sábado, 15 de septiembre de 2012

Capítulo 1: La cosecha.

-      ¿Estás nervioso?
El muchacho miró hacia arriba, dirigiendo sus ojos verde mar hacia la anciana que esperaba en la puerta. No estaba nervioso. Él no podía permitirse estar nervioso.
Finnick Odair no podía imaginar las razones que lo habían llevado a aceptar meterse en esa situación. Se sentía como un completo niño inmaduro, sin mucho cerebro, solo por la decisión que había tomado. ¿Qué se creía? Sin embargo, alguien como él jamás podría sentirse débil. Él era un ganador.
-      No, Mags – respondió, volviendo la mirada hacia el espejo.
Él nunca había negado su belleza. Era consciente del increíble físico que poseía, un físico natural, una belleza innata que ningún estilista podría igualar jamás. Su pelo cobrizo, desordenadamente ordenado. La piel bronceada, fruto de las horas en la playa del distrito. Los ojos como el mar en calma. Una sonrisa capaz de enloquecer a cualquiera. Finnick era consciente de que todos lo amaban. Al fin y al cabo, ¿quién podría odiar a un chico cómo él, tan irresistiblemente sexy y tan endemoniadamente carismático?
Pero, a pesar de toda la gente que lo quería, de todas las personas que lo adoraban, en esos momentos, él se horrorizaba de sí mismo.
Finnick Odair había pasado ya por esta situación, pero desde una perspectiva muy diferente. Cinco años atrás. Y él jamás podría borrar esos recuerdos.
-      Eres muy joven, Finnick – continuó Mags, acercándose a él, como una madre -. No deberías haberlo hecho.
-      Quiero hacerlo – respondió él, con una chispa de duda.
Mags bajó los ojos, desilusionada. Era una mujer bajita, algo encorvada, con el pelo gris trenzado ese día con adornos de flores y algas. Para Finnick, Mags significaba algo más que la madre que nunca había conocido. Mags era la persona que lo había mantenido vivo.
-      ¿Cómo me ves? – dijo entonces el muchacho, arreglándose la ropa.
-      Increíble, Finnick, como siempre – suspiró la anciana, y salió de la habitación.
Finnick volvió a mirarse en el espejo. Llevaba una camiseta blanca sencilla bajo una chaqueta negra y unos pantalones oscuros. Un traje que, a cualquier persona normal, le habría quedado bien, pero que a Finnick Odair le hacía parecer aun más sexy.
Mientras salía de la habitación, el muchacho continuó pensando en lo que estaba a punto de hacer. ¿Por qué se había presentando como mentor en los Juegos? Acababa de cumplir los diecinueve años, y sabía a lo que se arriesgaba yendo al Capitolio. Tampoco sería la primera vez, no obstante, que el Presidente Snow organizaba citas con él a sus espaldas. Entonces, ¿por qué regresar a esa ciudad de ricos? Quizás quiero salvar algún tributo del 4 este año, se dijo.
Cuando salió del edificio, el sol le dio de lleno en la cara. Allí siempre hacía sol. El olor a sal del mar impregnó sus fosas nasales, devolviéndole miles de recuerdos sobre su infancia, antes de que lo eligiesen para ir a ese matadero. Finnick frunció el ceño y continuó caminando, lejos de la Aldea de los Vencedores, hasta llegar a la plaza central, llena de puestos ahora vacíos. Muchos chicos ya estaban allí, esperando nerviosos, algunos decididos, y otros llorando junto a sus madres. Finnick se compadecía de todos ellos. Él también había estado nervioso el día que toda su vida cambió.
Recordaba ese día como si hubiese sido ayer. Se levantó temprano, con el estómago en un nudo, como los dos años anteriores. Fue a pescar con su anciano padre, comieron juntos. Poco después, a las dos de la tarde, Finnick acudió a la plaza y una mujer con enormes pestañas extrajo un papelito de la gran urna de cristal. Cuando leyó su nombre, el estómago se le hizo aún más pequeño. Su vida no sería la misma desde ese momento.
El joven atravesó más y más filas de niños hasta subirse al escenario, donde el resto de tributos vencedores ya se habían sentado. Mags, la que había sido su mentora; Darwin, un hombre robusto al cual le habían quitado media dentadura en sus juegos y la había sustituido por diamantes; Eleonora, más anciana aún que Mags, apoyada en un bastón… Todos ellos habían ganado sus respectivos juegos, pero Finnick era el más joven. Hacía cinco años que el Distrito 4 no tenía vencedor, y Finnick estaba dispuesto a ayudar a los tributos a regresar.
La alcaldesa, Ovlidia Craster, una mujer siempre impecablemente elegante, le saludó con un hosco movimiento de cabeza, pero Finnick apenas se dio cuenta de eso. Estaba bastante más centrado en las urnas de cristal que tenía delante, una para los chicos y otra para las chicas. ¿Quiénes serían los desafortunados tributos que tendrían que enfrentarse a la muerte ese año? ¿Serían buenos con algún arma? ¿Serían listos? ¿Tendrían técnicas? A medida que la plaza se iba llenando, la cabeza de Finnick se llenó de inquietud. Miraba los miles de rostros que tenía enfrente, preguntándose a cuáles de ellos tendría que ayudar.
Cuando la ceremonia comenzó, Finnick no podía dejar de limpiarse las manos en el pantalón. La chaqueta le asfixiaba, pero no se la quitó. Introdujo las manos en los bolsillos mientras la alcaldesa leía el documento sobre la historia de Panem delante de un micrófono, en el cual se contaban los Días Oscuros y la creación de los Juegos del Hambre, una horrible competición en la que el Capitolio escogía por sorteo a un chico y una chica de cada distrito para prepararlos, entrenarlos y llevarlos a luchar en un estadio cerrado hasta que solo quedase uno. Finnick había sido uno de esos vencedores. Ganar significaba fama y no más hambre, tanto para el campeó durante toda su vida como para el distrito durante un año. Después de leer el discurso, la alcaldesa sacó una lista y comenzó a leer los nombres de los tributos vencedores del Distrito 4. Varios ya estaban muertos, aunque algunos como Mags y Eleonora, con suerte, seguían demasiado vivos. Los vencedores fueron levantándose de sus asientos, ovacionados por el público. Cuando la alcaldesa pronunció Finnick Odair, el muchacho se levantó, como había hecho durante los cuatro años pasados, y sintió cómo los ciudadanos lo aclamaban más que a ninguno. Sonrió y varias niñas pequeñas dieron un grito. Finnick no pudo hacer otra cosa que desear que esas niñas tan pequeñas volviesen a casa esa noche.
De repente, calmada ya la plaza, la alcaldesa presentó a una mujer venida directamente del Capitolio, una mujer muy diferente a la que había sacado el nombre de Finnick de su urna. Esta tenía el pelo blanco, lacio, lleno de extraños adornos. Sus ojos parecían brillar más de lo normal, y tenía varios tatuajes en la mejilla derecha. No era guapa, ni tampoco anciana, al contrario de lo que podía mostrar su pelo. Su nombre era Radis Offman. La mujer habló con voz chillona, exagerando mucho el típico acento del Capitolio, sobre lo afortunada que se sentía por haber llegado a un distrito con tantos grandes vencedores. Tras decir eso último, se giró hacia Finnick y le dedicó una estremecedora sonrisa: la mujer tenía los colmillos muy afilados, haciéndola parecer un vampiro. Finnick se estremeció. Radis, por el contrario, se giró de nuevo hacia la multitud y continuó hablando durante un par de minutos más.
-      Vamos allá – dijo, finalmente -. ¡Buena suerte, y que la suerte esté siempre de vuestra parte!
Con pequeños saltitos, Radis se dirigió hacia la urna de la derecha y sonrió a las chicas que aguardaban en la plaza.
-      ¡Las damas primero! – anunció, añadiendo una suave risita.
Finnick contuvo la respiración mientras la mujer introducía la mano en la urna, buscando el papel adecuado. Miró a las niñas que habían chillado al verle sonreír y esperó que no fuera ninguna de ellas, no podría soportar la muerte de un niño de doce años.
Finalmente, Radis extrajo un papel cuidadosamente doblado y se dirigió de nuevo al micrófono, llevándolo en alto.
-      ¡Aquí está la afortunada! – gritó.
Las chicas, desde las más pequeñas hasta las más grandes, estaban todas pálidas. Finnick miró a Mags, esperando, como cada año, ver algún rastro de nerviosismo en ella, pero no vio nada. La mujer estaba seria, con la mirada perdida, probablemente sin querer escuchar el nombre de la chica elegida. El muchacho miró el papel desdoblado de Radis y suspiró.
-      Annie Cresta.
Se escuchó un murmullo al final de la plaza y entonces, una chica salió entre la multitud. Tenía el pelo castaño largo, suelto a ambos lados de la cara, y unos ojos claros, muy claros. Parecía muy nerviosa, muy pequeña, y Finnick sintió lástima por ella. Se preguntó cuántos años tendría, quizás quince. Los Agentes de la Paz la escoltaron hasta el escenario, pero estaba tan nerviosa que apenas podía tenerse en pie. De repente, un grito agudo interrumpió el silencio y, al final de la plaza, la gente comenzó a apartarse.
-      Es su madre – dijo una joven -. Se ha desmayado.
La muchacha, Annie, se giró, con la cara contraída en una mueca, pero los agentes no la dejaron avanzar. Con la cabeza agachada, temblando, la chica subió al escenario. Sin embargo, mientras subía las escaleras, tropezó y cayó al suelo. Ninguno de los agentes hizo ademán por ayudarla.
Finnick, movido por su propio subconsciente, se levanto y cogió a la chica por un brazo. Cuando sus miradas se cruzaron, el mar en calma de los ojos de él se encontró con una tormenta de lágrimas contenidas en los de ella, y se quedaron así durante un segundo que pareció eterno. Finalmente, Annie se puso en pie y avanzó hacia el micrófono, donde Radis esperaba impaciente.
-      ¡Espléndido! – chilló la mujer, cogiendo a Annie de los hombros -. ¿Alguien se presenta voluntario por ella?
Finnick observó a la chica mientras la plaza guardaba silencio. Parecía tan pura, tan vulnerable, tan… inocente. No fue capaz de imaginarla ganando los juegos. Suspiró, resignado, al ver que nadie quería jugarse el cuello por ella. Se preguntó si tendría hermanas mayores que pudiesen dar la vida por Annie.
-      Entonces – continuó Radis -, demos un fuerte aplauso a nuestro tributo femenino, ¡Annie Cresta!
Una lágrima cayó por la mejilla de la chica, pero ella se apresuró a limpiársela. Finnick lo entendía. El encuentro estaba siendo televisado, si ella mostraba debilidad, todos la tomarían como débil. Deseó que cortasen su caída en las escaleras, pero sabía de sobra que no lo harían.
-      Y ahora – siguió Radis -, ¡el tributo masculino!
La mujer repitió el mismo proceso en la otra urna hasta extraer otro nombre: Kit Grobber. Se trataba de un muchacho delgado, muy moreno, con ojos castaños muy pequeños y el pelo oscuro rizado. Avanzó lentamente hacia el escenario y, cuando Radis pidió voluntarios, nadie habló. La alcaldesa regresó al micrófono para leer el Tratado de la Traición, pero nadie la escuchaba. Todos estaban pendientes de los dos chicos elegidos, tan diferentes entre sí. Finnick miró de nuevo a la chica, a Annie, y sintió lástima por ella. Alguien tan pequeño…
La alcaldesa finalizó y, dirigiéndose hacia los tributos, pidió en voz alta que se dieran la mano. La enorme mano de Kit Grobber estrujó la diminuta y fría mano de Annie Cresta, que se estremeció al contacto. Alguien puso el himno de Panem de fondo, y Finnick observó a sus dos tributos.
Solo uno podía regresar a casa. Para uno de ellos, quizás para los dos, esa sería la última vez que verían esa plaza.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Los Juegos del Hambre. 'Yo. Yo te necesito'.

