- Ellos…
Se le quebró la voz. Finnick la miraba con ternura, como si no hubiese ser más perfecto en el planeta, pero ni siquiera esa mirada le daba la confianza suficiente para hablar de lo que había pasado en casa. Respiró hondo y volvió a intentarlo.
- Le golpearon. Me querían a mí. Le pegaron y yo… Ellos lo…
Finnick la abrazó. Estaba sentada en una silla de ruedas, vestida con un amplio camisón gris. Hablar con Finnick era parte de la terapia que su médico le había mandado, aunque ella no lo tomaba como tal. Para ella, todo en Finnick era sanador.
Habían pasado días desde que había sido rescatada. Johanna estaba en la misma habitación que ella, y tampoco las habían sacado del hospital. Annie se separó de Finnick y lo miró, limpiándose las lágrimas.
- Él me estaba protegiendo y yo… No pude…
Finnick le puso un dedo sobre los labios, acuclillado a su lado. Él también tenía lágrimas en los ojos. Pero él no lo había visto, no había escuchado el disparo. Annie se tapó los oídos. El disparo seguía repitiéndose, así como los gritos de dolor de Johanna y de Peeta, y los extraños sonidos del avox que habían torturado.
Finnick le cogió las muñecas con mucho cuidado, evitando rozarle las vendas, y le apartó las manos de las orejas, obligándola a mirarlo.
- Lo sé, Annie…
- No lo sabes – lloriqueó ella -. Ha sido… Nada de lo que te hayan dicho es…
Finnick bajó la cabeza, sin separar los labios de sus manos. Annie se miró los brazos, llenos de agujas que la mantenían enganchada a bolsas de morflina, y vendas que cubrían las rozaduras y los cortes.
- Sabes que puedes contármelo – susurró Finnick -. Estoy aquí.
Ella lo miró con ternura, pestañeando para eliminar las lágrimas. Finnick también había vivido un infierno. Primero los Juegos, el reloj de los horrores. Haymitch Abernathy le había contado cómo Finn había pasado los dos meses que había estado confinada en el Capitolio, haciendo nudos y casi tan inestable como ella.
O al menos, eso ponía en la pulsera de plástico blanco que tenía sobre las vendas.
- Cuando estés preparada – continuó él -. Lo que sea.
Annie le sonrió. Su Finnick. Ni siquiera le había besado, porque le bastaba con poder verlo y tocarlo. Annie observó cada zona de sus ojos verdes, oscurecidos por todo lo que había pasado, pero igual de bellos. El chico le sonrió.
- ¿Qué hacemos ahora?
La chica se mordió el labio. Quería ir a ver a Johanna, pero Finnick, que la visitaba diariamente varias horas, le había dicho que pasaba la mayor parte del tiempo dormida o drogada. Él solo se limitaba a estar con ella, y Annie se lo agradecía. No hay nadie que se preocupe lo suficiente para querer sacarme de aquí, eso era lo que había dicho mientras estaba en su celda. Annie tragó saliva, eliminando esos pensamientos. No podía pensar en eso, no debía, porque si lo hacía…
Annie cerró los ojos con fuerza.
- Bueno – musitó Finnick, acercándose -, a mí se me ocurren un par de cosas…
La piel de Annie empezó a arder. Finnick presentaba esa media sonrisa que hacía derretirse a medio país y que la hacía explotar a ella. Annie extendió las manos hasta tocar su cara.
- ¿Y a ti, Ann?
Annie sonrió y se inclinó para besarlo.
Hasta ese momento, no se había dado cuenta de lo mucho que había echado de menos eso. Cuando sus labios rozaron, se sintió completa, como si hasta ese momento le hubiese faltado una pieza. Y así era. Annie enredó los dedos en su pelo, atrayéndolo hacia sí. Finnick subió a la cama sin dejar de besarla, poniendo las manos en su cintura con una seguridad que le recordaban al antiguo Finnick, el chico que había dedicado gran parte de su vida solamente a ella. Finnick le recorrió la línea del mentón con los labios, sin dejar de acariciarla como si fuese de cristal. Annie lo abrazó. Estaba ahí, era real. Todos los momentos que habían vivido antes del anuncio del Vasallaje regresaron a su cabeza, ahogando los recuerdos más recientes.
Y, de repente…
- Cásate conmigo – susurraron los dos a la vez.
Finnick se separó, con los ojos muy abiertos. Annie rió, besándole la clavícula a través de la tela del camisón.
- Cásate conmigo – repitió.
El chico cerró los ojos, moviendo los labios para sí mismo. Annie se apoyó sobre la almohada, mirándolo fijamente. Finnick estaba serio, casi sorprendido. Se inclinó hacia ella, acariciándole el cuello con la punta del dedo.
