martes, 9 de abril de 2013

'Bring me to life'.

¡Buenísimos días, mis patos! ¿No estáis felices hoy? Ña, Paramore.
Bueno, lo prometido es deuda. Sé que es un poco tarde, pero llevo toda la tarde retocando esto. Hace unos meses escribí una historia corta, ridículamente corta, que no tiene más que esto. Me ha tomado mi tiempo decidir compartirla con vosotros, algo mío, algo inventado por mí y no un fic. Pero he decidido hacerlo.
Antes de nada, tenéis que saber que esto es solo eso, esto. No tiene un antes ni un después. La escribí hace muchisimo en un montón de hojas de papel y ahora las he puesto aquí, ordenadas, pero no hay nada más que esto (al menos por ahora, ña. Como dice Justin Bieber, 'never say never'). Empezó siendo un proyecto para un trabajo de Filosofía, hasta convertirse en una especie de historia de amor (?). Es muy importante para mí enseñaros esto, porque, como he dicho siempre, lo que escribo es una parte de mí, y, al igual que Clary en TMI, escribir (aunque en su caso sea dibujar), sea lo que sea, es para mí como un diario. Ña. Espero de verdad que os guste :)
PD: El título hace referencia a una canción de Evanescence (grupo que adoro, dicho sea de paso), que era la canción con la que empecé a escribir esto. Siento que sea tan largo, ña.