¡Hola otra vez, bonitos! Bueno, a ver, voy a colgar el último fic de Los Juegos del Hambre (por ahora), porque hay un par de ellos que quiero colgar que no tienen nada que ver... Bueno, al caso. Hoy le voy a dedicar un fic a un personaje especial, carismático, romántico, dulce, tierno, muy jsndjsmdfk... sí, a nuestro panadero preferido. Peeta Mellark es uno de mis personajes favoritos de la trilogía. Es un personaje único. Una de las escenas que más me gustó, aparte de la escena de la cueva (<3), fue la escena de la playa (<<33) Sí, lo sé, es demasiado perfecta. Ese beso fue increíble. Así que he intentado averiguar qué pensaba Peeta en ese momento, siendo como es él. Voy a intentar subir una segunda parte que aún no tengo, pero está pensado. Espero que os guste, como siempre :)
(Ya sé que es un poco corto, pero es que la escena de la playa no me daba para más)


La playa, la Arena. El reloj venido directamente del infierno. Esto está siendo un completo calvario, muriendo gente cada día. Ni siquiera en los Juegos del año pasado lo pasé tan mal. No, peor aún: ni siquiera en los Juegos del año pasado me sentí tan inseguro y tan temeroso de perder a Katniss. Y no solo por la maldición de estos juegos, por las trampas que esconde esta isla. El problema es que ella está obsesionada por salvar mi vida, lo sé, y pretende morir por ello. ¿No se da cuenta que, si ella muere, yo muero también? Mi vida no tendría sentido sin ella.
Estamos sentados en uno junto al otro, vigilando el agua y la selva al mismo tiempo. Intento concentrarme en no perder de vista los árboles, en hacer algo útil, para variar, pero no puedo quitarme de la cabeza sus planes. Haymitch tiene que haber hecho algún trato con ella, al igual que conmigo, por lo que sigue siendo el mismo borracho mentiroso de siempre. Cuando ella apoya su cabeza en mi hombro, no puedo contenerme más.
-      Katniss – susurro, mientras acaricio su pelo -. No tiene sentido seguir fingiendo que no sabemos lo que pretende el otro.
Ella suspira y traga saliva.
-      No sé qué trato habrás hecho con Haymitch, pero deberías saber que a mí también me hizo algunas promesas. Así que, podríamos afirmar – continúo – que mentía a uno de los dos.
Ella levanta la cabeza; supongo que ha entendido que para Haymitch todo sigue siendo una estrategia para ganar los Juegos, otra vez. Katniss vale más viva que muerta, pues es el símbolo de la rebelión, es la chica en llamas, la que encendió en fuego de los rebeldes, tal y como dijo Snow. Yo… ¿quién soy yo? Solo soy el chico amoroso, como decía Cato, el romántico, el débil. No aguantaría unos Juegos sin ella.
-      ¿Por qué me lo cuentas ahora? – pregunta.
Aunque me duela, sé que ella será feliz si sale viva de aquí. Puede que pase un tiempo mal, desorientada y callada, como esos meses que pasó tras la muerte de su padre. Pero su familia estará allí, y Gale también. Y si eso la hace feliz, para mí es suficiente.
-      Porque no quiero que olvides lo distintas que son nuestras circunstancias – contesto, devolviéndole la mirada -. Si mueres y yo vivo, no quedará nada para mí en el Distrito 12. Tú lo eres todo para mí. Nunca volvería a ser feliz.
Veo que abre la boca para protestar. Típico de ella.
-      Para ti es diferente – añado, antes de que me interrumpa -. No digo que no sea duro, pero hay otras personas que harán que tu vida merezca la pena.
Me saco el sinsajo que llevo colgado al cuello y lo abro, mostrándole las fotos de su madre y Prim, y Gale. Quiero que sepa lo que yo necesito para ella. Que, cuando yo muera y ella salga de aquí con vida, ellos estarán ahí para protegerla, para recordarle que no ha sido una pieza en los Juegos. Que, por mucho que el Capitolio quiera acabar con su vida, ella seguirá adelante. Que será feliz con Gale.
-      Tu familia te necesita, Katniss.
Intento convencerla de que tiene que volver a casa, de que tiene que olvidar su estúpido trato con Haymitch. Y creo que lo estoy consiguiendo, porque su muro de excusas para cumplir esa promesa ha caído al ver esas fotos.
Inevitablemente, me acuerdo de mi casa. La panadería, mis hermanos ocupados en sus tareas, mi madre regañándome por el pan mal hecho, mi padre ausente. Nadie se preocupa de que puedo morir en los Juegos. El año pasado, mi madre creía que Katniss viviría, por lo que asumió que ella era más fuerte que yo y, probablemente, que tendría que acostumbrarse a no verme más por casa. Mis hermanos ya lo sabían, aunque no dijesen nada, sabían que mis Juegos iban a ser cortos. Yo también lo pensaba, por lo que no me sorprendió ni me dolió demasiado. Ni la esperanza que mi padre me entregó en ese último abrazo antes de montarme en el tren sirvió para convencerme de que iba a vivir más de dos días dentro de la Arena.  Ellos ya están acostumbrados a vivir sin mi compañía.
-      En realidad, a mí no me necesita nadie – admito.
Y, cuando lo digo en voz alta, no siento dolor ni ira hacia ellos. Todo lo contrario, les entiendo. Los Juegos del Hambre les hicieron fuertes, les convencieron de que yo era prescindible en casa. Sufrirán, está claro, porque soy su hijo pequeño, pero luego volverán a la normalidad.
-      Yo – dice Katniss entonces. La miro sin entender, con el ceño fruncido -. Yo te necesito.
Aprieto la mandíbula, enfadado conmigo mismo. Busco en mi cabeza más razones para convencerla de que yo tengo que morir para sacarla de aquí con vida. Entonces, ella se yergue y me besa.
Continúo pensando formas de hacerla recapacitar, pero noto algo diferente y extraño en ese beso, algo que me hace olvidar todo lo que estoy pensando. Me quedo en blanco. Porque Katniss me ha dado muchos besos, muchos a lo largo de este tiempo. Besos breves, besos casi  imperceptibles por la fiebre o por el frío, besos fingidos delante de una cámara. Pero, como este, solo me dio uno, una noche, en la cueva, mientras llovía. Sin embargo, este beso es mucho mejor, más perfecto. Tengo sed, y ella es el agua que necesito. Tengo que respirar y su boca es el aire. Y el resto del universo puede olvidarse de nosotros, aunque ahora estarán más pegados a las pantallas que nunca. Pero no me importa el Capitolio y su espectáculo. Porque esto que siento ahora es grande, me llena, Katniss jamás me había dado un beso así. Ella lo siente, no lo hace para convencer al público de que me ama. Lo hace porque lo siente, como lo siente. Y ese es el mejor regalo.
La abrazo, la acaricio, la como a besos. No nos cansamos, porque todo el deseo estaba coagulado dentro de nosotros, esperando para estallar. Y ahora que lo ha hecho, ninguno nos sentimos con ganas de decirle que retroceda. Agarro su pelo y la acerco más a mí, contagiándome con su hambre. ¿Dónde estamos? ¿Qué está pasando? ¿Qué ha sido del mundo?
Oh, qué más da. Ella es mía y yo soy suyo. Nos debemos el uno al otro, nos protegemos, nos cuidamos. No hay otra cosa entre nosotros. Y, por primera vez, el deseo es mutuo, nos besamos de verdad, como siempre había querido.
Por primera vez, nos amamos.


