sábado, 11 de mayo de 2013

Capítulo 34: La carta.

Finnick se sentó con precaución en la mesa, pasándose la mano por el cuello.
-         Lo siento.
Dexter fijó la vista en el vaso de café que tenía entre las manos, inspiró hondo y dibujó en su rostro una pequeña sonrisa.
-         En realidad, lo entiendo. Tú estás preocupado por ella y yo no soy de fíar aún, ¿verdad? – Finnick asintió -. Pero te prometí que no le haría daño. Y no suelo romper mis promesas, Finnick Odair.
Finnick se irguió en la silla. Dexter tenía a su lado el cuaderno de Annie abierto por una página escrita, con tachones y dibujos. Dexter soltó la taza y cogió el cuaderno, suspirando.
-         Tengo dos noticias para ti.
-         ¿Una buena y otra mala? – comentó el chico, frotándose los ojos.
-         Eso lo podrás decidir tú una vez que las escuches.
Dexter le pasó el cuaderno sobre la madera de la mesa. Finnick lo cogió, sin dejar de mirar al hombre, y frunciendo el ceño, empezó a leer.
Cuando terminó, Dexter recogió el cuarderno de sus dedos y le dedicó una media sonrisa.
-         ¿Qué opinas, es una buena o una mala noticia?
Finnick se pasó los dedos por los ojos, suspirando. Annie estaba empezando a darse cuenta de las cosas, estaba empezando a ‘crecer’ de alguna manera, pero no había recuperado a la Annie que había sido. Sin embargo, ¿qué Annie? Finnick estaba empezando a pensar que Annie nunca mejoraría, aunque pasasen años, ella iba a seguir igual. Quizá recordase, pero desde luego, la Annie que había entrado a la Arena, no volvería.
Y su Annie era esa chica loca, esa chica que se planteaba el mundo desde el punto de vista más inocente y puro posible. Esa chica que lo necesitaba.
-         Ella – continuó Dexter – piensa que no la quieres. Que quieres a la otra Annie, y eso la está destrozando. Quiere recuperar a esa persona por ti, Finnick, pero esa Annie Cresta está perdida.
-         ¿Lo sabes? – gruño Finnick.
-         Aunque recuperase sus recuerdos, ¿realmente crees que sería la misma? Annie Cresta dejó a su madre, entró en la Arena y vio morir a su compañero de distrito, una ola casi la mata y ha tenido que aprenderlo casi todo de nuevo. Obviamente no va a volver a ser la misma persona, Finnick.
Finnick asintió. Sus pensamientos y suposiciones no iban muy lejos después de todo. ¿Decepción? Por supuesto. Él quería que Annie estuviese bien, totalmente normal, y eso no iba a suceder nunca. Ella estaba condenada a su estado. Siempre estaría así… loca.
Y, sin embargo, se dio cuenta de que no le importaba. Él cuidaría de ella mientras estuviese vivo, independientemente de si mejoraba o no.
-         ¿Lo soportarás? – preguntó Dexter.
-          ¿El qué?
-         Ella está loca, Finnick. ¿Vas a poder soportar esa carga durante el resto de tu vida?
Finnick se inclinó, apoyando los brazos en la mesa.
-         Ella no es una carga para mí.
Dexter sonrió y soltó el cuaderno cerrado sobre la mesa.
-         Entonces, deja de pedirle que regrese. Concéntrate en quién es ahora. Ella necesita que la mimes por quién es, no por quién fue.
Finnick cerró los ojos. Le fastidiaba aceptarlo, pero Dexter tenía razón. No podía pedirle a Annie algo que probablemente no sucediera nunca, porque ella lo intentaría hasta romperse. Y él no quería verla rota.
-         ¿Y la segunda noticia?
Dexter se puso serio y sacó una carta de su chaqueta. Y Finnick supo su contenido en el momento en el que vio el sobre.
Y supo también que no podía negarse.
-         Maldita sea – masculló, cerrando los puños a su costado.
Dexter dejó la carta sobre la mesa, con el sello del Capitolio bocarriba. Finnick lo observó con odio, concentrándose en no alargar la mano para romperlo.
-         ¿Qué vas a hacer? – preguntó el hombre.
-         ¿Puedo hacer algo? Ahora no soy solo yo. Están en juego más cosas…
-         Annie, por ejemplo – añadió Dexter.
-         Annie – repitió Finnick, clavando los ojos en él -. Tengo que ir. Debo ir.
Dexter frunció el ceño, pasándose una mano por el pelo.
-         Dexter – comenzó Finnick, cogiendo la carta -. ¿Cuidarás de ella?
Dexter sonrió, relajando todos los músculos de su rostro.
-         Por supuesto, Finnick. Te lo prometí, ¿recuerdas?
Finnick asintió y se levantó de la mesa, guardándose el sobre doblado en el bolsillo del pantalón. Se dirigió al teléfono y marcó un número.
-         ¿Alcaldesa Craster?