Hace unos años, tuve un sueño.
Había un bosque. Y una chica. Y nevaba.
Y, cuando desperté, me sentía aún dentro de ese bosque, con la nieve congelada bajo mis ropas, empapándome, helándome hasta el tuétano de los huesos, como si pudiera meterse bajo mi piel y extender un manto de frío. Podía oler el olor a árboles, escuchar a los pequeños animales que se atrevían a salir con el frío corretear, e incluso podía ver la luz del sol, arriba, sobre mi cabeza, sin calentar ni una milésima parte de mi cuerpo.
Pero el bosque había desaparecido, y la nieve, y los animales y el sol, incluso el sol. Y la chica.
La sensación ahora es la misma.
Si hay algo que me ha recordado ese sueño ha sido el sol. El sol sobre mi cabeza, cálido esta vez, como una caricia del propio fuego. Sé que es el sol, porque no hay nada en el mundo que pueda calentar como él. Tiene una calidez propia, al igual que las flores o el mar tienen su olor propio. Único. Abro los ojos, preparando las manos a modo de visera, pero, en cuanto separo un poco los párpados, descubro que todo está oscuro. ¿Cómo puede ser eso? ¿Sentir que es de noche y de día al mismo tiempo? Me levanto, escuchando cómo el peso de mi cuerpo parte las ramitas secas que hay bajo él, y miro a mi alrededor.
No lo reconozco al principio. Parece muerto y descuidado, más que la última vez, pero antes había un atisbo de vida en las hojas que se oponían al invierno o en los animales que buscaban sobrevivir al frío. Ahora ya no hay nada, solo yo.
El sol se ha apagado.
Y yo con él.
Camino despacio entre los troncos secos, a oscuras, con el sofocante calor del sol apagado sobre mi cuerpo. La tenue luz que ilumina el bosque de mi sueño me permite ver cuán muerto está todo, pero no me permite verme a mí misma. Ni siquiera cuando llego a un estanque, con el agua cristalina, y me inclino para beber, no hay ningún reflejo que me devuelva la mirada. Es como si yo no estuviese, pero estoy.
-      ¿Hola? – pregunto, removiendo el agua. Nadie responde -. ¿Hola?
Agito una vez más el agua y, entonces, como si del mismo estanque hubiese surgido una mano líquida, me siento arrastrar hacia abajo, cada vez más profundo, alejándome del calor del sol. El agua fría me hiela los pulmones, y siento que me ahogo. Me dejo llevar. Esto es otro sueño, no es más que otro sueño…
Chillo.
Y entonces, escucho el pitido. Palpitante, como un corazón. Me tapo los oídos a fin de amortiguarlo, pero parece nacer de mi propio cerebro. No hay nada que pueda calmarlo.
-      ¿Alex?
Me giro hacia la voz. No comprendo lo que ha dicho, no comprendo de dónde procede, pero la he oído con demasiada distancia, amortiguada por mis manos. Y demasiado clara. Si esto es real, ¿por qué una voz puede hablar con tanta claridad bajo el agua?
-      Alex.
Alguien se acerca y me quita las manos de los oídos. Después, cuando sus dedos rozan mi cuello, dejo de sentir el agua y el frío, y regresa la calidez.
-      ¿Qué haces aquí, Alex?
Busco su rostro con los ojos, pero no encuentro nada, solo los árboles. El sol sigue sin brillar, y su calor es cada vez más tenue.
-      ¿Qué le ha pasado al bosque? – pregunto.
La persona invisible me alza, porque siento cómo el suelo parece alejarse de mi cuerpo. Maldita sea, ¿qué está pasando?
-      Olvidaba cómo era al principio – susurra la voz.
Recuerdo esa voz. Es una voz dulce, cantarina, aunque ahora suene lúgubre, pero sigue siendo hermosa. De mujer. Fue a ella a quien vi en el bosque la primera vez, cuando todo estaba vivo, aunque rodeado de invierno.
¿Quién es Alex? ¿Seré yo? Intento recordar mi nombre, o si tengo uno, para variar, pero el primer recuerdo que tengo, además del sueño, es haber despertado. Más allá no hay nada.
-      Cierra los ojos – susurra la chica.
Hago lo que me pide y dejo de ver, incluso de sentir el sol. Me aterra haberme sumido en una oscuridad tan profunda y tan fría que acabe por consumir la poca calidez que me queda, pero confío en la chica.
-      Puedes abrirlos.
Y abrirlos es un mundo completamente nuevo. Puedo ver muros de piedra oscura, ventanas que dan la vista a un cielo azul con un resplandeciente sol brillante, y otras, por el contrario, que muestran el paisaje que acabo de llegar. El contraste entre ambos es tan desolador que casi tengo ganas de ponerme a llorar.
-      Alex, Alex, Alex… - susurra su voz a mi espalda -. ¿Qué haces aquí?
Me giro y por fin puedo verla. Lleva puesta una larga túnica blanca, y el pelo rubio peinado con la raya perfectamente al medio. Sus ojos azules se encuentran rodeados de pestañas tan oscuras que ni siquiera parecen suyas, y la boca, con dientes perfectos y labios gruesos, forma una mueca de disgusto. No es como yo la recuerdo, sonriendo entre los árboles y la nieve.
-      ¿Mi nombre es Alex? – pregunto.
La chica me mira de arriba abajo, apartándose el pelo de las sienes, y camina hacia mí con la delicadeza de una pluma, sin hacer ruido al rozar el suelo con los pies desnudos. Me coge por los hombros y me abraza.
-      Trata de recordar – susurra en mi oído -. No puedes estar aquí.
Cierro los ojos, apoyando la barbilla en su hombro, e intento lo que me pide.
Apenas he acabado de acomodarme a su forma cuando empiezan a asaltarme las imágenes. Veo a una niña jugar en un parque, con las dos trenzas oscuras ondeando al viento, y los ojos verdes mirando inquisitivos por doquier. Veo nombres, fechas y lugares que no reconozco, y que se borran de mi memoria al mismo tiempo que los veo. Y la veo a ella, delante de mí, con una muñeca entre las manos. ‘La tuya no está guapa. Tienes que cambiarle el vestido’, dice, con esa voz cantarina e infantil suya. Y la veo a ella correr por el mismo bosque, desesperada. Entonces, cae en el estanque, pero no hay nadie para sacarla de allí. Me separo de ella.
-      ¿Qué debo recordar, Emily?
-      ¿Me recuerdas a mí? – murmura ella, con lágrimas en los ojos.
Asiento. Recuerdo todo sobre ella. Cuándo la conocí. Cómo la conocí. Cómo se convirtió en mi mejor amiga, en mi hermana. En ese pacto de sangre que nos dejó a las dos una inmensa cicatriz en la palma de la mano. Pero recuerdo algo más, algo que mi cerebro se niega a hacerme recordar, y que me da miedo. Es algo aterrador.
-      ¿Qué pasa, Em? – digo, mirándola -. ¿Dónde estamos?
-      Tú… - comienza ella.
Entonces, consigo derribar la barrera que protege ese recuerdo y me dejo envolver por él.
Dolor. Eso es lo que es.
El dolor más profundo, o tal vez el más dañino. Inhumano. Como una bestia desgarrando desde dentro. Caigo de rodillas al suelo, observando en mi mente cómo Emily cae al suelo al mismo tiempo, en un charco de sangre y vómito, sufriendo espasmos tan horribles que me separo de ella, asustada, y corro.
La dejé sola. La dejé sola y ella murió sin mí.
-      ¿Qué pasó, Em? – pregunto. Ahora soy yo la que llora.
-      Tenía una enfermedad. Iba a morirme en cualquier momento.
No me lo contó. Éramos como hermanas y no me dijo que se iba a morir. Me entran ganas de pegarla. Está muerta.
-      ¿Estoy yo muerta también?
Emily me mira, abriendo sus ojos como platos. Me pone una mano en el pelo oscuro, acariciándome, y luego pasa un dedo por mi mentón.
-      No aún – susurra -. Y no deberías morir.
-      ¿Cómo que ‘no aún’? ¿Qué significa eso?
Emily me ayuda a levantarme y entonces las veo. Apenas son unas sombras luminosas que recorren sus hombros, pero me basta para saber que Emily tiene alas. Como un ángel.
-      Tienes que recordar, Alex – continúa Emily, llevándome hacia las ventanas que dan al lugar sin sol -. Solo así podrás volver.
¿Y si no quiero volver? ¿Y si quiero quedarme allí con ella? Emily me empuja al exterior y, de nuevo, estoy sola en la oscuridad.
Empiezo a andar, golpeándome con los troncos de los árboles muertos. Recordar. Sé mi nombre, sé quién es Emily, pero ¿qué tengo que recordar exactamente? Toco el tronco de un árbol y, de repente, viene hacia mí el primer recuerdo.

