sábado, 19 de octubre de 2013

Capítulo 61. 'Luces y escamas'.

Luces y escamas,
es todo lo que contemplo.
Todo cuanto puedo contemplar.
Me pregunto si estoy loca.
Me pregunto si estoy cuerda.
Me pregunto si estoy siquiera.
Y no encuentro respuesta.
¿Debería hundirme de nuevo?
¿Debería mantenerme a flote?
Los contemplo a través del cristal.
Los alimento, limpio su hogar.
Me pregunto si será igual conmigo.
Si alguien me verá desde fuera
a través del cristal brillar.
Si alguien notará que me apago.
 
Annie se metió el lápiz en la boca, levantando los ojos hasta la pecera redonda. Uno se los peces nadaba pegado al cristal, como si tratase de encontrar la salida. ‘Está por arriba, tonto’, pensó, golpeando el cristal con la punta del lápiz. Ese pensamiento la hizo levantar la cabeza hacia el techo de la habitación, preguntándose si también habría una salida para ella.
 
Huir. ¿De qué?
Ni siquiera yo lo sé.
No sé si huyo de todos,
de todo,
de mí,
de qué.
 
-      Annie, va a empezar.
La chica levanto la cabeza de nuevo hacia Dexter, que estaba sentado en el sofá con una taza de café humeante entre las manos. Annie se sentó a su lado, acurrucándose junto a su hombro. La televisión estaba encendida, y Dexter ya le había advertido sobre lo que iba a ver. Esas imágenes podían hacerla recordar más de lo necesario, sobre todo viendo a Finnick en los carros. Se exponía al peligro de nuevo, a su peligro particular: el recuerdo.
 
Algunos temen a los monstruos.
Otros a las bestias.
Otros a los humanos.
Yo a recordar.

‘Patético’, pensó, clavando la mirada en la televisión. El himno comenzó a sonar en el momento en el que el primer carro salió a la calle. Annie recordaba a Gloss y Cashmere, los dos hermanos, y sospechaba que sería difícil olvidarlos para cualquiera. Recordaba también a Enobaria y sus dientes afilados, y creía haber visto a Brutus en alguna ocasión. Sin embargo, ni siquiera conocía a los del distrito 3, ni conservaba recuerdo alguno de ellos. Entonces, justo detrás…
-      Ahí están – señaló Dexter con la voz rota.

Ahora soy yo la que observa tras un cristal.
A ti.
Y tú ya lo hiciste una vez.
A mí.

Dexter apretó suavemente la rodilla de la chica para infundirle ánimos. Finnick y Mags estaban subidos en el carro, sonriendo y saludando, cogidos de la mano. Cualquiera podría convencerse de que sonreían de verdad, por el orgullo de representar al distrito, por el orgullo de demostrar que seguían siendo campeones. Para demostrar que merecían seguir vivos. Pero Annie no era cualquiera, y conocía cada mueca y cada minúsculo detalle de la cara y la expresión de Finnick Odair, y sabía que estaba muy lejos de sentir felicidad, ya fuese por el ligero temblor de su barbilla, indetectable para cualquier otro espectador, o la fuerza con la que sujetaba la mano de Mags, como si reuniese toda la rabia de su cuerpo en ese apretón. Un escalofrío le recorrió la columna de arriba abajo, y Dexter se quitó la chaqueta para pasársela por los hombros.
-      Fingen bien – señaló el hombre, pasándose la mano libre por el pelo.
‘Él también los conoce bien’. Annie miró a Mags. En ese momento, la mujer miró directamente a la cámara, y Annie percibió un brillo especial en sus ojos, un brillo que solo duró un segundo. ‘Disfruta de la vida que te ofrezco’, parecía decir. Annie se abrazó a sí misma. Podía no ser su verdadera madre, pero Mags también le estaba dando la vida y eso la convertía en algo muy similar. Y tener que perderla precisamente por ello le parecía injusto.
Aunque ¿qué no era injusto? ¿Cómo iba a disfrutar de la vida si no le quedaba nadie con quien hacerlo?
La cámara volvió a enfocar a Finnick, que sonreía seductor, lanzando besos y guiños a las gradas. Annie apoyó la mejilla en el hombro de Dexter, fingiendo que esos besos eran para ella. Pero no lo eran.
Distrito 5, distrito 6, distrito 7…
-      Espera – musitó, con voz ahogada.
Annie se irguió de repente. ¿Más injusto aún? ¿Era eso posible? Claro que lo era. ¿Qué hacía si no la mejor amiga de Finnick subida en ese carro?
-      No es posible – dijo Dexter, dejando la taza sobre la mesa -. Lo van a destrozar incluso antes de la Arena.
Annie recogió las rodillas contra su pecho. Sentía un dolor profundo y afilado en el costado, cerca del ombligo, un dolor punzante que la hacía querer tumbarse y encogerse durante horas. Pero era un dolor fantasma, el recuerdo de un mucho más intenso, de uno real. Eso era lo que le provocaba recordar, y eso era lo que más temía.
-      ¿Estás bien, An? – preguntó Dex, con la voz teñida de preocupación.
Annie negó con la cabeza sin apartar los ojos de la pantalla.

