lunes, 21 de julio de 2014

Skins. 'Obsesión' (Parte I).


No era que Naomi Campbell estuviese obsesionada. No era una obsesión, como si fuese la fan loca de alguna estrella del pop. Simplemente, había pasado tres años teniendo la sensación de que le faltaba algo por hacer, como quien se hace una promesa y no la cumple. Y ese algo tenía nombre y apellido.
Muchas veces, Naomi había notado la mirada de Emily Fitch en la espalda, atravesando su piel como si fuese fuego. Pero después de aquella primera tarde, tres años atrás, Emily no había vuelto a dirigirle más que miradas. Y Naomi sentía que les faltaban miles de conversaciones, miles de anécdotas que contarse. Sospechaba que Emily vivía coaccionada por su gemela, Katie, de la que también obtenía miradas, pero no eran precisamente tímidas, sino llenas de odio y rencor.
Naomi se giró de nuevo, viendo cómo Emily giraba la cara. La ponía nerviosa que la esquivase, como si quisiera olvidar que habrían podido ser amigas. No, no la ponía nerviosa. La cabreaba hasta el punto de que se obligaba a sí misma a odiar a Emily Fitch, a pesar de la felicidad que había sentido por dentro cuando le habían dicho que iba a ir a su misma clase.
-      Señorita Campbell, ¿se le ha perdido algo al final de la clase?
Naomi se giró. Mrs. McDonald la miraba desde la pizarra, con la tiza en la mano. Toda la clase clavó los ojos en ella, que se limitó a sentarse correctamente y mirar a la profesora de Literatura.
-      ¿Y bien? ¿Va a responder a mi pregunta? – insistió la profesora, frunciendo los labios. 
-      El interés – soltó Naomi, cruzándose de brazos.
No era la primera vez que se enfrentaba a Mrs. McDonald, ni sería la última. Entre ellas, alumna y profesora, existía un rencor que llevaban cultivando dos años. La mujer, como siempre hacía, extendió un brazo, señalando hacia la puerta, y Naomi recogió sus cosas con toda la dignidad que pudo y se marchó, no sin antes dirigir una mirada al fondo de la clase. Emily la estaba mirando, con sus dos enormes ojos oscuros. Su hermana, Katie, le dio un codazo y la atención de la chica regresó al libro de Literatura. Naomi se marchó dando un portazo.
Una vez fuera del instituto, se sentó en las escaleras, con los codos en las rodillas y la cabeza apoyada en las palmas de las manos.
-      ¿Qué haces aquí fuera, Campbell?
Naomi se giró. Jonathan estaba a su lado, toqueteándose un mechón de pelo oscuro. Llevaba un sutil maquillaje alrededor de los ojos, pero solo había que mirar su estilismo para saber que Jonathan era gay. Los pantalones rojos tan ajustados que parecían una segunda piel, la camiseta de lentejuelas y el gorro de lana sobre su pelo peinado con un cuidado exquisito eran solo la expresión de quién era Jonathan, y el chico estaba muy orgulloso de ello.
-      Expulsada de clase por segunda vez en el mes. ¿Tú?
-      Mr. Thompson quería obligarme a ponerme la chaqueta de este chico, Michael, porque le disgustaba mi camiseta. Así que le he dicho que necesitaba un poco de aire y me he pirado.
Naomi rió. Si algo le gustaba de Jonathan era su seguridad. Le importaba un bledo lo que la gente pudiese pensar de él, lo que pudiesen decirle.
-      ¿Quieres un porro?
La chica miró a su amigo, que tenía el porro ya hecho en la mano. Naomi asintió, apartándose el pelo rubio teñido de la cara.
-      ¿Alguna novedad entonces, Campbell? – masculló con el cigarro en la boca, tratando de encenderlo -. Aparte de esa blusa que traes hoy. Qué delicia para los ojos, chica.
La muchacha le quitó el porro y aspiró. El humo le quemó el pecho y los pulmones, pero la rabia que sentía se disipó tan rápido como dejó de sentir el humo en la garganta.
-      Mrs. McDonald sigue teniéndome entre ceja y ceja.
-      Entre ceja y ceja solo tiene el entrecejo peludo, querida, no hay espacio para nada más.
Naomi escupió el humo entre toses y carcajadas, golpeándose el pecho. Jonathan rescató el cigarro, dándole una calada.
-      Pues yo sí tengo novedades, Campbell – Jonathan le pasó el porro y le cogió las muñecas, sonriendo -. Agárrate, que hay curva. Esta noche, Nicholas Winston, el cachas de fútbol…
-      ¿El musculitos al que, según tú, casi te tiras el año pasado, quieres decir?
-      Calla y escucha. Nick hace una fiesta en su casa y adivina qué.
-      ¿Estamos invitados?
Jonathan le soltó las manos, levantando los brazos por encima de su cabeza.
-      ¡Sí! ¿Y sabes qué significa eso, Campbell?
-      ¿Que estamos en el círculo de popularidad por fin? – sugirió Naomi, poniendo los ojos en blanco.
-      No, querida. ¡Que este año me lo follo!
Naomi le pasó el porro, poniéndole una mano en el hombro.
-      Jonny… Tu Nick no es gay.
-      Eh, le comí la boca y no me dijo que no. Solo me apartó cuando le bajé los pantalones.
-      Porque tenías el pelo largo y creyó que eras una tía. Imagínate la sorpresa que se hubiese llevado si hubiese visto que tenías polla. Hubiese sido un vídeo para YouTube buenísimo.
Jonathan le dio una nueva calada al cigarro, sonriendo entre dientes.
-      Me juego veinte libras a que le gustan más los penes que a un tonto un lápiz.
-      Y una mierda.
-      Porque sabes que los vas a perder.
-      Diez.
El chico aspiró de nuevo.
-      Si es de mi gremio – soltó, poniéndole el porro entre los dedos -, le pides marihuana a tu madre para mí gratis. Para dos meses.
-      Hecho.
Jonathan soltó una risotada, pasándose una mano por el pelo. Naomi aspiró, con la mirada clavada en el aparcamiento. No le apasionaba ir a una fiesta de musculitos creídos y niñatas insoportables, pero a su amigo le hacía ilusión, aunque no fuese a pasar nada con ese chico. De repente, Jonathan se levantó, con las manos en la nuca.
-      ¿Qué pasa? – preguntó Naomi, levantándose también.
-      Tres palabras: NECESITAMOS. ROPA. NUEVA.
El chico la arrastró por el aparcamiento, tirando de su mano.
Al final, pasaron el resto de la tarde en el centro comercial, comprando más ropa para Jonathan que para Naomi. Ella se conformó con unos vaqueros llenos de rotos y una camiseta que le dejaba la espalda descubierta, pero Jonathan arrasó con todo lo que se probaba.
-      Lo que yo digo – decía el chico, metiendo la cucharita en el helado que compartían -, es que esta noche follas.
Naomi apartó la mirada, chasqueando la lengua. Su amigo siempre decía lo mismo cada vez que iban a una fiesta. Naomi era virgen y estaba orgullosa de no haberse acostado con el primero que se lo había propuesto, pero a veces sentía la presión de su mejor amigo, que parecía más ilusionado por que perdiese la virginidad que ella misma.
-      ¿Quedamos a las ocho entonces?
Naomi asintió, apurando los restos de helado que quedaban en la copa.
-      Pues hasta entonces, reina.
Jonathan se inclinó para darle un beso en la mejilla y se alejó, dando saltos.
Naomi regresó a su casa, vacía por fin, que se había quedado sucia y oliendo a porro que mareaba. Pasó treinta minutos en la ducha, apoyada en la pared mientras el agua caía sobre ella. Tardó una hora y media exactas en arreglarse el pelo y ponerse la ropa y el maquillaje hasta quedar satisfecha. De modo que cuando Jonathan la vio al salir de casa, sintió una inmensa alegría al ver cómo se le quedaba la boca abierta.
-      Porque soy gay – dijo, teniéndole la mano -, que si fuese hetero, te juro que tu virginidad no pasaba de esta noche por mi parte.
Naomi le golpeó el brazo, dedicándole una sonrisa.
-      Me remito a mis palabras de esta tarde, Campbell: esta noche follas.
La casa de Nicholas Winston era enorme, casi tanto como la casa que había tenido Naomi en Londres antes de mudarse a Bristol. Podía ver a la gente bailar a través de los cristales y escuchaba la música incluso antes de entrar en el jardín.
-      Bienvenida al palacio del sexo, las drogas y el alcohol, Naomi Campbell – musitó Jonathan, tirando de ella.
