Annie salió de la cama con una sensación de amargura en la garganta. ‘No quiero morir, no quiero morir’. Eso era todo en lo que la muchacha podía pensar cuando Yaden la dirigió casi a rastras al tejado, cuando montó en el aerodeslizador que la llevaría a las catacumbas bajo el estadio, cuando una mujer vestida de blanco le colocó el localizador bajo la piel. Ni siquiera notó el pinchazo de la aguja en el brazo cuando lo hizo.
Media hora más tarde, cuando el aerodeslizador aterrizó finalmente, fue Yaden otra vez quien tuvo que poner en movimiento a la muchacha, que sentía los golpes frenéticos de su corazón en el pecho. Un latido desbocado que le decía que le faltaban pocos minutos de vida. Annie intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca, y la lengua le raspaba en el paladar. ‘No quiero morir, no quiero morir’. Cuando llegaron a la sala de lanzamiento, Annie se dio una ducha breve y dejó que Yaden peinase su cabello. El pelo suelto, recogido parcialmente con tres trencitas a cada lado de la cabeza que dejaban mechones sueltos en torno a su cara y las ondas castañas caer más allá de sus hombros. Solo cuando Annie ya estaba lista, aguantándose las ganas de vomitar el breve desayuno que había tomado en el aerodeslizador, Yaden cogió la ropa.
Se trataba de un traje sencillo, ajustado al cuerpo y muy ligero. Mallas de un azul muy oscuro, tanto que parecía negro. Botas altas, hasta casi la rodilla, también oscuras, con la suela absolutamente plana. Camiseta blanca de tirantes y chaqueta amarilla, con capucha.
-      Al parecer, es un sitio caluroso, porque la ropa está diseñada para mantener la temperatura natural de la piel.
Annie miró a Yaden. ¿Un sitio caluroso? ¿Sería un desierto? ¿Unas inmensas dunas, sin posibilidad de esconderse? ¿Un terreno árido y plano, con apenas unos resquicios en el suelo para que los tributos pudieran esconderse, evitando acabar los juegos en un día? La muchacha tragó la bilis que le subía por el estómago, apretando los dedos en torno a su ropa nueva.
Yaden agarró a la chica por la nuca y la obligó a mirarlo a los ojos, a esos ojos verdes tan normales.
-      Te deseo la mejor de las suertes, Annie Cresta.
Annie asintió, incapaz de emitir ningún sonido. Se sentía apunto de vomitar si abría la boca. Minutos después, una voz femenina, demasiado irreal, anunció que había llegado el momento. Yaden acompañó a la chica hasta el cilindro que la lanzaría a la Arena y la ayudó a situarse correctamente sobre él.
-      Recuerda – dijo, antes de que las puertas se cerraran -. Ya eres la princesa del océano. Ahora demuéstrales que eres la…
Las puertas de cerraron completamente, aislando a Annie de otro sonido que no fuese el sonido de su propia respiración, pero distinguió la palabra en los labios de Yaden: reina. Entonces, antes de que pudiese formular un ‘gracias’, el cilindro comenzó a elevarse.
Lo primero que la recibió fue la abrasadora luz del sol en los ojos y el hecho de que no soplaba el viento. Frente a sus ojos, tenía la enorme Cornucopia dorada, repleta de mochilas y armas de distintos tipos. Annie localizó una mochila pequeña a unos metros de ella y se concentró en esa.
-      Damas y caballeros – anunció la aguda voz de Claudius Templesmith -, ¡que comiencen los Septuagésimos Juegos del Hambre!
Annie aprovechó los sesenta segundos de preparación para ver el estadio. Se encontraba en un terreno plano, con apenas unos hierbajos de un color amarillento. Detrás de ella, solo había un muro demasiado alto de cemento, un muro sin grietas ni huecos para escalar o esconderse. El muro parecía no tener ni principio ni fin. Tras el enorme cuerno dorado y alrededor de él, había una jungla llena de palmeras exóticas, aunque muchas de ellas casi secas. Y, más allá de las palmeras, una enorme montaña, lo que daba la sensación de estar encerrados en un enorme anillo. A su derecha, Annie escuchó el fluir de un río, pero éste parecía nacer del mismo muro.
A medida que los segundos pasaban, el miedo se iba apoderando de ella. Kit estaba dos tributos más allá, con el pelo despeinado, muy concentrado en algo situado en la Cornucopia. Annie sintió cómo el miedo volvía a apoderarse de ella. ‘No quiero morir, no quiero morir’.
