sábado, 16 de noviembre de 2013

Capítulo 65. 'La arena mojada'.

Apenas había dormido esa noche.
Haber escuchado el poema que ella había escrito de los labios de Finnick, haber visto a la persona que más amaba en el mundo seducir a millones de personas por televisión, ni siquiera haber dormido con Dexter la había hecho coger el sueño. Annie se rozó una de las ojeras con la punta de un dedo congelado y se estremeció, observando su tenue reflejo en el cristal de la pecera. Esa mañana era la mañana en la que comenzaba el Vasallaje, y se sentía con ganas constantes de vomitar.
-      ¿Ann?
Annie vio el reflejo de Dexter en el vidrio, con la desigual escayola en el brazo. Pálido y mucho más delgado.
-      ¿Se supone que debo estar bien? – preguntó Annie, mirándolo a través del cristal -. Porque no lo estoy. No sé si quiero verlo. He intentado poner mis ideas en orden, escribir, pero he destrozado el cuaderno tanto como estoy yo destrozada por dentro y… - metió un dedo en el agua, provocando que los peces huyesen de la superficie – ni siquiera ellos me soportan hoy.
Dex se acercó a la chica, acuclillándose a su lado. Annie observó que también tenía profundas ojeras moradas bajo los ojos.
-      Annie, esto es duro para todos, pero…
-      ¡No! – gritó la chica, levantándose bruscamente -. ¡Tú no lo entiendes! ¡Tú no le quieres como yo, no vas a perderlo como yo!  ¡No… No puedes entenderlo!
Dexter bajó la mirada, pasándose una mano por la nuca. Annie se quedó frente a él, con el corazón desbocado por el conjunto de emociones: rabia, tristeza, impotencia… Se sentía caer una y otra vez en un enorme abismo del que nadie podría sacarla, porque Dexter no era lo suficientemente fuerte, o, simplemente, porque Dexter no era Finnick.
-      Lo entiendo – susurró Dex -, pero de una manera distinta.
Annie miró a su amigo, sentado en el suelo con las manos en las rodillas, con un aspecto tan desesperado como el suyo, y se maldijo a sí misma por haberle gritado. Dex era su amigo. La chica se arrodilló a su lado, abrazándolo.
-      Lo siento – musitó, cerrando los ojos -. Ya sé que tú también le quieres.
El hombre se puso rígido, pero no tardó en devolverle el abrazo, apoyando la cabeza sobre el hombro de la chica. Entonces, sin ningún motivo, Annie empezó a llorar desconsoladamente.
-      ¿Annie?
-      Es tan… - La chica se apartó de su amigo, acurrucándose sobre sí misma.
Necesitaba estar sola, pero a la vez necesitaba a alguien en quien apoyarse. Era tan contradictorio que creía estar volviéndose loca. Otra vez.
-      Creo que estoy mal – susurró, limpiándose las lágrimas de los ojos.
-      Es entendible, Ann…
-      No. Creo que algo mal en mí. Siempre lo hay, y siempre vuelve, y… - Annie se mordió el puño del jersey, tironeando nerviosa con los dientes -. ¿Por qué yo, Dex?
Dexter la observaba con las cejas levantadas, sin saber qué contestar. Le puso una mano en el cuello, pero ese roce no era respuesta suficiente.
-      Todos se van. Empezó con mi padre, al que nunca he conocido. Mamá, que murió por el dolor de verme a mí en ese lugar malo. Kit murió mientras hablaba conmigo. Mags se presentó voluntaria por mí. Finnick moriría por salvarme. ¡Todos se van, y es culpa mía!
Annie se golpeó las mejillas con las manos. Dexter trató de detenerla, pero ella lo empujó, apartándolo de su lado con brusquedad.
-      Deberías alejarte de mí. Se lo dije a Finnick y no me hizo caso. ¡Tú también te irás y todo estará vacío!
Vacío.
Annie dio un grito, golpeando el suelo con los nudillos hasta que empezó a sangrar. Dexter se abalanzó sobre ella, cogiéndole las muñecas con la mano libre. .
-      ¡Annie! ¡No me voy a ir! ¿Está bien? ¡No hay vacío!
Annie miró a su amigo bajo las lágrimas. En ese momento, la televisión comenzó a anunciar el comienzo del Vasallaje. ‘¡Cinco minutos para el evento del año!’. Annie cerró los ojos.
-      Tu brazo…
-      No fue culpa tuya.
-      Pero…
Dexter le tapó la boca y entrecerró los ojos, mirándola directamente.
-      Nada va a pasar. No va a haber vacío. Él va a volver.
Annie asintió. No porque fuese una certeza, porque desde luego, no lo era, sino porque necesitaba agarrarse a algo para no derrumbarse. Si ella misma se convencía de que Finnick no volvería, se volvería loca. Más aún de lo que ya se sentía.
En ese momento, mientras Dexter la ayudaba a levantarse, Margaret entró por la puerta, con un dedo sobre los labios.
-      Señor Dexter… Hay…
-      ¿Sí? – preguntó el hombre, girándose con una ceja levantada.
Margaret titubeó antes de entrar del todo en la sala de estar, tirando de la muñeca de un niño de no más de ocho años. Tenía un enorme moratón en el lado derecho de la cara, atravesado por un corte desigual, y llevaba el brazo izquierdo vendado. Annie tardó en reconocerlo.
