sábado, 16 de febrero de 2013

Capítulo 22. 'Las sombras'.

-         Annie…
La muchacha gimió. No podía hablar, no podía emitir ningún sonido diferente a ese, pero, de haber podido, le habría gritado a ese hombre que se fuera. ¿Quién era él? ¿Qué quería de ella? Lo veía alargando una mano, deseoso de tocarla. Pero no podía dejarlo, no podía. Él quería hacerle daño.
Al principio, le había parecido que era un ángel. Era como deberían ser los ángeles, bello y luminoso. Pero él no podía ser un ángel, porque los ángeles no querían herir a las personas.
-         Annie, soy yo…
El chico alargó de nuevo los dedos, y había muy poca distancia entre ellos y su piel, así que ella se bajó de la cama y se acurrucó en una de las esquinas de la habitación. Escondió la cabeza en su mata de pelo enredado. No podría tocarla allí.
-         Mags – escuchó la muchacha. Incluso su voz sonaba peligrosa.
-         Vámonos. Tienes que dejarla sola.
-         Pero…
-         Nos vamos, Finnick.
Finnick.
Annie se derrumbó en el suelo, con los brazos a ambos lados del cuerpo. Por su cabeza empezaron a pasar miles de imágenes. Un chico sujetándole la mano en una escalera, y recordó que sentía pánico en ese momento. Ese mismo chico mirándola con la boca abierta, y recordó que se había sentido ruborizada. Llorando sobre su hombro, asustada; hablando furiosa.
Finnick.
-         ¿Finnick? – llamó. Su voz sonaba extraña.
-         ¡Annie!
El muchacho se acuclilló junto a ella. Era él, ahora podía recordarlo. Sus ojos verdes, el pelo cobrizo, incluso un conjunto casi invisible de pequeñas pecas en el puente de la nariz. Él nunca le haría daño, porque le había prometido cuidarla. Recordaba eso.
-         Annie…
Ella miró a su alrededor, como si lo viese todo de nuevo por primera vez. Las paredes blancas, sus propias manos, rosadas. Sentía que esa no era su piel, que era demasiado brillante y demasiado incómoda para serlo. Se preguntó por qué no veía palmeras a su alrededor, ni el río, y por qué sus manos no estaban manchadas de tierra.
-         ¿Dónde estoy? – preguntó.
Finnick ladeó la cabeza hacia la anciana, Mags, que simplemente cerró los ojos. Cuando se volvió para mirarla, había un pliegue entre sus cejas.
-         Estás en el Capitolio. ¿Te acuerdas? Te dije que ibas a volver.
-         ¿Y las palmeras?
Finnick se pasó una mano por el pelo.
-         Te sacamos de la Arena, Annie. Pasó algo ahí dentro, y resultaste heri…
La chica intentó concentrarse en Finnick, pero había escuchado algo más allá. Su mente analizó cada una de las palabras que oía.
Su nombre, una y otra vez.
‘Ayúdame’.
Y vio sonrisas, sonrisas y rizos, piel morena.
Kit estaba en alguna parte, y necesitaba su ayuda.
Y vio también sombras, sombras que se cernían sobre ella por las paredes de la habitación y sombras que salían por la puerta, detrás de la anciana, dispuestas a atacar a Kit.
-         ¿Dónde está Kit? – preguntó, con la voz rota.
Finnick frunció más aún el ceño. Mags se acercó a él para ponerle una mano en el hombro, pero él se zafó de ella y se pegó más a Annie, poniéndole una mano en el brazo. Su contacto era extraño sobre su piel, como si le hubiesen colocado una lija.
-         Annie, Kit…
-         ¿Dónde está? – repitió Annie.
Finnick intentó sujetar la cara de Annie con los dedos, pero ella le agarró el cuello de la camiseta e hizo que le mirase a los ojos.
-         Tienes que salvarlo, Finnick.
-         Pero Annie, él…
Ella se apartó, empujándolo. El estómago le ardía. Cuando sintió el hierro de la pata de la cama sobre su columna vertebral, congelado, se acurrucó, abrazándose las rodillas, y enterró la cabeza en ellas. No quería oír más voces, no quería oír los gritos, ni quería ver las sombras.
-         ¿Annie?
Una de las sombras le rozó el hombro, dejando su  piel fría como el hielo. Annie empezó a llorar, asustada. Iban a hacerle daño, e iban a hacerle daño a Kit también.
-         Finnick, tenemos que ayudarlo.
Annie levantó la cabeza y vio que Finnick se había movido de nuevo hacia ella. Tenía la frente arrugada, y sus ojos verdes parecían hundidos en la oscuridad de sus ojeras.
-         ¿Ayudar a quién?
-         A Kit, Finnick. Tenemos que ayudarlo.
Los gritos seguían, cada vez más fuertes.
-         ¡Annie! ¡Annie, ayúdame!
Annie escuchó el estruendo de una ola al romper contra un acantilado y se tapó las orejas. Veía a Finnick mover los labios, pero no escuchaba lo que decía, aunque el sonido de las olas, los gritos de Kit y el susurro de las sombras sobre la pared siguiesen resonando en su cabeza.
-         ¡Ayúdalo, Finnick! – gritó -. ¡Van a hacerle daño, ayúdalo!
Annie sintió que las sombras empezaban a acercarse a ella, cada vez más cerca, rozándole la piel. Arañó allí donde ponían sus manos, pero solo conseguía traspasarlas y perforarse la piel con las uñas. El camisón blanco que llevaba puesto era como una cárcel que la asfixiaba, y las sombras hacían que la tela se le pegase más a la piel. Se la sacó por la cabeza y se acurrucó bajo la cama, con los oídos tapados.
Todo el vientre le dolía como si tuviese agujas clavadas en él. Annie se agarró el estómago, pero lo único que consiguió fue escuchar más y más gritos al destaparse las orejas.
Empezó a gritar también.
De repente, algo tiró de ella para sacarla a la blancura otra vez. Vio caras de colores diferentes con mascarillas blancas. Sabía que las sombras estaban detrás de ellos, preparadas para abalanzarse. Kit, mucho más allá, seguía pidiendo su ayuda.
-         ¡Annie! – gritaba Kit.
-         ¡Annie! – gritaba Finnick.
-         ¡Sálvalo, Finnick, sálvalo! – gritó Annie.
Todos gritaban.
Cuando su mente empezó a nublarse, como efecto de algún narcótico, Annie vio cómo las sombras la abandonaban a ella para ir sobre Finnick. Lo último en lo que pensó antes de que los gritos cesaran fue: ‘No. A él no’.

