Annie movía las manos nerviosa
en torno a la tela de su traje mientras se miraba impaciente al espejo. Llevaba
una cosita azul, de un azul intenso, como ese color que se forma cuando la luz
del sol entra en el agua. Yaden había vuelto a recurrir a la idea de las
sirenas, pero no había comparación entre este y el traje del desfile. El
vestido dejaba al aire sus piernas, con una falda vaporosa de un azul mucho más
blanquecino, como la espuma del mar, y caía por su hombro derecho. Llevaba el
pelo recogido, con algunos mechones cayendo en torno a su cara, y los
estilistas habían perfilado sus rasgos con tonos luminosos. Sus ojos verdes
relucían más que nunca bajo una sombra que apenas se distinguía sobre el blanco
de su piel pálida, los labios parecían más llenos de lo normal y le habían
pellizcado las mejillas para darle un aspecto más natural. Annie no podía
evitar pensar que la habían convertido en una especie de deidad marina.
Lo peor eran los zapatos.
Enormes tacones azules, del mismo color que la falda, que se enroscaban en
torno a su pantorrilla como algas blancas ascendiendo por el movimiento del
agua. Andar con ellos era morir poco a poco.
-
¿Qué te parece? –
exclamó Yaden, expectante. Parecía incluso más emocionado que ella.
Annie dudó. Adoraba el traje,
así como el trabajo que Yaden hacía con ella, pero no se veía en él. ¿La vería
la gente? ¿Notarían la diferencia entre la chica del mar y la niña que iban a
meter en el estadio?
Annie soltó el vestido y
suspiró.
-
Me encanta, Yaden –
añadió, y fingió una sonrisa.
Yaden dio un saltito y se
aproximó hacia ella, con los brazos extendidos para darle un abrazo. Sin
embargo, cuando Annie ya estiraba los brazos hacia el chico, él se frenó en
seco, con el semblante serio.
-
No queremos
estropear todo esto, ¿verdad? – susurró, mirándola de arriba abajo -. Estás
preciosa, Annie.
La muchacha se sonrojó. No
estaba acostumbrada a ese tipo de piropos. No estaba acostumbrada a ningún tipo de piropo, en realidad.
El momento de comenzar con esa
alocada noche llegó demasiado pronto. Tanto ella como Yaden se reunieron con el
resto del equipo en el ascensor, pero Annie solo pudo tener ojos para dos
personas en ese momento.
Kit estaba impresionante. Ya lo
había estado en el desfile, pero Carrie había hecho un trabajo excepcional con
él ese día. Llevaba unos pantalones blanco-azulados, en conjunto con el vestido
de Annie, y una camisa azul oscura, con detalles en los puños de color verde
alga. Realmente, estaba impresionante, pero no era su ropa lo que llamó la
atención de Annie. Le habían dejado su moreno natural, al contrario que la
noche del desfile, y el maquillaje había hecho sus rasgos más duros. Sus ojos
castaños tenían un color más claro en contraste con todo. Annie se quedó
boquiabierta.
Pero la belleza conseguida de
Kit no era suficiente para igualar a la belleza natural de Finnick.
Su pelo cobrizo, sus ojos
verdes demasiado seductores, su cuerpo bajo ese traje oscuro. La suavidad de
sus manos cuando le tocó el hombro desnudo para infundirle ánimos. Era muy
difícil centrarse en algo cuando Finnick Odair estaba delante.
Cuando las puertas del ascensor
se abrieron de nuevo, se encontraron con que el resto de tributos ya estaban
esperando a que comenzase el show. El estómago de Annie se subió hasta su
garganta y comenzó a dar vueltas allí. El chico del distrito 5 miró a Kit con
una sonrisa desagradable que le dio escalofríos, así que se sujetó al brazo más
cercano para no caerse. Al mirar hacia arriba, descubrió que estaba agarrada a
Finnick.
-
¿Nerviosa? –
susurró él, demasiado cerca de su oreja.
-
Aterrada –
respondió Annie, apartando la mirada.
Ella había llorado delante de
él. Según cómo Annie percibía eso, llorar delante de alguien, abrir tus
sentimientos de esa manera, implicaba un grado de relación superior al de
mentor-tributo. Podía considerarlo su amigo.
Pero un amigo por poco tiempo.
-
Recuerda, solo
tienes que ser tú. Hoy estás preciosa, con eso ya los tienes.
Annie se sonrojó hasta límites
inimaginables. Estaba segura de que era una de las pocas personas a las que
Finnick decía piropos. Y se sentía ciertamente afortunada por ello.
-
Muy bien – suspiró
él cuando los dejó junto al resto de tributos -. Recordad. Centraos en el
público, no en Caesar o en la entrevista. Si os ganáis a la gente, ya lo
tenéis.
Annie asintió, y vio que Kit
hacía lo mismo. Entonces, Finnick le dedicó una mirada, solo para ella. Una
mirada que intentaba darle ánimos.
‘Solo tienes que ser tú’, se
repitió a sí misma, una y otra vez, una y otra vez.
-
Buena suerte – dijo
Finnick, sonriendo, y se alejó de ellos.
‘Y que la suerte esté siempre,
siempre de nuestra parte’, pensó Annie, con resignación.
