sábado, 21 de diciembre de 2013

Capítulo 69. 'Familia'.

Dexter clavó los dedos en el asiento. La Cornucopia no dejaba de girar. Finnick estaba agarrado a duras penas a uno de los salientes de la isla, pero las armas que aún quedaban en el cuerno dorado comenzaban a caer hacia ellos peligrosamente. Dexter desvió la mirada cuando uno de los cuchillos salió volando hacia la cabeza de Finnick.
-      ¡Annie! – gritó, cuando vio  a la chica morderse la mano con fuerza.
Cogió su muñeca con delicadez y la apartó de su boca. La muchacha pareció darse cuenta en ese momento de que se había mordido, porque se miró la mano llena de costras y sangre como si no hubiese sentido el dolor hasta ese momento.
-      Está bien, Ann. Está bien – El hombre miró la pantalla, descubriendo que la Cornucopia había dejado de girar y  Finnick estaba en pie, ayudando a Peeta Mellark a levantarse -. Ya ha pasado.
-      No, no ha pasado. No pasará hasta que él salga de ahí vivo y vuelva conmigo.
Dexter abrazó a Annie, estrechándola entre sus brazos con fuerza.
-      Vamos a curarte eso, ¿quieres?
-      Pero Finni…
-      No podemos hacer nada por Finnick, Annie. Además, él no está en pantalla ahora, ¿ves?
Annie asintió. Dexter la llevó a la cocina, donde Margaret estaba haciendo la comida con Emer. El niño se acercó a Annie y le cogió una mano. La chica lo miró a los ojos y pareció tranquilizarse. Dexter sonrió mientras recogía vendas y desinfectante. Ese niño tenía un efecto tranquilizador en ella porque le recordaba a Kit. Dexter no se había fijado especialmente en Kit Grobber durante los Juegos, pero podía admitir que veía cierto parecido.
Regresó junto a Annie, arrodillándose a su lado.
-      Emer, ¿quieres ayudarme?
El niño asintió. Dexter clavó los ojos en la mirada de Annie, que seguía fija en los ojos de Emer.
-      Vamos allá entonces.
Dexter empapó un puñado de algodón con alcohol y se lo echó en la diminuta herida. Annie se mordió el labio y cerró los ojos, aunque no gritó. Ella había pasado por cosas peores que un simple escozor. Emer fue el encargado de colocar una venda alrededor de la mano de la chica, tapando cada herida que se había hecho. Dexter observó al niño con ternura. A ambos. Parecían hermanos.
Cuando el chico acabó, Dexter se acuclilló junto a Annie, poniéndole una mano en la rodilla.
-      Ann, ve a la cama.
-      No.
-      Llevas dos noches sin dormir, ve.
-      No.
La chica se levantó y salió de la cocina, seguida de Emer, que salió corriendo tras ella gritando su nombre. Dexter se sentó en la silla que Annie había dejado desocupada, pasándose la mano sana por la cabeza. La otra seguía en un cabestrillo.
-      Necesita descansar – musitó.
-      Todos lo necesitamos – corrigió Margaret, acercándose al hombre -. Toma, es sopa. Bebe, te sentará bien.
Dexter sonrió como agradecimiento y le dio un sorbo.
-      Ese niño – continuó, agarrando el tazón con las manos -, ese niño es como un ángel para ella.
-      Lo es, en realidad.
-      ¿Lo sabes, no? Ella le ve en él. A Kit. Cada vez que le mira, vuelve a verlo.
Margaret se quedó rígida, apoyada en la encimera. Dexter dejó el tazón en la mesa y la miró, apretando la mandíbula.
-      Lo siento, yo… Lo siento.
-      No tienes nada que sentir – dijo Margaret, girándose -. Es cierto.
Dexter colocó la barbilla sobre las manos. Tenía un incesante dolor de cabeza desde el momento en el que había comenzado el Vasallaje. Un dolor que se había extendido al pecho cuando Mags había muerto. Un dolor que se había intensificado cuando la había visto arder.
-      No conocí a Kit, pero estoy seguro de que era un buen chico.
-      Un buen chico – interrumpió Margaret, mirándose las manos -. Otro niño que murió demasiado temprano.
Margaret fue hasta la mesa y tomó asiento junto a él, frotándose las manos en el delantal. Dexter tragó saliva, tironeando del puño de su jersey.
-      Yo solía disfrutar los Juegos. Y no sabes cómo lo siento, Marg…
-      No lo sientas. Os educan así. Os educan para amar a vuestros favoritos y llorar por ellos. Pero para nosotros, los Juegos son una pesadilla año tras año. Vivir con miedo.
Dexter la miró a los ojos. La mujer tenía los mismos ojos oscuros de Kit, bajo unas cejas canosas.