Me preguntas si estoy bien
como si pudiese estarlo.
Todo cuanto he tenido
se ha marchado
y no sé si va a volver.
Quiero creer que lo hará.
Pero nada es seguro.
Nunca es seguro
cuando jugamos a ser soldados
en unas reglas que no dictamos.
Me preguntas si estoy bien.
Dime, ¿crees que podría estarlo?

-      Quizá deberíamos dejarlo, Annie…
-      No – concluyó ella -. Necesito verlo. No puedo perderme ni un segundo de él.
Dexter suspiró, pero no dijo nada. Y Annie sabía por qué. El médico la entendía, entendía que necesitaba verlo para hacerse a la idea de que lo tenía más cerca de ella de lo que en realidad estaba. Era una especie de automentira piadosa que se hacía a sí misma.
En ese momento, hicieron su aparición los tributos del distrito 12, envueltos en llamas. Peeta y Katniss, los trágicos amantes separados siempre por la mala suerte, lo que aún los unía más. Annie observó con atención la pantalla. Ambos estaban serios, asombrosos con ese maquillaje, ignorando los gritos de las gradas. Entonces, Annie captó algo. Peeta desvió la mirada un poco, apenas unos milímetros hacia Katniss, y en sus ojos vio la misma mirada que Finnick tenía cuando la miraba a ella. ‘La ama’, se dijo Annie. ‘La ama más de lo que ella lo ama a él’.
Cuando llegaron a la plazoleta y tras las palabras del presidente Snow, las cámaras enfocaron a cada uno de los carros. Al llegar a cuarto, Finnick sonrió a la cámara y lanzó un beso. Ese simple y sencillo gesto podía ganarse al Capitolio entero, pero solo consiguió entristecer a Annie.
‘No es mi Finnick. No es el mío’.
-      ¿Tienes sueño, Annie? – preguntó Dexter, antes de acabarse el café.
Annie respiró hondo, apartando la mirada de la televisión. La casa estaba demasiado vacía sin ellos dos, demasiado grande para ella y Dexter. Se sentía perdida, como si fuese la primera vez que la pisaba.
El médico se levantó, con una mano sobre los ojos.
-      Vamos a dormir, An.
Annie recogió su cuaderno y agarró la mano que Dex le tendía. El hombre la llevó hasta su habitación y la ayudó a meterse en la cama, arropándola con la ternura de un padre. Sin embargo, en lugar de marcharse cuando ella se disponía a dormir, se sentó a su lado y la miró a los ojos.
-      Él me ha pedido que te cuide – susurró, mordiéndose el labio.
-      Lo sé – respondió Annie, asintiendo.
-      Si necesitas cualquier cosa, estoy aquí, ¿vale? No voy a dejarte sola.
Annie percibió la intensidad de la mirada de su amigo, una promesa que él mismo se había obligado a cumplir incondicionalmente. Dexter se inclinó para darle un beso en la frente y, acto seguido, salió de la habitación, cerrando la puerta tras él.
La cama era demasiado grande para ella sin Finnick. La habitación, la casa, todo lo era. Estaba sola, y temía la soledad igual que había temido recordar durante la tarde. Se removió entre las sábanas, buscando la manera de sentirse cómoda y protegida, pero las sábanas no eran Finnick, y esa habitación no era su cueva.
Sin darse cuenta, salió de la cama y se sentó en el suelo, con la cabeza enterrada entre las rodillas. Los últimos años pasaban a toda velocidad por su mente: el primer beso, la primera noche en la cueva, el día que decidieron casarse. Cada uno de los momentos que temía perder. Y, sin embargo, todo recuerdo estaba teñido de realidad, una realidad que dictaba que no quedaría nada si Finnick no regresaba.
‘Pero no puede marcharse. No como mamá y Kit, él tiene que volver’.
Sabía que no podía volver a la cama, era consciente de que no podría dormir sola. Se levantó, frotándose los ojos y salió al pasillo, con los pies descalzos sobre el suelo frío. Ni siquiera llamó a la puerta, simplemente giró el pomo y entró.
Dexter estaba tumbado en la cama deshecha, con un brazo sobre la cara. Ni siquiera se había molestado en cambiarse de ropa. Annie cerró la puerta a su espalda, lo que consiguió sobresaltarlo lo suficiente para que apartase el brazo.
-      ¿Annie? – masculló, irguiéndose -. ¿Pasa algo?
Annie se aclaró la garganta.
-      ¿Puedo dormir contigo?
Dexter se quedó tenso sobre el colchón, abriendo mucho los ojos. Annie se sentó a su lado, dejando que los mechones de pelo y la oscuridad de la habitación ocultasen su rubor.
-      No quiero dormir sola, la cama es… demasiado grande sin él. No eres el sustituto de Finnick, pero hoy necesito un amigo. Necesito a mi amigo.
Dexter apartó el pelo de la cara de la chica y le dedicó una media sonrisa.
-      Vamos a dormir, Annie.
Annie se tumbó en el colchón junto a él, hombro con hombro. Ambos miraban el techo, respirando con regularidad, pensando en lo mismo, o en la misma persona más bien. Involuntariamente, la mano de Annie buscó los dedos de su amigo y los entrelazó con los suyos, recibiendo un apretón como respuesta.
-      Gracias, Dex – murmuró Annie, cerrando los ojos.
Dexter permaneció en silencio, con la mano aún agarrada a la suya. Sin embargo, antes de que el sueño se la llevase, Annie lo escuchó, como un eco lejano.
-      Se lo prometí. Le prometí que cuidaría su secreto.

