viernes, 2 de mayo de 2014

Capítulo 90. 'Neel'.


Las cosas empezaron a mejorar.
La guerra había dejado estragos. Heridas profundas que nunca llegarían a cerrarse. Y dolor que nunca llegaría a sanar. Annie Odair lo sabía muy bien.
Sin embargo, pronto todo pareció brillar de nuevo. Al principio con una luz tenue y gris para todos, incluso para Johanna Mason, que dejó de fingir que no se preocupaba por nadie y empezó a hacerlo por su nueva familia. Annie jamás olvidaría sus primeras semanas en el distrito 4, semanas que habían sido duras para ambas. Los recuerdos eran un dedo en la llaga constantemente. Finnick, Dexter, Mags. El recuerdo de un tiempo sin preocupaciones. Pero para Johanna habían sido incluso peores.
A los pocos días de llegar al 4, Annie le mostró su playa. Reconstruyeron la cueva poco a poco, con esfuerzo y dedicación, tal y como Finnick había hecho en su momento. Cuando acabaron, a los tres días, se sentaron frente al inmenso mar azul. Johanna se quedó dormida sobre la arena, con el sol resplandeciendo sobre su piel perlada por el sudor. Annie, por su parte, caminó hacia el agua. Su madre le había dicho alguna vez que el agua era una medicina. Trató de no pensar en el verde mar de los ojos de Finnick y se adentró más y más. Cuando quiso darse cuenta, estaba hundida hasta el cuello. Y, de repente, había escuchado el grito.
Johanna se había metido sin vacilar en el agua. Annie nadó hacia ella, explicándole que todo estaba bien, pero los flashbacks aparecieron en la mente de su amiga, dilatándole las pupilas hasta que sus ojos fueron negros. Annie la sujetó por las muñecas, obligándola a mirarla a los ojos.
Está bien, había dicho. Estás conmigo, en el 4. Con tu familia.
Cuando le había dicho que iba a tener al niño, Johanna se había calmado por completo y sus ojos habían vuelto a ser los de siempre.
Esa tenue luz había ido cobrando fuerza. Seguía teniendo recaídas, algo que probablemente nunca se marcharía. Aún se despertaba cada mañana tocando el otro lado de la cama, esperando encontrarlo allí tumbado. Había días en los que no podía moverse de la cama, con los ojos clavados en el cuadro de Finnick, diciéndole que iba a ser padre. Cuando sintió a su bebé moverse en su interior, las dudas y el miedo la atenazaron de nuevo. No podría hacerlo. Una cosita tan frágil, capaz de romperse tan fácilmente… Tenía miedo de que se lo quitasen igual que se lo habían quitado todo. Entonces, ahí estaba Johanna, recordándole que estaban a salvo, en en 4, con su familia. No se había equivocado al afirmar que se necesitaban la una a la otra.
De eso habían pasado dos años.
Annie levantó la vista del cuaderno. Johanna estaba sentada en la arena de la playa, con los dedos de los pies enterrados en la arena. Frente a ella, estaba sentada la criatura más preciosa que Annie había visto en su vida. Le habían hecho falta casi veintidós años para darse cuenta de que eso era lo que había salvado su vida, y probablemente la de cualquiera. Tenía el pelito oscuro, tan rebelde como el suyo. Su nariz, levemente levantada. Pero el resto… el resto era todo de Finnick. Los ojos verdes como el mar, la sonrisa, los hoyuelos. Annie no podía evitar sonreír cada vez que lo miraba. Era tan hermoso que dolía.
Cuando lo sostuvo en sus brazos por primera vez, parecía tan frágil, tan pequeño, con la carita enrojecida, que quiso soltarlo y dejárselo a alguien que pudiese cuidarlo mejor. Pero cuando el niño tocó su piel con esas manitas tan diminutas, cesó su llanto. El niño había abierto los ojos y la había mirado directamente, como si la conociese.
