sábado, 15 de febrero de 2014

Capítulo 78. 'Si tuviera que empezar por el principio'.

Finnick.
Annie susurraba su voz en sueños. El chico alargaba una mano hacia ella, que estaba en una especie de jaula que nunca lograba alcanzar. Annie repetía su nombre.
Salvo que no era Annie.
Finnick abrió los ojos con pesadez y se giró. Katniss estaba junto a él, con los ojos hinchados y el pelo revuelto.
-      Finnick… Van a por ellos. A por todos ellos.
Finnick se irguió repentinamente, ignorando el mareo. Le temblaba todo el cuerpo. Iban a sacar a Annie de esa cárcel, iban a acabar con la tortura. Puso los pies en el suelo, pero la mano de Katniss sobre su pecho lo detuvo.
-      ¿Qué haces? – preguntó, cogiéndole con suavidad la muñeca -. Vamos. Vamos a por ellos.
-      Finnick… - Katniss tragó saliva con esfuerzo -. Ya se han ido.
Finnick se dejó caer sobre la cama, mirándola desconcertado. ¿Por qué nadie lo había despertado? ¿Por qué nadie le había dicho que iban a por Annie? ¿Por qué no le habían preguntado si quiera si quería ir? Finnick golpeó con fuerza la almohada.
-      Les he pedido que nos dejen hacer algo – continuó Katniss, con la voz rota. Ella se sentía tan impotente como él.
-      ¿Algo como qué? Ya no vamos a montar en ese aerodesli…
-      Lo que sea, Finnick – interrumpió ella -. Lo que sea.
El chico se recostó sobre la cama, cerrando los ojos. Pasase lo que pasase, ese era el día. Si conseguían sacarla de allí, terminaría el sufrimiento. Terminarían las pesadillas, las noches sin dormir, las recaídas, la locura. Si ella moría… Bueno, la prefería muerta a torturada, sufriendo y debatiéndose constantemente entre seguir luchando o dejarse morir, pero sabía que no sería capaz de vivir sin ella. No era un tópico. No lo sentía así por quererla. No era que no se imaginase viviendo sin ella. Era que no se mantendría cuerdo si Annie moría.
-      ¿Por qué estás tan tranquilo? – preguntó Katniss, cuyas manos se agitaban sobre el colchón.
-      ¿Es que no lo ves, Katniss? Esto lo decidirá todo de una u otra forma. Al final del día, estarán muertos o con nosotros. Es... – Finnick tragó saliva. Después de semanas preocupado por ella, todo eso acabaría en unas horas -. ¡Es más de lo que podíamos esperar!
Haymitch apartó la cortina con fuerza. Los necesitaban a ambos para desviar la atención del rescate. Necesitaban tener al Capitolio embaucado en algo, distraído, para que Annie, Peeta y Johanna pudiesen salir de ahí, incluso y especialmente al Presidente Snow.
-      ¿Se os ocurre algo así? – preguntó el hombre, poniéndose un dedo en el mentón.
-      Peeta – susurró Katniss.
Finnick la cogió por la muñeca, preocupado porque tuviese otra recaída. Pero se equivocaba.
-      Sí – coincidió Haymitch, poniéndole una mano en el hombro a la chica -. El Capitolio aún quiere saber sobre los trágicos amantes, más ahora que cada uno estáis en un bando a sus ojos. Que te preparen, nos vemos en una hora.
Finnick observó marcharse a Haymitch. Katniss estaba a su lado, con la mirada clavada en las manos del chico. Finnick volvió a acariciarle a muñeca y le sonrió para infundirle ánimos.
-      Es por ellos.
Una hora después, se encontraron ambos en las ruinas del 13. Todo el equipo estaba dispuesto en torno a Katniss, que se sentó en un pilar y, tratando de serenarse, habló de Peeta. De cómo lo conoció, cuando toda su vida parecía caerse por la borda, tras perder a su padre, hambrienta, con toda su familia muerta de hambre. Habló con la voz ronca de cómo él había quemado un pan a posta solo para poder dárselo a ella. Finnick bajó la mirada. Quizá ella se había enamorado de él ahí y nunca se había dado cuenta.
Cuando acabó, enviándole un mensaje completamente revolucionario a Snow, Finnick miró a Plutarch, que estaba frente a un monitor, meando la cabeza.
-      El final es flojo. Podemos aprovechar lo del pan, pero no dura ni veinte minutos. No es suficien…
Los ojos de Plutarch Heavensbee se clavaron en Finnick Odair. El hombre se limpió las manos en su impecable traje gris y se dirigió hacia él, acompañado de Haymitch.
-      Finnick… ¿puedes aportar algo a esto?
-      ¿Yo? No quiero hablar de Ann…
-      No me refería a Annie, Finnick – aclaró el hombre -. Me refería a… ti mismo.
Oh. Un escalofrío le recorrió toda la columna vertebral. No le gustaba hablar de eso. No quería. Le daba asco.
-      Plutarch…
-      Haymitch, todo lo que él pueda decir sobre eso es lo suficientemente interesante como para que, como tú bien has señalado, ni siquiera Snow pueda despegarse de la pantalla.
-      Pero…
-      ¿Podrías, Finnick? – insistió Plutarch, apartando a Haymitch con la mano -. ¿Para la distracción?
Finnick se tragó la bilis que amenazaba con provocarle una arcada y asintió. Heavensbee le sonrió, dándole una palmada en el hombro. Se sentía a punto de vomitar o desmayarse. Nunca le había gustado hablar del tema. Lo odiaba. Cualquiera que hubiese pasado por algo así lo entendería.
-      Estás blanco – señaló Haymitch, cogiéndole del codo -. No tienes por qué hacerlo.
-      Es por Annie – gruñó, aclarándose la garganta -. Además, estoy lleno de secretos.
Finnick ocupó el lugar de Katniss frente a la cámara. No necesitaba maquillaje. No quería, tampoco. El maquillaje simplemente lo había convertido en un producto más del Capitolio.
-      No tienes por qué hacerlo – repitió Haymitch.
-      Debo hacerlo si la ayuda – Finnick soltó la cuerda que, sin saberlo, había estado enrollando y se alisó el traje -. Estoy listo.
Cressida, la directora de las propos, encendió la cámara de nuevo y lo enfocó. Finnick trató de serenarse. ¿Por dónde empezar? Los versos de Annie regresaron a su mente, como un soplo de aire.

Si tuviese que empezar,
sería adecuado empezar por el principio.
¿Pero cuál?
¿La primera mirada, el primer roce,
el primer beso?
Los principios están llenos de primeras veces.
Pero mis primeras veces
nunca han sido las tuyas.