domingo, 13 de octubre de 2013

Capítulo 60. 'Algo dulce'.

‘Johanna Mason’.
Si Finnick Odair había pensado por un segundo que el Tercer Vasallaje iba a ser solo doloroso, estaba muy equivocado. Iba a ser mucho más que eso. Si salía vivo, cosa que empezaba a dudar, no saldría cuerdo. No después de haber perdido a su madre y a su mejor amiga.
Y ni siquiera Annie sería suficiente para sanarlo.
-      Finnick.
El chico se giró, envolviéndose en su albornoz blanco. Carrie estaba en la puerta, con los ojos anegados en lágrimas, mirándolo con lástima.
-      No llores – pidió, apartando la vista -. Eres una profesional.
La estilista se limpió los ojos con el dorso de la mano y se acercó a él con paso seguro, aunque el muchacho podía ver perfectamente el temblor de sus manos.
-      ¿Quién es tu mentor?
-      Darwin – respondió Finnick, pasándose una mano por el cuello -. Trigésimo Segundos Juegos del Hambre.
-      Ni siquiera sé quién es – admitió Carrie, apartando la mirada.
Finnick se quitó el albornoz y lo dejó sobre la camilla. Nunca se había sentido avergonzado de su desnudez, y menos en frente de Carrion, que había sido la primera persona que lo había visto completamente desnudo. Al fin y al cabo, había vivido de su cuerpo desde los Juegos.
-      ¿Cuál es el diseño de este año?
Carrie sonrió con tristeza, apartándose el pelo de los ojos.
-      Redes.
Finnick levantó las cejas, pero no dijo nada. Carrie sabía lo que hacía, siempre lo había sabido. De ella dependía la primera impresión de Finnick Odair.
-      ¿Cómo lo ves? El Vasallaje – preguntó Carrie, mientras comenzaba a arreglarle el pelo.
-      Veinte por ciento para mí. Veinte por ciento para Katniss Everdeen. Veinte por ciento para Brutus. Cuarenta para Johanna.
Carrion soltó una carcajada.
-      ¿Cuarenta para Johanna? ¿Ni siquiera otro veinte para Gloss?
-      Johanna puede con Gloss.
-      ¿Entonces, crees que va a ganar Johanna?
-      Me gustaría pensar que sí.
Y era cierto. Él quería volver con Annie, y haría todo lo posible por volver con ella, pero si moría en el intento, le gustaría que fuese Johanna la que saliese viva de los Juegos. Era lo justo.
La simple idea de salir de la Arena sabiendo que Johanna y Mags morirían le producía escalofríos. No podía pensar eso, no debía. Eran su familia. Su mejor amiga y su madre. ¿Qué clase de persona era?
‘Una pieza más en los Juegos’, pensó, cerrando los ojos.
-      ¿Carrie?
-      ¿Sí?
-      ¿Dónde están los pantalones que traía puestos?
-      En la otra sala.
-      ¿Me harías un favor?
Carrion se separó del muchacho, con el peine apoyado en el mentón mientras observaba su pelo.
-      Mmm.
-      Hay un trozo de papel doblado en el bolsillo trasero. ¿Puedes llevarlo a mi habitación durante el desfile?
Carrie lo miró a los ojos.
-      Por supuesto. Y ahora cállate, estoy tratando de salvarte la vida.
Finnick hizo una media sonrisa y cerró los ojos mientras se dejaba hacer.
Carrion dio vueltas a su alrededor durante media hora, disponiendo cada mechón de pelo en una posición determinada. Al menos una hora recubriéndole el cuerpo de maquillaje. Y otra hora recubriendo su cuerpo con una red, aunque ‘recubrir’ no sería el término adecuado. La red dejaba a la vista prácticamente toda la piel, exceptuando la cintura y la entrepierna. Finnick sabía lo que Carrie había planeado con eso: si Odair vivía de su cuerpo, que sobreviviese gracias a él.
-      Sonríe, Finnick. Una sonrisa tuya es una cola de patrocinadores, no lo olvides.
Finnick practicó su mejor sonrisa frente al espejo, pero la voz de Annie gritando mientras las puertas del tren se cerraban no le dejaba concentrarse en parecer cómodo sonriendo. No podría hacerlo.
‘Eres Finnick Odair, puedes hacerlo. Tienes que hacerlo’.
