sábado, 3 de noviembre de 2012

Capítulo 8. 'Los entrenamientos'.

-      ¿Y ahora qué? – preguntó Annie.
Ya habían recibido la charla de Atala, la supervisora, que les había dado todas las instrucciones posibles. El chico del distrito 5, un gigante de piel morena, casi más morena que la piel de Kit, se reía a carcajadas cada vez que un tributo fallaba. Incluso llegó a enfrentarse al chico del distrito 1, otro gigante musculoso.
Kit se encogió de hombros y la miró, con alarma.
-      ¿Te parece si me enseñas a hacer nudos?
Annie sonrió y acompañó a Kit hasta el puesto de las trampas, donde un hombre delgado intentó enseñarles las cosas que Annie, gracias a los muchos años que se había pasado haciendo redes para entretenerse, ya sabía. Llegó un momento, incluso, en el que el hombre tuvo que resignarse y dejar que Annie le enseñase todos los nudos posibles a Kit, dejando en ridículo al instructor.
-      Y ahora, das una vuelta más y ya lo tienes – concluyó, dejando el último nudo sobre la mesa.
Kit se rascó la nuca con el pulgar, frunciendo el ceño de manera que parecía que sus cejas se hubiesen unido en una sola.
-      No parece difícil.
-      Vamos, intenta alguno.
Annie le tendió un cordel lo suficientemente grueso y observó cómo Kit movía sus manos, no a la misma velocidad ni soltura que ella, pero sí cuidando cada movimiento. No perfecto, pero no estaba mal para ser la primera vez.
-      Y bueno – comenzó Kit, concentrado en el nudo -. ¿Tú realmente querías entrenar conmigo?
Annie apartó los ojos de sus dedos y le miró, descubriendo que él ya la estaba observando con atención. En realidad, cuando Finnick les había dado la posibilidad de elegir entre entrenar juntos o separados, ella había pensado que, quizá, si entrenaban por separado evitaría pasar más horas de las necesarias con Kit, pues sabía que en el estadio no quedaría nada de ese chico agradable. Sin embargo, él había decidido que podían entrenar juntos, y ella no habría podido negarse.
-      No, en realidad – respondió Annie, apartando los ojos de él.
Los hombros del chico se hundieron levemente, pero luego volvió a sonreír, envarándose, y se concentró en su nudo.
-      Agradezco que seas sincera – continuó -. Todo esto consiste en mentiras y más mentiras.
-      Sí – añadió Annie, recordando su conversación con Finnick.
La verdad, se le hacía raro pensar en Finnick hablando con ella la noche anterior. Era como si hubiese sido un sueño. ‘Los Juegos te obligan a fingir toda tu vida, Annie’, había dicho.
-      Acabado.
Annie observó el nudo que Kit tenía entre los dedos y descubrió, para su sorpresa, que era una copia exacta del que ella había hecho. Intentó decir algo, pero, al mirar hacia la mesa, descubrió que el chico había hecho trampa. Le miró, pidiéndole una explicación.
-      Mierda – sonrió el chico, y empezó a reírse.
Toda la sala se giró hacia ellos, sorprendidos. Annie lo entendía. Todos sabían realmente a lo que habían ido allí, sabían que iban a volver a casa, muertos o vencedores. Para todos ellos, la risa no era más que un recuerdo.
Cuando todos volvieron a sus tareas, Annie se giró hacia Kit y volvió a coger otro nudo.
-      ¿Cómo puedes hacer eso? – preguntó.
-      ¿El qué? ¿Hacer trampas? – sonrió de nuevo el chico, y cogió un cordón.
-      No. Estar así. Reírte.
Kit se puso serio de repente y soltó el nudo sobre la mesa. Annie se fijó en que sus manos temblaban.
-      No quiero pasar mis últimos días vivo amargado.
Annie soltó el cordón y le miró a los ojos. Parecía enfurecido y triste a la vez, la chica no estaba muy segura de cuál de las dos emociones predominaba más en su rostro.
-      Nadie dice que no tengas oportunidades – soltó la chica, casi sin pensar.
-      Tampoco dicen que las tenga – reprendió Kit, apretando la mandíbula -. Solo tengo dos opciones ahí dentro, Annie. Morir en la Arena a manos de alguno de esos brutos con el doble de experiencia en esto que yo o aguantar hasta el final, escapando, hasta que al final no me quede más remedio que tener que enfrentarme a alguien.
Annie dejó escapar un suspiro. Después del vídeo que había visto esa mañana, tenía náuseas cada vez que pensaba en Los Juegos del Hambre. Sabía lo que eran, lo que significaba ir allí, porque siempre lo había visto. Pero ver a Finnick, un chico que parecía tan normal, tan agradable, un muchacho con una vida increíble, asesinando a personas como si simplemente estuviese pescando peces era horrible. ¿Sería ella capaz de hacer algo así? ¿De cortar la carne de las personas como si fuese mantequilla, de soportar ver cómo su sangre se derramaba sabiendo que ella era la culpable, viendo morir a la gente a la que ella misma había herido?