-      Nunca sabréis lo que significa para nosotros cumplir diecinueve años y saber que no nos quedan más cosechas. Entonces, tienes hijos y te das cuenta de que sí quedan más cosechas. Las suyas. Y vives con el miedo de verlos morir en esos estadios vuestros.
Margaret se quitó las lágrimas de la cara. Dexter extendió una mano sobre la mesa para cogerle una mano, que ella apretó con fuerza, agradeciéndoselo con los ojos.
-      Yo tuve dos hijos. Uno de ellos sí fue seleccionado, en su último año. Lo mataron al tercer día, sin ni siquiera conocer a su hijo, al que le quedaban apenas semanas para nacer.
Kit. Dexter levantó la cabeza, pero la anciana no lo miraba a él. Sus ojos estaban perdidos en el pasado.
-      Su madre murió en el parto y yo me convertí en su madre. Por eso, cuando lo seleccionaron, fue como revivirlo otra vez. Ese miedo que nunca, durante todos estos años, me ha dejado.
-      Margaret, lo siento. De verdad…
-      Y ahora está este niño – continuó, señalando la puerta -. Emer. Su hermano ya es lo suficientemente mayor como para no volver a vivir más cosechas, pero él… - Margaret se frotó los ojos -. Solo le quedan cuatro años. Solo nos quedan cuatro años para vivir sin miedo.
Dexter desvió la mirada hacia la puerta. Emer era nieto de Margaret, de eso estaba seguro. Por eso era parecido a Kit. Era el hijo del hijo de Margaret que no había ido a los Juegos. Dexter se giró para mirar a la anciana.
-      Y aún así, aunque tú hayas venido del Capitolio, nos comprendes. Nos comprendes porque los Juegos te están quitando una parte de ti, ¿verdad?
Margaret colocó una mano en la mejilla derecha del hombre, acariciándolo.
-      Eres de este distrito, Dexter. De esta familia.
El médico sintió una lágrima caer por su mejilla y se la quitó con el dedo, levantándose.
-      Debería ir a ver a Annie. No me gusta dejarla sola.
-      Ahora le llevo un caldo.
Dexter salió de la cocina y se dirigió al salón. Annie estaba tumbada en el sofá, con Emer a su lado acariciándole el dorso de la mano. El niño levantó la mirada hacia él y le sonrió. Dexter le devolvió la sonrisa y ocupó su lugar junto a Annie, sentándose en el suelo junto a su cabeza.
-      No ha vuelto a salir – susurró la chica, con los ojos fijos en la pantalla.
Dexter se giró. En ese momento, estaban mostrando a los profesionales, aunque quizá sería equivocado seguir llamándolos así. En ese Vasallaje, todos eran profesionales.
-      Dexter… ¿por qué no me odias?
El hombre se giró hacia ella con las cejas levantadas, extendiendo la mano para acariciarle el pelo.
-      ¿Por qué debería?
Annie se irguió, arrugando la nariz.
-      He visto cómo le miras. He visto cómo sufres por él, cómo lloras, cómo te rompiste cuando dijeron su nombre en la cosecha. Le amas.
Dexter detuvo la mano sobre la cabeza de Annie, que tenía los ojos verdes clavados en él. El hombre se apartó, bajando la mirada.
-      He robado tu tiempo. He permitido que te peguen y que te hagan daño. Has tenido que soportarme durante cinco años y amo al hombre que tú amas. ¿Por qué no me odias, Dex?
El médico se acercó a ella, con una media sonrisa en los labios, y estiró de nuevo la mano hacia su cabeza. Annie cerró los ojos en cuanto el hombre comenzó a acariciarle de nuevo el pelo.
-      He de admitir que lo único que buscaba cuando vine aquí era una recompensa. Quizá la satisfacción personal de haber curado a Mags, o de haberte sacado a ti de tu locura. Quizá la fama. Quizá el dinero que conseguiría si mi tratamiento salía bien.
Dexter se pasó la mano por el pelo, colocándose el cabestrillo. Annie abrió los ojos.
-      Sin embargo, os conocí a vosotros tres. A ti, a Mags, a Finnick. Y, por primera vez, sentí que no necesitaba más recompensa que la que vosotros, sin saberlo, me estabais dando.  
-      ¿Qué recompensa?
-      Una familia – respondió Dexter, acariciando la mejilla de la chica -. Por eso no te odio, Annie. No podría odiarte. A ninguno de vosotros. Por eso han merecido la pena todos estos años. Porque sois mi familia.
Annie se levantó del sofá y abrazó a su amigo con todas sus fuerzas. Dexter la acunó, sin saber exactamente quién sostenía a quien. Annie se separó de él, dándole un beso en la mejilla.
-      Él va a volver – respondió -. Y seguiremos siendo una familia.
Dexter sonrió.
-      Además, aún os queda una boda que celebrar.
-      A ti también.
