Finnick le dedicó su mejor
sonrisa mientras le daba la mano. El hombre reunía todas las extravagancias
propias del Capitolio, desde el pelo de colores brillantes, con las puntas
repletas de purpurina, hasta los implantes en la cara y los tatuajes sobre la
piel. Incluso tenía una especie de piedra, quizá un diamante, del tamaño de una
canica, incrustado entre las cejas hasta resultar grotesco. Pero tenía dinero
y estaba interesado en el equipo del distrito 4, así que Finnick no podía más
que fingir que adoraba su compañía y sonreír hasta que le dolieran las
mejillas.
Cuando el hombre se alejó,
habiendo cerrado el trato, Finnick se sentó en el enorme sillón de piel y
observó las múltiples pantallas distribuidas a lo largo de las calles del
Capitolio. Había estado haciendo tratos sin parar durante tres días, desde el
momento en el que habían empezado los Juegos, haciendo lo que más enfermo le
ponía: fingir que disfrutaba. Se pasó una mano por el pelo cobrizo, exhausto.
Al menos, sus dos tributos tenían garantizada la satisfacción de sus
necesidades básicas. De defenderse, solo podían encargarse ellos.
Había suministrado ropa nueva
para ambos. En realidad, no eran más que dos camisetas finas, pero bastaban
para tapar un poco el frío. También había conseguido una cesta de comida, entre
la que se encontraban panes del distrito 4. Kit había llorado en silencio,
recordando la panadería de su abuela, pero, al contrario de lo esperado, la
gente no lo había tomado como símbolo de debilidad.
Por otro lado, Finnick había
enviado una daga larga para Annie. No llegaría muy lejos armada solo con una
navaja.
En ese momento, las pantallas
mostraron una imagen de Kit y Finnick se irguió. Vio cómo pescaba, con bastante
menos precisión que su compañera. Ambos, Annie y él, reían cuando a Kit se le escapaba un
pez, pero luego se ponían serios al instante, recordando dónde estaban y por
qué.
Cuando la imagen cambió,
Finnick se levantó, dispuesto a marcharse. Se alejó de la plazoleta, con las
manos en los bolsillos y, mientras caminaba, evitando las miradas curiosas,
encontró algo en el bolsillo de sus pantalones.
La carta del presidente.
Ya había pasado el viernes.
Había tenido que soportar la presencia del presidente Snow, con sus labios
hinchados y su hedor a rosas y a sangre; había tenido que volver a soportar una
nueva cita del Capitolio, pero, con suerte, se trataba de un hombre anciano que
solo quería pintarle la piel con una especie de gel, trazando formas extrañas.
Toda la piel.
Finnick tragó saliva y continuó
andando. Quería llegar al Centro de Entrenamiento y dormir. Sin embargo, dormir
no era algo tan importante cuando la vida de dos personas estaba en sus manos,
y se sentía en la obligación de estar constantemente pegado a la televisión,
alerta. De no ser por el maquillaje que sus estilistas le suministraban
diariamente, y casi a todas horas, lo único que las personas podrían ver de él
serían dos enormes ojeras azuladas.
Una vez en el Centro, Finnick
se quitó los zapatos, la ropa y el maquillaje, y se quedó desnudo frente al
espejo del baño. Se miró a sí mismo, viendo cómo era realmente. No se fijó en
las sombras que los músculos hacían sobre su piel, o en el contorno de pestañas
largas que tenía alrededor de sus ojos verdes. Ni siquiera en la simetría
perfecta de su rostro.
Lo que él veía era su alma.
Veía a una criatura desgarrada,
a la que ni siquiera la fama o el dinero eran capaces de hacerle feliz. Jirones
y jirones de piel, como si una bestia lo hubiese intentado devorar y lo hubiese
dejado vivo solo para divertirse viendo cómo sufría. Veía a un asesino, que le
había quitado la vida a demasiadas personas para proteger la suya propia. Veía
a un cobarde que no era capaz de plantar cara o negarse a acostarse con seres
que le daban asco. Veía a alguien que tenía en sus manos la vida de dos niños y
que no conseguiría volverlos a ver, excepto dentro de una fría caja.
Veía a alguien roto.
Finnick se dejó caer. Mags había
tenido razón, no estaba preparado aún para toda esa carga. Aún se sentía muy
niño, demasiado irresponsable. Y sentía que tanto Annie como Kit se le
escapaban entre los dedos, como el agua del mar. Enterró la cabeza entre las
rodillas y se quedó así durante horas, semanas, años.
Y, cuando volvió a levantarla,
las lágrimas no le dejaron ver.
Así fue como Mags lo encontró,
llorando debajo del lavabo, como un niño. Le puso una toalla a su alrededor y
lo acunó, acariciándole el pelo, la piel, hasta que el niño, hasta que su hijo
se calmó. Y Finnick dejó que ella lo mimase, como si fuese su madre, porque, en
realidad, era la única madre que había conocido.
-
Te lo dije, Finn –
susurró Mags, acariciándole el pelo -. Te dije que no estabas preparado.
Finnick sabía que no debía
sentirse cohibido o avergonzado por llorar delante de Mags, o estar separado de
ella por solo una fina toalla. Se acurrucó más contra la pequeña mujer, que lo
acunó y le ayudó a levantarse hasta meterlo en la ducha.
Y, una vez allí, lo bañó.
Mientras el agua caía sobre él y las manos de Mags acariciaban su pelo, Finnick
deseó que todo ese ser roto, esas partes de él que detestaba, se fuesen por el
desagüe. Deseó que los recuerdos de sus Juegos, de toda la sangre que alguna
vez había manchados sus manos, se marchasen con todo eso, pero sabía que las
cosas no funcionaban así. Sabía que ese era el precio de la victoria.
Cuando salió de la ducha y dejó
que Mags lo vistiese, con unos pantalones finos de color gris y una camiseta
simple de color blanco, por fin pudo articular palabra.
-
Gracias – susurró,
con la voz ronca.
Mags lo abrazó.
-
No me las des.
-
¿Qué haces aquí?
Mags se levantó y lo llevó
hasta la cama, cogido de la mano. Finnick la miró extrañado. Algo pasaba,
estaba seguro, y algo que no era bueno.
-
¿Mags? – Sentía la
lengua seca como el papel.
-
Finnick, ha… pasado
algo en el distrito.