Entonces, su nombre había salido de la boca de Annie como un suspiro.
Neel.
Había pensado nombres durante los nueve meses, tanto para niño como para niña. Sin embargo, en su interior sabía que era un niño. Finnick era el nombre con el que se refería a él cuando aún no había nacido. Pequeño Odair era el nombre que utilizaba Johanna, o pececillo, en su defecto. Pero cuando el bebé nació, comprendió que nunca habría podido llamarle Finnick.
Llamarle como su padre habría supuesto convertir a su hijo en el recuerdo constante de que Finnick se había ido. De que jamás podría ver a su niño, abrazarlo, jugar con él. Pero ese niño no era el premio de consolación que le había quedado tras perder a Finnick, sino el regalo que él había dejado antes de marcharse.
Neel.
El niño se giró hacia ella, llamándola con sus balbuceantes palabras de bebé. Annie dejó el cuaderno en el suelo y se acercó, extendiendo hacia él los brazos. Neel levantó sus manitas, haciendo un puchero. Johanna lo cogió en brazos, sonriendo.
-        Creo que el pececito te echa demasiado de menos – le dijo, pasándoselo.
Annie sonrió, colocándose al niño en la cadera. El bebé levantó la carita, sonriendo, marcándosele los hoyuelos en las mejillas. Annie se inclinó, rozando su nariz con la suya. Era la cosa más perfecta que había visto en su vida.
-        Deberíamos irnos – sugirió, recogiendo el cuaderno del suelo.
Johanna asintió, enseñándole la lengua al  bebé. El niño soltó una carcajada y extendió un bracito hacia ella.
-        ¿El pececito quiere ir con la tía Johanna? – susurró Annie, acariciándole la mano.
Los ojos de su amiga volvieron a iluminarse cuando le pasó al niño. Era otra persona diferente cuando estaba con él, como si Neel tuviese la capacidad de cambiarla. Johanna volvía a ser la misma de siempre con el resto, pero con ellos dos, siempre era una más de la familia.
Annie nunca había llevado a Neel a su playa. No solo por lo difícil que era acceder a ella, sino que no estaba preparada para hacerlo. Ver a su hijo, tan parecido a Finnick, en aquel lugar que solo ellos dos habían conocido y que había sido tan especial… No estaba preparada para enfrentarse a eso todavía. Y la playa del distrito estaba bien. El mar, la arena, la gente, siempre dispuesta a ayudar…
Mentiría si dijese que había estado sola. No solo había contado con Johanna, que no se separaba nunca de ella, y con Margaret, que seguía trabajando en la casa. Louisa, la madre de Emer, la había ayudado en el parto. Un amable pescador le había dado ropita de sus hijos para Neel. Una anciana le había regalado mantas y su hija le llevaba  constantemente paquetes de pañales. Como recompensa, Annie había dado una gran parte, tanto de su dinero como del de Finnick y Mags, al ayuntamiento del distrito para mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos. No necesitaba tanto. Y Johanna, que había hecho lo mismo en el 7, vendía madera para las chimeneas y las hogueras. Además, le había hecho una cuna a Neel con madera clara y figuras de peces. Quién habría dicho que dentro de Johanna Mason se escondía una tallista. La vida seguía adelante.
Atravesaron la Aldea de los Vencedores hasta llegar a su casa. Annie cogió a Neel mientras Johanna sacaba las llaves y abría la puerta. El niño le tocó la cara a su madre, riendo. Annie le besó la manita y entró tras su amiga. Sin embargo, la casa no estaba vacía.
Margaret servía café en unas tazas a dos personas sentadas en el sofá. Uno de ellos tenía el pelo rubio claro y ondulado. La otra, tenía el pelo oscuro recogido en una trenza. Johanna fue la primera en reaccionar.
-        Vaya, pero mira lo que tenemos aquí.