Colocaron a los tributos en un
semicírculo en torno al escenario, en frente de las gradas llenas de gente, que
les señalaban y sonreían como si fuese ídolos. Annie temblaba en su asiento,
entre el chico bajito de 3, que parecía a punto de vomitar, y Kit. Éste se
inclinó hacia ella y la miró con una mirada sexy.
-
¿Te parezco
seductor?
Annie levantó las cejas,
sorprendida. ¿Qué estaba…? Entonces lo entendió. Se trataba de su estrategia en
la entrevista. Seducción. Desde luego, el físico pegaba con esa actitud.
-
Sí, muy seductor –
sonrió ella.
Kit se relamió los labios,
satisfecho, y mantuvo esa mirada. Entonces, comenzó el show.
Caesar Flickerman salió al
escenario. Ese año, llevaba el pelo y las cejas de un color ocre apagado, con
el traje brillante en conjunto. Respondió a la ovación del público una y otra
vez, saludando, soltando frases que hiciesen reír a todo el mundo que, tanto en
las gradas como a través de la televisión, estaba viéndole. Mientras tanto,
Annie no podía dejar de manosear su vestido, nerviosa. Se sentía a punto de
vomitar.
Entonces, empezaron las
entrevistas. Primero salió la chica del distrito 1, con el pelo liso, normalmente formando un moño en lo alto de su cabeza, suelto con
un recogido simple. Llevaba puesta una diadema de grandes cristales y un
vestido tan corto que parecía más bien una camisa. ‘Aunque las camisas tapan bastante
más que eso’, pensó Annie, mientras la miraba. Sus pechos estaban tan apretados
que parecían apunto de salírsele. ¿En qué estaría pensando su estilista?
Las entrevistas, de tres
minutos, se iban sucediendo, demasiado lentas para Annie, pues Caesar intercalaba
bromas entre tributo y tributo. Cuando el chico del distrito 3 se sentó,
nervioso aún, en la silla, no sin antes tropezar, Annie se preparó. Llegaba su
turno. Miró a Kit, que le dedicó una media sonrisa.
-
Buena suerte –
susurró.
Ella asintió y, cuando Caesar
la llamó, se levantó. Todo a su alrededor parecía dar vueltas. Veía a la gente
volverse loca con su traje, y vio su cara en siete pantallas diferentes. Se
permitió sonreír tímidamente, cogiendo la mano de Caesar, que la ayudó a
sentarse.
-
Annie Cresta –
comenzó él -. Guau, estás increíble. Tu estilista ha hecho un gran trabajo
contigo.
Yaden salió enfocado en varias
pantallas, sonriendo orgulloso.
-
¿Tengo que tomarme
eso como un piropo? – susurró Annie, lo suficientemente alto como para que los micrófonos
lo captasen. La sala entera comenzó a reír.
-
Por supuesto,
Annie, por supuesto – añadió Caesar, con una sonrisa -. Bueno, cuéntame. ¿Cómo
encuentras todo esto?
Annie dudó. ¿Tenía trampa la
pregunta? Suspiró antes de responder.
-
Bueno, es diferente.
La ropa es fantástica. La comida.
-
Sí, la comida –
comentó Caesar, cerrando los ojos -. ¿Ha probado el estofado de ciruelas? ¡Es
una delicia!
-
¡Sí! – exclamó
Annie -. ¡Realmente lo es!
Caesar cerró los ojos,
incitando a Annie a que hiciese lo mismo. Y ella lo hizo, con el eco de las
risas del Capitolio de fondo. Se sentía increíblemente estúpida, pero, si a la
gente le gustaba y eso le salvaba la vida, estaba bien. ‘Al final, sí tendré
que fingir’, se dijo a sí misma.
-
Dime, Annie – dijo
Caesar entonces, sacándola de sus pensamientos -. Este es el primer año de
Finnick Odair como mentor. ¿Cómo lo está haciendo?
Annie buscó a Finnick con la
mirada entre el público, pero lo vio antes en las pantallas y se fijó en él.
Era una de las pocas personas a las que la televisión no podía volverle más o
menos hermoso.
Pensó en la pregunta de Caesar.
¿Que cómo lo estaba haciendo? Él la había consolado. Le había contado verdades
con respecto al interior y el exterior de los Juegos. Y estaba dispuesto a
salvarla. Solo a ella. No sabía qué responder, así que, tragando saliva, fue
por otro camino.
-
Bueno – comenzó,
mirando a la pantalla -, no he tenido otro mentor con el que compararlo.
El Capitolio entero, incluido
Caesar, estallaron en risas. Incluso Finnick sonrió, riendo para sí mismo.
Annie se sintió verdaderamente bien. Al final, la entrevista no estaba siendo
tan odiosa.
-
Muy buena esa –
dijo Caesar, limpiándose las lágrimas con un pañuelo amarillo. ¿Para tanto
había sido? -. Espero que tu mentor no se lo tome como un insulto.
Las cámaras enfocaron a
Finnick, que seguía sonriendo. En ese instante, todas las caras se giraron
hacia el chico. Y Annie vio que, tanto hombres como mujeres, le adoraban.