Cuando acabó de organizar su viaje con la alcaldesa, Finnick subió las escaleras hasta su habitación.
En realidad, era la habitación y la casa de Annie, pero se habían convertido también en las suyas. En la de ambos. Finnick abrió la puerta y vio que Annie aún seguía dormida. Le partía el alma tener que dejarla, pero era algo que debía sacrificar para protegerla. Conocía al Presidente Snow. No sería la primera vez que un tributo había muerto accidentalmente. Y Finnick Odair era demasiado querido como para morir, por lo que el presidente iría a por sus seres queridos.
El muchacho se quitó la ropa que tenía puesta y rebuscó algo en el armario. Cuando se hubo puesto una camisa sencilla y unos pantalones oscurlos, se acercó a la cama y se sentó en el borde. Annie tenía el puño cerca de su nariz, cerrado, y su respiración era regular. El chico se inclinó.
-         An – susurró.
La chica se frotó la naricilla con el puño y abrió un ojo.
-         No, Finn, es muy temprano…
-         No es eso, An. Tengo que irme.
Annie abrió los dos ojos, alarmada.
-         ¿Dónde?
-         A un sitio. Ya sabes, necesitan a Finnick Odair – murmuró, sonriendo.
-         Pero yo también necesito a Finnick Odair – replicó, haciendo un puchero -. ¿No puede quedarse aquí conmigo?
Finnick le rozó la mejilla con el dorso de los dedos.
-         No tardaré, ¿vale? Estaré aquí antes de que te des cuenta de que me he ido.
Annie cogió la mano de Finnick y entrelazó los dedos con los suyos.
-         ¿Ya te has ido y has vuelto?
Finnick soltó una pequeña carcajada, haciendo que ella riese también. Annie besó uno de los nudillos de Finnick, destrozado por la búsqueda del día anterior.
-         Mags y Dexter se quedarán contigo, ¿vale? Volveré pronto.
-         Pero vuelve.
Finnick se inclinó para besarla en la frente.
-         Claro que volveré – susurró contra su frente.
El chico se levantó, porque sabía que, si se retrasaba más, se negaría a ir, y tenía que hacerlo.
El viaje hasta el Capitolio en un magnífico tren de alta velocidad siempre era el mismo. Hablaba con los sirvientes, les dedicaba sonrisas encantadoras que hacía que el deseo apareciese en sus humildes ojos y, después de una noche entera durmiendo con el ruido del motor, llegaba a la estación del Capitolio, llena de personas grotescas y extravagantes que lo aclamaban. Siempre era igual, como una rutina.
Un coche lo recogió nada más salir del tren y lo llevó hasta un hotel. Finnick subió a su habitación y, tras poner el dedo en la cerradura y registrar su huella dactilar, la puerta se abrió para él. Sin embargo, la habitación no estaba vacía.
-         ¿Carrie?
La mujer se levantó con una sonrisa y corrió a saludarlo. Finnick la abrazó, sonriendo también.
-         ¿Cómo estás? – preguntó el chico.
-         Más guapa que tú, desde luego – murmuró la mujer, acariciándole la barba -. Nunca pensé que diría eso.
-         Ha sido una temporada difícil, Carrie – se excusó, Finnick, rozándose el mentón.
-         Ya veo. ¿Cómo está Annie?
Finnick tragó saliva y se dirigió al armario, que estaría lleno de ropa adecuada para él. Carrie lo siguió, lo apartó y empezó a sacar ropa.
-         Está bien – respondió el chico -. Estable.
-         Pobre chica – comentó Carrion -. Cuando os fuiíteis del Capitolio, me dejásteis muy preocupada. Y bueno, mirándote, no iba muy desencaminada.
-         Vamos, Carrie, tampoco estoy tan mal – sonrió el chico.
La mujer frunció en ceño y rebuscó en los bolsillos de sus pantalones hasta sacar un pequeño estuche.
-         Siéntate – ordenó, sacando unas tijeras.
Cuando Carrie le hubo arreglado el pelo y la barba, Finnick se levantó para vestirse con la ropa propia del Capitolio y, mientras la mujer le atusaba las prendas y le daba los últimos retoques, sacó la carta para leer el sitio y la hora. Quedaba apenas media hora, justa para llegar.
Besó a Carrie en las mejillas antes de marcharse.
-         Finnick – comentó la mujer -. La barba no te queda bien.
-         Todo me queda bien, Carrie – sonrió él.
Finnick se acarició la fina película de bello que Carrie le había dejado. Las tijeras no habían podido eliminarle la barba al completo. En el Capitolio no existían cuchillas de afeitar, porque la mayor parte de los ciudadanos se aplicaban constantemente una crema que evitaba el crecimiento durante semanas, la misma que le echaban a los tributos antes de entrar a la Arena.