 Gritos. Ni siquiera durante los sueños había podido librarse de los gritos. De hecho, cuando despertó, lo hizo gritando, pidiendo ayuda. Estaba en el mar, el mismo mar que era como su segunda casa, y se ahogaba. Tiraba de ella, como si estuviese atada a un hilo resistente y alguien la arrastrase desde las profundidades. Sobre ella, por encima de la superficie del agua, veía el cielo blanco, con luces parpadeantes, pero no podía llegar hasta él. Y, de repente, salió fuera.
Annie se tocó la cara y la notó empapada, pero no era agua. Era sudor, sudor frío.
-         Annie.
La muchacha giró la cabeza y vio a un muchacho sentado a su lado. Era alto, musculoso, aunque no eran los músculos más grandes que había visto. Tenía la piel dorada, que contrastaba a la perfección con su pelo de color bronce. Los ojos, de un color verde azulado, como las olas del mar, estaban rodeados por unas enormes ojeras moradas. Llevaba la ropa arrugada, como si hubiese estado durmiendo sobre ella.
Sabía que lo conocía, porque una cara como la suya era difícil de olvidar.
Y su nombre le llegó a la cabeza en el instante en el que lo miró por segunda vez, cargado de recuerdos.
-         Finnick.
El chico sonrió con tristeza y cansancio. Annie se preguntó qué le habría pasado a Finnick para estar en ese estado. Ella lo recordaba fuerte, hermoso, como una especie de héroe. No era para nada lo que tenía a su lado.
Annie hizo ademán de levantarse, pero vio que no podía. Tenía el cuerpo recubierto de cables, enganchados a electrodos en las sienes, en la nuca, en el pecho y en los brazos. Los pitidos de un montón de monitores resonaban entre las cuatro paredes de la habitación.
-         ¿Por qué me han puesto esto? – preguntó, enrollándose el cable a un dedo.
-         Solo son pruebas.
Alguien carraspeó en la puerta. Tanto Annie como Finnick dirigieron hacia allí la mirada y vieron a un hombre alto, con un extraño corte en la barba azul.
-         Señor Odair – saludó, inclinando la cabeza hacia Finnick -. Señorita Cresta, ¿cómo se encuentra?
Annie miró a Finnick, que se había levantado, poniéndose delante de ella. Annie pudo ver la tensión en sus hombros como un cartel de luces que anunciaba ‘peligro’.
-         Qué quieres – gruñó Finnick, apartando a Annie de la vista del hombre.
-         Los doctores consideran que la señorita Cresta ya está perfectamente bien, después de estos días, así que consideran que es hora de presentarla.
Annie soltó el cable y miró al hombre.
-         ¿Presentarme?
-         Como vencedora de los Septuagésimos Juegos del Hambre.
Una jungla. Un enorme muro. El Anillo. Palmeras. Gargantas atravesadas por enormes lanzas y cabezas cortadas. Sangre, mucha sangre. Una gigantesca ola. Muerte, más muerte.
Annie se arañó los ojos, alejando de ella esas imágenes, pero seguían grabadas a fuego en su cabeza. Finnick se abalanzó hacia uno de los monitores, con la mandíbula apretada, y empezó a desenroscar algo.
La droga entró en las venas de Annie antes de que ella se diese cuenta.
-         Vete – escuchó la muchacha decir a Finnick.
Se escuchó un golpe y el crujir de algo. Annie dejó de arañarse los ojos, que le escocían como si tuviese arena, y volvió a tumbarse sobre las almohadas. Eran suaves. Como la arena de su playa. Como las plumas de un pájaro. Como debían ser las nubes.
-         Tranquila, Annie. Yo estoy aquí para protegerte ahora.
Sintió la mano de Finnick sobre la suya, cálida. Recordó que mucho tiempo atrás, lo que parecían siglos, él había cogido su mano cuando ella había tropezado. No sabía cómo ni cuándo. Solo recordaba qué esa había sido la primera vez que él la había tocado. Pero este contacto era mucho más que aquel. Era calidez. Era protección. Cariño.
Finnick. Eso era.