Fue él el que llamó al timbre. Jonathan llevaba una camisa de cuadros rosas  y verdes sin mangas atada hasta el último botón y unos pantalones ajustados de color verde botella. Se había maquillado los ojos y podía verse brillo en sus labios. Naomi casi sintió lástima del pobre Nicholas, pensando en su amigo lanzarse a los brazos del musculitos cuando este fuese borracho. Si no lo estaba ya.
Nicholas abrió la puerta, riendo y tambaleándose.
-      Jonny… ¿verdad? – dijo el muchacho, con la voz pastosa. Jonathan asintió, sonriéndole coqueto -. ¿Y esta es Campbell?
Naomi le sonrió, asintiendo. Nicholas alargó un brazo hacia su cintura, rozándole la espalda con las yemas de los dedos.
-      Vaya, pues sí que compartes genes con la Naomi Campbell de verdad.
La chica se apartó, sintiendo sus mejillas arder. Nicholas se dio la vuelta, invitándolos a pasar, pero Jonathan le cogió un brazo a su amiga y se inclinó hacia su oído.
-      Te he dicho que esta noche cae alguno, pero Winston es mío, baby.
Naomi rió, apartándose de él.
-      Todo tuyo.
Jonathan tiró de ella detrás de Nicholas, alargando la otra mano para comprobar si a esa distancia podía tocarle el culo. Naomi observaba a su alrededor la gente bailando, liándose, entrando y saliendo de las habitaciones.
Y de repente la vio.
Estaba sentada en un sofá, junto a su hermana y el tío con el que esta se estaba enrollando. Emily tenía la cara apoyada en la palma de la mano, aburrida. Naomi soltó a Jonathan, disculpándose, y se metió en la cocina, donde un grupo de chicos se pasaban pastillas.
-      Eh, guapa – la llamó uno de ellos -. ¿Quieres?
Naomi negó con la cabeza, echándose alcohol en uno de los vasos de plástico que había sobre la mesa. De repente, sintió a alguien colocarse junto a ella.
-      Hola.
Naomi se giró, aún con la botella en la mano. Emily le ofrecía una sonrisa tímida, casi de disculpa, pero sincera. Sin embargo, después de tres años de compartir solo miradas, esa sonrisa enfadó a Naomi, que se llevó la botella a la boca y le dio un trago.
-      Hey – respondió, con una mueca de asco por el sabor del alcohol.
Emily se quedó a su lado, golpeando la mesa con los dedos. Naomi se giró, sin soltar la botella, y observó su perfil de cerca. Le había gustado cuando se había teñido el pelo rojo, aunque el corte del flequillo le había gustado bastante menos. Aun así, Emily seguía pareciendo una persona a la que te gustaría conocer, en la que te gustaría confiar, una persona fácil de querer. Naomi movió la cabeza, bebiendo de nuevo. ¿Fácil de querer? ¿A qué había venido eso?
-      ¿Querías algo? – preguntó, colocando la botella entre ambas.
Emily la miró. Tenía maquillaje en los ojos y en los labios, pero no parecía una persona diferente. Naomi seguía viendo a la niña que había conocido tres años atrás.
-      Hablar. Nos quedamos un poco a medias la última vez.
Naomi soltó una carcajada. Emily sonrió, bajando la mirada al suelo.
-      ¿Quieres? – dijo Naomi, ofreciéndole la botella.
Emily la miró con ojos inocentes, como un cordero degollado, y se giró para mirar a su hermana, que se estaba comiendo literalmente al chico con el que estaba.
-      Que le jodan – musitó, cogiendo la botella y dándole un trago.
Un hilillo de alcohol se escurrió de su boca mientras bebía. Naomi recordó los copos sobre sus pestañas y alargó un dedo para limpiar el alcohol, lo que provocó que Emily dejase de beber y la mirase directamente a los ojos. La chica se quedó inmóvil un segundo y rió, colocando la botella de nuevo en la mesa.
-      Esto está asqueroso.
Naomi le devolvió la sonrisa.
-      Lo sé.
Le dio un trago mucho más largo, sintiendo cómo el alcohol empezaba a embotarle el cerebro. Cuando paró, sintió el conocido mareo  y tuvo que agarrarse a la encimera para mantener el equilibrio.
-      Que le jodan pues – exclamó Naomi, cogiendo la botella con una mano y la mano de Emily con la otra y la arrastró hacia una de las habitaciones, llena de gente bailando.
Sentía el sudor y el humo condensados, como en las discotecas. La música demasiado alta penetrando en sus oídos. Emily bailaba frente a ella, muy cerca de su cuerpo, tanto que podía olerla. Y olía bien. Naomi se llevó una mano a la cabeza, que empezaba a pesarle. La botella estaba a la mitad cuando la cogió y ahora casi vacía en su mano. La muchacha rió. Estaba borracha, pero se estaba divirtiendo. Emily le rozó el brazo con el hombro desnudo y un escalofrío le recorrió la espalda. Es el alcohol, se dijo, poniéndose una mano en la frente sudorosa. Es el alcohol.
Un chico se acercó a ellas, metiéndose entre ambas. Naomi sintió el apretón del chico en la mano, pero no le vio la cara hasta que se giró hacia ella. Nicholas Winston le dedicó una sonrisa de dientes blancos y se marchó, no sin antes tocarle el culo. Naomi abrió la mano, descubriendo en su palma un par de pastillas blancas. Emily se acercó a ella, con sus caras casi rozándose.
-      ¿Que le jodan? – repitió Naomi, ofreciéndole una de las pastillas.
Emily la recogió con los dedos, con la mirada clavada en Naomi. Ella, por su parte, sonrió y se metió la pastilla en la boca, tragándola con dificultad. Cuando bajó la vista, Emily miraba al frente, con las manos vacías.
-      ¿Sientes algo? – preguntó, por encima de la música.
Emily rió.
-      ¡No!
Y siguió bailando, pegándose a los chicos y chicas que pasaban a su alrededor. Naomi la siguió, riendo, rozándose con compañeros de su clase a los que nunca había hablado y que ahora se contoneaban con ella.
-      ¡Eh!
Naomi se giró para encontrarse cara a cara con Jonathan, que tenía el pelo pegado a la frente y la camisa medio desabrochada. Naomi no podía enfocar correctamente su rostro, pero sabía que estaba sonriendo.
-      Oh, dios mío – gritó el chico, cogiéndole la cara con las manos -. ¡Estás drogada!
Naomi sonrió, apartándole las manos de la cara.
-      ¿Éxtasis? Nick los va repartiendo por ahí – Jonny se metió una mano en el bolsillo de la camisa y sacó una pastilla -. ¡Hoy follamos los dos, hermana!
La chica soltó una carcajada y bailó con su amigo, que movió el culo pegado a su cadera. Poco a poco, Naomi empezó a sentir los efectos de la droga. Sentía que le pesaba la boca, y tenía los labios dormidos. Pero no podía dejar de bailar y sonreír, como si lo necesitara para vivir. Notaba su piel pegajosa por el sudor, el ambiente de la habitación era apabullante, y Jonathan se había ido, dejándola sola. Naomi se desplazó por la habitación apartando gente sin darse cuenta de dónde estaba tocando hasta que encontró el marco de la puerta. No hizo más que salir cuando sintió una mano posarse sobre su brazo.
-      ¡Hey!
Naomi colocó un brazo sobre los hombros de Emily, que sonreía nerviosa.
-      ¿Necesitas salir? – preguntó.
Naomi asintió, arrastrándola hacia el jardín trasero, que estaba completamente vacío. Emily se tumbó en el césped, respirando con dificultad. Naomi se tumbó a su lado, rozándole el hombro, y la situación le pareció tan extraña que empezó a reír sin poder parar.
-      ¿Qué? – dijo Emily, irguiéndose.
Ella también reía.
Naomi se levantó y miró a su compañera. Se había apartado el flequillo de la frente y tenía el maquillaje casi borrado, pero le seguían brillando los labios. Naomi se concentró en ellos. ¿Por qué brillaban tanto? Emily sonrió.
-      No vuelvo a dejar que me emborraches – dijo, levantando la cabeza hacia el cielo.
-      Y una mierda.
Naomi apoyó la cabeza en el hombro de la chica. Era cómodo.
-      ¿Tú también sientes la boca dormida? – susurró Naomi de repente.
Emily se apartó, con las cejas levantadas.
-      Deberíamos buscar a alguien que nos ayude a despertarlas – continuó Naomi, riendo.