- Sí – dijo, más para sí mismo que para ella -. Sí.
La besó con necesidad, con una mano apoyada en la almohada junto a su cabeza. Annie desplazó las manos desde su cuello hasta los dedos del chico y los entrelazó, acariciándole la nariz. Finnick metió una mano debajo de su camisón, rozándole la piel desnuda de la espalda. Se separó, con las cejas levantadas.
- ¿Estás bien?
Annie sonrió. No recordaba las heridas, ni las quemaduras. No recordaba lo que había pasado en un período de tiempo muy largo. Asintió, besándole los nudillos.
- Annie…
- Finnick – musitó ella -. Por favor.
Finnick se inclinó, besándole la nariz, y sonrió.
Los días siguientes fueron una locura. Annie iba a todos lados agarrada a Finnick, que organizaba la boda como podía con Plutarch. Sin embargo, el hombre estaba mucho más preocupado que ellos por el acontecimiento. Finnick le contó que Plutarch quería grabar la boda para mostrarla a todo el país. Annie siempre asentía. Para ella, no existían ni las cámaras, ni los preparativos, ni los invitados. Para ella, solo existía la certeza de que ambos iban a estar juntos y a salvo.
- Plutarch, nos da igu…
- ¡No! – replicó el hombre, agitando la mano -. ¡Tenemos que hacer esto bien! ¡Y necesitáis…!
Annie no quería saber qué más necesitaban. Johanna Mason estaba fuera, mirándose las uñas apoyada en la pared del pasillo. Annie se acarició el pelo y salió a verla.
- Vaya – gruñó Johanna, levantando la vista con desgana -. Pero mira a quién tenemos aquí.
- Jo…
Ella sonrió. Annie se relajó de inmediato, lanzándose a darle un abrazo. Johanna tardó en devolvérselo.
- ¿Es que no pensabais decirme que os ibais a casar o qué, descerebrados?
Annie sintió la sangre subirle a las mejillas con una rapidez inesperada. Johanna le dio una ligera palmada en el brazo y sonrió, dándole la mano.
- Gracias.
- ¿Por qué? – preguntó Annie, dándole un apretón.
- Por no dejarme morir allí.
La chica bajó la mirada.
- Ni tú a mí tampoco.
Johanna le soltó la mano, borrando la sonrisa pero sin abandonar sus rostro de satisfacción. Annie se dio cuenta de que tenía los ojos un poco nublados. Drogas. Probablemente, estaba enganchada a la morflina. No la culpaba.
- Bueno, entonces… ¿tendrás que encontrar un nuevo vestido, no? No puedes casarte con esta… - Johanna cogió el borde del camisón y dio un tirón – cosa.
- ¡Vestido, sí! – gritó Plutarch desde el interior de la sala -. ¡Necesitamos vestidos!
- Yo puedo arreglar eso.
Annie se giró, mirando por encima del hombro de Johanna. Su amiga dio un suspiro y se giró. Katniss Everdeen estaba frente a ellas, con un traje gris y una rozadura en la mejilla. Finnick le cogió la mano a Annie y le dedicó a la chica en llamas una sonrisa, acompañada por el gesto de confusión de Plutarch.
- Quedan vestidos de… - Katniss tragó aire – Cinna en el 12. Seguro que alguno es para ti.
Annie volvió a sonrojarse. Nunca había hablado con Katniss, pero ella había estado con Finnick mientras Annie había estado en el Capitolio. Le debía eso.
- ¿Podrías acompaña…? – comenzó Plutarch, señalando a Annie con el pulgar.
- Sí, por supuesto. Dadme un aerodeslizador.
- Bueno, Annie – susurró Johanna, pasándose una mano por la cabeza rapada -. Vamos a ponerte guapa.
Katniss dejó la mano suspendida en el aire, mirando a Finnick de reojo. El chico asintió y soltó a Annie, dándole un ligero empujoncito en la parte baja de la espalda.
- ¿Vamos? – dijo Katniss, extendiendo la mano.
Annie se la cogió y, tras recibir un apretón, la siguió hasta el aerodeslizador. Katniss se sentó junto a ella sin soltarle la mano. Annie lo agradecía, aunque no sabía muy bien quién se apoyaba más en quien. Katniss había perdido a Peeta, o eso había dicho Haymitch, lo que la había dejado completamente vacía. La había visto más de una vez caminar sin rumbo, con la mirada perdida. Y se sentía mal caminando de la mano con Finnick mientras Katniss estaba sola.
- ¿Tienes algo en mente, Annie?
Annie la miró a los ojos. Eran grises, de un color que ya había visto antes, unos días atrás, en… Hawthorne. El soldado de pelo oscuro y ojos grises que había irrumpido en su celda. Annie continuó observando a Katniss. ¿Era ese su primo, el de la foto que Peeta le había enseñado en la Arena? Pero parecía más mayor, más…
- ¿Annie?