sábado, 9 de febrero de 2013

Capítulo 21. 'De vuelta al Capitolio'.

Finnick se masajeó las mejillas. Habían llegado al Capitolio unas horas antes, y le habían ordenado irse a descansar al Centro de Entrenamiento, pero él no se había separado de Annie. En ningún momento lo haría.
Sabía que jamás iba a olvidar los momentos que había vivido en el aerodeslizador. La de emociones que se habían pasado por su cabeza cuando cogieron el cuerpo de Annie y lo subieron a la nave, cuando vio aquel palo clavado en su abdomen, cuando lo apartaron de un empujón para separarlo de ella. Y ahora estaba allí, detrás de un cristal, enganchada una docena de tubos, con los médicos pululando a su alrededor como moscas. Sintió el impulso de romper el cristal y alejarlos de ella, pero tenía la mano lo suficientemente rota como para dañársela más.
-         Finnick.
El chico alzó la cabeza. Radis estaba de pie junto a él, con el pelo blanco recogido en una meticulosa coleta. Era extraño no verla sonreír, aunque Finnick estaba seguro de que, por dentro, se sentía plena de felicidad. Al fin y al cabo, había sido su mano la que había seleccionado el nombre de la ganadora de los Septuagésimos Juegos del Hambre. Y Finnick la odiaba por ello.
-         ¿Cómo está? – preguntó.
Finnick gruñó y se levantó del suelo, sintiendo el cansancio de todos los días que había pasado sin apenas dormir intentando sacar a los tributos de la Arena. Pensó en Kit, y en cómo había fracasado, pero la visión de una Annie viva (al menos, viva), hacía que se olvidase de que había sido un mentor penoso.
-         Le han reconstruido el vientre. Dicen que se va a poner bien, aunque quieren hacerle desaparecer las cicatrices. No quiero que la toquen más.
-         Pero así estará mejor, Finnick. Confía en ellos, saben lo que hacen.
Finnick volvió a gruñir y se acercó al espejo. Bajo la luz blanca de los focos que estaban sobre ella, los huesos de Annie proyectaban sombras sobre su cara que la hacían parecer un cadáver. Finnick se estremeció.
-         Yo venía a decirte – continuó Radis – que tienes que venir conmigo.
Finnick se giró bruscamente.
-         No.
-         Finnick, hay algo que…
-         No voy a dejarla sola.
-         Finnick, es Kit – el muchacho se tensó -. Van a enviarlo de vuelta al distrito 4. Y querían saber si querrías verlo antes.
Finnick miró a Annie, apoyando una mano en el cristal. Parecía tan pequeña, tan niña… Es curioso cómo el sueño, el ver dormido a alguien, le hace parecer más joven. Más en calma. Se preguntó si estaría soñando, o si la tendrían lo suficientemente sedada como para que su mente fuese un blanco total. Observó a los médicos, que ajustaban constantemente los tubos que se introducían en sus venas, comprobaban los sueros y la morflina, rociaban su piel con cicatrizante. Le fastidiaba decirlo, pero sabía que la dejaba en buenas manos. Sabía que iban a cuidarla. Aunque solo fuera por miedo a Snow, ya que si Annie moría, los Juegos del Hambre de ese año no tendrían ningún ganador y las culpas caerían sobre ellos.
-         Está bien – susurró Finnick, apartando la mano del frío cristal.
Radis lo dirigió unos pisos más arriba del edificio en el que se encontraban. Lo llamaban Centro de Cuidados, y se encontraba justo al lado del Centro de Entrenamiento. Finnick solo había estado allí cuando salió de la Arena, aunque no había llegado especialmente malherido. Solo había estado allí sedado durante unas horas, hasta que habían hecho desaparecer sus cicatrices.
