sábado, 18 de enero de 2014

Capítulo 74. 'Tridente'.

Finnick miró a todos los reunidos con el interrogante en los ojos como si lo tuviese dibujado. A su lado estaba sentado Beetee, en una rústica silla de ruedas, pálido y ojeroso. Al otro lado, Katniss, que miraba al frente con la mirada perdida.
-      Bien – dijo Haymitch, cogiendo un mando a distancia -. Esta es vuestra idea de revolución.
El hombre pulsó un botón, encendiendo una pantalla en la cual podía verse a Katniss, impresionante, amenazadora y sexy, con un decorado tan artificial que parecía el mismo Capitolio. Finnick frunció el ceño. Nadie con un poco de cordura podría creerse eso. Katniss levantó el arco en la pantalla y, con una expresión demasiado sobreactuada, gritó una única línea estúpida.
-      ¡Pueblo de Panem: lucharemos, desafiaremos y acabaremos con nuestra hambre de justicia!
Penoso. Finnick se pasó una mano por el pelo. No la culpaba, Katniss estaba pasando por un momento tan horrible como el suyo, y lo que le habían pedido para esa grabación era demasiado organizado, demasiado irreal. Le puso una mano en la rodilla para tranquilizarla.
-      De acuerdo – dijo Haymitch, apagando la pantalla -. ¿Alguien está dispuesto a afirmar que esto nos va a servir para ganar la guerra? – Finnick miró a su alrededor. Nadie habló -. Eso nos ahorra tiempo. Bueno, vamos a guardar silencio un minuto. Quiero que todos penséis en un incidente en el que Katniss Everdeen os conmoviera. No cuando envidiabais su peinado, ni cuando su vestido ardió, ni cuando disparó medio bien con un arco. No cuando Peeta hacía que os gustara. Quiero oír un momento en el que ella en persona os hiciera sentir algo real.
Finnick miró a Katniss, que tenía la mirada clavada en la mesa. Un momento en el que ella lo hubiese conmovido de verdad, en el que ella le gustase como Katniss Everdeen y no como la trágica amante en llamas del distrito 12.
-      Cuando se ofreció voluntaria para ocupar el lugar de Prim en la cosecha – comenzó un soldado -. Porque estoy seguro de que pensaba que iba a morir.
-      Bien, un ejemplo excelente – gruñó Haymitch, inclinándose sobre un cuaderno -. Voluntaria en lugar de su hermana en la cosecha. Otro.
Un torrente de momentos comenzaron a salir de las bocas de todos los presentes. Cuando Katniss le cantó a Rue mientras moría, cuando drogó a Peeta para ir al banquete a salvarle la vida, cuando se alió con Rue…
-      Cuando intentó cargar con Mags – añadió Finnick, tragándose las lágrimas que amenazaban con trazar surcos en sus mejillas.
-      Bien. Otro.
-      Cuando Peeta se estrelló contra el campo de fuerza – continuó Finnick -. Su reacción. Cuando pensaba que lo había perdido.
Haymitch levantó la mirada del cuaderno, con una ceja levantada, pero continuó escribiendo sin hacer el menor comentario.
-      Y cuando despertamos a Peeta delante de su cara.
Katniss sonrió levemente, y su equipo de preparación dejó escapar unas risitas, pero Haymitch no apuntó ese momento, sino que dejó el cuaderno sobre la mesa y se dirigió a todos.
-      Entonces, ésta es la pregunta. ¿qué tienen todos estos acontecimientos en común?
-      Que eran Katniss – respondió Gale, el primo de Katniss, mirándola de reojo -, nadie le estaba diciendo qué hacer ni qué decir.
-      ¡Sin guión, sí! – exclamó Beetee, alargándose para darle una palmada en la mano -. Así que solo tenemos que dejarte solita, ¿verdad?
Finnick sonrió, mirando a su amiga. Katniss tenía mucho por explotar siendo ella misma. Lo sabía. Lo había visto.
-      Bueno, todo esto está muy bien – comenzó una de las estilistas de Katniss, acariciándose el pelo -, pero no ayuda mucho. Por desgracia, sus oportunidades para ser maravillosa son muy reducidas en el 13. Así que, a no ser que estés sugiriendo lanzarla al combate…
-      Eso es justo lo que estoy sugiriendo.
Finnick se irguió. Si Katniss, mentalmente desorientada como estaba, podía ir al combate, participar en la guerra, quizá el también podía ir. Hacer algo más que no fuese únicamente mirar y esperar.
-      Pero la gente cree que está embarazada – comentó Gale, frunciendo el ceño.
-      Haremos correr la voz de que perdió al bebé por culpa de la descarga eléctrica de la Arena. Muy triste, una desgracia.