-      ¿Margaret? – inquirió Dexter, acercándose al pequeño -. ¿Qué…?
-      Fue el niño al que pegó el Agente – aclaró Annie, entre sollozos.
Dexter se giró hacia el niño, poniéndole una mano en el hombro.
-      ¿Cuál es tu nombre?
-      Emer – respondió el niño, agachando la cabeza.
Dexter sonrió. Annie se acercó al niño con cautela, sabiendo que no presentaba un aspecto precisamente bueno. Se agachó a su lado y le levantó suavemente la barbilla con un dedo. El niño se sonrojó.
-      ¿Qué quieres? – dijo la chica, dedicándole una media sonrisa.
Emer hizo ademán de volver a agachar la cabeza, pero sonrió con timidez y se encogió de hombros.
-      Quería darles las gracias, señorita Cresta y… señor – Sus mejillas se tornaron aún más rojas -. Mamá dice que me salvaron la vida.
Los ojos de Annie comenzaron a humedecerse. No hacía ni dos minutos que había estado pensando en todas las personas que habían muerto a su alrededor, y ahí estaba ese niño, agradeciéndole su vida. Annie se sentó en el suelo, apoyándose en Dexter, mientras una lágrima silenciosa se deslizaba por su mejilla.
-      Y… si necesitan algo… yo puedo hacerlo. Hacerles la compra, limpiarles la casa, lo que quieran.
Annie dejó escapar un sollozo. Emer la miró asustado y retrocedió.
-      Yo…
-      Tranquilo, chico, no es culpa tuya – aclaró Dexter, sujetando a Emer por el hombro -. No tienes por qué trabaj…
-      Quiero hacerlo. Gratis, no me importa.
Dexter miró al niño con ternura y le acarició la mejilla amoratada. Un pensamiento cruzó la mente de Annie, tan veloz como una estrella fugaz, pero desapareció tan pronto se fijó en él.
En ese momento, la televisión empezó a dar pitidos. Annie se giró, con el corazón golpeándole con fuerza en el pecho. Un minuto. Miró a Dexter con alarma, colocando las manos en el sofá para evitar caer al suelo.
-      Margaret, llévate a Emer a la cocina y dale algo de comer – sugirió, dándole un ligero empujón al chico.
Dexter cerró la puerta en cuanto salieron y corrió al lado de Annie, que miraba la televisión con los ojos anegados de lágrimas.
-      Lo van a matar, lo van a matar…
La chica clavó los dedos en el sofá. Veinte segundos. Apenas era consciente de la Arena que mostraba la pantalla, ni de la inmensa Cornucopia dorada. Sus ojos buscaban a Finnick, como si su mirada pudiese mantenerlo a salvo.
Diez segundos. La cámara enfocó finalmente a Finnick, que miraba al frente con el ceño fruncido. Annie se acercó a la pantalla y la tocó con los dedos, repasando los rasgos del muchacho como si estuviese allí mismo, en ese salón, a su lado…
Pero no está. No está, no está, lo van a matar.
Cuando el gong sonó, Annie ya estaba acurrucada en el suelo, balanceándose y mordiéndose la manga del jerséis mientras veía el inicio del Vasallaje.
Mientras veía a Finnick lanzarse al agua.
Llegar a tierra.
Coger su tridente.
Dar la vuelta a la Cornucopia y…
-      ¡No! – gritó Annie, lanzándose hacia la pantalla -. ¡NO!
-      ¡Annie!
Dexter la apartó como pudo con el brazo sano, manteniéndola lejos de la televisión mientras miraban la escena.
-      Tú también sabes nadar – decía Finnick, con un atisbo de sonrisa en los labios -. ¿Cómo has aprendido en el distrito 12?
-      Tenemos una bañera muy grande – contestó Katniss Everdeen, apuntándolo con el arco.
Annie sentía el estómago en el cuello.
¿Qué le impedía matarla?
¿O a ella matarlo?
¿Por qué tenían que morir?
Los Juegos, los Juegos….
Cabezas que rodaban por el suelo, agua, agua y más agua, sangre por todos lados…
Annie se apartó de Dexter, tapándose los oídos. Sin embargo, ni siquiera sus manos amortiguaban el sonido de la televisión.
-      Imagino que la habrán construido en tu honor.
-      Qué suerte que seamos aliados, ¿no?
Aliados.
Yo también tuve un aliado.
Kit.
Kit Grobber.
Y lo mataron.
Annie cerró los ojos, pero no fue mucho mejor. Las imágenes se repetían en su cabeza una y otra vez, una y otra vez, golpeando contra sus párpados.
Kit diciéndole que no iba a hacerle daño. Sonriendo. Tirado en el suelo a su lado mientras dormía con la boca entreabierta. Aliados.
Qué suerte que somos aliados.
En las alianzas de los Juegos, siempre hay uno que muere primero.
-      Annie… Ann…
Annie abrió los ojos, sin apartarse las manos de las orejas. Escuchaba gritos de fondo, como si se encontrasen dentro de un fondo profundo. Recordó a la chica que la había perseguido y que había muerto con su propia lanza clavada en el cuello. A ella no le dio tiempo a gritar.