Katniss y Peeta se giraron a la vez, sonriendo. La cara de Katniss se transformó en cuanto vio a Neel en brazos de Annie, pasando de la alegría a la emoción. Annie supuso que la chica vería a Finnick en él tanto como ella.
-        ¿Qué hacéis aquí? – preguntó, cuando Katniss se levantó para abrazarla.
-        ¿No podemos visitar a nuestras amigas? – preguntó Peeta, estrechándola entre sus brazos -. Bueno, y a nuestro nuevo amigo también.
Peeta colocó un dedo en la mejilla de Neel, que se lo cogió y tiró de él, frunciendo el ceño. Katniss rió.
-        Creo que no le gustas – dijo, apartándolo suavemente.
Katniss miró fijamente al niño y le acarició la mejilla con el dorso de la mano. Neel le cogió la trenza y la sostuvo entre sus manitas con una sonrisa.
-        Vaya – exclamó Peeta, llevándose la mano al pecho -, me siento ofendido.
Johanna pasó a su lado, golpeándole la cadera con la suya.
-        ¿Decepcionado porque tu único rechazo venga de un adorable bebé, Mellark?
Peeta sonrió, rascándose la cabeza y mirando a Katniss por el rabillo del ojo. Annie los miró. Parecía que estaban bien. También habían seguido adelante. De repente, Neel extendió los bracitos hacia Peeta, que soltó un grito de júbilo y le cogió las manos, dispuesto a tomarlo en brazos. Sin embargo, a medio camino, se retiró, frunciendo los labios.
-        Peeta, está bien – susurró Katniss, colocándole una mano en el brazo -.  No le vas a hacer daño.
El chico miró a Annie, pidiéndole permiso. Sin embargo, Johanna llegó antes y cogió a Neel, arrastrando a Peeta de la muñeca hasta el jardín. Annie los vio desaparecer, sonriendo.
-        Parece otra – admitió Katniss.
-        Todos hemos cambiado.
Se sentaron en el porche. Johanna y Peeta estaban sentados en el suelo, con Neel puesto entre ambos, mientras se pasaban una pelota de goma. El niño no dejaba de reír.
-        Es igual que él – dijo Katniss, poniéndose seria de repente -. Cuando mandaste la foto, no se parecía tanto, pero ahora…
Annie asintió.
-        Es precioso.
Annie se giró hacia Katniss. Su mirada estaba clavada en Peeta, que sostenía la pelota en alto mientras Neel trataba de alcanzarla.
-        ¿Y vosotros? ¿Qué tal?
Katniss se acarició despreocupadamente la trenza, aunque su rostro seguía mostrando un ligero rastro de dolor.
-        La noche que no me despierto gritando yo, lo hace él. Pero ayuda volver a estar bien, aunque sea complicado. Resulta diez veces más difícil recuperarte que hundirte – añadió Katniss, con una sonrisa triste -. Es algo que Finnick me dijo una vez.
Annie clavó los ojos en Neel. Él era el que la había mantenido a flote. Él le había devuelto parte de la cordura. Ahora, podría ser catalogada como Casi Estable o algo así.
-        ¿Cuánto vais a quedaros? – preguntó Annie, devolviéndole la vista a la chica que tenía al lado.
-        Poco. Los trenes de los distritos pasan cada tres días, pero mañan…
-        Podéis quedaros todo el tiempo que queráis – sugirió Annie, cortándola -. Disfrutad de la playa. El sol.
Katniss sonrió.
-        Annie…
-        Tenemos habitaciones de sobra.
La chica rió. Peeta llegó hasta ellas con Neel en brazos, que le tiraba suavemente del pelo rubio. El muchacho se lo pasó a Annie y se sentó junto a Katniss, acariciándole la rodilla.
-        Peeta, creo que nos acaban de invitar a pasar unos días en el 4.