La chica volvió a la realidad, meneando la cabeza. Katniss seguía a su lado con la cabeza ladeada, esperando una respuesta a una pregunta que Annie no recordaba.
- ¿Tienes… algo en mente? ¿Para la boda?
Annie sonrió, bajando la mirada. La boda. Iba a casarse. Ni siquiera diciéndolo parecía verdad.
- No – dijo, escondiendo la cara entre mechones de pelo -. Yaden, mi estilista, hacía unos vestidos preciosos, pero…
Yaden. Si habían matado a Dexter y casi a Margaret, ¿qué habría sido de Yaden y Carrion? Annie se llevó las manos a la cabeza. Yaden, con su sonrisa cómplice y sus manos capaces de poner el mar sobre la tela.
Las manos de Katniss se cerraron alrededor de las muñecas de la chica quitándole las manos de las orejas, igual que hacía Finnick con ella.
- Bueno – dijo la chica en llamas, visiblemente incómoda -, Cinna también hacía vestidos increíbles. Te van a encantar.
Annie rió, poniéndose el pelo detrás de la oreja.
- Vale. Pero un vestido sin llamas.
Katniss la miró, incrédula, y luego sonrió.
- Sin llamas.
Finnick
permaneció toda la noche despierto al lado de la cama de Annie, con las manos
de la chica entre las suyas. Acarició todas las magulladuras de su cara. No
importaba nada, salvo que estaba viva y a salvo.
- Finn…
- Estoy aquí. Estoy
aquí contigo.
Annie
entreabrió los ojos. Le habían puesto una dosis de morflina para que estuviese
relajada durante la exploración. Finnick había estado presente mientras la
vendaban y le examinaban las quemaduras y heridas. Odiaba al Capitolio más que
nunca. Más que cuando lo habían seleccionado como tributo, más que cuando había
tenido que matar a alguien por primera vez, más que cuando lo habían obligado a
prostituirse, más que cuando Snow había amenazado con hacer lo mismo con Annie
y más que cuando habían anunciado el Vasallaje. Habían tocado lo que más
quería, y eso era imperdonable.
- Finn…
- Aquí, Ann. Aquí.
La
chica se desplazó hacia él sobre la almohada, esbozando una mueca de dolor a
través de la mascarilla que le permitía respirar mejor. Finnick se inclinó
sobre ella, dejando su cara a pocos centímetros de la suya, y le quitó la
máscara. Annie extendió la mano, sin soltar sus dedos, hasta su cara.
- No era un sueño.
- No, estoy aquí –
Finnick le acarició la nariz con un dedo -. Ahora estás conmigo.
Annie
cerró los ojos, sonriendo.
- Bien.
Finnick
le besó la frente, le devolvió la mascarilla y la dejó dormir, sin despegarse
de su lado. A mediodía llegó Haymitch, serio, con aspecto de no haber dormido
nada.
- ¿Cómo está? –
preguntó, sentándose a su lado.
- Bien – respondió
Finnick, apoyando la boca en los nudillos de la chica -. Le han puesto un suero
para que empiecen a sanar los moratones, y le han curado las heridas. Ahora
solo está sedada.
Haymitch
miró el suero que salía del gotero directo a su vena con el ceño fruncido.
Finnick podría haber ignorado su presencia perfectamente, estaba demasiado
concentrado en Annie. Haber estado sin ella durante tanto tiempo le había hecho
querer memorizar todos sus rasgos, más aún de los que ya se los sabía, por si
volvía a desaparecer. Le pasó la mano por el pelo, sucio después de las semanas
de confinamiento, pero le seguía pareciendo lo más suave del mundo.
- ¿Y su cabeza?
Finnick
se giró hacia Haymitch, cansado.
- ¿A qué te refieres?
- Finnick, hay una
posibilidad de que hayan alterado sus recuerdos. Puede que ahora esté estable
por la morflina, pero cuando se recupere… Puede que no sea la misma.
- Está bien – replicó
Finnick, mirándola de nuevo -. Sé que está bien…
- Finnick.
- Haymitch, está bien. Lo
sé.
Haymitch
entendió a la primera que era inútil discutir, así que cerró la boca, mirando a
los monitores conectados al cuerpo de la chica. Finnick se giró de nuevo hacia
él.
- ¿Y Johanna?
- La están observando.
Aún no ha despertado, creemos que ya estaba inconsciente antes de que el gas
hiciese efecto sobre ella.
- Quiero ir a verla,
pero temo que Annie no me vea aquí cuando despierte.