 Estoy en un parque. He comprado helado de chocolate para mí sola, ya que, desde que Em se fue, no he vuelto a salir con nadie. Me siento inmensamente sola. Como si ella se hubiese llevado todo lo que me quedaba. Como cucharadas de mi helado casi con desgana, apartada del sol veraniego. Odio el verano. Todo el calor, todo el bochorno… No entiendo cómo la gente puede amar eso.
-      Hola – dice alguien a mi lado -. ¿Está ocupado?
Me giro y veo a un chico. Es alto, atlético, a juzgar por la ropa deportiva, y está muy sudado, por lo que deduzco que viene de hacer ejercicio. Tampoco hay que ser muy lista para pillar eso. Tiene la piel blanquecina, tan pálida que me pregunto si no tendrá algún tipo de de enfermedad. Ni siquiera está moreno por el calor. Su pelo es dorado, pero un dorado más castaño que rubio, y cae largo hasta sus ojos, de un profundo color violeta. ¿Cómo pueden ser unos ojos violetas?
-      Eh… ¿está ocupado? – repite.
Niego con la cabeza, sonrojada, y me aparto para dejarle sitio.
-      Hace buen día, ¿verdad? – comenta, desatándose las deportivas.
-      Demasiado calor – gruño.
-      ¿No te gusta el verano?
-      No. Prefiero el infierno. Otoño en su defecto.
El chico suelta una carcajada a mi lado. Se limpia las manos en las calzonas deportivas y me tiende una.
-      Soy Brian – se presenta, con una sonrisa. Se le hace un hoyuelo en la barbilla al sonreír.
-      Alex – respondo. Hace tanto que no sonrío que se me ha olvidado cómo.

 En cuanto me separo del árbol, regreso a la realidad, pero todo ha cambiado. El bosque está más iluminado, y la luz es cada vez más naranja. El sol se está encendiendo. Toco otro árbol.

 -      Vaya, ¿cómo tú por aquí?
Me giro y ahí está Brian. No es casualidad, he estado persiguiéndolo por siglos hasta dar con él. Es extraño encontrármelo trabajando en una discoteca, vestido con ropa bastante formal, después de haberlo visto en calzonas y camiseta de deporte. Lleva el pelo perfectamente peinado, y una camisa negra abierta hacia la mitad del pecho. Desvío la mirada, incómoda. Probablemente haya sido un error venir. Igualmente, ¿por qué estoy aquí?
-      Eh, hola – continúa Brian -. ¿Siempre tienes esa manía de ausentarte?
Le devuelvo la mirada, roja como un tomate, para encontrarme con sus ojos violetas. A las luces parpadeantes de la discoteca, casi parecen lentillas multicolores.
-      Hola – respondo -. Ponme algo. Sin alcohol.
-      Marchando una Coca-cola entonces.

 Me separo del árbol. Brian. ¿Por qué recuerdo a Brian? ¿Por qué no recuerdo otra cosa de mi hogar, de mi familia, de otros amigos, que no sea él?

 Debería de haberme dado cuenta la primera vez que lo miré a los ojos de que no sería difícil confiar en Brian. Casi me río ante lo ingenua que fui. Ahora estamos aquí, sentados en el mismo banco en que nos conocimos, apenas un par de días antes. Él está borracho, yo estoy borracha, y las cosas empiezan a dar vueltas a mi alrededor. ¿Por qué todo se mueve?
-      Estate quieto – gruño, golpeándole el hombro.
-      Estoy quieto.
Brian está demasiado cerca. Tanto que casi podría contar sus pestañas, si estas no se estuvieran moviendo tanto. Sus ojos parecen oscuros a la luz de la noche, casi tanto como su camisa. Huele a alcohol, pero es dulce.
-      Alex – susurra él.
Siento su mano en mi cintura, agarrando con suavidad la tela de la blusa. De repente, me siento culpable. Le aparto de un empujón y salgo corriendo.
-      ¡Alex, espera!
Brian me alcanza al instante. Al fin y al cabo, él es un atleta, y yo corro haciendo eses. No es una carrera muy igualada, para ser justos.
-      Suéltame – mascullo, lanzándole un mordisco a la mano que me tiende.
-      ¿Qué pasa? Lo hemos pasado bien esta noche, ¿no?
Sin explicación aparente, me pongo a llorar.