El chico sonrió, primero a Annie, luego a Katniss y finalmente al niño. Annie se levantó y le pidió a Margaret la cena. La mujer les preparó marisco y sopa, además de una papilla para Neel. Katniss se ofreció a dársela, cucharada a cucharada, con paciencia. Al final de la cena, Johanna los miró a todos con una sonrisa.
-        Me estáis robando a mi sobrino y no me gusta un pelo.
-        ¡Vamos, descerebrada! – dijo Katniss,  lanzándole una mirada burlona -. Nosotros también somos de la familia.
Esa noche, cuando toda la casa dormía, Annie seguía despierta, tumbada en la cama con Neel a su lado, haciendo formas en su barriguita de bebé sobre la tela del pijama.
Pensó en todo lo que había vivido. En las dos cosechas que había superado. En sus Juegos del Hambre. En Kit. En cómo Finnick la había cuidado y amado. En el Vasallaje. Las celdas del Capitolio. La guerra. Finnick. Había visto Panem atado, encadenado dentro de una jaula. Snow seguía apareciendo en sus pesadillas, destrozando todo cuanto tenía. Pero no era real.
Tenía a Neel, que había sido como un trago de agua fresca en mitad de un desierto. Que había reducido el dolor de todas sus heridas, a pesar de que ninguna había llegado a sanar completamente. Tenía a Johanna, que no se había separado de ella ni un segundo. Tenía a sus amigos: Katniss, Peeta, incluso Haymitch, que la había llamado varias veces para saber cómo estaban ella y el bebé. El distrito, que se había entregado con ella. Vivía en un mundo mejor, sin miedo, sin Juegos del Hambre.
Y allí delante estaba su hijo, su mayor regalo, dormido, sin preocupaciones, sin saber qué había pasado antes de él. Soñando.
Cuando volvamos a vernos, Panem será libre.
Annie cerró los ojos mientras Finnick susurraba esa frase en sus recuerdos y comprendió.
Finnick había tenido razón cuando había dicho que se verían cuando todo pasase. Después de perderlo, Annie lo había considerado como la ruptura de su promesa, pero seguía ahí, y se cumplió nueve meses después, cuando Neel abrió los ojos y la miró. Porque Finnick, al que había amado más que a nadie, estaba ahí, dentro de su hijo, y ahora tenía que amar a su niño por los dos.
Ojalá pudieses verlo, susurró, mirando la foto que descansaba junto a su mesilla. Finnick le devolvió la sonrisa.
Annie sabía que él estaría orgulloso. No solo de ella, de ver cómo había logrado seguir adelante, sino de Johanna también, de Katniss, de Peeta, de Panem. Incluso de Neel, por tener esa sonrisa.
Así que, cuando Annie dejó a su niño en la cuna, cogió su cuaderno blanco, en el que, durante dos años, había intentado escribir sin éxito alguna poesía y dejó que las palabras se deslizasen por el papel.

Donde estés, allí te sigo.
Donde esté, ahí estás tú.
Estás conmigo
desde el mar y el cielo azul.
Si pudieses verlo, no lo creerías.
Él es más que luz.
Esperanza y alegría,
tan brillantes como lo fuiste tú.
Nos enfrentamos a todo,
solos tú y yo,
y la niebla el mundo cubrió
cuando el viento nuestro muro derrumbó.
Me creí débil y sin vida,
innumerables veces te quise acompañar,
pero tú me sostenías
aunque siquiera pudiese pensar.
Y entonces, ojos verdes
se abrieron una vez más.
Porque somos infinitos.
Sin principio ni final.




Capítulo 89. 'Morflina'.

Empezó a comer. Dormir regularmente con la ayuda de la morflina. Hablar con el resto sin sentir que sus oídos se taponaban. Sentir, de nuevo, y quizá fue esa la parte más dura.
La primera semana, Annie no se había dado cuenta de la vida a su alrededor. Pero cuando había visto a Snow muerto sobre los adoquines de la plaza por la televisión, había sentido alivio y no creía que fuese cruel por desear su muerte, la de otro ser humano, porque Snow no era más que una serpiente. Y, con el alivio, habían llegado el resto de emociones.