Dexter la soltó, ahogando una carcajada.
-      No planeo casarme, Annie…
-      Me refiero a nuestra boda, Dex. Yo… yo te quiero allí, sea donde sea. Y estoy segura de que Finnick también.
El hombre la miró directamente a los ojos, a esos ojos verdes que parecían el mar en mitad de una tormenta, agitándose como si bailase. Annie titubeó.
-      Si a ti te parece bien…
Dexter rió, abrazándola de nuevo.
-      Por supuesto, Annie. Nada me haría más feliz que veros felices. Os lo merecéis tanto ambos…
En ese momento, la televisión volvió a enfocar a los aliados. Katniss y Finnick estaban en la jungla. Finnick enredaba en un árbol con un cuchillo, haciendo un agujero lo suficientemente grande para poder introducir un dedo. Katniss estaba junto a él, apoyada en el árbol y con la mirada clavada en el suelo. Dexter los miró con el ceño fruncido. Aún no acababa de entender la alianza que habían formado.
-      Katniss – dijo Finnick, extendiendo la mano mientras observaba el árbol -. ¿Tienes esa espita?
Dexter vio cómo Katniss rebuscaba en su cinturón. Y entonces, se escuchó un grito. Un grito estremecedor que hizo cambiar la cara de Katniss Everdeen en menos de un segundo. Annie se puso rígida. ¿Y si Peeta había decidido matar a Johanna? No, imposible. Dexter sabía que el hacha de Johanna era demasiado mortífera.
De repente, Katniss comenzó a correr, adentrándose en la jungla. Finnick recogió las armas y corrió tras ella, gritando su nombre. Las cámaras los perseguían a ambos, sin importar dónde se metiesen.
-      ¡Prim! – gritaba Katniss, desgarrando enredaderas con los dedos -. ¡Prim!
Entonces, las cámaras enfocaron a los pájaros. Charlajos. Dexter se llevó las manos a la boca. ¿Cómo habrían conseguido esos gritos? No se habrían atrevido a hacerle daño a la hermana de Katniss, todo el país la adoraba. Pero entonces, ¿cómo y por qué gritaba a través de esos pájaros que reproducían lo que escuchaban?
-      ¿Prim?
Un pájaro volvió a gritar en la pantalla, y Katniss apenas tardó un segundo en derribarlo con una flecha, ahogando el grito, y retorciéndole el cuello para asegurarse de que estaba muerto.
-      ¿Katniss?
Finnick apareció por la esquina de la pantalla, con el tridente delante del cuerpo. Dexter miró a Annie, que se mordía la manga del jersey.
-      No pasa nada, estoy bien – respondió Katniss, levantándose -. Me pareció oír a mi hermana, pero…
Un nuevo grito. Dexter se giró con alarma. Había oído ese mismo grito cientos de veces. Era demasiado familiar para él. Sin embargo, Annie estaba junto a él, con la boca abierta y las manos sobre la garganta mientras su grito se escuchaba en la pantalla. Dexter se llevó las manos a la boca. Se iba a convertir en su debilidad, capaz de volverlo loco.
La iban a usar contra Finnick.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Capítulo 68. 'Tic, tac'.

-      Pobre Finnick. ¿Es la primera vez en tu vida que no estás guapo?
Finnick abrió los ojos, frunciendo el ceño. Katniss estaba frente a él, con la cara llena de pomada verdosa.
-      Seguramente. La sensación me resulta completamente nueva. ¿Cómo has hecho tú para soportarlo tantos años?
Katniss hizo una mueca que se acercaba a una sonrisa. Finnick apretó la mandíbula para evitar sonreír frente a ella.
-      Solo tienes que evitar los espejos – contestó ella -. Al final se te olvidará.
-      No si sigo mirándote.
Finnick continuó frotándose la cara y los brazos. Sentía las costras como arena sobre la piel, pero era reconfortante eliminar el dolor. Todo el dolor.
Aunque eso era imposible.
Intentaba olvidarse de Mags, de ese último momento, pero le era imposible. Ni siquiera haber sido atacados por mutos apenas unas horas antes era suficiente para hacerle concentrarse en la Arena y los Juegos. No podía dejar atrás la imagen de verla caminar hacia la niebla. Se repetía en su cabeza una y otra vez. ¿Había sido así cuando Annie había visto morir a Kit? ¿La imagen de su cabeza una y otra vez? ¿Estaría enfermando él también?
-      ¿Necesitas que alguien te frote la espalda, chica en llamas?
Katniss se giró, con la cremallera del traje a medio bajar y una ceja levantada.
-      ¿Cuánta gente querrá arrancarme la piel por el privilegio?
Finnick sonrió y se acercó a la chica con el bote en las manos. Mientras extendía la pomada por la espalda de Katniss, llena de costras blanquecinas, se preguntó cuántas cicatrices escondía su piel limada por los médicos del Capitolio.
