sábado, 1 de diciembre de 2012

Capítulo 12. 'La princesa del océano'.

Annie movía las manos nerviosa en torno a la tela de su traje mientras se miraba impaciente al espejo. Llevaba una cosita azul, de un azul intenso, como ese color que se forma cuando la luz del sol entra en el agua. Yaden había vuelto a recurrir a la idea de las sirenas, pero no había comparación entre este y el traje del desfile. El vestido dejaba al aire sus piernas, con una falda vaporosa de un azul mucho más blanquecino, como la espuma del mar, y caía por su hombro derecho. Llevaba el pelo recogido, con algunos mechones cayendo en torno a su cara, y los estilistas habían perfilado sus rasgos con tonos luminosos. Sus ojos verdes relucían más que nunca bajo una sombra que apenas se distinguía sobre el blanco de su piel pálida, los labios parecían más llenos de lo normal y le habían pellizcado las mejillas para darle un aspecto más natural. Annie no podía evitar pensar que la habían convertido en una especie de deidad marina.
Lo peor eran los zapatos. Enormes tacones azules, del mismo color que la falda, que se enroscaban en torno a su pantorrilla como algas blancas ascendiendo por el movimiento del agua. Andar con ellos era morir poco a poco.
-      ¿Qué te parece? – exclamó Yaden, expectante. Parecía incluso más emocionado que ella.
Annie dudó. Adoraba el traje, así como el trabajo que Yaden hacía con ella, pero no se veía en él. ¿La vería la gente? ¿Notarían la diferencia entre la chica del mar y la niña que iban a meter en el estadio?
Annie soltó el vestido y suspiró.
-      Me encanta, Yaden – añadió, y fingió una sonrisa.
Yaden dio un saltito y se aproximó hacia ella, con los brazos extendidos para darle un abrazo. Sin embargo, cuando Annie ya estiraba los brazos hacia el chico, él se frenó en seco, con el semblante serio.
-      No queremos estropear todo esto, ¿verdad? – susurró, mirándola de arriba abajo -. Estás preciosa, Annie.
La muchacha se sonrojó. No estaba acostumbrada a ese tipo de piropos. No estaba acostumbrada a ningún tipo de piropo, en realidad.
El momento de comenzar con esa alocada noche llegó demasiado pronto. Tanto ella como Yaden se reunieron con el resto del equipo en el ascensor, pero Annie solo pudo tener ojos para dos personas en ese momento.
Kit estaba impresionante. Ya lo había estado en el desfile, pero Carrie había hecho un trabajo excepcional con él ese día. Llevaba unos pantalones blanco-azulados, en conjunto con el vestido de Annie, y una camisa azul oscura, con detalles en los puños de color verde alga. Realmente, estaba impresionante, pero no era su ropa lo que llamó la atención de Annie. Le habían dejado su moreno natural, al contrario que la noche del desfile, y el maquillaje había hecho sus rasgos más duros. Sus ojos castaños tenían un color más claro en contraste con todo. Annie se quedó boquiabierta.
Pero la belleza conseguida de Kit no era suficiente para igualar a la belleza natural de Finnick.
Su pelo cobrizo, sus ojos verdes demasiado seductores, su cuerpo bajo ese traje oscuro. La suavidad de sus manos cuando le tocó el hombro desnudo para infundirle ánimos. Era muy difícil centrarse en algo cuando Finnick Odair estaba delante.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron de nuevo, se encontraron con que el resto de tributos ya estaban esperando a que comenzase el show. El estómago de Annie se subió hasta su garganta y comenzó a dar vueltas allí. El chico del distrito 5 miró a Kit con una sonrisa desagradable que le dio escalofríos, así que se sujetó al brazo más cercano para no caerse. Al mirar hacia arriba, descubrió que estaba agarrada a Finnick.
-      ¿Nerviosa? – susurró él, demasiado cerca de su oreja.
-      Aterrada – respondió Annie, apartando la mirada.
Ella había llorado delante de él. Según cómo Annie percibía eso, llorar delante de alguien, abrir tus sentimientos de esa manera, implicaba un grado de relación superior al de mentor-tributo. Podía considerarlo su amigo. Pero un amigo por poco tiempo.
-      Recuerda, solo tienes que ser tú. Hoy estás preciosa, con eso ya los tienes.
Annie se sonrojó hasta límites inimaginables. Estaba segura de que era una de las pocas personas a las que Finnick decía piropos. Y se sentía ciertamente afortunada por ello.
-      Muy bien – suspiró él cuando los dejó junto al resto de tributos -. Recordad. Centraos en el público, no en Caesar o en la entrevista. Si os ganáis a la gente, ya lo tenéis.
Annie asintió, y vio que Kit hacía lo mismo. Entonces, Finnick le dedicó una mirada, solo para ella. Una mirada que intentaba darle ánimos.
‘Solo tienes que ser tú’, se repitió a sí misma, una y otra vez, una y otra vez.
-      Buena suerte – dijo Finnick, sonriendo, y se alejó de ellos.