Carrion le tendió la mano y lo sacó de la habitación. A los pocos minutos, Yaden salió de otra habitación acompañado de Mags, que también tenía una red como traje de presentación, aunque su red cubría bastante más piel que la de Finnick. El chico suspiró, mirando a su madre a los ojos. ¿Cómo podía aquella anciana haber aceptado tan pronto que tenía que morir?
-      ¿Preparados? – musitó Carrie, pasándose la mano por el pelo.
Finnick asintió y le tendió la mano a Mags, que se la cogió sin dudas y con firmeza.
El piso de abajo estaba prácticamente lleno cuando llegaron. Finnick vio a los hermanos Gloss y Cashmere hablando con sus estilistas, con sendos ceños fruncidos. Brutus estaba apenas unos metros más alejado, con la mirada clavada en la puerta. Y, unos metros más allá…
-      Ahora vuelvo – dijo Finnick, soltando la mano de Mags.
-      Pero Finn…
Finnick comenzó a andar con paso acelerado, ignorando la protesta de Carrie. Cuando llegó hasta ella, la chica se dio la vuelta y lo miró con una ceja levantada.
-      Dos cosas – dijo, antes de que el chico pudiese abrir la boca -. Primera: ni se te ocurra decir algo con tono de lástima. Y segunda: si dices algo de esta cosa que llevo puesta, mueres antes de entrar en la Arena.
El chico levantó una de las comisuras de la boca. Johanna Mason no se dejaba amedrentar por absolutamente nada.
-      Yo también me alegro de verte, Jo.
-      Yo me alegraría si viese a mi amigo Finnick, no a un Odair gigoló. Dime, ¿qué pasa si tiro de la red?
-      Pues que verás lo que medio Capitolio espera toda su vida para ver.
-      Eso será si consigo encontrarlo, Odair.
Finnick observó a Johanna. Decir que su traje era ridículo sería quedarse muy corto, aunque ella lo llevaba con dignidad. No le quedaba opción, de todas formas.
-      Johanna…
-      He dicho que nada con tono de lástima. Eso tiene tono de lástima.
-      Está bien – gruñó Finnick, desviando la mirada hacia los caballos.
Había un cuenco de azucarillos junto al carro. Sonrió, recordando a Annie metiéndose uno en la boca. Alargó la mano para coger un puñado.
-      ¿Quieres uno?
-      No me gustan las cosas dulces – dijo Johanna -. Ya sabes, soy…
-      … amarga como el café.
Johanna intentó golpearle el hombro con el puño, pero el traje era demasiado rígido y frenaba sus movimientos. Finnick soltó una risotada.
-      Un árbol. Un maldito árbol. Mi estilista es imbécil.
-      Distrito 7.
-      Tú eres del distrito 4 y no vas vestido de pez. Aunque cualquiera lo diría, con esa cara. Claro, que eso no es un disfraz…
Finnick se metió un azucarillo en la boca y sonrió.
-      ¿Insinúas que tengo cara de pez, Mason?
-      De pez payaso. Y ahora lárgate, tengo que concentrarme en que no se me pose ningún pájaro en las ramas. Dios mío, nunca pensé que diría algo así. Qué tontería.
Finnick se inclinó para darle un beso en la mejilla que la chica no pudo esquivar debido al traje. El chico se alejó, sonriendo mientras escuchaba las quejas de su amiga a su espalda. Entonces, vio a alguien, a alguien a quien tenía ganas de conocer. Estaba de espaldas, acariciando las crines de uno de los caballos de su carro. Se acercó con sigilo, aunque el roce de la red no ayudaba. Katniss Everdeen se giró antes de que Finnick pudiese acabar de meterse un nuevo azucarillo en la boca.
-      Hola, Katniss.
La chica apretó la mandíbula antes de contestar. Se le daba bien ocultar que no le gustaba lo más mínimo.
-      Hola, Finnick.
Finnick se preparó mentalmente para retomar su papel de seductor nato. Respiró hondo.
-      ¿Quieres un azucarillo? Se supone que son para los caballos, pero ¿a quién le importa? Tienen muchos años para comer azúcar, mientras que tú y yo… bueno, si vemos algo dulce, mejor es aprovecharlo.
Katniss desvió la mirada hacia la mano del chico. Finnick esperó con paciencia. Sabía que con Katniss no iba a funcionar la seducción, porque una chica normal no habría apartado la mirada de Finnick Odair. Nunca.