Tres segundos. Dos. Uno.
El gong sonó. Todos los tributos salieron disparados hacia la Cornucopia, pero fueron los profesionales los que llegaron primero. Annie, por su parte, se lanzó hacia la mochila que había localizado y se la echó a la espalda, corriendo hacia las palmeras. Cuando se vio a salvo, o todo lo a salvo que uno se podía encontrar en una situación como esa, se permitió mirar hacia la Cornucopia.
Ya había muertos en el suelo, y los profesionales atacaban con todas las armas posibles. Annie no vio a Kit por ninguna parte, y deseó con todas sus ganas que no estuviese en el suelo.
Entonces, la vio.
La chica del distrito 1 corría hacia ella, con una lanza en las manos. Annie echó a correr, y sería correcto decir que corría porque su vida dependía de ello. Esquivó palmeras que parecían salir de la nada, como si fuesen motas de polvo que se compactasen de repente ante sus ojos. Annie sabía que no aguantaría mucho más corriendo, pues no estaba acostumbrada a esa clase de ejercicio. Si de nadar se tratase, entonces haría tiempo que la habría dejado atrás. Entonces, dejó de oír su carrera.
Annie se giró, agarrándose a una palmera y la buscó, asustada. ‘Maldita sea, ¿qué haces?’, se reprendió a sí misma. ‘Huye, corre ahora que puedes’. Sin embargo, la chica no la perseguiría más.
Lo primero que vio Annie fue su moño oscuro en lo alto de su cabeza. Estaba bocabajo, tumbada en el suelo. Annie supo que estaba muerta, porque uno no podía tumbarse así porque sí en el suelo en una situación como aquella. Miró a su alrededor en busca del asesino, pero no había absolutamente nadie. Fue cuando miró otra vez al cadáver cuando se dio cuenta de lo que la había matado.
La lanza que había llevado en la mano había atravesado su cuello, totalmente, y ahora la punta estaba a un metro y medio por encima de su cabeza. Al parecer, la muchacha habría tropezado en su carrera y se había clavado su propia arma. Muy a su pesar, Annie sintió la necesidad de reír. Era tan ridículo…
Mirando a la chica por última vez, Annie echó a correr, alejándose de allí.
Corrió prácticamente durante todo el día, alternando tiempos para andar y recuperar el aliento. Cuando se sintió lo suficientemente lejos de la Cornucopia, abrió la mochila y, para su sorpresa, tenía más de lo que podía esperar. Una navaja pequeña, una cuerda de varios metros, una caja con comida suficiente para un par de días y una botella llena de agua fresca. En ese momento, mientras daba un pequeño sorbo a la botella, sonaron los cañones.
Catorce en total. Eso, ya de por sí, era una barbaridad, porque si habían muerto catorce en unas horas, Annie no quería ni imaginar los que podrían morir antes del día siguiente. De nuevo, deseó que Kit siguiese vivo.
Hacia la media tarde, cuando el sol del crepúsculo ya tornaba el cielo de un color anaranjado, Annie oyó un grito demasiado cerca. Aumentó la velocidad de sus pasos y, a los pocos segundos, se oyó un nuevo cañonazo. Otro tributo caído. El miedo se extendía por el cuerpo de Annie. La Cornucopia había sido fácil, en comparación con lo que quedaba, porque ahora, los profesionales buscarían a tributos concretos, y no irían a matar a primero que se encontrasen. En ese momento, Annie decidió sacar la navaja y guardársela en el bolsillo de la chaqueta.
Al caer la noche, el cielo oscuro fue recibido con el himno de Panem, tras el cual comenzaron a sucederse las fotos de los caídos. Primero, la chica del uno, y tras ella, pasaron directamente a la chica del cinco. Annie suspiró de alivio. Kit seguía vivo.
Annie continuó andando hasta bien entrada la noche. Entonces, las palmeras acabaron y vio, frente a sus ojos, el muro de cemento macizo. No era posible. Había estado caminando en línea recta, en dirección a las montañas. ¿Cómo había podido llegar al lugar opuesto a su dirección? Annie volvió la vista atrás y vio las montañas a su espalda. No, no podía ser. Había visto las montañas en todo momento. No tenía ningún sentido. Entonces, la luna apareció en lo alto del enorme muro y un destello a su izquierda captó su atención.