Emily estaba cada vez más cerca de ella, o quizá Naomi se estaba inclinando. En cualquier caso, cuando sus narices casi rozaban, Naomi solo podía mirarle la boca. Los labios entreabiertos le seguían brillando, como si tuviese la luna reflejada en ellos. Eran bonitos. Naomi levantó la vista y sintió la boca de Emily presionarse contra la suya.
Lo primero que pensó fue que le sabía bien la boca. A alcohol, dulce. No se apartó, pero tampoco cerró los ojos, al contrario que Emily. Naomi colocó una mano en el hombro de la chica, sintiendo el hueso de la clavícula en su palma. ¿Por qué estaba besando a una chica? Ella había besado a chicos. Y le había gustado. ¿Por qué no podía separarse de Emily entonces?
La respuesta estaba clara: porque ella también había querido besarla.
De repente, la llenó el miedo y empujó a Emily, que abrió los ojos y la miró, con la mano a unos centímetros de la boca.
-      Lo… lo siento – susurró.
Naomi se levantó. Tenía unas enormes ganas de inclinarse de nuevo y besarla, besarla como nunca había besado a nadie. No podía apartar la mirada de sus labios, que seguían brillando incluso después del beso. ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué lo más intenso que había sentido esa noche había sido un beso con una chica?
-      No soy lesbiana – masculló, aunque no sabía si se lo estaba diciendo a Emily o a sí misma.
-      Lo sé, lo siento…
Naomi se dio la vuelta, obligándose a apartar la mirada de Emily. Sabía que si la miraba un poco más, la besaría otra vez. Y tenía miedo. Ella no era lesbiana. Le gustaban los chicos. ¿Qué mierdas le pasaba?
Naomi escuchó a Katie Fitch gritarle algo cuando pasó a su lado, pero no le importó. Casi corría entre la gente, apartándolos a manotazos, pensando en Emily, en su boca, en la presión que sus labios habían hecho sobre los suyos, en el roce de su piel cuando había puesto la mano en su hombro. Quería hacerlo de nuevo.
No, no quieres.
Nicholas Winston chocó con ella, tirándole un vaso encima. Naomi paró en seco, mirándose la blusa mojada, pegada a su cuerpo. Nicholas la miró y sonrió, disculpándose. Sin embargo, Naomi solo podía pensar en Emily, en el césped del jardín. Y quería correr con ella, besarla otra vez…
Son las drogas.
Nicholas la tenía cogida de la cintura, con la cara a muy pocos centímetros de la suya. Se escuchó a sí misma decir ‘aquí no’, y sintió cómo el muchacho la llevaba casi en volandas hacia una habitación. En cuanto cerró la puerta, Naomi se lanzó directa a su boca, besándolo, pero no era Emily. La boca de Nick sabía a humo, a tabaco, no era dulce. Y el apretón de sus labios era mucho más fuerte que el de Emily, furioso.
Son las drogas y el alcohol.
Naomi le rodeó la cintura con las piernas, mientras el chico le recorría el cuello con los dientes. Se suponía que tenía que estar disfrutando, debería de gustarle.
Pero no lo hacía.
¿Qué mierdas te pasa, Naomi?
Se sacó la blusa por los hombros, sintiendo los besos del chico en su clavícula. Pensó en la clavícula de Emily bajo su mano y la palma le empezó a arder.
Me gustan los chicos. Me gusta esto.
Nick la lanzó a la cama con brusquedad y se tumbó sobre ella. Naomi se sacó los pantalones, besándolo con furia. No le gustaba Emily Fitch. No podía gustarle. Había sido el alcohol. Y el éxtasis que había tomado. Nick se desnudaba sin dejar de tocarla, como si temiese que se escapara. Y deseaba hacerlo. Pero no debía.
No le gustaba Emily. No deseaba a Emily.
Pero lo hacía. Lo había hecho durante tres años, desde aquel día que quiso quitarle los copos de nieve de las pestañas. Y no podía sentirse así, esos sentimientos estaban mal.
Abrió los ojos. Nick estaba sobre ella, mirándola con los ojos muy abiertos y las pupilas dilatadas.
-      ¿Por qué lloras? – preguntó.
Naomi se tocó las mejillas mojadas y quiso golpear a Emily y golpearse a sí misma por sentirse así.
-      Es el alcohol.
Nick frunció el ceño, levantando el cuadradito plateado que tenía entre los dedos.
-      ¿Estás segura?
No deseaba a Emily Fitch. No podía.
Asintió y atrajo a Nick Winston hacia su boca. 

¡SEMANA YOLO!

¡Muy buenos Lunes, queridos lectores y lectoras y criaturicas! 
La semana pasada, este blog llegó a las 40.000 visitas. Otra vez: MUCHÍSIMAS GRACIAS. Vosotros hacéis este blog seguir (y lo repito de nuevo, aunque solo una persona lo leyese, seguiría escribiendo), así que muchas gracias, de verdad. 
Para compensar que me sigáis leyendo y haciéndome feliz, además de los dos sábados que me he saltado, así, gratuitamente, esta semana es semana YOLO. Si lleváis aquí mucho tiempo, sabréis que es. Si acabáis de entrar, la semana YOLO es una semana en la que subo siete fics, uno por día. Así que, empezando por hoy, esta noche tendréis el primero, y así durante el resto de la semana. Os dejo con la intriga de saber de qué serán, pero como siempre, espero que os gusten. 
Muchísimas gracias por leer y por seguir aquí :)
Pato <3

 

jueves, 3 de julio de 2014

Skins. 'Salpicas y otras personas se mojan'.

Llevo tiempo 'sobreviviendo'. He aprendido a sobrevivir, a ver pasar cada día aún con los pies sobre la tierra, consciente. Robando. Durmiendo en la calle o colándome en una casa vacía. Vendiendo droga, mi propia droga, que es lo único que tengo ahora, además de la alegría de seguir vivo, la constancia de mi existencia. Pero la vida no significa nada cuando es de un gris etéreo, como un motorista pasando a toda velocidad por la carretera. Los colores se difuminan. La gente pasa a mi lado y ni siquiera siento curiosidad por mirar sus rostros. No soy nadie. No soy nada.
No soy James. Ni siquiera soy Cook.
Me paso la mano por el pelo. Ni siquiera brilla el sol. Volver a Bristol habría sido una buena idea si quedase alguien allí. Pero los que habían sido mis amigos se han marchado. Mi hermano ya no vivía aquí. Mi alocada madre que tan poco aprecio me tenía estará en alguna estúpida esposición de arte en algún lugar del mundo. No estoy dispuesto a salir a buscar al cabrón de mi padre. Y la única persona a la que siempre había recurrido no está en ningún lugar. Volvió al aire. 
Me levanto, ignorando el fuerte dolor de cabeza. Tengo pesadillas cada noche. Pero no esas pesadillas de las que despiertas gritando, sino la clase de pesadillas que te atrapan y no te dejan despertar. Esas que se meten debajo de tu piel y se extienden por tu cuerpo con el resto de tu sangre. Esas que no puedes olvidar a la mañana siguiente, que se graban en tus células. Esas que son tan reales como tú mismo. O al menos lo fueron. 
De repente, algo en mi bolsillo empieza a vibrar. Me embarga el miedo. Mi lista de contactos es bastante reducida. Clientes y Charlie. La llamo de vez en cuando para saber cómo está. Fue ella la que me contó que Louie está en la cárcel. Debería desear que se esté pudriendo ahí, pero él ocupa el lugar que yo también debería estar ocupando. Mis manos no están más limpias que las suyas. También tengo aún el teléfono de Emma. A veces, cuando no sé qué hacer, me gusta llamar, solo para ir su voz en el contestador. Es la única forma, lo único que me queda de ella. En mi memoria, sin embargo, la lista es más larga. Pero si Bristol ha cambiado, si yo he cambiado, ellos también. Incluidos sus teléfonos. 
Saco el móvil del bolsillo, con las manos temblorosas. Es un número que no conozco. Respiro hondo y trato de sonar lo más calmado posible. Sin embargo, lo único que sale de mi boca es silencio. 
- Cook.
Cook. No reconozco la voz, pero sí mi nombre. El que fue mi nombre. 
- Quién es - gruño, colocándome la capucha sobre la cabeza. 
- Tony. Stonem. 
Podría haber colgado después de haber oído su nombre, solo su nombre. De hecho, he estado tentado a hacerlo. Pero el apellido me ha hecho cambiar de opinión. Me ha hecho cambiar drásticamente. Stonem. No podría olvidarlo. No he podido. No he querido. 