-      Voy a despertar a Peeta – sugirió Katniss, una vez que ambos se habían dado suficiente pomada.
-      No, espera – interrumpió Finnick -, vamos a hacerlo juntos. Los dos delante de su cara.
Katniss le dedicó una media sonrisa y se levantaron. Si no aprovechaban los pocos minutos de tranquilidad que tenían para divertirse y aislarse de la vida real, ¿qué les quedaba?
-      Peeta, Peeta – llamó Katniss, acercándose a su oído -, despierta.
Peeta comenzó a abrir los ojos. Finnick se acercó un poco más a él, entrecerrando los suyos. De repente, Peeta abrió los ojos del todo y saltó hacia atrás, alejándose hacia las armas, gritando.
Katniss fue la primera en empezar a reírse, y la cara de indignación de Peeta fue bastante para que Finnick la siguiese. Cayeron sobre la arena, sujetándose el estómago sin dejar de reírse.
Eran aliados. Podría incluso atreverse a decir que estaban en el borde para llegar a ser amigos. Por poco tiempo, pensó él, y la sonrisa se le congeló en el rostro.
Entonces, cayó del cielo un paracaídas. Finnick abrió la caja de metal, encontrándose con media docena de panecillos de color verdoso. El chico cogió uno, dándole vueltas entre los dedos, acariciando la corteza caliente.
“¿Ves, Finnick? Así es cómo se hace”.
Mags colocó el pan en la bandeja junto al resto, limpiándose las manos llenas de harina en el delantal.
“¿Cómo sabes hacerlo?”, preguntó el joven Finnick, pasándose una mano por el pelo.
“Bueno, digamos que he tenido muchos años para aprender muchas cosas. Y nunca sabes cuándo te vas a quedar sin pan, ¿verdad?”.
Finnick asintió. Nunca se había sentido más vulnerable que la primera noche en la Arena, cuando no había comido nada en todo el día. Entonces recibió un paracaídas lleno de panecillos, cortesía de su distrito. Nunca se había sentido más agradecido tampoco.
“¿Crees que podrías enseñarme?”, preguntó, acercándose a la mesa.
Mags rió.
“Por supuesto que no. No tienes la paciencia necesaria, harías bolas deformes de harina en lugar de pan”.
Finnick sonrió. Mags tenía razón, como siempre. Él era pescador, no panadero.
“Irá bien con el marisco”, sugirió la anciana. “Ve a pescar algo”.
-      Irá bien con el marisco – susurró, dejando el panecillo en la caja de nuevo.
Por suerte, había pescado suficiente esa mañana, por lo que se sentó a pelar todo lo que había pescado. Como Mags le había dicho años atrás, era una combinación deliciosa, una comida impensable para unos Juegos del Hambre.
Finnick fue el primero en acabar, quizá por el hambre o quizá porque todo le recordaba a Mags y era demasiado doloroso. Se acercó a la playa y comenzó a lavarse las manos. Entonces, la parte de la selva que se encontraba frente a ellos comenzó a agitarse y una enorme ola golpeó contra la Cornucopia, deteniéndose como la niebla lo había hecho. Parecía como si todo siguiese una especie de orden. Empezar aquí, parar ahí. Un bucle. El agua agitada llegó hasta la playa donde se encontraban, arrasando con todo aquello que no pudieron coger a tiempo. Un aerodeslizador apareció en el cielo, llevándose un cuerpo de otro tributo caído apenas segundos después del cañonazo. Doce. Finnick se acarició la muñeca, rozando el metal de la pulsera con las manos y miró a Katniss. Sin embargo, la chica tenía la mirada clavada en algún punto a su derecha, con el ceño fruncido y la mano a medio camino del carcaj.
-      Ahí – señaló.
Finnick entrecerró los ojos, fijando su mirada en tres figuras que avanzaban por la Arena. Una de ellas llevaba la delantera, arrastrando a otra que parecía estar muriéndose. La tercera caminaba tras ellos, haciendo aspavientos con las manos.
-      ¿Quiénes son? – preguntó Peeta, dando un paso al frente -. ¿O son mutaciones?
No, no eran mutaciones. Eran tributos. La cuestión era si aliados o no.
Entonces, la figura que estaba siendo arrastrada cayó al suelo, inconsciente, tendida sobre la Arena. La que lo llevaba comenzó a dar patadas al suelo, levantando arena por todos lados. La tercera persona se acercó a ella, recibiendo un empujón.
No cabía duda.
-      ¡Johanna!
Salió corriendo. Por fin. Necesitaba una cara amiga, alguien de la que no tuviese que cuestionarse su confianza. Katniss y Peeta lo habían aceptado como aliado, estaba claro, pero eran los Juegos del Hambre. Los aliados solo son amigos hasta que llega el momento, y, aunque Finnick estuviese dispuesto a morir por Katniss, por Panem, ella no era consciente de eso. Y tampoco Peeta.