Allí estaba. La enorme Cornucopia dorada. Vacía, completamente vacía. No lo entendía. ¡Había estado huyendo todo el día de la Cornucopia! ¿Cómo había podido llegar a ella de nuevo? De repente, unas voces lejanas la sorprendieron, y se apartó del muro, escondiéndose tras el tronco grueso de una enorme palmera. Los profesionales aparecieron, en grupo, bromeando. Annie pudo distinguir cómo el chico del distrito 1 limpiaba la punta de su cuchillo con el borde de su camiseta blanca. Eran cuatro. El chico del 1, los dos del 2 y la chica pelirroja del 3. Annie pensó en el chico bajito e inútil del distrito 3. Al final había escapado. Los profesionales se sentaron en la boca de la Cornucopia y comenzaron a contar detalladamente cómo habían matado a cada una de sus víctimas. Incapaz de oír, Annie se alejó de ellos.
Miró al muro de nuevo. Seguía desconcertada. ¿Cómo había podido llegar hasta él, si había tomado justo la dirección contraria? Se giró, dirigiéndose hacia el punto opuesto al muro, y comenzó a andar, procurando no hacer ningún movimiento brusco que pudiese desconcentrarla o alertar a los profesionales de su posición. Estaba demasiado cerca.
Sabía dónde tenía que ir. Sabía cuál era el propósito que tenía que mantener, además del de seguir con vida.
Tenía que encontrar a Kit. Y tenía que hacerlo pronto.

 
 

sábado, 8 de diciembre de 2012

Capítulo 13. 'Cuida de ella'.

Finnick se relajó en el asiento. No había estado tan mal, de hecho, había sido bastante satisfactoria. Annie había conseguido hacer reír al público, emocionarlo, conquistarlo, al fin y al cabo. Era todo cuanto necesitaba. Y Kit estaba siendo otra cosa. Finnick pudo ver como varias mujeres suspiraban cada vez que utilizaba una de sus miradas. Era más de lo que podía pedir. El público estaba encantado con su distrito.
-      Dime, Kit – decía Caesar -. ¿Cómo lo has hecho para convertirte en esto? Has pasado de ser un niño a un verdadero caballero en unos días.
Kit miró al público, deteniéndose expresamente en las mujeres. Sonrió, haciendo que sus ojos se enfocaran de una manera muy sexy.
-      Digamos que Carrion, mi estilista, tiene mucho que ver. Me ha mejorado bastante. Y Finnick, él me ha moldeado. Ni siquiera yo me reconozco en esto.
El público reía, tímidamente. ‘Vamos, Kit’, pensó Finnick, satisfecho. ‘Vas muy bien’.
-      El punto está en que yo no sabía que podía ser así – continuó el muchacho -. Era como si este Kit estuviese escondido.
-      ¿Y te gusta? – preguntó Caesar.
-      Lo adoro – respondió él, haciendo énfasis en la palabra ‘adoro’.
El resto de la entrevista siguió en el mismo tono. Entonces, Finnick localizó a Annie, sentada entre los tributos. Estaba relajada, pero sus ojos brillaban más de lo que deberían. Entonces, un rayo de luz pasó por su cara el tiempo suficiente para que él pudiese darse cuenta de que tenía las mejillas mojadas.
Estaba llorando.
El pecho de Finnick se encogió. No soportaba verla llorar. Sintió la necesidad de levantarse, ir derecho hacia ella, apartarle las lágrimas de la cara y decirle que todo iba a estar bien, pero claro, nada estaba bien.
El público adoraba a Kit; Finnick pudo notarlo cuando la entrevista se acabó. Se los había metido en el bolsillo. Sin embargo, Finnick no podía pensar en cómo utilizar esa adoración, porque solo podía preocuparse por Annie. Y así pasó el resto de la noche, buscando sus miradas cada vez que ella miraba al público. Suspirando de impotencia cada vez que ella se apartaba las lágrimas de la cara. Cuando el chico del distrito 12, un chico delgado, demacrado, con el pelo de un rubio grisáceo demasiado largo, acabó su entrevista, todos los tributos se levantaron para escuchar el himno. Finnick observó a sus dos tributos, juntos, separados por apenas centímetros el uno del otro. Kit, tan satisfecho y seguro de sí mismo. Annie, tan seria, con las mejillas ya secas. Cuando los tributos salieron del escenario, él corrió a por ellos.