Radis abrió una puerta grande de metal y se apartó para que él pasara.
-         ¿Tú no vienes? – preguntó Finnick, brusco.
-         No. Cuando hayas acabado, avísame. Estaré fuera.
Radis cerró la puerta y lo dejó solo en la habitación. Tenía las paredes, el suelo y el techo blanco, de un blanco impoluto, más brillante incluso por el efecto de las luces. Si el cielo existiese, probablemente sería de un blanco así.
Finnick se dirigió hacia el centro de la habitación, donde se encontraba el único objeto que la ocupaba. Se trataba de una especie de mesa alta, de metal, sobre la que se hallaba una caja de madera oscura.
Kit estaba allí dentro.
Al contrario de lo que había esperado, Finnick estaba relajado cuando lo miró. Kit tenía los ojos cerrados, como si estuviera dormido. Podía verle la cicatriz del cuello, allí donde le habían cosido la cabeza al resto del cuerpo. Llevaba puesto un traje azul. Finnick sonrió para sí: al menos habían respetado las costumbres.
En el distrito 4, cuando alguien moría, lo vestían de azul, lo rodeaban de algas y le ponían dos conchas sobre los ojos. Colocaban el cadáver en una pira junto al mar por la noche y lo quemaban. La sal del agua volvía las llamas de un color amarillo brillante que envolvía por completo al cadáver hasta que solo quedaban cenizas de él. Luego, se recogían las cenizas y se tiraban al agua. ‘Los hijos del mar, van al mar’. Esa era la oración. Y esa era también la razón por la que no había cementerios en el distrito 4. El mar era fuente de vida y fuente de muerte.
Finnick colocó una mano sobre el pelo limpio, cortado y peinado de Kit.
-         Lo siento – susurró.
Y justo entonces, empezó a temblar.
Ese chico estaba ahí porque él no había sabido protegerlo bien. Muerto, frío. Y ahora iba a regresar a su hogar, metido en una fría caja de madera, casi preparado para desaparecer.
Finnick se agarró a los bordes de la caja de madera hasta que sus nudillos se pusieron blancos, y las heridas de la mano derecha se le abrieron, pero no se soltó, porque necesitaba que el dolor le centrase. Ahora tenía que tener la mente clara por Annie.
-         Lo siento – repitió, acariciando la cara del niño.
Finnick cerró los ojos y se detuvo unos momentos a recordarlo, un par de minutos para él. Cuando los volvió a abrir, sin embargo, no se marchó, sino que comenzó a hablar.
-         Annie está bien – susurró -. La hemos sacado. Díselo a su madre, ¿vale? Dile que yo voy a cuidar de ella.
Colocó las manos de Kit sobre su pecho, tal y como se hacía en los funerales del distrito, y salió de la habitación.
Cuando estuvo fuera, respiró hondo, apoyándose en el frío metal de la puerta. Kit estaba bien. Iba a estar bien, por fin.
Sin embargo, ese pequeño instante de relajación duró poco. Radis no estaba, y eso solo podía significar una cosa: algo había ocurrido con Annie.
Los nervios atenazaron cada uno de los poros de la piel de Finnick, devolviéndole el temblor. Bajó las escaleras casi corriendo, susurrando por lo bajo ‘por favor, por favor, que no sea nada’, una y otra vez, una y otra vez. Cuando llegó a la planta en la que estaba Annie, alguien lo cogió del brazo y tiró de él.
-         ¡Suélt…!
Intentó soltarse del doctor que lo agarraba, pero dos más vinieron en su ayuda y, de repente, quedó completamente quieto frente al cristal. La cama de Annie había desaparecido y, por supuesto, ella no estaba allí.
-         ¿¡Dónde está!? ¿¡DÓNDE LA HABÉIS LLEVADO!?