‘Y que la suerte esté siempre, siempre de nuestra parte’, pensó Annie, con resignación.
Colocaron a los tributos en un semicírculo en torno al escenario, en frente de las gradas llenas de gente, que les señalaban y sonreían como si fuese ídolos. Annie temblaba en su asiento, entre el chico bajito de 3, que parecía a punto de vomitar, y Kit. Éste se inclinó hacia ella y la miró con una mirada sexy.
-      ¿Te parezco seductor?
Annie levantó las cejas, sorprendida. ¿Qué estaba…? Entonces lo entendió. Se trataba de su estrategia en la entrevista. Seducción. Desde luego, el físico pegaba con esa actitud.
-      Sí, muy seductor – sonrió ella.
Kit se relamió los labios, satisfecho, y mantuvo esa mirada. Entonces, comenzó el show.
Caesar Flickerman salió al escenario. Ese año, llevaba el pelo y las cejas de un color ocre apagado, con el traje brillante en conjunto. Respondió a la ovación del público una y otra vez, saludando, soltando frases que hiciesen reír a todo el mundo que, tanto en las gradas como a través de la televisión, estaba viéndole. Mientras tanto, Annie no podía dejar de manosear su vestido, nerviosa. Se sentía a punto de vomitar.
Entonces, empezaron las entrevistas. Primero salió la chica del distrito 1, con el pelo liso, normalmente formando un moño en lo alto de su cabeza, suelto con un recogido simple. Llevaba puesta una diadema de grandes cristales y un vestido tan corto que parecía más bien una camisa. ‘Aunque las camisas tapan bastante más que eso’, pensó Annie, mientras la miraba. Sus pechos estaban tan apretados que parecían apunto de salírsele. ¿En qué estaría pensando su estilista?
Las entrevistas, de tres minutos, se iban sucediendo, demasiado lentas para Annie, pues Caesar intercalaba bromas entre tributo y tributo. Cuando el chico del distrito 3 se sentó, nervioso aún, en la silla, no sin antes tropezar, Annie se preparó. Llegaba su turno. Miró a Kit, que le dedicó una media sonrisa.
-      Buena suerte – susurró.
Ella asintió y, cuando Caesar la llamó, se levantó. Todo a su alrededor parecía dar vueltas. Veía a la gente volverse loca con su traje, y vio su cara en siete pantallas diferentes. Se permitió sonreír tímidamente, cogiendo la mano de Caesar, que la ayudó a sentarse.
-      Annie Cresta – comenzó él -. Guau, estás increíble. Tu estilista ha hecho un gran trabajo contigo.
Yaden salió enfocado en varias pantallas, sonriendo orgulloso.
-      ¿Tengo que tomarme eso como un piropo? – susurró Annie, lo suficientemente alto como para que los micrófonos lo captasen. La sala entera comenzó a reír.
-      Por supuesto, Annie, por supuesto – añadió Caesar, con una sonrisa -. Bueno, cuéntame. ¿Cómo encuentras todo esto?
Annie dudó. ¿Tenía trampa la pregunta? Suspiró antes de responder.
-      Bueno, es diferente. La ropa es fantástica. La comida.
-      Sí, la comida – comentó Caesar, cerrando los ojos -. ¿Ha probado el estofado de ciruelas? ¡Es una delicia!
-      ¡Sí! – exclamó Annie -. ¡Realmente lo es!
Caesar cerró los ojos, incitando a Annie a que hiciese lo mismo. Y ella lo hizo, con el eco de las risas del Capitolio de fondo. Se sentía increíblemente estúpida, pero, si a la gente le gustaba y eso le salvaba la vida, estaba bien. ‘Al final, sí tendré que fingir’, se dijo a sí misma.
-      Dime, Annie – dijo Caesar entonces, sacándola de sus pensamientos -. Este es el primer año de Finnick Odair como mentor. ¿Cómo lo está haciendo?
Annie buscó a Finnick con la mirada entre el público, pero lo vio antes en las pantallas y se fijó en él. Era una de las pocas personas a las que la televisión no podía volverle más o menos hermoso.
Pensó en la pregunta de Caesar. ¿Que cómo lo estaba haciendo? Él la había consolado. Le había contado verdades con respecto al interior y el exterior de los Juegos. Y estaba dispuesto a salvarla. Solo a ella. No sabía qué responder, así que, tragando saliva, fue por otro camino.
-      Bueno – comenzó, mirando a la pantalla -, no he tenido otro mentor con el que compararlo.
El Capitolio entero, incluido Caesar, estallaron en risas. Incluso Finnick sonrió, riendo para sí mismo. Annie se sintió verdaderamente bien. Al final, la entrevista no estaba siendo tan odiosa.
-      Muy buena esa – dijo Caesar, limpiándose las lágrimas con un pañuelo amarillo. ¿Para tanto había sido? -. Espero que tu mentor no se lo tome como un insulto.
Las cámaras enfocaron a Finnick, que seguía sonriendo. En ese instante, todas las caras se giraron hacia el chico. Y Annie vio que, tanto hombres como mujeres, le adoraban.
