sábado, 5 de enero de 2013

Memorias de Idhún. 'El reencuentro'.

¡Hola a todos! Hoy me siento especialmente feliz, quizá debido al avance de una canción de cierto grupo perfecto... Y como estoy tan increíblemente feliz, he querido haceros un regalo. Ña.
Una de mis trilogías favoritas es, sin duda, Memorias de Idhún. Algunos no la conoceréis, pero la recomiendo, al igual que cada uno de los libros de Laura Gallego. Creo que esta escritora debería ser mucho más valorada de lo que ya es, porque se lo merece. Cada libro que escribe es perfecto.
Y los que sí la hayáis leído, sabéis que es la trilogía perfecta. Las aventuras, el mundo que Laura ha creado, sus personajes, la complicada historia de amor... Una de las espinitas que me quedó clavada después de leer el epílogo de Panteón (ATENCIÓN, si no lo has leído, TODO LO QUE VIENE A CONTINUACIÓN ES SPOILER) fue el no saber la cara de Christian al conocer a Eva. Así que, os traigo aquí cómo yo lo imaginé. Espero que os guste, como siempre :)


Victoria sujetó al bebé contra su pecho y miró a Jack, emocionada. Éste seguía teniendo a Erik entre sus brazos, que aún estaba despierto. Victoria los miró a ambos con todo el cariño que podía y sonrió. Los dos le devolvieron la sonrisa.
-      ¿Preparada? – susurró Jack, agarrándola por la cintura.
Victoria enredó los dedos en la manta que envolvía a su hija y asintió. Los nervios atenazaban su estómago. ¿Cómo reaccionaría? ¿Cómo estaba, después de tanto tiempo? Jack se acercó y llamó a la puerta que tenía frente a él.
Supuso que pronto lo averiguaría.
De repente, la puerta se abrió.  El corazón de Victoria dio un vuelco en cuanto vio aparecer su pelo castaño detrás de la puerta, largo, con un flequillo cubriéndole los ojos. Él clavó en ella, solo en ella, sus dos gélidos ojos azules, igual de emocionado. La había sentido llegar a través de Shiskatchegg, el anillo que los unía y que los había unido siempre.
Christian apenas había cambiado. Seguía siendo tan esbelto como siempre, con el mismo largo pelo castaño y los mismos ojos azules como el hielo. Si había algo inusual en él, era su barba de pocos días, apenas un vello castaño que cubría su mentón. Victoria sonrió.
Christian atravesó la distancia que los separaba y alargó las manos hacia ella, hacia su cara, tocando sus mejillas con sus largos dedos, ese tacto que tanto habían echado los dos de menos. Los ojos de Christian brillaban.
-      Eres tú – susurró.
-      ¿Quién si no? – respondió Victoria, con una sonrisa.
Y Christian la besó.
En ese momento, todo encajó como las piezas de un puzzle. Estaban allí los tres, la Tríada, con sus hijos, juntos de nuevo, en un lugar seguro, un lugar donde todos podían crecer y recuperar la vida que les habían arrebatado.
Por su parte, Jack miró hacia otro lado, incómodo. Ese momento era solo de Victoria y de Christian, algo que ambos se merecían. Sabía que pertenecía a ese complicado triángulo, y que siempre lo haría, pero necesitaban estar juntos por una vez, después de tanto tiempo. Miró a su hijo.
-      ¿Papá? – murmuró el niño, frotándose los ojos.
-      Es Christian, Erik. ¿Te acuerdas de él?
-      ¿Kistán? – Erik sonrió -. Sí.
De repente, Christian se separó de Victoria y volvió a tocarle la cara, el pelo, los párpados. Solo entonces se dio cuenta de quién estaba entre ellos.
Victoria miró hacia la niña, con los ojos llenos de lágrimas. Los ojos azules de la pequeña inspeccionaban toda la escena, pero de repente se quedaron fijos en Christian. Y él se quedó mudo.
-      Es Eva, Christian – susurró Victoria, alzándola para que él pudiese verla mejor.
-      Es… ¿es mía?
La sonrisa de Victoria se hizo más amplia y sintió dos lágrimas de felicidad caer por sus mejillas. Christian miró fijamente a su hija, impresionado, con admiración, y alargó un dedo hacia la pequeña mano del bebé. Eva lo buscó con sus manitas llenas de hoyuelos y, cuando lo encontró, se lo llevó a la boca. Christian sonrió y sus ojos brillaron aún más.
-      Es fascinante – murmuró él.
Victoria no necesitó que él se lo dijera: podía leerlo en su rostro. Así que, cogió a la niña y se la pasó. Christian la sostuvo en brazos con delicadeza, como si fuese una pieza muy frágil de cristal, y la acunó, acariciándole la piel.
Jack se acercó a Victoria, dándole un beso en la cabeza. Erik sonreía, mirando a su hermana en brazos de Christian.
Eran una familia.
Christian levantó la cabeza y los miró, a los tres, sin que la sonrisa se borrase de su cara. Fue Jack el primero en hablar.
-      ¿Qué hay, serpiente?
El shek inclinó la cabeza.
-      Dragón.
-      Bueno, ¿nos vas a invitar a pasar o qué?
Victoria se congeló. Sabía lo importante que era para Christian, para todo shek en realidad, su usshak, ese lugar que era una guarida, un santuario. Sabía que Christian no dejaba entrar a todo el mundo en ese pequeño ático de Nueva York. Pero Christian simplemente asintió y los dejó pasar al interior.
Todo estaba exactamente como Victoria lo recordaba. Los muebles, la chimenea, las vistas desde el balcón. Incluso las carpetas encima de la mesa, donde Victoria sabía que Christian guardaba las canciones que le habían dado la fama como Chris Tara. Christian dejó a Eva en brazos de Victoria y desapareció por la puerta de su habitación. Cuando regresó, traía consigo una cuna pequeña, que se arrastraba por el suelo con ruedas.
-      Tenía que estar preparado – sonrió, mirando a Victoria.
-      Maldita serpiente – masculló Jack, sonriendo a su vez -, siempre anticipándose a todo.
Victoria le dio una leve caricia en el dorso de la mano y depositó a Eva en el interior de la cunita. Ambos padres miraron a la niña con adoración, agachados a su lado. Y Jack carraspeó.
-      Así que… Nueva York, ¿eh? ¿Te gustan los lujos, Christian?
El shek sonrió, mirándolo, y se levantó.