Sin embargo, cuando llegó, se llevó una enorme decepción. Annie no estaba allí, con Yaden, Radis, Carrie y Kit.
-      ¿Dónde está Annie? – preguntó, tragando saliva.
-      Se ha ido a su habitación – respondió Kit, extrañado -. Quería estar sola.
Finnick frunció el ceño. Tenía que hablar con ella, a solas. Pero, primero, debían cenar.
Subieron a su piso, cenaron como todas las noches, aunque la ausencia de Annie era evidente. Sobre todo cuando vieron las entrevistas. Finnick se dio cuenta de detalles en los que antes no había reparado, por ejemplo, en cómo Annie parpadeaba rápidamente para contener las lágrimas cuando Caesar le había hablado de su madre. Cómo se había sentado antes de la entrevista de Kit, cansada, como si le hubiesen tirado toneladas de cemento encima. Cómo se había girado para apartarse las lágrimas y seguir fingiendo frente a la cámara. Sin embargo, nadie en la sala, salvo él, parecía darse cuenta, así que esperó que tampoco lo hubiese hecho la gente del Capitolio.
Cuando se apagó la televisión, Radis dio un abrazo a Kit, deseándole buena suerte, y luego fue a hacer lo mismo con Annie. Mientras tanto, Finnick acompañó a Kit a su habitación.
-      ¿Cómo estás, Kit? – preguntó Finnick, poniéndole un brazo en el hombro.
-      Bien, creo. Tengo ganas y miedo a la vez. Es raro.
-      Lo es – repitió Finnick.
Continuaron callados hasta la puerta del chico. Entonces, antes de que este pudiese entrar, Finnick se detuvo frente a él.
-      Escúchame. Ya sé que es mucho lo que te voy a pedir, Kit, pero tienes que hacerlo.
Kit asintió, pasándose una mano por el pelo.
-      Tenéis que protegeros el uno al otro – soltó Finnick.
-      ¿Cómo, una alianza quieres decir? – respondió Kit, contrariado.
-      Algo así.
-      ¿Por qué?
Finnick suspiró. Sabía que era demasiado lo que le estaba pidiendo. Arriesgar su vida por la de Annie. O incluso formar una alianza con ella para que, al final, tuviesen que separarse, morir por separado. Finnick movió la cabeza. No podía permitirse pensar de ese modo.
-      Sois más fuertes juntos. Solo por un tiempo, Kit. Solo para sobrevivir al primer asalto.
Kit dudó, mirando al vacío. Y Finnick lo entendía. Él jamás se habría aliado con Alysha, pero no era lo mismo. Alysha jamás podría ayudarle, no había comunicación entre ellos, y él detestaba sus llantos. Sin embargo, Kit y Annie, los dos juntos, eran un equipo desde el principio. Se llevaban bien. El Capitolio les adoraba. Se podían compensar el uno al otro.
-      Está bien – susurró Kit, entonces.
Y Finnick sintió el mayor alivio del mundo. Palmeó el cuello del muchacho, deseándole suerte, y se alejó de allí, en busca de Annie.
Cuando llegó a su habitación, llamó varias veces, pero nadie respondía. Así que decidió entrar por su cuenta.
La habitación estaba vacía. El hermoso vestido de ‘princesa del océano’ estaba tirado a los pies de la cama, que estaba deshecha. Finnick se acercó a recoger el vestido, con la suave tela entre sus dedos.
-      ¿Annie? – llamó. Pero no contestó nadie.
Justo en ese momento, la puerta se abrió. Finnick se giró, aún con el vestido en la mano, y vio a Annie, con una bandeja de comida en los brazos. Pero no fue la comida en lo que se fijó.
Annie apenas estaba vestida. Solo llevaba unas braguitas blancas y una camiseta lo suficientemente larga como para taparle la parte baja de la espalda. Ambos se quedaron mudos, mirándose el uno al otro, sonrojados.
-      Esto es vergonzoso – susurró Annie, entrando en la habitación.
La muchacha cerró la puerta de una patada, dejando la bandeja sobre una cómoda. Finnick soltó el vestido sobre la cama, azorado, y se acercó a ella.
-      ¿Cómo estás? – preguntó.