-      Bueno, espero que no lo haga – susurró Annie, siendo sincera.
Caesar le tocó la rodilla desnuda y ella sintió una descarga eléctrica por todas sus venas. Como un calambre. Apartó de inmediato la pierna, como acto reflejo.
-      ¡Me has dado calambre! – exclamó, mirando a Caesar con fingida ofensa.
-      ¡Lo siento, lo siento! – se disculpó él, con una radiante sonrisa.
El Capitolio seguía riendo, sin parar. Y Annie cada vez estaba más cómoda.
-      Bueno, Annie, no nos queda mucho tiempo. Así que, hablemos de algo más serio. ¿Cuáles son tus estrategias?
Annie observó al público, que había dejado de reír. Eran tan manipulables…
-      Si digo algo, dejará de ser una estrategia – señaló ella.
-      Claro, claro – admitió Caesar, llevándose una mano al pecho -. Entonces… ¿cuáles son tus motivaciones?
Annie pensó bien en la pregunta antes de responder.
-      Mi madre. Mi hogar. Seguir viva.
Caesar la miró, con compasión.
-      Sí, a todos, creo, se nos paró el corazón cuando vimos a tu madre desmayarse en la cosecha.
Annie tragó saliva. Acordarse de su madre era una amenaza constante con romper a llorar allí mismo. Intentó contenerse, con los ojos escociéndole por las lágrimas escondidas.
-      Bueno, te deseo la mejor de las suertes, Annie Cresta – añadió Caesar, y, justo en ese momento, sonó el zumbido que indicaba el final de la entrevista.
Caesar se levantó, llevando consigo a Annie. Ella estuvo a punto de caer en los brazos del hombre, de no ser porque consiguió sobreponerse a tiempo. Caesar la llevó hasta el borde del escenario, como había hecho con el resto de tributos, y la presentó al público.
-      ¡Annie Cresta, la princesa del océano!
Y el público estalló en aplausos.
La princesa del océano. Annie pensó en su playa, y los ojos le escocieron mucho más. Tenía que volver a casa. Necesitaba volver a casa.
Cuando volvió a su sitio, vio que Kit ya se estaba preparando. Mientras Caesar entretenía al público, aprovechó para apartarse las lágrimas de los ojos. Entonces, se cruzó con la mirada de Kit, al que llamaron para salir al escenario. Él sonrió, practicando su pose de seductor, y salió con Caesar. Annie respiró hondo. Esperaba que su entrevista hubiese sido lo suficientemente buena para convencer a la gente de que podía volver a casa. De verdad lo esperaba.


sábado, 24 de noviembre de 2012

Capítulo 11. 'Quiero irme a casa'.

-      Entonces, ¿lo tienes todo claro?
Kit asintió, forzando una sonrisa.
Habían practicado durante horas diferentes formas de presentarse ante el público. Siguiendo las mismas pautas de Mags, Finnick había tratado de establecer una actitud que favoreciese al chico, empezando por la que él mismo había utilizado. ‘Si puedes usar tu físico, Finn, úsalo. Eso es lo que les importa. La belleza mueve al mundo. La gente se vuelve bella para agradar al resto. Si posees belleza, los tienes’. Kit no era como Finnick, porque nadie en el mundo lo era. No tenía sus ojos verdes, su pelo cobrizo o su gracia al andar o al hablar, pero era apuesto. Así que, Finnick había tratado de enfocar su actitud hacia la seducción.
Sorprendentemente, Kit era un seductor nato.
Finnick no sabía decir si eran sus sonrisas, la manera en la que sus muecas formaban hoyuelos en sus mejillas o sus miradas, pero sintió que Kit era bueno en eso. ‘Si posees belleza, los tienes’. Kit no era excesivamente bello, pero se compensaba con su actitud.
A Finnick le gustaba lo que veía.
-      Realmente, no me siento seguro haciendo esto – dijo el chico, apartándose un mechón rebelde de la frente.
-      Se te da muy bien, Kit – admitió Finnick -. Se derretirán contigo.
-      ¿Eso crees?
-      Eso sé. Y ahora, vete, Radis te espera.
Kit se levantó del sillón y se dirigió a la puerta, encorvado. Se había propuesto ser duro y estar concentrado, pero no había servido para nada, tan solo para cansarse. ‘Yo no soy así’, le había dicho a Finnick. ‘Aparentar ser algo que no soy es agotador’. Y Finnick, además de entenderlo, no podía estar más de acuerdo.
-      No me entusiasma mucho la idea de estar cuatro horas con Radis – admite Kit, colocando una mano sobre la puerta.
Finnick rió.
-      Créeme, Kit, te entiendo perfectamente.
El muchacho abandonó la habitación en una carcajada. Finnick no podía estar más satisfecho: por primera vez, las cosas empezaban a salirle bien. Sin embargo, detrás de esa felicidad, había una sombra de duda y miedo, porque no tenía claro si esa buena suerte llegaba más tarde que pronto.