El muchacho no apartó los ojos
de ella. A veces se olvidaba de lo anciana que era Mags. Podía ver las arrugas
alrededor de sus ojos, en su piel, la lentitud cada vez más pronunciada de sus
movimientos, pero fingía que no estaban ahí.
-
¿Mags? – repitió
él, conteniendo la respiración.
-
La madre de Annie
ha muerto.
Finnick la miró, extrañado.
¿Qué? ¿Qué había dicho? No, no tenía sentido. Era, simplemente… no podía ser.
-
Estaba viendo los
Juegos, en la plaza, frente al Edificio de Justicia, y su corazón falló – dijo
Mags -. Demasiadas emociones fuertes en poco tiempo.
Finnick se tumbó en la cama,
apoyando la cabeza sobre la almohada, con los ojos cerrados. ¿Con qué valor
sacaría a Annie de la Arena ahora? ¿Cómo podría salvarle la vida ahí dentro si
no le quedaba nada fuera?
-
Le quedo yo –
susurró.
Abrió los ojos. No se había
dado cuenta de que había dicho eso, había sido inconsciente. Miró a Mags, que
lo observaba con tranquilidad, esperando que ella no le hubiese oído, pero Mags
era lista. No se le escapaba nada.
-
Sí, Finn – suspiró,
colocándole una mano en el muslo -. Tú eres su única familia ahora.
Familia.
Finnick se frotó las sienes con
los dedos, tratando de pensar. Sin embargo, solo podía pensar en Annie. ¿Qué le
diría si conseguía sacarla de la Arena? ¿’Annie, sé que ese debería ser un
momento de alegría, estás viva, pero tu madre no lo está’? ¿Qué clase de
victoria sería esa para ella?
-
¿Quieres que te
deje solo ahora? – preguntó Mags.
Finnick se irguió, mirándola.
-
No, Mags – susurró
-. Yo te necesito aquí.
Ella le colocó una mano fría en
la mejilla, con una débil sonrisa asomando bajo sus labios.
-
Esto tienes que
hacerlo solo. Tengo que volver.
-
¿Y solo has venido
a decirme esto? – protestó Finnick, cansado -. ¿No podías haber solo llamado?
-
No. Aunque no sea
tan joven como tú, Finnick, sigo siendo una Vencedora. También el Capitolio me
reclama.
No lo dijo con orgullo o con
alegría, sino con angustia. Finnick se estremeció. Podía entender que la gente
quisiera estar con él. Era hermoso, todo ciudadano del Capitolio quería
tocarlo, verlo, conseguir que una de sus sonrisas fuese toda para él o ella.
Sin embargo, ¿quedaba aún gente que quisiera estar con Mags? No había querido
someterse a ninguna técnica de rejuvenecimiento, por lo que se podían
distinguir las arrugas y las canas en ella, y eso solía asquear a los ciudadanos, al igual que
una barriga gorda o una cicatriz.
Mags se levantó, dejando al
Finnick sentado aún en la cama. Eran demasiadas cosas para asimilar. ¿Tendría
que hacerle llegar de alguna manera a Annie la noticia de que su madre estaba
muerta? No, no podía si quería sacarla viva. ¿Qué otras razones le quedaban a
la chica para querer proclamarse vencedora? Finnick sacudió la cabeza.
-
Finn.
El chico alzó la mirada hacia
la puerta, donde Mags seguía observándolo. Ella le sonrió.
-
Ellos confían en
ti. Y yo también confío.
Finnick sintió los ojos arder
de nuevo, y solo tuvo fuerzas para dedicarle una mueca que podía pasar por una
débil sonrisa. Finalmente, la vio desaparecer cuando la puerta se cerró a sus
espaldas.
Finnick se tumbó en la cama de
nuevo, con los ojos cerrados. Se había propuesto ser un buen mentor, pero no
sabía las duras decisiones, la sensación de culpa y el agobio que eso
conllevaría. Sabía que no iba a ser coser y cantar, pero esperaba algo más
sencillo, siendo él. La gente lo adoraba. Sin embargo, a la hora de la verdad,
cuando se decide entre la vida y la muerte, no es importante una cara bonita.
Aunque en el resto de cosas si
lo fuese.
-
Su única familia –
repitió, con los dedos fríos sobre los párpados calientes.
Pensaba en Annie, en su sonrisa
inocente, en esos ojos verdes que parecían una tormenta sobre el mar, en la
manera en la que parecía tan fría, tan inaccesible, o tal vez tan desapercibida
que nadie se hubiese fijado en ella, de no ser por las manos de sus estilistas.
Sin embargo, Finnick la recordó montada en ese carro, vestida de sirena. La
recordó en el escenario, con ese traje que parecía hecho del mismo mar. Incluso
el día de la cosecha, con un sencillo vestido del distrito 4. Pero no eran los
vestidos los que la hacían brillar, ni el maquillaje, por muy impresionante que
fuese. No era su físico, ni sus rasgos.
Era ella la que tenía luz
propia.
Finnick se acarició el hombro
en el que ella se había apoyado para llorar. Era una niña, una niña a la que no
le quedaba nada, salvo él. Él era todo lo que tenía fuera de la Arena.
Y también pensó en Kit. Ese
muchacho que había aceptado sin rechistar la alianza que Finnick le había
propuesto, que estaba arriesgándose por proteger a Annie, pudiendo dejarla
sola.
Eran dos niños, como él lo
había sido. Y solo uno de ellos podría regresar, solo uno de ellos volvería a
su casa de nuevo.
Finnick se levantó y se dirigió
al comedor, donde la televisión seguía encendida. En ese momento, en la Arena,
la luna inundaba el río con su luz blanquecina. Sobre la imagen, aparecieron todos
los nombres de los tributos; los caídos, tachados. Solo quedaban ocho. Sabía
que pronto le entrevistarían, con mayor urgencia, sabiendo que él aún tenía a
sus dos tributos en el estadio. Pero se preguntaba qué ocurriría cuando no
tuviesen a nadie para hablarles de Annie. ¿Qué harían? ¿Meterían a algún actor
con alguna historia inventada? ¿Rendirían homenaje a su madre, para que el
Capitolio y todo Panem la llorara?
No.
Annie estaba sola.
Y solo Finnick estaba allí para
ella. Solo Finnick la conocía.