-      Annie, están vivos. Los dos están vivos.
-      Pero siempre hay uno que muere antes – Era extraño escuchar su voz amortiguada -. Uno o los dos. Ahora son tres aliados.
-      Cuatro. Peeta Mellark.
-      Cuatro…
Annie se presionó ambos lados de la cabeza, cerrando con fuerza los ojos de nuevo. Sintió a Dexter junto a ella, poniéndole la mano en la espalda, pero ni siquiera su contacto era suficiente. Se sentía insensible. O demasiado sensible, por otro lado. Estaba en carne viva de nuevo.
-      ¿Está bien?
-      No, Emer, es mejor que…
La chica abrió los ojos y se encontró con la diminuta cara del niño. Tenía el pelo castaño oscuro revuelto y las mejillas llenas de pecas casi invisibles bajo la piel dorada. Pero sus ojos…
Los ojos de Mags eran como el cielo un día nublado. Los de Dexter eran como la miel o el caramelo fundido. Pero nunca había encontrado unos ojos como los de Finnick. Parecía tener todos los colores del océano concentrados en su iris. El verde del mar, el matiz azul de la profundidad, incluso matices violetas de las escamas de los peces. Ninguna descripción que hiciese sería suficiente.
Y de repente, ahí estaban. Unos ojos castaños, del color del chocolate caliente, de la arena mojada. Annie se metió en ellos y vio la inocencia y la pureza que solo un niño pequeño tiene. Y vio el sufrimiento de pasar hambre y ser maltratado. Pero la serenidad con la que la miró con su par de ojos marrones le hizo respirar hondo y quitarse las manos de los oídos. Se quedaron mirándose el uno al otro unos instantes, sin hablar. Annie acompasó su respiración a la del niño. Porque al fin al cabo, era como él. Una niña a la que le habían robado su infancia demasiado pronto como para haberla disfrutado.
Dexter recogió a Annie del suelo y la tumbó en el sofá, acuclillándose al lado de su cabeza mientras le apartaba el pelo de la cara.
-      Emer… ¿podrías pedirle a Margaret un caldo?
El niño sonrió, agradecido de ser eficiente por fin, y salió corriendo. Dexter apartó la mirada del muchacho y se volvió hacia Annie, con una ceja levantada.
-      ¿Estás bien?
La chica asintió. Aún se sentía dolorida, por dentro y por fuera, cansada, destrozada. Pero serena. Tan serena como lo había estado Emer.
-      ¿Qué ha pasado, Annie?
Annie se encogió de hombros. En realidad, no habría sabido explicarlo. ¿Por qué, de repente, un niño pequeño había sido capaz de calmarla cuando ni siquiera Dexter había podido? Ni siquiera ella le encontraba sentido. Solo sabía que había perdido el control por un instante y sus ojos le habían hecho recuperarlo. Era suficiente.
Cerró los ojos. Y de repente, no existió Dexter, ni el sonido de la televisión, donde ya empezaban a resonar los cañones. No existía la Arena, ni el Vasallaje, ni la amenaza de que Finnick iba a morir.
Annie estaba en la playa. No en su playa, sino en la playa del distrito. Tejía una red para su madre, una larga red dorada. Entonces, Kit se sentó a su lado, con el pelo revuelto y la camisa blanca desabrochada. No tenía ninguna cicatriz en el cuello.
-      Qué suerte que seamos aliados, ¿no?
Annie siguió haciendo nudos, nudos y más nudos, pero no pudo evitar sonreír. Eran amigos, aliados, compañeros. Se tenían el uno al otro. Kit colocó la palma de la mano frente a ella, abierta y vacía. Annie dejó la red y colocó su palma sobre la de él. Era cálida. No estaba muerto.
-      ¿Aliados?
Annie entrelazó los dedos con los de su compañero y se giró para mirarlo.
-      Aliados.
Kit tenía los ojos castaños. Del color del chocolate caliente y de la arena mojada.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Capítulo 64. 'Poema'.

Finnick se sentó en la cama de su lujosa habitación y buscó la carta de Annie que Carrie había dejado en su mesilla. Hacía días que pensaba en abrirla, pero estaba seguro de que habría algo que lo haría romperse si leía las palabras que ella había escrito. Ni siquiera estaba seguro de que fuese una carta de despedida, pero, aún así, no era capaz de enfrentarse a ello.
Con el trozo de papel doblado en las manos, respiró profundamente. Era una hoja arrancada del cuaderno blanco, pero eso ni siquiera le daba una pista. Finnick había visto de todo en ese cuaderno: desde poemas hasta el mundo de Annie salido de su propia cabeza en forma de palabras, dibujos, palabras sin sentido que ni siquiera existían…
La Arena estaba a la vuelta de la esquina, probablemente mucho más cerca. Esa noche eran las entrevistas con Caesar Flickerman, y al día siguiente… Hacía tiempo que no sentía que le quedaba tan pocas horas de vida aseguradas.
‘Ábrelo, descerebrado, maldita sea’, dijo Johanna en su cabeza. Con los dedos temblorosos, Finnick desdobló la nota.
Y lloró.