-      O sea, que era todo una mentira… - susurró Finnick para sí.
Continuaron hablando, pero Finnick ya no prestaba atención. La posibilidad de dejar de ser un bulto más en el distrito 13 a convertirse en un soldado le había despertado. Quería hacerles pagar. Quería hacer algo más que estar encerrado en el subsuelo, para empezar.
-      Muy bien, vayamos a prepararnos – anunció Boggs, levantándose.
Finnick fue tras él, dejando atrás a Beetee.
-      ¿Sí, soldado Odair? – preguntó, antes incluso de que él pudiese abrir la boca.
-      Quiero ir.
-      No.
El alma se le cayó a los pies. ¿Por qué no lo dejaba ir? Estaba en las mismas condiciones que Katniss, él también era un vencedor y, aunque no tuviese la misma importancia para la rebelión, también podía hacer algo en pantalla. Aunque solo fuese poner la voz.
-      Es injusto – gruñó, agarrándolo por la manga -. Estoy bien, igual que ella. Quiero ir.
-      No.
-      ¡Pero quiero hacer algo!
-      Lo mejor que puedes hacer es quedarte aquí haciendo nudos. Es lo que dice tu médico.
-      Ese viejo es idiota – escupió Finnick -. Llevamos trabajando semanas y siempre dice lo mismo. Todo va a salir bien, estás en buenas manos… Por favor, aunque solo sea desde arriba…
Boggs se paró en seco, golpeándolo con el codo.
-      No y punto.
-      ¡Pero es injusto!
-      Estás teniendo la pataleta de un crío de tres años, soldado Odair. No seas caprichoso. Si tu médico dice que no, yo no estoy autorizado.
Finnick lo fulminó con la mirada y se dio la vuelta. Si su estúpido e inepto médico no lo autorizaba, él se autorizaría a sí mismo.
Corrió a la sala de mandos, donde encontró un armario lleno de trajes de guerra. Se quitó los pantalones rápidamente. Tenía que darse prisa para evitar que lo descubrieran.
-      ¡Odair!
Finnick se mordió el labio y cogió rápidamente el traje. Sin embargo, el soldado que lo había visto era mucho más rápido que él. Lo cogió por el hombro y le quitó el traje de un tirón, arrancándoselo de las manos. Finnick corrió en la otra dirección, directo a la División Aerotransportada, donde estarían los aerodeslizadores a punto. Con un poco de suerte, podría subirse al aerodeslizador a tiempo.
Divisó a Boggs unos metros más allá, acompañando a Katniss. La chica llevaba en la mano un arco de última tecnología, una auténtica belleza armamentística. Finnick gritó, ella era su última esperanza.
-      ¡Katniss! – La chica se giró, mirándolo con las cejas levantadas -. ¡Katniss, no me dejan ir! ¡Les dije que estoy bien, pero ni siquiera me dejan quedarme en el aerodeslizador!
Llegó junto a ella, cogiéndola del brazo. La chica chasqueó la lengua, golpeándose la frente con la palma de la mano.
-      Ay, se me había olvidado, es por esta estúpida conmoción cerebral: se supone que tenía que decirte que fueras a ver a Beetee en Armamento Especial – dijo, mirándolo con una media sonrisa -. Ha diseñado un nuevo tridente para ti.
Finnick miró el arco con ojos golosos. Un tridente con la misma tecnología y, lo que era mejor, con la tecnología de Beetee, sería algo que merecía la pena ver. Otra belleza mortal, como Annie lo hubiese llamado en sus poemas.
-      ¿De verdad? ¿Qué hace?
-      No lo sé – respondió Katniss, acariciando la curva de su arco -, pero si se parece a mi arco y mis flechas, te va a encantar. Tendrás que entrenar con él, eso sí.
Finnick sonrió, emocionado. La perspectiva de volver a entrenar, de prepararse con su viejo amigo era casi tan emocionante como ir en aerodeslizador. Incluso mejor.
-      Claro, por supuesto. Será mejor que baje.
El chico comenzó a darse la vuelta. Iba a entrenar. Iba a dejar de ser inmóvil en el distrito, en la guerra.
-      Finnick, ¿y si te pones pantalones?
Finnick bajó la mirada. Había olvidado los pantalones en la sala de Mando, cuando se los había quitado para ponerse el traje. Se giró hacia Katniss, sonriendo pícaramente mientras se arrancaba el camisón.
-      ¿Por qué? ¿Es que esto te distrae?
Se apoyó en la pared, exagerando una pose provocativa mientras se mordía el labio seductoramente. Katniss rió, mirando a Boggs de soslayo.
-      Es que tengo sangre en las venas, Odair.