-      Las vistas son bonitas – afirmó.
Jack asintió. Sabía que los sheks sentían debilidad por las cosas bellas, lo había aprendido de Sheziss, el primer shek que había muerto defendiendo a un dragón.
Christian se acercó al pequeño Erik, que arrugó la nariz. Sin embargo, cuando Christian le revolvió cariñosamente el pelo, el niño sonrió. Jack observó a el shek y se dio cuenta de lo mucho que esos niños lo transformaban. Parecía otra persona. Más cálido.
Minutos después, sentados al sofá mientras Erik se entretenía con un DVD de dibujos animados, Christian sostenía a Eva sentada en su regazo, mientras establecía con ella un contacto mental. Sus poderes de shek eran muy débiles, debido al predominio de la esencia humana en ella, pero podía sondear la mente del shek. Quizá no fuese capaz de llegar hasta los lugares a los que Christian podía llegar, pero era bastante para un bebé de pocas semanas.
Sin embargo, Christian observó que la niña se desplazaba desorientada por su mente, avanzando y retrocediendo, y la hizo salir de ella. El rostro del bebé se relajó en cuanto él lo hizo.
Victoria, acurrucada a su lado, no podía dejar de mirar a Christian. Habían sido casi diez meses los que había estado sin él. Desde el momento en el que Eva había nacido, había deseado enseñársela a Christian, pero Shail había preferido esperar para crear un Portal seguro que los mandase a la Tierra. Sin embargo, la noticia de la hija del unicornio y el shek había corrido como la pólvora por Idhún, llegando hasta oídos de los Nuevos Dragones, que pronto se habían puesto en movimiento. Y ella, junto con Jack y sus dos hijos, habían huido de Idhún.
A casa.
De repente, Victoria sintió a Christian ponerse rígido. Lo miró y vio que tenía la nariz arrugada. Entonces, el shek la miró, dedicándole una media sonrisa.
-      Me parece que a Lune le pesa el pañal.
Jack soltó una risotada desde el sillón en el que se encontraba. Victoria se unió a la risa, y, detrás de ella, Erik. Christian se la dio, dándole un tierno besito al bebé en la nariz.
Jack observó a Victoria meterse en la habitación de Christian para cambiar a la niña y clavó sus ojos verdes en el shek.
-      ¿Qué te parece?
Christian sonrió.
-      Es única. Al igual que él – añadió, señalando a Erik -. Fascinantes.
-      Lo son – admitió Jack, asintiendo.
El shek miró al chico. Llevaba puesta aún la ropa de Idhún, con los pantalones de cuero y la camisa ancha, y, a pesar de que se le veía cómodo así, volvió a repetir la pregunta que le había hecho minutos antes.
-      ¿Seguro que no quieres ropa?
-      Sí, tranquilo.
Entonces, Jack se puso serio y se inclinó, para hablar con Christian. Él lo captó y se inclinó a su vez.
-      Oye – comenzó -. Sé que la has echado de menos. Quiero que sepas que Erik y yo podemos irnos a un hotel para dejaros a solas, no tienes por qué…
-      No.
La respuesta tajante de Christian sorprendió a Jack, que se inclinó más hacia adelante.
-      Christian, no estás obligado…
-      Recuerda, dragón, que soy tan padre suyo como tú lo eres – dijo él, señalando a Erik -. Sois mi familia. Os quedáis.
Jack cerró la boca y se dejó caer cansado en el sillón, respirando el aire terrícola. Habían hablado de eso en la anterior visita de Christian a Celestia, en Idhún. Y él había sido cortante con respecto a ese tema. Kareth es hijo de Victoria y, por tanto, es hijo mío. Me dan igual los genes que tenga. Yo soy su padre también. Jack sentía que debería sentirse enfadado, puesto que, al fin y al cabo, Christian se estaba autodeclarando padre de su hijo, de la sangre de su sangre. Sin embargo, no le molestaba en absoluto, porque él también sentía a Eva, la hija de sangre de Christian, como su propia hija. Eran una familia, con dos padres y una madre. Punto.
En ese momento, Victoria salió de la habitación, con Eva en brazos. Se colocó un dedo sobre los labios y ambos, incluso Erik, entendieron que la niña se había quedado dormida. Jack se levantó y cogió a Erik en brazos. El niño se frotó los ojos y bostezó.
-      Podéis dormir en mi cama – dijo Christian, levantándose a su vez -. Los tres.
Jack le miró, estupefacto, observando cómo el shek desplazaba la cuna hasta la habitación. ¿Qué pasaría por su cabeza? Pensaba que, después de casi diez meses, Christian desearía pasar la noche con Victoria. Sin embargo, les ofrecía su cama. A todos.
Era más de lo que esperaba por su parte.
Al pasar junto a Victoria, Christian la miró a los ojos y le acarició una de sus rosadas mejillas. Ella sonrió.
¿No quieres pasar la noche conmigo, Christian?, pensó, sabiendo que él la escucharía.
Por supuesto que quiero. Pero necesitáis descansar todos.
Y yo te necesito a ti, Christian.
Victoria depositó a Eva en la cuna, con mucho cuidado para no despertarla, y la arropó con una manta que Christian le tendió. Justo después, entró Jack en la habitación, con Erik dormido en brazos. Entre los tres, le quitaron al niño la ropa idhunita y lo metieron en la cama. Jack se metió inmediatamente con él, aunque sin arroparse.
Christian los despidió con un asentimiento de cabeza y salió de la habitación. Jack miró a Victoria, que aún estaba vestida con la ropa que Christian le había prestado. Aún llevaba los finos pantalones celestes, pero se había puesto una camiseta negra de Christian que le llegaba mas allá de las pantorrillas. Victoria se quitó los pantalones, dispuesta a meterse con Jack en la cama, pero él la cogió de la mano y la atrajo hacia sí.
-      Ve con él – dijo, sonriendo.
Victoria le devolvió la sonrisa y, cogiendo su cara entre sus manos, depositó un beso en sus labios. Como siempre, los besos de Jack eran puro fuego.
Cuando Victoria salió de la habitación, dejando la puerta cerrada tras ella, no vio a Christian hasta que se fijó en el balcón. Estaba de espaldas, con las finas manos apoyadas en la piedra. Victoria salió con él.
Por suerte, era verano en Nueva York, y hacía calor, así que no sintió frío en sus piernas desnudas. Se acercó a él y pasó sus manos por su cintura, apoyando la cabeza en la espalda del shek. Este acarició sus manos y se giró, sin romper el abrazo.