-
Bueno, espero que
no lo haga – susurró Annie, siendo sincera.
Caesar le tocó la rodilla
desnuda y ella sintió una descarga eléctrica por todas sus venas. Como un
calambre. Apartó de inmediato la pierna, como acto reflejo.
-
¡Me has dado
calambre! – exclamó, mirando a Caesar con fingida ofensa.
-
¡Lo siento, lo
siento! – se disculpó él, con una radiante sonrisa.
El Capitolio seguía riendo, sin
parar. Y Annie cada vez estaba más cómoda.
-
Bueno, Annie, no
nos queda mucho tiempo. Así que, hablemos de algo más serio. ¿Cuáles son tus
estrategias?
Annie observó al público, que
había dejado de reír. Eran tan manipulables…
-
Si digo algo,
dejará de ser una estrategia – señaló ella.
-
Claro, claro –
admitió Caesar, llevándose una mano al pecho -. Entonces… ¿cuáles son tus
motivaciones?
Annie pensó bien en la pregunta
antes de responder.
-
Mi madre. Mi hogar.
Seguir viva.
Caesar la miró, con compasión.
-
Sí, a todos, creo,
se nos paró el corazón cuando vimos a tu madre desmayarse en la cosecha.
Annie tragó saliva. Acordarse
de su madre era una amenaza constante con romper a llorar allí mismo. Intentó
contenerse, con los ojos escociéndole por las lágrimas escondidas.
-
Bueno, te deseo la
mejor de las suertes, Annie Cresta – añadió Caesar, y, justo en ese momento,
sonó el zumbido que indicaba el final de la entrevista.
Caesar se levantó, llevando
consigo a Annie. Ella estuvo a punto de caer en los brazos del hombre, de no
ser porque consiguió sobreponerse a tiempo. Caesar la llevó hasta el borde del
escenario, como había hecho con el resto de tributos, y la presentó al público.
-
¡Annie Cresta, la
princesa del océano!
Y el público estalló en
aplausos.
La princesa del océano. Annie
pensó en su playa, y los ojos le escocieron mucho más. Tenía que volver a casa.
Necesitaba volver a casa.
Cuando volvió a su sitio, vio
que Kit ya se estaba preparando. Mientras Caesar entretenía al público,
aprovechó para apartarse las lágrimas de los ojos. Entonces, se cruzó con la
mirada de Kit, al que llamaron para salir al escenario. Él sonrió, practicando
su pose de seductor, y salió con Caesar. Annie respiró hondo. Esperaba que su
entrevista hubiese sido lo suficientemente buena para convencer a la gente de
que podía volver a casa. De verdad lo esperaba.
-
Entonces, ¿lo
tienes todo claro?
Kit asintió, forzando una
sonrisa.
Habían practicado durante horas
diferentes formas de presentarse ante el público. Siguiendo las mismas pautas
de Mags, Finnick había tratado de establecer una actitud que favoreciese al
chico, empezando por la que él mismo había utilizado. ‘Si puedes usar tu
físico, Finn, úsalo. Eso es lo que les importa. La belleza mueve al mundo. La
gente se vuelve bella para agradar al resto. Si posees belleza, los tienes’.
Kit no era como Finnick, porque nadie en el mundo lo era. No tenía sus ojos
verdes, su pelo cobrizo o su gracia al andar o al hablar, pero era apuesto. Así
que, Finnick había tratado de enfocar su actitud hacia la seducción.
Sorprendentemente, Kit era un
seductor nato.
Finnick no sabía decir si eran
sus sonrisas, la manera en la que sus muecas formaban hoyuelos en sus mejillas
o sus miradas, pero sintió que Kit era bueno en eso. ‘Si posees belleza, los
tienes’. Kit no era excesivamente bello, pero se compensaba con su actitud.
A Finnick le gustaba lo que
veía.
-
Realmente, no me
siento seguro haciendo esto – dijo el chico, apartándose un mechón rebelde de
la frente.
-
Se te da muy bien,
Kit – admitió Finnick -. Se derretirán contigo.
-
¿Eso crees?
-
Eso sé. Y ahora,
vete, Radis te espera.
Kit se levantó del sillón y se
dirigió a la puerta, encorvado. Se había propuesto ser duro y estar
concentrado, pero no había servido para nada, tan solo para cansarse. ‘Yo no
soy así’, le había dicho a Finnick. ‘Aparentar ser algo que no soy es
agotador’. Y Finnick, además de entenderlo, no podía estar más de acuerdo.
-
No me entusiasma
mucho la idea de estar cuatro horas con Radis – admite Kit, colocando una mano
sobre la puerta.
Finnick rió.
-
Créeme, Kit, te
entiendo perfectamente.
El muchacho abandonó la
habitación en una carcajada. Finnick no podía estar más satisfecho: por primera
vez, las cosas empezaban a salirle bien. Sin embargo, detrás de esa felicidad,
había una sombra de duda y miedo, porque no tenía claro si esa buena suerte
llegaba más tarde que pronto.
Finnick ordenó que le trajesen
la comida al salón, porque no le apetecía encontrarse con Radis. La última vez
que se habían cruzado, ella le había mirado con miedo. Ya no había deseo en sus
ojos desde el momento en el que él se había enfrentado a ella. Así que,
teniendo lejos la presencia de Radis, Finnick estaba relajado.