Haymitch
asintió. Finnick observó los monitores que recogían la frecuencia del latido de
la chica tumbada sobre la camilla. Sus latidos eran constantes, quizá por el
efecto de la morflina. Finnick le besó los dedos.
- Hemos… - comenzó
Haymitch, dubitativo – tenido complicaciones con Peeta.
Finnick
se tensó. Nunca había tenido una relación de amistad con Peeta, a pesar de
haberle salvado la vida, pero se preocupaba por Katniss.
- ¿Complicaciones? ¿Qué
clase de…
- Han distorsionado sus
recuerdos de Katniss. Ha intentado matarla.
Finnick
se irguió, mirándolo incrédulo. ¿Peeta, el chico que había hecho todo por
proteger a Katniss? ¿El chico por el que ella había estado al borde de la
histeria? ¿El chico que había declarado su amor por ella delante de todo el
país, un amor puro y sincero?
- Es… cómo…
- Por eso he venido a
avisarte. Si han podido hacerle eso a él… Bueno, sabes que Annie tiene una
mente inestable, más vulnerable que la del muchacho.
El
chico miró alarmado a Annie, que empezaba a despertar. Haymitch se inclinó
junto a él, observándola abrir los ojos.
- ¿Annie?
La
chica extendió la mano hacia él. Finnick la sujetó con fuerza.
- Finn…
- Aquí. Estoy aquí.
Haymitch
se colocó al otro lado de la muchacha, sigiloso y con cuidado. Finnick se lo
agradeció en silencio, cualquier cosa brusca podía asustarla.
- ¿Recuerdas dónde
estás, Annie? – preguntó Haymitch, en apenas un susurro.
Annie
tardó unos segundos en enfocarlo. No podía apartar la vista de Finnick, y él
tampoco. Le acarició el dorso de la mano mientras ella se dirigía hacia el
hombre.
- El… el distrito 13.
- ¿Cómo estás?
- Me… - Annie tragó
saliva, alertando a Finnick – duele.
Haymitch
mandó llamar a un médico y volvió a inclinarse. Finnick lo miró por el rabillo
del ojo. Annie inspiró con fuerza y se llevó una mano a un oído.
- Lo… oigo.
- ¿Qué oyes, Ann? –
preguntó el chico, con urgencia.
- Gritan… pero no tan
fuerte. Aquí – Annie se puso un dedo sobre la sien -. Jo… Johanna…
Un
médico corrió la cortina que la separaba de otros pacientes y se acercó con una
sonrisa mientras examinaba una hoja.
- Bueno – comenzó,
mirando los monitores -, está un poco aturdida, pero las quemaduras y las
heridas no son graves. Solo necesita reposo.
- ¿Y su cabeza? –
preguntó Haymitch, rascándose la ceja con el pulgar.
- Los asuntos de la
mente son siempre complejos y particulares. Hemos encontrado restos de veneno
en su sangre que estamos examinando, pero la señorita Cresta ya… - El hombre
miró a Finnick de soslayo, como pidiéndole permiso – ya era especial antes.
Finnick
se inclinó sobre Annie, apartándole un mechón de la frente.
- Obviamente, quedarán
estragos. Deben estar preparados para cualquier caso de histeria o recaída. Le
asignaremos a un psiquiatra.
Finnick
asintió. Ya había escuchado algo así antes, cinco años atrás.
Las experiencias traumáticas cambian a las personas. Y lo que la
señorita Cresta ha vivido ahí dentro no se le va a olvidar nunca.
Está todo en su cerebro. Por desgracia, no se nos permite acceder a
él. Habrá momentos en los que no recuerde absolutamente nada, ni siquiera quién
es. Habrá momentos en los que parecerá exactamente la misma persona que antes.
Y habrá momentos en los que una simple palabra, o un simple sonido, serán
suficientes para que enloquezca. Ella está atada a esta clase de ataques de por
vida. No va a recuperarse. Puede que consiga controlarlo, pero esas reacciones
van a seguir ahí.
Él
debía estar preparado para eso y más. Annie le besó los dedos y clavó en él sus
ojos verdosos. Finnick le acaricio la mejilla con el pulgar, bordeando el
hematoma que tenía bajo el ojo.
- ¿Has visto a Johanna?
Finnick
negó con la cabeza. Annie cerró los ojos, inspirando con fuerza.
- Ve – Finnick intentó
replicar, pero ella negó con la cabeza -. Por favor, ve.
- Tenemos que hacerle
más pruebas – añadió el doctor -. Evaluar sus reacciones ante distintos
estímulos.
- Ve – insistió Annie,
dándole un apretón.