Las puertas del ascensor se cerraron, dejando al chico medio desnudo en mitad del pasillo. Finnick se giró, rascándose la cabeza. Una chica que pasaba por allí se lo quedó mirando con la boca abierta, casi dejando caer un cesto lleno de ropa. Finnick se acercó a ella.
-      ¿Es que a ti también te distrae?
La chica se puso roja como un tomate. Finnick rió y salió corriendo, casi chocando con un hombre de mediana edad que apenas tuvo tiempo para apartarse.
-      ¡Finnick! – gritó -. ¿Qué haces… así?
Finnick se giró y se encontró cara a cara con Haymitch, vestido con un traje oscuro que le sentaba como un guante. Finnick observó cómo el hombre tironeaba del cuello del traje, demasiado pegado a la piel.
-      ¿A ti te distraigo también?
Haymitch se quedó tenso, mirándolo con la boca entreabierta. Cuando recuperó la compostura, agitó la melena y soltó una risotada.
-      Menos mal que no se pierden las viejas costumbres, ¿eh, Odair?
Finnick le sonrió y continuó corriendo. Su tridente nuevo le estaba esperando.

sábado, 11 de enero de 2014

Capítulo 73. 'Fue tu culpa'.

Annie sentía la mejilla dolorida. Abrió los ojos con cuidado, pero tuvo que cerrarlos rápidamente debido a la luz cegadora que había sobre ella. La chica relajó el cuerpo que había tenido en tensión hasta ese momento y giró la cara para no volver a encontrarse con la luz blanquecina.
-      Annie… - susurró alguien a su derecha.
La chica respiró hondo y abrió los ojos. Estaba en una sala blanca como la nieve. Escuchaba pitidos constantes a su alrededor, perforándole los oídos. Annie sintió la aguja clavada en la parte interna de su brazo y desvió la mirada hacia ahí, persiguiendo el tubo que la conectaba con un gotero. La chica tragó saliva, sintiendo el estómago revuelto.
-      Annie.
La chica se giró hacia la voz. Junto a ella, se encontraba una chica. Probablemente, Johanna no había hablado en voz baja. Quizá estuviese gritando, pero su voz quedaba amortiguada por el cristal que las separaba. Annie hizo ademán de levantarse, pero todo su cuerpo estaba sujeto a la cama en la que se encontraba por correas de cuero. Johanna la miró desde el otro lado, con los ojos llorosos. Johanna Mason a la que prácticamente nadie había visto llorar.
-      Jo… - susurró Annie.
La chica al otro lado del cristal clavó en ella la mirada, mordiéndose un labio ensangrentado. Annie observó a la muchacha, semidesnuda, tapada únicamente por una túnica fina que dejaba al descubierto brazos  y piernas amoratados y delgados. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Cuánto tiempo llevaban allí? Annie desvió la mirada hacia su propia piel, pero seguía blanca, sin rastro de hematomas.
-      Annie – volvió a decir Johanna.
Entonces, como si la voz de Johanna hubiese hecho despertar a su cerebro, Annie empezó a recordar. Cómo se habían apagado las pantallas. La pequeña visión de la Arena estallando. Margaret en el suelo. Dexter…
Annie hizo ademán de taparse la cara con las manos, pero las correas se lo impedían. La impotencia comenzó a abrirse paso en su interior, dando lugar a un estado de ansiedad que no tardó en apoderarse de ella. Annie sentía la conocida opresión en el pecho, la falta de aire. Vio a alguien vestido de blanco entrar en la habitación por el rabillo del ojo y situarse junto a su cama. Pronto, se relajó hasta quedarse dormida.
Cuando volvió a despertar, ya no había luz sobre ella. Annie intentó mover las manos, pero sus muñecas seguían atadas a la cama fuertemente, al igual que sus tobillos y cintura. Annie dejó salir el aire de sus pulmones. Entonces, escuchó el grito.
Annie Cresta había escuchado muchos gritos a lo largo de su vida, incluso los suyos propios, pero nunca uno tan desgarrador como aquel. Era el grito de alguien que se había obligado a no gritar durante muchos años. El grito de alguien que nunca le habría dado a nadie la satisfacción de sufrir así. Un grito arrancado por la fuerza. 
Annie giró la cabeza. Johanna Mason estaba al otro lado del cristal, tendida sobre una mesa de metal y rodeada de personas vestidas de blanco que sujetaban extraños aparatos. Johanna estaba empapada, y las zonas de piel al descubierto mostraban quemaduras y moretones. Annie se mordió el labio, tirando impotente de las correas que la sujetaban. Una mujer le dijo algo a Johanna, a lo que ella respondió girando la cara hacia Annie. La chica cerró los ojos y apretó la mandíbula.
Entonces, la mujer colocó sobre la piel de su estómago uno de los aparatos y Johanna empezó a agitarse, dando gritos.