Pero no lloró como llora un niño que quiere a su madre el primer día de colegio, o como un novio al que le deja su chica. Lloró como alguien que recuerda, y como alguien que ha aceptado que no hay marcha atrás. Porque Finnick sabía que, antes o después, iba a morir en ese estadio, que iba a sacrificarse por ella. Lloró hasta que la tinta del bolígrafo quedó emborronada.
No era solo lo que ella había escrito. Era lo que implicaban esas palabras. Eran recuerdos, era un pasado que no iban a recuperar. Y Annie lo sabía, lo había dejado ver con esa nota.
Así lo encontró Mags, sentado en la cama, con la nota sobre las rodillas y los ojos hinchados. Mags ni siquiera leyó la nota, porque ese era el pasado de ambos, sus secretos, y ella no quería invadirlos. Simplemente se sentó al lado de su hijo, abrazándolo y consolándolo como toda madre haría.
Y así los encontró el equipo de preparación a ambos. Finnick jamás pensó que vería a Carrion tan destrozada como cuando atravesó la puerta. Podía ver en su cara la amargura que le provocaba que quizás esa fuera de las últimas veces que tuviese que ocuparse de él. Mags besó a Finnick en los labios antes de salir por la puerta para que Yaden pudiese prepararla.
-      ¿Qué me tienes preparado para hoy? – dijo Finnick, frotándose los ojos.
Carrie avanzó hacia él y se tiró a sus brazos.
-      Quiero que sepas – comenzó, susurrando en su oído -. Que ha sido un verdadero placer haber estado contigo todos estos años.
Finnick se separó de ella con una sonrisa triste, enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano.
-      Bueno, venga, empieza.
Carrie no dejó de llorar mientras lo preparaba.
Una vez estuvo vestido y maquillado lo suficiente como para eliminar la hinchazón de sus ojos, Carrie lo condujo hasta el escenario. Mags ya estaba allí, sentada en un sillón blanco, con un vestido largo de color verde oscuro que contrastaba con los pantalones de él. La mujer hizo un amago de sonrisa antes de que Johanna se pusiera entre ambos.
-      ¿Así que tu estilista sigue sin querer disfrazarte de pez? Vaya decepción.
Finnick sonrió y la abrazó.
-      ¿Cómo lo llevas?
-      Bueno, al menos ahora no soy un árbol. Es un paso adelante.
Finnick agarró el cuello de su vestido con los dedos y puso una cara seductora, a la que Johanna Mason respondió con una mueca de asco.
-      Guárdate eso para ligar con tu yo interior si no quieres que te mate de un hachazo.
-      ¿Serías capaz de cortarme mi hermosa cabeza? – dijo Finnick, fingiendo indignación.
-      No, te golpearía con el mango en ella hasta que quedase deforme. Y no me haría falta mucho trabaj…
En ese momento, se quedó en silencio, mirando con los ojos entrecerrados a la escalera. Katniss bajaba en silencio, con un vestido de novia muy vaporoso y de aspecto pesado, seguida por Peeta, que iba vestido de novio, tal y como se vestían en el Capitolio. Lo primero en lo que Finnick pensó fue que su estilista era macabro. Aunque claro, sabía sacarle partido a la situación. El vestido de novia era una clara llamada de atención al público.
-      No me puedo creer que Cinna te haya puesto eso – dijo, cuando la chica pasó por su lado.
-      No tuvo elección, el presidente Snow le obligó.
Finnick escuchó a Cashmere decir algo, mientras se ponía en la cola. Johanna, que continuaba a su lado, se acercó a Katniss y, enderezándole el hermoso collar, le susurró:
-      Házselo pagar, ¿vale?
Finnick abrió mucho los ojos, pero no tuvo tiempo de replicar. Caesar Flickerman comenzó las presentaciones, interactuando con el público como solo él podía. Entonces, los tributos empezaron a hacer algo que Finnick creía imposible que pudiesen hacer. Él ya había decidido hacia dónde iba a enfocar su entrevista, pero nunca pensó que el resto desviase l aatención de ellos mismos para centrarla en algo mucho mayor. Empezó Cashmere, interpretando a una vencedora preocupada por sus seguidores del Capitolio hasta el punto de llorar por su sufrimiento. Luego Gloss, agradeciendo todo lo que habían hecho por ellos. Y así hasta que, después de una corta entrevista para Mags, en la que apenas habló y, las pocas palabras que emitía, apenas eran entendibles, le tocó a Finnick.
-      ¡Nuestro chico de oro! – gritó Caesar, estrechándole la mano.
Finnick sonrió, mirando al público. Lo tenía en el bolsillo, siempre lo había tenido. El público era suyo, y una simple sonrisa o una sencilla mueca podían tener un efecto estremecedor.
-      ¿Cómo te encuentras, Finnick?
El chico se sentó en la silla y miró al público, poniendo cara de preocupación.
-      Es duro, Caesar. Ver cómo tienes que decir adiós a todo esto, quizá por última vez… - Hizo una pausa, mientras escuchaba cómo comenzaban los llantos en las gradas -. Y tanta gente a la que dejar atrás…
-      Lo es, lo es. Sin embargo – continuó Caesar -, tengo entendido que no eres un chico que mantenga relaciones muy cercanas, ¿verdad? No te entregas fácilmente.