-      Te he echado de menos – susurró Victoria.
-      También yo, criatura.
Christian le apartó el pelo de la frente y la miró a los ojos, esos ojos grandes y castaños, llenos de luz y magia que siempre le habían fascinado. Una vez, mucho tiempo atrás, le había dicho que ella era luz para él.
Seguía pensándolo.
Victoria se colgó de su cuello, enredando los dedos en su pelo castaño, y, poniéndose de puntillas, lo besó.
Si los besos de Jack eran fuego, los de Christian eran pura dulzura. No sentía la frialdad que debería tener al ser un shek, no sentía el hielo que debería emanar. Con ella, él era mucho más humano de lo que le estaba permitido ser. Y eso era peligroso, pero, con los años, Christian había encontrado la manera de equilibrar sus dos esencias.
Fue él el primero en separarse de ella. Apoyó la frente en la suya, mezclando sus alientos, con las manos en su cintura. Había deseado tanto volver a estar así con ella…
-      Deberías dormir – susurró, rozando la piel desnuda de su cintura con los dedos.
-      Quiero estar contigo.
-      No, Victoria, quieres dormir.
-      Te quiero a ti, Christian.
El shek se separó y la miró con una media sonrisa.
-      Sabes que puedo dormirte.
-      En el fondo no quieres que me duerma.
Y volvió a besarlo, con más pasión, con más furia quizá. Y todo a su alrededor desapareció.
Ni siquiera se dio cuenta de cómo entraron en el ático. Sentir a Christian, todo él, era todo cuanto necesitaba saber en ese momento. Había echado tanto de menos su contacto que le dolía incluso, pero necesitaba besarlo. Y realmente sabía que podía estar toda su vida besando a Christian.
Una hora después, Christian miró a Victoria, dormida sobre el sofá, con el pelo revuelto y los labios hinchados. Recorrió la piel de su hombro desnudo con los dedos, su cintura, sus piernas. Estaba allí, por fin. Sacó una manta de un armario y se la echó por encima. Antes de alejarse de ella, depositó un beso en su frente.
Sigilosamente, como solo él era capaz de hacer, entró en su habitación y observó a Eva. Estaba despierta y le había sentido, porque lo buscaba con las manos. Christian la cogió en brazos y la sacó de allí.
Salieron de nuevo al balcón, con el ruido de la ciudad de Nueva York a sus pies. Realmente, no era un ruido molesto. Christian se sentó en el suelo, sentando a la niña frente a él, y la miró a los ojos, sin soltarla.
-      Hola, Eva – susurró.
El bebé alargó su bracito para tocarle la cara, pero cuando sintió la incipiente barba, la alejó. Christian soltó una pequeña carcajada.
-      Eres una criatura hermosa.
Christian apoyó a la niña sobre su pecho, sintiendo los latidos de su pequeño corazón junto al suyo. Y entonces, sin pensarlo, empezó a cantarle.
Había escrito esa canción hacía mucho tiempo, dirigida a Victoria. La mayor parte de las canciones que escribía eran para ella, aunque nunca le había cantado todas. Pero ésta en cuestión, le salió de la boca antes incluso de que pensase en la letra.
Esa canción, en cuestión, hablaba sobre la luz. Sobre la esperanza. Sobre algo único. Sobre algo realmente perfecto. Y Eva era todo aquello.
Christian no dejó de mirar a Eva mientras cantaba, y vio como la niña se dormía en sus brazos. Con el último verso, que decía textualmente ‘you make me feel complete, we are one person now’, Christian agachó la cabeza hasta la cabecita de la niña y apoyó la mejilla en su frente. Entonces, se dio cuenta de que alguien los observaba.
Jack.
Estaba apoyado en el marco de la puerta de cristal que daba al balcón, sin camiseta, cruzado de brazos.
Christian se irguió. Había estado tan concentrado en la niña, tan concentrado en la canción, que ni siquiera se había dado cuenta de la presencia del dragón. Y eso le preocupaba, porque él debía darse cuenta de esas cosas. Pero estaba demasiado feliz como para preocuparse.
-      Chris Tara – susurró el dragón.
Christina sonrió y se levantó, con la pequeña en brazos.
-      He de admitir que ese rollo tuyo de estrella del pop es extraño. Pero bueno, es bonita.
-      Gracias.
-      Dime una cosa, Christian – dijo Jack, pasándose una mano por el pelo revuelto -. ¿Realmente te agradamos Erik y yo aquí?
Christian clavó sus ojos en Jack, levantando una ceja.
-      Sois mi familia, Jack – concluyó -. Todos.
Jack le dio un apretón en el hombro antes de que el shek pasase por su lado. Entonces, cuando Christian ya estaba unos pasos detrás de él, lo escuchó de nuevo.
-      Aunque no estaría mal que te duchases un poco. Apestas, y no solo a dragón.
Jack sonrió, bajando la mirada hacia sus pies descalzos.
-      Maldita serpiente.
Al mismo tiempo, Christian entró en la habitación y dejó a Eva en su cuna. Entonces, observó a Erik. Era  hijo de Jack, no cabía duda de ello. Su pelo rubio, la misma nariz, la manera en la que arrugaba la frente cuando estaba preocupado, o las arrugas que le salían alrededor de los ojos cuando sonreía.
Sin embargo, él era su padre también. No de sangre, pero Erik era su hijo. Se acercó al niño y colocó una mano sobre su cabeza, apartándole los mechones rubios de la frente. Esperó a que se despertase, pero Erik ya se había acostumbrado al contacto de Christian. El shek sonrió. ¿Cómo un dragón había podido crear algo tan bello como la criatura que tenía ante sus ojos?
-      Condenado dragón – masculló, sonriendo.
Y dejó la habitación.
Se tumbó en el suelo, junto a Victoria. Sin embargo, percibía a través de Shiskatchegg que estaba despierta. Que llevaba unos minutos despierta.
Victoria.
¿Sí, Christian?
Te quiero.
La respuesta de Victoria no tardó en llegar. Él sabía que ella nunca había dejado de quererlo, pero no estaba mal escucharlo de vez en cuando.
También yo te quiero, Kirtash.