De repente, las cámaras
enfocaron a la pareja del distrito 4. Finnick los observó, con los ojos
entrecerrados por el sueño y la hinchazón por el llanto. Dormían con las
espaldas pegadas, cada uno mirando en una dirección diferente. Estaban seguros,
debajo de aquellas enormes hojas de palmeras, y pasaban desapercibidos para
alguien que no mirase dos veces. Kit estaba sereno, con la boca entreabierta y
la chaqueta bajo su cabeza a modo de almohada. Annie, por su parte, dormía con
la capucha puesta y la cremallera subida hasta el cuello. La cámara la enfocó
de cerca.
Tenía los ojos abiertos.
Por un momento, Finnick sintió
como si la estuviese mirando directamente, como si ella estuviese en ese
comedor y no en un estadio, kilómetros y kilómetros lejos de él. Entonces,
cortaron la pantalla y enfocaron a los profesionales, que estaban en la Cornucopia,
demasiado ocupados afilando sus armas como para buscar tributos.
Finnick se levanto de nuevo y
se marchó a su habitación, dejando la televisión encendida.
Se tumbó en la cama, echándose
la sábana por encima, y poco a poco fue cayendo en el sueño. Y esa noche, soñó
con una tormenta. Con una tormenta sobre un mar verde cristalino, y sirenas.
Sirenas por todas partes.
¡Hola a todos! Hoy me siento especialmente feliz, quizá debido al avance de una canción de cierto grupo perfecto... Y como estoy tan increíblemente feliz, he querido haceros un regalo. Ña.
Una de mis trilogías favoritas es, sin duda, Memorias de Idhún. Algunos no la conoceréis, pero la recomiendo, al igual que cada uno de los libros de Laura Gallego. Creo que esta escritora debería ser mucho más valorada de lo que ya es, porque se lo merece. Cada libro que escribe es perfecto.
Y los que sí la hayáis leído, sabéis que es la trilogía perfecta. Las aventuras, el mundo que Laura ha creado, sus personajes, la complicada historia de amor... Una de las espinitas que me quedó clavada después de leer el epílogo de Panteón (ATENCIÓN, si no lo has leído, TODO LO QUE VIENE A CONTINUACIÓN ES SPOILER) fue el no saber la cara de Christian al conocer a Eva. Así que, os traigo aquí cómo yo lo imaginé. Espero que os guste, como siempre :)
Victoria sujetó al bebé contra
su pecho y miró a Jack, emocionada. Éste seguía teniendo a Erik entre sus
brazos, que aún estaba despierto. Victoria los miró a ambos con todo el cariño
que podía y sonrió. Los dos le devolvieron la sonrisa.
-
¿Preparada? – susurró
Jack, agarrándola por la cintura.
Victoria enredó los dedos en la
manta que envolvía a su hija y asintió. Los nervios atenazaban su estómago.
¿Cómo reaccionaría? ¿Cómo estaba, después de tanto tiempo? Jack se acercó y
llamó a la puerta que tenía frente a él.
Supuso que pronto lo
averiguaría.
De repente, la puerta se
abrió. El corazón de Victoria dio un
vuelco en cuanto vio aparecer su pelo castaño detrás de la puerta, largo, con
un flequillo cubriéndole los ojos. Él clavó en ella, solo en ella, sus dos
gélidos ojos azules, igual de emocionado. La había sentido llegar a través de
Shiskatchegg, el anillo que los unía y que los había unido siempre.
Christian apenas había
cambiado. Seguía siendo tan esbelto como siempre, con el mismo largo pelo
castaño y los mismos ojos azules como el hielo. Si había algo inusual en él,
era su barba de pocos días, apenas un vello castaño que cubría su mentón.
Victoria sonrió.
Christian atravesó la distancia
que los separaba y alargó las manos hacia ella, hacia su cara, tocando sus
mejillas con sus largos dedos, ese tacto que tanto habían echado los dos de
menos. Los ojos de Christian brillaban.
-
Eres tú – susurró.
-
¿Quién si no? –
respondió Victoria, con una sonrisa.
Y Christian la besó.
En ese momento, todo encajó
como las piezas de un puzzle. Estaban allí los tres, la Tríada, con sus hijos,
juntos de nuevo, en un lugar seguro, un lugar donde todos podían crecer y
recuperar la vida que les habían arrebatado.
Por su parte, Jack miró hacia
otro lado, incómodo. Ese momento era solo de Victoria y de Christian, algo que
ambos se merecían. Sabía que pertenecía a ese complicado triángulo, y que
siempre lo haría, pero necesitaban estar juntos por una vez, después de tanto
tiempo. Miró a su hijo.
-
¿Papá? – murmuró el
niño, frotándose los ojos.
-
Es Christian, Erik.
¿Te acuerdas de él?
-
¿Kistán? – Erik sonrió -. Sí.
De repente, Christian se separó
de Victoria y volvió a tocarle la cara, el pelo, los párpados. Solo entonces se
dio cuenta de quién estaba entre ellos.
Victoria miró hacia la niña,
con los ojos llenos de lágrimas. Los ojos azules de la pequeña inspeccionaban
toda la escena, pero de repente se quedaron fijos en Christian. Y él se quedó
mudo.
-
Es Eva, Christian –
susurró Victoria, alzándola para que él pudiese verla mejor.
-
Es… ¿es mía?
La sonrisa de Victoria se hizo
más amplia y sintió dos lágrimas de felicidad caer por sus mejillas. Christian
miró fijamente a su hija, impresionado, con admiración, y alargó un dedo hacia
la pequeña mano del bebé. Eva lo buscó con sus manitas llenas de hoyuelos y,
cuando lo encontró, se lo llevó a la boca. Christian sonrió y sus ojos
brillaron aún más.
-
Es fascinante –
murmuró él.
Victoria no necesitó que él se
lo dijera: podía leerlo en su rostro. Así que, cogió a la niña y se la pasó.
Christian la sostuvo en brazos con delicadeza, como si fuese una pieza muy
frágil de cristal, y la acunó, acariciándole la piel.
Jack se acercó a Victoria,
dándole un beso en la cabeza. Erik sonreía, mirando a su hermana en brazos de
Christian.
Eran una familia.
Christian levantó la cabeza y
los miró, a los tres, sin que la sonrisa se borrase de su cara. Fue Jack el
primero en hablar.
-
¿Qué hay,
serpiente?
El shek inclinó la cabeza.