Hey de nuevo, guaposos :3

Bueno, a ver, voy a crear una nueva pestaña. Sí, porque estoy escribiendo un fic de varios capítulos sobre la historia de Finnick&Annie (amor *_*) y quiero que esté en una pestaña a parte, fuera de la de Los Juegos del Hambre.
Este fic englobará toda la historia de ellos dos, desde que se conocen hasta que... bueno, hasta lo de Finnick (qué, qué pasa, yo no he superado *SPOILER* su muerte *FIN DEL SPOILER*). La subiré más adelante, por capítulos, obviamente, porque será bastante más larga que el resto de fics... Bueno, que espero que os guste, como siempre. Un besazo de fuego valyrio, bonitosos <3

martes, 4 de septiembre de 2012

Los Juegos del Hambre. La Comadreja, parte II. 'Jaulas de la noche'.

¡Holita! (? Vale, aquí estoy para poner un nuevo fic. La segunda parte de la Comadreja. He de decir que esta parte fue el primer fic que escribí, así que es más corto que el resto. Bueno, el caso es que, como dije ayer, la Comadreja es uno de mis personajes favoritos de la trilogía, y su muerte me pareció un poco... ridícula para una persona tan lista. Sigo manteniendo que ella podría haber ganado perfectamente. Pero en fin. Este fic tiene dos partes: una ocurre la primera noche de los juegos, la otra, al final. Espero que os guste este fic, como siempre :3



No sé qué ha sido eso, aunque sospecho que no es algo, sino alguien. El problema es, ¿quién? No será ninguno de los profesionales, por descontado, ya que ellos se protegen unos a otros. Atiendo un poco más y escucho un grito agudo: es una chica, o sea que puede tratarse de la chica del Distrito 8, la niña del 11 o Katniss. Poco después, la agonía de la chica se silencia y escucho los vítores de los profesionales que, a los pocos minutos empiezan a discutir entre sí. El cañonazo no llega.
-      ¡He dicho que está muerta!
Agudizo el oído, intentando encontrarle sentido a los insultos de los tributos hasta que, finalmente, uno de ellos les manda callar.
-      ¡Estamos perdiendo el tiempo! ¡Iré a rematarla y seguiremos moviéndonos!
Peeta Mellark. Así que aún le mantienen con vida. Escucho como el chico se aleja y decido seguirle para asegurarme de que no matará a su compañera de distrito. Traicionaría a la audiencia de ser así.
Peeta llega hasta la víctima y levanto el cuello para observar quién es. Cuando lo hago, no me sorprendo en absoluto: solo se trata de la chica del 8. El chico amoroso saca un cuchillo de su bota y suspira, mirando a la chica, que agoniza en el suelo suplicando. Tiene una fea herida en el estómago, una herida a la cual no sobrevivirá durante más de cinco minutos. Lo que no entiendo es cómo no está muerta ya.
-      Yo no soy así – masculla Peeta, asqueado, cerrando con fuerza los ojos -. Lo siento.
La chica le mira y él le corta el cuello con el cuchillo. Me trago una náusea y veo cómo él se aparta, apoyado contra un árbol, y se frota las sienes con los dedos.
-      Yo no soy así – se repite y, acto seguido, se aleja del cuerpo.
Suena el cañonazo y, a los pocos minutos, llega el aerodeslizador para llevarse el cuerpo. Ya solo quedamos doce.
 ~~
Tengo verdadera hambre. Desde que Katniss Everdeen hizo estallar la comida de los profesionales, mi comida, el resto de los juegos ha sido un completo suplicio. La única parte buena es que solo quedamos cuatro, después de que la chica del 2 y el del 11 muriesen. Con un poco de suerte, la chica en llamas y el bruto del 2 se matarán entre ellos, pues escuché a la chica del 2 decir que Peeta Mellark estaba herido antes de que el del 11 le reventase la cabeza con una piedra. Así, Peeta morirá desangrado y yo saldré de aquí, de vuelta al Distrito 5. Por fin.
Bueno, supongo que, si nadie me ha encontrado durante todo este tiempo, nadie lo hará ahora. El chico del 2 está desesperado por ganar y, de paso, llevarse por delante a los dos del 12; y, por otro lado, ellos están juntos, dándole al público el amor que tanto les gusta, y seguro que están recibiendo mil regalos de patrocinadores. Por el contrario, yo no he recibido nada, salvo la mochila verde llena de botellas de agua y comida que he engullido en demasiado poco tiempo. Por eso, mi estómago no para de rugir.
Me mantengo caminando hasta que ya no puedo más y me siento en una roca cercana a un riachuelo. Decido coger un poco de agua con las botellas que tenía en la mochila, pero de repente, algo me frena. Alguien está haciendo demasiado ruido cerca de mí, rompiendo ramas en el suelo. Por dios, ¿quién querría hacer tanto ruido y querer que no le descubran? Me escondo tras un árbol, preparada para atacar si hace falta. Ya no puedo consumar mi rabia respecto al chico del Distrito 1, puesto que murió hace unos días, creo que asesinado por Katniss. Sin embargo, si es el tributo del 2, no me contendré, ni escaparé, sino que intentaré pillarle por sorpresa. 
Alguien silba unos metros más allá, alguien le responde y me ayudan a cerciorarme de quiénes pueden ser: los tributos del Distrito 12. Me acerco un poco más, siempre oculta tras los árboles, conteniendo al máximo los sonidos que puedan originar mis pies al rozar el suelo. Casi puedo oír al Capitolio rugiendo para que me acerque al tributo ruidoso cuando me doy cuenta de que es Peeta Mellark, agachado junto a un arbusto de bayas. No sé si es que me lo imaginaba más pálido, magullado o herido de gravedad como dijo la chica del 2, pero, desde luego, no está para nada así. Presenta buen aspecto en general. Le observo mientras recoge unas bayas rojas y las deposita sobre un cuadrado de plástico, situado junto a la mochila naranja que Katniss consiguió el primer día en la Cornucopia. El hambre me vence.
Cuando Peeta se aleja de la comida, me abalanzo sobre ella, hambrienta, con el estómago rugiendo. Oigo otro silbido, pero está lo suficientemente lejos como para que llegue a tiempo para cogerme. Ni siquiera corriendo. Cojo un pequeño trozo de queso y lo mordisqueo, saboreándolo. Mi cuerpo me lo agradece y parezco recuperarme, pues me siento mucho más fuerte. Gracias, tributos del Distrito 12, por alimentarme mientras os matáis entre vosotros, pienso riéndome. Cojo un puñado de bayas rojas, pues tienen una pinta extraordinaria, y me interno de nuevo en el bosque, justo a tiempo para ver cómo la chica en llamas atraviesa nerviosa el campo, gritando el nombre del chico amoroso. Sonrío. Ellos están perdidos en sus propios problemas como para preocuparse por la comida que les falta. Me alejo despacio, consciente de que no sospecharán de mí y se pelearán entre ellos mientras me distancio. Quizás pueda encontrar una cueva o una rama baja donde pasar la noche antes de que todo acabe por fin. Espero que los Vigilantes no metan algo parecido a las bolas de fuego de los primeros días, porque una de ellas casi hace volar mi cabeza. Oigo a la pareja discutir a voces un poco más allá, pero no me detengo. Me llevo un puñado de bayas a la boca y las saboreo con detenimiento. Tienen un sabor picante, mezclado quizás un una pizca de algo dulce, y están tremendamente asquerosas. Sin embargo, me contengo las ganas de escupirlas, con la necesidad de saciar mi hambre, y las trago.
Voy a ganar, pienso. Un dolor me atraviesa el estómago.
 ~~
El cañón suena.