Con esa sencilla frase, Victoria estaba diciéndole algo más que un ‘te quiero’. Estaba diciéndole que lo quería fuese cual fuese su forma. Fuese humano o shek. ‘Te llamo Kirtash cuando te odio, te llamo Christian cuando te quiero’, recordó Christian. Esa frase, pronunciada tantos años atrás, ya no tenía sentido. Porque Victoria lo amaba, fuese Christian o Kirtash. Lo amaba en todas sus maneras.
La mano de la chica buscó en la penumbra la mano de Christian y, cuando la encontró, apretó sus dedos. Y Victoria volvió a quedarse dormida, agarrando la mano de Christian.
El shek cerró los ojos. No había más preocupaciones. No había más peligros, salvo ellos mismos. No había ninguna amenaza, ni más profecías que pudiesen separarlos. Estaban juntos. Jack, Victoria y él, incluso sus dos hijos.
Eran una familia. Y nunca dejarían de serlo.


viernes, 4 de enero de 2013

Capítulo 16. 'El anillo'.

Annie no había dormido nada esa noche. Por eso, cuando encontró un hueco entre dos palmeras, lo suficientemente escondido como para pasar desapercibida para alguien que no se detuviese a mirarla dos veces, se metió en él y se permitió dormir durante un par de horas.
Cuando despertó, él sol aún no estaba en lo alto del cielo, que tenía un color grisáceo, pero no el tipo de cielo nublado que indica que va a llover, sino un color mucho más claro. Annie se frotó los ojos con un puño, pero le dolía todo el cuerpo por la posición encogida durante la noche. Se levantó, con la mochila colgada al hombro, la navaja en el bolsillo de la chaqueta y con una sola idea en la cabeza: encontrar a Kit cuanto antes.
Annie caminó durante horas, con el sol constante sobre su cabeza. Bebía agua cada hora, intentando no gastarla toda, pero la sed y el hambre acuciaban a su estómago. Cuando, a las cuatro horas de estar andando sin rumbo, con los pies doloridos y llenos de ampollas, se sentó para beber, se dio cuenta asustada de que no quedaba nada de agua.
-      Mierda – masculló.
Quizá no debería buscar a Kit. Quizá debería mirar primero por ella, buscar agua y un refugio. Sin embargo, le había hecho una promesa a Finnick.
Entonces, de repente, sintió que se movía todo a su alrededor. Las palmeras temblaban, el suelo se agitaba como si alguien estuviese pisándolo con mucha fuerza y crujía. Annie cayó al suelo y la botella de agua salió volando lejos de ella, perdiéndose entre las palmeras. Annie se arrastró por el suelo, pero los temblores de la tierra golpeaban su cuerpo contra el suelo y las ramas caídas. Annie se agarró al tronco de una palmera y consiguió erguirse, rasgándose el estómago con una rama partida. Sintió la sangra fluir por su barriga, pero ni siquiera se detuvo para observar cómo de grave era la herida.
Corrió tan rápido como podía, sorteando palmeras y obstáculos en el suelo que aparecían casi sin darse cuenta. Pero era inevitable no tropezar estando sobre un suelo tan absolutamente inestable. La última vez que cayó al suelo, se encogió, sujetándose el vientre, y esperó a que todo pasara. ¿Qué clase de broma era esa? ¿Qué estaban haciendo los Vigilantes con la Arena? Parecía como si estuviesen en una bola de esas antiguas que la madre de Annie guardaba en casa y que sacaba en diciembre, cuando comenzaba a nevar, una bola que se agitaba para que cayesen copos blancos. Annie se sentía dentro de esa bola, siendo agitada por los Vigilantes solo para ‘ver qué pasaba’.
Y los odió por ello.
De repente, todo cesó. Annie palpó el suelo para asegurarse de que no había ni el más mínimo temblor y, cuando se aseguró de que todo estaba en calma, irguió la cabeza.
Ahí estaba de nuevo. El enorme muro se levantaba sobre ella, perdiéndose en el cielo rosado, imponente, anunciándoles que no había manera de salir de allí. Annie se levantó, sacudiéndose la tierra de las manos. ¿Cómo era posible? Había estado todo el día alejándose del muro, caminando siempre con él a sus espaldas. De nuevo, había acabado en él.
-      Esto es imposible – murmuró Annie.
Entonces, un dolor fugaz le atravesó el estomago y se llevó una mano a la zona. Cuando la retiró, observó una capa de sangre en sus dedos, no la suficiente como para preocuparse, pero bastante como para saber que no era solo un rasguño. Estaba segura de que no había dañado ningún órgano vital, pero le había perforado la piel.
Annie regresó cautelosa por el camino por el que había llegado, pero se desvió hacia las montañas, manteniendo el enorme muro a su lado izquierdo.
Después de una hora andando sin descanso, la sed comenzó a secarle la boca y los labios. No había más que intentar segregar saliva, pero cada vez había menos, y cada vez se sentía más cansada. ¿Dónde estaba aquel río que había visto el primer día, el que parecía brotar del mismo muro? Annie se limpió de nuevo la mano ensangrentada en la camiseta blanca, que colgaba de su cuerpo hecha jirones manchados de sangre y tierra. Aún no se había atrevido a mirar su herida, y cada vez la sentía arder más y más. Era una sensación extraña: le dolía como nunca le había dolido nada, pero tenía miedo de comprobar cómo era de grave y ver que no podía curarse.
Entonces, Annie lo vio.
Estaba a lo lejos, atravesando el cielo. Llevaba colgado un paquetito del tamaño de un puño, envuelto cuidadosamente con una caja de metal. E iba directo hacia ella.
Annie corrió hacia el paracaídas plateado y lo cazó antes de que llegase al suelo. Abrió la cajita y descubrió una masa transparente, con aspecto de crema. Y supo que era para la herida de su estómago. Sonrió. Por fin Finnick empezaba a darle ayuda.
-      Gracias – susurró, acariciando la tapa plateada.
Dejó escondido el paracaídas, para que a nadie se le ocurriese utilizar los finos hilos como soga para ahorcar o algo, y continuó andando, en busca del río y en busca de Kit.
Sabía que, si no encontraba pronto agua, corría el riesgo de morir deshidratada. Era una persona que necesitaba el agua para vivir, no solo para beber como el resto de personas. Necesitaba sentir el agua en su piel, era como una especie de medicina sanadora para ella.
Annie anduvo durante horas, manteniendo siempre el muro a su izquierda. Entonces, se adentró en un conjunto más denso de palmeras y perdió de vista el muro gris. El cielo comenzaba a oscurecer, así que Annie sacó la navaja del bolsillo de su chaqueta. Sabía que no era mucho, y que no sería nada frente a una espada o una lanza, pero si podía atravesar algo con ella, bastaría. Y de repente, lo oyó.