Finnick casi podía ver a Annie acariciándole la mandíbula y diciendo ‘no me gusta’. Sonrió.
Las calles del Capitolio estaban abarrotadas. Los juegos iban a empezar otra vez, y toda la ciudad estaba preparándose para el evento del año. ¿Quién sería el ganador? ¿A qué distrito pertenecería? La emoción podía palparse casi tanto como una manzana.
Finnick se detuvo frente a la puerta de la mansión Swan, esperando a que abriesen la verja y le dejasen pasar. Cuando entró, no se sorprendió de ver allí a más vencedores, que ni siquiera lo notaron entrar. Eso era extraño. Finnick Odair no pasaba desapercibido en ningún lugar. Nunca.
Finnick subió las escaleras hasta llegar a su habitación. La última vez, había sido una habitación muy cargada, con las paredes de un rojo asfixiante, casi tanto como la chica que había estado con él, la hija pequeña de Snow. Recordaba cada palabra que ésta había dicho, el secreto con el que había pagado sus servicios. ¿Con qué secreto lo deleitarían esta vez? Finnick entró en la habitación y se sorprendió al descubrir que era muy austera, con las paredes blancas y la colcha de la cama azul cielo. Le recordaba al mar, a casa. A Annie.
Quien fuera que fuese, sabía quién era Finnick Odair.
El chico se quitó la chaqueta azul y entró en el baño, desabrochándose los puños de la camisa. Hacía mucho que no se miraba detenidamente en un espejo y, cuando lo hizo, descubrió por qué Carrie se había visto tan preocupada por su aspecto, y por qué los demás vencedores apenas se habían fijado en él.
Estaba muy delgado. Aún tenía la forma de los músculos bajo la piel dorada, pero, sin duda, había perdido peso. Tenía los rasgos de la cara más afilados, y la escasa barba tampoco contribuía mucho. No quería imaginar cómo había estado cuando tenía más.
No estaba feo, porque era imposible que Finnick Odair llegase a estarlo. Era, simplemente, que parecía más un polizón del distrito que un campeón de los Juegos del Hambre.
Y a Snow no le gustaba eso.
De repente, la puerta de la habitación se abrió. Finnick se miró una última vez en el espejo, practicó su sonrisa seductora y salió del baño.
Lo primero que vio fue que era una chica. Tenía el pelo largo y negro, y se inclinaba para cerrar la puerta. Llevaba un largo vestido rojo, y sus delicadas manos de dedos largos agarraban con fuerza el pomo de la puerta. Finnick se pasó la mano por el pelo. ¿Qué querría hacer esa chica? Era joven, tenía un buen cuerpo y, seguramente, habría pagado un dineral, y no precisamente por su simple compañía.
Entonces, la chica se dio la vuelta y tiró de su flequillo. La larga cabellera cayó al suelo. Finnick abrió mucho los ojos para intentar convencerse de que no estaba soñando y volvió a mirar a la chica, que se quitaba el vestido con una mano y el maquillaje de la cara con el dorso de la otra. Cuando se irguió para mirarlo, Finnick se llevó las manos a la nuca, sorprendido.
La chica que tenía ante él, tenía el pelo muy corto, como un chico. Sus ojos avellana sonreían con burla al mismo tiempo que su boca. Llevaba puesto una camiseta sin mangas, sencilla, de color blanco y unas calzonas negras. La chica avanzó hacia él.
-         ¿Esperabas verme desnuda, Finnick Odair?
Johanna Mason soltó una carcajada y le dio una patada al montón de ropa que tenía a sus pies, despojándose de los tacones. Finnick se quedó quieto, con la boca contraída en una mueca de espanto. ¿Johanna, su amiga Johanna, había…?
-         No vengo aquí para acostarme contigo, estúpido, aunque sé que lo estás deseando – masculló, colocándole las manos sobre los hombros.
Finnick sonrió y la abrazó, poniéndole las manos alrededor de la cintura. Cuando se separaron, ella le tiró de un moflete, igual que hacen las madres con los niños pequeños.
-         ¿Lo estabas pensando, eh? – dijo, mirándolo con los ojos entrecerrados -. Maldito pervertido. No todas estamos babeando por ti, Odair.
Finnick se separó de ella, frotándose la nuca, avergonzado. Johanna Mason tenía ese don para hacer sentir incómodo a cualquiera, incluso a él.
-         Jo… - comenzó.
-         Han pasado años, por lo que veo – gruñó la chica, dándole una bofetada suave en la mandíbula.
-         Meses, en realidad.
-         Meses muy largos, entonces.
Finnick tragó saliva.
-         Tenemos que hablar, Finnick Odair – ordenó Johanna, mirándolo con fiereza -. Tenemos que hablar con urgencia.