-      ¡Johanna! – chilló Annie, tirando con fuerza de la correa -. ¡Jo!
La mujer apartó el aparato, dejando a la chica flácida sobre la mesa. Johanna dejó caer la cabeza, al mismo tiempo que un hilo de sangre corría por la comisura de su boca. Los torturadores hablaron entre ellos, correteando alrededor de la mesa, mientras Annie gritaba observando a su amiga con rabia. Uno de ellos cogió un nuevo aparato de la mesa y agitó la mano hacia otros dos, que agarraron la cabeza de Johanna con fuerza y le abrieron la boca. El torturador introdujo el aparato en ella y se apartó. La misma mujer de antes volvió a colocar aquella cosa sobre su piel.
-      Horrible, ¿verdad?
Annie giró la cabeza, desesperada. Junto a su cama, se encontraba un hombre de mediana edad, con la piel de un extraño color amarillo y el pelo lila oscuro. El hombre sonrió, mirando fijamente a una jeringuilla cargada de líquido trasparente.
-      Yo hablaría para que me dejasen de tratar así. Tiene que estar sufriendo.
Annie se mordió con fuerza la lengua, sintiendo el sabor de la sangre extenderse por toda su boca. Como si a aquel monstruo le importase el dolor que Johanna pudiese estar sufriendo. Los gritos de la joven le taladraban los oídos. Se preguntó si Finnick se había sentido así escuchando los charlajos, si había sentido esa impotencia. Volvió a sentir deseos de taparse los oídos, pero sus muñecas atadas se lo impedían.
-      Es una lástima – continuaba el hombre -. El Capitolio siempre se ha desvivido por sus vencedores. Y así nos lo pagan…
Annie tiró de nuevo de las correas. Tenía que haber un modo de romperlas. Miró a Johanna, que se agitaba sin control en la sala de al lado. Uno de los torturadores no dejaba de gritarle cosas que Annie no podía entender por mucho que quisiera, pero Johanna no respondía. No podría responder si no dejaban de aplicarle descargas.
Annie Cresta gritó, llamando a Finnick, llamando a Mags, a Dexter, incluso a Johanna Mason. El hombre a su lado volvió a pincharle el brazo y apenas un segundo después, ya estaba dormida y sin sueños.
Despertó una tercera vez. Le pesaba la cabeza como si la tuviese llena de cemento, pero estaba relajada, y ella conocía bien esa sensación. Sabía que la estaban drogando con morflina, y en parte lo agradecía. El dolor se había ido, dejando tras de sí pesadez y aturdimiento, pero no importaba. Estaba bien.
Ni siquiera entendía qué hacía allí. Era una sala diferente. Sin cristales, sin luces blancas, vacía. Ella estaba sentada en un sillón, con unas esposas de metal rodeando sus muñecas, que parecían en carne viva, y un tubo de plástico sobresalía de la parte interna de su antebrazo derecho. Annie siguió el tubo con los ojos hasta dar con una bolsa llena de líquido trasparente.
Morflina, morflina, canturreó en su mente, acariciándose los pulgares. Sintió un suave pinchazo allí donde las esposas rozaban su piel destrozada, pero no dolía ni escocía. La morflina ahogaba ese dolor punzante.
Sintió la estúpida necesidad de escribir como una loca. Las frases y los poemas se sucedían por su cabeza a una rapidez vertiginosa y, extrañamente, la mayoría de ellos tenía que ver con la morflina. Rió, disfrutando de ese estado de tranquilidad.
-      Vaya.
Annie giró la cabeza, procurando mantener los ojos bien abiertos. Aquella voz había penetrado en su cerebro como un hierro al rojo vivo, eliminando cualquier rastro de bienestar. Esa voz se había convertido en una alerta de que algo horrible estaba a punto de suceder. En el augurio de algo doloroso. Y ni siquiera la morflina podía eliminar eso.
-      Annie Cresta, al fin solos.
El Presidente Snow se sentó frente a ella, separados por una mesa de madera en la que su mente dormida ni siquiera había reparado. Annie alargó las manos para tocarla, para asegurarse de que era real. Si la mesa no era real, quizá el Presidente tampoco lo fuera, y no fuese más que un juego sucio de su imaginación. Pero, desafortunadamente, eran tan reales como ella misma.
-      ¿Cómo te encuentras?
Annie levantó una ceja, y ese sencillo movimiento hizo que su cabeza comenzase a dar vueltas. Empezaba a desvanecerse el efecto de la morflina y ya no tenía tantas ganas de hacer poemas.
-      Debe ser una broma – dijo con voz pastosa.
Snow sonrió, mostrando una fila de dientes blancos.