Plutarch había contratado un psiquiatra especial para ella. Era un hombre llamado Marfil, del 13. Serio, encorvado y con una calva en mitad de la cabellera oscura. El hombre se limitaba a decirle que cerrase los ojos y tratase de encerrar el pasado en una caja. Por su parte, lo que Annie hacía en esas sesiones era dormir.
Ningún médico podría superar a Dexter, a su amigo, al hombre que la había cuidado cuando Finnick faltaba. Qué ironía que ahora faltasen los dos. Annie trataba de pensar en nuevos poemas, pero los versos no acudían a su cabeza, como si esa parte que tanto le gustaba a Dexter se hubiese esfumado. Y con ella, toda posibilidad de recuperarse.
Su médico le había hablado de las etapas del luto, pero Annie estaba segura de que ella las había pasado todas al mismo tiempo. La rabia, la negación, el dolor… Annie se había sumado al grupo de personas que habían sobrevivido a la vida en lugar de a la guerra, y era mucho peor.
Los días pasaban. Cuando la morflina dejaba de hacer efectos en sus sueños blancos, llegaban las pesadillas, en las que siempre abrazaba una caja de madera que no podía abrir. Siempre sabía que Finnick estaba ahí dentro, frío al tacto, y que no podrían darle un entierro digno. Que seguiría en esa caja. Despertaba gritando. Se levantaba siempre con una mano en la barriga, tratando de llegar hasta la criatura que crecía ahí dentro. Más de una vez se había imaginando dándolo a alguna casa de huérfanos. Quizá le asignasen una familia en la que pudiese ser feliz, con un padre vivo y una madre sana. Se obligaba a sí misma a dejar de pensar y seguir sobreviviendo. Comía con Johanna. Hablaba con Peeta. Apoyaba el oído en la puerta de la habitación de Katniss, escuchándola cantar. Y regresaba a la cama, dejando que Haymitch le pusiese la vía de morflina en el brazo, la suficiente para poder pasar el resto de la noche, aunque iban reduciendo la dosis cada día más.
Sin embargo, el día que despertó y no vio el gotero a su lado, todo empezó a derrumbarse. Johanna parecía delgada y mustia, Peeta apenas podía hablar, y el Sinsajo no cantó al otro lado de la puerta. Desolada, Annie esperó sentada en el suelo, acariciándose la barriga mientras esperaba a Haymitch. Pero Haymitch tampoco llegó esa noche.
Caminó como un zombie hasta su habitación y se dejó caer sobre la cama. Sabía que, si la vencía el sueño, las pesadillas serían demasiado horribles para soportarlas. No estaba preparada para ver una versión extendida de las que había sufrido cada mañana antes de abrir los ojos. No estaba preparada para enfrentarse a las noches sin la droga que la mantenía en sus sueños blancos. Se giró, haciendo espirales en su estómago. Llevaba varias semanas en el Capitolio. Cerró los ojos y se imaginó en su playa, con el agua golpeando las rocas y un niño corriendo por la orilla de la mano de Finnick. Su hijo, ese bebé que ya había empezado a querer y al que no podría cuidar. Y Finnick, que jamás volvería a ver esa playa y que jamás vería a su hijo.
Una mano escamosa pareció rasgar la imagen y abrió los ojos, asustada. Johanna estaba frente a ella, con los ojos castaños llenos de preocupación.
-        Volvemos a casa – dijo, acariciándole la mejilla.
Annie se irguió, colocando las manos a ambos lados del cuerpo.
-        ¿A casa?
-        Al 4. No me queda nada en el 7.
Annie le cogió la mano. Johanna estaría con ella. Se cuidarían. Se necesitaban tanto como Finnick las había necesitado a ambas.
-        ¿Hay algo que quieras llevarte? – inquirió Johanna, frotándose la nuca.
