El muchacho miró hacia arriba, dirigiendo sus ojos verde mar hacia la anciana que esperaba en la puerta. No estaba nervioso. Él no podía permitirse estar nervioso.
Finnick Odair no podía imaginar las razones que lo habían llevado a aceptar meterse en esa situación. Se sentía como un completo niño inmaduro, sin mucho cerebro, solo por la decisión que había tomado. ¿Qué se creía? Sin embargo, alguien como él jamás podría sentirse débil. Él era un ganador.
- No, Mags – respondió, volviendo la mirada hacia el espejo.
Él nunca había negado su belleza. Era consciente del increíble físico que poseía, un físico natural, una belleza innata que ningún estilista podría igualar jamás. Su pelo cobrizo, desordenadamente ordenado. La piel bronceada, fruto de las horas en la playa del distrito. Los ojos como el mar en calma. Una sonrisa capaz de enloquecer a cualquiera. Finnick era consciente de que todos lo amaban. Al fin y al cabo, ¿quién podría odiar a un chico cómo él, tan irresistiblemente sexy y tan endemoniadamente carismático?
Pero, a pesar de toda la gente que lo quería, de todas las personas que lo adoraban, en esos momentos, él se horrorizaba de sí mismo.
Finnick Odair había pasado ya por esta situación, pero desde una perspectiva muy diferente. Cinco años atrás. Y él jamás podría borrar esos recuerdos.
- Eres muy joven, Finnick – continuó Mags, acercándose a él, como una madre -. No deberías haberlo hecho.
- Quiero hacerlo – respondió él, con una chispa de duda.
Mags bajó los ojos, desilusionada. Era una mujer bajita, algo encorvada, con el pelo gris trenzado ese día con adornos de flores y algas. Para Finnick, Mags significaba algo más que la madre que nunca había conocido. Mags era la persona que lo había mantenido vivo.
- ¿Cómo me ves? – dijo entonces el muchacho, arreglándose la ropa.
- Increíble, Finnick, como siempre – suspiró la anciana, y salió de la habitación.
Finnick volvió a mirarse en el espejo. Llevaba una camiseta blanca sencilla bajo una chaqueta negra y unos pantalones oscuros. Un traje que, a cualquier persona normal, le habría quedado bien, pero que a Finnick Odair le hacía parecer aun más sexy.
Mientras salía de la habitación, el muchacho continuó pensando en lo que estaba a punto de hacer. ¿Por qué se había presentando como mentor en los Juegos? Acababa de cumplir los diecinueve años, y sabía a lo que se arriesgaba yendo al Capitolio. Tampoco sería la primera vez, no obstante, que el Presidente Snow organizaba citas con él a sus espaldas. Entonces, ¿por qué regresar a esa ciudad de ricos? Quizás quiero salvar algún tributo del 4 este año, se dijo.
Cuando salió del edificio, el sol le dio de lleno en la cara. Allí siempre hacía sol. El olor a sal del mar impregnó sus fosas nasales, devolviéndole miles de recuerdos sobre su infancia, antes de que lo eligiesen para ir a ese matadero. Finnick frunció el ceño y continuó caminando, lejos de la Aldea de los Vencedores, hasta llegar a la plaza central, llena de puestos ahora vacíos. Muchos chicos ya estaban allí, esperando nerviosos, algunos decididos, y otros llorando junto a sus madres. Finnick se compadecía de todos ellos. Él también había estado nervioso el día que toda su vida cambió.
Recordaba ese día como si hubiese sido ayer. Se levantó temprano, con el estómago en un nudo, como los dos años anteriores. Fue a pescar con su anciano padre, comieron juntos. Poco después, a las dos de la tarde, Finnick acudió a la plaza y una mujer con enormes pestañas extrajo un papelito de la gran urna de cristal. Cuando leyó su nombre, el estómago se le hizo aún más pequeño. Su vida no sería la misma desde ese momento.