-      Créeme, me escuece esta situación. Todo lo que siempre he querido es la paz.
-      Mentiroso.
La sonrisa del Presidente se desvaneció y clavó en Annie su mirada de serpiente. Annie se obligó a mirar a otro lado.
-      ¿Has estudiado Historia, Annie Cresta? ¿En el colegio? Si has estudiado Historia, entonces sabrás que los Juegos se crearon para mantener la paz entre los distritos y el Capitolio. Si vosotros no sois capaz de entender eso, es problema de vuestra ignorancia.
Annie se levantó del sillón, ignorando la pesadez de su cabeza, que empezó a dar vueltas tan pronto como se puso en pie.
-      ¡Mató a Kit! ¡Y a Mags! ¡Y a Dexter! ¡Y le costaría poco matarnos a todos!
Snow la miró, pasándose la lengua por los labios.
-      Mags se suicidó, niña. Y permíteme, pero no recuerdo haber matado a ningún Dexter. Y Kit…
Annie rompió a llorar. Dexter, su amigo, lo más parecido que había tenido nunca a un hermano o incluso un padre… Snow lo había matado y ni siquiera sabía su nombre.
-      A Kit lo mató usted, no el chico del cinco. A todos esos niñ…
Snow negó con el dedo, callándola.
-      No, querida. A Kit… a Kit Grobber lo mataste tú.
La chica frenó en seco, dejándose caer de nuevo al sillón. La cabeza le daba vueltas, al igual que su estómago. Ella no había matado a Kit. Lo recordaba. Sus recuerdos aún la torturaban con la imagen de su sonrisa a ras del suelo, congelada, separada del resto de su cuerpo. Se llevó las manos a los ojos.
-      No, no…
-      A veces me preguntó qué hubiese pasado si no os hubieseis aliado. Quizá él seguiría vivo y tú… Bueno, siendo honestos, querida, ambos sabemos que no hubieses ganado de no ser por ese minúsculo golpe de suerte.
Annie apartó las manos de sus ojos y las vio llenas de sangre. Sangre que no era suya.
-       No fui yo. No fue el chico del 5. Fue vuestra alianza, una que sabíais ambos que no podríais mantener, la que lo mató. Mis manos están limpias de sangre, Annie Cresta.
Pero las mías no.
Annie volvió a mirarse las manos, pero ya no eran solo ellas las que estaban llenas de sangre. Todo a su alrededor estaba lleno de manchas rojas, como los pétalos de una rosa. El olor a rosas impregnó su nariz, agitando aún más su estómago.
-      Y no solo Kit… ¿Por qué murió tu madre? ¿Y Mags? ¿Y por qué morirá Finnick si no colaboráis tú y tu especie?
Por mí, por mí, por mí.
Siempre por mí.
-      Ahora dime lo que sabes sobre ese… plan que tenía tu novio y lo dejaré vivo.
-      ¡Es mentira!
Annie saltó sobre la mesa, tirándolo todo a su paso, y se abalanzó sobre el Presidente Snow. Ella no había matado a nadie. Había sido él. Él y sus horribles Juegos. Kit estaba muerto por su culpa, y Mags, y Dexter, y todos ellos, toda su especie, también lo estaría por él. Llevaba el olor a muerte impregnado en la ropa.
Annie hizo ademán de arañarle la cara, pero un brazo la agarró por la cintura y la empujó lejos, haciéndola golpear con el suelo. Su visión se convirtió en un campo rojo con puntitos negros que no desaparecían por mucho que pestañease. Se llevó las manos a la frente e, incluso sin ver, sintió la sangre caliente deslizarse por sus dedos.
-      … otra vez. Ahora que ha recuperado la consciencia, es un señuelo mucho más eficaz.
La recogieron del suelo con brusquedad. Annie se mareó varias veces en los brazos de aquel hombre que la llevaba, pero alcanzó a ver la sangre salpicar el suelo inmaculado por el que pasaban. La tumbaron sobre una cama de metal, igual que aquella en la que había estado Johanna, atada de manos y pies.
-      ¡No! – gritó alguien a su derecha -. ¡No os atreváis!
Annie deseó que fuese rápido. Pero Snow no se caracterizaba precisamente por la misericordia. Si iba a matarla, se aseguraría de que fuese un infierno.
-      ¡No!
Algo se posó sobre la piel de su estómago y, después, no sintió nada más que un dolor atroz que le recorrió el cuerpo de arriba abajo. Una vez. Dos. Tres. Y después nada más.

lunes, 6 de enero de 2014

Hello Cold World.


* ¡Hooooooola, pequeños! Espero que los Reyes hayan venido cargaditos este año para vosotros. Y si no, bueno, aquí os dejo un regalito. Sé que es corto, muuuuuuuuuy corto, pero lo encontré el otro día y bueno, me apetecía compartirlo con vosotros. Creo que se nota perfectamente por qué está influenciado. Espero que os guste, ña*.