Acabó de comer y, mientras una pareja avox se llevaba los
platos, se levantó, observando la calle a través de la ventana. La gente
paseando, observando las pantallas repartidas a lo largo de toda la ciudad,
apostando por sus posibles ganadores. Finnick ignoró todo eso, pues no podía
sino sentir asco, así que se limitó a observar la belleza de la ciudad. Sus
edificios de colores vistosos, al igual que los adoquines de las calles. La
manera en la que el sol se reflejaba en el agua de los ríos que se adentraban
en la ciudad. El Capitolio tenía una belleza que pocos lugares tenían.
Finnick se giró y, sorprendido,
observó a Annie, sentada en el sillón, cruzada de piernas y brazos. Tenía el
pelo recogido en una trenza, pero varios mechones se escapaban de ella,
enmarcando su rostro. Finnick observó que estaba descalza, con los pies rojos y
doloridos a causa de las prácticas con los tacones altos.
-
Hola – saludó Annie,
tímidamente.
Finnick se sentó frente a ella,
con un dedo sobre los labios. Intentaba concentrarse en el enfoque de la
muchacha, pero era difícil. No dejaba de pensar en cómo ella parecía negarse a
seguir viva. Una y otra vez, una y otra vez.
-
Bueno, di algo –
susurró la chica, apartando la mirada de él.
-
¿Qué quieres que
diga?
-
No sé. Que me
perdonas.
Finnick levantó las cejas,
irguiéndose.
-
¿Por hacer qué?
Annie parecía desconcertada.
-
Por… ¿ser tan
horriblemente pesimista? – Finnick alzó más aún las cejas, divertido -. Bueno,
te he contado mi secreto más preciado. Eso debería compensarse.
Annie sonrió, haciendo que
Finnick sonriese a su vez. Sin embargo, una palabra había calado en su mente.
Secretos. Él conseguía los secretos de otra manera. El secreto de Annie no era
comparable a esos.
-
Vale, entonces –
admitió Finnick -. Se compensa. Así que… ¿qué vamos a hacer contigo?
Annie sonrió. Finnick no podía
creer en cómo una simple sonrisa podía transformar tanto su cara. Parecía más
joven, más fuerte, menos asustada.
-
¿Qué tal si pruebas
con un enfoque seductor? – sugirió Finnick, siguiendo la misma pauta de Kit.
-
¿Seductor? – Annie
parecía altamente sorprendida -. Finnick, soy todo menos seductora.
-
¿Pasional?
Annie se inclinó hacia delante,
con la boca abierta y las cejas muy levantadas.
-
Pasional – soltó,
como si fuese una palabrota -. ¿A qué te refieres con pasional?
Finnick soltó una carcajada
silenciosa, entendiendo el porqué de esa pregunta.
-
No me refiero a que
tengas que tirarte sobre Caesar cuando entres, o ser… una seductora masiva. Lo
que quiero decir es que tu madre se desmayó en la cosecha. Enfócalo todo a
‘quiero volver por mi madre’, ‘voy a volver por ella’…
-
¿Fingiendo de
nuevo, entonces? – inquirió Annie.
-
Siempre fingiendo.
Finnick observó, a medida que
pasaba la tarde, que cualquiera de los papeles que Annie interpretase, le venía
como anillo al dedo. Pasional, humilde, retraída o leal. Cualquiera era
adecuado para ella, pero hubo uno que sobresalía sobre todos ellos.
Cuando no fingía.
Entre papel y papel, Finnick
podía ver cómo de adorable era Annie sin darse cuenta. Era una niña entrañable,
a la que, inevitablemente, tenía que cuidar y proteger. Podía ver
vulnerabilidad y miedo, pero también fuerza y determinación. Podía ver que
Annie se ganaría al público simplemente siendo ella misma.
-
Olvida todo lo que
hemos hecho – soltó Finnick, cortando su discurso orgulloso.
-
¿Qué?
-
Olvida la
interpretación. Sé tú misma, sabes hacerlo. Muestra todo lo que te muestras a
ti misma.
Annie tragó saliva, asustada de
repente.
-
Hay veces que me
escondo de mí misma, Finnick – admitió.
-
No haces eso
conmigo. Puedo verte al completo.
Ambos se miraron durante un
breve período de tiempo, hasta que Annie apartó la mirada. Finnick continuó
hablando:
-
Soy muy observador,
Annie. Y tú, aunque no te des cuenta, muestras mucho más de lo que quieres
mostrar. Dime, ¿a cuántas personas has querido enseñar tu fuerza? ¿O tus
miedos? ¿O el temor a que tu madre enferme demasiado, o a tener que acabar con
alguien ahí dentro? ¿O al quedarte sola en la Arena? ¿A cuánta gente te has
mostrado agradable, tímida y adorable sin querer?
Annie cada vez parecía más
sorprendida. Finnick suspiró, parando su discurso. No parecía muy convencida.
-
¿Todo eso has visto
en mí? – susurró Annie.
-
Todo eso y más,
Annie – admitió Finnick.