- ¿Cook?
- Sí, sí, yo.  ¿Cómo... cómo has con...?
- Suerte que me has reconocido a la primera - dice Tony, al otro lado de la línea. Su voz suena grave, como si estuviese tratando un tema serio. Quizá lo esté haciendo -. Tu amigo, Jonah, es un hacha con la tecnología...
- ¿Jonah?
Intento recordar el nombre, pero no conozco a nadie llamado así. Y, por supuesto, ninguno de mis 'amigos' conoce a Tony Stonem. 
- ¿Jonah Jones? - continúa Tony -. Oh, espera. JJ. 
El pequeño JJ, por supuesto. Toda la vida llamándole JJ ha provocado que sea extraño, casi imposible, asociarlo a cualquier otro nombre. Y mucho menos Jonah. 
- Da igual - bufó Tony -. Me envía Effy.
Trago saliva. Durante un año, después de lo de Freddie, después de que yo, con mis manos, matase a John Foster, me obligué a dejar a Effy Stonem a mi espalda. Había huido sin decirle adiós. No me atrevía a enfrentarme a ella. No me atrevía a decirle que había matado al hombre que se había cargado a su novio. A mi mejor amigo. No me atrevía a aparecer en su vida de esa manera. Quise dejarla atrás, sí, pero no tuve éxito. Todo lo que quería hacer era volver, irrumpir en su vida como una bomba explosiva, destruyéndolo todo a mi paso, destruyéndolo con ella, como siempre habíamos hecho. Ella y yo, siempre nosotros. Quería volver, pero tenía miedo. 
Es algo curioso el miedo. Es un monstruo que nace en lo más profundo de ti y te come de dentro a fuera. Es lo que te impide vivir, vivir realmente. Nunca le he temido al miedo. Pero hasta que no lo vi con mis propios ojos, hasta que no alcancé a tocarlo, no supe que lo había estado evitando toda la vida porque no soy suficientemente valiente para enfrentarme a él. No soy lo suficientemente valiente como para 'no tener miedo'. Y Effy, sus ojos azules mirándome con rabia, con odio... me aterraban. 
- ¿Effy? - Mi voz suena seca, lejana, como si no fuese mía. 
- Está en la cárcel, Cook.
De repente, vuelvo a tener 18 años. Sigo viviendo en la calle, malviviendo más bien. Bebiendo como si fuese a morir mañana, fumando como si mis pulmones fuesen a estar siempre bien, drogándome como si no me importase vivir o no un día más. Veo a Effy en medio de la calle, entre los coches que pasan a toda velocidad. Quiero lanzarme a por ella, quiero sacarla de ahí, pero no puedo dejar que me arrolle un camión por el camino. Es lo mismo ahora. Me gustaría sacarla de la cárcel con mis propias manos, con mi propio dinero si fuese suficiente, o al menos solo visitarla, ver si está bien, darle lo que necesite. Pero solo con poner un pie ahí, estoy dentro yo también. Aún me siguen buscando. 
- ¿Qué puedo hacer por ella? - pregunto. 
- No es a ella a quien tienes que ayudar - dice Tony, carraspeando -. Yo llevo su caso y estoy asegurándome de que reduzcan su condena. Es lo que ella quiere que hagas. 
La puedo ver sonriendo, vestida con un mono gris y el pelo recogido, diciéndole a su hermano mi nombre. ¿Habrá cambiado la Effy de ahora con respecto a la Effy que yo conocí? ¿Habrá perdido lo que la hacía única? 
- Hay alguien que te necesita. Alguien que Eff quiere que veas antes de que sea tarde. 
No escucho el resto de la conversación después del nombre. No escucho más allá de 'cáncer terminal'. Hoy he dejado de ser nada y he vuelto a ser Cook. El mismo Cook de 18 años que escapaba de la legalidad por una denuncia por agresión y no por un asunto de drogas y un asesinato. El mismo Cook de 18 años enamorado de la chica de su mejor amigo, de su hermano. El mismo Cook que vivía la vida en el presente, sin importarle el ayer o el mañana. Pensaba que había enterrado esa vida, pero aquí está, de nuevo, y duele más de lo que lo hizo antes. 
Escapo del teléfono. Escapo de Tony Stonem devolviéndome a mi pasado. Lo único en lo que se centra mi cabeza es en ella. Otra más. Debería ir acostumbrándome a perder todo lo bueno que alguna vez se ha cruzado conmigo, pero no lo hago. Y cada vez es peor. Con Freddie, sustituí el dolor por la fría rabia y el miedo. Con Emma, sustutuí el dolor por el ansia de escapar y sobrevivir. Ahora... Ahora no tengo nada con lo que apagarlo. 
Sé dónde puedo vender droga, la suficiente como para comprar un billete a Londres y salir de Bristol antes de esta noche. Y no me cuesta hacerlo, aunque corro el riesgo de que me pillen. Pero necesito verla. Una vez, al menos.
Así que, por la noche, estoy sentado en uno de los asientos del tren, escondido bajo la capucha. Ni siquiera duermo en el viaje. No puedo. Me aterra enfrentarme a ella, en una cama de hospital. Me aterra ver que se va, como todo lo que he querido alguna vez. 
Todo significa mucho para ti, ¿no? La vida. Vives un poco más fuerte que los demás. Salpicas. Te regodeas en ello, como si no pudieses perder un solo momento.
Me descubro con Naomi repitiendo eso en mi cabeza. Vivir un poco más fuerte. Ojalá ella pudiese vivir más fuerte aún durante más tiempo.
Salgo del tren en cuanto escucho a la locutora decir Londres. Casi corriendo. Salpicas. También recuerdo mi respuesta: El problema, Naomi, es que tú salpicas y otras personas se mojan. Emma. Mientras corro de nuevo por Londres, veo a Emma, a Freddie, a Effy y a Naomi, incluso al hijo de puta de Foster, muerto en su propio sótano, con la cara desfigurada, tal y como él se la dejó a mi hermano. Es lo que siempre me ha gustado de ti, Cook. La valentía. 
El hospital se ve más gris, más grande. La valentía. Atravieso las puertas del hospital casi con rabia, con los pulmones ardiendo. Sigo las instrucciones de Tony, intentando relajarme. No quiero que me vea así, después de cuatro años. No quiero que me vea rabioso, desesperado. Quiero que vea que sigo viviendo igual de fuerte, quiero transmitirle esa fuerza. No quiero que me vea cayendo en picado hacia dios sabe dónde. 
- ¿Cook?
Me giro, rascándome la cabeza. Primero veo el vaso de café humeante de hospital en su mano. Tiene los dedos huesudos y pálidos. Los hombros caídos. Parece que le cuesta incluso andar. Pero lo peor es su cara. Cualquier persona vería a una chica cansada, como si no hubiese dormido en varios días. Pero yo conocía a Emily. Y lo que yo veo es a una persona demacrada, cansada de esperar algo que puede llegar en cualquier momento, una persona acostumbrándose a perder lo que más ama. 
- Cook.
Emily corre hacia mí, casi tropezándose, y me abraza. Casi me había olvidado de lo diminuta que era. Se deja caer en mis brazos, como si hubiese necesitado todo este tiempo alguien que la sostuviese a ella en lugar de tener que sostener. La estrecho entre mis brazos, protegiéndola, como un escudo. 
- Menos mal que has venido - susurra contra mi pecho. 
Emily desliza su mano en la mía y tira de mí, aunque más bien soy yo el que se deja arrastrar, porque Emily no tiene fuerzas para eso. Las ojeras bajo sus ojos emborronados son demasiado pronunciadas. Los pómulos afilados, los labios finos y tensos. La palidez. Parece frágil.
Emily se para delante del cristal de la habitación. Naomi está tumbada en la cama, de espaldas, así que no puedo ver su rostro. Me duele verla rodeada de ese color blanco enfermizo de los hospitales, me duele verla con un gorro en la cabeza adivinando que debajo no hay nada ya. 
- ¿Cómo está? - pregunto, con la voz rota.
Emily no responde inmediatamente. Tiene la mirada clavada en la cama y tiembla. Respira hondo. Sabe que no estoy preguntando por el estado de su cáncer ni el tiempo que le queda. Que les queda. 
- Intenta mantenerse feliz. Hace bromas. Lo lleva mejor que yo. 
- Ems, si lo hubiera sabido antes...
Emily me roza la mano, bajando la cabeza. 
- No tenías modo de saberlo. Ella no quería que lo supieras. No quería que la vieses así.