Finnick ordenó que le trajesen la comida al salón, porque no le apetecía encontrarse con Radis. La última vez que se habían cruzado, ella le había mirado con miedo. Ya no había deseo en sus ojos desde el momento en el que él se había enfrentado a ella. Así que, teniendo lejos la presencia de Radis, Finnick estaba relajado.
Acabó de comer  y, mientras una pareja avox se llevaba los platos, se levantó, observando la calle a través de la ventana. La gente paseando, observando las pantallas repartidas a lo largo de toda la ciudad, apostando por sus posibles ganadores. Finnick ignoró todo eso, pues no podía sino sentir asco, así que se limitó a observar la belleza de la ciudad. Sus edificios de colores vistosos, al igual que los adoquines de las calles. La manera en la que el sol se reflejaba en el agua de los ríos que se adentraban en la ciudad. El Capitolio tenía una belleza que pocos lugares tenían.
Finnick se giró y, sorprendido, observó a Annie, sentada en el sillón, cruzada de piernas y brazos. Tenía el pelo recogido en una trenza, pero varios mechones se escapaban de ella, enmarcando su rostro. Finnick observó que estaba descalza, con los pies rojos y doloridos a causa de las prácticas con los tacones altos.
-      Hola – saludó Annie, tímidamente.
Finnick se sentó frente a ella, con un dedo sobre los labios. Intentaba concentrarse en el enfoque de la muchacha, pero era difícil. No dejaba de pensar en cómo ella parecía negarse a seguir viva. Una y otra vez, una y otra vez.
-      Bueno, di algo – susurró la chica, apartando la mirada de él.
-      ¿Qué quieres que diga?
-      No sé. Que me perdonas.
Finnick levantó las cejas, irguiéndose.
-      ¿Por hacer qué?
Annie parecía desconcertada.
-      Por… ¿ser tan horriblemente pesimista? – Finnick alzó más aún las cejas, divertido -. Bueno, te he contado mi secreto más preciado. Eso debería compensarse.
Annie sonrió, haciendo que Finnick sonriese a su vez. Sin embargo, una palabra había calado en su mente. Secretos. Él conseguía los secretos de otra manera. El secreto de Annie no era comparable a esos.
-      Vale, entonces – admitió Finnick -. Se compensa. Así que… ¿qué vamos a hacer contigo?
Annie sonrió. Finnick no podía creer en cómo una simple sonrisa podía transformar tanto su cara. Parecía más joven, más fuerte, menos asustada.
-      ¿Qué tal si pruebas con un enfoque seductor? – sugirió Finnick, siguiendo la misma pauta de Kit.
-      ¿Seductor? – Annie parecía altamente sorprendida -. Finnick, soy todo menos seductora.
-      ¿Pasional?
Annie se inclinó hacia delante, con la boca abierta y las cejas muy levantadas.
-      Pasional – soltó, como si fuese una palabrota -. ¿A qué te refieres con pasional?
Finnick soltó una carcajada silenciosa, entendiendo el porqué de esa pregunta.
-      No me refiero a que tengas que tirarte sobre Caesar cuando entres, o ser… una seductora masiva. Lo que quiero decir es que tu madre se desmayó en la cosecha. Enfócalo todo a ‘quiero volver por mi madre’, ‘voy a volver por ella’…
-      ¿Fingiendo de nuevo, entonces? – inquirió Annie.
-      Siempre fingiendo.
Finnick observó, a medida que pasaba la tarde, que cualquiera de los papeles que Annie interpretase, le venía como anillo al dedo. Pasional, humilde, retraída o leal. Cualquiera era adecuado para ella, pero hubo uno que sobresalía sobre todos ellos.
Cuando no fingía.
Entre papel y papel, Finnick podía ver cómo de adorable era Annie sin darse cuenta. Era una niña entrañable, a la que, inevitablemente, tenía que cuidar y proteger. Podía ver vulnerabilidad y miedo, pero también fuerza y determinación. Podía ver que Annie se ganaría al público simplemente siendo ella misma.
-      Olvida todo lo que hemos hecho – soltó Finnick, cortando su discurso orgulloso.
-      ¿Qué?
-      Olvida la interpretación. Sé tú misma, sabes hacerlo. Muestra todo lo que te muestras a ti misma.
Annie tragó saliva, asustada de repente.
-      Hay veces que me escondo de mí misma, Finnick – admitió.
-      No haces eso conmigo. Puedo verte al completo.
Ambos se miraron durante un breve período de tiempo, hasta que Annie apartó la mirada. Finnick continuó hablando:
-      Soy muy observador, Annie. Y tú, aunque no te des cuenta, muestras mucho más de lo que quieres mostrar. Dime, ¿a cuántas personas has querido enseñar tu fuerza? ¿O tus miedos? ¿O el temor a que tu madre enferme demasiado, o a tener que acabar con alguien ahí dentro? ¿O al quedarte sola en la Arena? ¿A cuánta gente te has mostrado agradable, tímida y adorable sin querer?
Annie cada vez parecía más sorprendida. Finnick suspiró, parando su discurso. No parecía muy convencida.
-      ¿Todo eso has visto en mí? – susurró Annie.