-      No, gracias – concluyó ella -. Aunque sí me podrías prestar tu traje alguna vez.
Finnick sonrió, bajando la mirada hacia la sencilla red.
-      Me estás matando de miedo con ese atuendo– añadió él, frunciendo el ceño mientras observaba la malla oscura que llevaba la chica y preguntándose qué maravilla habría hecho su estilista esta vez -. ¿Qué ha pasado con tus preciosos vestidos de niñita?
-      Se me han quedado pequeños.
Finnick soltó una risita por lo bajo. Katniss Everdeen era exactamente como había pensado que sería. Una chica que intentaba esconder el odio que sentía hacia el Capitolio y los Juegos detrás de una cara que gustase a todo el mundo. Era una especie de versión femenina de sí mismo. No quería decir que fuesen iguales, sino que ambos usaban la misma máscara para ocultarse.
El chico alargó una mano hacia el cuello de su traje, acariciándolo con los dedos.
-      Una lástima lo del Vasallaje. Podrías haber triunfado como nadie en el Capitolio. Joyas, dinero, lo que hubieses querido.
-      No me gustan las joyas y tengo más dinero del que necesito. ¿En qué gastas el tuyo, Finnick?
Finnick sonrió, pensando en la cantidad de dinero que había gastado en convertir la cueva de Annie en su cueva. En comprar los muebles y un barco para transportarlos a través del mar, rodeando casi todo el distrito. Pero nunca había alardeado de su riqueza, nunca se había jactado de ella.
-      Bueno – suspiró -, llevo muchos años sin vivir de algo tan ordinario como el dinero.
Katniss entornó los ojos.
-      ¿Entonces cómo pagan por el placer de tu compañía?
Finnick Odair se acercó unos centímetros a ella, mojándose los labios con la lengua.
-      Con secretos – Se inclinó un poco más, casi rozando su nariz. Podía sentir la incomodidad de Katniss Everdeen fluyendo por sus poros -. ¿Y tú, chica en llamas? ¿Tienes algún secreto que merezca mi tiempo?
Finnick vio un ligero rubor en las mejillas de la chica en llamas y sonrió para sí. Sin embargo, para su sorpresa, ella no se apartó.
-      No, soy un libro abierto – admitió, cerrando los ojos con inocencia -. Todos parecen conocer mis secretos antes que yo misma.
El chico se apartó, sonriendo, y pudo ver al instante cómo Katniss Everdeen se relajaba.
-      Por desgracia, creo que es cierto – Finnick levantó la vista sobre el hombro de Katniss y vio a Peeta, que caminaba hacia ellos. Suspiró -. Ya viene Peeta. Siento que tuvierais que cancelar vuestra boda – Pensó en Annie, y en que él también había tenido que cancelar la suya -. Sé lo muchísimo que debes sentirlo.
Se dio la vuelta y regresó con Mags, Carrie y Yaden, que seguían junto al carro. Finnick se metió un último azucarillo en la boca antes de dárselos a los caballos.
-      ¿Oana? – preguntó Mags, tirando de su muñeca.
-      Está bien – susurró Finnick, dándole un beso a Mags en la frente.
Carrie puso una mano en la parte baja de la espalda de Finnick, empujándolo suavemente para que subiese al carro. El chico tendió la mano hacia Mags, que subió junto a él.
-      ¿Estás bien tú? – preguntó, inclinándose hacia el oído de su madre.
La anciana asintió, aunque Finnick veía reflejada la tristeza en su cara. Hacía demasiados años desde la última vez que había tenido que subirse en un carro y sonreír como si todo estuviese bien.
Finnick le dio un apretón.
La música comenzó a sonar en el exterior, justo cuando el primer carro empezó a salir. Gloss y Cashmere pusieron sus mejores sonrisas y comenzaron a saludar.
Cuando le llegó el turno al carro del distrito 4, Finnick cerró los ojos y respiró hondo.
‘Eres Finnick Odair’, se dijo.
‘Vuelve, vuelve, por favor, vuelve…’.
Abrió los ojos, sonrió y se convirtió en el Finnick Odair que todos querían ver.