 Cuando separo la mano del árbol, noto que estoy llorando, porque ahora sí sé por qué lo hacía. Lo habíamos pasado bien. Muy bien. Y la última vez que lo había pasado así fue con Em. Con Em. Sentirme de nuevo de esa manera era una especie de sensación de paz y traición al mismo tiempo. Como si solo estuviera obligada a pasármelo bien con Emily y, tras su muerte, no pudiese volver a disfrutar.
Me arrastro hacia otro árbol.
 
Brian está fuera, en el porche, apoyado contra un coche oscuro. No es portentoso ni caro, un coche normal. Casi lo prefiero. Le sonrío al verlo y él me devuelve la sonrisa, antes de darme un beso en la mejilla. Esto ya es como rutina.
Brian deja la puerta abierta para que pase y después se desplaza hacia su asiento. Ver cómo los músculos de sus brazos se tensan al coger el volante también es algo diario.
-      ¿A dónde hoy? – murmura.
Pienso a conciencia todos los días dónde quiero ir. La playa hoy estará abarrotada, es viernes, al igual que el parque, pero hay un lugar que estará más solo que ningún día.
Y así es como llegamos al mirador. Las vistas desde ahí arriba son increíbles. Salimos del coche y nos sentamos sobre el capó, con latas de Coca-cola en las rodillas.
-      Es precioso, Al – murmura Brian, entrecerrando los ojos.
El atardecer está a punto de caer, con el sol casi rozando el suelo. El cielo naranja parece pedir a gritos que lo fotografíen. Como acto reflejo, saco la cámara y comienzo a tomar fotos desde todos los ángulos. Brian está acostumbrado, así que se tumba sobre el capó y cierra los ojos. Es entonces cuando, sin darme cuenta, me percato de que he estado fotografiándolo a él.

 Me gustaba la fotografía. El cielo ahora mismo también es rojo brillante, con el sol iluminándose poco a poco. Me pregunto si me gustaría fotografiarlo.

 Brian conduce de camino a casa. Hemos estado en la playa que, ahora, a finales del verano, está casi vacía a última hora de la tarde.
-      Entonces, ¿qué ocurrirá cuando acabe el verano? – pregunta, con el ceño fruncido.
La pregunta me desconcierta.
-      ¿Qué ocurrirá?
-      O sea, lo estamos pasando bien y todo eso, pero… ¿será igual en invierno?
-      Brian, ¿qué…?
Brian frena el coche en seco y se gira para mirarme. Sus ojos violetas rezuman algo que no había visto nunca, algo que incluso parece extraño en él. Diría rabia, pero parece algo mucho mayor que la rabia, aunque no necesariamente malo.
-      No quiero… -  comienza. Cierra los ojos y golpea el volante con la palma de la mano -. Joder, no quiero que esto sea solo en verano, Al. Quiero el invierno, el otoño y cada estación del año.
Y me besa.

 Me toco los labios. Él me besó. ¿Lo amaba? ¿Lo amo? ¿Dónde está Brian ahora? ‘Por favor, que no esté muerto. O casi muerto’.

 -      Buenos días – susurra Brian contra mi oreja.
Me revuelvo entre las sábanas para golpearle en la cara con la almohada. Odio que me despierte. Brian me coge por la cintura y me aplasta la espalda contra el colchón colocando un brazo y una pierna sobre mí. Siento su nariz rozando mi mandíbula, hasta que su boca llega a mi oreja y me agarra el lóbulo con los dientes, con suavidad.
-      Te quiero – murmura.
Giro la cara hasta que puedo besarlo y le atraigo hacia mí, de nuevo. No podré acostumbrarme nunca a tenerlo en mi cama, tan cerca, piel con piel, como si fuésemos una sola persona. Somos una sola persona.
-      Yo también te quiero.

 Me sonrojo. Ni siquiera me doy cuenta de que el sol está brillando con más fuerza de lo que nunca lo ha hecho. No entiendo por qué recuerdo a Brian, o por qué su recuerdo hace resplandecer todo. Quizá eso era él. El sol que me sacó de la oscuridad en la que me sumí cuando Em se fue. La llamo a voces, pero ella no contesta. Estoy adentrándome en el bosque, cada vez más, perdiéndome. Alejándome de ella para encontrar a Brian.