Sin embargo, ella lo esquivó, hasta meterse en el baño. Finnick la siguió, como una sombra.
-      Bien – mintió Annie.
-      No te creo.
-      Tú mismo.
-      Annie…
Entonces, la muchacha se giró, apoyada en el lavabo. Finnick pudo ver su reflejo en el cristal justo detrás de la chica, pero devolvió rápidamente la mirada a Annie. Tenía los ojos llenos de lágrimas, de nuevo.
-      Tengo miedo, Finnick – dijo, en apenas un murmuro.
Sin pensarlo, Finnick atravesó la habitación y estiró los brazos hacia ella, envolviéndola. Enterró la cara en su pelo castaño, lleno de ondulaciones suaves, y Annie se dejó caer en sus brazos.
-      Tengo miedo – repitió ella, agarrando la camisa oscura de Finnick con los dedos.
Él la estrechó más contra su pecho. ¿Qué podía decirle? ¿Que no se preocupase, que él iba a estar ahí para ayudarla? Por supuesto que estaría, pero el estadio no era solo ‘ayuda de fuera’. Finnick no podía entrar ahí para protegerla.
-      Lo sé, Annie – respondió, acunándola -. Sé que tienes miedo.
Dejó que la muchacha llorase en sus brazos largo y tendido. Cualquiera que viese la imagen desde fuera podía pensar que Annie era débil, pero no lo era. Ni mucho menos. Nadie podría llamar débil a una persona que iba a enfrentarse a eso.
-      No soy nada, no voy a conseguir nada – seguía sollozando ella.
-      Eres valiente, Annie – dijo Finnick, acariciándole el pelo.
-      No soy valiente, mírame…
-      Hay muchos tipos de valentía, y hay que ser muy valiente para decir que tienes miedo.
Annie se separó de él, apoyando una mano temblorosa en su pecho. Le miró a los ojos, con una confianza que nadie, absolutamente nadie, había depositado en él antes.
-      Quiero volver a casa.
Finnick le devolvió la misma mirada, incapaz de contestar. Estaba claro que ella conocía sus intenciones de devolverla a su hogar con vida. No hacía falta que se lo aclarase otra vez.
-      Tengo que cuidar de mi madre.
Entonces, sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas, y Finnick la abrazó de nuevo.
-      Si… si yo no…
-      Calla – ordenó Finnick. Ni él ni ella podían pensar así.
-      Cuida de ella, Finnick. Por favor, cuida de ella.
‘No hará falta’, pensó él. ‘Podrás hacerlo tú’. Y en ese momento, Finnick tuvo muy claro que haría todo lo posible por sacarla del estadio. Viva.
Se quedaron así durante horas, días, años. Los dos abrazados hasta que Annie se calmó. Entonces, Finnick se puso en pie, levantándola, y la llevó a la cama. Cogió la bandeja con comida, en la cual había un caldo que olía demasiado bien, y se lo dio, cucharada a cucharada. En silencio. Cuando ya no había nada de caldo en el cuenco, Annie, apartó la mirada, sonrojada.
-      Esto sigue siendo demasiado vergonzoso – susurró, con la voz ronca.
-      Solo ejerzo de mentor – sonrió el chico -. Con suerte, no tienes a otro con el que compararme.
Annie soltó una pequeña carcajada y le miró.
-      Gracias, Finnick.
El chico se acercó a ella y le colocó las manos a ambos lados de la cara. Ella le miraba fijamente, con seguridad. Él habló entonces.
-      Tienes que aliarte con Kit, Annie.
-      ¿Por qué?
-      Tenéis más posibilidades juntos. Al menos por un tiempo. Hasta que las cosas se pongan difíciles.
Annie tardó bastante menos que Kit en contestar.
-      Vale.
Entonces, Finnick se inclinó y depositó un beso en la frente de la chica. Ella no pareció sorprendida en absoluto. Después de mirarla a los ojos una vez más, Finnick se levantó y se dirigió a la puerta.
-      Me alegro de que seas mi mentor, Finnick – dijo Annie, sobresaltándolo.
Finnick se giró, con una mano en el pomo de la puerta.
-      Te veo en unas semanas, Annie.
Y salió de allí.
Minutos después, cuando entró en su habitación y cerró la puerta a su espalda, se dejó caer en el suelo, derrotado.
Ahora sí que sí. La suerte estaba echada. No había otras opciones. Ganar o morir. Fuese cual fuese el destino de Annie, ya estaba escrito.