-         Sedadlo – ordenó uno de los doctores.
-         ¡No, yo estoy bien! ¿¡Dónde está ella!?
Uno de los doctores le apartó el cuello de la camisa y sujetó una jeringuilla llena de morflina en alto.
-         ¡Annie! – gritó Finnick -. ¡Radis, ayúdame!
Otro de los médicos le sujetó la cabeza para que el de la jeringuilla tuviese mejor acceso a su cuello. Se debatió entre sus brazos, pero eran demasiados para él.
-         ¡Eh! – gritó alguien -. ¿Qué estáis haciendo?
-         ¡Mags! – chilló Finnick.
Los médicos lo soltaron, y él corrió hacia la mujer. No se detuvo a abrazarla, ni a preguntarle cómo estaba; nada de formalidades y educación.
-         Se han llevado a Annie, no sé dónde…
-         Finnick, tranquilo.
-         ¡No puedo estar tranquilo! Necesito saber dónde está. Si ha pasado algo…
Mags le acarició la cara, cubierta por una fina capa de sudor. Finnick intentó atisbar alguna emoción en sus ojos, ya fuese pena o alegría, pero no encontró nada. Los ojos de Mags estaban fríos.
-         Finnick, Annie está bien. Solo la han llevado a una habitación diferente.
-         ¿Y por qué…?
Mags se apartó de él. Finnick ladeó la cabeza, con los nervios y el miedo en la garganta.
-         ¿Qué ha pasado, Mags? – gruñó.
-         Finnick… - comenzó la anciana -. Annie ha despertado.
Finnick apenas fue consciente de los minutos posteriores. Sabía que iba agarrado de la mano de Mags, y que ella lo conducía por pasillos y escaleras que le parecían todos iguales. Pero su mente estaba puesta en Annie. ¿Qué le diría? ¿Cómo reaccionaría ella al verlo? ¿Cómo reaccionaría él?
Mags se paró frente a una sencilla puerta de madera gris con una pequeña ventanilla. Finnick intentó ver el interior de la habitación a través del cristal, pero solo veía la pared blanca.
-         Finnick… Ella no es la misma. Lo sabes, ¿verdad?
Finnick asintió, rascándose la nuca con nerviosismo. Nadie era el mismo después de la Arena. Mags abrió la puerta y pasaron al interior.
Lo primero que vio Finnick fue que la habitación era muy parecida a la que él había pisado momentos antes, cuando estaba con Kit. Paredes blancas, suelo blanco, techo blanco. Sin embargo, había más mobiliario. Un plato de ducha en una esquina, rodeado por una mampara transparente y junto a él, un váter con una fina barra de metal curva en uno de los lados. Entonces reparó en la cama.
Annie estaba sentada, apoyada en el cabecero, abrazándose las rodillas. Sus ojos estaban desenfocados, y mordía la punta de la manga de su túnica blanca. Finnick tragó saliva.
-         ¿Annie? – susurró, avanzando hacia ella.
La muchacha alzó la vista y, entonces, ocurrió lo inesperado.
Annie se encogió sobre sí misma, con los ojos llenos de lágrimas y gimió. Sus pies se deslizaban inútilmente sobre las sábanas, como si quisiera correr.
Finnick la miró, extrañado. Había esperado que ella se tirase a sus brazos, que le golpease por haber dejado morir a Kit, o simplemente que no quisiera hablar con él. Pero, ¿qué era lo que pasaba? ¿Por qué se comportaba de esa manera extraña?
-         Annie…
Finnick alargó la mano para tocar su tobillo, pero entonces ella encogió los pies, poniéndolos fuera de su alcance, y gimió con más fuerza. Parecía como si quisiese fundirse con el cabecero de la cama y desaparecer más allá de la pared que había detrás.
Finnick comprendió, y habría sido más doloroso que ella lo hubiese odiado.
Annie huía de él.
Le tenía miedo.