Llegó hasta Johanna y la envolvió en un abrazo. La chica apoyó la cabeza en su hombro, suspirando. Estaba cubierta de sangre de los pies a la cabeza, como si se hubiese bañado en ella. Finnick la estrechó con fuerza.
-      ¿Estás bien? – susurró el chico.
Johanna asintió, apartándose de él.
-      Es una locura, Finnick – comenzó -. Ahí dentro. Es una tortura constante. No hay descanso, no hay seguridad. En ningún sitio.
-      Lo sé, Jo.
-      ¿Qué te ha pasado a ti? ¿Con qué te has encontrado?
-      Niebla venenosa y mutos. ¿Tú?
-      Sangre. Montones de sangre. Creíamos que era lluvia, por los relámpagos, y teníamos mucha sed, pero cuando empezó a caer, resultó ser sangre. Sangre caliente y espesa. No se podía ver, ni hablar sin llenarte la boca. Estuvimos dando tumbos por ahí, intentando salir. Entonces Blight se dio contra el campo de fuerza.
Finnick bajó la cabeza. No quiero ser un héroe ni un mártir. Pero si me aseguráis que mi mujer va a estar a salvo y me prometéis una vida mejor para ella, yo estoy dentro. Blight había sido el primero en unirse a la alianza. Miró a Johanna, mordiéndose el labio.
-      Lo siento, Johanna.
-      Sí, bueno, no era gran cosa, pero era de casa – Finnick sabía que, en parte, simplemente fingía. Simplemente intentaba esconder la pena por la pérdida, por muy tenue que esta fuese, bajo esa máscara suya -. Y me dejó sola con estos dos. Le clavaron un cuchillo en la espalda en la Cornucopia – comentó, golpeando levemente a Beetee con el pie -. Y ella…
Majara continuaba dando tumbos por la Arena, susurrando ‘tic, tac’ una y otra vez. Finnick desvió la mirada de nuevo hacia su amiga.
-      Sí, lo sabemos, tic, tac. Majara ha sufrido una conmoción. Quédate quieta, ¿quieres? – ordenó Johanna, empujando a Wiress.
Entonces, Katniss dio un paso al frente, agarrando a Wiress del brazo.
-      Déjala en paz.
Johanna la miró con odio, avanzando hacia ellos. Finnick ni siquiera se lo esperaba hasta que escuchó la mano de Johanna estallar contra la mejilla de la chica en llamas.
-      ¿Qué la deje en paz? ¿Quién te crees que los sacó de esa puñetera jungla por ti? Serás…
Finnick reaccionó, cogiéndola por la cintura y arrastrándola hasta el mar. Johanna no dejó de retorcerse, gritando palabrotas a la chica, que seguía en la arena con la mano en la mejilla, mirando a Peeta. Finnick metió la cabeza de Johanna en el agua, ahogando sus protestas.
-      ¡Suéltame! ¡Voy a enseñarle más modales a esa puta niñata que nadie que…! – Finnick la sumergió de nuevo -. ¡Me dice que la deje en paz, como si no hubiese medio muerto por salvarlos! ¡Desagradecida de mier…! – Otra vez -. ¡Suéltame, Odair, antes de que te dé una patada en los hue…! – Y otra -. ¡SUÉLTAME YA!
Finnick le sujetó la cabeza, casi sin apenas sangre.
-      ¿Te vas a tranquilizar y continuar con la alianza o no?
Johanna le miró con rencor, pasándose una mano por el pelo empapado. Sin embargo, asintió y regresó a la arena, limpiándose los escasos restos de sangre que le quedaban. Finnick la siguió.
-      Entonces, ¿qué ha sido eso de la niebla? – comenzó Johanna, acabando una rebanada de pan con marisco.
Finnick tragó saliva antes de empezar.
-      Ya sabes. Blanca, espeluznante y venenosa. No era mucho más. Te alcanzaba por mucho que corrieses – Mags sonriendo y caminando hacia la niebla. El cañonazo -. Ampollas y espasmos si te rozaba. Otro juego.
Johanna asintió. Finnick sabía que ella se había dado cuenta, era demasiado lista. Apretó la mandíbula y se levantó.
-      Yo hago la primera guardia – dijo, ofreciéndose.
-      No, yo la haré – dijo Katniss -. Tú la hiciste anoche, es mi turno.
-      Todo lo que he visto hoy me ha quitado el sueño. Yo me quedo también - Johanna se sentó junto a Katniss, con el hacha en la manos.