¿Y después? En el caso de que ganase, ¿podría sobrellevarlo? Había visto casos de gente que había salido completamente loca fuera de la Arena, y ahogaba sus recuerdos en alcohol, morflina, estupefacientes, o en años y años de tratamiento psicológico. Incluso había habido una chica, Xandra Maslow, distrito 8, en los Quincuagésimo Primeros Juegos del Hambre, que se había proclamado vencedora y había pedido expresamente, años después, someterse a un tratamiento cerebral para que sus recuerdos quedasen absolutamente borrados. Obviamente, debido al riesgo de la operación y a la petición del Presidente Snow (más por la última), no se había llevado a cabo.
Entonces, ¿cómo sería de horrible cuando Annie regresase a casa? ¿Viviría siempre con ese miedo del estadio a que alguien la atacase? ¿Sería capaz de volver a la normalidad? Por supuesto que no.
-      ¿Annie?
La muchacha levantó la cabeza y vio la mano de Kit suspendida en el aire, a pocos centímetros de su cara. Se apartó por instinto e intentó recuperar la compostura.
-      ¿Vamos a probar las lanzas? – sugirió el chico, aparentemente más cansado.
Annie asintió, pero solo tenía ganas de salir corriendo de aquella sala, encerrarse en su cuarto y enterrarse bajo las sábanas para quedarse dormida.
El puesto de las lanzas estaba plagado de tributos más altos, más fuertes y más preparados que cualquiera de ellos dos. Annie miró a Kit con urgencia, pues no le apetecía ponerse en ridículo delante de todos esos profesionales.
-      ¿Crees que nos aliaremos con ellos? – preguntó Kit, señalando a los chicos del distrito 1.
Annie se fijó en ellos. El chico era alto, moreno, con el pelo rizado. Tenía los brazos fuertes y los hombros anchos, y los músculos de los pectorales se le marcaban bajo el traje oscuro de entrenamiento. Ese había sido el único voluntario, y con razón, pues era el mayor de todos y, aparentemente, el más preparado. La chica, al igual que él, era alta, con curvas, muy ágil y rápida. Todos los pasos que daba parecían calculados al milímetro. Llevaba el pelo oscuro recogido en un moño en lo alto de la cabeza y no se le había salido ningún mechón. Annie se estremecía solo con mirarlos. Los tributos del distrito 2 eran más de lo mismo. El chico, rubio de ojos verdes, con el pelo recogido en una coleta, increíblemente guapo, tenía el cuerpo lleno de cicatrices, como si hubiese ido a numerosas batallas, y se le veía seguro de sí mismo. La chica, de piel oscura y ojos claros, era diestra con el arco. Pero lo que más sorprendió a Annie fue ver al chico bajito del 3 situado justo delante de ella. Estaba nervioso, se le veía por el temblor de todo su cuerpo, y no dejaba de mirar a los profesionales.
-      ¿Annie? – inquirió Kit, esperando una respuesta.
-      Ah, eh… No, yo no – decidió Annie, viendo la soberbia que tenía el grupo.
-      ¿Quizá con él? – sugirió Kit, y señaló al chico del 5. Más ego que los otros aún.
-      ¿Por qué quieres formar alianzas, Kit?
El muchacho se fijó inmediatamente en ella, como si hubiese dicho una tontería.
-      Es más fácil, ¿no?
-      ¿Fácil para quién? – comenzó Annie -. Si te alías con alguien, debes saber que puede estar engañándote y va a matarte en cualquier momento, o que al final vas a tener que matarlo tú o dejar que otros lo maten. No tienen sentido las alianzas.
-      No lo sé, Annie – admitió el chico, bajando la cabeza.
El instructor llamó al chico del distrito 3, que avanzó sobre sus cortas piernas para coger una lanza. Cuando el hombre le puso la lanza en la mano, el chico tropezó y la dejó caer. Toda la sala se paró para mirarlo, y las risas del chico del 5 resonaron en el gimnasio.
-      A ver, cinco – comenzó pacientemente el instructor -. Tienes que coger el arma de manera que esté equilibrada en tu brazo.
Sin embargo, por más que el chico lo intentaba, alguno de los extremos siempre le hacía tropezar. Al final, se sentó en el suelo, con las piernas pegadas al pecho, y se puso a llorar.
-      Siguiente – suspiró el instructor.
Annie dio un paso al frente y se situó junto al instructor, que colocó el arma en sus manos. Después de todo el tiempo que se había pasado observando sus movimientos, Annie sabía cómo coger la lanza, pero se dio inmediatamente cuenta de que pesaba bastante más de lo que creía.
-      Cuando la lances – explicó el hombre, poniéndole las piernas en la posición adecuada -, tienes que levantarla por encima del hombro, pero por debajo de la cabeza. ¿Entiendes? Inténtalo.
Annie cogió con fuerza la lanza y la tiró todo lo lejos que pudo, intentando elevarla por encima del hombro. Oyó silbar el arma al lado de su oreja y sonrió con satisfacción cuando casi llegó a la diana. El instructor llamó a Kit, que se situó junto a ella, sonriéndole.
-      Muy bien – susurró.
Estuvieron mucho tiempo allí, hasta que llegó el momento de la comida. Kit miró a Annie con una ceja levantada y susurró:
-      ¿Comemos juntos o tampoco quieres comer conmigo?
-      Sí, juntos está bien – comentó Annie, poniendo los ojos en blanco.
Se sentaron en una mesa, cerca de los profesionales, que estaban sentados juntos. Ella y Kit se limitaron a ignorar sus comentarios. De repente, Annie cogió un panecillo de la cesta y miró a Kit, pero él ya estaba mirando el pan con ojos húmedos. Él trabajaba en una panadería, eso le recordaba a casa.