-
Dragón.
-
Bueno, ¿nos vas a
invitar a pasar o qué?
Victoria se congeló. Sabía lo
importante que era para Christian, para todo shek en realidad, su usshak, ese
lugar que era una guarida, un santuario. Sabía que Christian no dejaba entrar a
todo el mundo en ese pequeño ático de Nueva York. Pero Christian simplemente
asintió y los dejó pasar al interior.
Todo estaba exactamente como
Victoria lo recordaba. Los muebles, la chimenea, las vistas desde el balcón.
Incluso las carpetas encima de la mesa, donde Victoria sabía que Christian
guardaba las canciones que le habían dado la fama como Chris Tara. Christian
dejó a Eva en brazos de Victoria y desapareció por la puerta de su habitación.
Cuando regresó, traía consigo una cuna pequeña, que se arrastraba por el suelo
con ruedas.
-
Tenía que estar
preparado – sonrió, mirando a Victoria.
-
Maldita serpiente –
masculló Jack, sonriendo a su vez -, siempre anticipándose a todo.
Victoria le dio una leve
caricia en el dorso de la mano y depositó a Eva en el interior de la cunita.
Ambos padres miraron a la niña con adoración, agachados a su lado. Y Jack
carraspeó.
-
Así que… Nueva
York, ¿eh? ¿Te gustan los lujos, Christian?
El shek sonrió, mirándolo, y se
levantó.
-
Las vistas son
bonitas – afirmó.
Jack asintió. Sabía que los
sheks sentían debilidad por las cosas bellas, lo había aprendido de Sheziss, el
primer shek que había muerto defendiendo a un dragón.
Christian se acercó al pequeño
Erik, que arrugó la nariz. Sin embargo, cuando Christian le revolvió
cariñosamente el pelo, el niño sonrió. Jack observó a el shek y se dio cuenta
de lo mucho que esos niños lo transformaban. Parecía otra persona. Más cálido.
Minutos después, sentados al
sofá mientras Erik se entretenía con un DVD de dibujos animados, Christian
sostenía a Eva sentada en su regazo, mientras establecía con ella un contacto
mental. Sus poderes de shek eran muy débiles, debido al predominio de la
esencia humana en ella, pero podía sondear la mente del shek. Quizá no fuese
capaz de llegar hasta los lugares a los que Christian podía llegar, pero era
bastante para un bebé de pocas semanas.
Sin embargo, Christian observó
que la niña se desplazaba desorientada por su mente, avanzando y retrocediendo,
y la hizo salir de ella. El rostro del bebé se relajó en cuanto él lo hizo.
Victoria, acurrucada a su lado,
no podía dejar de mirar a Christian. Habían sido casi diez meses los que había
estado sin él. Desde el momento en el que Eva había nacido, había deseado
enseñársela a Christian, pero Shail había preferido esperar para crear un
Portal seguro que los mandase a la Tierra. Sin embargo, la noticia de la hija
del unicornio y el shek había corrido como la pólvora por Idhún, llegando hasta
oídos de los Nuevos Dragones, que pronto se habían puesto en movimiento. Y
ella, junto con Jack y sus dos hijos, habían huido de Idhún.
A casa.
De repente, Victoria sintió a
Christian ponerse rígido. Lo miró y vio que tenía la nariz arrugada. Entonces,
el shek la miró, dedicándole una media sonrisa.
-
Me parece que a
Lune le pesa el pañal.
Jack soltó una risotada desde
el sillón en el que se encontraba. Victoria se unió a la risa, y, detrás de
ella, Erik. Christian se la dio, dándole un tierno besito al bebé en la nariz.
Jack observó a Victoria meterse
en la habitación de Christian para cambiar a la niña y clavó sus ojos verdes en
el shek.
-
¿Qué te parece?
Christian sonrió.
-
Es única. Al igual
que él – añadió, señalando a Erik -. Fascinantes.
-
Lo son – admitió
Jack, asintiendo.
El shek miró al chico. Llevaba
puesta aún la ropa de Idhún, con los pantalones de cuero y la camisa ancha, y,
a pesar de que se le veía cómodo así, volvió a repetir la pregunta que le había
hecho minutos antes.
-
¿Seguro que no
quieres ropa?
-
Sí, tranquilo.
Entonces, Jack se puso serio y
se inclinó, para hablar con Christian. Él lo captó y se inclinó a su vez.
-
Oye – comenzó -. Sé
que la has echado de menos. Quiero que sepas que Erik y yo podemos irnos a un
hotel para dejaros a solas, no tienes por qué…
-
No.
La respuesta tajante de
Christian sorprendió a Jack, que se inclinó más hacia adelante.
-
Christian, no estás
obligado…
-
Recuerda, dragón,
que soy tan padre suyo como tú lo eres – dijo él, señalando a Erik -. Sois mi
familia. Os quedáis.
Jack cerró la boca y se dejó
caer cansado en el sillón, respirando el aire terrícola. Habían hablado de eso
en la anterior visita de Christian a Celestia, en Idhún. Y él había sido
cortante con respecto a ese tema. Kareth
es hijo de Victoria y, por tanto, es hijo mío. Me dan igual los genes que
tenga. Yo soy su padre también. Jack sentía que debería sentirse enfadado,
puesto que, al fin y al cabo, Christian se estaba autodeclarando padre de su hijo, de la sangre de su sangre. Sin embargo, no le molestaba
en absoluto, porque él también sentía a Eva, la hija de sangre de Christian, como su propia hija. Eran una familia, con dos padres y una madre. Punto.
En ese momento, Victoria salió
de la habitación, con Eva en brazos. Se colocó un dedo sobre los labios y
ambos, incluso Erik, entendieron que la niña se había quedado dormida. Jack se
levantó y cogió a Erik en brazos. El niño se frotó los ojos y bostezó.
-
Podéis dormir en mi
cama – dijo Christian, levantándose a su vez -. Los tres.
Jack le miró, estupefacto,
observando cómo el shek desplazaba la cuna hasta la habitación. ¿Qué pasaría
por su cabeza? Pensaba que, después de casi diez meses, Christian desearía
pasar la noche con Victoria. Sin embargo, les ofrecía su cama. A todos.
Era más de lo que esperaba por
su parte.
Al pasar junto a Victoria,
Christian la miró a los ojos y le acarició una de sus rosadas mejillas. Ella
sonrió.