-      Todo eso y más, Annie – admitió Finnick.
Annie se giró, apartando la mirada, visiblemente incómoda. Al mismo tiempo, Finnick sonrió. Sin motivo. Simplemente lo hizo.
-      Entonces… ¿sin fingir?
-      Sin fingir.
-      ¿Nada?
-      Absolutamente nada.
Annie frunció el ceño y, entonces, le miró directamente a los ojos. Mar contra tormenta. Ambos aguantaban la respiración, como si sus alientos pudiesen romper el contacto visual que se había establecido entre ellos. Finnick podía ver las palabras en la garganta de Annie, esforzándose por salir al exterior, abriéndose paso por su cuello. Esperó pacientemente. No sabía qué quería decirle la chica, pero no se iría ni dejaría que ella se fuese sin oírlo.
Entonces, ella lo dijo.
-      ¿De verdad vas a sacarme del estadio viva, Finnick?
Su voz estaba relajada cuando habló, pero había un deje de inseguridad en ella. Finnick la observó con cuidado, recordando detalles que había observado sobre ella. La manera en la que un mechón de pelo caía sobre su hombro. La manera en la que sus mejillas se habían sonrojado ligeramente. Cómo caía la blusa blanca sobre su cuerpo. Las marcas de los tacones en sus pies descalzos. Pero sobre todo recordó que Annie era magia. Desde aquel momento en el que se convirtió en una sirena. Y el mundo no podía vivir sin magia.
-      Sí – respondió Finnick.
-      ¿Estás eligiendo, pues? – preguntó Annie, inclinándose hacia delante en el asiento.
El estómago de Finnick se colocó repentinamente en su garganta. Aunque lo negase, sabía perfectamente que estaba eligiendo. Que sabía a quién quería ver fuera del estadio, viva y a salvo.
‘Maldita sea, Mags. ¿Cómo lo hiciste?’, se preguntaba. Mags nunca dudó a quién prefería. Estaba claro que iba a ayudar a Finnick desde el principio, y él no podía entender cómo se había desquitado con su compañera. Claro, que la situación era bastante distinta cuando él había ido a los Juegos, pues todo el mundo sabía que Alysha no conseguiría hacer nada en el estadio. Sin embargo, tanto Annie como Kit tenían esperanzas. El estómago de Finnick se contrajo, más, creando una inmensa bola.
-      Annie… - comenzó.
-      Da igual – interrumpió ella, agitando la cabeza, de modo que se escaparon más mechones de su trenza -. No quiero saberlo. Haz lo que tengas que hacer.
Se quedó en silencio entonces, con la cabeza agachada. Entonces, alguien llamó a la puerta y la cabeza de Kit asomó por la abertura.
-      Os esperamos para cenar – indicó con una media sonrisa.
Finnick fue incapaz de mirarlo. Se sentía horriblemente culpable, pero ¿qué podía hacer? Sabía que, hiciera lo que hiciese por evitarlo, al final, él intentaría con muchas más fuerzas que Annie ganase la competición. Y eso significaba que, inevitablemente, Kit iba a morir.
Finnick observó, al mismo tiempo, que Annie tampoco le miró. Estaba pálida, con una expresión de culpa en el rostro. Finnick quiso acercarse y decirle que ella no tenía por qué sentirse así, que eso era decisión suya, del mismo Finnick, pero no fue capaz.
Kit, desconcertado ante el silencio de la habitación, salió, cerrando la puerta. De repente, Annie se relajó y una lágrima cristalina cayó por la comisura de su ojo izquierdo. Entonces, empezó a llorar.
-      Eh – susurró Finnick, acercándose a ella -. Eh, Annie, oye…
-      No quiero esto – sollozó la muchacha -. Morir o matar, fingir, mentir… No puedo.
Finnick se sentó a su lado y la miró mientras lloraba. No iba a decirle algo como ‘no te preocupes, sí que puedes’, porque nadie podía con algo así. Ni siquiera él, después de cinco años, había logrado acostumbrarse a sus pesadillas sobre sus Juegos, y estaba emocionalmente destrozado a causa de la culpabilidad que implicaba ser mentor. Ahora entendía a Mags cuando le dijo que no debía haberlo hecho. Tenía razón, como siempre.
Annie parecía empequeñecer más con cada lágrima. Finnick se dejó llevar por los impulsos y alargó los pulgares hacia su rostro para quitar las gotas de lágrimas saladas de sus mejillas, sobre la piel suave. Entonces, Annie le miró fijamente, de nuevo, y Finnick observó que era una niña, después de todo. Seguía siendo una niña a la que estaban obligando a comportarse como una adulta.
-      Quiero irme a casa – susurró Annie, casi en un suspiro.
Y se dejó caer en el hombro de Finnick, sollozando de nuevo. Finnick la envolvió con los brazos, inseguro acerca de si eso era lo correcto, y dejó que ella se acomodase en su regazo. Olía a mar. Incluso después de tantos baños con diferentes aromas, Annie seguía conservando su hogar en ella misma. Y Finnick se dio cuenta de que él también lo echaba de menos.