Annie se giró, apartando la
mirada, visiblemente incómoda. Al mismo tiempo, Finnick sonrió. Sin motivo.
Simplemente lo hizo.
-
Entonces… ¿sin
fingir?
-
Sin fingir.
-
¿Nada?
-
Absolutamente nada.
Annie frunció el ceño y,
entonces, le miró directamente a los ojos. Mar contra tormenta. Ambos
aguantaban la respiración, como si sus alientos pudiesen romper el contacto
visual que se había establecido entre ellos. Finnick podía ver las palabras en
la garganta de Annie, esforzándose por salir al exterior, abriéndose paso por
su cuello. Esperó pacientemente. No sabía qué quería decirle la chica, pero no
se iría ni dejaría que ella se fuese sin oírlo.
Entonces, ella lo dijo.
-
¿De verdad vas a
sacarme del estadio viva, Finnick?
Su voz estaba relajada cuando
habló, pero había un deje de inseguridad en ella. Finnick la observó con
cuidado, recordando detalles que había observado sobre ella. La manera en la
que un mechón de pelo caía sobre su hombro. La manera en la que sus mejillas se
habían sonrojado ligeramente. Cómo caía la blusa blanca sobre su cuerpo. Las
marcas de los tacones en sus pies descalzos. Pero sobre todo recordó que Annie
era magia. Desde aquel momento en el que se convirtió en una sirena. Y el mundo
no podía vivir sin magia.
-
Sí – respondió
Finnick.
-
¿Estás eligiendo,
pues? – preguntó Annie, inclinándose hacia delante en el asiento.
El estómago de Finnick se
colocó repentinamente en su garganta. Aunque lo negase, sabía perfectamente que
estaba eligiendo. Que sabía a quién quería ver fuera del estadio, viva y a
salvo.
‘Maldita sea, Mags. ¿Cómo lo
hiciste?’, se preguntaba. Mags nunca dudó a quién prefería. Estaba claro que
iba a ayudar a Finnick desde el principio, y él no podía entender cómo se había
desquitado con su compañera. Claro, que la situación era bastante distinta
cuando él había ido a los Juegos, pues todo el mundo sabía que Alysha no
conseguiría hacer nada en el estadio. Sin embargo, tanto Annie como Kit tenían
esperanzas. El estómago de Finnick se contrajo, más, creando una inmensa bola.
-
Annie… - comenzó.
-
Da igual –
interrumpió ella, agitando la cabeza, de modo que se escaparon más mechones de
su trenza -. No quiero saberlo. Haz lo que tengas que hacer.
Se quedó en silencio entonces,
con la cabeza agachada. Entonces, alguien llamó a la puerta y la cabeza de Kit
asomó por la abertura.
-
Os esperamos para
cenar – indicó con una media sonrisa.
Finnick fue incapaz de mirarlo.
Se sentía horriblemente culpable, pero ¿qué podía hacer? Sabía que, hiciera lo
que hiciese por evitarlo, al final, él intentaría con muchas más fuerzas que
Annie ganase la competición. Y eso significaba que, inevitablemente, Kit iba a
morir.
Finnick observó, al mismo
tiempo, que Annie tampoco le miró. Estaba pálida, con una expresión de culpa en
el rostro. Finnick quiso acercarse y decirle que ella no tenía por qué sentirse
así, que eso era decisión suya, del mismo Finnick, pero no fue capaz.
Kit, desconcertado ante el
silencio de la habitación, salió, cerrando la puerta. De repente, Annie se
relajó y una lágrima cristalina cayó por la comisura de su ojo izquierdo.
Entonces, empezó a llorar.
-
Eh – susurró
Finnick, acercándose a ella -. Eh, Annie, oye…
-
No quiero esto –
sollozó la muchacha -. Morir o matar, fingir, mentir… No puedo.
Finnick se sentó a su lado y la
miró mientras lloraba. No iba a decirle algo como ‘no te preocupes, sí que
puedes’, porque nadie podía con algo así. Ni siquiera él, después de cinco
años, había logrado acostumbrarse a sus pesadillas sobre sus Juegos, y estaba
emocionalmente destrozado a causa de la culpabilidad que implicaba ser mentor.
Ahora entendía a Mags cuando le dijo que no debía haberlo hecho. Tenía razón,
como siempre.
Annie parecía empequeñecer más
con cada lágrima. Finnick se dejó llevar por los impulsos y alargó los pulgares
hacia su rostro para quitar las gotas de lágrimas saladas de sus mejillas,
sobre la piel suave. Entonces, Annie le miró fijamente, de nuevo, y Finnick
observó que era una niña, después de todo. Seguía siendo una niña a la que
estaban obligando a comportarse como una adulta.
-
Quiero irme a casa
– susurró Annie, casi en un suspiro.
Y se dejó caer en el hombro de
Finnick, sollozando de nuevo. Finnick la envolvió con los brazos, inseguro
acerca de si eso era lo correcto, y dejó que ella se acomodase en su regazo.
Olía a mar. Incluso después de tantos baños con diferentes aromas, Annie seguía
conservando su hogar en ella misma. Y Finnick se dio cuenta de que él también
lo echaba de menos.
-
Yo también quiero
irme a casa, Annie.