Apoyo la cabeza en el cristal. Recuerdo a Naomi, cuatro años atrás, aquella noche en la que descubrí que habían matado a mi mejor amigo, diciéndole a Ems que ella era la única persona que podría arruinar su vida. El problema estaba en que no pensó que se podían arruinar la una a la otra. 
- No puedo entrar - admito, cerrando los ojos. 
Emily apoya la frente en mi hombro, con una de sus pequeñas y frías manos sobre mi espalda.
- Entra, por favor. Ella... Ella te necesita, Cook.
Trago saliva. Es lo que siempre me ha gustado de ti, Cook. La valentía. 
Naomi se gira en cuanto escucha la puerta abrirse. Me sorprende lo poco que ha dejado de ser ella. Incluso en esa cama, incluso tan débil que apenas puede levantar la cabeza de la almohada, sus ojos no han perdido brillo. Sus labios dibujan la misma sonrisa que tenía cuatro años atrás.
- Mira a quién tenemos aquí - susurra -. Al pequeño criminal.
- No tan pequeño - gruño, tumbándome a su lado. 
Naoms apoya la cabeza en mi hombro. Incluso a través de la tela de la camiseta, puedo sentir lo caliente que está, como si sufriese una fiebre constante. Le cojo la mano, una mano mucho más pequeña de lo que la recordaba, más delgada, más frágil, como si fuese de cristal, y jugueteo con sus dedos, acariciándolos con cuidado, temiendo que en cualquier momento se rompan.
- ¿Quién te lo ha dicho? - pregunta.
- Effy.
Incluso a mí me sorprende la facilidad con la que lo digo, después de años sin pronunciarlo. 
- Esa pequeña hija de puta - Naomi ríe -. La lía incluso desde el talego. 
- Es Effy Stonem, Naomikins. No sé qué mierda esperabas.
Naomi hace un esfuerzo sobrehumano para erguirse, colocando el codo sobre la almohada. Ya había notado su fragilidad, pero ahora la veo mucho más pronunciada. Las muñecas, las clavículas sobresalientes por debajo del camisón. Aparto la mirada y la dirijo a sus ojos, a sus dos ojos azules aún llenos de vida.
- Cuéntamelo todo - ruega.
Y lo hago. Empiezo por el cuaderno de Freddie que Karen me dio. Le cuento lo que John Foster le hizo a Fredds, y lo que yo le hice a Foster. Le cuento por qué huí. Le hablo de mi vida en Londres. Del miedo a que la policía me pillase. De mis clientes, cada vez más críos. Le hablo del puto Louie, de cómo vi morir a Jason en aquella piscina. Le hablo de Charlie, de lo mucho que me recordó a Effy en un primer momento y cómo me di cuenta de lo diferentes que eran. Y le hablo de Emma. De cómo la conocí. De cómo me llegó a gustar hasta pensar incluso que podría pasarme el resto de mi vida con ella. De cómo me la arrebataron. De cómo casi mato a Louie otra vez por lo que le hizo. 
Naomi llora. Ríe. Intenta consolarme. Y me cuenta todo lo que ha vivido ella. Con Emily, con Effy, qué hizo para estar en la cárcel. Que me hable de los cuatro años que ha pasado con ella hace que la sienta más cerca. 
- Emily hace unas fotos impresionantes - añade, con orgullo -. Espero que se dedique a ello cuando esto acab...
Trago aire. El nudo de mi garganta se acentúa.
- No pienses en eso - gruño.
- Lo siento. Es injusto.
Lo es. Es muy injusto. Es muy injusto que haya estado cuatro años sin ver a Naomi y que haya hecho falta un puto cáncer para encontrarnos otra vez. Es muy injusto que Emily haya tenido que estar pasando por esto sola. Es muy injusto que sea Naomi la que esté aquí, sin fuerzas para moverse. 
Pero la vida nunca es justa con nadie. Y menos con nosotros. 
Se lo dije a Freddie una vez. Nada bueno se queda conmigo. Él respondió que él lo haría, que él estaba ahí para mí. Hasta que ya no estuvo más. Emma también me prometió una vez que se iría conmigo a dónde yo quisiera ir. Y me acompañó hasta que dejó de caminar conmigo. Ni siquiera sé dónde está mi hermano. 
- Soy yo la que salpica ahora - susurra Naomi.
Me giro, rozando su frente con mi nariz. Está ardiendo. 
- ¿Hmm?
- Yo salpico. Y Emily se moja. Está empapada. Eso es lo más injusto de todo.
La beso entre las cejas. 
- Prométeme que vas a estar con ella, Cook - pide, cerrando los ojos -. Al menos hasta que vuelva Effy. Cuida de ella. 
- Naoms, está mejor sin mí.
- Cualquiera está mejor sin ti - gruñe -. Mira que bien me ha ido todos estos años.
La empujo con el hombro, riendo entre dientes. Al menos su sarcasmo no ha desaparecido. Otra de las cosas que sigue teniendo. 
- Por favor, James. 
La miro a los ojos. 
- Lo prometo. 
- Bien. 
Nos quedamos un rato en silencio. Pero no es un silencio incómodo. Lo disfruto. Disfruto cada segundo, porque sé que ahora valen oro. Disfruto cada maldito segundo, porque este puto universo la está dejando sin tiempo. Se lo está quitando. Disfruto de su piel fría, de su respiración pausada, de su cuerpo frágil pegado al mío. Disfruto de los recuerdos del jodido pasado que tanto quería esconder. Y me gusta. Porque ahora soy Cook. James Cook.
-  Al final te vas a quedar con las ganas de una noche loca de sexo y pasión - masculla al cabo de un rato.
- Podemos echar uno rapidito ahora - susurro, irguiéndome con una media sonrisa. 
Naomi se deja caer sobre la almohada, devolviéndome la sonrisa. 
- No quiero. Amo a alguien.
Me echo a su lado, acariciándole el brazo. Ya hemos tenido esta conversación, en una situación muy distinta.
- No le digo que no a un trío, niña.
Naoms cierra los ojos. Se la ve tranquila. Como si lo estuviese esperando pacientemente, sin prisa y sin miedo. Me pregunto qué se sentirá. Qué estará sintiendo y cómo hace para sobrellevarlo mejor que nosotros. 
Supongo que cuando estás en esa situación, te duele más que a la gente que te ama le duela e intentas ser fuerte por todos incluso cuando no puedes ser fuerte por ti misma. 
- ¿Te vas a quedar aquí? - pregunta, besándome la mejilla. 
Asiento. Naomi se abraza a mi cuerpo y se queda dormida, respirando con mucha pausa. La observo dormir durante un rato hasta que los sueños me llevan a mí.
Y esta vez no tengo pesadillas. No veo a Freddie, ni a Emma, ni a Foster. No veo mi pasado ennegrecido y quemado hasta los cimientos. Veo a un niño. Un niño que se echó ketchup por la cabeza para estafar a un pobre conductor y acabó conociendo a la chica a la que más ha amado. Un niño que ganó las elecciones a presidente estudiantil sin quererlo solo por querer acostarse con una sarcástica defensora de los derechos llamada Naomi Campbell. Un niño que se disfrazó de mosquetero con sus dos mejores amigos y que aún guarda la foto en la cartera. Un niño un poco cabrón, pero que vivía. Y vivía feliz. 
Cuando despierto, Emily está en el sillón, toqueteando la pantalla del móvil. Gruño, levantándome con cuidado para no despertar a Naomi. 
- Hey - susurra.
- ¿Qué has hecho? - preguntó, frotándome los ojos.
- La rutina de siempre. Cafetería, tejado, tejado, cafetería. 
Me acuclillo a su lado, apoyando la barbilla en el brazo de la silla. Naomi aún duerme. Emily mira a su novia, con un cariño que no solo transmite amor, sino el dolor que le provoca perderla. 
- No te vayas, Cook - pide, sin apartar la mirada de ella -. No la dejes otra vez. No nos dejes. 
No lo haré. 
Me he pasado cuatro años huyendo. Huyendo, no solo de la policía, sino de mi pasado, de la gente que conocía. Huyendo de mis miedos, aunque ellos fuesen reales, fantasmas a mi espalda. Asustado. Huyendo de mí mismo, del hoy. Y he huido porque no tenía nada a lo que aferrarme. No tenía hogar, ni familia. Tuve a Emma, pero incluso de ella tuve que huir. Pero ahora, he encontrado a James Cook. El James Cook de Bristol. El mosquetero. Y eso es algo que puedo agarrar. Y lo estoy haciendo. 