-      El Presidente Snow – comenzó, mirando directamente a la cámara, hablando a todo el país – solía… venderme. Vender mi cuerpo, quiero decir. Y no fui el único. Si pensaban que un vencedor era deseable, el presidente lo ofrecía como recompensa o permitía que lo comprasen por una cantidad de dinero exorbitante. Si te negabas, mataba a algún ser querido. Así que lo hacías – Finnick tragó saliva, al recordar a Johanna llorando, probablemente por última vez en su vida, cuando Snow le arrebató a Nell -. No fui el único, aunque sí el más popular. Y quizá el que estaba más indefenso, porque la gente a la que quería también lo estaba – Annie. Mags. Incluso Dexter -. Para sentirse mejor, mis clientes me regalaban dinero y joyas, pero yo descubrí una forma de pago mucho más valiosa.
Finnick se pasó la lengua por los labios y comenzó a hablar de todos los secretos que sus clientes habían susurrado adormecidos a la luz de la luna, apoyados en la almohada mientras él se daba asco a sí mismo. Claudius Templesmith, que siempre se jactaba de amar a su excéntrica mujer, había sido uno de los primeros en pagar por acostarse con él. ¿Quién iba a decirlo del famoso presentador, que incluso había afirmado sentir una severa atracción por Caesar Flickerman? ¿Y qué tal hablar de los hermanos Cordelius, mellizos y unidos desde el nacimiento, parecidos como dos gotas de agua, que mantenían una relación incestuosa en secreto y que habían pagado ambos para yacer al mismo tiempo con el increíble Finnick Odair? Finnick repasó una extensa lista de clientes y sus más oscuros secretos, como el severo ministro y fiel consejero del Presidente Snow, Garden Trevolar, a quién le gustaba amordazar a sus compañeros de cama y rociarlos con una especie de aceite antes de proceder; Daleey Prescett, Vigilante Jefe de la década de los Sexagésimos Juegos, que no se había cortado en decirle cómo había ascendido aplastando a sus compañeros con un par de gotas en una bebida y un desafortunado incendio. Y cómo olvidar los métodos de tortura: utilización de venenos directamente inyectados en vena que atacaban a la parte del cerebro encargada del dolor, o de los recuerdos; hierros candentes colocados sobre la piel, mutilación, y no solo la lengua…
Y después, Snow. Finnick abrió la parte de su mente que había destinado a esa información como quien abre un cajón para extraer ropa. Finnick tenía secretos guardados para destruirlo, secretos que podían arruinarlo. Y ese era el momento de utilizarlos y deshacerse de ellos.
El Presidente Snow, tan serio, tan formal, el mismo hombre que había pedido acostarse con una vencedora del 2 y, al negarse esta, había matado a su familia tan fácilmente como si se hubiese quitado una mota de polvo de la chaqueta. El mismo cuyo hijo había violado a una pobre chica del distrito 11. El mismo cuya hija Sophilia había sido infiel a su marido, un pobre tonto llamado Boris, con un Agente de la Paz al que había asesinado después con veneno, el mismo arma de su padre.
-      Porque bueno, Snow, viejo amigo, ya sabes lo que dicen… El veneno es un arma de mujer, ¿me equivoco?
Finnick repasó todas las veces que había oído hablar de veneno en manos de Coriolanus Snow, un hombre que había aprendido a utilizarlo muy joven, cuando envenenó a su propio hermano para heredar toda la herencia de sus padre. Y, cuando, tras los Días Oscuros, se le ofreció el poder, no dudó en formarse una escalera de cadáveres para eliminar toda la competencia. La ambición fue lo que bebía mientras los que habían sido sus compañeros caían a sus pies como moscas, debido al veneno que el joven Coriolanus vertía en sus copas. Amigos y enemigos, aliados y posibles amenazas morían de diversas formas, excusando sus muertes a través de virus y enfermedades sin sentido. El mismo presidente bebía de esas copas, pero solo él conocía el antídoto para los venenos que preparaba. Más de una vez había tenido que arrastrarse hacia la vitrina en la que los tenía, moribundo, para verter en su boca unas gotas que eliminasen el veneno. Como la serpiente que se muerde y se cura la lengua a sí misma. Pero esas mordeduras no lo dejaban intacto, sino que toda su boca estaba llena de llagas y heridas siempre sangrantes y siempre abiertas. ¿Pero cómo taparlo?
Rosas. Rosas modificadas para potenciar su olor, tapando el de la sangre que manaba de su boca. Snow tragaba sangre mientras sonreía al que él mismo proclamaba su querido pueblo. Tragaba sangre mientras veía morir a sus compañeros, a su primera esposa. Tragaba sangre mientras veía los Juegos, sentado en su sillón con su nieta al lado. Tragaba sangre mientras escuchaba todos los secretos que el inofensivo Finnick Odair estaba contando.
Finnick bajó la cabeza, exhausto, pero Cressida no paraba de grabar. Al final, fue él mismo el que tuvo que decir ‘corten’ y marcharse de allí, lo más lejos posible. Se sentía liberado, pero mientras hablaba se había dado cuenta de que todo lo que había dicho solo prolongaría la tortura de Annie en el caso de que no la sacasen, más dura y más horrible. Finnick se inclinó sobre un pilar, con el estómago revuelto amenazando con echar el desayuno.
-      Increíble – dijo una voz sobre él -. ¿Es todo eso verdad? ¿Lo de Claudius, Bartholomus y Snow?
Finnick asintió, alejándose. Lo que menos le apetecía era comentar los secretos que había guardado durante seis años con Plutarch Heavensbee.
Beetee consiguió colocar el monólogo de Finnick de una hora de duración en las televisiones de todo el país, sin interferencias. Finnick se negó a escuchar. Había soltado todo eso y no tenía la más mínima intención de dejarlo volver a entrar. No le apetecía seguir siendo el chico de los secretos. Ni siquiera prestó atención a Beetee cuando éste intentó explicarles a él y a Katniss cómo iban a rescatarlos. Katniss lo dirigía por los pasillos, ansiosa, y era la que discutía y alzaba la voz ante los guardias. Finnick estaba cansado, nervioso y preocupado. Y asustado, muy asustado.
Anudó el cordón una y otra vez, haciendo y deshaciendo nudos complicados que solo unas manos expertas podían conseguir. Se tumbó en posición fetal, abrazándose las rodillas con los dedos entrelazados. Katniss no se separaba de él, haciendo nudos, haciendo nudos…
Tic, tac. El reloj no dejaba de sonar. Finnick se irguió. ¿Estaría viva? ¿Estaría muerta? Se tiró del pelo, desesperado.
-      ¿Te enamoraste de Annie desde el primer momento, Finnick?
El chico se giró hacia Katniss, que estaba sentada en el suelo con la cabeza apoyada sobre las rodillas. Finnick le tocó la muñeca. De nuevo, los versos del poema volvieron a su cabeza.
Si tuviese que empezar,
sería adecuado empezar por el principio.
¿Pero cuál?
¿La primera mirada, el primer roce,
el primer beso?
Los principios están llenos de primeras veces.
Pero mis primeras veces
nunca han sido las tuyas.