 

lunes, 3 de septiembre de 2012

Los Juegos del Hambre. La Comadreja, parte I. 'Supongo que será ganar'.

¡Buenos días, guaposos! Espero que hayáis disfrutado mucho del fin de semana :)
Bueno, yo venía aquí a colgar un nuevo fic. Este va dedicado especialmente a una chica de Twitter, no sé su nombre, pero es un amor. Ahí queda :) A ver, uno de mis personajes favoritos de la trilogía Los Juegos del Hambre (sí, sigo con ellos, lo siento, soy tributo hasta la médula) es la Comadreja. Y tú dirás, ¿por qué? Porque me parece la más real. Quiero decir, todos actuaríamos como ella, huyendo. Y además, es la más lista, pienso que podría haber ganado sin tener que matar a nadie. El caso es que he querido ponerme en su piel. Son dos partes, igual que el fic de Cato, pero aquí no cuenta una sola escena por fic, sino varias. Bueno, yo lo dejo aquí. Como siempre, espero que os guste, y no dudéis en dejarme vuestros comentarios aquí o en Twitter, vuestros blogs o lo que queráis :)


 
En cuanto suena el gong, todos los planes de mi cabeza se esfuman y me quedo completamente en blanco. Sin embargo, mis piernas actúan por su cuenta, dirigiéndome veloz hacia el bosque. No me paro a coger las mochilas que descansan en el suelo, probablemente llenas de víveres que me hacen la boca agua, ni a por las armas de la Cornucopia que seguro ya habrán desaparecido. Solo miro atrás una vez, cuando Ethan grita mi nombre pidiendo ayuda. Le miro lo suficiente para observar como el bruto del Distrito 2 le atraviesa con una espada. Mueve los labios y me giro, escondiéndome tras un arbusto lo suficientemente frondoso como para que pueda ocultarme. A mi izquierda, la niñita del Distrito 11 se adentra corriendo a toda velocidad en el bosque, llevando consigo una mochila. Bueno, al menos ella ha cogido algo y ha salido viva. Un poco más allá, a mi derecha, la chica del fuego atraviesa corriendo el claro, con una mochila naranja. La tributo del Distrito 2 la mira con furia y le lanza un cuchillo certero y letal, pero ella es lista, más de lo que yo lo soy, y sube la mochila justo para que el cuchillo se clave en ella.
No sé qué hizo Katniss Everdeen en las pruebas de los Vigilantes, pero debió de ser realmente impresionante para conseguir un once, más de lo que ninguno de los tributos más fuertes consiguieron. Más incluso que yo, y eso que mi prueba fue casi excepcional. Supongo que me merecía más nota, pero los Vigilantes apenas me prestaban atención, concentrados en su mesa de comida. En fin. Empiezo a pensar que no debería preocuparme tanto por los tributos profesionales, ni por la bestia que se presentó voluntario en el Distrito 2, ni por el enorme chico callado del Distrito 11. La verdadera amenaza este año es el tributo femenino del Distrito 12, la chica en llamas que causó expectación con todo ese fuego el día del desfile, que enamoró a todo Panem al presentarse voluntaria por su hermana, que giraba como una estúpida en las manos de Caesar, que consiguió la atracción y el deseo del público con la absurda declaración de amor de su compañero. Debería decir que me parece absolutamente mediocre, pues los tributos del 12 son siempre así, pero algo me dice que es la única a quién debo tener en cuenta. Vuelvo a mirar hacia la Cornucopia, lo suficiente para que los ojos me ardan de rabia. El asco, el odio y las ganas de matar me retuercen el estómago cuando el tributo del Distrito 1 le da una patada a Ethan en la cara, hundiéndole la nariz en el cráneo. Me aseguraré de que muera de la manera más cruel, si se me presenta la ocasión.
¿Quiénes quedan? No les reconozco apenas caminando entre los cadáveres de los tributos que han perdido su oportunidad. Ethan ya  la ha perdido. Veo a los dos tributos masculinos de los distritos 1 y 2 hundiendo sus respectivas armas en los cadáveres para asegurarse sus muertes. Junto a la Cornucopia, la chica del Distrito 2 contrae su cara de rata mientras limpia sus cuchillos y los introduce en el interior de su chaqueta, al mismo tiempo que la chica del 1 se le acerca con un arco y un carcaj lleno de flechas en la mano. La he visto usarlo en los entrenamientos y es penosamente mala. El chico del Distrito 3, la del 4, y… Un momento. No puede ser, algo falla.
Peeta Mellark. Distrito 12. Con los profesionales. Vivo.
Hay algo inusual, una alianza que no tiene sentido. El chico romántico tendría que estar muerto, ya debería estarlo. Que se una a los once cadáveres en el suelo. Probablemente la bestia del uno lo matará como ha matado a Ethan. Sin embargo, éste se gira y  mira al chico amoroso.
-      ¿Podemos confiar en ti?
-      Encontraré a Katniss – dice, cogiendo del suelo un cuchillo.
¿Qué? No he oído bien. ¿Entregará a su amada, a su compañera de distrito? Qué asco, ni siquiera por conservar mi vida entregaría a mi compañero Ethan. A no ser que todo el rollo de su enamoramiento sea una simple estrategia…
Los tributos profesionales asienten y recogen todo lo que han conseguido en la lucha. Cuando se alejan, adentrándose en el bosque, me recuesto sobre un árbol y espero hasta que se escucha el primer cañón, seguido de otros diez. Once tributos muertos, quedamos trece. Poco después, el aerodeslizador aparece, llevándose los cadáveres de los tributos. Veo entre lágrimas la cara ensangrentada de mi compañero de distrito y se me retuerce el estómago al recordar las palabras que salieron de su boca sin ningún sonido.
Gana.
Tengo que hacerlo por Ethan.
No sé qué estrategia emplear, pero tengo hambre y sed. Avanzo por el bosque cansada, sintiéndome desnuda sin armas ni nada para defenderme. Pronto, escucho el crujir de unas ramas en el suelo y me quedo parada, escondiéndome tras el tronco rugoso de un árbol. El chico cojo del Distrito 10 está en el suelo, respirando con dificultad, con una mochila diminuta colgada del brazo. ¿Qué está haciendo, por qué no abre la mochila? Entonces, veo que se lleva la mano al costado y observo la sangre roja escurriéndosele por los dedos, manchando su ropa. Está herido. El chico cojo se levanta con la cara contraída por el dolor y se adentra en el bosque, dejando la mochilita en el suelo. Antes de desaparecer, descubro que lleva un hacha colgada del cinturón. Bueno, estar cojo es una dificultad grave para huir, por ejemplo, de alguien como el chico del Distrito 2 o, incluso, alguien como Katniss Everdeen, aunque creo que no me la encontraré por un tiempo. Mejor, prefiero dejar el peligro para el final. Si tengo que morir, prefiero haber demostrado que el Distrito 5 puede llegar alto.
Cuando el chico ya se ha perdido entre los árboles, me abro paso entre la maleza hasta la mochilita y la abro, inspirando el aroma a manzanas. No, espera, no debo cogerlas todas. Si lo hago, se dará cuenta y estaré en peligro, así que me hago con una de ellas y dejo la mochila de nuevo en su sitio. Comienzo a andar.