Era casi como una melodía. Annie se apoyó sobre el tronco de un árbol, con los ojos cerrados, y escuchó con atención. No cabía duda: estaba escuchando el fluir del río.
Con una sonrisa en los labios agrietados, Annie comenzó a correr sigilosamente hacia el sonido. A su paso, la tierra del terreno comenzaba a ser más fértil, más verde, y la jungla menos densa. Annie sabía que el agua no tenía olor (su madre, de pequeña, siempre le repetía lo mismo: Recuerda, Annie Cresta. El agua es incolora, inolora e insabora, aunque con la edad, Annie había descubierto que la mitad de las palabras de ese refrán eran inventadas por su madre), pero podía olerla y escuchar el murmullo del río.
Annie jamás se había sentido tan cómoda hasta que lo vio.
Se trataba de un gran río, ancho y caudaloso. El agua cristalina reflejaba el sol a punto de esconderse y la luna a punto de salir, al mismo tiempo, y era un espectáculo hermoso.
Es curioso, pensó Annie, cómo puede haber tanta belleza en un sitio tan sangriento.
De inmediato, sin poder evitarlo, pensó en Finnick. En su evidente belleza, en sus ojos verdes como el mar en calma, en su pelo cobrizo que siempre parecía estar perfecto, en esa piel sin manchas ni cicatrices. Sin embargo, hasta él había sido un monstruo aquí dentro. Hasta él había masacrado, sin piedad. Belleza y sangre en un mismo plano.
Annie sacudió la cabeza y se lanzó al río, introduciéndose en las aguas y distorsionando la imagen, bebiendo en abundancia. Se frotó las manos llenas de su propia sangre y la tierra del suelo, y descubrió rasguños sin importancia. Tiró la sucia chaqueta amarilla a la orilla y se quitó la camiseta blanca manchada y rota. La lavó hasta que estuvo más o menos aceptable y la dejó secar al sol. Luego, bajó la mirada hacia su estómago.
Teniendo en cuenta la capa de sangre seca que cubría su abdomen y la herida desigual del largo de una mano que se situaba sobre el ombligo, Annie apenas sintió nada. Ni siquiera dolor. Su madre ya lo había dicho una vez: Annie, si una herida permanece latente durante mucho tiempo, al final, el dolor se acaba olvidando. Y no podía tener más razón.
Annie se echó agua fría sobre la herida, limpiando la sangre, que parecía haberse pegado a su piel como un potente pegamento. Cuando consideró que la herida ya estaba lo bastante limpia, Annie salió del agua y se aplicó la crema sobre ella. Al principio no sintió nada hasta que, segundos más tarde, un picor empezó a rodear la zona. Annie sonrió, porque eso era señal de que la herida estaba curándose.
Además, Finnick jamás le daría algo sin estar seguro de que funcionaría.
Annie esperó a que los poros de su piel absorbieran la crema y se colocó la camiseta, ya seca. Empezaba a refrescar, y el cielo era cada vez más oscuro, así que se puso la chaqueta amarilla y, tras beber algunos sorbos de agua, se tumbó entre dos palmeras que la ocultaban, intentando dormir.
De repente, en el cielo resonó el himno del Capitolio, y apareció la imagen de la chica del distrito 3, la chica de la melena pelirroja. Annie no había oído el cañonazo, así que supuso que habría muerto durante el terremoto. El himno dejó de sonar y todo volvió a quedarse en silencio.
Y con ese silencio, Annie se quedó dormida.
Despertó con las primeras luces del alba. La superficie del río estaba absolutamente plana, reflejando el color rosado del cielo. Annie observó el terreno durante unos minutos, con la navaja en la mano, tratando de atisbar el más mínimo movimiento, pero no vio nada, así que, sin soltar su arma, se dirigió hacia el río y se lavó la cara. Estaba dispuesta a echarse de nuevo la crema en la herida cuando escuchó un sonido: una bota rompiendo una rama.
Bien podía haber sido un animal, pero ella no se detuvo a averiguarlo. Cogió del suelo su mochila y echó a correr. Atravesó de nuevo las palmeras, dejando el río y el muro atrás. A lo lejos, se escuchó un cañón, y aceleró su carrera. Miró a su espalda, pero nadie la perseguía. Se detuvo a coger aire.
Entonces, alguien saltó sobre ella, lanzándola al suelo. No vio quién la atacaba, solo buscaba su estómago para clavarle la navaja, pero ya no la sostenía. Se maldijo a sí misma y golpeó a su atacante con la rodilla en el pecho. Éste se apartó. Annie aprovechó para salir bajo su cuerpo y buscar un arma, una salida, lo que fuese. Encontró una rama partida, con un extremo bien afilado, y se giró con ella en la mano, dispuesta a clavarla donde fuese. Su oponente se levantó del suelo, llevándose la mano al pecho ensangrentado. Entonces alzó la vista.
Kit.
Un torrente de alegría inundó a Annie de la cabeza a los pies y a las puntas de los dedos, y tuvo que reprimir el impulso de correr a abrazarlo. Era tan extraño encontrar en ese mundo desconocido a alguien de casa…
-      ¡Annie! – gritó el muchacho, con la misma cara de sorpresa -. Annie, vamos, hay que regresar al río.
Annie se fijó en él. Tenía profundas ojeras, la piel pálida y sangre fresca en el mentón y el cuello, pero no era suya. Se le había roto la cremallera de la chaqueta y la camiseta blanca estaba desgarrada, mostrando su pecho sucio y lleno de gotas de sangre. No parecía tener ninguna herida grave.
-      ¿Estás bien? – preguntó Annie, para asegurarse.
-      Eso no importa. Al río. No tardarán en llegar.
Kit cogió a Annie por el codo y la arrastró hasta adentrarla en la ‘zona densa de las palmeras’.
-      ¿Quiénes? – preguntó Annie, aunque creía saber la respuesta.
-      Los profesionales.
Aumentaron la velocidad hasta llegar al río. Entonces, allí, pudieron oír ambos, por encima del sonido del río, un griterío de personas que se acercaba.
-      ¡Ha matado a Slimt! ¡No puede estar muy lejos! – gritaba una voz.
Annie se estremeció. Parecía el chico del distrito 1, el que se había presentado voluntario. Miró a Kit, desesperada.