-      Kit… - comenzó Annie, buscando palabras para darle apoyo.
-      No, está bien – El chico sonrió y siguió comiendo -. No pasa nada.
Pero, obviamente, sí que pasaba algo. Porque, a lo largo de la tarde, algo había cambiado en el comportamiento de su compañero. Se volvió más agresivo, más dedicado en los entrenamientos, apenas habló con ella y, cuando lo hacía, era para pedirle que se apartara para darle espacio.
Annie comprendió, cuando ya salían del gimnasio, qué había cambiado en él. Y, cuando vio que limpiaba el sudor de su frente con furia, Annie lo comprendió.
Kit estaba dispuesto a volver a casa. Vivo.


sábado, 27 de octubre de 2012

Capítulo 7. 'Instrucciones'


Finnick se despertó cuando los primeros rayos de sol entraron por su gran ventana. Había personas en la calle incluso tan temprano, moviéndose aquí y allá, pero Finnick no pudo deducir si se trataba de gente muy madrugadora o gente que no había dormido. Se sacudió el pelo, lo que solía ayudarle a despejarse, y se dirigió al baño. Tras darse una ducha y vestirse con algo cómodo, salió al pasillo para dar una vuelta antes de que empezasen a servir el desayuno.
Por suerte, no era el único que había madrugado.
-      ¿Annie?
La chica estaba sentada frente a un televisor, mirando las imágenes con los ojos muy abiertos. Aún estaba en pijama, arropada con una sábana, abrazándose las rodillas. Tenía un leve rastro de sueño bajo los ojos, y  el pelo enredado y sin peinar. Al ver que la muchacha no lo había escuchado, Finnick se acercó hacia ella, clavando los ojos en la televisión.
Estaban retransmitiendo un documental sobre los Sexagésimo Quintos Juegos, los que él había ganado. No paraban de sacar imágenes de él, alabando su estrategia. Tiraba la red, montaba la trampa, capturaba al tributo y lo mataba con el tridente. Una y otra vez. Apenas recordaba muchos de los detalles que salían en pantalla, y tragó saliva. Se sentía a punto de vomitar cuando sabía lo que había hecho en el estadio, las vidas que había quitado, pero se consolaba diciéndose a sí mismo que el resto habría hecho lo mismo con él. Era lo mismo que había dicho en la cena la noche anterior. O ganabas o morías.
Por fin, cuando Finnick ya estaba detrás del sofá, con los puños apretados en el interior de los bolsillos, Annie se dio la vuelta y lo vio, sobresaltada.
-      No te había oído – susurró, e intentó apagar la televisión.
Sin embargo, el mando no respondía, y se quedó mirando al suelo, con expresión de arrepentimiento.
-      Tranquila, Annie – dijo Finnick, sentándose a su lado -. No pasa nada.
La chica se arropó aún más con la manta y miró a su mentor.
-      ¿Fue difícil?
Finnick agachó la cabeza, acariciándose la nuca.
-      No realmente. Cuando estás ahí dentro, no piensas, solo actúas.
-      ¿Quieres decir – interrumpió ella – que se te olvida que estás matando personas?
Finnick tragó saliva antes de contestar.
-      No, pero tiene menos importancia. Sabes que si no acabas con ellos, ellos acabarán contigo. No tienes elección, y no te detienes a pensarlo.
Annie se encogió, y Finnick pudo ver lo pálida que estaba. Sitió un impulso casi incontrolable de colocarse junto a ella y tranquilizarla, pero eso no sería correcto. Así que, intentó contenerse.
-      Parecías un monstruo ahí dentro – confesó Annie, entonces, escondiéndose entre los mechones de pelo.
-      Lo sé – aceptó él, y fue lo único que dijo.
Pasaron los minutos, y la televisión seguía sacando imágenes brutales sobre aquel jovencísimo chico con un tridente que se había proclamado vencedor a una velocidad vertiginosa.
-      Lo peor – continuó Finnick, en voz muy baja – es lo que viene después de los Juegos.
-      ¿Qué insinúas?
-      Te cambia la vida, pero no sabría decir si para mejor o para peor. Los recuerdos no se borran, Annie. Tienes que vivir con eso – y señaló la pantalla – para siempre.
La muchacha parecía aún más asustada, pero se sobrepuso, intentando que Finnick no lo notase. Obviamente, él lo notó. Cómo le habían empezado a temblar las piernas, cómo aguantaba las lágrimas en los ojos para no empezar a llorar.
-      No voy a volver a casa – admitió ella, dejando caer la cabeza.
-      Te prometí que…
-      No tengo ninguna oportunidad ahí fuera, Finnick. Ninguna. Y todo el mundo lo sabe.
Finnick sí se acercó a ella, colocándole una mano en el cuello. Lo sentía cálido, con los músculos tensos bajo la piel y el pulso de su corazón latiendo sobre sus dedos.
-      Una cosa es que creas que lo saben. Otra que lo sepan.
Annie se había quedado helada. Finnick apartó la mano, pues no estaba convencido de hasta qué punto le había afectado el contacto. El chico sabía que debía andarse con cuidado, porque lo que sentía por dentro no era bueno, pero una parte de él se negaba a abandonar ese sentimiento. Aunque no fuese especialmente bueno para él.