La chica miró a su alrededor. No tenía nada realmente suyo en aquella habitación. Sin embargo, sabía dónde había cosas que quería conservar…
-        Espérame.
Johanna asintió, tumbándose. Annie salió de la habitación y atravesó el palacio presidencial hacia una habitación que había visitado antes, días atrás. Era la sala a la que habían llevado todo lo que habían podido recuperar de los caídos en la guerra y lo que habían podido llevarse del 13.
Annie esperó frente a la puerta, inspirando hondo. De repente, escuchó una voz a su derecha.
-        Annie.
Peeta caminaba cojeando hacia ella, con el brazo aún vendado. Parecía ser el Peeta que había visto en los Juegos del Hambre, el Peeta carismático que había enamorado al país, en lugar del loco que había creado el Capitolio. Pero nunca volvería a ser ese Peeta, solo una extraña versión de él, igual que ella era una versión de la que había sido, o aquella persona era una versión de lo que era ahora. Forzó una media sonrisa.
-        ¿También te vas? – dijo, abriendo la puerta.
Annie asintió, entrando tras él. Peeta recorría los pasillos y pasillos de cajas, mirando los nombres escritos en ellas. Annie lo siguió, incapaz de enfrentarse a la caja que tenía su nombre y apellido. Peeta se paró frente a una de ellas y la sacó del montón. No ponía Mellark. Ponía Everdeen. El chico empezó a sacar cosas, pequeñas baratijas que Katniss había usado. Annie se giró, dándole privacidad y comenzó a caminar. Tampoco ella buscaba una caja con Cresta escrito en ella.
Extrajo la caja del montón. Pesaba. Abrió las solapas, cerrando los ojos. Tenía que hacerlo. No podía irse de allí y dejarlo todo, todos los recuerdos que le habían quedado. Tumbó la caja en el suelo y se arrodilló junto a ella.
Sacó un tridente. No el tridente sofisticado que Beetee había fabricado para él, sino uno sencillo, de metal oscuro, como el que había utilizado siempre. Sacó la red dorada que había servido de arco en su boda. Sacó el precioso vestido verde que Katniss le había prestado y la chaqueta del de Finnick. Un papel doblado y desgastado que contenía el poema que había escrito para él antes del Vasallaje. Y, finalmente, sacó una pequeña tira de tela enrojecida. La sostuvo en sus manos unos instantes, temblando. La habían recuperado de su cuerpo cuando lo encontraron. No le habían dejado verlo, solo había visto la caja. Una fría caja de metal. Una caja que nunca ardería a las orillas del mar.
Se limpió las lágrimas y, tomando las pertenencias, salió del almacén. Peeta seguía arrodillado junto a la caja de Katniss, y sostenía en sus manos un trozo de tela dorado con una perla diminuta en su centro. Parecía totalmente concentrado en ella. Podía ser un recuerdo. De todos modos, no se vio con fuerzas para decirle adiós.
En cuanto Johanna la vio aparecer, le prestó una mochila prácticamente vacía, a excepción de un hatillo de tela con hojas dentro, para meter todas sus cosas, excepto el tridente. Annie lo sostuvo sobre su pecho; nadie podría arrancárselo de allí, aunque tuviese que quedarse en el Capitolio abrazada a él de por vida. Por suerte, nadie puso ninguna objeción.
El viaje en aerodeslizador  fue breve. Johanna se quedó dormida nada más despegar, pero Annie luchaba contra el sueño como si se le fuese la vida en ello. Acariciaba el mango del tridente, recordando cómo él solía sujetarlo, cómo parecía bailar cuando lo empuñaba. Annie pasó un dedo por el filo de uno de los brazos, acariciándolo.
Cuando las puertas del aerodeslizador se abrieron, el aire salado penetró en su nariz de lleno. Annie tuvo que sentarse, embriagada por ese olor que nunca creyó volver a oler. Johanna salió de la bruma del sueño y miró directamente al exterior, con toda la luz del sol dándole en la cara.