Finnick tragó saliva, sonrojándose.
-      No mucho. No me gusta que lleguen a conocerme verdaderamente, porque entonces, tienen poder sobre mí.
Caesar asintió, cerrando los ojos para dar a entender que lo comprendía.
-      Entonces, ¿no hay nadie que tenga poder sobre ti?
Eso era. Ese era el momento que Finnick había estado buscando, que había esperado. Se llevó una mano al pecho y clavó los ojos en la multitud.
-      Hay alguien.
Un murmullo colectivo se extendió por todas las gradas. ¿Quién sería esa persona que había conseguido llegar a conocer tanto al gran Finnick Odair? ¿Quién habría tenido ese privilegio? Finnick sonrió para sí.
-      ¿Y hay algo que quieras decirle a ese alguien?
Finnick asintió, levantándose. La multitud guardaba un silencio absoluto. Si de algo podían presumir, era que eran un público excelente.
-      De hecho, Caesar, hay muchas cosas que quiero decirle. Pero… ¿qué mejor manera de hacerlo que mediante una poesía?
El público estalló en aplausos antes incluso de que Finnick empezase. El chico sonrió directamente a la cámara, clavando los ojos en el objetivo.
Lo que iba a hacer no era una manera de utilizar lo que sentía para lograr la atención del público. No, no era un mecanismo para lograr patrocinadores. Lo que iba a hacer era algo más profundo, más íntimo, aunque fuese delante de todo el país. Era expresar. Era sentir. Era recordar.
Comenzó a recitar cuando el auditorio se quedó en silencio.

 Si tuviese que empezar,
sería adecuado empezar por el principio.
¿Pero cuál?
¿La primera mirada, el primer roce,
el primer beso?
Los principios están llenos de primeras veces.
Pero mis primeras veces
nunca han sido las tuyas.
No tu primer beso.
No tu primer roce.
Si existe un principio,
no es el primero.
¿Entonces dónde empezar?
Estaba perdido
como nunca nadie lo había estado antes.
Estaba roto
y sintiendo que no merecía la pena.
Y llegaste.
Con tu sonrisa, como una luz,
diciendo que estaba bien.
Que el pasado no daba miedo.
Que solo eran recuerdos.
Que importaba vivir.
Y te creí.
Y por un instante,
estuve cuerdo.
Pero las sombras,
las sombras volvieron,
una y otra vez, rodeándome,
y no supe escapar de ellas.
No esta vez.
Y ahora puede que mueras,
y que muera yo después.
Porque sin ti no me encuentro.
Porque cuando me encontraste,
me encontré a mí también.
Estuve esperando
a que rompieses mi corazón.
Pero no lo hiciste.
No lo haces.
No lo harás.
Te dije una vez
que nos quería infinitos.
Pero ahora ya no estoy seguro
sobre casi nada.
Sobre el principio
o el fin.
Lo único de lo que estoy seguro,
es que tú eres mía
y yo soy tuyo.


Finnick no supo exactamente en qué momento había dejado de sentir que estaba rodeado de personas, que estaba siendo observado por millones de ojos, pero en ese momento, se había sentido con Annie, a su lado, cogiéndole la mano, recitando la poesía que ella había escrito para él. El zumbido y los aplausos ensordecedores fueron lo único que lo sacaron de la ilusión. Finnick vio gente llorando, gritando, desmayándose, y todo por un poema que nada tenía que ver con ellos. Finnick clavó los ojos en la cámara de nuevo, confiando en que Annie estuviese viendo las entrevistas, y trató de decirle con la mirada lo que no podía hacer con la voz. Voy a morir por ti, porque te amo y quiero que seas feliz.
Caesar se despidió de él con un cabeceo, enjugándose las lágrimas, quizá fingidas, con la manga del traje. Finnick se sentó junto a Mags y esperó.
Las entrevistas continuaron, con las súplicas de los tributos, como Johanna, que pidió que se hiciese algo con respecto al Vasallaje, haciendo alusión a la relación entre los vencedores y el Capitolio, o Chaff, que se lo pidió directamente al presidente. Entonces, cuando le tocó salir a Katniss, su vestido se convirtió en un sinsajo de plumas negras, el símbolo de la revolución. ¿Cómo podía ser su estilista tan valiente de haber arriesgado su vida solo para revelarse en el propio centro del Capitolio? Si Finnick hubiese podido aplaudirlo, lo hubiese hecho como el que más. Sin embargo, el plato fuerte llegó cuando Peeta Mellark confesó que, no solo él y Katniss ya estaban casados, sino que además ella estaba embarazada, lo que destrozó al público, que comenzó a gritar en contra de ese Vasallaje. Ni siquiera se escuchó el himno cuando comenzó a sonar.
Finnick le tendió la mano a Mags, que tenía los ojos llorosos, aunque el chico no tenía claro por qué. Igualmente, le dio un apretón de manos y miró al frente. Entonces, sintió la mano de Amal, la vencedora del distrito 5, cerrándose en torno a la suya. Finnick se giró con la pregunta implícita en sus ojos, pero la respuesta no tardó en llegar cuando vio a todos los tributos en fila cogidos de la mano. Eran una unidad, una unidad contra la injusticia del Vasallaje, contra la injusticia del Capitolio. Eran la  rebelión en estado puro.