 


sábado, 4 de mayo de 2013

Capítulo 33. 'Soy y seré el resto'.

-         Deberíamos irnos.
Annie se recostó sobre el pecho de Finnick, encogiendo las piernas. El mar se extendía ante ellos, azul, infinito, tan enorme que podría llegar incluso a dar miedo, aunque para Annie era de todo menos algo aterrador. Era como una medicina. Al fin y al cabo, había sido el mar el que le había devuelto sus recuerdos.
En realidad, los peces no habían hablado, del mismo modo que Finnick o Dexter lo hacían. Habían sido simples imágenes en su cabeza. Y lo había visto todo, con pelos y señales, sin sentir nada en un principio, como si estuviese frente a una roca. Lo peor había llegado cuando las olas la habían llevado hacia la orilla y su cuerpo había tocado la tierra firme. Ahí habían vuelto los sentimientos, las emociones. El dolor. Millones y millones de agujas de dolor destrozando su cuerpo. Nunca se había sentido tan vulnerable.
-         ¿An?
Finnick apoyó los labios bajo su oreja. Annie gruñó, apretándose contra su cuerpo. Se estaba bien allí, con él, encajando como piezas de un puzle, con la brisa fresca de la noche acariciando su piel.
-         An, deberíamos irnos – repitió Finnick, abrazándola.
Annie se arrebujó en la camisa blanca que Finnick le había dejado. Olía a sal del mar.
-         No quiero – respondió -. Quiero quedarme aquí para siempre.
Finnick apoyó la barbilla en su cabeza y tiró de ella, levantándola del suelo. Annie se agarró a su cuello y lo miró a los ojos, que brillaban bajo la oscuridad de la noche.
-         ¿No podemos quedarnos un poco más? – rogó, haciendo un puchero -. Por favor, por favor, por favor…
Finnick esbozó una media sonrisa y comenzó a andar. Sin embargo, antes de que Annie tuviera tiempo de protestar, el chico se lanzó con ella a la arena, haciéndola caer sobre su cuerpo para amortiguar el golpe. Annie rodó sobre él, entre risas, y le lanzó un puñado de arena. Finnick se quitó los granos de los ojos y, al mismo tiempo que se sacudía el pelo, le agarró un tobillo y tiró de su cuerpo hasta colocarla debajo de él. Los dedos del muchacho rozaron la barriga de la chica y ella empezó a reír, a causa de las cosquillas.
-         ¡Para, para! – gritó, sin dejar de reír, pataleando contra su cuerpo.
Finnick apartó las manos y se tumbó sobre ella, apoyando su cuerpo en los codos para no aplastarla. La luz de la luna dejaba la mitad de su cara iluminada y la otra mitad oscura, pero sus ojos seguían brillando de la misma manera. Annie alargó una mano hasta enredar un mechón de pelo cobrizo demasiado largo entre sus dedos.
-         Siempre he pensado que el pez soy yo – comenzó ella -, pero igual eres tú, porque haces cosquillas igual que ellos.
Finnick le apartó el pelo de la cara, sonriendo.
-         Somos hijos del mar, An. Todos en el distrito 4 lo son.
Annie soltó el mechón de pelo y dejó caer la mano, rozando la barba de su mandíbula.
-         No me gusta – gruñó, arrugando la nariz.
Finnick sacudió la cabeza, y unos granitos de arena cayeron sobre la cara de Annie.
-         Ya, a mí tampoco.
-         ¿Y por qué no te la quitas?
Finnick se quedó callado, con el ceño fruncido. A Annie no le gustaba verlo así, serio, así que apartó la mano de su mentón y le empujó para sacárselo de encima.
-         ¿Vas a contarme un cuento hoy?
-         ¿No has tenido suficiente sesión de cuentos este día, An? – respondió él, sonriendo.
Annie se colgó de su cuello y dejó que la levantase otra vez. Le encantaba estar en los brazos de Finnick, sentir cómo la elevaba en el aire y cómo se balanceaba cuando el chico andaba. Era como estar en el agua, sintiendo el movimiento de las olas, pero era Finnick y no el mar, lo que era mil veces mejor, por mucho que Annie amase el agua.
De hecho, a Annie le encantaba estar con Finnick más que cualquier otra cosa en el mundo, y la simple idea de poder llegar a perderlo le provocaba una sensación de vacío y tristeza que no era capaz de entender. Sabía que su vida no estaba totalmente completa sin él. Eso era un hecho.
Finnick la bajó al llegar a la abertura del acantilado, pero fue ella la que tiró de su muñeca para introducirlo en la pequeña cueva.