Bien, imaginemos esto. Vivimos en un cuento de hadas, dónde todo es perfecto. Las brujas se convierten en cenizas, las princesas llevan vestidos largos y zapatos caros de tacón, los príncipes azules llegan a recogerlas en su caballo blanco, los hechizos se curan con un beso de amor verdadero, hay cerditos arquitectos, lobos superdotados que saben hablar, hadas que cambian el mundo con su varita mágica, enanitos enfadados que cambian sus picos y palas por canciones, zapatos de cristal a media noche, patos que se convierten en cisnes, niños que no quieren crecer, esculturas de madera de pino que cobran vida, ballenas que no muerden cuando tragan, chicas buenas maltratadas que siempre acaban con todo lo malo, calabazas que se convierten en carrozas, ratones diseñadores, mundos de paz y amor, donde siempre se vence al mal.
Ahora, quizás tú prefieras vivir imaginando un mundo así, mágico. Un mundo como ése, dónde todo siempre acaba siendo bueno. Quizás lo hagas porque tu vida real es demasiado trágica o porque no puedes aceptar que vivimos en un mundo frío. Sí, en un mundo donde lo bueno escasea, dónde lo perfecto es lo único que importa y, de hecho, hay demasiada poca perfección. Un mundo donde no hay ni princesas, ni las brujas se destruyen siempre, ni los príncipes son azules, ni los besos curan heridas, ni la gente cambia el mundo con una varita mágica. Porque es muy bonito decir “Ella cayó en un sueño profundo, el príncipe vino a rescatarla…” y el resto ya lo puedes imaginar. También es muy lindo decir “Los tres cerditos construyeron una casa de ladrillo y el lobo sopló y sopló, pero la casa no tiró”. Y todas hemos soñado con ese zapato de cristal a media noche, hemos mirado las calabazas pensando en la genial carroza de cenicienta y hemos buscado hámsters que pudiesen zurcir un trozo de tela, aún sabiendo perfectamente que la realidad no es ni por asomo así. O bien has sido un pato toda tu vida y cada cumpleaños, al soplar una vela, has deseado ser un cisne.
Honestamente, prefiero vivir en este mundo frío. Porque un mundo mágico o un cuento de hadas nos hacen soñar y cuando caemos, el golpe duele muchísimo más y nos congelamos de frío. En cambio, yo acepto esta sociedad congelada, porque si lo bueno escasea, esa escasez merece el doble la pena. Y si lo perfecto es lo único que importa, bien, quizás yo no soy perfecta, pero estoy trabajando en ello. Y no, no hay ni princesas felices, ni las brujas mueren, ni los príncipes son azules, ni los besos curan heridas. Pero hay gente feliz que no le importa si las brujas les joden la vida, si tienen una vida de princesa, si los príncipes son de colores o si los besos sanan, a la que no le importa si hay vestidos preciosos, zapatos de cristal o hadas. Gente que se conforma con tirarse en la cama, con una sudadera, vaqueros y zapatillas, con su grupo favorito en los oídos y gritándole al mundo: Sí, hola, mundo frío.



sábado, 4 de enero de 2014

Capítulo 72. 'Nudos'.

Recordaba haber visto la luna. La verdadera luna, escondida tras un manto de nubes grises. Se había agarrado a esa visión mientras la realidad estallaba en pedazos. Se había prometido morir mirando algo hermoso. Pero la vida no estaba dispuesta a abandonarlo tan rápidamente.
Finnick enredó sus dedos en el trozo de cuerda, volviendo a hacer otro nudo. Era incapaz de mantener la concentración. Annie estaba en el Capitolio. Era un anzuelo, un rehén para llegar hasta él. Eso era lo que había conseguido amándolo. La odiaba por ello, por quererlo tanto como para que ese amor fuese su condena, y así mismo se odiaba él. Sabía que su reacción ante los charlajos había sido clave.
Si no hubiese gritado.
Si no hubiese llorado.
Si no hubiese perseguido su voz.
Ella estaría en casa.
La mano de su doctor se posó sobre su brazo, pero él no lo notó. Nunca lo notaba. Solo sentía el peso en el pecho y el escozor en los dedos que le recordaba que él estaba a salvo en el distrito 13 y ella estaba siendo torturada por una información que no tenía.
El aerodeslizador había estado reservado para sacar a Katniss de la Arena desde que se había planeado la alianza, pero la destrucción del estadio había originado más contratiempos, como rescatar a un Beetee moribundo y a un Finnick al borde de la locura. Peeta, Johanna y Enobaria, por otro lado, habían sido llevados al Capitolio, donde probablemente estaban siendo maltratados, todo por una alianza de la que, de ellos tres, solo Johanna era consciente.