 -      Solo digo que deberíamos dejar lo de Barcelona para otro fin de semana – mascullo.
Brian tiene los ojos fijos en la carretera, mientras me acaricia los nudillos con la mano que no tiene al volante.
-      Cariño, vas a amar Barcelona. Te lo prometo.
-      ¿Qué de interesante tiene? ¿No podemos ir a Londres? Está más cerca.
Brian me mira durante una milésima de segundo.
-      Hemos ido tres veces a Londres.
Arrugo la nariz en señal de protesta. No quiero viajar en avión, no me gusta. Lo odio. Pero antes ir de nuevo a Londres en tren, a esa ciudad inflamada de ruido, que volar en avión hasta el campo de los parientes españoles de Brian.
-      De verdad, no sé por qué te quejas tanto. Pensaba que te gustaba España.
-      No, lo leíste en mi diario, mentiroso.
-      Igualmente, pensaba que te gustaba.
-      Y me gusta. Es solo que no me apetece.
Brian devuelve la vista hacia mí un segundo. Ha cambiado después de este año, como es normal. Tiene el pelo más corto y, ahora que ha conseguido nuevo trabajo, parece mucho más un adulto.
-      Te prometo que…
Pero no llego a saber qué es, porque entonces, llega la luz, el golpe, y todo oscurece.

 El accidente. Ahora recuerdo el accidente. Y el dolor, casi tan cegador que el que me provocó perder a Em, aunque mi cuerpo realmente no lo sentía, porque estaba inconsciente. Pero yo ahora sí lo siento.
El pitido regresa a mis oídos. Veo una sala blanca, con doctores alrededor, y sangre. Se gritan órdenes, pero no alcanzo a saber qué dicen. Mi pecho se encoge bajo el dolor. ¿Dónde estará Brian? No está muerto, ¿verdad? Si estuviera muerto, o casi muerto, estaría aquí, conmigo. Él no puede estar muerto, él está bien.
Corro de vuelta hacia el lugar de piedra donde está Em, pero, por más que corro, no sé cuál es el camino. Es como si hubiese desaparecido. Llamo a Em desesperada, a Brian incluso, pero no hay nadie que pueda oírme. A mi alrededor, el bosque empieza a morir de nuevo.
‘Esto es lo que ocurre. El bosque muere cuando yo muero’. Siento los árboles caer a mi alrededor, y la perspectiva de quedarme aquí, para siempre, en un lugar sin calor, con un sol que no ilumina, me aterra. Quiero volver, vivir, estar con Brian.
‘Brian, dime que no estás muerto. Por favor, no estés muerto…’.
Corro aún más rápido, tanto como me permiten mis piernas, pero el bosque muere, y yo con él, o yo muero y él conmigo. Es difícil saber quién está atado a quién.
‘Quiero vivir, quiero vivir, quiero vivir’.
-      Vamos, vamos. Hay que reanimarla.
-      Ella está realmente herida, no podemos hacer milagros.
-      Podemos salvarla. Vamos, vamos.
Siento una opresión en el pecho, y vuelve a invadirme el dolor. Las voces hablan muy arriba, me invaden los oídos hasta reventármelos.
-      ¿Y el chico?
-      Fuera de peligro. Vamos, ayudadme.
Brian está bien. La sola idea me hace querer vivir con más fuerza.
Entonces veo a Em. Está sentada en lo alto de una torre, con las alas de ángel relucientes a su espalda.
-      ¡Em! – grito, casi sin aliento.
-      ¡Vete, Alex! – responde -. ¡No quieres estar aquí!
‘Ven conmigo’, quiero decirle. Pero alguien ha dicho que no podemos hacer milagros, y ella lleva mucho tiempo aquí. No puedo devolverla conmigo.
Entonces, la oscuridad me traga. No oigo, no siento, no veo. Solo escucho el pitido en mis oídos. Constante. Horrible. Largo.
Y, durante diez segundos, estoy muerta.
Pero entonces, algo bajo mi pecho aletea. Se mueve. Débil al principio, como un pajarillo recién nacido, pero se hace fuerte pronto. Empieza a volar.
Estoy viva.
Abro los ojos y veo la vida. 

 


sábado, 6 de abril de 2013

Capítulo 29. 'No duele'.