*Hoooooooola, getecilla, ¿cómo os va todo? Como alguno ya sabréis, bueno, siempre que ocurre algo importante hago un inciso en el fic para comentarlo, y hoy no iba a ser menos, porque... hay una cuchara/dragón/criatura/fucking-cute-fireduck que está en proceso de crecimiento right now, so... ¡Feeeeeeelizfelizfelizfeliiiiiiiiiiiz cumpleaños, Shen! Consejo: piensa que es tu cumpleaños, no pienses en que es domingo... y después lunPERDÓN, TÚ PIENSA QUE ES TU DÍA Y YA, ÑA. Well, pues eso, bicho, muchas felicidades. Que eres genial, srly, y, como le dije a L en su momento, una de las personas más increíbles que he conocido en mi vida. Las dos, jopé. Y no sé, man... Just wait for us today...
Love ya so much <3
Y espero que te guste este regalo, ña*. 

sábado, 5 de octubre de 2013

Capítulo 59. 'Perdida'.

Annie apenas podía sostenerse en pie mientras Dexter la conducía a casa, con su brazo tembloroso alrededor de sus hombros. Despedirse de Finnick sabiendo que podía no volver a verlo en un futuro cercano era lo más duro que había hecho en mucho tiempo y, probablemente, lo más doloroso.
Y su vida no había estado precisamente vacía de momentos dolorosos.
-      ¿Annie?
La chica alzó la mirada, aún nublada por culpa de las lágrimas que no paraban de acudir a sus ojos.
-      Va a volver, ¿verdad? No puede simplemente no volver.
Dexter tragó saliva, apartando la mirada, y ese sencillo y casi escondido gesto no pasó desapercibido para una persona que había aprendido a fijarse en cada detalle si no quería ser engañada, que rompió a llorar de nuevo.
-      An…
-      ¡Tienes que volver! ¡No puede dejarme aquí, yo voy donde él va y al revés!
La chica salió corriendo, zafándose de la mano de Dexter que ya empezaba a cerrarse en torno a su muñeca. No quería ir a su casa si sabía que Finnick no iba a estar allí esperándola, y solo había un lugar donde podía sentirse protegida aún por él.
Incluso la playa parecía gris aquel día. El mar parecía haber perdido su color, ese verde de los ojos de Finnick. ¿También el océano había sentido su pérdida?
‘No’, se dijo a sí misma, negando con la cabeza. ‘Va a volver. Tiene que volver a mí’.
Annie corrió hacia la cueva que había sido su nido de felicidad tantas noches que ahora parecía irreal. La luz que entraba por las aberturas naturales también parecía oscura, gris y apagada. Muerta.
-      ¡No! – chilló, sujetándose la cabeza con las manos -. ¡No pienses en eso, no ahora!
Annie cogió una caracola que había en la mesilla más cercana y la lanzó por los aires contra la pared, haciéndola añicos. Se sintió tan rota como esa caracola en cuanto vio las esquirlas en el suelo. ¿Quién la habría lanzado a ella con tanta fuerza hacia esa pared?
Cayó de rodillas al suelo, aún con las manos en las sienes. Sentía la sangre palpitar en su cabeza, y le costaba respirar. No podía dejar de pensar en otra cosa que no fuese la muerte.
La misma muerte que se había llevado a su madre.
Que se había llevado a Kit.
Que había tratado de llevársela a ella.
Y que ahora podía llevárselo a él.
Apoyó la cabeza contra las rodillas y gritó. Gritó hasta que sintió sangrar su garganta, hasta que sus pulmones ardieron. Se sentía tan en llamas que podría haber sido Katniss Everdeen.
Empezó a reír. ‘La princesa del océano en llamas. Qué ironía’.