Finnick
asintió, mirando a Haymitch. No quería dejarla, tenía demasiado miedo a que se
la arrebatasen de nuevo, pero su amiga… No podía dejarla sola. No podía dejar
que solo la visitasen los médicos. Finnick salió de la sala, haciendo nudos con
un cordel medio deshecho. Johanna estaba en una habitación individual, echada
sobre una cama y arropada hasta la barbilla. Miraba con desgana los cables que
la rodeaba, producto de la cantidad de morflina que le estaban metiendo.
Finnick entró en silencio, intentando que ella no reparase en él, pero Johanna,
a pesar de aturdimiento, estaba alerta.
La
chica se giró hacia él, entreabriendo la boca.
- Vaya – musitó, con
voz pastosa -. El desaparecido.
Finnick
se sentó junto a ella y extendió la mano hacia su amiga, que apenas la movió.
Clavó una mirada de cansancio en él y dio un largo suspiro.
- Morflina. Qué
invento.
- Ni que lo digas,
Mason – respondió Finnick, imitando su viejo tono.
Johanna
sonrió levemente.
- Como si tú lo
necesitases, Odair.
Finnick
la miró a los ojos y Johanna le sostuvo la mirada. Luego, con mucho esfuerzo,
se apartó y le hizo un hueco en el que Finnick no dudó en tumbarse a su lado,
con los dedos entrelazados. La observó de cerca. Ella estaba incluso peor que
Annie, con el pelo rapado y la cara llena de heridas a medio sanar.
- ¿Qué? – gruñó ella,
sujetándose el costado con una mano -. ¿No me vas a decir nada sobre mi nuevo
corte?
Finnick
rió entre dientes, apretándole la mano.
- Sexy. Masculino. Pega
contigo.
- Masculino – repitió
ella, frunciendo los labios -. Da gracias a que estoy atontada, descerebrado.
El
chico se obligó a borrar la sonrisa de su cara y girarse hacia ella, serio.
Johanna lo observó moverse por el rabillo del ojo, sin inmutarse. Finnick tragó
aire.
- ¿Fue… - ¿Debía
preguntarlo? Haymitch había hablado de alteraciones en la mente. Cualquier cosa
que dijese podría volverla loca.
- ¿Malo? – Johanna
tragó saliva -. Fue horrible. Para los tres. Ellos…
Finnick
observó cómo se le llenaban los ojos de lágrimas que se esforzaba por contener.
Hacía mucho que no la había visto llorar. Demasiado. Lo que le habían hecho…
Se
imaginó aplastando el Capitolio hasta sus cimientos.
- Lo siento – se
disculpó -. Debería haber venido ant…
- No. Ella era tu
prioridad. Lo entiendo – Johanna cogió aire. Le costaba incluso pronunciar tres
frases -. Es solo… Allí… Me di cuenta de… y nadie…
La
voz de Johanna se quebró, pero Finnick sabía cómo continuaba el resto de la
frase. Siempre se había jactado de no necesitar a nadie, pero en el Capitolio,
lo que había sido su defensa, su escudo, se había convertido en su debilidad.
Finnick siempre había estado para ella, y Johanna sabía que podía contar con
él. Pero ambos sabían asimismo que, con Annie en el Capitolio, siendo
torturada, Finnick no sería capaz de centrarse en nada más.
Me di cuenta de que
estaba sola y nadie me echaría de menos.
Finnick
se inclinó y le besó el hombro. Johanna no soltaba su mano; se lo apretaba con
fuerza, como si temiese dejarlo ir. Pero él no se iría. Se quedaría ahí,
siempre. Para eso estaban los amigos, para cuidarse los unos a los otros.
- Sé que ahora… te
sientes mal – continuó -. No quiero. No tienes que sentir…te culpable por
preocuparte más por Annie que por… mí.
Johanna
se quedó en silencio durante veinte minutos. Finnick intentó ponerse en su
lugar, pero él siempre había tenido a alguien que se preocupase por él. Sus
padres cuando era niño, antes de quedar huérfano. Mags. Annie. Dexter. Incluso
Johanna. Gente que se había preocupado en su mayor parte exclusivamente por él.
- Ella… Pasó algo. En
realidad… no quieres saberlo – dijo de repente.
Finnick
se levantó, apoyándose sobre un codo y mirándola fijamente.
- Hace un par de días.
Le habían hecho algo a Peeta. Un experimento que había… funcionado con éxito, y
querían probarlo con nosotras. Era… veneno.
Lo
que había dicho Haymitch. Cómo habían transformado al amable Peeta en un
asesino. Imaginarse a Annie o a Johanna queriendo matarlo era demasiado
doloroso. No podía imaginar cómo debía sentirse Katniss.
- Nos pusieron unos
vídeos y nos inyectaron esa cosa. Yo… - Johanna se pasó para tomar aire y
descansar, con los ojos cerrados -. Queríais matarme. Los dos. Incluso Nell y
Blight. Y no podía parar. Vosotros… Era tan real…
Finnick
le acarició la mano. Así que eso habían hecho con Peeta. Finnick se preguntó
cuántas veces le habían hecho eso al chico para conseguir que odiase a Katniss.