 

sábado, 2 de febrero de 2013

Capítulo 20. 'Inundación'.


Si Annie hubiese visto a la muerte desde el principio, probablemente se habría lanzado hacia ella sin dudar, como si fuese una vieja amiga, y se habría dejado abrazar por sus brazos incorpóreos. Sin embargo, la había pillado totalmente desprevenida, golpeándola con toda su fuerza.
Annie sintió a la muerte penetrar en sus pulmones con fiereza, quemando como fuego. Sin embargo, a pesar de que su pecho ardía, a su alrededor estaba rodeada de hielo que congelaba su piel. Annie sintió que ella apretaba su corazón con sus largos dedos fríos, y lo vio sangrar en su mano, sin poder hacer nada. Annie intentó abrir los ojos, en busca de aire, pero todo lo que veía eran formas borrosas. Abrió la boca para gritarle a la muerte que la dejase o que se la llevara de una vez por todas, pero lo único que oyó fue un sonido lejano, como un lamento, antes de que ella culebrease de nuevo por su garganta. La muerte la arrastró en la nada líquida, al mismo tiempo que se extendía por su interior. Annie sentía un extraño gusto a cobre en la boca. Entonces, algo chocó contra ella.
Primero, sintió como ella la mordía, clavándole los dientes en el vientre. Todo a su alrededor se tornó de color escarlata, y ella gritó, gritó hasta que la muerte volvió a cerrarle la boca, hundiéndola.
De repente, la muerte la alzó.
Annie abrió la boca y sintió cómo ella salía fuera de su cuerpo, resistiéndose. Boqueó en busca de aire, pero sintió el mordisco de la muerte en su estómago, un dolor lacerante, doblándola, y volvió a hundirse.
La muerte la zarandeó, y Annie intentó agarrarse a las cosas sólidas que rozaban contra su piel, que colgaba de su cuerpo hecha jirones. Entonces, a lo lejos, escuchó una voz, y la muerte, a su alrededor, se sumió en el más perfecto silencio.
-         Annie.
La chica abrió los ojos. Todo eran formas difusas, y los ojos le escocían como si tuviera planchas de hierro candente sobre ellos, pero lo que tenía frente a ella era muy claro.
Kit, aún con la cinta colocada sobre la frente, con una camisa blanca que ondeaba a su alrededor, como si tuviera alas. Él alargó un brazo y Annie se sujetó a él. Tenía la piel rugosa, y hacía heridas en las palmas de sus manos, pero, de repente, la muerte dejó de arrastrarla.
-         Sujétate, Annie – pidió Kit, asiendo su brazo por debajo del codo.
‘Pero yo quiero que ella me lleve’, intentó decir, pero la muerte volvió a inundar su boca, callándola. Sabía a sangre y a suciedad.
-         AGÁRRATE – exigió Kit.
Annie se tiró hacia él y lo abrazó. Pero, de repente, su cuerpo ya no estaba allí, y todo lo que quedaba era un tronco rugoso de una enorme palmera. La muerte hizo un último intento de llevársela y, con una sacudida, volvió a levantarla, resignada.
Las hojas de palmera arañaron la magullada cara de la chica, y la sangre inundó su visión. Todo lo que Annie veía era un intenso rojo. A su alrededor, se escuchaba el sonido de las olas del mar, el sonido de casa, y quería dejarse llevar por el agua, pero la muerte aún seguía tocándola, amenazante, justo a la altura de sus hombros, y todo su cuerpo hacia abajo. La sentía en cada poro de su piel, y aún podía notar su mordisco en el vientre. Annie cerró los ojos con fuerza y gritó. Gritó llamando a Kit todo lo alto que pudo.
Algo le tocó el brazo y abrió los ojos, esperanzada. Él había ido a buscarla. Sin embargo, no se encontró con la sonrisa de Kit, ni con sus amables ojos oscuros. Annie miró a su alrededor. Estaba en medio del mar, aunque no era realmente mar, porque estaba lleno de ruinas, troncos amontonados y grandes cantidades de trozos de tierra desprendidos. El mar no tenía su color verde habitual; era marrón, como el lodo. Annie se agarró más fuerte al tronco de la palmera y dirigió la mirada a la cosa que la había tocado.