Le había costado una gran cantidad de tiempo descubrir dónde estaba la entrada a su playa, pero el cuento de la princesa le había abierto un millón de puentes a su pasado. El primero, el lugar exacto donde se encontraba su hogar. Y, después, cuando había querido saber quién era, había traído de vuelta sus recuerdos, a Kit, el lugar malo donde había sentido que ya no era más ella misma, donde se había perdido a sí misma… a su madre.
Pensar en su madre debería ser mayor que cualquier dolor físico o mental que hubiese experimentado a lo largo de toda su vida, pero, por mucho que se esforzara, ni siquiera podía recordarla con nitidez. No tenía lágrimas para llorarla.
Annie salió de la abertura y se sentó en el suelo, ya en la Aldea de los Vencedores. Se sentía una hija horrible, incapaz de sentir la muerte de su madre. No podía decir tampoco que la echase de menos, puesto que no recordaba ningún momento que le provocase esa clase de nostalgia. Ni siquiera había llorado por su muerte ninguna de las veces que se lo había recordado a Finnick durante esa tarde. Tan solo había sentido dolor al darse cuenta de lo que había perdido cuando los peces se lo mostraron.
-         ¿An? ¿Annie, qué pasa?
Finnick se arrodilló a su lado, con el ceño fruncido.
-         Me odio, me odio – susurró Annie, arañándose los brazos.
El chico le apartó las manos del cuerpo.
-         No digas eso.¿Qué ocurre?
-         No la quería, Finnick. No la quería y por eso no estoy triste. Mamá se ha muerto y no estoy llorando, yo debería llorar…
-         No, Annie, no es así…
Finnick la abrazó, apoyando la barbilla en el hueco de su hombro. Annie tragó saliva.
-         La querías, An, la querías muchísimo. Me pediste que cuidase de ella, ¿te acuerdas? Es solo que estás… desorientada ahora, y no controlas, no sabes…
-         ¡Dejad de decidme que no sé nada! ¡Si sé, sé cosas! ¡Sé que ella está muerta y que yo no estoy llorando, y que cuando la gente que quieres se muere, lloras!
Finnick se apartó.
-         Ya sé que sabes cosas, Annie. Pero no puedes culparte por no llorar. No eres… consciente de lo que ha pasado aún. Tienes que asimilarlo. Pero la querías, Annie, ¿vale? La querías.
Annie lo miró a los ojos, cuyas pupilas reflejaban la luna, y sabía que esos ojos eran sinceros. Ella quería a su madre, la había querido. Tenía que haberla querido.
Finnick la levantó del suelo de nuevo y la llevó por toda la Aldea en brazos, en silencio. En cuanto la puerta de su casa se abrió, Dexter y Mags aparecieron a la carrera frente a ellos, seguidos de Margaret y Marie. Dexter tenía la nariz hinchada.
-         Gracias a dios- susurró el hombre, pasándose una mano por el pelo.
-         Voy a subirla arriba – anunció Finnick al empezar a subir las escaleras.
Al llegar a la habitación, la tumbó en la cama. Annie tiró de él hasta que lo tuvo tumbado a su lado.
-         Bueno – susurró Finnick contra su pelo -. Entonces, ¿qué cuento quieres hoy?
Annie arrugó la nariz, inspirando el olor a sal del mar de su camisa.
-         No quiero cuento. Quiero que duermas conmigo.
Finnick asintió, la besó en la cabeza y cerró los ojos, apretándola contra su pecho. A los pocos minutos, ya estaba dormido.
Annie observó su perfil perfecto. El tabique nasal recto, los labios llenos, largas pestañas de un tono cobrizo oscuro, las finas cejas. La muchacha extendió una mano para acariciarle el pelo, demasiado largo, mucho más de cómo lo había tenido siempre.
Había perdido mucho en el pasado.Tanto que incluso se había perdido a sí misma. No recordaba cómo era ser esa otra persona, esa otra Annie a la que todos querían ver de vuelta. No sabía ser esa Annie Cresta.
Sin embargo, esta Annie, esta An, tenía algo que no hacía olvidar las pérdidas de su pasado, pero prometía un futuro, esperanza: tenía a Finnick.
Annie se levantó de la cama con todo el cuidado del mundo y bajó las escaleras hasta el comedor. El cuaderno blanco y el lápiz seguían encima de la mesa, aunque en una posición muy diferente a como ella lo había dejado. Se sentó en una silla y empezó a escribir.