Cuando comenzó el caos, Finnick supo que tenían que marcharse antes de que fuese a más. Solo podía escuchar los gritos de protesta, los llantos. Tiró de la mano de Mags hacia el ascensor, en el que ya se encontraban Peeta y Katniss, cogiendo a Johanna por el camino, pero unos agentes les empujaron antes de que pudiesen entrar.
-      ¡Eh! – gruñó Johanna, apartándose bruscamente -. ¿Qué crees que estás haciendo?
-      Aquí yo soy la ley – respondió el hombre, llevándose la mano al cinturón.
-      Bueno, y yo voy a caminar hacia la muerte mañana y a ti te da igual, ¿no? Pues eso es lo que me importa a mí que tú seas quien seas.
Finnick tiró de su amiga hasta otro ascensor vacío. Blight se les unió antes de que pudiesen cerrarse las puertas.
-      ¿Qué ha pasado ahí fuera? – preguntó Finnick, rascándose la cabeza.
-      Se han vuelto locos. Están mandando a la gente a casa prácticamente a golpes. Es una locura.
Johanna asintió con una sonrisa. Cuando el ascensor les dejó en el piso cuatro, Mags se giró hacia el chico, cogiéndole por los hombros.
-      ¿A… ie?
-      Sí, Mags, era el poema de Ann.
La mujer sonrió, cerrando los ojos y asintiendo. Finnick la abrazó, sintiendo lo diminuta que era entre sus brazos, y cómo había necesitado casi toda su vida a esa pequeña mujer.
-      ¿Puedes dormir conmigo hoy?
Mags ni siquiera asintió, simplemente tiró de la mano del chico hacia su habitación.
Y esa noche, Finnick durmió con su madre, pensando hacia dónde se dirigía y todo lo que dejaba atrás.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Capítulo 63. 'Gente pequeña'.

Hacía frío.
Annie apenas recordaba la última vez que había tenido que ponerse chaqueta abrigada en el distrito 4, en el que casi siempre brillaba un sol deslumbrante y caluroso. Quizá nunca lo había hecho, o quizá ni siquiera se acordaba. Se subió la cremallera hasta arriba y, metiendo la nariz en el amplio cuello de la chaqueta, trató de pasar desapercibida. A su lado, Dexter miraba despreocupado el puño de su gastada chaqueta oscura. Annie le había instado a ponerse una de Finnick, pero el médico se había negado educadamente, usando la suya propia. Annie en el fondo se lo agradecía. Haber tenido el olor de Finnick en el cuerpo de alguien que no era él y recordar todo lo que podría pasar si… Era algo en lo que prefería no pensar.
Era día de recogida. Los Agentes de la Paz llegarían en breves para recoger todo lo que el distrito había acumulado durante el mes, y, si no todo, al menos tres cuartas partes. Sin embargo, normalmente el Capitolio dejaba pasar ciertas ‘bajas’ en la producción, que no eran más que pequeñas partes de pescado o marisco que el propio distrito guardaba para sí. Ventajas de ser uno de los distritos favoritos del Capitolio.
Annie se acercó a un puesto de marisco. El dependiente, un hombre fornido con una cabeza calva que brillaba como si se la hubiese encerado, apilaba cestas y cestas llenas de marisco frente a la puerta, con el ceño fruncido por el esfuerzo. Cuando reparó en la mirada curiosa de la chica, hizo un gesto con la mano, invitándola a marcharse, mientras añadía:
-      No están en venta niña, lárgate.
Annie asintió y regresó junto a Dexter. Con el pelo rizado y revuelto, la piel bronceada y la chaqueta de cuero viejo, cualquiera hubiese podido confundirlo con un habitante del distrito. Sin embargo, sus costumbres seguían delatándolo: era demasiado educado con todo el mundo, los trataba como a desconocidos y no como gente que veía todos los días, y no se esforzaba por ocultar su acento del Capitolio.
-      ¿Pasa algo? – preguntó el hombre, cogiéndole el brazo.
Annie se colgó de él, negando con la cabeza. Anduvieron por las calles principales, ojeando los puestos por encima, hasta llegar a la plaza central. El escenario de la cosecha había sido sustituido por dos gigantescas pantallas que estaban en constante retransmisión. Si bien unas veces no hacían más que poner estadísticas y publicidad, por las tardes se llenaban de imágenes sobre los tributos y sus peleas más sangrientas. Annie no había visto ninguna imagen de Finnick en sus anteriores Juegos aún, pero sí había visto a una joven Johanna Mason avanzar hacia un chico corpulento y moribundo con un hacha en la mano, dispuesta a partirle en dos la cabeza. Annie no había podido seguir mirando.
En ese momento, las pantallas retransmitían simples pujas sobre el ganador del Vasallaje. De alguna manera u otra, Finnick se encontraba entre los tres primeros, con Brutus y, sorprendentemente, Katniss Everdeen, que probablemente fuese el tributo más joven de los Juegos. Annie frunció el ceño, pero no hizo ningún comentario.
-      Y yo que creo – comentó Dexter – acercándose al oído de Annie – que Johanna Mason debería estar en lugar de Katniss Everdeen.