El joven atravesó más y más filas de niños hasta subirse al escenario, donde el resto de tributos vencedores ya se habían sentado. Mags, la que había sido su mentora; Darwin, un hombre robusto al cual le habían quitado media dentadura en sus juegos y la había sustituido por diamantes; Eleonora, más anciana aún que Mags, apoyada en un bastón… Todos ellos habían ganado sus respectivos juegos, pero Finnick era el más joven. Hacía cinco años que el Distrito 4 no tenía vencedor, y Finnick estaba dispuesto a ayudar a los tributos a regresar.
La alcaldesa, Ovlidia Craster, una mujer siempre impecablemente elegante, le saludó con un hosco movimiento de cabeza, pero Finnick apenas se dio cuenta de eso. Estaba bastante más centrado en las urnas de cristal que tenía delante, una para los chicos y otra para las chicas. ¿Quiénes serían los desafortunados tributos que tendrían que enfrentarse a la muerte ese año? ¿Serían buenos con algún arma? ¿Serían listos? ¿Tendrían técnicas? A medida que la plaza se iba llenando, la cabeza de Finnick se llenó de inquietud. Miraba los miles de rostros que tenía enfrente, preguntándose a cuáles de ellos tendría que ayudar.
Cuando la ceremonia comenzó, Finnick no podía dejar de limpiarse las manos en el pantalón. La chaqueta le asfixiaba, pero no se la quitó. Introdujo las manos en los bolsillos mientras la alcaldesa leía el documento sobre la historia de Panem delante de un micrófono, en el cual se contaban los Días Oscuros y la creación de los Juegos del Hambre, una horrible competición en la que el Capitolio escogía por sorteo a un chico y una chica de cada distrito para prepararlos, entrenarlos y llevarlos a luchar en un estadio cerrado hasta que solo quedase uno. Finnick había sido uno de esos vencedores. Ganar significaba fama y no más hambre, tanto para el campeó durante toda su vida como para el distrito durante un año. Después de leer el discurso, la alcaldesa sacó una lista y comenzó a leer los nombres de los tributos vencedores del Distrito 4. Varios ya estaban muertos, aunque algunos como Mags y Eleonora, con suerte, seguían demasiado vivos. Los vencedores fueron levantándose de sus asientos, ovacionados por el público. Cuando la alcaldesa pronunció Finnick Odair, el muchacho se levantó, como había hecho durante los cuatro años pasados, y sintió cómo los ciudadanos lo aclamaban más que a ninguno. Sonrió y varias niñas pequeñas dieron un grito. Finnick no pudo hacer otra cosa que desear que esas niñas tan pequeñas volviesen a casa esa noche.
De repente, calmada ya la plaza, la alcaldesa presentó a una mujer venida directamente del Capitolio, una mujer muy diferente a la que había sacado el nombre de Finnick de su urna. Esta tenía el pelo blanco, lacio, lleno de extraños adornos. Sus ojos parecían brillar más de lo normal, y tenía varios tatuajes en la mejilla derecha. No era guapa, ni tampoco anciana, al contrario de lo que podía mostrar su pelo. Su nombre era Radis Offman. La mujer habló con voz chillona, exagerando mucho el típico acento del Capitolio, sobre lo afortunada que se sentía por haber llegado a un distrito con tantos grandes vencedores. Tras decir eso último, se giró hacia Finnick y le dedicó una estremecedora sonrisa: la mujer tenía los colmillos muy afilados, haciéndola parecer un vampiro. Finnick se estremeció. Radis, por el contrario, se giró de nuevo hacia la multitud y continuó hablando durante un par de minutos más.
- Vamos allá – dijo, finalmente -. ¡Buena suerte, y que la suerte esté siempre de vuestra parte!
Con pequeños saltitos, Radis se dirigió hacia la urna de la derecha y sonrió a las chicas que aguardaban en la plaza.
- ¡Las damas primero! – anunció, añadiendo una suave risita.
Finnick contuvo la respiración mientras la mujer introducía la mano en la urna, buscando el papel adecuado. Miró a las niñas que habían chillado al verle sonreír y esperó que no fuera ninguna de ellas, no podría soportar la muerte de un niño de doce años.