¿Cuándo se había enamorado de Annie? ¿Cuando la había recogido en las escaleras el día de la cosecha y se habían mirado a los ojos por primera vez? ¿Cuando la había consolado en el Capitolio y se había prometido devolverla a casa? ¿Cuando la había bañado cuando estaba completamente inestable? ¿En la playa? ¿La noche que ella lo besó por fin?
-      No – respondió -. Ella creció dentro de mí*.


*En la publicación en español, la frase que Finnick dice es ‘los sentimientos aparecieron sin darme cuenta’. Sin embargo, creo que es mucho más acertado una traducción más o menos (repito, más o menos) literal de la frase en inglés ‘she crept up on me’ que, a mi parecer, hace más referencia a la historia de ambos, cómo Annie crece dentro de él. (o se arrastra) Igualmente, si os gusta la traducción del libro, podéis ponerlo así*.

sábado, 8 de febrero de 2014

Capítulo 77. 'Burbuja'.

-      ¡Katniss!
Annie cerró los ojos. Llevaba días escuchando a Peeta gritar, gritar tanto que ni siquiera los dos cristales que la separaban de él habían logrado ahogar sus chillidos. Annie no podía taparse los oídos, y hacía tiempo que no le suministraban morflina. Ella estaba segura de que no querían dormirla para escuchar los gritos del chico. Y no eran los únicos.
Cuando pensaba que el Capitolio no podía llegar a ser más cruel, que no podía romperlos más, había escuchado aquel sonido. Probablemente hubiese sido un grito si el chico hubiese podido gritar, pero ser avox te quitaba incluso esa posibilidad, por lo que se había reducido a un extraño sonido gutural extraído desde la garganta. Los torturadores se habían asegurado de dejar abiertos los altavoces para que los tres pudiesen oírlo. El chico había muerto después de tres días, y Annie había visto cómo arrastraban su cadáver por el pasillo a través de la puerta entreabierta. Era el avox pelirrojo que le había dado de comer.
-      ¡NO! – chilló Peeta -. ¡KATNISS, NO!
Annie había dejado también de tratar de romper las correas. Estaba empezando a cansarse, al igual que Johanna. Habían dejado incluso de hablar, resignadas a la tortura. Una y otra vez. Descargas, golpes, sueros extraños que ponían el pasado en el presente. Muertes, una detrás de otra. Había perdido la cuenta de las veces que había visto morir a sus seres queridos de mil formas diferentes. Había perdido la cuenta de las veces en las que el frío la había rodeado, mostrándole el pasado cruel que había dejado atrás y que amenazaba con no marcharse nunca.
-      ¡KAT…!
La puerta de su celda se abrió. Annie tragó saliva con esfuerzo debido a lo seca que estaba su garganta y cerró los ojos, preparándose para un nuevo ataque. Solo tenía que aguantar. Sufrir lo que tuviese que sufrir y dejarse llevar después por la morflina. Y esperar después a un nuevo ataque.
¿Es posible vivir así?
¿Cuánto más voy a aguantar?
-      ¿Lo oyes? – preguntó el torturador, señalando hacia Peeta.
Annie intentó ignorarlo, pero el muchacho no paraba de gritar. Llamaba a Katniss una y otra vez, entre grito y grito. Annie abrió la boca, pero no salió ningún sonido de ella. Una lágrima se deslizó por su mejilla. Le estallaba la cabeza.
-      Bueno, te vamos a poner una nueva dosis… Veamos cuál es tu estado dentro de una hora.
-      Espera.
Annie se giró hacia Johanna. La chica estaba al otro lado del cristal, con la cabeza caída sobre la dura almohada. El número de heridas había aumentado, tanto costras como quemaduras y hematomas. Johanna presentaba un estado lamentable. Irreconocible.
-      Pónmelo a mí – gruñó la chica, dándole la vuelta al brazo.
El torturador apretó el émbolo de la jeringuilla y dejó caer unas gotas de líquido sobre las baldosas del suelo.
-      Este suero es específico para Annie Cresta. Órdenes de arriba.
-      Pónmelo.
El hombre colocó la aguja sobre la piel de Annie y presionó. La chica se mordió el labio y cerró los ojos.
-      Annie, no pienses – dijo Johanna -. No pien…
Pero Annie no llegó a oír lo que Johanna tenía que decirle. Los gritos de Peeta aumentaron su volumen en sus oídos. La chica cerró los ojos y trató de no pensar. Obligó a su cerebro a convertirse en una pantalla en blanco, pero pronto esa pantalla empezó a resquebrajarse y comenzó a ver imágenes como estrellas fugaces, apenas un segundo. Tan pronto veía a su madre en el centro de una hoguera como los rostros de los torturadores.
No pienses.
No pienses.
No pienses.
Se desmayó cuando no pudo ignorar una imagen de Kit decapitando a Finnick.
Despertó en medio de una bruma oscura que no la dejaba abrir los ojos. Annie tardó al menos diez minutos en darse cuenta de que estaba sentada en un sillón más mullido de lo normal. Entreabrió los ojos, vislumbrando sus manos. La luz no era tan blanca como la de su celda, y las heridas de sus manos parecían insectos posados sobre su piel. Annie arrastró la mirada hacia sus muñecas, que estaban sujetas a los brazos de la silla por un alambre de cobre que se clavaba en su piel, ya de por sí magullada, como si hubiesen pasado una lija por ella. Annie sentía los párpados pesados, pero se obligó a mantener los ojos abiertos en cuanto sintió el sabor de la sangre en su boca. Se pasó la lengua por los labios, con lentitud debido a su aturdimiento.
-      Ya estás… despierta – dijo una voz a su lado, pastosamente.
Annie alzó la cabeza, confusa. Estaba en una habitación de cristal a través de la cual podía ver una gran sala llena de pantallas. Annie miró a su derecha. Johanna Mason estaba sentada a su lada, con medio cuerpo caído sobre el sillón. Tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta. Cualquiera que la viese de lejos podría pensar que era un cadáver.