No sé qué estrategia seguir, me aterroriza realmente matar a cualquiera, aunque siento un deseo especial por los dos crueles tributos masculinos del 1 y el 2. Ellos serán la excepción si los encuentro aunque tampoco creo que tuviese muchas posibilidades con respecto a ellos. Quizás contra el chico larguirucho del 1, porque no parece ser muy listo, aunque tiene una gran habilidad con la lanza. Pero lo veo completamente imposible con el chico del 2, porque es fuerte, ágil y letal. Seguro que nadie que se enfrente a él será capaz de salir con vida. Por algo se presentó voluntario, digo yo. Me pregunto si la chica en llamas será capaz de acabar con el león del 2… Ahora bien, teniendo a su compañero Peeta con los profesionales tiene dos opciones claras: matar a Peeta y continuar sola o unirse a los profesionales junto a él. De hecho, creo que no haría ni una cosa ni la otra. Katniss Everdeen tiene pinta de niña estúpida, sin mucho cerebro, pero estoy segura de que no es lo que aparenta. Una vez, una chica así ganó los Juegos. Se llamaba Johanna, Johanna Mason, distrito 7, y empezó siendo una completa mediocre. Claro, que luego subió su moral y se convirtió en una versión femenina del tributo del 2. Bien, Katniss Everdeen será la nueva Johanna.
Ahora bien, mis estrategias. Podría atacar de noche, mientras los tributos duermen (porque tendrán que dormir, digo yo), conseguir un cuchillo o algo así. Puede que, si el chico del 10 se desangra, consiga coger el hacha y hacerme con ella, porque nadie puede sobrevivir a un hachazo bien dado. Pero no, no quiero convertirme en una asesina como todos. También podría esperar a que se matasen entre ellos y, cuando solo quedásemos tres o dos, rezar porque lleguen a la etapa final malheridos. Supongamos que llegan el del 2 y la chica en llamas: Dejo que se maten entre ellos, porque Katniss le daría juego al animal. Muera quien muera, el que quede vivo estará cansado y herido, con que ahí aparecería yo. Y ya está, de vuelta al Distrito 5, con mi madre y mi abuela. Pero, ¿y si solo quedamos dos, sanos y listos para luchar? En ese caso, yo perdería, puesto que todos están bastante más preparados de yo y conocen mejor las condiciones de la lucha. Desecho también esa opción. Entonces, ¿qué me queda? Pues evadirme. Dejar que los otros tributos actúen. Me convertiré en una atracción televisiva aburrida y no tendré muchos patrocinadores, pero al menos llegaré al final viva. Bueno, eso si consigo encontrar agua.
~~
Por la noche miro al cielo cuando el himno del Capitolio suena. Estoy sola, tumbada junto a la raíz de un árbol y oculta tras unas hojas que tapan mi cuerpo en la oscuridad. Casi podría parecer parte del paisaje si nadie me dedica dos miradas, por lo que me siento bastante a salvo. Solo tengo hambre, pero he descubierto el pequeño arroyo que mantiene a raya mi sed y sé que la comida de los profesionales está aún en el claro de la Cornucopia, por lo que tampoco debo temerle mucho a eso. No he avanzado mucho durante el día y tampoco he dado mucho juego a la audiencia, así que, con un poco de suerte, los profesionales y la gente del Capitolio se habrá olvidado de mí. Quizás ya hayan matado a algunos más y quedemos menos de los que me imagino. Espero que la chica en llamas haya acabado con algún profesional, aunque lo dudo, pues se la veía realmente desesperada por dejar atrás la Cornucopia y él peligro. Los profesionales son siete, puesto que el chico amoroso está con ellos, así que me quedan otros tres tributos más junto a la niñita del 11 y Katniss Everdeen, con que… son doce para destruirse a sí mismos. El escudo del Capitolio aparece en el cielo y, a continuación, comienzan a salir las caras de los tributos fallecidos. La chica del Distrito 3 es la primera en salir. No recuerdo su nombre, pero sé que, en la entrevista con Caesar, dijo que conseguiría llegar a la final. Sí, pues buenas predicciones. Después salen ambos del 4, los que salieron vestidos con horrorosos trajes de escamas blancas y doradas la noche del desfile. Bueno, a ver, tampoco yo puedo alardear, puesto que mi traje y el de Ethan eran placas de metal, prácticamente recubiertas de aluminio, colocadas alrededor de nuestro cuerpo. Luego, sale la cara de Ethan. Observo sus ojos oscuros, la tez morena y su gesto serio. Recuerdo que, en el tren, tras salir del Distrito 5, me encontró llorando en un sofá y me dijo que teníamos que ganar, uno de los dos. Sé que, en casa, sus padres y sus dos hermanas seguirán llorando, por lo que me prometo ganar para llevarles comida. Supongo que él, en el fondo, sabía que no teníamos muchas posibilidades de ganar, pues no habíamos causado especial sensación en el Capitolio durante el desfile y mucho menos durante las entrevistas con Caesar, a pesar de que nos esforzamos por parecer divertidos y sociables. Creo que no coló demasiado. Tampoco obtuvimos muy buena nota durante las sesiones con los Vigilantes, así que estábamos prácticamente solos desde el principio. Los dos tributos del 6, que no eran especialmente guapos; los dos del 7, que tampoco consiguieron apoyo del público a pesar de su excelente físico; el chico del Distrito 8, ese que era tan alto y parecía estar en tan buena forma; los dos del 9 y la chica del 10. Sin embargo, cuando todo vuelve a quedarse a oscuras y los sonidos del bosque se apoderan de mí, una sola imagen se adueña de mi cabeza: Ethan. Me acuerdo de sus risas en el Distrito 5, siempre rodeado de su extraña pandilla de amigotes grandes que bromeaban sobre los Juegos; le veo cuidando de sus dos hermanas pequeñas, frente a mi casa, mientras yo deseaba estar ahí fuera con una hermana igual. Abro la boca, sorprendida, y suspiro. Al parecer, he observado más a Ethan de lo que creía. Y eso no es bueno, porque ahora tengo la sensación de que le debo algo a cambio de su muerte. Supongo que eso será ganar.


jueves, 30 de agosto de 2012

Los Juegos del Hambre. 'Habría estado bien ser vecina de Cato'.

¡Hola otra vez! Lo cierto es que iba a subir el fic de hoy antes, pero he tenido problemas con el ordenador... Bueno, ya dije que la tecnología y yo no nos llevamos muy bien :)
Vale, ayer ya subí el fic de Cato y creo que dije que era fan de la pareja Clato. En realidad, nunca llegué a odiarlos, son tributos que han sido entrenados para ir a la Arena, así que no se les puede culpar. No pude odiar a ningún tributo, la verdad. Bueno, os dejo con el fic de Clove. Como siempre, espero que os guste :3
(No me llaméis psicópata por escribir solo sobre las muertes de los tributos, ya pondré algo más... alegre :3)