-        ¿Ya hemos llegado?
Annie se levantó como respuesta y salió. La Aldea de los Vencedores estaba prácticamente llena, exceptuando las casas que habían pertenecido a los vencedores. Sin embargo, Haymitch había mencionado que todos los vencedores estaban muertos, exceptuando algunos afortunados y, desde luego, en el 4 no había muchos. La casa de Mags, que casi no había tocado desde que Dexter se había comprometido a tratarla en casa de Annie, y la de Finnick, que había permanecido siempre casi vacías, estaban muertas.
Tanto como ellos, pensó Annie, tragando saliva. Caminó hacia su casa, acompañada de Johanna, que la seguía de cerca. La puerta estaba abierta. Annie apoyó la mano en la madera, sintiendo cómo se agitaba su respiración. En cuanto abriese, Dexter correría a abrazarla. Margaret le colocaría un cuenco de sopa en las manos. Emer se sentaría a su lado y le contaría alguna historia sobre su colegio. Mags bajaría corriendo las escaleras, dispuesta a trenzarle el pelo. Y Finnick… Finnick atravesaría toda la casa solo para llegar hasta ella. En cuanto abriese, vería el cuerpo de Margaret junto a la puerta. A Dexter, sangrando en el suelo con un orificio en la cabeza. A Emer, tumbado de lado frente al sofá, blanco como la cera. A Mags disuelta en volutas de niebla. Y a Finnick…
Johanna le apoyó una mano en la cintura.
-        Estoy contigo.
Annie expulsó todo el aire contenido en sus pulmones y empujó la puerta. El suelo estaba limpio y la casa vacía. Solo estaban ellas dos. Solo ellas.
No se preocuparon en deshacer el poco equipaje que llevaban. Simplemente, se sentaron en el sofá y se quedaron dormidas con las manos entrelazadas, como si esa unión pudiese bloquear las pesadillas de ambas.
Una mano sobre su hombro la despertó.
Dos ojos oscuros. Eso fue lo único que vio antes de saltar hacia atrás y caer sobre la alfombra, dando un grito. Johanna reaccionó tarde, algo impropio de ella, y se dejó caer al suelo, aún aturdida. Cuando reparó en la figura que estaba junto al sofá, se colocó en posición defensiva, enseñando los dientes. Pero Annie ya había conseguido enfocarla bien.
-        ¿Margaret?
La anciana sonrió. Tenía un feo corte a medio cicatrizar en la cabeza y llevaba un enorme vendaje en la pierna, pero parecía sana. Y viva. La mujer abrió los brazos y Annie corrió hacia ellos, dejándose arropar.
-        Lo siento, niña – susurró la mujer -. Lo siento tanto…
Annie se dejó caer. No estaba en casa. No estaba en casa si faltaban los más importantes. Finnick, Dexter, Mags. Apoyó la cabeza en el hombro de Margaret, que le acariciaba la espalda con suavidad. Luchaba por mantener los ojos abiertos. Entonces, reparó en un pequeño marco colocado sobre la mesa. Se separó de la mujer y corrió hacia él.
Era una foto. Finnick sonreía, verdaderamente feliz. Annie vio su traje, la posición de su cuerpo. El día de su boda. Alguien debía haberla traído a su casa mientras la guerra seguía su curso, quizá cuando ya había acabado y se conocían las víctimas. La chica cogió el marco entre las manos, viendo cómo las lágrimas caían sobre el cristal. Y, sin pensar un segundo más, salió corriendo.
Incluso su playa había cambiado. El agua había llegado hasta su pequeño nido en la cueva, llevándose la mitad de aquel regalo que Finnick había construido para ella. Annie se sentó en la cama, con las sábanas rígidas por la sal, y lloró. Lloró porque, a pesar de haber vuelto a casa, aquel no era su hogar.