Finnick asintió, tumbándose alejado del resto. Consiguió dormir a ratos, aferrando su tridente, pero las imágenes se sucedían en su cabeza una y otra vez. Mags muriendo. Él, asesinando a todos sus amigos, a todos sus aliados, a Johanna Mason. Saliendo de la Arena, proclamándose vencedor, volviendo con Annie. Cuando despertó por quinta vez, sudoroso y temblando, se encontró con Johanna frente a él, mirándolo con los ojos muy abiertos.
-      Finnick…
-      Dos cosas – interrumpió él, con la voz ronca -. Primera: ni se te ocurra decir algo con tono de lástima. Segunda: me alegro de verte con vida, Mason.
Johanna frunció el ceño. Finnick cerró los ojos un segundo, pasándose una mano por la cara para apartarse el sudor.
-      Bien – susurró Johanna a su lado -. ¿Qué tal con ellos?
El chico inspiró con fuerza.
-      Creo que no confían en mí. Aún.
Johanna miró a Katniss, que continuaba junto a Wiress, tumbada con la cabeza en su regazo. Finnick cerró los ojos, recordando sus pesadillas. Su tridente enterrándose en el pecho de Johanna, abriéndole una sonrisa roja a Katniss en el cuello.
-      No creo que pueda seguir con esto – dijo, tumbándose de espaldas.
-      ¿Con la alianza?
-      No. Con todo esto – añadió, abarcando la Arena con los brazos -. No es como la primera vez. Era un crío y no tenía nada por lo que luchar. Pero ahora lo tengo y… quiero vivir, Jo.
-      Como tod…
-      El problema – continuó -, el problema es que me he imaginado matándoos para salir de aquí. Matándote.
Johanna apretó la mandíbula. Miró a su alrededor, extendiendo la mano para acariciarle el pelo.
-      Está bien, Finn. Tranquilo. Lo raro sería que no lo hubieses pensado. Todos queremos vivir, incluso yo, aunque no tenga nada por lo que seguir luchando.
Finnick pensó en cómo había perdido Johanna todo cuanto había querido. Su familia nunca había sido importante para ella, que había sido maltratada casi desde que era niña. Pero recordaba a Nell, a quien el Capitolio había asesinado. Y Johanna también lo recordaba.
-      Jo…
-      Creía que habíamos quedado en nada de tonos de lástima, ¿verdad? – El chico asintió -. Finnick, podemos hacerlo.
-      ¿Matarnos los unos a los otros? – musitó él, y la imagen de su tridente sobre el pecho de Peeta volvió a aparecerse en su cabeza.
Johanna le golpeó suavemente en la cabeza con los nudillos.
-      No, descerebrado. Sobrevivir. Somos los miembros más fuertes del Capitolio. Ya vencimos una vez. Todos y cada uno de nosotros. No pueden vencernos desde una sala de control, ya lo hemos demostrado. No… No van a vencerme así.
Finnick se irguió, mirando directamente a los ojos de su amiga.
-      Si voy a morir – continuó ella –, si muero, quiero ver la cara de mi asesino. De mi verdadero asesino. Del verdadero enemigo.
El chico arrugó el ceño, cogiendo la mano de su amiga. Habían acordado entre todos morir para salvar al sinsajo, la imagen de la rebelión, pero ¿de verdad esa era la única opción? Finnick pensó en Katniss sacando esas bayas el año anterior. Negándose a ser controlada.
-      Johanna.
-      Fi…
-      Levantaos.
Finnick levantó la cabeza, seguido de Johanna y Peeta, a quien Katniss sacudía con frenesí. El chico se irguió, con el cuchillo en la mano.
-      Levantaos, tenemos que largarnos.
-      ¿Qué está pasando? – inquirió Peeta, mirando a su alrededor con el puño cerrado en torno al cuchillo.
-      ¿Katniss? – inquirió Finnick, con el tridente en posición defensiva.
Katniss miró a Wiress, que daba vueltas en la arena. ‘Tic, tac, tic tac’. Finnick levantó las  cejas.
-      Eh, descerebrada – Johanna golpeó con suavidad el hombro de Katniss, llamando su atención - ¿Qué pasa?
La chica sonrió, abarcando el estadio con los brazos.
-      Tic, tac.
-      Oh, dios mío. La locura de Majara es pegajosa – gruñó Johanna, apartándose -. Tú también no.
Finnick levantó una ceja, acercándose al mismo tiempo que Peeta. El chico le rozó el brazo con los dedos, obligándola a mirarlo.
-      ¿Katniss?
-      Tic, tac. La arena es un reloj.


sábado, 7 de diciembre de 2013

Capítulo 67. 'La caja de madera'.

Annie observó su reflejo en el espejo. El rostro pálido, ojeras y ojos hinchados y enrojecidos por el llanto, el pelo revuelto alrededor de su cabeza, la larga camiseta de Finnick arrugada. Emer apareció tras ella, con la carita limpia y seria. A pesar de ser tan pequeño, entendía perfectamente lo que pasaba. El niño se acercó, mirando directamente a los ojos de Annie a través del espejo, y le cogió la mano, apretándosela con fuerza. Annie cerró los ojos, sintiendo una lágrima deslizarse por su mejilla.