Annie asintió, tirando de su amigo para salir de la plaza. Sin embargo, justo cuando se encontraban en la entrada de una de las calles que servían de salida, los camiones de los Agentes empezaron a llegar.
El distrito entero se sumió en un silencio tan profundo que, si alguien se hubiese atrevido a respirar un poco más fuerte, se habría oído. Todo el mundo estaba inmóvil, frente a sus puestos de trabajo, con la mercancía ya colocada y lista. Los agentes bajaron del camión. Annie contó cincuenta. Se colocaron en fila frente a las pantallas y comenzaron a dividirse en grupos de cinco para transportar la mercancía. Annie se quedó observando los rostros de los pescaderos, que trataban de ocultar su rabia bajo máscaras de seriedad. Todo un mes trabajando casi sin descanso para conseguir menos del diez por ciento de lo que habían recogido. Annie podía entender su enfado.
De repente, a su derecha, un niño comenzó a llorar. La chica giró la cabeza solo para ver cómo un agente le arrancaba una cesta de pescado de las manos a una criatura de apenas ocho años, escuálido y con la carita manchada por las lágrimas, que se aferraba a las asas de la cesta como si se le fuese la vida en ello. El niño tiró con más fuerza y la cesta se desgarró, cayendo todos los peces al suelo.
-      ¡Pero qué has hecho! – rugió el agente, soltando la mitad de la cesta rota.
El niño se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Annie comenzó a acercarse hacia el puesto, ignorando la insistente mano de Dexter, que no dejaba de tirar de ella.
-      Ann… - susurró el médico.
Annie llegó cuando el agente empezaba a sacar una porra de su cinturón. El grupo de agentes seguían llevando las cestas de pescado al camión, ignorando la escena, sorprendentemente al igual que el distrito. Nadie intercedía. Ni siquiera los padres del niño cuando lo golpearon por primera vez. Ni siquiera su hermano mayor, que miraba la escena con lágrimas en los ojos cuando lo golpearon por segunda vez.
Los gritos de dolor del niño taladraban los oídos de Annie. Cuando la porra le partió el labio, dejándolo tirado y encogido en el suelo, Annie se giró hacia Dexter, tratando de no llorar de impotencia.
-      ¿Es que nadie va a hacer nada?
Dexter se mordió el labio, haciendo ademán de marcharse. Pero Annie no podía hacerlo, no podía concebir dejar a ese niño solo sin la protección de su familia. Entonces, bajándose la cremallera de la chaqueta para que todos pudiesen verle la cara, se puso entre la porra y el chico, mirando al agente y aparentando más valentía y seguridad de las que sentía.
-      Ya basta.
El agente la miró con los ojos desorbitados por la rabia, sin bajar la porra.
-      ¿Quién eres tú para frenarme? – preguntó, entre dientes.
Annie tragó saliva, tratando de pronunciar su nombre con la mayor claridad posible, pero el agente no esperó. Levantó la porra, dispuesto a pegarla, pero un brazo de interpuso entre ellos.
Primero, se escuchó un grito de dolor. Un grito tan desgarrador que Annie pensó que había salido de sus propios pulmones. Y después, cuando abrió los ojos, descubrió a Dexter delante de ella, pálido, sujetándose el brazo con la otra mano.
-      Ella es Annie Cresta – dijo, con esfuerzo -, y no vas a tocarle un pelo.
El agente pareció ver a la chica por primera vez. Abrió mucho los ojos, con la boca entreabierta, pero ni siquiera le dio tiempo a reaccionar.
Lo que pasó a continuación fue tan rápido y tan bien organizado que parecía que hubiese sido planeado con anterioridad. El distrito entero se abalanzó sobre los Agentes de la Paz, arrancándoles las cestas de las manos y golpeándoles allí donde podían. Annie vio correr a algunos hacia los camiones completamente ilesos, pero el resto tenía la ropa desgarrada y la piel amoratada o ensangrentada en los peores casos. Los camiones comenzaron a salir de la plaza, entre los vítores de los habitantes, que los golpeaban a medida que avanzaban entre la multitud. Annie se levantó y corrió hacia Dexter, que se había sentado en el suelo, blanco como la tiza.
-      Dex.
El médico hizo una mueca de dolor cuando Annie le tocó el cuello.
-      No tenías que haberlo hecho – maldijo, apartándole un rizo de la frente -. No debías haberlo hecho.
-      Se lo prometí – susurró el hombre -. Se lo prometí.
Annie sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas, que se apartó con el pulgar. Dexter apretaba la mandíbula, intentando fingir que el brazo no le dolía, pero Annie sabía perfectamente que estaba roto. Había escuchado el crujido del hueso al fracturarse.
-      Necesitas que te vea un médico – añadió.
Dexter asintió, levantándose con cuidado. Sin embargo, el dolor comenzaba a marearlo, y el hombre tuvo que apoyarse en Annie para no caer al suelo. La chica lo sujetó, pero era demasiado pesado para ella, y no llegarían muy lejos si tenía que arrastrarlo.
En ese momento, sintió una mano en su espalda.
-      Tranquila, el médico ya está viniendo.