Salió al exterior cuando el sol comenzaba a esconderse, con la foto de Finnick en la mano. Se sentó en la arena, frente al mar, y acarició el cristal, dibujando sus rasgos. Lo tenía ahí, bajo los dedos, perfecto, suyo, y sin embargo estaba tan lejos…
-        Hola.
Annie se giró, sobresaltada. Un niño caminaba hacia ella. Tenía una cicatriz enrojecida en la mandíbula, llevaba el brazo en un cabestrillo y estaba visiblemente más delgado. Se parecía tanto a Kit que dolía. Emer se sentó a su lado, mirando la foto.
-        Te he buscado por todas partes – continuó -. No sabía que esto existía.
La chica arrugó la nariz, abrazando la foto. En otra ocasión, probablemente se habría enfadado. Esa era su playa. El único lugar que podía considerar hogar, suyo propio, aunque ya no estaba segura de poder llamarlo como tal.
-        Me alegro de que estés viva – susurró el niño, bajando la cabeza.
Annie sintió una lágrima comenzar a formarse en su ojo. Emer estaba allí, junto a ella, recordándole a Kit con cada movimiento que hacía. La chica tomó aire.
-        Estoy embarazada.
El niño se giró y la miró con enormes ojos castaños.
-        Mi mamá también. Dice que es esperanza. Y la abuela dice que será el primer niño que nacerá sin miedo.
Annie se abrazó el estómago, sosteniendo la foto contra él. Su hijo nacería sin miedo, pero sin padre.
Emer se colocó frente a ella, cogiéndole la mano. El niño tenía una mirada dulce y, por primera vez, Annie se dio cuenta de que no eran los mismos ojos que los de Kit. Emer los tenía más claros, cálidos como una puesta de sol, dulces, llenos de la inocencia de la infancia. Y sin miedo.
-        Sé que estás asustada – dijo el niño, mordiéndose el interior de la mejilla -. Pero no tienes por qué. Sé que puedes cuidarlo.
Emer colocó la mano libre sobre los brazos de Annie que escondían su barriga. La chica negó con la cabeza, cerrándose a sí misma. No podía cuidarlo. No sabía cómo hacerlo. No tenía a nadie que la guiase, a nadie que la ayudase y la cuidase a ella en el proceso.
-        No, no…
-        Tienes miedo, pero él no – continuó Emer, señalándole la barriga -. Y no te tiene miedo a ti tampoco. Eres su madre. Y tú tampoco debes tenerle miedo a él.
Annie miró a Emer a los ojos.
No te tiene miedo.
Eres su madre.
Tú tampoco debes tenerle miedo a él.
Annie apartó las manos poco a poco, mirándose la piel pálida del estómago. Su hijo, el hijo de Finnick, un niño al que ya quería sin haberlo visto. No podía tenerle miedo. Miró a Emer, sonriendo. No podía seguir teniendo miedo.
-        ¿Ves? – señaló el niño, poniéndose en pie -. Eres valiente.
Annie volvió a dirigir los ojos hacia su barriga, maravillada. Ahí estaba el hijo de Finnick Odair. Sabía que no podría hacerlo sola, pero podía al menos intentarlo. Intentar que ese niño fuese feliz sabiendo quién había sido su padre, quién era su madre. Cerró los ojos, visualizando la playa. Su hijo corría por la arena, chapoteando en la orilla. Sonrió.
-        Vas a ser la mejor madre del mundo, como la mía – añadió Emer, extendiendo la mano hacia ella.
La muchacha la tomó y se levantó.
La certeza de saber que sería madre la dejó embobada toda la noche, tumbada en la cama sin dejar de pasear las puntas de los dedos por la piel de su estómago. Seguiría adelante. No por ella, sino por él. Por Finnick. Por ambos. Se lo merecían.
Y su hijo nacería sin miedo.
Y sería la esperanza que había perdido.