Pero Snow necesitaba algo que utilizar en contra de Finnick. Los charlajos habían sido una prueba, una prueba en la que Finnick se había delatado. Por ello, apenas habían tardado horas en coger a Annie y llevarla al Capitolio. Finnick no podía parar de pensar en qué le estarían haciendo.
Un cliente le había contado una vez cómo Snow torturaba para sacar información. Había oído hablar de cosas tan horribles que había preferido guardarlas en el rincón de su mente destinado a los secretos  que esperaba utilizar algún día, pero nunca pensó que esos secretos lo atormentarían a él. Imaginarse a Annie siendo víctima de todas esas torturas era algo que le hacía querer morir.
Estaría mejor muerta. Todos lo estaríamos.
-      Finnick – decía su doctor. Todo sonido quedaba amortiguado.
Finnick cerró los ojos con fuerza. ¿Se habría sentido ella así? ¿Annie? Por fin, el podía entender por qué ella quería taparse los ojos y los oídos constantemente, o por qué se arañaba los ojos y la cara. Intentaba ahogar el dolor que sentía dentro a través del dolor físico, pero no tenía en cuenta que lo que sentía ahogaba todo lo demás. La desesperación, la impotencia, el miedo… Finnick nunca se había sentido tan mal, ni siquiera en sus peores momentos.
-      Finnick – repitió el doctor, por enésima vez.
Finnick sabía que el hombre estaba haciendo un auténtico esfuerzo por cuidarlo durante horas sin perder la paciencia. Pero, por alguna razón, no encontraba las palabras necesarias para darle una respuesta. Su mente no dejaba de arrepentirse. Por los charlajos, por no haberla escondido bien.
¿Y qué habría sido de Dexter? Su amigo, a quién le había confiado todo cuanto tenía. Probablemente estuviese muerto, y lo prefería así. Vivo solo sería torturado hasta que se diesen cuenta de que no valía la pena. Y todo por algo que ni de lejos tenía que ver con él.
Finnick se hizo un nudo en torno al dedo enrojecido y lo miró con los ojos entrecerrados. Ojalá estuviese muerto. Ojalá todos los estuviésemos. Finnick apretó un poco más el nudo. Escocía, pero no era suficiente. No era suficiente para alejarla de su cabeza.
-      Finnick – había dicho Haymitch, cogiéndole de la muñeca, horas después de que tuviesen que dormir a una Katniss enloquecida.
-      ¿La tenéis? – dijo él, con la voz ahogada.
Haymitch solo negó con la cabeza, bajando la vista. Y Finnick fue el que enloqueció.
Apenas había visto a Katniss desde que habían llegado al trece. Sospechaba que ella estaba igual que él. Igual de desesperada por saber dónde estaba Peeta, qué estaban haciendo con él. Igual de loca. Mentalmente desorientados, como rezaban las pulseras de plástico que ambos llevaban. Finnick bajó la mirada hacia la suya, de color naranja brillante. Mentalmente desorientado, pensó, acariciando el plástico.
-      Finnick.
El chico levantó la vista, dando un tirón de la cuerda. El doctor estaba frente a él, subiéndose las gafas mientras golpeaba con un lápiz en cuaderno que tenía sobre las rodillas.
-      Dime cómo te sientes.
Finnick soltó un bufido. Le hubiese gustado saber qué contestó Annie la primera vez que Dexter le hizo esa pregunta. Probablemente, había cogido el cuaderno y se había puesto a escribir. Finnick alargó la mano hacia el cuaderno, pero la dejó caer a medio camino. A él nunca se le habían dado bien las palabras.
-      ¿Quieres algo, Finnick?
-      Quiero a Annie viva – gruñó, recuperando la cuerda entre los dedos.
El doctor apartó la mirada del muchacho mientras este hacía más nudos.
Annie, cayendo al suelo con la cara amoratada.
Dexter, muerto en medio de un charco de sangre cada vez más grande.
Mags, caminando hacia la niebla.
Finnick cerró los ojos mientras sus dedos hacían nudos, uno por cada uno de ellos. Annie, Dexter, Mags. Y vuelta a empezar.
De repente, alguien irrumpió en la pequeña habitación.
-      Lo reclaman – dijo el hombre.
Finnick cerró los ojos mientras el hombre lo levantaba por el codo y lo arrastraba por el pasillo. En cualquier otra situación, Finnick Odair no hubiese permitido nunca que lo tratasen así. Pero él ya no sabía quién era.
Se giró cuando sintió un codazo en el pecho.
-      ¡Finnick!