La chica ni siquiera supo quién le estaba hablando, porque en ese momento, un anciano se agachó junto a Dexter y, separándole el brazo con cuidado, comenzó a examinárselo. Dexter se mordió el puño para no gritar de dolor cuando el médico le hizo girar la muñeca. Ni siquiera le hizo un diagnóstico seguro, sino que comenzó a enrollar una venda alrededor de su brazo.
Annie observaba al médico trabajar, con una mano aún colocada sobre la rodilla de su amigo. Dexter respiraba con fuerza, y Annie podía entenderlo. En el Capitolio, si te rompías un brazo, tenías un grupo de médicos en tu casa que podían dejártelo como nuevo en un par de horas. Sin embargo, en los distritos, la medicina no estaba tan avanzada, y probablemente tuviese que estar bastante tiempo con el hueso roto. No era algo a lo que Dex pudiese acostumbrarse tan rápidamente.
El médico se levantó y entró en la pescadería, probablemente para curar al niño. Annie ayudó a Dexter a levantarse.
-      ¿Estás bien? – preguntó la chica, poniéndose frente a él para asegurarse de que no se caía.
-      Una venda no me hará nada – masculló, aún con los dientes apretados -. Necesito, como poco, una escayola.
Annie frunció el ceño, preguntándose qué sería una escayola, pero asintió. Podría pedírsela a Margaret, la abuela de Kit, para que la comprase.
Caminaron hasta la Aldea despacio, parándose a descansar. Annie trataba de ignorar los gemidos de dolor de Dexter, pero sabía cuánto estaba sufriendo. Él nunca había sentido un dolor físico tan grande y durante tanto tiempo.
Cuando llegaron a casa, ya era prácticamente de noche. Dexter se tumbó en el sofá, con el brazo extendido. Annie se agachó junto a su cabeza, apartándole el pelo sudoroso de la frente.
-      ¿Qué es una escayola? – preguntó.
Dexter comenzó a reír, evitando hacer muecas de dolor. Annie arrugó la nariz.
-      Solo dile a Margaret que necesito una. Y tráeme un vaso de agua, por favor.
Annie hizo lo que Dexter le había pedido, y Margaret apenas tardó cinco minutos en salir por la puerta. Annie se agachó de nuevo junto a su amigo, mientras este echaba una pastilla en el vaso de agua antes de bebérselo.
-      ¿Qué es eso? – preguntó Annie, señalando al líquido, blanquecino por la pastilla disuelta.
-      Un calmante – respondió Dexter -. Siempre llevaba uno para Mags. Reducirá el dolor.
Annie vio a su amigo cerrar los ojos, apretando de nuevo la mandíbula. Le acarició el pelo con el cariño de una madre o el de una hermana, y trató de que su voz no temblase cuando empezó a hablar.
-      Gracias – susurró.
Dexter abrió un ojo.
-      No las quiero.
-      Pero yo quiero dártelas.
-      Tengo que protegerte, Annie. Se lo prometí a Finnick. Y lo hubiese hecho incluso aunque no se lo hubiese prometido. Porque no pueden hacerte daño.
Annie tragó saliva y lo abrazó, pestañeando para eliminar las lágrimas de sus ojos.
-      Siento que te hayan hecho daño – dijo, con los labios rozando el cuello de la camisa del hombre.
Dexter le puso una mano en la nuca y asintió.
-      No te preocupes, no es tu culpa.
La chica difería en esa afirmación, pero prefirió callarse. Dexter discutiría con ella hasta que aceptase que no tenía razón.
Se quedaron abrazados un largo rato. Estaba bien tener un amigo que la protegiese. De hecho, Annie sabía lo mucho que le debía. Más que por haberse roto el brazo. Más que por haber estado siempre disponible para escucharla. Annie le debía su cordura, o lo que quedaba de ella. Y eso era algo que nunca podría pagarle, ni con todo el dinero del mundo, porque eso no sería suficiente.
-      Deberías irte a dormir –propuso el hombre, girando la cabeza.
Annie se apartó de su amigo.
-      ¿Estás seguro?
Dexter sonrió, poniéndole una mano en un lado de la cara.
-      Completamente. Margaret vendrá en nada y podré curarme como dios manda. Y tú debes irte a dormir.
Annie arrugó la nariz, pero asintió. Se inclinó para darle un beso a Dexter en la frente y un último abrazo antes de subir a la cama.
Ya arriba, tapada hasta las orejas, comenzó a pensar. Era un juego tedioso al que se había acostumbrado desde que Finnick se había ido, hacía menos de una semana, pero lo hacía casi involuntariamente cada noche. Y siempre empezaba de la misma forma.

¿Qué ha pasado hoy que
haga que merezca la pena seguir adelante?

Al principio, solo había buscado detalles sin importancia, detalles que apuntaba en su ya casi lleno cuaderno blanco: las escamas de uno de los peces que Finnick le había regalado; un café que Margaret había hecho con extra de azúcar, solo para ella; una planta que había comenzado a crecer en el jardín. Sin embargo, cada día buscaba algo más, algo que le hiciese creer que ella podía hacer cosas. Y nunca había encontrado nada.
Hasta hoy.
Porque había presenciado una revolución. Había visto que incluso la gente más pequeña puede hacer grandes cosas. Había visto que, si todos se unían, eran más fuertes que el Capitolio. Solo tenían que seguir intentándolo.