-      Annie – susurró él, mirándola -. ¿Cuánto puedes aguantar bajo el agua?
-      No lo sé, bastante. ¿Por qué?
Kit la miró, pasándose una mano por el pelo.
-      Quiero que te sumerjas en el río, despacio, cuanto más profundo mejor, y no salgas hasta que yo te saque. ¿Vale?
Quería ahogarla. Eso fue lo primero que se pasó por la cabeza de Annie. Sin embargo, decidió confiar en Kit. Él no se atrevería a traicionarla así, ¿verdad?
Annie miró a su compañero, que estaba tan serio y calmado que casi parecía que quisiera ahogarla de verdad. Él asintió, y ella se introdujo en el agua. Cuando las voces de los profesionales se acercaron más, sumergió la cabeza.
No abrió los ojos. Simplemente se agarró a una roca incrustada en el fondo y no pensó en nada. Siempre encontraba paz cuando hacía eso. El agua era su casa. Su verdadera casa, y, por un momento, se olvidó de la Arena, de Los Juegos del Hambre, de los profesionales y de Kit. Solo existían el agua y ella.
Minutos, horas, quizás años después, una mano agarró el hombro de su chaqueta y tiró de ella hacia arriba. Cuando, ya en la superficie, en tierra firme, abrió los ojos, allí solo estaba Kit, con la sangre húmeda de nuevo chorreándole junto con el agua por todo el cuerpo.
-      ¿Cómo has hecho eso? – preguntó, boquiabierto.
-      ¿El qué?
-      Has estado siete minutos enteros ahí abajo. ¿Eres consciente de que eso es… inhumano?
Annie sonrió. Jamás moriría ahogada, de eso estaba segura. El agua era su hogar.
-      Bueno, ¿tienes algo para comer? – gruñó Kit, quitándole la empapada mochila de los hombros.
Comieron poco, respetando la poca reserva que tenían. Kit le contó las muertes de sus víctimas. Llevaba dos, pero eso ya era demasiado.
-      ¿Y tú? – preguntó Kit, agitándose el pelo mojado.
Y Annie relató, con todo el detalle que pudo, cómo habían sido sus dos días en la Arena. Entonces percibió que Kit la miraba, con las cejas levantadas.
-      ¿Qué?
-      No te has dado cuenta, ¿verdad? – preguntó él.
-      ¿De qué?
-      De qué es la Arena.
Annie miró a su alrededor. El muro, las montañas, la jungla… Además de una cárcel, no sabía qué otra cosa podía ser.
-      Piénsalo – continuó Kit, acercándose a ella -. Tomes el camino que tomes, siempre regresas al muro. Nunca puedes llegar a las montañas.
Annie miró hacia las montañas, que habían sido la meta de su itinerario desde el principio. ¿Por qué nunca podía llegar hasta allí?
-      La Arena es un anillo – concluyó Kit.
Annie le miró, estupefacta. ¿Un anillo?
-      Estamos constantemente girando. Tomemos el camino que tomemos, siempre nos adentramos en una zona de palmeras densas que nos impiden ver, y siempre acabamos en el muro. Las palmeras forman un anillo a nuestro alrededor, Annie, y solo nos conducen al muro.
Annie apartó la mirada de su compañero. ¿Por qué querrían los Vigilantes dirigirlos constantemente al muro? ¿Qué había allí? Seguro que era un plan sádico, pero, ¿cuál? Annie ya había ido a parar dos veces allí y no había encontrado a nadie.
O quizá, lo que los Vigilantes querían no era que los tributos se enfrentasen entre ellos, sino tenerlos encerrados dentro de su anillo.
Quizá los terremotos solo ocurriesen allí dentro.
Annie miró a Kit. Se había quedado dormido, escondido entre dos palmeras. Y, aunque apenas sabía si podía llamarlo así, Annie supo que no estaba sola: tenía un amigo.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Divergente. 'Bienvenida a Osadía'.

¡Hola! Bueno, bueno, antes de nada, ¡feliz Navidad! Espero que estéis pasando las mejores Navidades del mundo. Hoy es 31 de diciembre, y, como os adoro muchito, pues voy a subir la última entrada del año. Esta entrada en especial se la quiero dedicar a @_LaLa_Sa y a @aluapfdez, porque son geniales. Ale, ahí tenéis mi regalo de Navidad para vosotras :)
Bueno, qué decir. Amo a Cuatro, a Tobias Eaton o como quiera llamarse. Es perfecto, y creo que todo el mundo que haya leído Divergente puede decir que digo la verdad. Así que he querido dedicarle el último fic del 2012. Alguna curiosidad... es que he tenido que cambiar los nombres de las facciones, porque yo me lo leí como Intrepidez, Sabiduría... Pero bueno, creo que no más. Aquí os lo dejo.
PD: Os deseo a todos una feliz Nochevieja y un mejor comienzo de Año Nuevo. No os atragantéis con las uvas. Espero que el 2013 nos traiga grandes cosas como, no sé, todas las películas perfectas que se van a estrenar, los libros perfectos que van a sacar y los nuevos discos que van a salir... Y, sobre todo, espero que se hagan grandes nuevos inventos como, no sé, una máquina para sacar personajes de los libros. Ale.
Que eso, preciosos. ¡Feliz 2013! Os quiero <4


Demasiado alto. Siempre demasiado alto.
Alargo el cuello para ver a qué altura me encuentro, pero una conocida sensación asciende por mi estómago. Primero llegará la incomodidad en el estómago. Luego los sudores fríos y después el temblor.
Es siempre el mismo edificio. Estoy en un techo, con los pies colocados al borde y, debajo de ellos, los metros suficientes para asustarme hasta que me fallen las piernas. ‘Voy a caer’.
Intento controlar los latidos de mi corazón respirando tranquilamente, pero no soy capaz. Veo, debajo de mí, el suelo, demasiado lejos, y sé que si caigo, no habrá ninguna red para agarrarme como en el recinto de Osadía. No hay salvación.
‘Vamos, Eaton’.
Es mi simulación, puedo controlarla. Me siento en el borde del edificio, con las manos sobre el techo, agarrado hasta que mis nudillos se ponen blancos. He pasado por esto otras veces, sé que tengo que hacer. Cierro los ojos e inspiro.
Lo primero que percibo es un aroma conocido, como el carbón. Siempre es ese mismo olor, y me ayuda a concentrarme. Inspirar. Carbón. Espirar. Inspirar. Carbón. Espirar. De repente, el olor desaparece y abro los ojos. Debajo de mí, ahora, está el suelo, y yo estoy sobre él.