Se quedaron así, abrazados,
hasta que Annie se calmó. Entonces, se separó lentamente de él, con una media
sonrisa avergonzada en los labios y los ojos hinchados.
-
Siento esto – se
disculpó.
-
Tranquila, Annie –
dijo Finnick, apartando los restos de lágrimas de sus mejillas -. Tenías
demasiadas cosas acumuladas. A veces está bien llorar para vaciarte.
Finnick apoyó su mano derecha
sobre la de la muchacha y entrelazó sus dedos, dándole un suave apretón. Annie
no dejaba de mirar sus manos unidas. Entonces, levantó la mirada hacia Finnick,
de nuevo hacia sus ojos.
-
Gracias.
Finnick no sabía por qué no
podía hablar. Quizá había sido el tono con el que lo había dicho, porque no
estaba muy seguro de si se refería a ‘gracias por ayudarme a ganar esto’ o
‘gracias por darme consuelo ahora’. Fuese como fuese, había algo en esa palabra
que le había llegado muy adentro. Algo escondido. Y Finnick no fue capaz de
hablar más. Simplemente le dio otro apretón en los dedos y una media sonrisa.
Annie se limpió los ojos con la
manga de la blusa, intentando aparentar normalidad. Cogió las zapatillas que
tenía en el suelo y se marchó, no sin antes dedicarle una mirada de complicidad
a Finnick.
Cuando Annie hubo salido, toda
la tensión que amenazaba a Finnick se agolpó sobre él, hundiéndolo.
‘Egoísta’.
‘Culpable’.
‘Traidor’.
‘Eres un mal mentor, nunca
debiste hacer esto’.
Sin embargo, cuando Finnick
cayó, derrotado, sobre los cojines del sillón, una voz se irguió sobre todas
las demás, aplacándolas: ‘Quiero irme a casa’.
Y una parte de su
subconsciente, una parte mínima que estaba casi intacta a la tensión y las
emociones, formuló una promesa.
Al final,
conseguiría devolver a Annie a su casa.
Annie estaba nerviosa. Nerviosa
realmente, como nunca lo había estado en su vida. Aunque quizás era más
inseguridad que nervios. Annie no podía saberlo. Se limitaba a frotarse las
manos, los nudillos, las rodillas. Buscaba la mirada de Kit para
tranquilizarse, pero él estaba tan absorto en la pantalla como ella. En una
ocasión, sus ojos asustados se toparon con los ojos en calma de Finnick, que
sonreían afablemente, dándole ánimo. Pero nada de eso conseguía calmarla.
Los días anteriores habían
pasado demasiado rápido para su gusto. Los entrenamientos habían sido lo
suficientemente satisfactorios, tanto para Kit como para ella. Ambos habían
aprendido cosas nuevas, incluso cosas el uno del otro. Annie estaba segura de
que podría matar a alguien con una lanza, siempre y cuando ese alguien
estuviese a un metro de distancia. Pero las dificultades habían aparecido
cuando llegaron las sesiones privadas con los Vigilantes. Annie había sentido
miles de nervios al entrar ahí, después de Kit, sin saber exactamente qué
hacer. Se había dirigido al puesto de nudos, se había hecho con unas sogas y
había hecho varios nudos como trampas. Los Vigilantes no estaban los
suficientemente borrachos, así que le prestaron una atención suficiente. Cuando
acabó las trampas, cogió una de las bolas para lanzar peso y las acercó a las
trampas, activándolas. Los Vigilantes asintieron satisfechos, y Annie se
creció. Cogió un par de cuchillos, rompiendo dos sacos con ellos y atravesando
uno de ellos con una lanza. Al final, cuando los Vigilantes le pidieron que se
marchara, Annie salió absolutamente tranquila.
Todo lo contrario a cómo estaba
ahora. Estaban todos sentados en el salón de su piso, en los grandes sofás
azules, esperando las puntuaciones. Y los nervios y la tensión eran los
protagonistas.
Tanto Annie como Kit habían
salido de la sala de entrenamiento contentos, seguros de que su prueba había
sido buena. Pero ya no estaban tan seguros.
-
Vamos, Annie –
animó Yaden, al notar el temblor de la chica -. Seguro que consigues buena
nota.
-
Lo hicisteis bien –
añade Finnick -. Ellos observan bien a los distritos profesionales.
Annie agachó la cabeza. No
podría soportar ver decepción en los ojos de Finnick. Sería algo demasiado
duro, saber que ella no había cumplido con sus expectativas.
De repente, la pantalla de la
televisión se encendió, y Claudius Templesmith apareció en pantalla, solo para
presentar el vídeo.
-
Queridos habitantes
de Panem – comenzó, con voz chillona – Nuestros tributos se han sometido a las
pruebas frente a la meticulosa vista de los Vigilantes, que han evaluado su
destreza, sus habilidades, su ingenio. Las notas que ellos saquen en esta
prueba son un gran aliciente para que los patrocinadores comiencen a apostar.
Así que, sin más dilación, procedamos con las puntuaciones.
El estómago de Annie se subió a
su garganta. Sentía los nervios a flor de piel, los poros supurando tensión.
‘Que no sea mala nota, que no sea mala nota’.