¿No quieres pasar la noche conmigo, Christian?, pensó, sabiendo que él la escucharía.
Por supuesto que quiero. Pero necesitáis descansar todos.
Y yo te necesito a ti, Christian.
Victoria depositó a Eva en la
cuna, con mucho cuidado para no despertarla, y la arropó con una manta que
Christian le tendió. Justo después, entró Jack en la habitación, con Erik
dormido en brazos. Entre los tres, le quitaron al niño la ropa idhunita y lo
metieron en la cama. Jack se metió inmediatamente con él, aunque sin arroparse.
Christian los despidió con un
asentimiento de cabeza y salió de la habitación. Jack miró a Victoria, que aún
estaba vestida con la ropa que Christian le había prestado. Aún llevaba los
finos pantalones celestes, pero se había puesto una camiseta negra de Christian
que le llegaba mas allá de las pantorrillas. Victoria se quitó los pantalones,
dispuesta a meterse con Jack en la cama, pero él la cogió de la mano y la
atrajo hacia sí.
-
Ve con él – dijo,
sonriendo.
Victoria le devolvió la sonrisa
y, cogiendo su cara entre sus manos, depositó un beso en sus labios. Como
siempre, los besos de Jack eran puro fuego.
Cuando Victoria salió de la
habitación, dejando la puerta cerrada tras ella, no vio a Christian hasta que
se fijó en el balcón. Estaba de espaldas, con las finas manos apoyadas en la
piedra. Victoria salió con él.
Por suerte, era verano en Nueva
York, y hacía calor, así que no sintió frío en sus piernas desnudas. Se acercó
a él y pasó sus manos por su cintura, apoyando la cabeza en la espalda del
shek. Este acarició sus manos y se giró, sin romper el abrazo.
-
Te he echado de
menos – susurró Victoria.
-
También yo,
criatura.
Christian le apartó el pelo de
la frente y la miró a los ojos, esos ojos grandes y castaños, llenos de luz y
magia que siempre le habían fascinado. Una vez, mucho tiempo atrás, le había
dicho que ella era luz para él.
Seguía pensándolo.
Victoria se colgó de su cuello,
enredando los dedos en su pelo castaño, y, poniéndose de puntillas, lo besó.
Si los besos de Jack eran
fuego, los de Christian eran pura dulzura. No sentía la frialdad que debería
tener al ser un shek, no sentía el hielo que debería emanar. Con ella, él era
mucho más humano de lo que le estaba permitido ser. Y eso era peligroso, pero,
con los años, Christian había encontrado la manera de equilibrar sus dos
esencias.
Fue él el primero en separarse
de ella. Apoyó la frente en la suya, mezclando sus alientos, con las manos en
su cintura. Había deseado tanto volver a estar así con ella…
-
Deberías dormir –
susurró, rozando la piel desnuda de su cintura con los dedos.
-
Quiero estar
contigo.
-
No, Victoria,
quieres dormir.
-
Te quiero a ti, Christian.
El shek se separó y la miró con
una media sonrisa.
-
Sabes que puedo
dormirte.
-
En el fondo no
quieres que me duerma.
Y volvió a besarlo, con más
pasión, con más furia quizá. Y todo a su alrededor desapareció.
Ni siquiera se dio cuenta de
cómo entraron en el ático. Sentir a Christian, todo él, era todo cuanto
necesitaba saber en ese momento. Había echado tanto de menos su contacto que le
dolía incluso, pero necesitaba besarlo. Y realmente sabía que podía estar toda
su vida besando a Christian.
Una hora después, Christian
miró a Victoria, dormida sobre el sofá, con el pelo revuelto y los labios
hinchados. Recorrió la piel de su hombro desnudo con los dedos, su cintura, sus
piernas. Estaba allí, por fin. Sacó una manta de un armario y se la echó por
encima. Antes de alejarse de ella, depositó un beso en su frente.
Sigilosamente, como solo él era
capaz de hacer, entró en su habitación y observó a Eva. Estaba despierta y le
había sentido, porque lo buscaba con las manos. Christian la cogió en brazos y
la sacó de allí.
Salieron de nuevo al balcón,
con el ruido de la ciudad de Nueva York a sus pies. Realmente, no era un ruido
molesto. Christian se sentó en el suelo, sentando a la niña frente a él, y la
miró a los ojos, sin soltarla.
-
Hola, Eva –
susurró.
El bebé alargó su bracito para
tocarle la cara, pero cuando sintió la incipiente barba, la alejó. Christian
soltó una pequeña carcajada.
-
Eres una criatura
hermosa.
Christian apoyó a la niña sobre
su pecho, sintiendo los latidos de su pequeño corazón junto al suyo. Y
entonces, sin pensarlo, empezó a cantarle.
Había escrito esa canción hacía
mucho tiempo, dirigida a Victoria. La mayor parte de las canciones que escribía
eran para ella, aunque nunca le había cantado todas. Pero ésta en cuestión, le
salió de la boca antes incluso de que pensase en la letra.
Esa canción, en cuestión,
hablaba sobre la luz. Sobre la esperanza. Sobre algo único. Sobre algo
realmente perfecto. Y Eva era todo aquello.
Christian no dejó de mirar a Eva
mientras cantaba, y vio como la niña se dormía en sus brazos. Con el último
verso, que decía textualmente ‘you make
me feel complete, we are one person now’, Christian agachó la cabeza hasta
la cabecita de la niña y apoyó la mejilla en su frente. Entonces, se dio cuenta
de que alguien los observaba.
Jack.
Estaba apoyado en el marco de
la puerta de cristal que daba al balcón, sin camiseta, cruzado de brazos.
Christian se irguió. Había
estado tan concentrado en la niña, tan concentrado en la canción, que ni
siquiera se había dado cuenta de la presencia del dragón. Y eso le preocupaba,
porque él debía darse cuenta de esas
cosas. Pero estaba demasiado feliz como para preocuparse.
- Chris Tara – susurró
el dragón.
Christina
sonrió y se levantó, con la pequeña en brazos.
- He de admitir que ese
rollo tuyo de estrella del pop es extraño. Pero bueno, es bonita.
- Gracias.
- Dime una cosa,
Christian – dijo Jack, pasándose una mano por el pelo revuelto -. ¿Realmente te
agradamos Erik y yo aquí?
Christian
clavó sus ojos en Jack, levantando una ceja.