Flotaba sobre el agua, boca arriba. Su piel, que había sido morena, tenía un extraño color entre gris blanquecino y morado claro. Sus ojos azules estaban inyectados en sangre, a punto de salírsele de las órbitas. A través de la boca entreabierta y llena de agua, Annie pudo ver pequeños trozos de hojas que flotaban en su interior. El cuerpo del muchacho del distrito 5 estaba hinchado también, atravesado por una gran lámina de metal dorado que provocaba la salida de un gran flujo de sangre que parecía no tener fin. Su piel, desgarrada.
Annie se soltó del tronco, chillando, y tragó una gran bocanada de agua. El cuerpo del chico flotaba a unos metros de ella, así que nadó en la dirección contraria. Una sola palabra centelleaba en su mente, de un brillante color rojo.
‘Muerte’.
Annie no sabía el tiempo que había estado en el agua, nadando y dejándose llevar por las cada vez más suaves olas, pero, de repente, su espalda dio contra algo duro. Annie se dio la vuelta levemente apoyando la cabeza contra el suelo firme, inhalando el olor a tierra mojada. Volvió a tumbarse, con las piedrecitas del suelo clavándose en la parte posterior de su cráneo.
Entonces sintió el dolor en el estómago, más fuerte de lo que nunca habría imaginado, y gritó. Alargó una mano hacia la zona dañada, pero se encontró con algo, como un obstáculo. Parecía tela.
Echó una mirada por encima, sorteando los puntos borrosos de su visión, y deseó, casi al instante, estar muerta.
Bajo los dedos, sostenía un pliegue de piel, que colgaba flácido y ensangrentado, dejando al descubierto un pequeño trozo de abdomen del tamaño de una mano. Y, un poco más allá, un estrecho palo sobresalía de su estómago, como una flecha irregular, perforándola. Annie se inclinó hacia un lado y vomitó. Al principio, solo echaba agua, y más agua. Entonces, algo empezó a desgarrar su garganta, abriéndose paso a través de su boca. Cada espasmo que el movimiento de esa culebra que la recorría le provocaba, era un dolor cegador en su vientre. Entonces, una masa negra y viscosa salió por su boca. Annie se echó al suelo de nuevo, sintiendo el gusto de la sangre en la lengua. La vista empezaba a nublársele, pero había puntos que podía ver con nitidez.
Una cala a lo lejos, con el mar cristalino extendiéndose a sus pies. Una extensa red dorada colgando de una palmera. Kit, vestido de blanco, sonriéndole, con las manos a la espalda.
Annie comenzó a cerrar los ojos, pero sintió que alguien la llamaba. Alguien que estaba situado sobre ella, quizá a kilómetros. Alzó la vista y los vio.
Eran dos luces. Dos inmensas luces de un brillante color verde azulado. Del color del mar en calma, del color del agua en verano. Y las luces parpadeaban, cada vez más cerca de ella, susurrando.
Su nombre. Solo su nombre.
Annie cerró los ojos y se dejó acunar por la voz, con el dolor abandonando su cuerpo. Se sentía cada vez más lejos del suelo y más cerca de la voz.
-         Annie – susurró en su oído.
La chica dejó caer la cabeza, si es que aún la tenía. No sentía nada. No sentía la piel despegada de sus músculos, ni la rama atravesando su vientre. No sabía dónde tenía los ojos, ni la boca, ni siquiera el corazón, contando con que este siguiera latiendo.
Era inmaterial.
Y, sin embargo, se sentía sostenida por esa voz.
-         Annie – volvió a susurrar.
Annie quiso responder, pero había olvidado las palabras. ¿Cómo hablar?
-         Te dije que volverías. Te lo prometí.
Annie empezó a desvanecerse, como si fuese tan insustancial como el humo. En cierto modo, creía que lo era. Antes de desaparecer, escuchó un último susurro, como un lamento, como una melodía desgarrada.
-         Annie…
Y se acordó. Ella desapareció junto con su nombre.
‘Finnick’.