-      ¿Estás… despierta? – preguntó Annie. Sentía la lengua de goma.
-      Desgra… ciadamente, sí – respondió Johanna -. Peet… No.
Annie se obligó a mirar al chico, que dormía en otro sillón  frente a ellas, con un extraño temblor en las manos.
-      ¿Qué… dónde…?
-      Burbuja… Eso han dicho. Quieren que… veamos…
Johanna señaló hacia las pantallas que se encontraban fuera de las paredes de cristal. Annie miró a Peeta, que seguía dormido, pero nadie parecía realmente preocupado por él, porque las pantallas se encendieron en cuanto las dos chicas miraron a las pantallas.
Katniss Everdeen apareció en todas ellas, mirándolas con los ojos entrecerrados. Estaba delante de unas ruinas, con un impresionante traje blanco y negro. Sin embargo, Annie no se fijaba en la chica, sino en las figuras que caminaban tras ella. Un chico alto de pelo oscuro y ojos grises que se movía dando patadas a los escombros. Un hombre con el pelo corto, muy musculoso, con un arma de al menos medio metro de larga. ¿Dónde estaba Finnick?
-      Finn… - susurró, mirando desesperada las pantallas.
Annie hizo ademán de levantarse, pero el alambre se le clavó en las muñecas, provocando un hilillo de sangre.
-      Tranquila – musitó Johanna a su lado.
La imagen de Katniss fue sustituida por otra de un pelotón de hombres y mujeres, escudriñando los escombros de una ciudad derruida. Eso debe ser el 13, pesó Annie, observando la pantalla más grande.
Y allí estaba. En una esquina, vestido de gris oscuro, con un tridente de metal oscuro lleno de complementos. Annie reconocería ese pelo cobrizo o esa forma de andar en cualquier parte. Apenas un segundo antes de que esa imagen fuese sustituida de nuevo por una de Katniss.
-      Estábamos a tanta profundidad que no existía peligro real. El 13 está sano y salvo.
La imagen se cortó de repente, dejando a Katniss Everdeen con la boca entreabierta, dando paso a otra imagen bombardeos. Annie sintió cómo se le deshacía parcialmente el nudo del pecho. Finnick estaba vivo y a salvo.
Una de las paredes de la burbuja desapareció y entraron en ella tres torturadores, cargados con jeringuillas llenas de suero azul y un aparato de descargas en la otra. Annie empezó a chillar. Uno de los torturadores sacó a Peeta de la burbuja en una silla de ruedas, aún amordazado, mientras que los otros dos se arrodillaban junto a las chicas. Annie lanzó un mordisco hacia la oreja de uno de los hombres, pero éste se apartó a tiempo para evitarlo y clavó con fuerza la aguja en su brazo. Annie observó las pantallas, que mostraban una imagen de Finnick en la Arena del Vasallaje, con el tridente sobre su cabeza. Congelado. Entonces, el suero comenzó a hacer efecto.
Finnick hacía malabares con el tridente, caminando por la playa. Johanna empezó a gritar a su derecha, cerrando los ojos, pero un torturador le metió un trapo en la boca y colocó el aparato sobre la piel de su brazo, transmitiéndole una descarga que la dejó exhausta sobre el sillón, sin poder apartar los ojos de la pantalla.
En ella, Finnick movía el tridente. Annie lo siguió con los ojos y, entonces, la pantalla no existía. Finnick estaba frente a ella, con el tridente en posición defensiva, por delante de su cuerpo mojado, sonriendo. Entonces, una mancha roja comenzó a extenderse por su pecho. Finnick bajó la mirada, sobresaltado, cayendo al suelo de rodillas. El tridente cayó a los pies de Annie, lleno de sangre.
-      ¡FINNICK! – gritó la chica, desesperada. Los alambres perforaron aún más su piel.
La burbuja comenzó a empequeñecer y el aire se volvió más pesado. Le costaba respirar, y el cadáver de Finnick a sus pies no ayudaba. Annie escuchaba los gemidos silenciosos de Johanna, pero nada tenía importancia. Finnick estaba ahí delante, y casi podía sentirlo frío al tacto…
El dolor de las muñecas la anclaba a la realidad, pero Finnick no se movía, y cada vez había más sangre. Y más, y más…
Es veneno, se recordó, cerrando los ojos. Veneno, veneno, veneno…
¿Sería eso lo que le estaban haciendo a Peeta? ¿Mostrándole el cadáver de Katniss una y otra vez? Pero ella había visto el vídeo, Finnick estaba vivo en el 13. ¿Pero y el cadáver? Era Finnick, no podía ser otro. El pelo, la forma de los hombros…
Ya no sabía qué era real y qué no. Quién estaba vivo y quién no.
No sabía nada.
¿Y Mags? ¿Dónde estaba Mags?
-      Es veneno – susurró la anciana en su oído.
Es veneno, es veneno, es veneno.
-      Finnick – susurró, inclinándose hacia el cadáver -. Finnick, despierta, tenemos que ayudar a Kit. ¡Tienes que ayudarlo!
Pero Finnick no despertaba.
-      ¡Finnick! ¡FINNICK, NO ME DEJES AHORA! ¡Van a matar a Dexter! ¡Date prisa!
-      Es veneno, Annie – dijo Mags -. Solo veneno.
-      Está todo en tu cabeza, Ann – exclamó Dexter.
Annie levantó la cabeza hacia su amigo. Tenía sangre en la camisa blanca, sangre que provenía de un agujero en la sien.
-      Todo en mi cabeza, es veneno – repitió ella -. ¡FINNICK!
-      ¿Aliados? – preguntó Kit, acuclillándose frente a ella.
-      ¡No sé qué está pasando! – gritó un torturador -. ¡El suero no hace esto!
Todo en tu cabeza.
Es veneno.
-      Finnick, por favor… Despierta…
Annie sintió un par de pinchazos, uno en cada brazo.
-      No sé qué ha pasado, se lo prometo. Es como si ella…
No llegó a escuchar el resto de la frase. Esa vez, en sus pesadillas, no apareció Finnick. Ni Dexter. Ni Mags, ni Kit, ni su madre ni los torturadores. Esa vez solo estaba ella, en una pompa de jabón, ahogándose en suero azul.

sábado, 1 de febrero de 2014

Capítulo 76. 'Búnker'.