Cato está a mi lado, con la mano en la empuñadura de la espada, preparado para salir corriendo. La mesa encaja con un suave clic y, cuando diviso la mochila que tiene el número dos estampado con grandes letras blancas, miro a mi compañero y le veo asentir, aprobando que corra hacia la mochila. Sin embargo, alguien mucho más estúpido, o quizás más listo, y probablemente más loco que yo llega a la Cornucopia, se hace con su mochila y se marcha corriendo hacia el interior del bosque. ¿Eh? ¿Qué ha pasado aquí? Reviso las mochilas y suelto una palabrota cuando descubro quién ha sido. Esa chica, esa maldita zorra del cinco sabe cómo jugar. Pero Cato y yo también sabemos.
Junto con el doce, somos el único distrito que tiene ambos tributos vivos. Está claro que, si el doce no consigue lo que hay en esa preciosa mochilita, el chico amoroso no sobrevivirá, así que empiezo por ahí. Seguro que ambos están preparados cerca de aquí, escondidos. O puede que ella haya sido tan idiota como para acercarse al banquete sin él, dejándolo indefenso en el bosque. Lástima.
Así, cuando la veo correr hacia la Cornucopia, con el arco en la mano, no me lo pienso dos veces. Saco un  cuchillo y miro a Cato.
-      Búscale. Yo me ocupo de ella.
Y él entiende que no hay tiempo para discutir eso.
Apenas le faltan unos metros para llegar hacia la mesa cuando disparo un cuchillo directo a su cabeza. Entonces, antes de que pueda fijarme en si he acertado o no, veo una flecha venir directamente hacia mi cuerpo y me aparto, al mismo tiempo que se clava en mi brazo. Grito, sacándome la flecha de golpe, porque, si hay algo que no puedo permitirme ahora es buscar a Cato para que se encargue de ella mientras yo me curo con lo que sea. La chica en llamas es mía.
Aunque me tiembla el brazo por el dolor y siento unas ganas increíbles de arrancármelo de cuajo para no sentirlo, aún me quedan fuerzas para lanzar un segundo cuchillo, directo a su cabeza. Y acierto.
Salgo corriendo, con el brazo completamente cubierto de sangre y, cuando llego hasta ella, tirada en el suelo, con la cara llena de sangre, me siento sobre su estómago, inmovilizándola contra el suelo. Ya es mía.
-      ¿Dónde está tu novio, Distrito 12? – pregunto, con voz de niña pequeña -. ¿Sigue vivo?
No, claro que no. Cato estará jugando con él. Sin embargo, ella tiene las agallas de seguir fingiendo que el amoroso está bien:
-      Está aquí al lado, cazando a Cato – dice -. ¡Peeta!
Le golpeo en la garganta con el puño para que se calle, porque no puedo permitirme más tributos aquí.
Recuerdo a Katniss Everdeen en las entrevistas, dando vueltas con ese vestido de fuego, como si fuese una especie de modelo del Capitolio. Niñata engreída. ¿Viniendo de un distrito subdesarrollado, como el 12? Lleno de asquerosos muertos de hambre que necesitan pedir teselas para alimentarse, miseria y más miseria… ¿Cómo pueden vivir así? En nuestro distrito, la gente se pelea por llegar hasta aquí. No es mi caso, claro, porque yo salí seleccionada en la cosecha y me negué a los voluntarios, pero sí el de Cato. ¿A cuántos chicos tuvo que tumbar él antes de llegar hasta aquí? Y ella, la chica de fuego, un apodo que no alude a su persona ni de lejos, maldita arrogante, robándole la gloria a su hermana. Muy bien, pensemos en tu hermanita entonces.
-      Mentirosa, está casi muerto – continúo, sonriendo -. Cato sabe bien dónde lo cortó. Seguramente lo tienes atado a la rama de un árbol mientras intentas que no se le pare el corazón.
Y Cato lo encontrará para rematarlo. El Distrito 2 está tan cerca…
-      ¿Qué hay en esa mochilita tan mona? ¿La medicina para tu chico amoroso? Qué pena que no la vaya a ver.
Le arranco la mochila del brazo y me preparo. Muy bien, se lo prometí a Cato y me lo prometí a mí misma, que haría memorable su muerte. Pero ahora me mueven cosas mucho mayores, como por ejemplo, la idea de que su adorable hermanita esté ahora pegada al televisor. Casi siento la tentación de mandarle un saludo. Sin embargo, eso no es lo que debería hacer. Por los patrocinadores. Saco de mi chaqueta un cuchillo curvo y acaricio la hoja suave.
-      Le prometí a Cato que, si me dejaba acabar contigo, le daría a la audiencia un buen espectáculo.
Casi puedo ver las estrafalarias caras de la gente del Capitolio pegadas a las innumerables pantallas de la ciudad. Muy bien, disfrutad. Ella se retuerce bajo mi cuerpo, pero yo aumento la presión de mis rodillas sobre sus hombros para que entienda que, por mucho que se mueva, no hay nada que hacer.
-      Olvídalo, Distrito 12, vamos a matarte… - Entonces, tengo una idea. No puedo usar a su hermana, porque el Capitolio la adora, pero hay a alguien a quien sí puedo usar, y eso aumentaría su rabia -. Igual que a tu lamentable aliada, ¿cómo se llamaba? ¿La que iba volando por los árboles? ¿Rue?
Me mira a los ojos con todo el odio que puede acumular y sé que he dado en el clavo. Acaricio la hoja del cuchillo de nuevo, sonriendo.
-      Bueno, primero Rue, después tú y después creo que dejaremos que la naturaleza se encargue del chico amoroso, ¿qué te parece?
La naturaleza o Cato, como prefiera. Sin embargo, sé que, en el Capitolio, la gente estará aclamándonos. El Distrito 2 se proclamará vencedor de nuevo. Y, esta vez, seremos dos. Juntos, Cato y yo.
La idea de regresar a casa me hace realmente feliz, pero, por alguna extraña razón, siento una sensación de bienestar  que, según creo, tiene que ver con Cato. Sacudo la cabeza y me preparo para el espectáculo.
-      Bien, ¿por dónde empiezo?
Intento imitar a Elbin, mi fantástica estilista, cuando me vio la primera vez. Limpio su rostro con la manga de mi chaqueta, apartando la sangre de su fea cara de distrito marginado, y la muevo de un lado a otro, buscando dónde empezar a trabajar.
-      Creo… - Acaricio casi con dulzura su piel -. Creo que empezaré con tu boca.
Deslizo el filo de mi cuchillo por sus labios, buscando maneras de darle otro empujoncito al espectáculo. Muy bien, ¿cómo puedo contentar a la audiencia? Por ahora, ella es famosa por ser voluntaria en un distrito marginal, por llevar un traje en llamas, que podría haberla abrasado y sacarla de en medio, y por… ¡Oh, cómo he podido olvidarlo! Los “fabulosos” trágicos amantes del Distrito 12.
-      Sí – concluyo sonriendo -, creo que ya no te hacen mucha falta los labios. ¿Quieres enviarle un último beso al chico amoroso?
Aplausos y ovación desde el Capitolio.
No sé qué esperaba. Quizás que ella gritase su nombre, que lo llamase o que Peeta Mellark apareciera desde el bosque. Sin embargo, lo único que recibo es un escupitajo sangriento en la cara. Maldita zorra.
-      De acuerdo, vamos a empezar.
Coloco la punta del cuchillo en la comisura de su boca y me preparo para clavar.
Entonces, vuelo. Literalmente. Alguien me levanta del suelo y doy un grito, llena de miedo, pues es la primera vez que alguien me interrumpe y eso no puede ser bueno. Lo primero en lo que pienso es que el chico amoroso no está tan mal como decía Cato, que está sano y cazándonos, y que ha venido a por mí, al ver que yo estaba dañando a su chica. Entonces, quien quiera que sea me lanza al suelo, y descubro que no es Peeta, sino el gigante del Distrito 11.
-      ¿Qué le has hecho a  la niñita? – grita, y el miedo me domina. No entiendo de qué habla -. ¿La has matado?
¡Rue! El pájaro del 11, la niñita, la aliada de la chica en llamas… Todas las piezas encajan, y, mientras retrocedo a cuatro patas, chillo:
-      ¡No! ¡No, no fui yo!
Quizás si lo niego, él lo reconsidere y se marche. Entonces, una idea aparece en mi cabeza: yo no lo haría.
-      Has dicho su nombre, te he oído – continúa, y me aparto más de él -. ¿La has matado? ¿La cortaste en trocitos como ibas a cortar a esa chica?
Miedo. Es todo lo que siento mientras retrocedo. Siempre me he jactado de mi valentía, de mi poder, de mi entrenamiento, pero ¿y ahora? Estoy sola, y él no dudará en matarme.
-      ¡No! No, yo no.
Entonces, el chico coge una enorme piedra del suelo y veo claras sus intenciones. Retrocedo con más rapidez. Y, casi de casualidad, recuerdo que no estoy sola, y que quizás pueda salvarme.
-      ¡Cato! – grito, y espero que me salve -. ¡Cato!
-      ¡Clove!
¡Ha venido! ¡Viene a rescatarme! No me doy cuenta de la gravedad de la situación, de lo lejos que está Cato de mí y de que no me queda tiempo hasta que el chico del 11 me golpea con la piedra en la cabeza.
Todo se nubla. No oigo, no veo, no siento. Mi cerebro se llena de extraños puntitos negros que parpadean. ¿Qué ha sido del mundo? ¿Ya estoy muerta? Entonces, un dolor me atraviesa la sien, pero no puedo moverme ni hacer nada, así que me quedo así, tirada, luchando por seguir respirando, por seguir viva. El grito de Cato resuena en mi cabeza, una y otra vez. Y Cato me pregunta qué pasará cuando volvamos al 2. Juntos. ¿Cuándo volvamos a casa, Cato?, respondo, sonriente. No habrá mucha diferencia, ¿no?
Sí la habrá, dice él. Seremos ricos, y vecinos.
¿Y qué quiere decir eso?
No sé, tómalo como quieras.
¿Quiere decir eso que podríamos estar juntos? No lo creo. Cato se convertiría en uno de eso chicos sexys que están tan solicitados en el Capitolio, como Finnick Odair, del Distrito 4. Y yo acabaría sola, con el cuerpo lleno de injertos y signos de las modas.
Mientras todo eso se materializa en mi cabeza, siento como me cuesta respirar, como mis pulmones van dejando de funcionar. Inexplicablemente, alguien me coge y pienso que han venido a rematarme, pero el conocido olor de Cato se me cuela débilmente en la nariz y suspiro, exhalando el poco aire que me queda.
-      Quédate conmigo, Clove – oigo a lo lejos, y sé que es él. Al final, vino a por mí -. Vamos a irnos juntos a casa, ¿me oyes? No me dejes.
¿Qué? ¿Quién habla? Los pulmones dejan de permitir la entrada del aire y empiezo a asfixiarme. Alguien habla a lo lejos, pero no entiendo lo que dice. ¿Qué? Antes de quedarme dormida tengo un último pensamiento.
Habría estado bien ser vecina de Cato.