Estaba en el centro de una espiral de rabia, tristeza y dolor que sería difícil saber cuál de los tres sentimientos la afectaba más. Se sentía volviéndose loca de nuevo. Justo cuando parecía haberse acercado a la cordura. O justo cuando Finnick la había acercado más a ella. Eso sería más correcto.
Entonces, su mente abandonó a Finnick por un segundo y fue hacia Mags. Hacia esa mujer que había sido como su madre durante los últimos años. Pensó en lo que le había dicho la anciana entre balbuceos antes de que la puerta se cerrase entre ellas por última vez.
‘Voy… a… morir. Es… espera…lo cuan…do él vuel…va’.
Annie había entendido por qué Mags se había presentado voluntaria por ella. No era por salvar a Finnick, o por protegerlo, como había pensado en un principio. Mags se había presentado voluntaria, había aceptado su muerte, para protegerla a ella. Para que Finnick pudiese volver a su lado.
La chica volvió a llorar, sujetándose el estómago con las manos. Apenas podía sentir el aire entrar y salir de sus pulmones, como si tuviese una garra permanente alrededor de su garganta. Annie se levantó y caminó hacia la cama, donde se dejó caer. Cerró los ojos e inspiró con fuerza. Aún olía a Finnick. A Finnick y a océano.
-      ¿Annie?
La chica abrió los ojos, sobresaltada. Estaba ahí. Estaba ahí, con ella, había escuchado su voz. Se levantó de la cama con una rapidez imposible para el estado en el que se encontraba y se dio la vuelta.
Finnick estaba en la entrada, con una camisa blanca, unos pantalones oscuros y los pies descalzos. Parecía una especie de ángel.
-      Finn… - susurró Annie, llevándose una mano a la boca.
-      No me voy sin ti – gruñó él, avanzando hacia ella.
Annie se dejó caer en sus brazos, respirando su aroma. Apenas habían pasado unas horas desde la última vez que lo había visto y le habían parecido años. Años muy largos.
-      Finnick…
-      Te amo – murmuró él, antes de besarla -. Te amo, recuerda eso.
Annie le devolvió el beso, enredando los dedos en su pelo. El chico la arrastró hacia la cama, con las manos puestas en su espalda, seguras y delicadas como siempre lo habían sido. Annie cayó sobre él, sin dejar de besarlo. No podía irse. Era algo impensable. No podía irse y no podía morir.
-      No puedo ir donde tú vas – musitó Annie, separándose unos centímetros de él.
-      Lo sé. No quiero que vengas – Finnick cerró los ojos, y sus pestañas rozaron las mejillas de la chica -. Pero quiero llevarme esto antes de irme.
Finnick trazó un camino de besos desde su mentón hasta su clavícula. Annie introdujo las manos bajo su camiseta, rozando su piel. Parecía real. Tenía que ser real. Y, sin embargo…
-      ¿Annie?
Annie abrió los ojos. No había ningún Finnick a su lado. Estaba sola, a oscuras, con la almohada empapada de lágrimas. Se levantó, frotándose las mejillas entumecidas.
-      Ha sido un sueño – susurró -. Un maldito sueño.
La sombra de la puerta avanzó hacia la cama. Dexter parecía mayor a la luz de la luna, o quizá fuese su semblante lo que le daba más años. El hombre se arrodilló junto a la cama, poniendo las manos en sus rodillas.
-      Llevo buscándote todo el día. Han pasado horas desde la última vez que te vi.
Annie tragó saliva. Horas. Demasiadas horas sin él.
-      ¿Estás bien?
La chica negó con la cabeza, mordiéndose el labio. Un sueño. Por un momento, había creído que él estaba allí otra vez, pero no había sido más que un sueño. Un precioso sueño cruel.
-      Hace unos años – comenzó Dexter, con la voz rota – escribiste que te gustaría ser un pez. Porque los peces olvidan.