Annie se levantó y, sin decir nada, se marchó de la sala, cabizbaja. Cuando desapareció por la puerta, Finnick se tumbó en el sofá, masajeándose los ojos con las puntas de los dedos. ¿Qué le estaba pasando? Era algo inexplicable. Algo que avanzaba por su interior como una culebra. Era diminuto ahora, pero imposible de ignorar. Cuando empezó a sentirse hambriento, los avox entraron en la sala, depositando las bandejas de comida en la mesa. Radis iba tras ellos, con ánimo, mostrando su sonrisa afilada. Cuando se fijó en el chico, su cara pareció iluminarse más de lo normal y se acercó a él dando pequeños saltitos.
-      Finnick Odair – saludó, con una voz seductora.
-      Radis.
La mujer se sentó junto a  él muy cerca. Sabía las sensaciones que él provocaba en las personas, por lo que no se sintió extraño cuando Radis comenzó a acariciarle. Por suerte, Kit entró en la habitación, con cara de entusiasmo, y se vieron obligados a acompañarle en el desayuno.
-      ¿Y Annie? – preguntó el chico, engullendo un trozo de pan.
-      Estará aún dormida – mintió Finnick, intentando no darle importancia.
-      ¿Hablasteis ayer? – siguió Kit, sin dejar de comer.
-      Sí, pero es comprensible, está asustada.
-      Estoy aquí.
Los tres levantaron la vista y vieron a la chica, vestida con el uniforme de los tributos y el pelo recogido. Si Finnick había hablado con una chica asustada y pálida, no quedaba nada de ella. Parecía incluso más despierta y despejada que su compañero.
Annie se sentó junto a Kit, pero apenas probó el plato que le pusieron delante. Se limitó a mirar al vacío, seria, sin hablar ni intervenir en la conversación. Finalmente, cuando ya se disponían a hablar antes de dirigirse al gimnasio donde entrenaría, habló:
-      Radis, siento lo de anoche. Estaba nerviosa por el… desfile, los juegos todo… No lo pensé, de verdad. Lo siento.
La mujer sonrió y le cogió la mano, haciéndole ver que la perdonaba. Sin embargo, Finnick la observó, pensativo. Kit sonrió a su vez y miró a su mentor.
-      Muy bien, entonces, ¿qué hacemos? – preguntó.
Finnick intentó recordar qué le había dicho Mags cuando él se encontró en la misma situación.
-      ¿Hay algo que se os dé bien? ¿Algún arma?
-      Soy bueno con la lanza – admitió Kit, pasándose una mano por el pelo -. Puedo alcanzar una buena distancia con ella.
-      Bien – respondió Finnick, pensativo -. ¿Y tú, Annie?
Nada.
-     ¿Quizás un cuchillo? – comenzó, pero negó con la cabeza.
-      No sé. Nunca he hecho nada de eso.
Finnick los observó a ambos con una pizca de desilusión. Sabía que Annie no había cogido un arma en su vida, se lo había dicho la noche anterior, pero esperaba que Kit supiese hacer más, cosas, que pudiese ayudarla.
-      Vale – comenzó Finnick -. Entrenaos en todos los puestos. Arcos, cuchillos, espadas, lanzas, todo. Kit, tira un par de lanzas, pero no lo hagas excesivamente bien, deja eso para la sesión privada. Annie… ¿los nudos, quizás?
La chica sonrió, asintiendo.
-      Sé hacer nudos. Por lo de hacer redes y eso.
Finnick sonrió. No era algo con lo que pudiese matar a alguien, pero un oponente colgado de un árbol era más inofensivo que uno a pie.
-      Lo mismo, haz un par de ellos, pero no te excedas. ¿Vais a hacerlo juntos o separados?
Annie y Kit se miraron a los ojos, esperando que alguno de ellos dijese algo. Finalmente, Kit habló:
-      ¿Tú que escogiste?
-      Separado – confesó -. La chica que venía conmigo estaba todo el día llorando, no podía aguantarla.
Finnick recordó a su compañera, Alysha, tres años mayor que él. Era alta, fuerte, guapa… Pero una completa inútil. Desaprovechó sus entrenamientos, sacó un cinco en la sesión privada, aburrió al público con sus lágrimas y murió en la Cornucopia. Finnick apenas había tenido tiempo de conocerla bien.
-      ¿Entonces? – preguntó Annie, mirando a Kit.
-      Juntos – respondió el chico -. ¿Qué más da? Ya sabemos los puntos fuertes de cada uno. No entiendo que más secretos podemos esconder.
Annie asintió, mirando a Finnick. El joven mentor se revolvió el pelo bronce con la mano, intentando estrujarse el cerebro para recordar qué más había dicho Mags, pero no lo consiguió. Solo podía recordar a Alysha llorando.
-      Bueno, id ya. No os metáis con otros tributos, he oído que el del distrito cinco es un bruto. Y seguid mis instrucciones. Luego nos vemos.
Los chicos se levantaron de la mesa y desaparecieron, dejando a Finnick solo con Radis de nuevo. La mujer le sonrió, pero él ya se estaba levantando. Antes de que ella pudiese hablar, Finnick abandonó la habitación. Necesitaba hablar con alguien. Y lo necesitaba urgentemente.