<< Debería estar durmiendo. En realidad, me gusta dormir, y más si es en esta cama, que es blandita. Pero mucho más si es con Finnick. Dormir es genial. Hay una cosa, los sueños, que hacen que dormir sea como… como leer un libro, escuchar un cuento o vivir una aventura. Eso es lo que hace que dormir sea increíble.
Los peces me han enseñado algo así, como si fueran sueños. Pero no, eran muy reales. No eran recuerdos de mentira, y no eran increíbles como dormir. Eran malos. Todos morían.
Kit tenía una sonrisa bonita. Y sonreía hasta que le cortaron la cabeza, y siguió sonriendo después de eso. Y mamá… solo puedo recordar bien sus ojos. Eran muy bonitos, de color marrón, como el chocolate caliente >>.

 Annie soltó el lápiz y se frotó los ojos. Y, entonces, su mente empezó a enfocar cosas hacia sus párpados. Una enorme red, una mesa pequeña, un vestido de cuadros…

 << Recuerdo una vez que mamá me llevó al mercado. Había un puesto con piedras del mar, y ella me dijo que en realidad era sal. ¿Cómo podía ser la sal tan dura? La sal es como la arena, si la coges en un puño, se sale entre los dedos. Pero esa era dura, como una piedra. Mamá me dijo que no era un puñado de sal muy duro, sino que era sal que había formado cristales. ¿Alguna vez has visto esos cristales? (A veces, cuando escribo, pienso que hablo con otra persona. Se me olvida que solo es una hoja) Bueno, cuando reflejan el sol, salen los colores del arcoíris. Y es precioso.
Quería a mamá. Lo sé. Lo sé porque si no la quisiera, entonces ese recuerdo real no me habría hecho llorar ahora mismo. Y lloro porque su muerte me pone triste. Y si estoy triste es porque la quiero.
A veces, creo que el mundo está mal organizado. Que la gente buena, como mamá, se va muy temprano, y la gente mala, como el señor malo que me quería hacer daño, a mí y a Finnick, no se van. Y eso está mal, porque entonces el mundo queda lleno de gente malvada. Y no me gusta.
La gente mala hace daño a la gente buena, y Finnick es bueno. No quiero que hagan daño a Finnick. Voy a protegerlo, aunque el piense que es él quien tiene que protegerme a mí.
Pero él me necesita. ‘Te necesito, Annie Cresta’. Eso es lo que me ha dicho. Me hace sonreír. Es una cosa bonita.
También te necesito, Finnick Odair >>.

 Annie se secó las lágrimas con la manga de la camisa de Finnick. Escribir siempre ordenaba sus ideas, y acababa de sacar en claro dos cosas:
Que quería a su madre. Que la había querido, como Finnick había dicho, y que la iba a querer aunque ella no estuviese.
Y que necesitaba a Finnick Odair. Que lo necesitaba vivo y sano.
Annie cerró el cuaderno y se levantó de la silla. Entonces, al girarse se dio cuenta de que no estaba sola.
-         ¡Ah!
Dexter alzó la mano para taparle la boca. Annie le mordió la palma con fuerza y él se apartó, dolorido.
-         ¡Ey! Solo quería que no despertases al resto.
Annie respiró hondo y volvió a sentarse. Dexter, junto a ella, abrió el cuaderno.
-         ¿Cómo estás, An?
-         No me llames An. Solo Finnick me llama así – replicó ella, frotándose los ojos.
-         Vale, Annie. ¿Cómo estás?
-         Cansada. Quiero irme con Finnick.
Dexter levantó las cejas, pero no dijo nada.
-         Dexter – comenzó ella -. Mi… mi madre está muerta -. Las lágrimas volvieron a caer por sus mejillas -. Y yo… no sé si quiero recordar.
Dexter le apartó las lágrimas de los ojos con los pulgares.
-         ¿Y si todos los recuerdos son malos?
-         No todos, Annie. También los hay buenos.
-         ¿Cómo lo sabes?
-         Porque… has recordado los cristales de sal que tu madre te enseñó. Porque Finnick te conoció entonces, y eso te hace sentir bien. Porque eras una niña feliz.
-         Pero mi madre está muerta,  Dexter – Annie se frotó los ojos para apartar las lágrimas.
El hombre le quitó las manos de la cara y le levantó la barbilla para mirarla a los ojos.
-         Todos quieren que recuerde – comenzó ella -. Finnick quiere que la otra Annie vuelva. Él… él quiere a esa Annie. ¡Y yo no sé quién es esa!
Annie golpeó la mesa con la palma de la mano, frustrada. Finnick le había dicho que necesitaba a Annie Cresta, pero ¿a cuál? ¿A la antigua o a la Annie que era ahora?
-         ¿Tú quieres que esa persona vuelva, Annie?
La chica miró a los ojos color miel de Dexter.
-         No quiero que él la quiera a ella más que a mí, pero ella soy yo…
Dexter le puso las palmas cálidas de las manos a ambos lados del cuello.
-         Recuerda que tú decides, Annie Cresta. Tú decides si quieres construirte de nuevo, desde abajo… o resurgir de las cenizas de lo que eras.
Dexter se levantó y se marchó de la habitación, dejando a Annie sola con el cuaderno. La chica observó el lápiz y, frunciendo los labios, abrió el cuaderno de nuevo.

 << No sé quién era Annie Cresta. Y necesito recordar para saber quién era y quién se supone que debo ser, quién se supone que es la persona a la que todos quieren de vuelta.
Pero también sé quién soy ahora. Y sé qué pienso, qué siento, qué recuerdo. Y los recuerdos me construyen, como un edificio. La antigua Annie Cresta es el suelo, el sótano. Yo soy y seré el resto >>.

Annie soltó el lápiz y regresó a la cama. Finnick seguía dormido, con la boca entreabierta. Annie pasó el dedo pulgar por la mejilla del chico, que se estremeció bajo su contacto y se dio la vuelta hasta quedar frente a ella. Annie se estrechó contra él.
Finnick pasó inconscientemente una mano por su cintura. Ella se apretujó contra él.
No sabía a qué Annie necesitaba Finnick, pero tenía claro una cosa:
Ella sí le necesitaba a él.


sábado, 27 de abril de 2013

Capítulo 32. 'Hogar'.