Aquí empieza el hoy constante. Vivir el ahora. Vivir por Naoms, por Emily, por mi. Vivir, más fuerte que el resto.
 

 

sábado, 28 de junio de 2014

Orphan Black. 'Imperativo biológico'.

Minnesota no era exactamente como había imaginado al solicitar la beca. Sus profesores en San Francisco habían sido los que la habían recomendado a la universidad, los que la habían instado a enviar la solicitud, y ella había estado dispuesta. ¿La oportunidad de hacer el doctorado en una universidad que poseía uno de los más sofisticados laboratorios de ciencias de todos los Estados Unidos? ¿Qué clase de científica era si se negaba a trabajar con la 'élite'?
Pero la universidad, más que la ciudad en sí, le había resultado fría en sí. Mientras que en San Francisco se había caracterizado por salir con todo el mundo, en Minnesota habían cambiado drásticamente las tornas. Se sentía sola en la universidad y sola en una casa comunitaria en la que solo contaba con una habitación y un baño. Ni siquiera había hecho migas con el resto de habitantes, y mucho menos con sus compañeros de laboratorio.
A excepción de Scott. 
- Solo digo que podríamos hacerlo juntos. Ya sabes, se me da bien la... 'secuenciación'.
Cosima apartó los ojos del microscopio, colocándose las gafas sobre el tabique nasal. Al menos podía contar con Scott, con el nervioso y tímido Scott, siempre dispuesto a ayudarla con cualquier problema, por muy imposible que resultase. 
- Bueno, Scotty... ¿estás diciéndome que soy una inútil en secuenciación de ADN?
Las manos del chico comenzaron a temblar.
- ¡No! No, no, para nada, es solo que... si necesitas... ayuda, yo...
Cosima rió, quitándose los elásticos guantes azules que tan normales parecían en sus manos. 
- Okay, Scott, ayuda aceptada. 
Cosima se levantó, recogiendo el pendrive que contenía todo su trabajo. El dispositivo estaba lleno de genes diseminados en sus secuencias de nucleótidos, muestras de ADN completamente codificadas, láminas comparativas entre varias especies animales... Todo lo que conllevaba la biología de estudio del desarrollo evolutivo. Lo metió a salvo en el bolsillo interior de su bolso y salió del laboratorio, dejando la bata blanca colgada en el perchero antes de cerrar la puerta. 
El sol le dio de lleno en la cara cuando salió de la instalación. Podría estar en San Francisco, en su casa, con su pequeño laboratorio personal, rodeada de las personas que la hacían sentirse parte de algo. Podría seguir en su hogar si éste no hubiese dejado de repente de serlo. Siempre había sabido que había algún lazo perdido entre ella y sus padres. Era una intuición casi automática que la había perseguido toda la vida. Se había imaginado muchas veces restaurando ese vínculo, como quien construye murallas con piezas de LEGO, pero cuando le contaron que era adoptada, todas esas carreteras que había empezado a construir desaparecieron. No había dejado de querer a sus padres; al contrario, tenía una estricta política sobre la distinción entre la naturaleza y la crianza. Era ese su trabajo. Era un conjunto de genes que le daban predisposición a ser algo, pero también era la expresión de esos genes, la educación que había recibido, el entorno que le habían dado sus padres. Era lo que era por una combinación de ambos. Por lo tanto, no había dejado de quererlos, pero al saber que ellos no eran su... 'imperativo biológico', científicamente hablando, había dejado de sentirse parte de esa familia, parte de ese hogar. Había tenido la necesidad de huir, y Minnesota había sido esa puerta. 
Y sin embargo, allí estaba. Delante de las puertas de su universidad, con un pendrive en el bolsillo que era toda su vida en aquella ciudad que no la dejaba sentirse en casa. Cosima se acarició el tatuaje de la muñeca. Para una persona normal, no sería más que una bonita concha decorativa, quizá una caracola si se ponían exquisitos. Un científico vería la proporción aurea, la razón dorada representada en la naturaleza, el número divino dado en la espiral logarítmica de un nautilus. Pero para ella, esa marca era lo único genético que la unía a su familia. El único patrón matemático que se repetía en ella, en sus padres, en sus amigos y en el resto de la naturaleza, que la hacía sentirse parte de un todo incluso cuando había dejado de serlo. 
De repente, una sombra se alargó desde el suelo. Cosima levantó la vista, subiéndose las gafas por el tabique nasal, y la vio. Llevaba una camisa blanca bajo una bleiser perfectamente acomodada a su cuerpo y unos pantalones altos anchos en los tobillos. Habría podido pasar perfectamente por una empresaria de élite de no ser por el cinturón que llevaba alrededor de la cintura, en el cual se podía ver una pistola colgando, o por la placa dorada que sostenía. Habría podido pasar por una policía normal... de no ser porque esa mujer tenía los mismos ojos que Cosimas, los mismos rasgos faciales, la misma altura. De no ser porque eran idénticas. 
La mujer le sonrió, mostrando una hilera de dientes perfectamente alineados, una sonrisa que Cosima había visto muchas veces al sonreírle al espejo, pero que parecía extraña en otra cara, a pesar de que esa cara fuese igual a la suya. Empezó a sentir el suelo desvanecerse bajo sus pies y la sangre latiendo con fuerza en sus oídos.
- Hey, hey - dijo la mujer, alargando un brazo hasta ella.
Cosima sintió el suave apretón de su igual sobre el codo, pero sus ojos no podían apartarse de esa cara. Los ojos de la policía tenían el mismo tono castaño verdoso que los suyos, con una suave capa de rímel en las pestañas. Exactamente con las mismas motas alrededor de la pupila. 
- Cosima Niehaus, ¿verdad? - Cosima asintió -. ¿Qué te parece tomar algo?
La mujer la arrastró con cuidado a la cafetería de la universidad, aguantando el ritmo imposiblemente lento de Cosima, que no paraba de lanzarle miradas fugaces. A la longitud de sus dedos, a la línea de su mandíbula, al tabique de su nariz. 
La visitante la sentó en uno de los bancos, dejándola sola frente al servilletero de metal. Cosima lo agarró con manos temblorosas, observando su reflejo él. Esa mujer era su igual. Completamente idénticas, criadas en ambientes diferentes. Scott decía que no podías llevarte el trabajo a casa, pero su trabajo había entrado en su vida por completo.
La mujer llegó con dos tazas humeantes de café. Cosima odiaba el café. Odiaba cualquier bebida con cafeína en realidad, ya tenía suficiente energía por sí sola. Era una diferencia, al menos. La policía depositó las tazas en la mesa y le dedicó una media sonrisa, sentándose enfrente de ella. 
- Yo también me quedé así la primera vez. 
- ¿La... la primera vez? - ¿Cuántas veces te encontrabas a una gemela que ni siquiera sabías que existía al salir de la universidad?
- Elisabeth Childs. Beth.
Beth cogió la taza con las dos manos, con la mirada desviada hacia el café oscuro y caliente. Cosima carraspeó, juntando sus manos inquietas sobre la mesa. 
- Beth - repitió, masajeándose los dedos -. Supongo que es idiota preguntarte si eres mi hermana. 
Beth rió, escondiendo las manos bajo la mesa. 
- No tan idiota, en realidad.
- Mierda, así que tengo una gemela - Cosima colocó las manos en su nuca, recostándose en la silla -. Wow, me siento como en uno de esos programas de la tele...
- ¿En los que encuentran familiares perdidos? - Beth se rascó detrás de la oreja con el pulgar -. Sí, yo también. 
Cosima jugueteó con sus manos sobre la mesa. Las manos eran como una parte más de sus expresiones faciales, así que, cuando estaba nerviosa, en lugar de temblarle el labio o tener un tic en el ojo, se acariciaba frenéticamente los nudillos. 
- ¿Cómo me has encontrado? - preguntó, observando a Beth por detrás del servilletero. 
Beth levantó la mirada, metiéndose el pelo detrás de la oreja. 
- Dios, nunca pensé que tendría que hacer esto... - susurró -. Vale. Lo que te voy a contar, Cosima, es algo que no puedes contarle a nadie. Algo nuestro, ¿entiendes?
Cosima asintió, intrigada. Ni siquiera sus manos se movían en ese momento. 
- ¿Qué sabes de tu familia, Cosima?
- ¿Te refieres a si sé que soy adoptada? Sí, lo sé. Al grano.