Lo peor no había sido aceptar que Mags había muerto. Annie sabía por qué Mags había entrado en los Juegos, por qué se había presentado voluntaria. Sabía que, tarde o temprano, tendría que morir. Y le había costado aceptar eso en su momento, por mucho que le doliese. Pero lo peor había sido verlo. Annie se había tapado los ojos en el momento en el que Mags empezó a retorcerse. No quería verlo. No podía verlo. Pero había escuchado los gemidos de dolor, tan tenues que apenas se oían, que cesaron un segundo antes de que sonase el cañón.
Annie no recordaba exactamente qué había pasado después de eso. Recordaba a Dexter, sentado en el suelo, con la cabeza entre las rodillas mientras sus hombros se agitaban al compás de sus sollozos. Recordaba el silencio del distrito entero, un duelo que significaba, no la pérdida de una vencedora, sino la de una vecina. Recordaba haberse sentado en el suelo, junto a Dexter, pero nada más. Quizá se había abandonado al llanto, al igual que su amigo. Al dolor. A la inconsciencia.
Pero recordaba a Dexter, horas después, sentado al borde de su cama, con las mejillas empapadas. Y recordaba haber arrastrado a Dexter con ella, abrazándolo, acunándose mutuamente.
Annie agitó la cabeza.
Ha muerto por mí, se repetía, una y otra vez. Yo tendría que estar ahí.
Solo es un nombre más a la lista.
Mamá.
Kit.
Mags.
Annie cayó al suelo de rodillas. Emer se situó junto a ella, quitándole las lágrimas de la cara. Annie intentó concentrarse en sus ojos, en sus ojos oscuros. Kit estaba ahí dentro, lo sabía. Emer era una imagen de su aliado y amigo. Annie dejó que el niño la mimase sin palabras, simplemente con caricias. Porque eso hacen los amigos, se cuidan los unos a los otros. Pero ella no había sabido proteger a Kit. Y nunca podría enmendar eso.
¿Aliados?, preguntaba Kit, extendiendo la mano hacia ella en la playa, vivo. Aliados, respondía Annie, cogiéndosela. Y entonces, se desvanecía, intangible como el humo. Y no era más que una sombra, y después, nada.
-      Annie.
La chica se giró, tratando de contener los sollozos. Dexter estaba en la puerta, con el traje de luto azul del distrito. Annie miró de reojo el vestido que Margaret había preparado para ella, también entre lágrimas. Annie miró a Emer, también vestido de azul. Todo el distrito estaba de luto. La chica se miró al espejo. Llevaba unos pantalones oscuros y la camiseta azulada de Finnick. Sin ni siquiera darse cuenta, ella también se había puesto de luto.
-      ¿Ya? – musitó, con la voz ahogada por sus propias lágrimas.
Dexter asintió y se acercó hacia ella para recogerla del suelo, tendiéndole una chaqueta de lana de color verde azulado. Era de Mags. Annie se abrazó con ella mientras su amigo le pasaba un brazo por los hombros.
Salieron de la Aldea de los Vencedores al mismo tiempo que el resto. Excepto Darwin y Finnick, que ejercían de mentor y tributo respectivamente, y los fallecidos, todos los vencedores del cuatro estaban allí, vestidos de azul para honrar a una de las veteranas. Annie casi se rompió cuando los vio llorar.
La playa estaba prácticamente llena cuando llegaron. Niños, adultos, ancianos, pobres y ricos, todos estaban allí reunidos para decirle adiós.
-      Dex – susurró Annie, tironeando de la manga del hombre.
Sin embargo, Dexter ya estaba hecho añicos y no dejaba de llorar.
Entonces llegó. Era una caja de madera sencilla, de un color claro. Los cuatro hombres que la transportaban la dejaron en los cuatro postes dispuestos junto a la orilla para sostenerla. Entonces, abrieron la tapa.
-      Vecinos – comenzó la alcaldesa Craster, quitándose las lágrimas de la cara -. Hoy despedimos a una gran mujer. Una de las primeras en traer honor al distrito. Una de las primeras heroínas. Si hay algo que deseéis decirle, este es vuestro momento.
El distrito calló, bajando la cabeza. Una mujer se dirigió a la caja de madera y susurró unas palabras de agradecimiento hacia la mujer que, durante el año que había ganado, había alimentado a los hijos del distrito. El siguiente fue un anciano que la había conocido durante años, que recordó a la Mags joven, que había mantenido sus ideales hasta el día de su muerte.