- Sois mi familia, Jack
– concluyó -. Todos.
Jack
le dio un apretón en el hombro antes de que el shek pasase por su lado.
Entonces, cuando Christian ya estaba unos pasos detrás de él, lo escuchó de
nuevo.
- Aunque no estaría mal
que te duchases un poco. Apestas, y no solo a dragón.
Jack
sonrió, bajando la mirada hacia sus pies descalzos.
- Maldita serpiente.
Al
mismo tiempo, Christian entró en la habitación y dejó a Eva en su cuna.
Entonces, observó a Erik. Era hijo de
Jack, no cabía duda de ello. Su pelo rubio, la misma nariz, la manera en la que
arrugaba la frente cuando estaba preocupado, o las arrugas que le salían
alrededor de los ojos cuando sonreía.
Sin
embargo, él era su padre también. No de sangre, pero Erik era su hijo. Se
acercó al niño y colocó una mano sobre su cabeza, apartándole los mechones
rubios de la frente. Esperó a que se despertase, pero Erik ya se había
acostumbrado al contacto de Christian. El shek sonrió. ¿Cómo un dragón había
podido crear algo tan bello como la criatura que tenía ante sus ojos?
- Condenado dragón –
masculló, sonriendo.
Y
dejó la habitación.
Se
tumbó en el suelo, junto a Victoria. Sin embargo, percibía a través de
Shiskatchegg que estaba despierta. Que llevaba unos minutos despierta.
Victoria.
¿Sí, Christian?
Te quiero.
La
respuesta de Victoria no tardó en llegar. Él sabía que ella nunca había dejado
de quererlo, pero no estaba mal escucharlo de vez en cuando.
También yo te quiero,
Kirtash.
Con
esa sencilla frase, Victoria estaba diciéndole algo más que un ‘te quiero’.
Estaba diciéndole que lo quería fuese cual fuese su forma. Fuese humano o shek.
‘Te llamo Kirtash cuando te odio, te llamo Christian cuando te quiero’, recordó
Christian. Esa frase, pronunciada tantos años atrás, ya no tenía sentido.
Porque Victoria lo amaba, fuese Christian o Kirtash. Lo amaba en todas sus
maneras.
La
mano de la chica buscó en la penumbra la mano de Christian y, cuando la
encontró, apretó sus dedos. Y Victoria volvió a quedarse dormida, agarrando la
mano de Christian.
El
shek cerró los ojos. No había más preocupaciones. No había más peligros, salvo
ellos mismos. No había ninguna amenaza, ni más profecías que pudiesen
separarlos. Estaban juntos. Jack, Victoria y él, incluso sus dos hijos.
Eran
una familia. Y nunca dejarían de serlo.
Annie no había dormido nada esa
noche. Por eso, cuando encontró un hueco entre dos palmeras, lo suficientemente
escondido como para pasar desapercibida para alguien que no se detuviese a
mirarla dos veces, se metió en él y se permitió dormir durante un par de horas.
Cuando despertó, él sol aún no
estaba en lo alto del cielo, que tenía un color grisáceo, pero no el tipo de
cielo nublado que indica que va a llover, sino un color mucho más claro. Annie
se frotó los ojos con un puño, pero le dolía todo el cuerpo por la posición
encogida durante la noche. Se levantó, con la mochila colgada al hombro, la
navaja en el bolsillo de la chaqueta y con una sola idea en la cabeza:
encontrar a Kit cuanto antes.
Annie caminó durante horas, con
el sol constante sobre su cabeza. Bebía agua cada hora, intentando no gastarla
toda, pero la sed y el hambre acuciaban a su estómago. Cuando, a las cuatro
horas de estar andando sin rumbo, con los pies doloridos y llenos de ampollas,
se sentó para beber, se dio cuenta asustada de que no quedaba nada de agua.
-
Mierda – masculló.
Quizá no debería buscar a Kit.
Quizá debería mirar primero por ella, buscar agua y un refugio. Sin embargo, le
había hecho una promesa a Finnick.
Entonces, de repente, sintió
que se movía todo a su alrededor. Las palmeras temblaban, el suelo se agitaba
como si alguien estuviese pisándolo con mucha fuerza y crujía. Annie cayó al
suelo y la botella de agua salió volando lejos de ella, perdiéndose entre las
palmeras. Annie se arrastró por el suelo, pero los temblores de la tierra
golpeaban su cuerpo contra el suelo y las ramas caídas. Annie se agarró al
tronco de una palmera y consiguió erguirse, rasgándose el estómago con una rama
partida. Sintió la sangra fluir por su barriga, pero ni siquiera se detuvo para
observar cómo de grave era la herida.
Corrió tan rápido como podía,
sorteando palmeras y obstáculos en el suelo que aparecían casi sin darse
cuenta. Pero era inevitable no tropezar estando sobre un suelo tan
absolutamente inestable. La última vez que cayó al suelo, se encogió,
sujetándose el vientre, y esperó a que todo pasara. ¿Qué clase de broma era
esa? ¿Qué estaban haciendo los Vigilantes con la Arena? Parecía como si
estuviesen en una bola de esas antiguas que la madre de Annie guardaba en casa
y que sacaba en diciembre, cuando comenzaba a nevar, una bola que se agitaba
para que cayesen copos blancos. Annie se sentía dentro de esa bola, siendo
agitada por los Vigilantes solo para ‘ver qué pasaba’.
Y los odió por ello.
De repente, todo cesó. Annie
palpó el suelo para asegurarse de que no había ni el más mínimo temblor y,
cuando se aseguró de que todo estaba en calma, irguió la cabeza.
Ahí estaba de nuevo. El enorme
muro se levantaba sobre ella, perdiéndose en el cielo rosado, imponente,
anunciándoles que no había manera de salir de allí. Annie se levantó,
sacudiéndose la tierra de las manos. ¿Cómo era posible? Había estado todo el
día alejándose del muro, caminando siempre con él a sus espaldas. De nuevo,
había acabado en él.
-
Esto es imposible –
murmuró Annie.
Entonces, un dolor fugaz le
atravesó el estomago y se llevó una mano a la zona. Cuando la retiró, observó
una capa de sangre en sus dedos, no la suficiente como para preocuparse, pero
bastante como para saber que no era solo un rasguño. Estaba segura de que no
había dañado ningún órgano vital, pero le había perforado la piel.