Cosima se inclinó sobre la mesa. Mientras que las manos de Beth permanecían extendidas sobre la mesa, los dedos de Cosima habían vuelto a juguetear consigo mismos, como niños persiguiéndose en un patio de recreo. Beth inspiró, antes de continuar.
- Hace unas semanas, una chica contactó con mi compañero, Art, preguntando por mí. Era una mujer alemana, no más de treinta años. Al principio, pensé que no era más que una denuncia. Estaba asustada y quería que nos reuniésemos a solas - Beth tomó aire de nuevo, con las manos cerradas -. Katja es idéntica a mí, Cosima, e idéntica a ti. Los mismos ojos, los mismos rasgos...
- Espera, espera, espera. ¿Otra? ¿Alemana?
Beth colocó una de sus manos sobre las inquietas manos de Cosima. Sintió ardor, como si le quemase la piel al contacto, y las irremediables ganas de quitársela de encima. Sentía que Beth Childs estaba depositando en ella una información muy gorda, algo que no se sentía con fuerzas suficientes para poder aguantar. 
- Tienes que estar de coña.
Cosima hizo ademán de levantarse, pero la mano de Beth se aferró firmemente a su muñeca. 
- Escucha el resto, por favor. Luego te daré las pruebas, te lo prometo. 
La mujer se sentó en la silla de nuevo, apartando las manos de su acompañante. Beth inspiró, cerrando los ojos antes de continuar. 
- Yo sabía que era adoptada. Lo sé desde pequeña. Pero nunca imaginé tener una hermana gemela, así que la información me vino de golpe.
- Bienvenida a bordo, colega.
Beth rió.
- Debería ser yo la que dijese eso, en realidad.
Cosima sonrió, sintiendo su cara relajarse. No podía sentir a Beth como alguien amenazador cuando estaba tratando de explicarle las cosas, con más o menos lógica, con más o menos orden, pero al menos lo estaba intentando. Cerró los ojos y se obligó a escuchar, tal y como hacía cuando Scott le explicaba alguna loca teoría genética. 
- Katja me había encontrado, Cosima - continuó Beth -. Todo podía haberse acabado ahí. Entonces me habló de sus gemelas idénticas en Europa. Tres de ellas, todas cazadas, todas...
- Wow, wow, wow, espera - Cosima rió, pasándose la mano por la cara -. Mierda puta, ¿ahora vas a decirme que tengo como... siete gemelas por el mundo? ¿Qué pasa, nuestra madre biológica estaba en una secta rara o algo de eso? - Cosima se levantó, incrédula -. No me trago esa mierda. 
- Cosima, por favor - Beth parecía suplicante, incluso desesperada -. Te juro que tengo pruebas. Pruebas reales. Y te necesitamos, todas. 
Cosima se sentó, con los dedos señalándose las sienes. 
- ¿Gemelas idénticas? ¿Cazadas?
- Cazadas y asesinadas, Cosima. 
Cosima se sentó de nuevo.
- ¿Asesinadas? ¿De programas de corazón a Stephen King, Beth Childs?
- Vamos, Cosima - dijo la mujer, con un deje de desesperación en la voz, colocando una mano en su antebrazo -. Eres científica. Seguro que se te ocurre algo. 
- ¿Y qué vas a decirme, que somos clones?
Beth clavó la mirada en Cosima, sin alterar un músculo de la cara. Cosima se fijó en sus rasgos con detenimiento. Cuando ella mentía, solía evitar mirar a la otra persona a los ojos, porque siempre había tenido la sensación de ser como un libro abierto. Siempre decía algún comentario sarcástico para desviar la atención, algo en lo que el resto pudiese enfocarse. Pero Beth se mantuvo firme. Ni un solo temblor. Ni un solo gesto fuera de lugar. Solo una mirada firme. La mirada de una persona que estaba diciendo la verdad. 
Cosima se dejó caer, con los brazos colgando a ambos lados del cuerpo. 
- Clones. Dios mío, esto tiene que ser una broma... - Cosima se masajeó los párpados antes de volver la vista hacia Beth -. Científicamente, podría ser posible. Ya sabes todo lo de la oveja Dolly y eso... Pero la clonación humana, por consenso, es ilegal y prácticamente imposible.
Los mecanismos científicos que había ido desarrollando comenzaron a desplegarse en su cabeza. Un abanico de esquemas e información, artículos sobre la clonación de células madre, la clonación animal, la clonación de bacterias, clonación natural, la bioética de la clonación humana.
- Quiero decir - continuó, tratando de ordenar la información. Siempre prefería hacerlo en voz alta -, se ha estudiado, y podría ocurrir, pero no hay... No hay ningún descubrimiento de ese tipo, y si lo hubiera, estaría en altas esferas, reservado para unos pocos. Además, si fuésemos clones, nuestras células, nuestro... genoma debería haberse clonado hace veintiocho años, 1985 ¿no? Y todo el tema de Dolly ocurrió en el 96, y era el mayor éxito hasta la fecha, así que...
Beth permanecía en silencio, con la mirada clavada en Cosima, que, por el contrario, no dejaba de gesticular, moviendo las manos frente a su rostro, como si tuviese toda la información justo delante de ella. 
- Teóricamente, nosotras, nuestra biología, no es posible. 
Beth se inclinó, apartándose el pelo de la cara.
- ¿Por qué no?
- Hay demasiados límites, demasiada inviabilidad. Tendríamos que tener una secuencia génica especial y única, como una muesca en el genoma y eso es como... No sé, como manchar los genes con pintura. Dolly murió pronto por enfermedades asociadas al envejecimiento, artritis, cáncer pulmonar y demás. Tenía la edad genética de la oveja base, ¿entiendes? Acortamiento de telómeros progresivo y bum, desastre. 
Beth bufó, con la cabeza entre las manos. 
- No entiendo nada.
- Vale, lo siento - Cosima trató de eliminar la ciencia de su explicación, acercándose a su 'gemela' -. Si somos clones, tenemos que proceder de una original, de una adulta. Nuestros teló... los cromoso... Nuestras... células tienen una menor esperanza de vida, nuestro sistema sería débil. Probablemente se nos habría diagnosticado algo gordo ya.
Cosima miró interrogante a Beth, con el corazón en un puño. Quizá no quería enfrentarse a la realidad, que ahora le parecía casi evidente, desde el punto de vista de la ciencia, aunque prácticamente imposible. 
- ¿Y cómo podrías averiguarlo? - preguntó Beth, con las manos sobre la boca.
- Muestras. No sé, algo que estudiar. 
- ¿Podrías encontrar ese gen especial del que hablas?
Cosima rió.
- El genoma humano, Beth,es como un puzzle gigante. Todas las piezas conectan, todas están relacionadas, pero cada pieza es única y cada pieza hace algo distinto. Hay millones de piezas, pero a la mayoría les falta el nombre. Si conociese el patrón original, el genoma base, podría estudiarlo, pero sin él... Soy inútil.
Beth se irguió. Por primera vez en toda la tarde, a Cosima le pareció cansada, abatida. Una mujer que estaba aún más perdida que ella. Cosima había podido verlo todo desde su propio punto de vista, desde la ciencia, desde la amplitud de la naturaleza. Sin embargo, Beth se había encontrado con una alemana que no había hecho más que asustarla y una bióloga que no había dado muchas facilidades a su explicación. 
- Clones - susurró, dejando las gafas sobre la mesa. 
La simple idea resultaba aterradora. No era simplemente el hecho de ser un experimento con éxito. No era simplemente el hecho de que ella misma se había convertido en un objeto de estudio, se había converido en 'la ciencia' en sí. Era que había dejado de ser genéticamente única. Ella y sus... imperativos biológicos, sus 'hermanas', tenían los mismos genes. Todos ellos. Y si los genes eran lo que biológicamente daba a un humano su particularidad, al compartirlos todos, ¿qué eran? ¿Eran algo más que ratas de laboratorio?
'No. Solo hay una de mí. Es mi cuerpo. Mi propio yo. No somos iguales'.
- Clones - repitió Beth -. ¿Entiendes por qué te necesitamos, Cosima?
Cosima volvió a colocarse las gafas, respirando hondo. 
- Aún no he descartado la teoría de una madre polígama.
Beth se dejó caer, mostrando una sonrisa cansada que, a pesar de distar mucho de ser radiante, era más luminosa de lo que había sido hasta entonces. Cosima sonrió. 
- Vaya - comentó, frunciendo el ceño -. Hacía tiempo que no me veía con el pelo suelto. 
Beth levantó las cejas, pero captó la broma enseguida y comenzó a reír, levantándose de la silla. 
- Y se supone que es así como me quedan las rastas a mí.