Más personas pasaron a decir unas palabras. Annie miró a Dex, que se esforzaba por mantenerse en pie. Ella siempre había sido buena con las palabras. Sabía expresar cómo se sentía a través de ellas. Era tan sencillo como respirar. Pero nada de lo que pudiese pensar, nada de lo que pudiese decir sería suficiente para Mags. Nada.
Finalmente, Dexter y Annie se acercaron. Mags estaba tumbada, vestida con una tela azul enrollada alrededor del cuerpo. Había algas en torno a sus extremidades y enredadas en el pelo blanco. Dos conchas estaban puestas sobre sus ojos, cerrándole los ojos a la vida y abriéndoselos al mar. Annie la miró, sintiendo como su corazón se convertía en un conjunto de esquirlas de cristal que se clavaban en su pecho.
-      Puedo hablar yo si quieres – sugirió Dexter, apartándose las lágrimas con el dorso de la mano -, pero yo no soy del distrito, Ann.
Annie asintió.
 
Es una gran pérdida
cuando la persona perdida
es persona admirada.
Es una pérdida mayor
cuando la persona perdida
es persona amada.
Es una pérdida incluso más grande
cuando la persona perdida
es persona sacrificada.
Si yo vivo, es por ella.
Ella me dio la vida,
como una madre.
Y lo fue.
Para mí y para todos.
Porque era madre, vencedora,
hermana y vecina,
hija del pueblo,
heroína.
Y…

Annie se quebró, incapaz de seguir. Dexter le puso la mano en la parte baja de la espalda, dándole apoyo, pero Annie sabía que no sería capaz.
-      No pude despedir a mi verdadera madre – le dijo, con la voz entrecortada -. Y tampoco puedo despedir a ésta.
Annie comenzó a llorar desconsoladamente, dándose la vuelta. Entonces, Annie recordó algo, una tradición, algo que compartían los hijos con sus padres. Algo único y suyo. Se inclinó hacia Mags y la besó en los labios.
-      Adiós, mamá.
Todo a su alrededor sonaba amortiguado, como si la rodease una enorme burbuja. Incluso su propia voz. Dexter la recogió antes de que perdiese fuerza en las piernas.
Cuando la noche cayó, Dexter y Annie llevaron la antorcha hacia la pira que habían formado bajo la caja. Annie se alejó en cuanto empezó a arder.
Las llamas comenzaron a ascender, lamiendo la caja. Annie entrecerró los ojos, sintiendo el calor en la cara. Tenía la sensación de que se iba una parte de ella con Mags. La sentía desprenderse y quemarse, provocándole un dolor tan intenso que no podía apenas respirar. Cuando las llamas rodearon completamente la caja, tocó el momento de la oración.
Annie agachó la cabeza, pensándola en lugar de decirla en voz alta.
Los hijos del mar, van al mar,
porque el mar es fuente de vida y de muerte.

Annie y Dexter se quedaron en la playa hasta que las olas se llevaron las cenizas, sentados en la arena. Annie apoyó la cabeza en el hombro de su amigo, con la cara entumecida por culpa de las lágrimas que no habían dejado de caer durante todo el día.
-      Ya se ha ido – dijo, clavando los ojos en el mar.
Dexter asintió.
-      ¿Qué hacemos ahora? – preguntó el hombre, pasándose una mano por la cara.
Annie lo miró.
-      Proteger a Finnick. Sacarlo de ahí. Que vuelva a nosotros.
Dexter se puso rígido, sin apartar la mirada del mar. Annie se levantó, sacudiéndose la arena de la ropa, y tiró de la muñeca de su amigo para volver a casa. Empezaba a amanecer.
En cuanto atravesaron el umbral, Margaret les puso en las manos tazas de chocolate caliente. Dexter besó a Annie en la frente y subió a su habitación, en silencio. Annie, incapaz de enfrentarse a estar sola con la televisión, salió al jardín.
Emer estaba allí, sentado en las escaleras, arrancando hierba del suelo. Annie se sentó a su lado, acunando la taza con las manos.
-      Lo siento – dijo el niño.
Annie asintió, pasándose una mano por los ojos.
-      He visto lo que has hecho. ¿Era tu madre?
La chica se detuvo. Sí, era su madre. Era más que eso. Era la madre de todos los que habían vivido en esa casa. La que había ocultado su enfermedad solo para seguir aparentando esa fuerza. La que no había tenido miedo al presentarse voluntaria, la que se había enfrentado al Capitolio así, decidiendo morir ella misma en lugar de en su juego.
Así finalizaba el poema que no había podido acabar en la playa.
-      Sí – respondió -. Era mi madre.
-      Yo quiero mucho a mi madre. También lloraría si ella se muriese.
Annie se sujetó el pecho, dejando caer la taza, y comenzó a llorar desconsoladamente. Y ni siquiera Emer pudo tranquilizarla.