-         Tiene que estar por aquí.
Finnick rodeó otra de las casas por segunda vez. Annie había dicho que su playa estaba detrás de la Aldea de los Vencedores y que se entraba por una cueva, y solo había una parte de la Aldea que estuviese rodeada de rocas.
-         Finnick, no sabes dónde está.
Mags lo esperaba junto al porche de una de las casas. Habían estado buscando la entrada a la playa de Annie durante tres horas sin éxito, y Mags estaba cansada de buscar algo que, aparentemente, no podían encontrar.
Sin embargo, Finnick era obstinado.
-         Ella dijo que estaba aquí. Es cuestión de ver donde los demás no ven.
Mags se acercó a él y le puso una mano en el hombro.
-         Finn, ella recordará todo otra vez. Yo lo recordé.
Finnick se giró con brusquedad para encontrarse con la mirada de la anciana.
-         Ella no es como tú, Mags – respondió.
-         Bueno, probablemente sea más parecida a mí que a ti, así que…
Finnick volvió a darse la vuelta, dirigiéndose a las rocas. Sentía la piedra cálida y húmeda bajo la mano. Palpó toda la superficie dos veces, pero no encontró ningún saliente o agujero. Era condenadamente lisa.
-         Tienes que dejarla que recuerde por sí misma, Finn.
Finnick se apartó de la piedra, dando un fuerte manotazo. Mags se acercó de nuevo a él y le cogió la mano dolorida con el cariño de una madre. Finnick se apoyó contra la roca.
-         Sé que ella puede encontrarla – suspiró -. Sé que si la dejo por aquí, acabará por encontrarla. Pero…
-         … pero quieres traerla de vuelta. Lo sé.
Finnick se tocó el cuello con la otra mano. Mags tiró de él hasta sacarlo de esa zona de la Aldea, al mismo tiempo que le acariciaba la zona enrojecida de la mano.
-         No, no es eso – respondió Finnick -. Quiero que regrese, pero yo no puedo hacerla volver. No puedo… llegar hasta ella, ¿entiendes?
-         Entiendo – susurró Mags.
-         Yo no puedo, pero esa playa sí. Estoy seguro.
Mags continuó andando. Finnick no había hablado con ella acerca de lo que le había contado, no le había preguntado cómo se recuperó a sí misma después de la Arena, aunque se moría de ganas por hacerlo. Sabía que cualquier pista le conduciría hasta Annie. Sin embargo, Finnick sabía y había sabido siempre que Mags no hablaba nunca de sus juegos, ni de los años que habían pasado después. Tampoco hablaba de los niños que no había podido salvar, de los niños que había visto morir. Preguntarle sobre eso sería algo que ella odiaría. Si Mags quería contarle algo, ella tendría que decidirlo.
-         ¿Cuándo piensas contarle lo de su madre?
Finnick tragó saliva. Ni siquiera había pensado en ello. Annie ya estaba lo suficientemente rota. Decirle que su madre había muerto no sería más que otra grieta para hacerla añicos.
-         ¿Cuándo debería? – preguntó el chico, con la voz repentinamente ronca.
-         Yo ya se lo habría dicho – respondió Mags, sin mirarlo -. Mejor recibirlo todo de golpe que poco a poco.
Finnick apartó la mirada. Sabía que, tarde o temprano tendría que decírselo, pero el miedo a perder completamente lo poco que le quedaba de Annie era mayor al sentimiento de culpa. Sabía que, si le decía a Annie que era huérfana, no quedaría nada de ella que pudiese recuperar.
-         Pero si se lo digo, ella se perderá completamente.
-         ¿Se perderá a sí misma o la perderás tú?
Finnick frenó en seco. A veces se preguntaba si Mags podía leer las mentes, porque estaba claro que era capaz de ver más allá de las personas, como si fuesen libros abiertos.
-         Yo…
-         Eso es egoísta y lo sabes, Finnick Odair – reprochó la anciana.
A pesar de que él mismo sabía que Mags tenía razón, la acusación le puso furioso. Estaba intentando encontrar qué era lo mejor para Annie. Si se lo decía ahora, ella nunca volvería a estar bien, o medianamente bien. Se quedaría anclada en constantes recuerdos sobre lo malo que la rodeaba, regresarían las sombras y él ya no podría rescatarla. Y, si se lo decía más tarde, ella, aunque ya se hubiese recuperado, volvería al estado inicial, como si no hubiese avanzado nada. Hiciese lo que hiciese Finnick, el resultado siempre sería malo para ella.
-         Tú sabrás lo que haces, Finn – añadió la mujer.
Mags se soltó de su mano y se encaminó hacia su casa, situada enfrente de la de Finnick. En realidad, Finnick no añoraba su casa, la cual no había pisado desde que se encaminó al Capitolio como mentor de Annie y Kit, sino su hogar. Recordaba el lugar en el que había vivido de niño, pescando, y deseaba volver, aunque no quedase más de ese lugar que ruinas.
La casa de Annie estaba un par de casas más allá de la de Finnick. El chico había estado allí con Annie el día anterior, después de llegar del Capitolio. Ella había recorrido la casa palmo a palmo, hasta que se había sentado frente a una ventana a observar el mar. Había estado allí sentada durante horas.
Finnick la había llevado a su cama en cuanto cayó dormida y se había tumbado junto a ella para descansar, exhausto. Esa mañana, cuando había despertado, se había encontrado con dos mujeres que habían sido contratadas por Ovlidia Craster, la alcaldesa del distrito 4, para cuidar de la chica.
Una de las mujeres era la abuela de Kit.
Finnick la había mirado con remordimientos, sintiéndose inmensamente culpable de la muerte del chico en el estadio. Sin embargo, la mujer le había puesto una mano en el hombro y, con los ojos, le había dicho que lo perdonaba.
Finnick se sacó una llave del bolsillo del pantalón y la introdujo en la cerradura de la casa de Annie. Y, justo en el momento en el que abrió la puerta, escuchó el grito.
Finnick apenas tardó cinco segundos en darse cuenta de que el grito procedía de Annie y precipitarse hacia su voz.
En cuanto entró en el baño, Finnick corrió hacia Annie y la apartó de la bañera, al mismo tiempo que la chica temblaba entre sus brazos y pataleaba para liberarse. La abuela de Kit miraba conmocionada a la chica, mientras que la otra se tapaba la nariz sangrante con la mano.