domingo, 21 de octubre de 2012

Capítulo 6. 'Estamos juntos en esto'.

Annie se quitó las escamas de su cuerpo una a una, con sumo cuidado. Estaba en el Centro de Entrenamiento, el que sería su alojamiento hasta entrar en el estadio. Se sentía completamente fuera de lugar en esa enorme habitación cuyos muebles parecían tener cerebro propio, pero tampoco era capaz de recordar cómo había sido capaz de vivir en su casa sin todo eso. Después del desfile, después de vestir ropa como esa y de estar rodeada de gente tan extraña como Yaden con Carrion, no era capaz de recordar cómo era vivir con personas normales. Como si estuviese en un mundo completamente diferente.
Annie se duchó para eliminar todo rastro de maquillaje de su cuerpo. Pulsó varios botones a la vez, de los cientos que tenía la ducha, y un conjunto de los más embriagadores aromas salieron de los grifos, perfumando el agua. Annie jamás se había sentido más limpia. Sin embargo, si había algo que echase de menos de su distrito, a excepción de su madre, era su playa. El olor al mar salado que ya no volvería a oler. No podía permitirse pensar que podía morir ahí fuera, se supone que tenía que tener esperanza, pero Annie no podía encontrar esa supuesta esperanza. Cuando salió de la ducha, empapada y oliendo como si la hubiesen embadurnado en lo más dulces perfumes, se dirigió al armario, al que programó para que sacase algo sencillo. El mueble le mostró un conjunto de color grisáceo, elegante y cómodo a la vez, así que no se lo pensó más. Una vez vestida, se dirigió a una máquina que secaría su pelo en un segundo. Ya preparada, fue hacia el comedor.
Kit ya estaba allí con Radis y los dos estilistas, hablando sobre la magnífica actuación de esa noche. Kit no paraba de hablar sobre lo nervioso que se había sentido, subido en ese carro, y lo difícil que había sido tener que estar todo el rato sonriendo. Admitió lo mucho que le dolían las mejillas debido al esfuerzo, y los cuatro estallaron en un coro de risas. Parecía que se llevaban bien.
Cuando Annie se sentó, todos la sonrieron. Kit dudó unos instantes, pero luego imitó a los demás, saludándola con la mano.
-      ¿Te has quitado bien el traje, Annie? – preguntó Yaden -. Kit nos ha dicho que ha tenido que arrancarse las algas, literalmente.
Todos rieron de nuevo, y Annie se limitó a sonreír.
-      Sí, ha sido fácil – respondió.
Dejó que los avox, los esclavos sin lengua, le sirviesen la comida. Annie sentía lástima por ellos, pero suponía que era mejor vida esa a que los hubiesen matado. Justo cuando comenzaba a comer y la chica avox que le había servido se disponía a salir, Finnick entró en la habitación, frotándose el pelo mojado.
-      ¿Habéis empezado sin mí? – inquirió, sonriendo.
La chica avox se le quedó mirando. Annie no supo decir que tenía esa expresión, pero estaba segura de que hasta ella se había dado cuenta de que Finnick era sexy como estuviese. Era muda, no ciega. El mentor se sentó en la mesa, justo enfrente de Annie, y le dedicó una de sus más seductoras sonrisas. Annie, escondiéndose tras el pelo, pensó en que ese chico se tiraba la vida sonriendo a todo el mundo. Pero, ¿cuántas de esas sonrisas serían de verdad? ¿Cuántas fingidas?
-      Lo siento por tardar – se excusó él, dejando que la chica avox le sirviese -. Me he hecho un lío con la ducha. Pensaba que había dado a ‘espuma marina’, pero al parecer, han incorporado un nuevo botón que huele a verdadera mier…
-      Ya, a mí también me ha pasado – sonrió Kit.
Ambos comenzaron a reírse, y su  risa era tan contagiosa que toda la mesa acabó riendo. Annie, por el contrario, se limitó a continuar escondida tras su pelo castaño. No veía nada divertido. Iban a mandarla a una muerte segura y todo el mundo se estaba riendo. No le hacía ni pizca de gracia.
-      ¿No te diviertes, Annie? – preguntó Radis, secándose las lágrimas de risa de los ojos.
-      No, la verdad – aceptó ella, tirando el tenedor en el plato -. No veo que gracia le veis a unas duchas cuando nosotros ya nos estamos empezando a dirigir a la tumba.
Toda la mesa se quedó en silencio. Radis, al igual que los dos estilistas, parecía sorprendida y herida al mismo tiempo. No era una mujer acostumbrada a revelaciones de ese tipo. Kit había agachado la cabeza, y Annie no sabía si estaba avergonzado por disfrutar de eso antes de lo que les esperaba o, simplemente, no quería participar en nada de lo que la chica estaba diciendo. Pero Annie solo miró a Finnick. El chico parecía sorprendido. Había alzado las cejas, mirándola con curiosidad, y Annie se sentía como una especie de animal al que todo el mundo observa para ver si hace algo.
-      Esta oportunidad es única – dijo Radis, moviendo la cabeza.
-      Obviamente, o gana o mueren – soltó entonces Finnick.