A continuación, salió la foto
del chico del distrito 1. Alto, fuerte, con enormes brazos y hombros
musculosos. De piel morena y penetrantes ojos oscuros. Un diez.
Annie se quedó muda. Un diez.
¿Cómo haría para superar algo tan increíble como un diez? Apenas prestó
atención a la chica, que sacó una nota similar, aunque mucho más baja. También
el dos, en el que el chico rubio y guapo consiguió un nueve. El distrito 3 pasó
sin mucho entusiasmo, una nota un tanto mediocre para ambos. Entonces, llegó el
turno del cuatro. La imagen de Kit apareció en pantalla. Annie tenía que
admitir que, en esa foto, Kit parecía mucho más fuerte, mucho más invencible de
lo que era en realidad. El traje del entrenamiento se apretaba contra los músculos
delgados, haciéndolos más grandes de lo que eran. Entonces, la puntuación
apareció a su lado.
Un siete.
La sala estalló en aplausos. Un
siete era una nota que superaba lo mediocre, pero no llegaba a ser algo
extraordinario. Aún así, Finnick sabría trabajar con un siete, o eso era lo que
Annie pensaba. Le devolvió la sonrisa a Kit y miró hacia la pantalla.
Annie Cresta. Se vio a sí
misma, pequeña, seria, con la piel pálida y el pelo suelto, ondulado a ambos
lados de la cara. Annie escondió la cabeza entre mechones de su pelo, pero no
pudo evitar captar por el rabillo del ojo cómo Finnick no apartaba la vista de
ella. De repente, toda la habitación estalló de nuevo en aplausos. Annie alzó
la cabeza y vio un ocho perfectamente definido junto a su cuerpo. ¿Un ocho? No
se lo podía creer. Finnick llegó hasta ella y la levantó del sofá para darle un
abrazo sincero. Y Annie se dejó caer en él. ¡Un ocho!
-
Quizá les
encantasen tus trucos con las sogas – susurró Finnick en su oreja.
Annie sonrió y se separó de él.
Era una de las pocas personas a las que Annie podía mirar a los ojos sin sentirse
intimidada. Puede que fuese su color, el color verde del mar en calma. La
muchacha se dejó abrazar por Yaden, que gritaba acerca del traje que llevaría
en la entrevista, y por Carrie, que le dio un abrazo maternal. Tanto Kit como
Radis se mostraban recelosos, y, de hecho, el abrazo de Radis fue solo un
contacto frío, más aún cuando susurró un ‘enhorabuena’ entre dientes. Annie
pudo asegurar que no dejaba de echarle miradas reprobatorias a Finnick, que
sonreía a la muchacha. Finalmente, fue Kit el que se acercó a ella, y los dos
se quedaron helados.
-
Felicidades –
sonrió Kit, tendiéndole la mano.
Annie notaba que era una
sonrisa fingida, pero, aun así, le respondió con la misma sonrisa. No hubo otro
contacto entre ellos. Antes de salir del comedor, lo único que Annie pudo
percibir fue que Finnick Odair la seguía con la mirada, serio esta vez. Y Annie
no se sentía incómoda, lo que resultaba extraño.
Esa noche, Annie se quedó
despierta hasta la madrugada, sin poder conciliar el sueño. Se acercaban los
Juegos, se acercaba la Arena. Había conseguido un ocho, pero, ¿hasta qué punto
era bueno eso? Podía significar aliados en el estadio, pero ella se negaba a
formar parte de la misma piña que el chico del distrito 1. Podría significar
más patrocinadores, lo cual era bueno, pero, ¿servirían de algo si no conseguía
salir de la Cornucopia? Podría significar un inmenso odio de los profesionales
hacia ella, por haber superado, por ejemplo, a la chica del distrito 2 y haber
sacado la misma nota que la chica del 1.
O podría significar… victoria. Annie no podía saberlo. Así que, cuando las
sábanas de la cama empezaron a asfixiarla, salió al pasillo.
Su piso tenía, en el salón, una
enorme pared llena de cristales que dejaban ver la gran ciudad del Capitolio.
Todas y cada una de sus maravillas. Porque el Capitolio era bello, aunque era
una belleza letal, porque Annie sabía que todos y cada uno de los habitantes de
esa ciudad estaban enviándola a una muerte segura. Y eso la repugnaba.
Annie se sentó junto al
ventanal, observando, perdida en sus pensamientos. Quedaba muy poco tiempo.
Poco tiempo para estar viva.
-
¿Annie?
Annie se giró para ver a un
Finnick Odair adormilado, con una camiseta gris sin mangas y unos pantalones de
pijama oscuros que colgaban de sus caderas de una manera provocativa. Sus pies
desnudos estaban pegados al suelo, inmóviles. Igual que él.
-
No podía dormir –
se excusó Annie.
-
Tampoco yo –
Finnick se acercó a ella -. ¿Puedo sentarme?
La chica asintió. Finnick se
sentó a su lado, cruzándose de piernas. Ninguno habló durante unos minutos,
hasta que, finalmente, él rompió el silencio.
-
¿Estás tranquila?