Annie frunció el ceño. ¿A qué venía eso ahora? ¿Es que Dexter no entendía cómo de rota se sentía?
-      ¿Sigues queriendo ser un pez, Annie Cresta?
La chica miró directamente a los ojos color miel del médico. Olvidar el dolor, la pérdida, aunque fuese solo por un instante. Parecía la oferta más tentadora que le habían ofrecido en mucho tiempo.
Dexter tendió la mano hacia ella, y la muchacha se la cogió con seguridad. El hombre siempre la había ayudado, siempre había estado ahí para ella, y ahora no podía confiar en nadie más que en él. Era toda la familia que tenía. Dexter la sacó de la cueva, tirando con suavidad de su muñeca, y la condujo hasta la orilla. El agua estaba fría como nunca lo había estado, pero no les importó. Continuaron andando hacia dentro y, cuando el agua les llegaba por el pecho, Dexter la obligó a detenerse.
-      Cierra los ojos.
Y Annie obedeció. Escuchaba el romper lejano de las olas contra los acantilados, a pesar de que el mar seguía en calma. Sintió cómo el mismo océano separaba sus pies de la arena del fondo y la obligaba a flotar. Pronto, sus oídos quedaron sumergidos y no escuchó nada más.
Excepto paz. Esa paz que siempre conseguía cada vez que se sumergía. Podía notar su corazón latir en el pecho, pero lo sentía pequeño, diminuto, un latido lejano como el tictac de un reloj.
‘Si hay calma bajo las olas, elijo hundirme’.
Era un pez.
Ya no sentía dolor, ni pérdida. Sabía que era un estado transitorio. Que, en cuanto saliese del agua, todo eso volvería a ella y se sentiría rota de nuevo. Pero su madre lo había sabido cuando ella era pequeña. El agua era su medicina, curaba sus heridas, y ahora lo estaba haciendo. La hacía olvidar.
No supo exactamente el instante en el que Dexter la había sacado del agua. Podían haber pasado segundos o años. Seguía en esa especie de trance que la había hecho sentirse parte del mar.
‘Pero yo ya era parte del mar’, pensó, cerrando los ojos. ‘Era la princesa del océano’.
Dexter puso una mano en su mejilla, y ese simple roce bastó para devolverla a la realidad de nuevo.
-      ¿Ya ha llegado?
Dexter frunció el ceño, confuso.
-      Finnick. ¿Ya está allí?
-      No aún. Mañana es el desfile de tributos.
Annie tragó saliva. Estaba demasiado lejos. Demasiado lejos de ella.
-      ¿Puedes llevarme a casa?
Dexter asintió y extendió la mano para ayudarla a levantarse. Annie temblaba como una hoja.
-      Dex…
-      ¿Sí, An?
-      Va a volver, ¿verdad? Dime que va a volver.
Dexter bajó la mirada.
-      No puedo decirte eso.
La chica se mordió el interior de la mejilla.
-      Lo sé. Pero quiero que lo hagas.
-      Decírtelo no va a hacer que se cumpla, Annie.
La muchacha se abrazó a sí misma, sintiendo la piel de gallina bajo sus dedos.
-      Él puede hacerlo, ¿verdad? Puede ganar. Puedes decirme eso al menos.
El hombre levantó la cabeza y Annie vio que lloraba. Dexter, que la había visto llorar a ella mil veces.
-      Dex…
-      Puede hacerlo – asintió -. Vamos a casa, An.
Annie entrelazó los dedos con los de su amigo y le dio un apretón.
-      Puede volver – musitó Annie.
-      Puede volver – repitió él.
El hombre tiró de ella hasta la cueva que los llevaba de nuevo a la Aldea de los Vencedores, de vuelta al mundo real. Annie inspiró hondo, se limpió las lágrimas de las mejillas y comenzó a ascender.
Finnick iba a volver. Tenía que volver por ella.