Solo se oían los pasos de los avox por la habitación. Tampoco Annie se esperaba esas palabras por parte de su mentor, por lo que le miró directamente, sorprendiéndose a sí misma. Era una persona a la que le costaba mucho mirar a la gente a los ojos, pero, con Finnick Odair, era algo que le salía de manera natural. Miró al resto de la mesa y, al ver que todos parecían evitarla, callados, arrojó la servilleta a la mesa y salió de la habitación. Sus pasos la llevaron hasta la habitación, donde entró y se tumbó encima de la cama, tratando de consolarse a sí misma. ¿De dónde había salido ese genio? Ella no era esa clase de persona. No solía contestar a la gente así. Pero no podía entender cómo se había reído Kit. ¿Acaso el chico no tenía miedo? Iban a morir, a morir. ¿Es que Kit no había asimilado esa idea? ¿Y si se negaba a creerlo? ¿Y si esa esperanza que Annie había perdido, Kit la había recuperado? Annie cerró los ojos, con la cabeza apoyada sobre la almohada. En ese momento, la puerta se abrió.
Annie no abrió los ojos, imaginándose que sería un avox que venía a recoger la ropa del desfile, y no quería tener que mirarlos, porque no sabía qué hacer. Sin embargo, cuando ese alguien se sentó en la cama, junto a ella, Annie se preparó para ordenarle a Radis, o a Yaden, que se fueran. Pero no era ninguno de ellos.
-      ¿Qué haces aquí?
Finnick la miró con curiosidad. Annie, roja como un tomate, intentó relajarse y se irguió, acomodándose el pelo. Era una situación de lo más extraña.
-      Bueno – comenzó su mentor, pasándose una mano por el pelo cobrizo -, viendo cómo has salido del comedor, creía que te vendría bien hablar con alguien.
Annie no contestó al instante. Se quedó mirando al joven, al fabuloso Finnick Odair, pensando en todas las cosas que se contaban sobre él. Sin duda, el distrito 4 estaba más que orgulloso de que Finnick hubiese ganado, y más aún de que fuera el vencedor más joven de la historia de los Juegos del Hambre. No obstante, a pesar de lo mucho que lo quería, la gente hablaba. Decían que todo el dinero que poseía no era el premio que le habían dado por ganar los Juegos, sino era la forma que tenían los ciudadanos del Capitolio de pagar su… compañía. Decían que Finnick era orgulloso, egocéntrico, y muy caro. Decían que la gente que lo deseaba y que pasaba una noche con él, se volvía loca, porque él nunca recordaba con quién se acostaba.
Pero, cuando Annie le miró a los ojos, no vio nada de eso, o quizá no quiso verlo.
-      ¿Por qué has pensado eso? – preguntó la chica, intentando parecer valiente.
-      Bueno, digamos que tengo un don para saber qué quiere la gente – respondió él, poniendo voz de chico irresistible.
Annie se maldijo a sí misma por ser tan estúpida. Por supuesto que Finnick era orgulloso y egocéntrico. Por supuesto que era un rompecorazones. La chica miró hacia la puerta, lanzándole una indirecta para que se largara, pero Finnick no le hizo caso. Buscando sus ojos, Finnick colocó una mano en la rodilla de la chica, lo que hizo que esta se estremeciera.
-      Ahora estamos juntos en esto, ¿recuerdas?
Annie le miró a los ojos, buscando algo de burla en ellos, pero vio que era sincero. ¿Y si había estado en lo cierto al principio? ¿Y si Finnick era alguien normal, alguien a quien la fama había ensuciado su imagen? Aún con una leve duda, Annie comenzó a desahogarse con su mentor, que la escuchaba atentamente. Le explicó cómo se había sentido desde la cosecha, todas las dudas y el miedo que había sentido, los nervios y la preocupación de no conseguir patrocinadores, algo de lo que no se había preocupado hasta ese momento. Y también le explicó el porqué de su reacción en el comedor. Durante todo ese tiempo, Finnick la escuchó pacientemente, sin quitar la mano de su pierna. Annie quiso saber en muchas ocasiones qué pasaba por su cabeza, si estaría realmente escuchándola o solo fingiendo hacerlo. Cuando finalmente se quedó callada, esperó que Finnick se levantase para irse, pero él continuó ahí, pensativo. A los pocos segundos, solo pronunció dos palabras:
-      Te entiendo.
Annie le miró a los ojos, verdes como el mar en calma, verdes como el color de su playa. Y, en ese breve instante, se sintió como en casa.
-      Quiero decir – prosiguió él -, sé cómo te sientes. Yo he pasado por esto, y también estaba así. Sentía pánico.
-      Quien lo diría – añadió Annie con una sonrisa.
-      En serio – continuó, riendo a su vez -, fue difícil fingir que estaba bien todo el día.
Annie se apoyó en las rodillas, obligando al chico a quitar la mano. Cuando lo hizo, ella se sintió incluso mal, y creyó ver una sombra de decepción en su cara, pero fue tan efímera que se dijo a sí misma que se lo había imaginado.
-      De eso se trata, ¿no? – murmuró ella entonces -. De fingir todo el rato.
Finnick la miró intensamente, probablemente pensando qué debía responder. Finalmente, se pasó una mano entre los mechones de pelo y sonrió, con tristeza y cansancio.
-      Los Juegos te obligan a fingir el resto de tu vida, si quieres seguir cuerdo.
Annie tragó saliva antes de añadir:
-      Eso si sales vivo.