Finnick caminaba junto a Dexter con los hombros tensos, temblando. El hombre le había dicho lo que Annie había escrito, le había dicho que había empezaba a recordar. Al final iba a tener razón, y sus métodos verdaderamente funcionaban.
-         ¿Cómo fue? – repitió Finnick, pasándose una mano por el cuello.
Dexter le sonrió.
-         Ella estaba escribiendo y entonces, le conté el cuento de ‘la princesa de la arena’. Y, cuando acabé, ella lo escribió. ‘Annie Cresta, la princesa del océano’.
Finnick casi podía ver a Caesar gritar esa misma frase por los altavoces del Capitolio, gritarlo una y otra vez mientras el rostro de Annie inundaba todas las pantallas. El muchacho intentó respirar hondo, procurando mitigar sus nervios, pero no podía. No era tanto la emoción de verla como el miedo a lo que podía encontrar. No sabía si la Annie que vería sería la chica que sonreía ante las cámaras vestida con motivos marinos, la muchacha tímida que había tropezado el día de la cosecha, la demente que había huido de él cuando se vieron después de la Arena o la niña que se entretenía con pompas de jabón y cuentos. O bien una persona completamente distinta.
Cuando llegaron a la casa de la chica, la puerta estaba abierta de par en par, y Finnick se abalanzó hacia ella casi a la carrera.
‘Está volviendo’, se decía a sí mismo. ‘Está volviendo’.
Entró en el comedor con el corazón en un puño, pero Annie no estaba allí. En su lugar, estaba el cuaderno blanco que Dexter le había dado, reposando abierto sobre la madera.
-         ¿Annie? – llamó Finnick, alzando la voz.
Sin embargo, no fue Annie la que contestó, si no Margaret, que apareció en ese momento por la puerta de la cocina, con los ojos nublados por la preocupación.
-         Ella no está, señor Odair – susurró -. Se ha ido.
Finnick no entendió al principio que quería decir. Entonces, cuando Dexter entró por la puerta, con una mueca de seriedad en el rostro, se tiró hacia él y, cogiéndolo por el cuello de la camisa, lo empotró contra la mesa, tirando el cuaderno al suelo.
-         ¿¡Dónde está!? – gritó, zarandeándolo -. ¿¡Qué has hecho con ella!?
-         Yo… yo la dejé aquí, no…
-         ¿¡Dónde está!?
-         ¡Finnick!
El chico sintió una menuda mano familiar en el hombro y se dio la vuelta con brusquedad, con el rostro congestionado por la rabia. Mags lo miraba con los ojos desorbitados y la boca contraída en una mueca extraña.
-         Margaret me ha llamado – explicó la anciana -. He movilizado a medio escuadrón de Agentes de la Paz en su busca.
-         Ha sido él – gruñó Finnick, señalando a Dexter, que se frotaba el cuello con una mano -. Él le ha hecho algo.
-         No, Finnick, yo no…
-         ¡Cállate si quieres conservar la boca!
Y Dexter se calló. De repente, la habitación se llenó de gente. Antiguos vencedores que llegaron para unirse a la búsqueda, gente del pueblo que venía sin noticias de Annie, la alcaldesa, fingiendo una preocupación muy sobreactuada, e incluso uno de los Agentes de la Paz, que se colocó frente a la puerta para recibir noticias.
Y, mientras tanto, Finnick no podía estarse quieto. Recorrió la casa millones de veces, mirando en tantos escondites como se le ocurrieron, pero Annie no estaba allí. Parecía como si se la hubiera tragado la tierra. Salió a la Aldea de los Vencedores y, al igual que la casa, la recorrió palmo a palmo, incluso dentro de las casas, abiertas o vacías, pero la chica no aparecía.
-         Vamos a casa, Finn – suplicó Mags -. La van a encontrar. Esperémosla en casa.
-         No – masculló él, apartándose -. No, ella… Pueden hacerle daño, Mags, y yo no puedo dejar que la hieran.
Mags lo cogió de la mano y le besó los nudillos.
-         Vamos a casa, hijo – rogó de nuevo -. Tal vez haya vuelto ya.
Finnick sabía que mentía, pero igualmente la siguió. La preocupación lo cansaba más que la búsqueda. Era como si sus fuerzas se hubiesen ido con Annie.
Al llegar a la casa, de nuevo, se encontró con Dexter, pasándose una mano por el pelo una y otra vez mientras ojeaba el cuaderno de la chica. Finnick lo miró. Parecía realmente preocupado por ella, pero ¿por qué? En cuanto lo vio, el hombre se levantó, con el ceño fruncido.
-         Finnick, te prometo que no le he hecho nada. La dejé aquí y ella se ha ido, pero yo no he hecho nada.
Finnick lo empujó con el hombro para llegar hasta el cuaderno. Estaba abierto, con los largos textos llenos de dibujos y tachones de Annie adornando cada página. Finnick observó la última.
 
<< Annie Cresta, la princesa del océano >>.