-      ¡Beetee ha entrado!
Finnick observó la pantalla. Había sido un segundo, una imagen fugaz, lo suficiente para mostrar a Katniss en el destruido distrito 12. Volvieron a mostrar al Presidente, que parecía casi tan desconcertado como Peeta tras él, visiblemente más delgado y descuidado. Finnick miró a Katniss, que tenía los ojos clavados en la pantalla y le sujetaba la mano con fuerza.
Beetee volvió a interrumpir el discurso de Snow con un momento del propio Finnick hablando de la pequeña Rue. Lo habían grabado dos días atrás y le había costado casi una hora poder emitir una frase. El resto había salido casi solo.
La multitud aplaudió a Beetee, observando la cara de confusión del Presidente Snow. Sin embargo, ni Finnick ni Katniss se movieron. Finnick apretaba la mano de Katniss, pero el apretón de ella era mucho más fuerte, como si sus dedos estuviesen alrededor del cuello del presidente en lugar de entrelazados a los suyos. Snow volvió a apropiarse de la pantalla, rezumando rabia.
-      No queréis que el país sepa todo lo que habéis provocado. Sois cobardes – dijo, apuntando hacia la pantalla -. Todos vosotros. Estáis masacrando el país defendiendo ¿qué? Os hemos pedido un alto al fuego y seguís insistiendo. Bien, vosotros mismos. Esto es lo que vais a conseguir.
El Presidente se dirigió hacia Peeta, dándose la vuelta. Ambos, tanto Finnick como Katniss, se pusieron tensos.
-      ¿Algo que decir? ¿Algo que decirle a Katniss Everdeen?
Peeta tragó saliva, abriendo varias veces la boca antes de empezar.
-      Katniss… ¿cómo crees que acabará esto?
Finnick observó a su amiga por el rabillo del ojo. La última entrevista que habían visto de Peeta la había dejado toda la cena callada, tratando de encontrarle algún sentido al estado en el que estaba el chico. Finnick la había oído gritar una de las muchas veces que se había despertado esa noche. También él había tenido pesadillas, pensando en Annie. Si Peeta estaba así, ¿en qué estado estaría ella? Se había intentado convencer de que su ignorancia la estaría protegiendo, o al menos eso decía todo el mundo, pero a Peeta… a Peeta muy pocas cosas lo podrían proteger.
-      ¿Qué quedará? – continuó el chico -. Nadie está a salvo, ni en el Capitolio ni en los distritos. Y tú, en el 13… ¡mañana estarás muerta!
Finnick olvidó la pantalla. Olvidó las imágenes que Beetee trataba de meter entre secuencia y secuencia. Solo podía mirar a Katniss, mirar cómo su cara pasaba de la perplejidad al miedo en menos de un segundo. El chico desvió la mirada hacia la pantalla, un segundo, lo suficiente para ver cómo las baldosas se manchaban de sangre mientras el caos comenzaba en la sala. A su lado Katniss exhaló con fuerza, sujetándose el estómago.
-      ¡Calláos! – gritó Haymitch -. ¡No es ningún misterio! El chico ha dicho que nos van a atacar. Aquí, en el 13.
Las voces comenzaron a adueñarse de la sala sobre el murmullo general.
-      ¿Cómo lo sabes? – gritó un hombre a su derecha.
-      Lo están machacando mientras hablamos – soltó Haymitch, furioso -. ¿Qué más necesitas? ¡Katniss, échame una mano!
La chica relajó la mano con la que apretaba a Finnick, dejando que la sangre corriese por los dedos de este con un hormigueo. Sin embargo, no lo soltó, sino que continuó con los dedos temblorosos entrelazados a los suyos.
-      Haymitch tiene razón. No sé de dónde…
Pero la mente de Finnick ya no se encontraba allí. Peeta había dicho que el distrito 13 iba a ser atacado, que planeaban masacrarlos a todos, pero nada de eso importaba. Habían golpeado a Peeta, sin importar quién pudiese verlo. ¿Qué estaban haciendo con Annie? ¿Y Johanna? ¿En qué estado estarían ellas dos? Finnick se llevó al cuello la mano libre, rascándoselo con fuerza. Tenían que sacarlos de allí a los tres, y tenían que hacerlo ya, antes de que decidiesen que ni siquiera torturarlos servía para detener a los rebeldes.
-      Vamos – gruñó Boggs, tirando de Katniss y Finnick con fuerza.
Las sirenas sonaban sobre sus cabezas. Finnick se inclinó para preguntarle a un niño dónde iban.
-      Al búnker – respondió el chico -. Todos en orden.
Finnick agarró a Katniss de la muñeca y la colocó en la fila que descendía planta tras planta. Finalmente, tras lo que parecía un descenso al mismo infierno, llegaron a una especie de caverna.
-      Tenéis que agruparos por compartimentos según vuestro apellido – dijo Boggs, tirando de la muñeca de Finnick hacia la derecha -. La O. Por allí.
El chico siguió a la multitud, pero pronto se vio perdido. Demasiada gente. Se acurrucó en una esquina y, tapándose los oídos, observó a todo el mundo pasar.
-      ¿Finnick?
Levantó la cabeza, encontrándose con los ojos de Haymitch. El hombre lo cogió por el brazo y lo arrastró entre la multitud, dando codazos sin disculparse. Finalmente, lo instaló en un pequeño apartado, no más grande que la que había sido su habitación, y lo dejó acurrucado en la cama en posición fetal.
-      No te muevas de aquí – gruñó.
Finnick cerró los ojos, metiéndose la mano en el pantalón. Ahí estaba el poema de Annie, arrugado y gastado por las veces que lo había doblado y desdoblado. Lo colocó bajo la dura almohada y se quedó dormido.
Esa noche tuvo pesadillas. Veía a Annie en una sala oscura, amordazada, con el cuerpo en carne viva. Un hombre sin rostro la golpeaba, una y otra vez, y la sangre salpicaba la pared igual que la sangre de Peeta había caído sobre las baldosas. Finnick alargaba el brazo hacia ella, pero siempre estaba demasiado lejos. Despertó varias veces, gritando, con toda la gente mandándolo callar. Cuando apareció su médico, la cuarta o quinta vez que despertó, lo encontró tirado en un colchón en el suelo, agitándose mientras se tapaba la boca. El hombre sacó una jeringuilla cargada de morflina de una caja y le pinchó en el brazo, sumiéndolo en una oscuridad sin sueños.
Sin embargo, cuando se pasó el efecto de la morflina, las pesadillas reaparecieron. La tercera noche, pensó que iba a explotar. Se encontró a sí mismo acurrucado en una esquina del búnker, haciendo nudos y balanceándose mientras el poema de Annie yacía en el suelo frente a él.