Annie regresó cautelosa por el
camino por el que había llegado, pero se desvió hacia las montañas, manteniendo
el enorme muro a su lado izquierdo.
Después de una hora andando sin
descanso, la sed comenzó a secarle la boca y los labios. No había más que
intentar segregar saliva, pero cada vez había menos, y cada vez se sentía más
cansada. ¿Dónde estaba aquel río que había visto el primer día, el que parecía
brotar del mismo muro? Annie se limpió de nuevo la mano ensangrentada en la
camiseta blanca, que colgaba de su cuerpo hecha jirones manchados de sangre y
tierra. Aún no se había atrevido a mirar su herida, y cada vez la sentía arder
más y más. Era una sensación extraña: le dolía como nunca le había dolido nada,
pero tenía miedo de comprobar cómo era de grave y ver que no podía curarse.
Entonces, Annie lo vio.
Estaba a lo lejos, atravesando
el cielo. Llevaba colgado un paquetito del tamaño de un puño, envuelto
cuidadosamente con una caja de metal. E iba directo hacia ella.
Annie corrió hacia el
paracaídas plateado y lo cazó antes de que llegase al suelo. Abrió la cajita y
descubrió una masa transparente, con aspecto de crema. Y supo que era para la
herida de su estómago. Sonrió. Por fin Finnick empezaba a darle ayuda.
-
Gracias – susurró,
acariciando la tapa plateada.
Dejó escondido el paracaídas,
para que a nadie se le ocurriese utilizar los finos hilos como soga para ahorcar
o algo, y continuó andando, en busca del río y en busca de Kit.
Sabía que, si no encontraba
pronto agua, corría el riesgo de morir deshidratada. Era una persona que
necesitaba el agua para vivir, no solo para beber como el resto de personas.
Necesitaba sentir el agua en su piel, era como una especie de medicina sanadora
para ella.
Annie anduvo durante horas,
manteniendo siempre el muro a su izquierda. Entonces, se adentró en un conjunto
más denso de palmeras y perdió de vista el muro gris. El cielo comenzaba a
oscurecer, así que Annie sacó la navaja del bolsillo de su chaqueta. Sabía que
no era mucho, y que no sería nada frente a una espada o una lanza, pero si
podía atravesar algo con ella, bastaría. Y de repente, lo oyó.
Era casi como una melodía.
Annie se apoyó sobre el tronco de un árbol, con los ojos cerrados, y escuchó
con atención. No cabía duda: estaba escuchando el fluir del río.
Con una sonrisa en los labios
agrietados, Annie comenzó a correr sigilosamente hacia el sonido. A su paso, la
tierra del terreno comenzaba a ser más fértil, más verde, y la jungla menos
densa. Annie sabía que el agua no tenía olor (su madre, de pequeña, siempre le
repetía lo mismo: Recuerda, Annie Cresta.
El agua es incolora, inolora e insabora, aunque con la edad, Annie había
descubierto que la mitad de las palabras de ese refrán eran inventadas por su
madre), pero podía olerla y escuchar el murmullo del río.
Annie jamás se había sentido
tan cómoda hasta que lo vio.
Se trataba de un gran río,
ancho y caudaloso. El agua cristalina reflejaba el sol a punto de esconderse y
la luna a punto de salir, al mismo tiempo, y era un espectáculo hermoso.
Es curioso, pensó Annie, cómo puede haber tanta belleza en un sitio
tan sangriento.
De inmediato, sin poder
evitarlo, pensó en Finnick. En su evidente belleza, en sus ojos verdes como el
mar en calma, en su pelo cobrizo que siempre parecía estar perfecto, en esa
piel sin manchas ni cicatrices. Sin embargo, hasta él había sido un monstruo
aquí dentro. Hasta él había masacrado, sin piedad. Belleza y sangre en un mismo
plano.
Annie sacudió la cabeza y se
lanzó al río, introduciéndose en las aguas y distorsionando la imagen, bebiendo
en abundancia. Se frotó las manos llenas de su propia sangre y la tierra del
suelo, y descubrió rasguños sin importancia. Tiró la sucia chaqueta amarilla a
la orilla y se quitó la camiseta blanca manchada y rota. La lavó hasta que
estuvo más o menos aceptable y la dejó secar al sol. Luego, bajó la mirada
hacia su estómago.
Teniendo en cuenta la capa de
sangre seca que cubría su abdomen y la herida desigual del largo de una mano
que se situaba sobre el ombligo, Annie apenas sintió nada. Ni siquiera dolor.
Su madre ya lo había dicho una vez: Annie,
si una herida permanece latente durante mucho tiempo, al final, el dolor se
acaba olvidando. Y no podía tener más razón.
Annie se echó agua fría sobre
la herida, limpiando la sangre, que parecía haberse pegado a su piel como un
potente pegamento. Cuando consideró que la herida ya estaba lo bastante limpia,
Annie salió del agua y se aplicó la crema sobre ella. Al principio no sintió
nada hasta que, segundos más tarde, un picor empezó a rodear la zona. Annie
sonrió, porque eso era señal de que la herida estaba curándose.
Además, Finnick jamás le daría
algo sin estar seguro de que funcionaría.
Annie esperó a que los poros de
su piel absorbieran la crema y se colocó la camiseta, ya seca. Empezaba a
refrescar, y el cielo era cada vez más oscuro, así que se puso la chaqueta
amarilla y, tras beber algunos sorbos de agua, se tumbó entre dos palmeras que
la ocultaban, intentando dormir.
De repente, en el cielo resonó
el himno del Capitolio, y apareció la imagen de la chica del distrito 3, la
chica de la melena pelirroja. Annie no había oído el cañonazo, así que supuso
que habría muerto durante el terremoto. El himno dejó de sonar y todo volvió a
quedarse en silencio.
Y con ese silencio, Annie se
quedó dormida.
Despertó con las primeras luces
del alba. La superficie del río estaba absolutamente plana, reflejando el color
rosado del cielo. Annie observó el terreno durante unos minutos, con la navaja
en la mano, tratando de atisbar el más mínimo movimiento, pero no vio nada, así
que, sin soltar su arma, se dirigió hacia el río y se lavó la cara. Estaba
dispuesta a echarse de nuevo la crema en la herida cuando escuchó un sonido:
una bota rompiendo una rama.