Finnick volvió a mirarla con unos ojos llenos de lástima y compasión. El chico alargó una mano hacia ella y le tocó la mejilla, provocando que Annie se estremeciera. Ese contacto había sido tan… íntimo, tan impropio de alguien como él…
Finnick intentó sonreír, pero solo le salió una mueca. Acto seguido se levantó, dirigiéndose hacia la puerta. Su conversación había terminado. Annie observó al joven mientras andaba, pensando acerca de lo que acababa de pasar. Habían hablado, se habían sincerado, y él la había tocado casi con… dulzura. Sin embargo, Annie no podía parar de pensar en a cuántas chicas habría tocado así antes que a ella.
Cuando Finnick estaba a punto de salir de la habitación, se giró hacia ella, agarrando el pomo. Ella le devolvió la mirada y descubrió que parecía mucho más mayor, más cansado, como si hubiese envejecido de golpe. Parecía tener más de diecinueve años.
-      Voy a devolverte a casa, Annie.
Eso fue lo único que dijo. Sin mirarla de nuevo, salió de la habitación y cerró la puerta a sus espaldas, dejando a la chica sola y confundida.
¿Iba a dejar morir a Kit por salvarla a ella? Annie esperaba que no fuese tan egoísta, pero deseaba volver a casa. Y tenía que empezar a hacerse a la idea de que, si quería regresar, tendría que empezar a pensar solo en ella. Solo en su vida.
Lo que no era capaz de comprender era que, al parecer, Finnick también pensaba primero en ella.

Los Protegidos. 'Todo lo que necesito'.

Hola a todos, bellos :) Esta semana he estado de exámenes y por eso no he podido subir nada, así que ahora tendréis entrada doble. Los Protegidos (de nuevo) y el capítulo 6 de Finnick y Annie. Bueno, no tiene mucha explicación, simplemente que este es el momento que todos los seguidores de Los Protegidos estuvimos esperando durante tres temporadas completas y no puedo hacer nada más que dedicarle un fic. Espero que lo disfrutéis. Un beso de pato :)


 
Se jodió todo. Se fundió la planta, ya no hay cura para los poderes, ni hay cura para Sandra. Se acabó.
¿Qué mierda tiene sentido ahora?
Somos lo que somos. Tenemos que vivir aceptando que tenemos esta mierda, que no vamos a poder vivir como el resto. Que yo no lo digo por mí, porque me da igual, sino por Sandra. Jamás podrá tocar a nadie, o estar con alguien. No podré tocarla.
Hoy tenía un pálpito. Tenía un jodido pálpito. Creía que esta noche, al menos mañana, todo se habría arreglado, y ella seguiría siendo Chispitas pero sin chispas. Hoy era el día, pero estaba equivocado. Está claro que no es. Claro, que tampoco puedo culparla. Tenía que elegir entre protegernos a nosotros o salvar la planta, y probablemente yo también habría hecho lo mismo. Pero el hecho de que jamás podremos tocarnos… Joder.
Levanto la cabeza y la veo ahí, mientras una rama de la planta seca se deshace entre sus dedos, y sé que está llorando de rabia. Espero que no se gire, porque no soporto verla llorar, es algo que me supera. Aunque la entiendo. Ahora que sé lo que siente, ahora que sabe lo que siento, todo debería estar bien. Nosotros tendríamos que estar felices. Pero ¿qué sentido tiene quererla cuando jamás podré tocarla? ¿Cuándo nunca podré besarla? Así, sin más, ninguno. Debería olvidarme, pero no puedo. Lo he intentado una, dos, tres jodidas veces, pero no puedo. Ni siquiera una tía como Claudia, que era cojonuda casi para todo, ni Michelle, que por muy cabrona que fuera, me hacía sentirme casi bien. El problema es que ninguna de ellas era Sandra.
Pienso en el momento en que nos conocimos. El metro, la luz, el calambrazo. La miré una vez y fue como si todo cambiase. Normalmente solía entrarles directamente a las tías, pero no me salía con ella. Era más que eso, era como una especie de interés que no había tenido con otra antes. Y luego pasaron los días y la cosa aumentaba. Pero no estaba bien.
¿Y ahora? Tampoco estará bien a partir de ahora. Jamás será bueno, para ninguno de los dos.
Vuelvo a mirar a Sandra, parada delante del pequeño árbol seco, con las lágrimas por las mejillas, y es casi absurdo cómo me siento caer. Esta era nuestra última oportunidad. Y ya no hay más jodidas oportunidades. Nunca más.
Y, de repente, ocurre.
Las manos de Sandra empiezan a emitir pequeñas descargas que se extienden a lo largo de su piel. No puede pararlo, no puede controlarlo. ¿Significa eso que su poder es más potente ahora y que nunca podrá evitarlo? Una bola de energía empieza a formarse detrás de ella, pequeña, acumulando toda la electricidad que sale de su cuerpo. Creo que ella apenas se da cuenta, y me da miedo, así que decido ir.
Cuando me planto delante de ella, la esfera ya es más alta que nosotros y empieza a extenderse a nuestro alrededor. Tiene los ojos cerrados, con las pestañas húmedas por sus lágrimas, y parece casi tranquila. Recuerdo la primera vez que la toqué, segunda si cuento el primer chispazo. Estábamos leyendo al tío este de las poesías, estudiando para el concurso mierda ese… Bécquer, ese. Y entonces le pedí que imaginase algo feliz y pude tocarle la mano, por un segundo. Ahora es casi lo mismo.