Annie tenía que salir viva del estadio. Y, si ella no estaba destinada a eso, Finnick tendría que cambiarlo. Pero tenía miedo de no poder hacerlo.
El muchacho apoyó la cabeza entre las rodillas y, por primera vez en mucho tiempo, lloró. Y, por primera vez en su vida, no lloró por él mismo.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Capítulo 12. 'La princesa del océano'.

Annie movía las manos nerviosa en torno a la tela de su traje mientras se miraba impaciente al espejo. Llevaba una cosita azul, de un azul intenso, como ese color que se forma cuando la luz del sol entra en el agua. Yaden había vuelto a recurrir a la idea de las sirenas, pero no había comparación entre este y el traje del desfile. El vestido dejaba al aire sus piernas, con una falda vaporosa de un azul mucho más blanquecino, como la espuma del mar, y caía por su hombro derecho. Llevaba el pelo recogido, con algunos mechones cayendo en torno a su cara, y los estilistas habían perfilado sus rasgos con tonos luminosos. Sus ojos verdes relucían más que nunca bajo una sombra que apenas se distinguía sobre el blanco de su piel pálida, los labios parecían más llenos de lo normal y le habían pellizcado las mejillas para darle un aspecto más natural. Annie no podía evitar pensar que la habían convertido en una especie de deidad marina.
Lo peor eran los zapatos. Enormes tacones azules, del mismo color que la falda, que se enroscaban en torno a su pantorrilla como algas blancas ascendiendo por el movimiento del agua. Andar con ellos era morir poco a poco.
-      ¿Qué te parece? – exclamó Yaden, expectante. Parecía incluso más emocionado que ella.
Annie dudó. Adoraba el traje, así como el trabajo que Yaden hacía con ella, pero no se veía en él. ¿La vería la gente? ¿Notarían la diferencia entre la chica del mar y la niña que iban a meter en el estadio?
Annie soltó el vestido y suspiró.
-      Me encanta, Yaden – añadió, y fingió una sonrisa.
Yaden dio un saltito y se aproximó hacia ella, con los brazos extendidos para darle un abrazo. Sin embargo, cuando Annie ya estiraba los brazos hacia el chico, él se frenó en seco, con el semblante serio.
-      No queremos estropear todo esto, ¿verdad? – susurró, mirándola de arriba abajo -. Estás preciosa, Annie.
La muchacha se sonrojó. No estaba acostumbrada a ese tipo de piropos. No estaba acostumbrada a ningún tipo de piropo, en realidad.
El momento de comenzar con esa alocada noche llegó demasiado pronto. Tanto ella como Yaden se reunieron con el resto del equipo en el ascensor, pero Annie solo pudo tener ojos para dos personas en ese momento.
Kit estaba impresionante. Ya lo había estado en el desfile, pero Carrie había hecho un trabajo excepcional con él ese día. Llevaba unos pantalones blanco-azulados, en conjunto con el vestido de Annie, y una camisa azul oscura, con detalles en los puños de color verde alga. Realmente, estaba impresionante, pero no era su ropa lo que llamó la atención de Annie. Le habían dejado su moreno natural, al contrario que la noche del desfile, y el maquillaje había hecho sus rasgos más duros. Sus ojos castaños tenían un color más claro en contraste con todo. Annie se quedó boquiabierta.
Pero la belleza conseguida de Kit no era suficiente para igualar a la belleza natural de Finnick.
Su pelo cobrizo, sus ojos verdes demasiado seductores, su cuerpo bajo ese traje oscuro. La suavidad de sus manos cuando le tocó el hombro desnudo para infundirle ánimos. Era muy difícil centrarse en algo cuando Finnick Odair estaba delante.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron de nuevo, se encontraron con que el resto de tributos ya estaban esperando a que comenzase el show. El estómago de Annie se subió hasta su garganta y comenzó a dar vueltas allí. El chico del distrito 5 miró a Kit con una sonrisa desagradable que le dio escalofríos, así que se sujetó al brazo más cercano para no caerse. Al mirar hacia arriba, descubrió que estaba agarrada a Finnick.
-      ¿Nerviosa? – susurró él, demasiado cerca de su oreja.
-      Aterrada – respondió Annie, apartando la mirada.