Te dije una vez
que nos quería infinitos.
Pero ahora ya no estoy segura
sobre casi nada.

Finnick extendió la mano para acariciar el poema, pero, justo en ese instante, Katniss apareció en su campo de visión. Su cara reflejaba una especie de dolor extraño, como si se estuviese rompiendo y no se esforzase por recuperarse. Parecía incluso mayor.
-      Sé lo que le están haciendo a Peeta.
El muchacho la observó sentarse a su lado, enredando el cordel en su dedo índice. Katniss se agarró el estómago con las dos manos y tragó saliva antes de empezar a hablar.
-      No quieren sacarle nada. No pueden, saben que él no tenía ni idea de esto. Lo que quieren es… es hacerme daño a mí a través de él.
Finnick asintió, mordiéndose el labio.
-      Es lo que te están haciendo a ti con Annie, ¿no?
Ladeó la cabeza. Era lo que le estaban haciendo a él, lo que le habían hecho siempre. Snow sabía que el punto débil de Finnick Odair era Annie Cresta. Su reacción ante los charlajos no había hecho más que confirmarlo.
-      Bueno – comenzó, enrollando el cordel en sus dedos -, no la detuvieron porque pensaran que era un inagotable pozo de información rebelde. Saben que nunca me habría arriesgado a contarle nada al respecto, por su propio bien.
-      Oh, Finnick, cuánto lo siento.
Finnick suspiró, soltando la cuerda.
-      No, yo lo siento. Siento no haberte advertido.
Katniss le cogió la mano. Estaba fría como el hielo.
-      Pero sí que me advertiste, en el aerodeslizador – comentó ella.
Finnick no recordaba casi nada de aquel día, salvo el momento en el que se había enterado de que Annie no estaba en el distrito 4. Sin embargo, sí recordaba haber hablado con Katniss junto a su cama, poco antes de llegar al 13.
-      Cuando me dijiste que usarían a Peeta contra mí, creía que te referías a un cebo, a una forma de atraerme al Capitolio.
Finnick intentó hacerse paso a través de la bruma que rodeaba su memoria. Recordaba haber estado sentado junto a Katniss, en uno de los pocos momentos de lucidez que le quedaban. Recordaba haberla escuchado llamar a Peeta en sueños, susurrar mil ‘lo siento’. Y entonces había dicho algo, algo que no era más que lo que él estaba sufriendo con Annie.
Se darán cuenta enseguida de que no sabe nada y no lo matarán si creen que pueden usarlo contra ti.
Igual que estaban haciendo con Annie. Ni Peeta ni Annie servían para obtener información. Solo Johanna, y en cuanto la tuviesen, su amiga moriría sin remedio. Para ellos, Johanna Mason no tenía importancia.
-      No debería haberte dicho eso – murmuró, agitando la cabeza para eliminar todos sus pensamientos -. Era demasiado tarde para que te sirviera de algo. Teniendo en cuenta que no te advertí antes del Vasallaje, tendría que haber cerrado la boca, no debería haberte dicho nada sobre cómo funciona Snow.
Katniss, a su lado, observaba sus dedos con atención. Finnick hacía un nudo tras otro, deshaciéndolos, como un bucle. El chico continuó.
-      Es que no lo entendí cuando te conocí. Después de tus primeros Juegos, creí que para ti todo el romance era teatro. Esperábamos que siguieras con la estrategia, pero hasta que Peeta no se golpeó contra el campo de fuerza y estuvo a punto de morir, no comprendí…
Finnick miró a Katniss de soslayo, que había apartado los ojos de los dedos del muchacho y lo miraba con atención. Él cerró la boca, pero tenía que continuar. Katniss era su amiga, y los amigos se contaban las cosas. ¿No había sido así entre Dexter y él? ¿Con Johanna?
-      ¿No comprendiste qué?
-      Que te había juzgado mal – soltó, acariciándole la mano a la chica -, que sí que lo querías. No digo que fuera de una forma u otra, quizá ni tú lo sepas, pero cualquiera que prestara atención se habría dado cuenta de lo mucho que te importaba.
Katniss bajó la mirada, bajo los ojos de Finnick. Él lo había visto, y al parecer, también Snow. Ambos le habían dado al Presidente el arma perfecta, lo único que podría destruirlos, en esa Arena. Finnick pensó en cómo había chillado el nombre de Annie cuando la había oído gritar, al igual que Katniss había gritado el de Peeta cuando este saltó hacia atrás, impulsado por la descarga. Hizo otro nudo.
Y Johanna, su mejor amiga, alguien que no era más que un problema para el Capitolio, como se había llamado a sí misma una vez. Snow no contemplaba la posibilidad de que Johanna Mason pudiese importarle a alguien, pero Finnick sí se preocupaba. A pesar de que su cabeza se enfocase solo en Annie, a quien estaban torturando por su culpa, imaginarse a Johanna, que había creado un muro alrededor de sí misma para evitarse el sufrimiento, siendo torturada, gritando de dolor, incluso suplicando que la matasen… Le dolía demasiado.
-      ¿Cómo lo soportas? – preguntó Katniss, en apenas un susurro.
-      ¡No lo soporto, Katniss! – explotó él, llevándose las manos a la cabeza -. Está claro, no lo soporto. Cada mañana salgo de una pesadilla y descubro que lo de fuera no es mejor – Sentía que estaba a punto de contarle las pesadillas, las torturas que había escuchado de bocas de sus clientes, pero la chica ya estaba suficientemente rota -. Es mejor no rendirte a ello. Resulta diez veces más difícil recuperarte que hundirte.
Katniss inspiró con fuerza, asimilando sus palabras. Incluso él mismo se tomó un instante para asimilarlas.
-      Cuanto más te distraigas – añadió -, mejor. Lo primero que haremos mañana es buscarte una cuerda. Hasta entonces toma la mía.
Katniss se fue pasadas dos horas, dejando a Finnick adormilado en la esquina. Él logró arrastrarse hacia su habitación y tumbarse en la cama, releyendo una y otra vez el poema. Eso era lo único que lo mantenía medianamente cuerdo.
Alrededor de veinticuatro horas después, fueron autorizados para salir del búnker. Los bombardeos que Peeta había anunciado habían dejado prácticamente destrozado el distrito 13; sin embargo, Finnick no se sorprendió cuando lo condujeron a una zona exactamente igual. Era una gente acostumbrada a perder sus hogares una y otra vez, debían estar preparados. Boggs apareció en su camino mientras trataba de llegar a su nuevo compartimento y le ordenó que se uniese a él. Finnick sonrió. Había estado entrenando con el magnífico tridente de Beetee, una auténtica joya que era una mortífera prolongación de su brazo. Esta vez, no podrían decirle que no.
La sala en la que se reunieron estaba ya atestada de gente. La patrulla de la Presidenta Coin, Plutarch, Haymitch, Katniss… Finnick se sentó junto a ella, fijándose en que aún tenía el cordel entre unos enrojecidos dedos.
-      Os necesitamos a los cuatro – comenzó Coin, señalando a Finnick, Haymitch, Katniss y Gale con el dedo – vestidos con los uniformes y en la superficie. Tenéis dos horas para…
Finnick observó a Plutarch, que bebía de una humeante taza de café. El olor le llegó a la nariz y se le hizo la boca agua.
-      … Sinsajo sigue vivo. ¿Alguna pregunta?
-      ¿Podemos tomarnos un café? – preguntó Finnick, señalando la taza de Plutarch con el dedo.
Gale bufó al lado de Katniss, cruzándose de brazos, pero, en menos de diez minutos, tenían todos un café humeante delante de las caras, con distintos condimentos organizados en bandejitas. Finnick estiró la mano hacia una de ellas y cogió un sobre de nata en polvo, que salió a la superficie en su forma habitual en cuanto la echó en el agrio café. Después, tras echarse un par de azucarillos, se giró hacia Katniss con una sonrisa.
-      ¿Quieres un azucarillo?
Katniss sonrió.