Katniss Everdeen estaba junto a él, con un aspecto no mucho mejor que el suyo. Finnick abrió mucho los ojos, soltando el pedazo de cuerda que había estado anudando casi sin darse cuenta.
-      ¿Cómo estás? – preguntó la chica, forzando una sonrisa.
Finnick era consciente de lo mucho que le había costado a ella perdonarlo por conspirar la alianza sin contárselo, pero a él no le importaba. Katniss era la única persona en la que podía confiar plenamente en el distrito 13. A ella le había tocado confiar en él en la Arena. Ahora le tocaba a él confiar en ella. Casi sin pensarlo, Finnick entrelazó los dedos con los suyos.
-      Katniss – dijo él, apretándole la mano -. ¿Por qué nos reunimos aquí?
-      Le dije a Coin que sería su Sinsajo, pero la obligué a prometer que otorgaría inmunidad a los demás tributos si los rebeldes ganan. En público, para que haya muchos testigos.
Finnick ni siquiera se detuvo a pensar en qué quería decir ‘ser su Sinsajo’. La inmunidad a los tributos significaba que dijese lo que dijese o hiciese lo que hiciese Annie, fuese cual fuese su estado si es que la rescataban, no le harían más daño. Estaría a salvo.
-      Ah, bien – dijo, más para sí mismo que para Katniss -, porque me preocupa Annie, que diga algo que consideren traición sin que ella lo sepa.
-      No te preocupes – susurró Katniss, apretándole la mano -. Me encargaré de ello.
Katniss se alejó de él hacia la Presidenta Coin, la directora del distrito 13 y de todos ellos. Finnick clavó la mirada en la espalda de la chica mientras se alejaba, escuchando los susurros hacia ella a su alrededor.
Sí, he escuchado que va a ser el Sinsajo.
Katniss Everdeen, sí.
Por fin, le ha costado decidirse…
Finnick agarró a un chico por el brazo, obligándolo a girarse hacia él. El chico lo miró como si fuese un lingote de oro y se sonrojó, bajando la mirada. Finnick lo zarandeó suavemente para recuperar su atención.
-      ¿Qué es ‘ser el Sinsajo’?- preguntó, levantando las cejas.
El chico lo miró y comenzó a reír, rascándose la nuca. Finnick le sonrió sin entender. Katniss llegó en ese momento y el chico se marchó.
Finnick escuchó a la Presidenta con atención. Finnick entendió que ‘ser el Sinsajo’ significaba ser el rostro de la rebelión. Más de una vez se lo habían propuesto a él, pero Finnick sabía que solo Katniss podía ponerse al frente de una rebelión contra el Capitolio. Todo Panem lo amaba, pero él no había sido más que uno de los bonitos juguetes del Capitolio. Nadie le seguiría en una rebelión contra lo que él había representado.
-      Se promete inmunidad a los tributos confinados en el Capitolio, sin importar posibles declaraciones que hagan en el transcurso de la rebelión. Peeta Mellark, Johanna Mason, Enobaria Grey y Annie Cresta.
Comenzaron los murmullos. Todos habían visto la entrevista de Peeta, en la que pedía un alto al fuego. Todos habían considerado eso como un acto de traición ante la guerra, ante la causa. Pero nadie había pensado en que Peeta estaba en el Capitolio. Allí siempre tenían que interpretar un papel, y Peeta no era más que la voz de Snow. Era Snow el que pedía un alto al fuego para seguir imponiendo su poder, no Peeta. Finnick le apretó la mano a Katniss para darle apoyo.
-      Sin embargo, a cambio de esta solicitud sin precedentes, la soldado Everdeen ha prometido dedicarse en cuerpo y alma a la causa. Por tanto, si se desvía de de su misión, tanto en motivos como en hechos, lo consideraremos una ruptura del acuerdo y el fin de la inmunidad, de modo que el destino de los cuatro vencedores quedaría determinado por las leyes del Distrito 13, al igual que el suyo. Gracias.
Finnick miró a Katniss, que tenía el ceño fruncido. No le dio tiempo a pararla antes de que la chica se zafase de su mano y saliese de la sala. Finnick fue acompañado a su habitación, un pequeño cuarto de menos de tres metros cuadrados, lo suficientemente grande para tener una cama y una caja con la misma ropa gris. Ni siquiera tenía espacio para poner sus efectos personales, que se reducían al brazalete de oro que Haymitch le había dado antes de entrar en el estadio para forzar su alianza con Katniss y la hoja del poema de Annie que Haymitch había recuperado para él. Finnick cogió la hoja y la releyó, a pesar de que se lo sabía de memoria, pasando los dedos por las letras emborronadas sobre el papel. El chico dobló el papel y lo metió bajo la almohada. No tardó en quedarse dormido.