 ~~
El cañón suena.

                                               

miércoles, 29 de agosto de 2012

Los Juegos del Hambre. Cato, parte II. 'El valeroso Cato'.


Esta es la segunda parte. Además de la curiosidad que tenía por saber cómo murió Thresh, una de las cosas que más me llegó del primer libro fue, sin duda, la muerte de Cato. No podía imaginar el dolor que tiene que ser estar siendo desgarrado por esas bestias, durante toda una noche. Las casi tres (¿tres?) páginas que Suzanne le dedica a su muerte son horribles, para mí, la muerte más sangrienta y horrible de todas. Así que, decidí escribir sobre ello. Como siempre, espero que os guste la segunda y última parte de este fanfic :)


Así que esto era, una armadura. Interesante, debe de haberles costado una pasta.
Algo se mueve a unos metros y me yergo, con la espada en la mano. Me pongo rápidamente los pantalones y la camiseta sobre la malla, pero, antes de ponerme la chaqueta y recoger la espada, me detengo. No es nadie. Son demasiados, quizás veinte, y corren hacia mí con más rapidez de la que me gustaría. Me yergo un poco.
Lobos.
Echo a correr, con la espada cargada a la espalda. No serán lobos de verdad, lo cual me asusta, y sentirme asustado me asusta aún más. Por lo general, el miedo es algo que desconozco, pero cosas como esta me hace querer pellizcarme el brazo para que todo sea una pesadilla. Sin embargo, los Juegos del Hambre no son una pesadilla.
Esta es la realidad. Sé luchar contra personas, sé matar y usar perfectamente toda clase de armas. Pero no sé luchar contra enormes bestias provistas de enormes garras y enormes dientes.
Atravieso el bosque corriendo a toda la velocidad que puedo, sintiendo que están a mayor distancia, pero no puedo pararme o me matarán. Mierda, me matarán y no saldré de esta Arena, llegaré a casa metido en una caja y mis padres me llorarán, pero nadie se acordará de mí ni de el espectáculo que he dado. Todo habrá sido en vano, y la muerte de Clove no habrá servido absolutamente para nada. Empiezo a sentir pinchazos en el costado, pero mi subconsciente me impide frenar la carrera. De repente, los pájaros que cantan a mi alrededor frenan su canción y salgo a un claro que me llevará directamente hacia la Cornucopia. No me lo pienso más. La estructura es alta, lo suficiente para que los animales no me atrapen, para mantenerme allí el tiempo suficiente como para que puedan matar al resto de tributos.
De repente, una flecha impacta en mi pecho y levanto la vista mientras corro, sabiendo con quién me voy a encontrar. La chica en llamas me ve correr asustada, y carga una nueva flecha en el arco. La ira me envuelve, pero el miedo que siento hacia los animales es superior.
-      ¡Tiene alguna clase de armadura! – grita el chico amoroso.
Así que está curado. Peor, está sano.
Solo quedamos nosotros tres.
Los tres, y los lobos.
Impacto contra ellos, escapando de sus garras. Antes de separarme y correr hacia la Cornucopia, veo los rostros estúpidos de ambos, mirándose sorprendidos. No les gritaré que corran, ni que se protejan. Venga, que se mueran. Pero ella suelta un grito y empieza a correr detrás de mí. Llego hasta el cuerno y comienzo a escalar, ignorando el dolor de mi estómago y el sudor abundante que me provoca la malla. Mientras me proteja está bien, pero es un completo agobio ahora.
¡Tengo que vivir, joder! No puedo acabar así, después de los Juegos impecables que he hecho. Cuando consigo llegar arriba, suspiro de alivio y me tumbo, agarrándome el estómago con las dos manos. ¿Por qué meten ahora a los mutos? ¿Por qué ahora, cuando tenía más oportunidades de ganar? Odio a los Vigilantes, ojalá se mueran todos, que caigan uno a uno. Si salgo de aquí, me aseguraré de que el Presidente Snow los cuelgue.
Debajo de mí, la chica grita desesperada a su pareja, pidiéndole que suba. Él es un idiota y deseo que resbale y caiga. Miro a los animales por el rabillo del ojo, asustado, temblando y dolorido. Si suben, estamos acabados, los tres. Nos matarán a todos, acabaremos degollados por sus dientes, se comerán nuestras tripas. Una arcada asciende a mi boca, y otra más, pero no sale nada. No quiero morir de esta manera.
-      ¿Pueden trepar? – chillo, jadeando, mirando a la chica con miedo.
Ella me apunta con una flecha mientras los lobos arañan la superficie del cuerno, enseñando los dientes.
-      ¿Qué? – dice, mirando al tío.
-      Ha preguntado que si pueden trepar.
Ella se gira y los dos la seguimos con la mirada, viendo como los bichos empiezan a levantarse unos a otros. Uno de ellos, con el pelo rubio, salta hacia nosotros, bueno, hacia ella, y le enseña los dientes. Entonces, la increíble chica en llamas chilla, lo que me hace estremecerme de terror.
-      ¿Katniss? – dice él, más preocupado por ella que por los mutos.
-      ¡Es ella! – grita, la muy loca.
Él la mira, sin entender nada, sujetándola por el brazo. Me retuerzo intentando aguantarme las ganas de potar, esperando escuchar algo de la conversación por encima de los rugidos de los bichos.
-      ¿Qué pasa, Katniss?
-      Son ellos, todos ellos. Los otros. Rue, la Comadreja y… todos los demás tributos.
Ignoro el resto de la conversación, pues estoy completamente paralizado. Son ellos, son ellos, son ellos. Busco a Clove entre las lágrimas y el sudor que me llenan los ojos, pero no la distingo; ni sus ojos oscuros, si su pelo negro… Busco un hocico un poco más achatado que los del resto, pero tampoco. ¿Dónde estás, Clove? Ayúdame…
De repente, los mutos se separan y comienzan a saltar de nuevo hacia el cuerno, buscando especialmente las manos de mis contrincantes, ya que hasta mí no pueden llegar. Uno de color pardo se lanza hacia la mano de la chica y se cierra antes de poder agarrarla. Mierda, podía haberse quedado manca en unos segundos. Sin embargo, uno de los lobos muerde con fuerza la pierna del chico amoroso y tira hacia abajo, llevándoselo con él. ¡Genial, uno menos! Claro, que él opone resistencia, el muy subnormal. En lugar de dejar que le maten, se agarra a la Cornucopia y grita, agarrado al brazo de la chica.
-      ¡Mátalo, Peeta, mátalo!
Él, pálido como la cera, clava el cuchillo en el cuello de la bestia, que cae al suelo sobre el resto de su manada. Katniss tira del chico amoroso hasta colocarlo de suevo sobre la Cornucopia, subiendo hasta el lugar dónde me encuentro. Jadeo en el suelo y me preparo para acabar de una vez por todas con esto. La chica coloca una flecha en su arco y dispara, pero uno de los lobos salta y se interpone entre ella y mi cuerpo, para caer después sobre los otros mutos. Aprovecho ese momento para agarrar por un brazo al tributo, que forcejea entre mis brazos intentando escapar, y situarme junto al borde de la Cornucopia. Sin embargo, coloco el brazo bajo su cuello y aprieto, despacio. Estos son los últimos momentos de los Septuagésimo cuartos Juegos del Hambre, así que la audiencia tiene que disfrutarlo. Ella se da cuenta y me mira, con una mezcla de miedo y rabia en sus ojos. Saca una flecha y me apunta a la cabeza.
-      Dispárame y él se cae conmigo – digo, sonriendo.
Los mutos callan. Puedo matar ahora mismo al chico, ahogarlo, y tirárselo a los animales para que ellos se encarguen de darle una nueva cara. Luego, podré encargarme libremente de la chica, asesinarla con mis propias manos, y salir de aquí vivo, de vuelta al distrito. A casa. Sonrío con satisfacción. Es un plan increíble.