sábado, 25 de enero de 2014

Capítulo 75. 'Depredador'.

-      Bueno, digamos que tus amigos se están volviendo más… desobedientes. Hemos tenido altercados en el 8 por su culpa. Una lástima.
Annie abrió los ojos con esfuerzo. Le dolía la mejilla debido al último golpe que había recibido por no permitir que le pusieran una nueva dosis de morflina. Estaba harta de que la atontasen, y eso le había costado más moratones de los que podía contar.
El torturador, como había empezado a llamarlos, examinó que todas las máquinas funcionaban correctamente y sonrió, mostrándole una hilera de dientes plateados.
-      Si nosotros ardemos, tú arderás con nosotros – canturreó, imitando una voz grave -. Me sorprende que Katniss Everdeen esté en tan buenas condiciones. Sí, realmente sorprendente…
Annie desvió la mirada hacia el cristal. La habitación en la que había estado Johanna llevaba días vacía. Se la habían llevado mientras dormía, de eso estaba segura. Se sentía tan sola sin su presencia allí que casi le dolía. Aunque probablemente, le dolería más si la viese agitarse por las descargas una y otra vez.
-      Igualmente, hoy han entrevistado al chico. Esperemos que eso la desestabilice, porque él… bueno, él no está en tan buen estado.
Annie cerró los ojos. Le dolía todo el cuerpo, como si tuviese una constante enfermedad. Quizá era así. De repente, al otro lado del cristal, escuchó abrirse una puerta.
No le costó abrir los ojos. Un par de torturadores empujaban una camilla en la cual estaba tendida Johanna. Tenía la piel amarilla, más acentuada a la luz de los focos, y en cuerpo recubierto de quemaduras, hematomas y costras. Pero lo más sorprendente era su cabeza. O le habían rapado el pelo o se le había caído, pero no quedaba más que una fina pelusa oscura. Annie cerró los ojos. No podía verla así sin poder hacer nada.
-      Dime, Annie Cresta – comentó su torturador, inclinándose sobre ella -. ¿Te gustaría hablar con tu amiga?
Annie se mordió el labio. Estaba harta de que se burlasen de ella. Estaba harta de sentirse el mono de feria; ya lo había sido durante demasiado tiempo.
-      Sé que quieres – El hombre pulsó un interruptor en la pared y habló con voz clara -. Dejémoslas a solas, compañeros.
-      Pero… - dijo uno de los torturadores al otro lado de la pared de cristal, con una voz tan clara que parecía que estuviese en la misma habitación.
-      Ya.
Salieron todos. Annie se irguió todo lo que le permitían sus dolencias, y miró a Johanna. La chica estaba tumbada, con la cabeza ladeada, pero despierta, a pesar de sus ojos cerrados. Annie podía ver que se estaba esforzando por no quejarse.
-      Jo… - susurró Annie, confiando en que la oyese.
Johanna abrió unos ojos oscuros inyectados en sangre y la miró, con expresión de cansancio.
-      Cállate – dijo, con esfuerzo -. Quieren que digas algo por error. Mejor cállate.
Annie cerró la boca, pero llevaba demasiado tiempo utilizando sus cuerdas vocales solo para gritar.
-      Vamos a salir de aquí – murmuró, más para sí misma que para su amiga.
-      Vais. No hay nadie que se preocupe lo suficiente para querer sacarme de aquí.
-      Finnick – masculló Annie, estirándose -. Finnick se preocupa.
Johanna cerró los ojos y giró la cabeza. Entonces, Annie escuchó otro grito. La miró alarmada, pero era el grito de un chico, un chico al que nunca había conocido. Pero había escuchado su voz en la televisión, y había admirado la manera en la que él amaba a Katniss. Era algo puro que ahora estaban destrozando.
-      Llevan días así. No sé qué le están haciendo – dijo Johanna, girando de nuevo la cara hacia ella con los ojos cerrados.
-      Peeta… - Annie cerró los ojos. No podía escuchar más gritos.
-      No lo soporto – susurró Johanna -. Lo escucho gritar incluso cuando estoy inconsciente.
Annie intentó mirar más allá de Johanna, pero solo vio torturadores rodeándolo. Empezaba a imaginárselos como depredadores, y quizá lo eran. Al fin y al cabo, estaban acabando con ellos, de una forma u otra. Ella ya se sentía vencida, y era probablemente a la que menos daño habían hecho.
-      Ah, por dios,  ¡HACEDLO CALLAR! – chilló Johanna, tironeando de las correas que la mantenían atada a la cama.
Annie se mordió la lengua. Por primera vez, echaba de menos cómo su cerebro conseguía aislarla de todo, cómo la expulsaba de la realidad. Aunque fuese peor, pero tal y como estaba, prefería vivir en los recuerdos dolorosos a los que ya se había acostumbrado que vivir escuchando los gritos de dolor de los prisioneros. Su especie, como Snow los había llamado.
-      Jo…
-      Annie, cállate. Por favor, cállate.
Annie se estiró todo lo que se le permitía, pero ni siquiera podía acercarse al cristal. Johanna la observó con los ojos llorosos y la boca contraída en una mueca. Annie se detuvo para observar su cara detenidamente. Las costras de heridas recientes en la cabeza. Un corte sobre la mejilla izquierda, atravesando un moratón que cubría su cara desde la ceja hasta el mentón. Los labios secos y llenos de cortes. Cualquiera que no se hubiese detenido a mirarla dos veces no se habría dado cuenta de que era Johanna Mason.
-      Annie.
La chica asintió, dándole a entender que la escuchaba.
-      No te dejes morir, ¿vale?
Annie sintió una lágrima solitaria deslizarse por su mejilla.
-      Tampoco tú.
-      Yo ya estoy muerta.