Finalmente, Radis extrajo un papel cuidadosamente doblado y se dirigió de nuevo al micrófono, llevándolo en alto.
- ¡Aquí está la afortunada! – gritó.
Las chicas, desde las más pequeñas hasta las más grandes, estaban todas pálidas. Finnick miró a Mags, esperando, como cada año, ver algún rastro de nerviosismo en ella, pero no vio nada. La mujer estaba seria, con la mirada perdida, probablemente sin querer escuchar el nombre de la chica elegida. El muchacho miró el papel desdoblado de Radis y suspiró.
- Annie Cresta.
Se escuchó un murmullo al final de la plaza y entonces, una chica salió entre la multitud. Tenía el pelo castaño largo, suelto a ambos lados de la cara, y unos ojos claros, muy claros. Parecía muy nerviosa, muy pequeña, y Finnick sintió lástima por ella. Se preguntó cuántos años tendría, quizás quince. Los Agentes de la Paz la escoltaron hasta el escenario, pero estaba tan nerviosa que apenas podía tenerse en pie. De repente, un grito agudo interrumpió el silencio y, al final de la plaza, la gente comenzó a apartarse.
- Es su madre – dijo una joven -. Se ha desmayado.
La muchacha, Annie, se giró, con la cara contraída en una mueca, pero los agentes no la dejaron avanzar. Con la cabeza agachada, temblando, la chica subió al escenario. Sin embargo, mientras subía las escaleras, tropezó y cayó al suelo. Ninguno de los agentes hizo ademán por ayudarla.
Finnick, movido por su propio subconsciente, se levanto y cogió a la chica por un brazo. Cuando sus miradas se cruzaron, el mar en calma de los ojos de él se encontró con una tormenta de lágrimas contenidas en los de ella, y se quedaron así durante un segundo que pareció eterno. Finalmente, Annie se puso en pie y avanzó hacia el micrófono, donde Radis esperaba impaciente.
- ¡Espléndido! – chilló la mujer, cogiendo a Annie de los hombros -. ¿Alguien se presenta voluntario por ella?
Finnick observó a la chica mientras la plaza guardaba silencio. Parecía tan pura, tan vulnerable, tan… inocente. No fue capaz de imaginarla ganando los juegos. Suspiró, resignado, al ver que nadie quería jugarse el cuello por ella. Se preguntó si tendría hermanas mayores que pudiesen dar la vida por Annie.
- Entonces – continuó Radis -, demos un fuerte aplauso a nuestro tributo femenino, ¡Annie Cresta!
Una lágrima cayó por la mejilla de la chica, pero ella se apresuró a limpiársela. Finnick lo entendía. El encuentro estaba siendo televisado, si ella mostraba debilidad, todos la tomarían como débil. Deseó que cortasen su caída en las escaleras, pero sabía de sobra que no lo harían.
- Y ahora – siguió Radis -, ¡el tributo masculino!
La mujer repitió el mismo proceso en la otra urna hasta extraer otro nombre: Kit Grobber. Se trataba de un muchacho delgado, muy moreno, con ojos castaños muy pequeños y el pelo oscuro rizado. Avanzó lentamente hacia el escenario y, cuando Radis pidió voluntarios, nadie habló. La alcaldesa regresó al micrófono para leer el Tratado de la Traición, pero nadie la escuchaba. Todos estaban pendientes de los dos chicos elegidos, tan diferentes entre sí. Finnick miró de nuevo a la chica, a Annie, y sintió lástima por ella. Alguien tan pequeño…
La alcaldesa finalizó y, dirigiéndose hacia los tributos, pidió en voz alta que se dieran la mano. La enorme mano de Kit Grobber estrujó la diminuta y fría mano de Annie Cresta, que se estremeció al contacto. Alguien puso el himno de Panem de fondo, y Finnick observó a sus dos tributos.
Solo uno podía regresar a casa. Para uno de ellos, quizás para los dos, esa sería la última vez que verían esa plaza.