Peeta Mellark levanta el brazo y yo aprieto su cuello más fuerte. Siento que me dibuja algo en la mano, algo sencillo, con la sangre de su pierna, pero no distingo lo que es hasta que veo a Katniss lanzarme la flecha. Me atraviesa la mano y grito de dolor, soltándole, perdiendo el equilibrio, precipitándome hacia las bocas abiertas de los mutos.
Estoy perdido.
Sin embargo, antes de estallar en el suelo con un golpe seco, veo que él se ha salvado. Bueno, ganarán.
Me levanto e intento liberarme de los mutos, que rugen a mi alrededor y me enseñan los dientes, mordiéndome los brazos y las piernas. Sin embargo, la armadura me protege de sus dientes. Saco la espada de la funda de mi espalda y comienzo a dar estocadas a diestro y siniestro, buscando el cuello de los animales, desesperado por encontrarles. Pero ninguno de ellos cae, y es la desesperación la que se apodera de mí. La ira, el dolor, el miedo, la rabia. La armadura empieza a desgarrarse, lo que me hace sentir los dientes de los animales en mi piel. Corro alrededor de la Cornucopia, siempre protegiéndome con la espada. Comienzo a herir a algunos, pero no es suficiente. ¡Clove! ¡Soy yo, Clove, ayúdame, maldita sea! Grito, procuro subir de nuevo al cuerno, pero los animales me arañan hasta que me rindo. El dolor de los arañazos es desgarrador, como si sus uñas estuviesen impregnadas en ácido o algo así. Ya puede estar disfrutando el Capitolio, vitoreando a los mutos. Voy a morir, está claro. Me dejo caer, resignado y con lágrimas en los ojos, temblando ante la idea de morir. Yo, el tributo voluntario, el profesional, el más experto y letal, el valiente y temido Cato. Todo ha acabado para mí, aquí y ahora.
Siento los dientes de dos lobos apretados en mis piernas y cierro los ojos, esperando. Sin embargo, ellos se limitan a arrastrarme hasta el interior de la Cornucopia, toda la manada. Claro, la audiencia necesita espectáculo.
¡A la mierda con la audiencia! ¡Se supone que el Capitolio nos quería, joder! ¡Que esa gente operada, esas máscaras andantes y esos maniquíes vivos nos idolatraban, que éramos como dioses! ¿Dónde está eso, eh? Los lobos comienzan a desgarrar mi ropa, peor, empiezan a desgarrar la malla. Cuando abro los ojos, todos están en círculo, mirándome, y puedo jurar por sus miradas que sonríen. Esta noche va a ser muy larga.
Miro a todos y cada uno de los lobos, desde el más pequeño con el collar de paja hasta el más grande. Así que así habría acabado yo de haber muerto. De repente me fijo en uno mediano, de reluciente pelaje oscuro. El muto me devuelve la mirada, con odio y malicia, gruñéndome.
-      Clove…
El lobo se limita a adelantarse y comenzar a andar hacia mí. Me va a salvar. O no. El muto me olisquea y arruga el hocico, gruñendo.
-      Por favor, Clove… - susurro, llorando.
Pero ella, o el muto, o lo que sea, no siente lástima por mí. Se lanza hacia mi pierna y cierra la mandíbula en torno a mi pantorrilla, clavándome los dientes. Chillo de dolor, y los lobos aúllan, riéndose. Clove me suelta la pierna y me deja que la observe, dejándome ver los enormes orificios que ahora sangran en abundancia. Otro lobo avanza, enseñándome los dientes blancos que manchará con mi propia sangre. Tengo unas ganas terribles de vomitar y tiemblo, no sé si de miedo, de dolor o de frío. El lobo se engancha a mi brazo y otro de ellos lo hace al muslo de mi pierna derecha. Siento que tiran, chillo, pido ayuda a quien no puede dármela. Solo deseo que mis padres no estén viendo esto, que hayan apagado la televisión y que estén asimilando que voy a morir. Los lobos me sueltan, pero otros arremeten contra mí. Por más que pido ayuda, compasión, por más que chillo y lloro, los mutos no paran.
Los Juegos no han terminado, han dejado lo mejor para el final.
Ahora entiendo la verdadera finalidad de los Juegos del Hambre. Antes simplemente era un campeonato al que venía para matar, para conseguir riquezas y fama. Ahora, es una tortura constante, con la muerte y el sufrimiento grabados en mi cerebro a fuego. No se trata de ganar para que los distritos se abastezcan durante un año; se trata de que la gente del Capitolio disfrute viéndonos morir. Cuando los últimos dos lobos me sueltan, me coloco de rodillas y les miro a todos, sujetándome las heridas de mi cuerpo ensangrentado.
-      Por favor – suplico -. Por favor, matadme ya.
Pero estos son los Juegos del Hambre, y el Capitolio no ha saciado su hambre particular.
Todos los mutos se me echan encima, arañándome con sus dientes y sus garras cada parte de mi cuerpo. Chillo, pataleo, golpeo el aire con mis sanguinolentos puños, escupo la sangre que cae en mi boca hacia los ojos de los lobos, pero nada de eso les aparta de mí. Casi puedo oírles.
Siempre te creíste superior en todo, dicen Marvel y Glimmer.
Sí, tú nunca tenías fallos, siempre el resto. Dayton, del Distrito 3.
Este es nuestro pequeño regalo, Cato. Clove. Su voz me mata por dentro, ya que sus dientes lo hacen por fuera. Mi suplicio no acaba.
Cuando amanece, los lobos se tumban en la hierba verde y cierran los ojos, a mi alrededor. No sé quién soy, cómo, dónde y por qué estoy aquí tumbado. El dolor es todo lo que sé de mí. Solo veo dientes invisibles de lobos sobre mis ojos, sobre mi cara, desgarrándome, haciendo trizas de mi piel. Bueno, hay un recuerdo, un recuerdo bonito.
Cato, el valeroso Cato, dice Caesar Flickerman mientras la gente del Capitolio aplaude, al unísono con el resto de Panem. ¿Cuál es tu estrategia?, pregunta, poniéndome una mano en el antebrazo.
Ganar, respondo.
Lo siento mamá, papá. Clove. Caesar. Distrito 2. Panem. Lo siento por caer así.
Me arrastro por el suelo, jadeando, emitiendo débiles gritos de dolor. Me levanto poco a poco y siento todas y cada una de las heridas de mi cuerpo, sangrando, diciéndome a gritos que acabe con esto. Solo se me ocurre una cosa.
-      Katniss.
Pronuncio su nombre con esfuerzo, pues cualquier músculo de mi rostro está completamente destrozado. Oigo que Peeta le dice algo al oído y ella levanta la vista, buscándome.
-      Mi última flecha está en tu torniquete – dice, mirándole preocupada.
-      Pues aprovéchala bien – concluye Peeta.
Espero y me aparto unos centímetros de la Cornucopia. Que sea rápido, que sea certero. Mi cuerpo me quema.
No sé dónde están las cámaras, no sé si estarán grabándome ahora o estarán más preocupados en ver cómo se prepara Katniss Everdeen para lanzar la flecha, pero miro hacia el vacío y les dedico a mis padres una mirada que solo puede decir que lo siento. Por no ganar, por no hacer lo que ellos deseaban, por no demostrar que soy el mejor. Pero, por mucho que me cueste y me duela aceptarlo, seré vencido por la mejor.
La veo salir por el extremo del cuerno, blanca como la nieve, apuntándome con su última flecha a la cabeza. No veo en sus ojos nada de lo que había imaginado. No veo rabia, odio, venganza o indiferencia. Solo hay en ellos compasión, y comprendo que nada de esto era una treta. Es la chica en llamas, al fin y al cabo, todo en ella es real. Solo ella puede darme muerte.
-      Por favor – susurro.
Y, antes de que suelte la flecha, cierro los ojos.
Cato, el valeroso Cato.

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-      ¿Le has dado? – me susurra. El cañonazo le responde -.Entonces hemos ganado, Katniss.