Ella había llorado delante de él. Según cómo Annie percibía eso, llorar delante de alguien, abrir tus sentimientos de esa manera, implicaba un grado de relación superior al de mentor-tributo. Podía considerarlo su amigo. Pero un amigo por poco tiempo.
-      Recuerda, solo tienes que ser tú. Hoy estás preciosa, con eso ya los tienes.
Annie se sonrojó hasta límites inimaginables. Estaba segura de que era una de las pocas personas a las que Finnick decía piropos. Y se sentía ciertamente afortunada por ello.
-      Muy bien – suspiró él cuando los dejó junto al resto de tributos -. Recordad. Centraos en el público, no en Caesar o en la entrevista. Si os ganáis a la gente, ya lo tenéis.
Annie asintió, y vio que Kit hacía lo mismo. Entonces, Finnick le dedicó una mirada, solo para ella. Una mirada que intentaba darle ánimos.
‘Solo tienes que ser tú’, se repitió a sí misma, una y otra vez, una y otra vez.
-      Buena suerte – dijo Finnick, sonriendo, y se alejó de ellos.
‘Y que la suerte esté siempre, siempre de nuestra parte’, pensó Annie, con resignación.
Colocaron a los tributos en un semicírculo en torno al escenario, en frente de las gradas llenas de gente, que les señalaban y sonreían como si fuese ídolos. Annie temblaba en su asiento, entre el chico bajito de 3, que parecía a punto de vomitar, y Kit. Éste se inclinó hacia ella y la miró con una mirada sexy.
-      ¿Te parezco seductor?
Annie levantó las cejas, sorprendida. ¿Qué estaba…? Entonces lo entendió. Se trataba de su estrategia en la entrevista. Seducción. Desde luego, el físico pegaba con esa actitud.
-      Sí, muy seductor – sonrió ella.
Kit se relamió los labios, satisfecho, y mantuvo esa mirada. Entonces, comenzó el show.
Caesar Flickerman salió al escenario. Ese año, llevaba el pelo y las cejas de un color ocre apagado, con el traje brillante en conjunto. Respondió a la ovación del público una y otra vez, saludando, soltando frases que hiciesen reír a todo el mundo que, tanto en las gradas como a través de la televisión, estaba viéndole. Mientras tanto, Annie no podía dejar de manosear su vestido, nerviosa. Se sentía a punto de vomitar.
Entonces, empezaron las entrevistas. Primero salió la chica del distrito 1, con el pelo liso, normalmente formando un moño en lo alto de su cabeza, suelto con un recogido simple. Llevaba puesta una diadema de grandes cristales y un vestido tan corto que parecía más bien una camisa. ‘Aunque las camisas tapan bastante más que eso’, pensó Annie, mientras la miraba. Sus pechos estaban tan apretados que parecían apunto de salírsele. ¿En qué estaría pensando su estilista?
Las entrevistas, de tres minutos, se iban sucediendo, demasiado lentas para Annie, pues Caesar intercalaba bromas entre tributo y tributo. Cuando el chico del distrito 3 se sentó, nervioso aún, en la silla, no sin antes tropezar, Annie se preparó. Llegaba su turno. Miró a Kit, que le dedicó una media sonrisa.
-      Buena suerte – susurró.
Ella asintió y, cuando Caesar la llamó, se levantó. Todo a su alrededor parecía dar vueltas. Veía a la gente volverse loca con su traje, y vio su cara en siete pantallas diferentes. Se permitió sonreír tímidamente, cogiendo la mano de Caesar, que la ayudó a sentarse.
-      Annie Cresta – comenzó él -. Guau, estás increíble. Tu estilista ha hecho un gran trabajo contigo.
Yaden salió enfocado en varias pantallas, sonriendo orgulloso.
-      ¿Tengo que tomarme eso como un piropo? – susurró Annie, lo suficientemente alto como para que los micrófonos lo captasen. La sala entera comenzó a reír.
-      Por supuesto, Annie, por supuesto – añadió Caesar, con una sonrisa -. Bueno, cuéntame. ¿Cómo encuentras todo esto?
Annie dudó. ¿Tenía trampa la pregunta? Suspiró antes de responder.
-      Bueno, es diferente. La ropa es fantástica. La comida.
-      Sí, la comida – comentó Caesar, cerrando los ojos -. ¿Ha probado el estofado de ciruelas? ¡Es una delicia!