Nada.
Eso es lo que era. Menos que una voluta de humo, menos que un grano de arena. Menos que el vapor de una gota de agua.

Sabía que se deslizaba, aunque no la sostuviesen sus piernas. Sabía que estaba suspendida en el aire, aunque no sintiese que su cuerpo flotara. Sabía que era tan insustancial como el aire.

Olía a mar. A salado. Y a ese olor característico a arena mojada. Pero no había arena, no había mar.

Sentía los párpados al rojo vivo, a pesar de que no podía determinar dónde estaban. Quería abrir los ojos, pero ¿qué ojos? ¿Seguía teniendo ojos? ¿Cómo, si era un simple gas?

Blanco. Todo era blanco. Más que la nieve, esa masa blanca que solo había visto una vez y que había estado tan asustada de tocar. El miedo a lo desconocido. Más blanco que la espuma del mar al depositarse sobre la arena, justo antes de que la arena la absorbiera. Más blanco que todos los blancos del mundo.
Si ‘la nada’ pudiese ser de alguna manera, sería algo como eso.
Se deslizó durante minutos, horas, puede que incluso siglos. Allí no había tiempo, ni espacio. Era infinito.
Entonces, lo escuchó. Como un estruendo, como una colisión entre dos rocas. Levemente, debido a la distancia, pero más fuerte conforme se acercaba. Y, cuando sentía que tenía el estruendo pegado a ella, todo se quedó en silencio.
En el más absoluto silencio.
Y no la vio venir.
No era como la muerte que la había zarandeado anteriormente. No era fría, ni líquida, ni se deslizaba a su alrededor. Era como un hilo tirando fuertemente desde su interior.
Se arqueó y sintió los huesos crujir, todos los poros de la piel arder como si estuviesen llenos de lava, los ojos escociendo y la boca seca. Volvía a ser cuerpo y sangre.
-         ¡Annie!
La muchacha sintió los pies sobre un suelo firme. Abrió los ojos, pero no sintió diferencia, puesto que seguía estado en la más perfecta blancura. Y echó a andar, sujetándose el estómago, justo en la zona del ombligo, allí donde había sentido a la muerte volver por segunda vez.
-         ¡Annie!
Empezó a correr, ignorando el fantasma invisible que seguía en su abdomen.
Ya no era todo tan blanco. Había manchas, justo delante de su camino. Manchas de tierra y barro, charcos de agua que hacían sombras. Y rastros de sangre. De una gran cantidad de sangre.
Lo vio a lo lejos y se paró en seco. Era un bulto, medio enterrado en un charco de barro.
Lo que sobresalía eran las piernas.
Annie retrocedió y chocó contra algo duro. Asustada, se dio la vuelta.
No había nada duro tras ella. No había un muro, ni un cristal, ni siquiera otra persona. Lo único que había era una gran masa de humo verde, verde como el mar, espeso. Olía bien.
-         Annie.
La voz parecía provenir del mismo humo. Annie se dejó envolver por él.
-         Annie, regresa.
El humo verde la acarició, sanando su piel quemada, haciendo desaparecer la sombra de la muerte de su estómago. Annie cerró los ojos.
‘No sé cómo’, pensó.
-         Sí lo sabes – respondió la voz -. Recuerda lo que tienes y regresa.
Annie se abrazó y se dejó caer al suelo, sujetándose las rodillas contra el pecho. Deseaba hacerse pequeña, diminuta. Deseaba desaparecer de ese lugar, de esa nada tan blanca que hacía daño a los ojos, e ir en busca de la voz.
‘Recuerda lo que tienes y regresa’.
‘¿Qué tengo? ¿Por qué quiero volver?’.
Algo volvió a tirar de su estómago, algo demasiado material como para ser la muerte. Annie se tumbó, boqueando, con el cuerpo ardiendo por el dolor.
Y, cuando vio disiparse, la masa de humo, quiso llamarla, para no quedarse sola de nuevo.
‘Finnick’.
Pero solo le respondió el silencio.