-      Yo también quiero irme a casa, Annie.
Se quedaron así, abrazados, hasta que Annie se calmó. Entonces, se separó lentamente de él, con una media sonrisa avergonzada en los labios y los ojos hinchados.
-      Siento esto – se disculpó.
-      Tranquila, Annie – dijo Finnick, apartando los restos de lágrimas de sus mejillas -. Tenías demasiadas cosas acumuladas. A veces está bien llorar para vaciarte.
Finnick apoyó su mano derecha sobre la de la muchacha y entrelazó sus dedos, dándole un suave apretón. Annie no dejaba de mirar sus manos unidas. Entonces, levantó la mirada hacia Finnick, de nuevo hacia sus ojos.
-      Gracias.
Finnick no sabía por qué no podía hablar. Quizá había sido el tono con el que lo había dicho, porque no estaba muy seguro de si se refería a ‘gracias por ayudarme a ganar esto’ o ‘gracias por darme consuelo ahora’. Fuese como fuese, había algo en esa palabra que le había llegado muy adentro. Algo escondido. Y Finnick no fue capaz de hablar más. Simplemente le dio otro apretón en los dedos y una media sonrisa.
Annie se limpió los ojos con la manga de la blusa, intentando aparentar normalidad. Cogió las zapatillas que tenía en el suelo y se marchó, no sin antes dedicarle una mirada de complicidad a Finnick.
Cuando Annie hubo salido, toda la tensión que amenazaba a Finnick se agolpó sobre él, hundiéndolo.
‘Egoísta’.
‘Culpable’.
‘Traidor’.
‘Eres un mal mentor, nunca debiste hacer esto’.
Sin embargo, cuando Finnick cayó, derrotado, sobre los cojines del sillón, una voz se irguió sobre todas las demás, aplacándolas: ‘Quiero irme a casa’.
Y una parte de su subconsciente, una parte mínima que estaba casi intacta a la tensión y las emociones, formuló una promesa.
Al final, conseguiría devolver a Annie a su casa.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Capítulo 10. 'El secreto de Annie'.

Annie estaba nerviosa. Nerviosa realmente, como nunca lo había estado en su vida. Aunque quizás era más inseguridad que nervios. Annie no podía saberlo. Se limitaba a frotarse las manos, los nudillos, las rodillas. Buscaba la mirada de Kit para tranquilizarse, pero él estaba tan absorto en la pantalla como ella. En una ocasión, sus ojos asustados se toparon con los ojos en calma de Finnick, que sonreían afablemente, dándole ánimo. Pero nada de eso conseguía calmarla.
Los días anteriores habían pasado demasiado rápido para su gusto. Los entrenamientos habían sido lo suficientemente satisfactorios, tanto para Kit como para ella. Ambos habían aprendido cosas nuevas, incluso cosas el uno del otro. Annie estaba segura de que podría matar a alguien con una lanza, siempre y cuando ese alguien estuviese a un metro de distancia. Pero las dificultades habían aparecido cuando llegaron las sesiones privadas con los Vigilantes. Annie había sentido miles de nervios al entrar ahí, después de Kit, sin saber exactamente qué hacer. Se había dirigido al puesto de nudos, se había hecho con unas sogas y había hecho varios nudos como trampas. Los Vigilantes no estaban los suficientemente borrachos, así que le prestaron una atención suficiente. Cuando acabó las trampas, cogió una de las bolas para lanzar peso y las acercó a las trampas, activándolas. Los Vigilantes asintieron satisfechos, y Annie se creció. Cogió un par de cuchillos, rompiendo dos sacos con ellos y atravesando uno de ellos con una lanza. Al final, cuando los Vigilantes le pidieron que se marchara, Annie salió absolutamente tranquila.
Todo lo contrario a cómo estaba ahora. Estaban todos sentados en el salón de su piso, en los grandes sofás azules, esperando las puntuaciones. Y los nervios y la tensión eran los protagonistas.
Tanto Annie como Kit habían salido de la sala de entrenamiento contentos, seguros de que su prueba había sido buena. Pero ya no estaban tan seguros.
-      Vamos, Annie – animó Yaden, al notar el temblor de la chica -. Seguro que consigues buena nota.
-      Lo hicisteis bien – añade Finnick -. Ellos observan bien a los distritos profesionales.
Annie agachó la cabeza. No podría soportar ver decepción en los ojos de Finnick. Sería algo demasiado duro, saber que ella no había cumplido con sus expectativas.
De repente, la pantalla de la televisión se encendió, y Claudius Templesmith apareció en pantalla, solo para presentar el vídeo.
-      Queridos habitantes de Panem – comenzó, con voz chillona – Nuestros tributos se han sometido a las pruebas frente a la meticulosa vista de los Vigilantes, que han evaluado su destreza, sus habilidades, su ingenio. Las notas que ellos saquen en esta prueba son un gran aliciente para que los patrocinadores comiencen a apostar. Así que, sin más dilación, procedamos con las puntuaciones.
El estómago de Annie se subió a su garganta. Sentía los nervios a flor de piel, los poros supurando tensión. ‘Que no sea mala nota, que no sea mala nota’.