Oigo el crujido familiar y sé que lo que va a pasar a continuación. Tanto las paredes como el techo comienzan a cerrarse en torno a mí, agobiándome, y el aire se vuelve más pesado. No solo más pesado. Es como líquido. Me ahogo.
La ansiedad empieza a extenderse por mi pecho, asfixiándome. Apoyo las palmas en las paredes a mi alrededor, haciendo fuerza. Tengo que salir de aquí. A pesar de mis esfuerzos, las paredes continúan cerrándose, aprisionándome, hasta que se quedan fijas dejándome muy poco espacio. No puedo respirar. Noto el sudor deslizándose por mi nuca y mis sienes, y la tela de la ropa se pega a mi piel como si tuviese pegamento. Empiezo a temblar y grito.
-      ¡Ayuda! – chillo.
Intento controlarme, pero empiezo a distinguir en las paredes formas que no quiero recordar. Formas que me aterran. Levanto la cabeza, pero ya no veo el techo, sino túnicas grises que me aprisionan. Necesito salir de aquí. Si no, algo malo va a pasarme. Alguien. Empujo una de las paredes, que hace un ligero  clic, pero no se mueve. Cada vez me ahogo más, y se me nubla la vista. Sin embargo, el miedo a que ese alguien me encuentre es aún peor que el miedo a quedarme encerrado y que pueda hacerme daño. Empujo un poco más y comprendo que no podré salir hasta que me relaje. Me concentro en el olor a carbón de nuevo, imaginándomelo. Inspirar, carbón, espirar.
Cada vez es un olor diferente. Carbón. Arena. Sangre, incluso. Ya no sé si me los imagino o realmente existen en mis Paisajes del Miedo. Pero, hoy por hoy, es lo único a lo que puedo agarrarme cuando necesito salir de algo. De repente, las paredes se abren y caigo al suelo, de espaldas, estirándome todo lo que puedo. Aire. Eso es lo que necesitaba.
Sé cuál es mi siguiente miedo, pero no es el que más me aterra. Me levanto y veo a la misma mujer de siempre. No me fijo en su cara, ya no, solo porque sé que no es real. Si tuviese que hacer esto con alguien en la vida real, su rostro se me quedaría muy grabado. Pero ella no es real, no lo es.
Agarro una pistola que se materializa en mi mano de repente y disparo, sin mirar. Ni siquiera me detengo para observar si la mujer ha caído al suelo o no, porque la visión cambia.
Todos los poros de mi piel queman. ¿Terror? Diría que es mucho más que eso. La camiseta se pega aún más a mi piel, ardiendo, como un hierro candente. Entonces lo veo.
Está justo delante de mí, vestido de gris. Ni siquiera tengo valor para mirarlo a la cara, así como está. Solo puedo fijarme en sus manos, en las que lleva un largo cinturón. Lo reconozco, porque fue el mismo durante dieciséis años. No cambió. Era como una especie de ritual.
-      Tobias – susurra, desenrollando el cinturón.
Inclino la cabeza para mirarme los pies. No sé qué hacer, nunca lo he sabido en este miedo. Y el hecho de que haya sido real, de que me haya pasado, hace que me dé más pánico aún.
-      ¿Qué has hecho, Tobias?
Me alejo de él. Es lo único que sé hacer. Huir, siempre huir de él. Por eso estoy en Osadía, donde él no puede alcanzarme. Y, aun así, lo hace, cada vez que estoy en mi Paisaje del Miedo. Y lo hará durante mucho tiempo. Tal vez nunca pueda huir de él.
-      Nada – contesto, dando otro paso atrás.
No me gusta sentirme vulnerable. Dominado. Me irrita y me hace sentirme débil. Él avanza un poco más, haciendo restallar el cinturón en el suelo. Retrocedo. Justo cuando empiezo a pensar que este pasillo es demasiado largo, mis dedos rozan contra una pared y sé que estoy perdido. Ya me ha alcanzado.
-      Es por tu bien, Tobias – dice, pero solo tengo ojos para el cinturón -. Para que aprendas.
El primer latigazo me pilla desprevenido, justo en la muñeca. Duele. Arde. El segundo latigazo me tira al suelo. Lo único que puedo hacer es acurrucarme en el suelo, cubriéndome la cara con los brazos. Aun así, él encuentra huecos para que el cuero del cinturón me alcance la mejilla y me ciegue. ‘Déjame, por favor, déjame’.
No sé el tiempo que estoy así tirado, puede que horas, incluso años. Dolor es todo lo que soy, y jirones de piel ardiente. Siento la sangre golpear bajo cada marca de cinturón que hay en mi cuerpo, y sollozos son lo único que soy capaz de pronunciar. Jamás podré salir de aquí. Entonces, todo para y solo siento el suelo frío bajo mi mejilla, aunque sigo ardiendo.
Intento levantarme con cuidado, pero me siento tan cansado como si hubiese intentado sujetar un edificio desde los cimientos. Me quedo tumbado durante unos minutos hasta que encuentro la fuerza necesaria para sentarme en el suelo, con la cabeza apoyada en la pared.
Siempre es lo mismo. Supongo que es una conducta un poco masoquista, pero no puedo evitarlo. Siempre que entro en mi Paisaje del Miedo, espero haber perdido alguno de los miedos, pero siempre son los mismos desde que estoy en Osadía. Debería alegrarme de que sean solo Cuatro, eso es algo absolutamente fuera de lo normal, pero por alguna razón eso me resulta frustrante. Y no poder superarlos, aún más.
Me miro las muñecas, sabiendo que no encontraré nada en ellas. Ni piel rojiza ni marcas, pero siguen escociendo como si las hubiese sumergido en ácido. ‘Maldita sea, Tobias, levántate’.
Cuando salgo de la habitación, echando un último vistazo, Lauren me está esperando.
-      ¿Se puede saber qué haces, Cuatro? – dice, jugando con uno de los aros de su ceja -. ¿Te recuerdo lo que nos dijo Eric?
-      Pensaba que había gente aquí – admití.
-      Mentiroso.
Pero no me pide explicaciones. Nunca las tengo que dar, porque, por lo general, la gente me respeta. Es curioso, porque no dejo de ser un transferido de Abnegación, pero incluso los mayores suelen respetarme. Creo que mis miedos tienen que ver bastante con eso.