Las puertas de ambas habitaciones se abrieron, dejando entrar a los torturadores. Esta vez, Annie se encontró cara a cara con una mujer.
-      Enternecedor – dijo, con las manos en los bolsillos de una bata -. Y ahora, dime, Mason. ¿Qué planean?
La chica se quedó rígida sobre la cama, mirándola a los ojos con furia.
-      No.
-      Oh, sí – Annie miró a ambas, que parecían entenderse solo con la mirada -. No lo repetiré otra vez. Qué planean.
-      No te atreverás.
La mujer se giró y caminó hacia Annie. Llevaba en la mano una jeringuilla llena de un líquido verde y una especie de masa enganchada a un tubo de metal en la otra mano.
-      Abre la boca – exigió, alargando el tubo hacia ella.
Annie apretó la mandíbula con fuerza.
-      Será peor para ti. Abre la boca.
-      ¡No te atrevas! – gritó Johanna, revolviéndose en su camilla.
Annie apretó aún más los dientes, ignorando la mano de hierro de su torturadora, que se ceñía a su mandíbula. De repente, otra mano trató de separarle los labios, tirando con fuerza. Annie empezó a gritar, pataleando, pero nada sirvió. En menos de diez segundo, los torturadores habían metido aquella masa en su boca. Annie la mordió, tratando de romperla, pero no podía mover la boca.
-      ¡Annie! – chilló Johanna -. ¡Annie!
-      Qué planean, Mason.
-      ¡Ni se te ocurra tocarla!
Annie sintió la aguja clavarse en su brazo. Gritó y, apenas un segundo después de que la mujer sacase la aguja de su vena, un frío glacial empezó a extenderse por su cuerpo. Sentía que se congelaba, que la cubría el hielo. Y dolía, dolía como si la estuviesen cortando en trozos.
Cerró los ojos, pero no era mucho mejor. Al contrario. No solo era el frío, sino que la realidad desaparecía a su alrededor, transportándola a todos aquellos momentos que le habían hecho daño. A su derecha, el chico del distrito 5 cercenaba la cabeza de Kit, que caía al suelo en un charco de sangre. Frente a la cama, un Agente de la Paz le metía un balazo a Dexter en la cabeza. Finnick era seleccionado para la cosecha. Mags caía al suelo con las manos en la garganta, intentando emitir algún sonido. Su madre caía sobre sus rodillas gritando mientras Radis pronunciaba su nombre. Johanna se agitaba en la cama de al lado mientras le daban una descarga tras otra, pero no era real, porque aún tenía el pelo largo.
Annie abrió los ojos y se encontró con el mismo escenario, salvo que esta vez había dos Johannas. Una de ellas sangraba por la comisura de la boca. La otra tiraba de las correas dando gritos. Annie sintió otro pinchazo en el brazo y pronto todo desapareció. El dolor, las imágenes, el frío. Annie se dejó caer sobre la camilla, sudando. La mujer le sacó la masilla de la boca, y Annie pudo tragar saliva, notando la garganta en carne viva. Probablemente había estado gritando.
-      Annie… - susurró Johanna.
-      ¿Vas a hablar ahora o no? – dijo la torturadora, apartándose de la cama de Annie y dirigiéndose a la pared de cristal.
-      Déjala, por favor… Por favor – suplicó Johanna, dejándose caer.
La torturadora se acercó de nuevo a Annie con una nueva jeringuilla.
-      ¿Vas a hablar?
-      ¡Es que no lo entiendes! - gritó Johanna -. ¿Crees que soy tan estúpida como para callarme las cosas y dejar que me torturéis? ¿Es que sois idiotas?
La torturadora soltó la jeringuilla sobre una mesa y salió de la habitación. Annie cerró los ojos, llorando. Había sido un infierno revivirlo todo de golpe. Los gritos de Peeta seguían sonando dos una celda más allá, amortiguados por el cristal. Si a él le estaban haciendo lo mismo que le habían hecho a ella, entendía por qué gritaba. Si era algo peor… Ni siquiera podía imaginar nada peor.
-      Annie.
La chica se giró para mirarla.
-      Lo siento. Lo siento, de verdad…
-      No – musitó Annie, dejándose caer derrotada.
-      Lo siento.
Annie cerró los ojos y esperó que la morflina hiciese su efecto. Pero no le habían puesto morflina, y los gritos de Peeta continuaron taladrando sus oídos. Cuando paró de gritar, su puerta volvió a abrirse. Annie abrió los ojos y dirigió la mirada hacia el avox que llevaba una bandeja de comida. Se sentó en un taburete a su lado e hizo ademán de darle de comer.
Podría haberse negado a comer. Podría haber acabado con todo. Pero Johanna se lo había dicho, le había pedido que no se dejase morir. Y aún confiaba en Finnick. Él tenía que ir a por ella. A por ellas. Annie abrió la boca y dejó que el avox le diese el horrible mejunje, cucharada a cucharada, parando cada vez que ella lo necesitaba. El avox, apenas un chico de veinte años y pelirrojo, alargó hacia ella un vaso de agua, que no dudó en llenar dos veces más para ella.
-      Gracias – susurró la chica, tragando saliva -. Ellos también lo necesitan.
El chico asintió y salió de la habitación cargando con la bandeja. Apenas veinte minutos después, lo escuchó entrar en la celda de Johanna. La chica protestó, negándose a comer.
-      Jo… Por favor – suplicó Annie, cerrando los ojos.
El cansancio empezaba a llevársela. Los párpados le pesaban más de lo normal, y dejaba de sentir el dolor de los golpes del cuerpo. Cuando decidió abandonarse al sueño, vio a Johanna aceptar con el ceño fruncido la cucharada que el avox le ofrecía.
-      Esto es una porquería – gruñó, aceptando otra.
Annie sonrió y se quedó completamente dormida.