A continuación, salió la foto del chico del distrito 1. Alto, fuerte, con enormes brazos y hombros musculosos. De piel morena y penetrantes ojos oscuros. Un diez.
Annie se quedó muda. Un diez. ¿Cómo haría para superar algo tan increíble como un diez? Apenas prestó atención a la chica, que sacó una nota similar, aunque mucho más baja. También el dos, en el que el chico rubio y guapo consiguió un nueve. El distrito 3 pasó sin mucho entusiasmo, una nota un tanto mediocre para ambos. Entonces, llegó el turno del cuatro. La imagen de Kit apareció en pantalla. Annie tenía que admitir que, en esa foto, Kit parecía mucho más fuerte, mucho más invencible de lo que era en realidad. El traje del entrenamiento se apretaba contra los músculos delgados, haciéndolos más grandes de lo que eran. Entonces, la puntuación apareció a su lado.
Un siete.
La sala estalló en aplausos. Un siete era una nota que superaba lo mediocre, pero no llegaba a ser algo extraordinario. Aún así, Finnick sabría trabajar con un siete, o eso era lo que Annie pensaba. Le devolvió la sonrisa a Kit y miró hacia la pantalla.
Annie Cresta. Se vio a sí misma, pequeña, seria, con la piel pálida y el pelo suelto, ondulado a ambos lados de la cara. Annie escondió la cabeza entre mechones de su pelo, pero no pudo evitar captar por el rabillo del ojo cómo Finnick no apartaba la vista de ella. De repente, toda la habitación estalló de nuevo en aplausos. Annie alzó la cabeza y vio un ocho perfectamente definido junto a su cuerpo. ¿Un ocho? No se lo podía creer. Finnick llegó hasta ella y la levantó del sofá para darle un abrazo sincero. Y Annie se dejó caer en él. ¡Un ocho!
-      Quizá les encantasen tus trucos con las sogas – susurró Finnick en su oreja.
Annie sonrió y se separó de él. Era una de las pocas personas a las que Annie podía mirar a los ojos sin sentirse intimidada. Puede que fuese su color, el color verde del mar en calma. La muchacha se dejó abrazar por Yaden, que gritaba acerca del traje que llevaría en la entrevista, y por Carrie, que le dio un abrazo maternal. Tanto Kit como Radis se mostraban recelosos, y, de hecho, el abrazo de Radis fue solo un contacto frío, más aún cuando susurró un ‘enhorabuena’ entre dientes. Annie pudo asegurar que no dejaba de echarle miradas reprobatorias a Finnick, que sonreía a la muchacha. Finalmente, fue Kit el que se acercó a ella, y los dos se quedaron helados.
-      Felicidades – sonrió Kit, tendiéndole la mano.
Annie notaba que era una sonrisa fingida, pero, aun así, le respondió con la misma sonrisa. No hubo otro contacto entre ellos. Antes de salir del comedor, lo único que Annie pudo percibir fue que Finnick Odair la seguía con la mirada, serio esta vez. Y Annie no se sentía incómoda, lo que resultaba extraño.
Esa noche, Annie se quedó despierta hasta la madrugada, sin poder conciliar el sueño. Se acercaban los Juegos, se acercaba la Arena. Había conseguido un ocho, pero, ¿hasta qué punto era bueno eso? Podía significar aliados en el estadio, pero ella se negaba a formar parte de la misma piña que el chico del distrito 1. Podría significar más patrocinadores, lo cual era bueno, pero, ¿servirían de algo si no conseguía salir de la Cornucopia? Podría significar un inmenso odio de los profesionales hacia ella, por haber superado, por ejemplo, a la chica del distrito 2 y haber sacado  la misma nota que la chica del 1. O podría significar… victoria. Annie no podía saberlo. Así que, cuando las sábanas de la cama empezaron a asfixiarla, salió al pasillo.
Su piso tenía, en el salón, una enorme pared llena de cristales que dejaban ver la gran ciudad del Capitolio. Todas y cada una de sus maravillas. Porque el Capitolio era bello, aunque era una belleza letal, porque Annie sabía que todos y cada uno de los habitantes de esa ciudad estaban enviándola a una muerte segura. Y eso la repugnaba.
Annie se sentó junto al ventanal, observando, perdida en sus pensamientos. Quedaba muy poco tiempo. Poco tiempo para estar viva.
-      ¿Annie?
Annie se giró para ver a un Finnick Odair adormilado, con una camiseta gris sin mangas y unos pantalones de pijama oscuros que colgaban de sus caderas de una manera provocativa. Sus pies desnudos estaban pegados al suelo, inmóviles. Igual que él.
-      No podía dormir – se excusó Annie.
-      Tampoco yo – Finnick se acercó a ella -. ¿Puedo sentarme?
La chica asintió. Finnick se sentó a su lado, cruzándose de piernas. Ninguno habló durante unos minutos, hasta que, finalmente, él rompió el silencio.
-      ¿Estás tranquila?