-         Señor Odair, ella… - comenzó la abuela de Kit – al tocar el agua… se volvió loca y… le dio una patada a Marie…
Finnick comprendió. Les dijo a las mujeres que se marchasen, susurrando una disculpa, y, cuando estas salieron, cerró la puerta, sin soltar a Annie. La muchacha temblaba y lloraba al mismo tiempo.
-         Ellas… - comenzó -. La ola, quería llevarme otra vez. Me tocó y…
Finnick se acercó con ella a la bañera, llena hasta arriba de agua caliente. En el Capitolio, cada vez que Yaden y su equipo de estilistas había bañado a Annie, ella estaba calmada gracias a la morflina y apenas se había enterado.
Annie se revolvió entre sus brazos, gimiendo.
-         No quiero, no quiero…
Finnick dejó a Annie en el suelo, junto a la bañera. La chica únicamente llevaba una camiseta demasiado larga y la ropa interior. Las mujeres ni siquiera habían podido desnudarla antes de que ella enloqueciera. Annie lo miró con los ojos llorosos, asustada.
-         ¿Confías en mí? – preguntó Finnick, agarrando el borde de la camiseta.
-         Pero… yo no quiero… no quiero que ella me toque. Me… me duele.
Finnick se levantó y se sacó la camisa oscura. Annie lo miró, apartándose las lágrimas de los ojos. El chico sonrió y empezó a quitarse los pantalones. Cuando únicamente llevaba su ropa interior, se acuclilló junto a Annie y volvió a  agarrar el borde de la camiseta.
-         ¿Confías en mí? – repitió.
Annie asintió y él le quitó la camiseta con delicadeza, como siempre hacía cuando se trataba de ella. Acto seguido, volvió a coger a Annie en brazos y levantó una pierna para meterse en la bañera. Por suerte, era lo suficientemente grande para los dos. Sin embargo, antes de que la planta de su pie pudiese rozar el agua, Annie empezó a chillar.
-         ¡No, Finnick, no, ella… ella te va a hacer daño, no…!
Finnick introdujo el pie en el agua caliente de la bañera, y después el otro. Annie tiraba para soltarse de él, pero Finnick la mantenía apretada contra su pecho.
-         No, Finnick… - lloriqueó la chica.
Finnick separó a Annie de su cuerpo y la miró a los ojos vidriosos.
-         Estás conmigo, ¿recuerdas? – susurró -. Nada malo va a pasarte mientras estés conmigo.
-         Pero ella… duele… Yo… No quiero.
-         No duele, Annie. Confía en mí, por favor.
Annie, temblando, se acurrucó contra su pecho de nuevo, y Finnick se agachó con cuidado para meterse por completo en la bañera.
En cuanto el agua rozó a Annie, ésta empezó a temblar con mucha más fuerza, y Finnick sintió cómo su pecho se mojaba con sus lágrimas. Sin embargo, él continuó hasta que el agua les llegaba a ambos por el pecho. Se sentó y colocó a Annie en sus piernas, de modo que la espalda de la chica descansase sobre su pecho.
Finnick le rozó el pelo con los dedos.
-         ¿Ves, Annie? No duele.
Poco a poco, Annie dejó de temblar. Minutos después, alargó una mano hacia el agua y observó fascinada cómo corría entre sus dedos. Finnick vio en su reflejo que sonreía.
-         No duele – repitió ella.
Había ganado.
Finnick la rodeó con los brazos, apoyando la barbilla en su cabeza.
-         ¿Estás bien? – preguntó.
Annie se giró y le sonrió. Y para Finnick, esa fue la mejor respuesta.
Cuando Annie se sintió segura, tranquila en el agua, Finnick salió de la bañera para bañarla. Ella arrugó la nariz en señal de protesta, pero él la salpicó levemente y Annie se concentró en las gotitas de agua que quedaron en su piel, fascinada.
-         No duele – decía, una y otra vez, con una sonrisa.
Finnick la desnudó y, al contrario de lo que habría esperado, no se sintió intimidado por su desnudez. Había visto muchos cuerpos desnudos en el Capitolio, cuerpos grotescos, pero el de Annie era un cuerpo real, y esperaba sentir vergüenza al verlo. Sin embargo, no sintió nada de eso. Era real. No tenía pinturas ni piedras en la piel, ni implantes. Sentía fascinación ante algo tan puro.
Finnick deslizó la esponja por su piel, limpiándola, y luego lavó su pelo. Y Annie continuó jugando en el agua, como una niña. En muchos sentidos, era exactamente eso, como una niña, tan pequeña, tan inocente.
Incluso cuando la sacó del agua, ella gruñó y volvió a arrugar la nariz, ese gesto adorable que hacía siempre que no le gustaba algo. Finnick la envolvió con una toalla y la llevó de vuelta a la habitación para vestirla.
Cuando estuvo lista, ella le sonrió.
-         No dolía, Finnick – dijo, riendo.
-         Te lo dije – sonrió él, abrochándole el último botón de la blusa.
Annie se levantó y tiró de su mano.
-         ¿Dónde vamos? – preguntó Finnick, acompasándose a su carrera.
Annie soltó una carcajada y se paró frente al ventanal que daba hacia la playa. Se sentó en el suelo, con la nariz a centímetros de la ventana. Finnick se sentó a su lado y la observó. El pelo mojado le caía a ambos lados del rostro, ondulado, de un brillante color castaño. Siguió con los ojos la forma de su nariz, pequeña, con la punta levemente levantada. Sus pestañas largas, la manera en la que el sol se reflejaba en sus ojos, haciéndolos parecer más claros.
-         Annie… - susurró Finnick.
-         Ya no tengo miedo, Finn – dijo de repente ella -. Ella no me hizo daño.
Finnick sonrió, al ver cómo las comisuras de la boca de la muchacha se elevaban. Annie se acercó a la ventana hasta apoyar la frente sobre el cristal y se quedó mirando el mar de nuevo.
En ese momento, Finnick sintió dos cosas.
La primera: no podía decirle nada sobre su madre. A pesar de que fuese por una causa egoísta, a pesar de que ella tuviese que saberlo, él no podía contárselo. No sería capaz de perder a Annie, de ver cómo ella se rompía sin posibilidad de volver a recomponerse.
Y la segunda: Mags sería capaz de sacrificarse por él. Ella lo había dicho. Lo quería hasta ese punto.
Y él sería capaz de morir por Annie. Él también lo haría.