-      ¡Sí! – exclamó Annie -. ¡Realmente lo es!
Caesar cerró los ojos, incitando a Annie a que hiciese lo mismo. Y ella lo hizo, con el eco de las risas del Capitolio de fondo. Se sentía increíblemente estúpida, pero, si a la gente le gustaba y eso le salvaba la vida, estaba bien. ‘Al final, sí tendré que fingir’, se dijo a sí misma.
-      Dime, Annie – dijo Caesar entonces, sacándola de sus pensamientos -. Este es el primer año de Finnick Odair como mentor. ¿Cómo lo está haciendo?
Annie buscó a Finnick con la mirada entre el público, pero lo vio antes en las pantallas y se fijó en él. Era una de las pocas personas a las que la televisión no podía volverle más o menos hermoso.
Pensó en la pregunta de Caesar. ¿Que cómo lo estaba haciendo? Él la había consolado. Le había contado verdades con respecto al interior y el exterior de los Juegos. Y estaba dispuesto a salvarla. Solo a ella. No sabía qué responder, así que, tragando saliva, fue por otro camino.
-      Bueno – comenzó, mirando a la pantalla -, no he tenido otro mentor con el que compararlo.
El Capitolio entero, incluido Caesar, estallaron en risas. Incluso Finnick sonrió, riendo para sí mismo. Annie se sintió verdaderamente bien. Al final, la entrevista no estaba siendo tan odiosa.
-      Muy buena esa – dijo Caesar, limpiándose las lágrimas con un pañuelo amarillo. ¿Para tanto había sido? -. Espero que tu mentor no se lo tome como un insulto.
Las cámaras enfocaron a Finnick, que seguía sonriendo. En ese instante, todas las caras se giraron hacia el chico. Y Annie vio que, tanto hombres como mujeres, le adoraban.
-      Bueno, espero que no lo haga – susurró Annie, siendo sincera.
Caesar le tocó la rodilla desnuda y ella sintió una descarga eléctrica por todas sus venas. Como un calambre. Apartó de inmediato la pierna, como acto reflejo.
-      ¡Me has dado calambre! – exclamó, mirando a Caesar con fingida ofensa.
-      ¡Lo siento, lo siento! – se disculpó él, con una radiante sonrisa.
El Capitolio seguía riendo, sin parar. Y Annie cada vez estaba más cómoda.
-      Bueno, Annie, no nos queda mucho tiempo. Así que, hablemos de algo más serio. ¿Cuáles son tus estrategias?
Annie observó al público, que había dejado de reír. Eran tan manipulables…
-      Si digo algo, dejará de ser una estrategia – señaló ella.
-      Claro, claro – admitió Caesar, llevándose una mano al pecho -. Entonces… ¿cuáles son tus motivaciones?
Annie pensó bien en la pregunta antes de responder.
-      Mi madre. Mi hogar. Seguir viva.
Caesar la miró, con compasión.
-      Sí, a todos, creo, se nos paró el corazón cuando vimos a tu madre desmayarse en la cosecha.
Annie tragó saliva. Acordarse de su madre era una amenaza constante con romper a llorar allí mismo. Intentó contenerse, con los ojos escociéndole por las lágrimas escondidas.
-      Bueno, te deseo la mejor de las suertes, Annie Cresta – añadió Caesar, y, justo en ese momento, sonó el zumbido que indicaba el final de la entrevista.
Caesar se levantó, llevando consigo a Annie. Ella estuvo a punto de caer en los brazos del hombre, de no ser porque consiguió sobreponerse a tiempo. Caesar la llevó hasta el borde del escenario, como había hecho con el resto de tributos, y la presentó al público.
-      ¡Annie Cresta, la princesa del océano!
Y el público estalló en aplausos.
La princesa del océano. Annie pensó en su playa, y los ojos le escocieron mucho más. Tenía que volver a casa. Necesitaba volver a casa.
Cuando volvió a su sitio, vio que Kit ya se estaba preparando. Mientras Caesar entretenía al público, aprovechó para apartarse las lágrimas de los ojos. Entonces, se cruzó con la mirada de Kit, al que llamaron para salir al escenario. Él sonrió, practicando su pose de seductor, y salió con Caesar. Annie respiró hondo. Esperaba que su entrevista hubiese sido lo suficientemente buena para convencer a la gente de que podía volver a casa. De verdad lo esperaba.