Annie miró al chico. Tenía el pelo cobrizo alborotado, con los mechones desperdigados, y aún así seguía pareciendo recién peinado para una entrevista.
-      Queda tan poco tiempo…
-      Lo sé, Annie – suspiró él -. Lo sé.
Annie se estremeció y se apretó más la fina chaqueta contra su piel.
-      Echas de menos tu casa, ¿verdad? – dijo entonces el chico.
Annie cerró los ojos y se permitió recordar. Su madre, con sus problemas de corazón, tan frágil ante los impulsos fuertes. Recordó cómo se había desmayado el día de la cosecha y se estremeció de miedo. Y se permitió pensar en su playa. En la seguridad de las cuevas, metidas dentro de los acantilados. En la espuma del mar, en el color verde del agua… Tan verde como los ojos de Finnick.
-      ¿La echas de menos tú? – contraatacó ella.
-      No queda mucho que echar de menos, en realidad – admitió él, con un suspiro -. Mi padre murió hace un par de años. Apenas piso mi casa. Estoy todo el día aquí. Y, aún así, el distrito 4 no ha dejado de ser mi hogar.
Annie volvió a acordarse de su madre enferma y su playa. Ese era su verdadero hogar. O, al menos, el lugar que ella sentía solo suyo.
-      También para mí lo es – susurró Annie -. Las playas… mi playa.
-      ¿Tu playa?
Finnick levantó las cejas, inquisitivo. Annie se quedó muda. ¿Por qué había dicho eso? ¡Nadie debía saber sobre su playa! ¡Era suya! ¡Solamente suya!
-      Olvídalo.
Pero, de repente, una sugerencia, una duda, incluso un temor, asaltó a su cabeza. Ella siempre había querido ser enterrada en su playa cuando falleciera. Si ella moría en la Arena sin decirle nada a nadie sobre ese detalle… ¿Dónde sería enterrada? ¿En el cementerio del distrito, allí donde todos iban a parar, tan lejos de su hogar? Entonces, algo le dijo que tenía que decírselo a alguien. Y ese alguien era Finnick Odair.
-      Hay una… playita – comenzó ella -. Justo detrás de la Aldea de los Vencedores. La entrada es una pequeña cueva. Tienes que andar hacia abajo unos minutos, pero esa playa… es mi hogar.
Annie intentó que esas palabras transmitieran algo como ‘es solo mía’, y lo consiguió, porque Finnick levantó las manos en señal de disculpa.
-      Entiendo… - murmuró él -. ¿Y nadie sabe de ella?
-      Sí, saben que existe, pero no saben cómo entrar. Por eso es especial. Porque solo yo sé cómo estar ahí.
 Finnick se rascó la nuca con el pulgar, mirándola con el ceño fruncido.
-      ¿Me llevarás algún día?
Annie sintió pánico al principio ante esa proposición. ¿Llevar a alguien más a su playa? ¡Era solo suya! Pero, entonces descubrió la promesa implícita que esa pregunta tenía: Finnick estaba asegurando que ella iba a volver a casa. Finnick iba a devolverla a su playa.
Annie, sorprendida de nuevo, negó con la cabeza.
-      No creo que vaya a volver a verla, Finnick.
-      Te prometí que os iba a ayudar a ganar – bufó él.
-      No puedes sacar a los dos – negó Annie, de nuevo.
-      Pero puedo conseguir que el distrito 4 tenga, al menos, un vencedor. Y lo tendrá, Annie. Lo tendrá.
Annie agachó la cabeza. ¿Sería ella quien regresaría de la Arena? Miró a Finnick, que tenía la mirada perdida en la calle, al otro lado del cristal. Que uno regresase, significaría que el otro debía morir.
-      Lo que significará dejar morir al otro – dijo Annie, en voz alta.
-      Perder al otro. No voy a dejaros morir a ninguno de los dos. Procuraré que seáis lo más favorecidos. Procuraré que tengáis patrocinadores. Procuraré que estéis alimentados, calientes si hace frío, sanos y armados. Intentaré manteneros provistos de lo que necesitéis. Y, al final, uno volverá.
-      Solo uno.
-      Sí, solo uno. No puedo hacer más.
Ahora, Finnick parecía enfadado de verdad. Annie sabía que, si Kit vivía, sería porque ella habría muerto en la Arena. Y no quería morir, obviamente. Pero le parecía egoísta que, al final, solo uno de los dos pudiera salir. Que, al final, Finnick solo lograse sacar a uno. Y, aunque, en su fuero interno, Annie prefiriese ser ella, empezaba a creer que Finnick iba a ser egoísta e iba a hacer todo lo posible porque ella sobreviviera. Lo que significaría dejar morir a Kit.
-      Me voy a la cama – concluyó Annie, levantándose rápidamente.
Finnick se levantó de un salto y se colocó junto a ella. Era alto, muy alto. Annie se tambaleó y se sujetó a su camiseta. Él se puso tenso.
-      Buenas noches, Annie – dijo, y se separó de ella sin mirarla.
‘Oh, genial’, pensó ella. ‘Ahora mi mentor me odia’.