Cosima dejó escapar una tímida carcajada, siguiendo a su gemela. A pesar de haber empezado una nueva vida en Minnesota, volvía a sentirse parte de algo. Aunque ese algo fuese un grupo de clones experimentales y probablemente ilegales. Todas diferentes y todas iguales.
- ¿Tienes un ordenador? - preguntó Beth, dirigiéndose hacia uno de los bancos.
- Ahá.
Cosima se sentó junto a ella, sacando su portátil del bolso. Beth obervó los grabados, las moléculas de ADN que tanto le había costado dibujar cuando lo compró. La mujer rió entre dientes.
- Hay alguien a quien deberías conocer - continuó Beth. 
- ¿Oh, un Skype del Clone Club?
Beth soltó una carcajada, introduciendo su propia cuenta en la pantalla de inicio.
- Deja que hable yo primero, ¿vale? 
Cosima asintió. Los dedos de Beth se deslizaron por las teclas, marcando un número que parecía saber de memoria. Cosima observó el movimiento sincronizado de sus dedos, con sus uñas perfectamente cuidadas. Beth tenía dinero, eso se notaba a la legua. Probablemente, tenía una casa bonita. Quizá podía pedir el traslado e irse a vivir con ella a ¿dónde? ¿Dónde vivía Beth? ¿Estaría casada? No, no tenía alianza. ¿Quizá algún novio? Descartó los hijos. Cosima era estéril, y, si eran genéticamente idénticas, Beth también debía serlo. Un montón de preguntas se acumularon en su cabeza, con ganas de salir en cascada por sus labios. 
De repente, la imagen se formó en la pantalla del ordenador. Era una habitación azul, llena de utensilios, como una especie de cuarto de manualidades. Y allí, sentada en una silla delante del ordenador, estaba otra. Llevaba el pelo perfectamente cortado, con un flequillo recto cayendo por su frente. Tenía esa mirada típica de las madres, la mirada de reproche cuando un hijo hace algo mal; los labios fruncidos y el rostro terso.
- Elisabeth Child, quedamos en que me llamarías al móvil...
- Era una urgencia, Ali - respondió Beth, sonriendo -. Tenemos un nuevo miembro en la familia. 
- ¿La has encontrado? - preguntó 'Ali', acercándose a la cámara como si quisiera atravesar la pantalla -. ¿Dónde está?
- Justo aquí.
Beth giró el ordenador hacia Cosima. La sonrisa le salió involuntaria. Conocer gemelas en menos de tres horas empezaba a ser demasiado gracioso como para ser real. 
- Hey - saludó, inclinándose hacia Beth -. Soy Cosima. 
- Alison - La mujer le dedicó una sonrisa tensa, sin dejar ir la mirada de madre preocupada. 
- Bueno, Ali - continuó Beth -. Cosima está haciendo el doctorado en Minnesota, así que...
- ¿Doctorado de qué? - interrumpió Alison, abriendo mucho los ojos. 
- Evo-devo - Cosima sonrió para sí; siempre se había sentido orgullosa cuando decía cuál era su trabajo. Sin embargo, al ver las caras de incredulidad de sus compañeras, se obligó a aclararlo -: Desarrollo Evolutivo de Biología. 
Alison asintió, como si lo aprobase. Cosima no podía quitarse de la cabeza la misma imagen de su madre, cuando le dijo que no quería estudiar Medicina, sino 'Evo-devo'. Era exactamente la misma cara que tenía Alison en ese momento. 
- Entonces, si ella no puede venir, ¿cómo establecemos las normas? - continuó Alison. 
Cosima miró incrédula a Beth. 
- ¿Normas? ¿Cómo, 'si veis a alguien idéntico a vosotras, dadle una calurosa bienvenida a bordo'? 
Beth sonrió, negando con la cabeza.
- Algo así. Alison quiere que nuestro grupo esté más controlado.
- No, no, no. No es control, Elisabeth Childs. Es orden.
- Oh, sí, por supuesto - soltó Cosima -. Orden. Primera regla del Clone Club: no hablar con nadie sobre el Clone Club.
Beth rió por lo bajo, sujetando el ordenador. En la pantalla, Alison parecía intentar evitar a toda costa que sus hermanas la viesen sonreír, aunque estaba claro que el comentario le había hecho gracia. Estaba determinada a ser la 'madre' del grupo. 
- 'Clone club', lo que hay que oír...
- Segunda regla del Clone Club - sugirió Beth -. Móviles individuales para llamadas de emergencia. 
- Puedo encargarme de eso - señaló Alison.
- Un acertijo - propuso Cosima -. Algo que solo sepamos nosotras tres y que nos permita diferenciarnos. Algo como, no sé...
Alison se apartó el pelo de la cara.
- ¿Algo como 'empieza por 'c' y acaba por 'ones', ¿quién soy?'?
Cosima rió, negando con la cabeza. 
- ¿Qué tal - comenzó Beth - 'una de muchas, ¿qué soy?'?
- 'Una sola, una de muchas, sin familia tampoco, ¿'quién' soy?' - completó Cosima.
- ¿Y la respuesta es 'un clon'? - preguntó Alison, bajando el volumen de la voz.
Beth asintió, mirando el pequeño reloj de la pantalla. Cosima desvió la mirada hacia la universidad, que parecía mucho menos gris. Por fin empezaba a sentirse dentro de algo, aunque ese algo fuesen sus hermanas biológicas, o sus gemelas probeta, o su... Clone Club. 
- Mi vuelo sale en dos horas, tengo que irme, Alison...
-  ¿Hoy? - preguntó Cosima. Había esperado poder compartir más tiempo con ella, saber más de ella. 
- Paul vuelve mañana de Londres. Viaje de negocios. Tengo que estar en casa. 
- Sí, guay, guay - Cosima se inclinó hacia la pantalla -. Supongo que aún puedo viajar a Toronto un día de estos y reunirnos para hablar sobre genética molecular y ovejas clonadas.
Alison se irguió en la silla, con los dedos completamente visibles sobre la mesa en la que estaba apoyada. Beth miró a Cosima, con una media sonrisa en los labios. 
- Suena perfecto - Beth se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una servilleta cuidadosamente doblada -. Aquí tienes mi número y el de Alison. Llama si necesitas algo.
- Genial, genial. 
Beth sonrió, mirando a la pantalla. 
- Bueno, Ali, el martes puedo pasar por tu casa y darte detalles...
- Sí, perfecto. El martes. Y ¿Beth? - Alison se giró, bajando el volumen de la voz -. Yo también tengo una regla. 
Cosima estiró el cuello, con una media sonrisa en los labios. Reflejadas en la pantalla, Beth y ella parecían más distintas de lo que sus rasgos les permitían. Mientras que el libio inferior de Beth estaba torcido hacia la derecha, la boca de Cosima se torcía hacia arriba. Los ojos de Beth parecían cansados, grises; los de Cosima eran todo vitalidad y emoción. Y en comparación con Alison, tan recta y tan tersa que parecía plastificada al otro lado de la pantalla, la diferencia se acentuaba. 
No eran idénticas. Eran muy diferentes. Diferencias kilométricas. Quizá, lo único que todas tenían en común era el radio dorado que Cosima llevaba en la muñeca. 
- No usemos la palabra con 'c' - concluyó Alison.






*Yeeeeeeheeeeeeeeey, I'm back! Bueñas, pequeños. Creo que ahora estamos todos de vacaciones, así que ¡espero que las estéis disfrutando! He estado un tiempo de descanso, tratando de organizar todas las cosillas que quiero hacer ese verano en el blog. Ya veis que tiene nuevo look y eso, ahora es más sexy (?). Bueno, aquí os dejo este fic de Orphan Black (SI NO LA HABÉIS VISTO YA, OS ESTÁIS PERDIENDO UNA SERIE QUE FLOPAS (sí, con O) Y, LO QUE ES MÁS IMPORTANTE, UNA DE LAS MEJORES ACTUACIONES QUE, desde mi humilde opinión, HE VISTO EN UNA SOLA MUJER. TATIANA MASLANY ES UNA DIOSA). Siempre me he preguntado cómo Cosima especialmente (por su punto de vista científico) asimiló todo el tema de los clones. Además, siempre he querido meterme un poco más en Beth, aunque sea desde fuera. Espero que este trocito pequeño os guste y os sirva de excusa para quedaros un poquito más en el blog :)
Por cierto, muchísimas gracias por todas las críticas positivas hacia CBLO. Sois la hostia, en serio <3 *