*Yehheeeeey, paticos. ¿Qué tal? Ña. Bueno, estoy aquí para informaros de... (redoble de tambores)... ¡este es el final... de la primera parte del fic! Ehé, he dividido el fic en tres partes. Y bastaaaaaante largas, las tres, así que creo que llegará un momento en el que no querráis seguir leyendo más, ña. Pero yo seguiré, porque Annie y Finnick son mucha ternura para mí. Espero que lo estéis disfrutando, que no sabéis lo que significan para mí vuestros comentarios, o incluso sólo que lo leáis. La razón de que lo escriba sois principalmente vosotros, aunque seáis uno, dos, diez o veinte. Como si solo es un pato.
Este fic va dedicado a las Fireducks. Sin desmerecer al resto de lectores, pero vuestras críticas son probablemente las más importantes para mí. Vosotras también hacéis este fic, aunque no lo penséis. Ña.
Y bueno, voy a ir acabando. La segunda parte del blog empezará el domingo 14 (YEHEY, EL TRÁILER DE CATCHING FIRE), y muy probablemente, el martes 9 (PARAMORE, YEHya veis que elijo bien las fechas. Es una estrategia para pillaros emocionados, ña) suba algo así, diferente, en plan súpersorpOK, NO, but algo diferente, ña. Y he cambiado el diseño del blog, más que nada porque creo que todo necesita un cambio. Y eso, que os adoro, ña.
Azucarillos muchos para vosotros. Saluda:  El Pato :)*.