Bien podía haber sido un
animal, pero ella no se detuvo a averiguarlo. Cogió del suelo su mochila y echó
a correr. Atravesó de nuevo las palmeras, dejando el río y el muro atrás. A lo
lejos, se escuchó un cañón, y aceleró su carrera. Miró a su espalda, pero nadie
la perseguía. Se detuvo a coger aire.
Entonces, alguien saltó sobre
ella, lanzándola al suelo. No vio quién la atacaba, solo buscaba su estómago
para clavarle la navaja, pero ya no la sostenía. Se maldijo a sí misma y golpeó
a su atacante con la rodilla en el pecho. Éste se apartó. Annie aprovechó para
salir bajo su cuerpo y buscar un arma, una salida, lo que fuese. Encontró una
rama partida, con un extremo bien afilado, y se giró con ella en la mano,
dispuesta a clavarla donde fuese. Su oponente se levantó del suelo, llevándose
la mano al pecho ensangrentado. Entonces alzó la vista.
Kit.
Un torrente de alegría inundó a
Annie de la cabeza a los pies y a las puntas de los dedos, y tuvo que reprimir
el impulso de correr a abrazarlo. Era tan extraño encontrar en ese mundo
desconocido a alguien de casa…
-
¡Annie! – gritó el
muchacho, con la misma cara de sorpresa -. Annie, vamos, hay que regresar al
río.
Annie se fijó en él. Tenía
profundas ojeras, la piel pálida y sangre fresca en el mentón y el cuello, pero
no era suya. Se le había roto la cremallera de la chaqueta y la camiseta blanca
estaba desgarrada, mostrando su pecho sucio y lleno de gotas de sangre. No
parecía tener ninguna herida grave.
-
¿Estás bien? –
preguntó Annie, para asegurarse.
-
Eso no importa. Al
río. No tardarán en llegar.
Kit cogió a Annie por el codo y
la arrastró hasta adentrarla en la ‘zona densa de las palmeras’.
-
¿Quiénes? –
preguntó Annie, aunque creía saber la respuesta.
-
Los profesionales.
Aumentaron la velocidad hasta
llegar al río. Entonces, allí, pudieron oír ambos, por encima del sonido del
río, un griterío de personas que se acercaba.
-
¡Ha matado a Slimt!
¡No puede estar muy lejos! – gritaba una voz.
Annie se estremeció. Parecía el
chico del distrito 1, el que se había presentado voluntario. Miró a Kit,
desesperada.
-
Annie – susurró él,
mirándola -. ¿Cuánto puedes aguantar bajo el agua?
-
No lo sé, bastante.
¿Por qué?
Kit la miró, pasándose una mano
por el pelo.
-
Quiero que te
sumerjas en el río, despacio, cuanto más profundo mejor, y no salgas hasta que
yo te saque. ¿Vale?
Quería ahogarla. Eso fue lo
primero que se pasó por la cabeza de Annie. Sin embargo, decidió confiar en
Kit. Él no se atrevería a traicionarla así, ¿verdad?
Annie miró a su compañero, que
estaba tan serio y calmado que casi parecía que quisiera ahogarla de verdad. Él
asintió, y ella se introdujo en el agua. Cuando las voces de los profesionales
se acercaron más, sumergió la cabeza.
No abrió los ojos. Simplemente
se agarró a una roca incrustada en el fondo y no pensó en nada. Siempre
encontraba paz cuando hacía eso. El agua era su casa. Su verdadera casa, y, por
un momento, se olvidó de la Arena, de Los Juegos del Hambre, de los
profesionales y de Kit. Solo existían el agua y ella.
Minutos, horas, quizás años
después, una mano agarró el hombro de su chaqueta y tiró de ella hacia arriba.
Cuando, ya en la superficie, en tierra firme, abrió los ojos, allí solo estaba
Kit, con la sangre húmeda de nuevo chorreándole junto con el agua por todo el
cuerpo.
-
¿Cómo has hecho
eso? – preguntó, boquiabierto.
-
¿El qué?
-
Has estado siete
minutos enteros ahí abajo. ¿Eres consciente de que eso es… inhumano?
Annie sonrió. Jamás moriría
ahogada, de eso estaba segura. El agua era su hogar.
-
Bueno, ¿tienes algo
para comer? – gruñó Kit, quitándole la empapada mochila de los hombros.
Comieron poco, respetando la
poca reserva que tenían. Kit le contó las muertes de sus víctimas. Llevaba dos,
pero eso ya era demasiado.
-
¿Y tú? – preguntó
Kit, agitándose el pelo mojado.
Y Annie relató, con todo el
detalle que pudo, cómo habían sido sus dos días en la Arena. Entonces percibió
que Kit la miraba, con las cejas levantadas.
-
¿Qué?
-
No te has dado
cuenta, ¿verdad? – preguntó él.
-
¿De qué?
-
De qué es la Arena.
Annie miró a su alrededor. El
muro, las montañas, la jungla… Además de una cárcel, no sabía qué otra cosa
podía ser.
-
Piénsalo – continuó
Kit, acercándose a ella -. Tomes el camino que tomes, siempre regresas al muro.
Nunca puedes llegar a las montañas.
Annie miró hacia las montañas,
que habían sido la meta de su itinerario desde el principio. ¿Por qué nunca
podía llegar hasta allí?
-
La Arena es un
anillo – concluyó Kit.
Annie le miró, estupefacta. ¿Un
anillo?
-
Estamos
constantemente girando. Tomemos el camino que tomemos, siempre nos adentramos
en una zona de palmeras densas que nos impiden ver, y siempre acabamos en el muro. Las palmeras forman un anillo a
nuestro alrededor, Annie, y solo nos conducen al muro.
Annie apartó la mirada de su
compañero. ¿Por qué querrían los Vigilantes dirigirlos constantemente al muro?
¿Qué había allí? Seguro que era un plan sádico, pero, ¿cuál? Annie ya había ido
a parar dos veces allí y no había encontrado a nadie.
O quizá, lo que los Vigilantes
querían no era que los tributos se enfrentasen entre ellos, sino tenerlos
encerrados dentro de su anillo.
Quizá los terremotos solo
ocurriesen allí dentro.
Annie miró a Kit. Se había
quedado dormido, escondido entre dos palmeras. Y, aunque apenas sabía si podía
llamarlo así, Annie supo que no estaba sola: tenía un amigo.