Siento un impulso suicida y, sin tener en cuenta el hecho de que estoy rodeado de la corriente eléctrica más potente que existe, alargo mi mano hacia la suya. Casi parece irreal cuando nuestras pieles entran en contacto y no ocurre nada físico. Digo físico porque ese simple toque significa más que cualquier otra cosa.
Significa un año entero deseando hacerlo así, sin peligro. Significa meses y meses de sueños con este momento, este maldito momento. Es un simple roce, poner mi dedo sobre su mano y que no me dé calambre. Exploto por dentro y cojo con suavidad su mano.
¿Esto es real? ¿O es un sueño? Acaricio su piel, disfrutando de ella, porque este momento es demasiado para nosotros. La bola de energía se ha extendido más allá y nos rodea, como una gran cúpula, aislándonos del resto del mundo, pero no hacía falta para eso, porque me siento a miles de años luz. La miro a los ojos, abiertos levemente, como si tampoco se lo creyera, tratando de despertar. Levanto la otra mano y envuelvo la suya en las mías. ¿Qué está ocurriendo, por qué todo el mundo se para? Ya no existe la pena ni la rabia porque la planta se haya jodido. ¿Qué más da? ¡Joder, la estoy tocando! ¿No es eso mejor que nada? Porque sigue siendo ella, Chispitas, con sus rayos, su electricidad y los calambres, pero sin que ellos aparezcan ahora. Y eso es todo lo que podría pedir
Alargo la mano hacia su cara y acaricio su mejilla. Resulta electrizante, y es irónico el hecho de que me sienta tan lleno de electricidad cuando es ella la que tiene ese poder. Recorro sus poros, acariciando cada uno de ellos, hasta que mis ojos paran en sus labios y las dudas empiezan a asomar por la parte más profunda de mi cabeza. ¿Debería, no debería…?
Oh, mierda, no sé cómo puedo dudar ahora. Alejo cualquier pensamiento de mí y me quedo solo frente a ella, que me mira como pidiéndome que no lo haga por miedo a herirme. Pero no me rendiré otra vez. No más.
Me acerco a su boca poco a poco, esperando esa chispa que aparece siempre, o ese calor que desprende la electricidad que corre, o corría, por su cuerpo, pero no hay nada. Así que simplemente, la beso.
El primer contacto es increíble. Suena típico decirlo, pero es así. He soñado tantas veces con este momento, con todo esto, que aún creo estar en uno de mis sueños. Al final, sí era cierto ese nudo en las tripas que me decía que hoy era el día. Esperaba poder salvar la planta y a Lucía, simplemente eso, pero no algo como esto.
Puede que ya no tenga rayos, pero cuando chocan nuestros dientes, toda la electricidad que tiene y toda la que tengo yo se unen y estallan dentro de nosotros. Después de tanto sufrimiento por esto, no puedo entender cómo la bomba que acaba de eclosionar dentro de mí no me ha destruido, pero para bien. Porque lo que siento ahora no es de este mundo.
Me separo de ella y sonrío, sin forzarlo, sin querer, porque los músculos de mis mejillas parecen tirar de mi boca para que lo haga. Y lo agradezco, porque podría saltar e incluso volar si pudiera mostrar cómo me siento por dentro. Una sonrisa es lo mínimo que puedo hacer. Vuelvo a inclinarme para asegurarme de que esto está pasando de verdad y no es mi imaginación. Mis manos en su cintura, mi frente sobre la suya, nuestras narices rozándose y los labios presionados. No, es completamente real.
Alrededor de nosotros, la bola de energía se hace más y más grande. Casi parece una luna llena. Y la luz ilumina a Sandra como nunca nada lo ha hecho antes. Aunque ella es luz, y me quedo con eso. Los tonos azules, blancos y violetas dibujan formas diminutas en su cara, como si estuviera hecha de diamantes, y quizás sea cierto, porque brilla. Es preciosa.
Así que, cuando me separo y la miro a los ojos, sé que esto habría pasado con planta o sin ella. Porque estábamos destinados a estar juntos, a enamorarnos el uno del otro. Nunca he dicho ‘te quiero’ a nadie, porque me parece algo demasiado grande, pero la miro y sé que se lo estoy diciendo con los ojos. Así que, los cierro y la mantengo cerca de mí, con una sonrisa de imbécil pegada en mi cara. Y por su respiración suave, sé que ella sonríe también.
Las ganas de volver a besarla aumentan y lo hago, colocando mi mano en su nuca para atraerla más hacia mí. Sin embargo, cuando la bola de energía se extingue y nos separamos, casi por reacción, sorprendidos y con cara de bobos, sigo sintiendo como si esa bola estuviera aislándonos todavía. Y no es de extrañar que cuando Lucas, Carlitos y Lucía corren a abrazarla y se la llevan, sienta una pizca de celos. Porque ella es mía, es todo lo que necesito. Y eso no lo va a cambiar nada ni nadie.
Ni siquiera el deseo de querer ver luz en la oscuridad.


 
(Aclaración: La última frase se refiere al origen de los poderes, en el que, según Julia, los poderes son los que son porque los niños deseaban esas cosas y, si recordamos a Sandra, ella tenía miedo a la oscuridad y quería tener luz para no tener miedo. Capítulo 3x12 :3)