Sigo a Lauren a través del reciento de Osadía.
-      Eric está especialmente insoportable hoy – dice Lauren, rascándose la nuca -. Parece que le han… ¿Por qué estás sudado?
-      ¿Qué le pasa a Eric? – suspiro, resignado.
-      Das asco, Cuatro. Deberías ducharte.
-      Ahora, de camino – sonrío -. ¿Qué dices de Eric?
Lauren se roza el tatuaje de la muñeca con la uña, bajo la cual tiene restos de tierra.
-      Es terrible. Ha aparecido en el comedor, dando voces. ¿Desde cuándo le importa lo limpio que esté? Está histérico.
-      Es por las pruebas de hoy.
-      Bueno, pero ¿y qué? Quiero decir, si los iniciados van a ser Osadía, que se acostumbren.
Sonrío. Aquí siempre es así. No se preocupan por el estado de las cosas, lo único que quieren es divertirse. En realidad, no tienen ninguna norma. Todo está permitido.
-      Bueno, ¿y a tú qué? – continúa Lauren -. ¿Piensas ducharte?
Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que hemos llegado a mi habitación. Observo a Lauren, con las cejas levantadas.
-      ¿Te vas a quedar aquí como un soldado para esperar mientras me ducho? – pregunto, con una sonrisa.
-      Sí, por si se te ocurre volver a sudar en soledad. Date prisa.
Me meto en mi habitación, quitándome la camiseta mientras me dirijo hasta el baño. Hoy es un día importante para todas las Facciones. Tampoco es que Osadía sea la Facción más recurrida, y los chicos de dieciséis años suelen quedarse en sus Facciones correspondientes, porque temen a lo desconocido, pero siempre hay algunos que quieren escapar de su rutina, ser algo diferente. Y luego están los que, como yo, quieren escapar de su familia.
Bajo el agua caliente de la ducha pienso en mi propio caso. Escapé de una familia destrozada y de un padre que se había propuesto destrozarme a mí. No queda mucho más que decir. Bien podría estar tanto en Cordialidad como en Erudición, incluso en Verdad, pero elegí Osadía. ¿Por qué? Quizá porque los veía fuertes. O quizá porque necesitaba saber defenderme. En cualquier caso, llegué asustado.
Me pregunto cómo serán los Iniciados. Si serán como los del año pasado, todos tan sumamente asustados que era imposible sacar a alguien Osado de ahí dentro. Supongo que me volverá a tocar ser el instructor del grupo inútil, el de los transferidos. Genial.
Salgo de la ducha secándome el pelo con la toalla.
-      ¡Cuatro, maldita sea, date prisa!
Casi puedo sentir la impaciencia de Lauren al otro lado de la pared. No tengo muchos amigos en Osadía, porque no soy de relacionarme con las personas, pero aquí siempre se tiene afinidad con casi todos, porque les da igual quién seas, solo quieren divertirse. Y así conocí a Lauren, así que podría decirse que es una de las pocas personas que aprecio.
Me pongo la primera ropa que saco del armario, porque aquí eso da igual. Todo es negro, así que ¿qué más da lo que te pongas? Es un uniforme, al fin y al cabo. Mientras vayas de negro, vas bien vestido.
Cuando salgo de la habitación, veo a Lauren sacándose la tierra de las uñas.
-      ¿Ya? – dice, sin mirarme.
-      Sí, vamos.
Caminamos hasta llegar al lugar donde nos encontrarán los Iniciados, una enorme red en la que tenemos que atraparlos. Es algo divertido, ver sus caras de miedo, después de haber saltado un enorme edificio. ¿Hace falta que diga lo aterrado que estuve yo mismo? Pues eso.
-      Ya tienen que estar al caer – añade Lauren, colocándose cerca de la red.
-      Nunca mejor dicho.
De repente, distingo un cuerpo cayendo en picado hacia nosotros. Me preparo para recogerla. Veo su pelo rubio ondear alrededor de su cabeza. Es una chica, delgaducha y escuálida al parecer. Entonces, de repente, cuando solo quedan unos metros para que caiga sobre la red, veo su ropa gris.
Es de Abnegación.
Cae sobre la red, rebotando, y tanto Lauren como yo tendemos las manos hacia ella. Sus dedos delgados se agarran a los míos y tira de mí para incorporarse. La sujeto.
Es pequeña, casi como una niña de no más de trece años. Tiene el pelo rubio alborotado, y los ojos azules fijos en todo a la vez, inquietos. Es guapa. Se pone en pie y la suelto, dándole espacio para recuperarse.
-      Gracias – me dice.
-      No lo puedo creer – dice Lauren, sonriendo -. ¿Una Estirada fue la primera en saltar? Nunca lo había visto.
Una Estirada muy valiente, por lo que veo. Una Estirada que no pertenece a Abnegación, pues es mucho más que eso.
-      Hay una razón por la cual los dejó, Lauren – digo, mirando a la chica -. ¿Cuál es tu nombre?
-      Um…
Duda. Definitivamente, ella no es Abnegación. Ni siquiera su nombre le parece bueno para estar en Osadía, y eso ya quiere decir que es lo suficientemente osada como para ser quien quiera ser.
-      Piénsalo – digo, sonriendo para darle ánimos -. Puedes escoger uno de nuevo.
Ser una persona diferente, como yo lo soy.
-      Tris – dice, segura.
Tris. La miro con detalle. Es curioso que una abnegada haya sido la primera en saltar. ¿Por qué habrá huido de Abnegación? ¿A qué familia pertenecerá? No sé por qué, pero el hecho de que venga de la misma Facción que yo hace que me sienta conectado a ella y a su historia.
-      Tris – repite Lauren, colocando una mano en mi espalda -. Haz el anuncio, Cuatro.
Me giro y veo a la multitud de osados que esperan en silencio.
-      ¡La primera en saltar, Tris!
Todos los osados levantan sus puños, aclamándola. Dándole la bienvenida, aceptándola en la familia. Otra persona cae en la red y la ayudo a levantarse. Es una chica también, con la piel oscura y el pelo corto. Sonríe a Tris. Y, de algún modo, yo también lo hago.
Me dirijo hacia Tris, la abnegada, la estirada, la primera en saltar. Viene de casa, de nuestra casa. Los dos hemos huido. Somos… iguales. Pongo una mano en su espalda y la miro, desde arriba, aunque ella no se da cuenta.
-      Bienvenida a Osadía.