Annie miró al chico. Tenía el
pelo cobrizo alborotado, con los mechones desperdigados, y aún así seguía pareciendo
recién peinado para una entrevista.
-
Queda tan poco
tiempo…
-
Lo sé, Annie –
suspiró él -. Lo sé.
Annie se estremeció y se apretó
más la fina chaqueta contra su piel.
-
Echas de menos tu
casa, ¿verdad? – dijo entonces el chico.
Annie cerró los ojos y se
permitió recordar. Su madre, con sus problemas de corazón, tan frágil ante los
impulsos fuertes. Recordó cómo se había desmayado el día de la cosecha y se
estremeció de miedo. Y se permitió pensar en su playa. En la seguridad de las
cuevas, metidas dentro de los acantilados. En la espuma del mar, en el color
verde del agua… Tan verde como los ojos de Finnick.
-
¿La echas de menos
tú? – contraatacó ella.
-
No queda mucho que
echar de menos, en realidad – admitió él, con un suspiro -. Mi padre murió hace
un par de años. Apenas piso mi casa. Estoy todo el día aquí. Y, aún así, el
distrito 4 no ha dejado de ser mi hogar.
Annie volvió a acordarse de su
madre enferma y su playa. Ese era su verdadero hogar. O, al menos, el lugar que
ella sentía solo suyo.
-
También para mí lo
es – susurró Annie -. Las playas… mi playa.
-
¿Tu playa?
Finnick levantó las cejas,
inquisitivo. Annie se quedó muda. ¿Por qué había dicho eso? ¡Nadie debía saber
sobre su playa! ¡Era suya! ¡Solamente suya!
-
Olvídalo.
Pero, de repente, una sugerencia,
una duda, incluso un temor, asaltó a su cabeza. Ella siempre había querido ser
enterrada en su playa cuando falleciera. Si ella moría en la Arena sin decirle
nada a nadie sobre ese detalle… ¿Dónde sería enterrada? ¿En el cementerio del
distrito, allí donde todos iban a parar, tan lejos de su hogar? Entonces, algo
le dijo que tenía que decírselo a alguien. Y ese alguien era Finnick Odair.
-
Hay una… playita –
comenzó ella -. Justo detrás de la Aldea de los Vencedores. La entrada es una
pequeña cueva. Tienes que andar hacia abajo unos minutos, pero esa playa… es mi
hogar.
Annie intentó que esas palabras
transmitieran algo como ‘es solo mía’, y lo consiguió, porque Finnick levantó
las manos en señal de disculpa.
-
Entiendo… - murmuró
él -. ¿Y nadie sabe de ella?
-
Sí, saben que
existe, pero no saben cómo entrar. Por eso es especial. Porque solo yo sé cómo
estar ahí.
Finnick se rascó la nuca con el pulgar,
mirándola con el ceño fruncido.
-
¿Me llevarás algún
día?
Annie sintió pánico al
principio ante esa proposición. ¿Llevar a alguien más a su playa? ¡Era solo
suya! Pero, entonces descubrió la promesa implícita que esa pregunta tenía:
Finnick estaba asegurando que ella iba a volver a casa. Finnick iba a
devolverla a su playa.
Annie, sorprendida de nuevo,
negó con la cabeza.
-
No creo que vaya a
volver a verla, Finnick.
-
Te prometí que os
iba a ayudar a ganar – bufó él.
-
No puedes sacar a
los dos – negó Annie, de nuevo.
-
Pero puedo
conseguir que el distrito 4 tenga, al menos, un vencedor. Y lo tendrá, Annie.
Lo tendrá.
Annie agachó la cabeza. ¿Sería
ella quien regresaría de la Arena? Miró a Finnick, que tenía la mirada perdida
en la calle, al otro lado del cristal. Que uno regresase, significaría que el
otro debía morir.
-
Lo que significará
dejar morir al otro – dijo Annie, en voz alta.
-
Perder al otro. No
voy a dejaros morir a ninguno de los dos. Procuraré que seáis lo más
favorecidos. Procuraré que tengáis patrocinadores. Procuraré que estéis
alimentados, calientes si hace frío, sanos y armados. Intentaré manteneros
provistos de lo que necesitéis. Y, al final, uno volverá.
-
Solo uno.
-
Sí, solo uno. No
puedo hacer más.
Ahora, Finnick parecía enfadado
de verdad. Annie sabía que, si Kit vivía, sería porque ella habría muerto en la
Arena. Y no quería morir, obviamente. Pero le parecía egoísta que, al final,
solo uno de los dos pudiera salir. Que, al final, Finnick solo lograse sacar a
uno. Y, aunque, en su fuero interno, Annie prefiriese ser ella, empezaba a
creer que Finnick iba a ser egoísta e iba a hacer todo lo posible porque ella
sobreviviera. Lo que significaría dejar morir a Kit.
-
Me voy a la cama –
concluyó Annie, levantándose rápidamente.
Finnick se levantó de un salto
y se colocó junto a ella. Era alto, muy alto. Annie se tambaleó y se sujetó a
su camiseta. Él se puso tenso.
-
Buenas noches,
Annie – dijo, y se separó de ella sin mirarla.
‘Oh, genial’, pensó ella.
‘Ahora mi mentor me odia’.