Se estremeció.
- Pero Annie… - Finnick
se tensó. No sabía si estaba preparado para oírlo -. Fue como si su mente
reaccionase… contra el veneno. Lo que veía no se correspondía con lo que
querían que viese. No la atacaban a ella, sino que volvía al pasado. Empezó… a
preguntar por… Mags, y Kit y Dexter, y te llamaba pidiendo ayuda…
Las
manos de Finnick sudaban. Dexter. Debería desear que estuviese vivo, pero sabía
que era algo en vano. Estaba muerto. Él no tenía importancia para nadie a los
ojos del Capitolio. Quizá para el propio Finnick, pero no la suficiente como
para poder herirlo. Finnick se obligó a tranquilizarse, pero la imagen de su
amigo arrodillado junto a él, pidiéndole que volviese a casa le perforaba el
cerebro. Johanna le dio un apretón.
- Por lo menos, estar
chalada le ayudó. Ojalá yo lo estuviera. Ojalá lo esté.
Finnick
cerró los ojos. Annie estaba a salvo. Johanna estaba a salvo. Era más de lo que
podía pedir.
- ¿Lo hueles?
Annie
intentó inspirar con tranquilidad, pero estaba demasiado agitada. Las
pesadillas se mantenían incluso cuando tenía los ojos abiertos, pesadillas que
bien podían ser recuerdos.
- No. ¿Qué es? –
preguntó el otro torturador, observándole los ojos con una linterna.
- Huele raro – aclaró
el primero, tomándole a Annie el pulso.
El
otro se encogió de hombros y siguió examinando a la chica. Annie intentó cerrar
los ojos para que la luz no la cegara, pero el hombre se los mantenía bien
abiertos con los dedos.
- ¿De verdad no lo
hue…?
Pero
el hombre cayó al suelo de repente, con los ojos en blanco. Su compañero dejó
caer la linterna y se arrodilló a su lado, dándole palmadas en las mejillas.
Annie miró a los dos torturadores, pero los párpados volvían a ser pesados. ¿Le
habrían aumentado la dosis de morflina para dormirla?
- ¿Qué demon…?
El
otro torturador cayó al suelo junto a su compañero. Annie intentaba mantenerse
despierta. ¿Qué estaba pasando? Se giró hacia Johanna, pero la chica ya había
caído desmayada. Annie intentó gritar, pidiendo ayuda, pero una oleada de aire
ácido le entró en la garganta y comenzó a toser. Se escuchaban gritos a lo
lejos. ¿Qué clase de nueva tortura era esa?
- ¡Por aquí, vamos! –
gritaba una voz masculina -. ¡Son estas cuatro, vamos!
La
puerta se abrió de golpe, dejando pasar a un chico joven, el mismo de pelo
oscuro que había visto en la televisión. Annie intentó enfocarlo, pero la vista
comenzaba a nublársele. El chico colocó una mascarilla sobre su boca, cortándole
las correas con un cuchillo. Annie se irguió con ayuda del chico, mareada,
sujetándose la cabeza con las manos.
- ¿Qué está…?
- Ya estás a salvo –
dijo el muchacho, tirando de ella -. ¡Boggs, tengo a Annie Cresta!
Annie
cerró los ojos, respirando aire puro a través de la mascarilla. Los ojos del
chico eran grises, como el cielo nublado. Annie se agarró a su muñeca.
- Johanna…
- ¿Dónde está Peeta? –
preguntó, soltándola.
Annie
señaló al cristal. Tres hombres más con mascarillas entraron en la celda y colocaron
un dispositivo en el cristal, quebrándolo sin llegar a estallarlo del todo. Uno
de ellos, el hombre musculoso, se lanzó
con el hombro hasta que el cristal se rompió completamente y atravesó la celda.
El muchacho que estaba con Annie se levantó de golpe.
- Yo voy a por Peeta –
señaló a Annie con la cabeza -. Ella está despierta, lleváosla al
aerodeslizador. ¡Ya!
Otro
hombre moreno la cogió en brazos y la sacó de la celda. Sin embargo, Annie
estaba inquieta, a pesar del aturdimiento.
- Johanna…
- Tranquila, ya la
están sacando.
Annie
alargó la cabeza y la vio salir en brazos del hombre musculoso, el tal Boggs.
Ni siquiera se habían molestado en ponerle una mascarilla, ella ya estaba
inconsciente. Annie se dejó caer sobre el pecho del hombre.
- Estás a salvo, estás
a salvo – repetía el hombre.
- ¡Mitchell, nos
atacan!
El
hombre que llevaba a Annie se dio la vuelta bruscamente. Boggs iba tras ellos,
protegiendo a Johanna, que parecía bastante menuda en sus brazos, con su propio
cuerpo.
- ¡Hawthorne, date
prisa! – chilló, disparando como podía contra un torturador.
Mitchell
soltó a Annie y la apretó contra la pared, cubriéndola con su cuerpo. Annie
sentía las piernas de gelatina, incapaz de mantenerla en pie, pero el apretón
del hombre la mantenía erguida.
- ¡Hawthorne, a tu
espalda!
Se
oyó un grito de dolor. Mitchell se separó de la pared y cargó a Annie con un
brazo. La chica sentía un intenso mareo y ganas de vomitar, pero se contuvo.
Era todo efecto del gas que retenía la mascarilla.
- ¡Boggs! ¡Boggs, coge
a Peeta!
Annie
vio cómo el hombre le pasaba a Johanna a otro y se giraba, disparando a diestro
y siniestro a los torturadores. Mitchell colocó un brazo alrededor de la cabeza
de Annie y salió corriendo, evitando las balas que le lanzaban los
torturadores.
- ¡Vamos, vamos, al
aerodeslizador!
La
chica entreabrió los ojos. El hombre que transportaba a Johanna los adelantó y
abrió la puerta tirando un explosivo. Annie sintió el calor de las llamas en su
piel, pero estaba demasiado dolorida como para que tuviese alguna verdadera
importancia.
La
luz natural del sol fue como una antorcha colocada sobre sus ojos. Las lágrimas
se deslizaron por sus mejillas. Estaba a salvo, en la calle. Los habían
rescatado.
- Finni…
- Está en el 13, Annie.
Allí es donde vamos.
Annie
sintió tal alivio que su cerebro empezó a desconectarse. Quizá fuesen los
gases, quizá el cansancio. Lo último que vio antes de caer inconsciente fue al
hombre que cargaba a Johanna atravesar las puertas del aerodeslizador con su
amiga en brazos.
Cuando
despertó, lo primero que sintió fue que ya no tenía la mascarilla colocada
sobre la cara. Meneó los brazos para deshacerse de las correas, pero sus
muñecas estaban libres. Annie extendió las manos frente a sus ojos. Tenía las
manos magulladas, en carne viva, pero libres. Sonrió, a pesar del esfuerzo que
ese sencillo movimiento le producía.
- ¿Cómo vas, Hawthorne?
– dijo una voz a unos metros.
- He… he tenido días
mejores. ¿Cómo están?
El
chico de pelo oscuro hablaba con dificultad, pero estaba vivo. Annie se giró,
buscando a Johanna. Recordaba haberla visto entrar, pero ¿estaría viva? Empezó
a ponerse nerviosa.
- Inconscientes todos.
Los efectos del gas se pasarán en unas horas, cuando lleguemos al 13. No te
muevas mucho.
Annie
se dejó caer sobre el colchón. Inconscientes, pero no muertos.
- Solo hemos perdido a
Light, pero, por suerte, lo mataron rápidamente. La tortura hubiese sido mucho
peor para él de lo que ha sido para ellos.
Annie
se giró, buscando a Johanna, lo que no pasó desapercibido para nadie. Boggs se
levantó rápidamente, seguido de Mitchell y una mujer rubia con un feo corte en
la cara.
- Annie – susurró
Boggs, agachándose junto a ella -. ¿Cómo te encuentras?
La
chica gimió. Aún tenía la garganta irritada por los gases y los gritos. La
mujer rubia le puso una manta sobre el cuerpo y comenzó a examinarle las
heridas.
- Deberías dejar eso
para un médico, Leeg.
- O quizá deberías
callarte, Mitchell.
Leeg
le sacó el brazo y comenzó a examinarle las muñecas magulladas. Annie hizo una
mueca cuando la mujer colocó un trapo mojado sobre su piel.
- Lo siento – dijo la
mujer, mordiéndose el labio.
- Te dije que lo
dejases.
- Y yo que te callaras,
así que…
- Se acabó – zanjó
Boggs, acuclillándose junto a Annie -. Duerme. Aún faltan unas horas.
- ¿Está Fi…?
- Está perfecto, y
estará mejor cuando estés allí. Descansa.
Annie
asintió, pero no era capaz de cerrar los ojos. Iba a ver a Finnick, por fin.
Después de tener que ver cómo se lo llevaban al Capitolio para volverlo a meter
en la Arena. Después de verlo enfrentarse a un reloj de horrores. Después de
ver morir a su mejor amigo y ser torturada. Iba a verlo, a tocarlo.
- Ponedle morflina –
sugirió Hawthorne desde la camilla -. No va a dormirse si no le dais algo.
- No, no… Morflina no…
Annie se agitó, pero no pudo evitar que la
mujer le clavase la jeringuilla en el brazo.
Se
sumió en un sueño blanco, que es como había comenzado a llamar al estado en el
que la sumía la morflina, porque no concebía 'dormir sin soñar'.
- Annie…
La
muchacha abrió los ojos. No le habían puesto una dosis potente, por lo que no
era difícil sacarla del sueño blanco. Annie se levantó, aún con la cabeza
dándole vueltas. Boggs estaba junto a ella, y podía verlo con claridad. Ojos
claros, pelo corto, pálido y lleno de mugre, pero vivo y relativamente
contento. La ayudó a levantarse, poniéndole una mano en la cintura.
- Bienvenida al 13.
Annie
miró al resto de la patrulla. Llevaban a Johanna en una camilla, aún
inconsciente. Peeta también estaba aún dormido, con la cabeza apoyada en otra
camilla que ya estaban sacando del aerodeslizador y metiendo en un ascensor. Mitchell
colocó una manta alrededor de sus hombros y la acompañó hacia otro ascensor,
junto con Johanna.
- Hawthorne – decía
Boggs, delante de ellas -, será mejor que vayas a que te saquen eso de la
espalda. Ya.
Hawthorne
desapareció, sujetándose el hombro, que chorreaba sangre. Annie se arropó con
la manta cuando las puertas se cerraron, con una mano en la camilla de Johanna.
- Lo mejor es que ahora
vayas a ver a un médico antes de nada para que te curen eso – sugirió el
soldado, mirándole las muñecas -. Antes de que se te infecte.
Annie
asintió, pero se moría de ganas de ver a Finnick. Ni siquiera sabía qué iba a
decirle, o qué iba a decir él. Con verlo vivo con sus propios ojos, le bastaba.
Salieron
del ascensor. Mitchell se dirigió a una habitación mientras dos soldados
conducían la camilla de Johanna con rapidez. Annie vio a Boggs pasarse la mano
por la cara mientras dirigía a unos y otro hacia distintas habitaciones. Annie
se sentó, mareada. Mitchell le había dicho que debía ir a ver a un médico que
examinase sus heridas, pero no sabía dónde ir. Estaba más perdida de lo que
había estado en mucho tiempo. Levantó la mirada.
Quizá,
si encontraba a Mitchell de nuevo, él podría dirigirla a algún sitio. O seguir
a Johanna, a la que seguramente estaban llevando a algún doctor. O…
Primero
vio a Katniss Everdeen. Deambulaba por el pasillo con la cara contraída en una
máscara de confusión y emoción, una combinación tan extraña que a Annie le
pareció maquillaje. Pero no era maquillaje, de eso estaba segura. Haymitch
Abernathy estaba a su lado, también impaciente. Entonces, Katniss se corrió
hacia una habitación, la misma en la que había entrado el soldado Hawthorne.
Y
allí estaba él. Parecía perdido, rígido, sin su sonrisa. Annie abrió la boca
para llamarlo, pero la voz parecía no acudir. Temió haberse quedado muda.
Vio
a Finnick girarse en cuanto la camilla de Johanna pasó por su lado, alargando
las manos hacia ella. Katniss tiró de él. Annie se levantó, corriendo hacia él,
tambaleándose.
- ¡Finnick!
Los
ojos verdes del chico se clavaron en ella y, por un segundo, parecía más
confuso aún. Como si sospechase que ella no era real. Como si esperase que
desapareciera. Entonces, soltó la mano de Katniss y corrió hacia ella.
- ¡Finnick! – chilló
ella.
Porque
era real. Estaba ahí, a su lado. A unos metros. Centímetros. Y cuando él la
tocó, se dio cuenta de que no necesitaba ver a un médico. Finnick la abrazó, haciéndola
tropezar. Golpearon contra una pared, él sobre ella, con los labios puestos en
la piel de su cuello. Finnick no se movió, ni ella tampoco. No, no necesitaba
un médico. Lo necesitaba a él, que hacía que desapareciese cualquier dolor.
- Estás aquí – susurró
él, colocando los labios bajo su oreja -. Estás aquí.
Annie
levantó la mano hasta su pelo. Era real. No era una visión, ni un recuerdo
provocado por un suero. Estaba ahí. Se apartó de él y ambos recorrieron el
rostro del otro con los dedos, asegurándose de que estaban ahí. Finnick sonrió,
dejando caer un par de lágrimas. Ella le acarició la piel de las muñecas, tan
suave como siempre había estado. Sus frentes se rozaron y ambos cayeron al
suelo de rodillas, abrazados.
- Estás aquí – murmuró
ella, acariciándole la cara.
- Estoy aquí.