 Cuando Dexter había ido a buscarlo, lo primero que se le había pasado por la cabeza es que Annie había recordado todo, y se la había imaginado tal y como era antes de la Arena. Asustada, tímida y un poco vulnerable, pero radiante. Como una sirena.
Como una sirena.
Finnick observó la página. El cuento estaba plasmado sobre la hoja a través de dibujos, dibujos muy diferentes a los de Annie. Supuso que Dexter se los habría pintado para hacerlo todo más gráfico. Vio a la princesa romper la lágrima de cristal y caer al mar, con su larga cola llena de escamas. Una sirena.
El chico observó la letra menuda de Annie. Recordaba el cuento como su padre se lo contaba de niño, y recordaba cómo acababa: la princesa no era la princesa de la arena, Finnick. No podía serlo, ella no estaba hecha para andar. Su reino, su palacio… era el mar.
La princesa del océano.
-         Mags – dijo Finnick, levantándose -. Hay que ir a la playa. Hay que ir a la playa ya.
La mujer lo miró con los ojos muy abiertos. Finnick dejó el cuaderno con brusquedad sobre la mesa, y éste se abrió por una página diferente, una página en blanco.
-         ¿Qué pasa, Finnick? – preguntó la mujer, acercándose.
-         Piensa en el cuento. La princesa atrapada en tierra, ¿vale? ¿Y si… y si Annie piensa que está atrapada en tierra también? ¿Y si…?
-         ¿… ha ido al mar para encontrarse a sí misma? – concluyó Dexter por él -. Mierda.
-         ¿Qué pasa? – gruñó Finnick.
-         Justo antes del cuento, le dije que era una sirena que tenía que encontrar su cola. Según el cuento, la sirena encuentra su cola en el mar.
Finnick comprendió a la milésima de segundo, y sus pensamientos encajaron como las piezas de un puzle. Annie había ido al mar. Estaba seguro. Mags comprendió poco después, y fue la primera en lanzarse hacia la puerta y comunicarle al Agente de la Paz que la buscaran en el mar, en las playas, en los lagos y en los pantanos, en cualquier lugar donde hubiese agua.
Mientras tanto, el miedo corroía a Finnick como si una rata estuviese abriéndose paso a través de su estómago. Se fijó de nuevo en el cuaderno, en la página en blanco que tenía ante sus ojos. Sin embargo, había algo allí que…
El chico cogió el cuaderno y pasó la hoja. La siguiente estaba escrita, con una letra pequeña y alargada. Era su letra. Apenas eran tres versos, pero eran la pista de su paradero. Eran la llave para encontrarla.
 
<< Volver al mar. Volver a la calma bajo las olas. VOLVER A MÍ >>.

 ‘Volver a mí’.
-         Lo tengo.
-         ¿Qué? – dijeron al unísono Dexter y Mags.
Finnick soltó el cuaderno sobre la mesa.
-         Su playa – masculló -. Ha ido a su playa. Es el único lugar que es suyo.
Finnick salió corriendo de la casa, pero Dexter lo detuvo antes de que pudiese correr hacia la zona rocosa de la Aldea.
-         Finnick…
-         Suéltame.
-         Finnick, ella…
-         ¡He dicho que me sueltes!
Finnick se volvió y le dio un puñetazo en la nariz. Sintió cómo los huesos del hombre crujían bajo sus dedos, pero no le importó. Ignoró el grito de dolor de Dexter y siguió corriendo.
La última vez que había estado allí, había hojas. Hojas de palmera, caídas sobre una enorme roca oscura. Pero ahora, las hojas no estaban allí, sino tiradas en el suelo, dejando al descubierto una pequeña oquedad en el borde del suelo. Finnick se agachó. ¿Cómo no había podido verlo antes?
Hay una… playita. Justo detrás de la Aldea de los Vencedores. La entrada es una pequeña cueva. Tienes que andar hacia abajo unos minutos, pero esa playa… es mi hogar.
Finnick se agachó y entró por la abertura a cuatro patas. La humedad empapaba el techo, y el chico sentía las gotas de agua fría caer contra su piel, pero siguió avanzando. La cueva continuaba hacia abajo, como introduciéndose en la misma roca. No había más luz que la que la abertura dejaba entrar, y, al cabo de unos minutos, ni siquiera esa luz era suficiente, pero Finnick avanzó, palpando las paredes con las manos.
Volver al mar. Volver a la calma bajo las olas. Volver a mí.
‘Por favor, que no se haya metido en el agua. Que no haya nadado hacia dentro, por favor’.
La ansiedad le había formado en el pecho un enorme nudo. Annie sabía nadar, probablemente mejor que nadie que hubiera conocido. La había visto en la Arena, la había visto aguantar minutos bajo el agua y nadar cuando todo a su alrededor estaba siendo arrancado. Pero, ¿qué podría ocurrir cuando era ella la que quería hundirse?
Entonces, Finnick empezó a ver la luz al final del túnel, y escuchó las olas romper contra los acantilados. Cuando llegó a la abertura final, se arrastró, con las rodillas doloridas y la espalda transmitiéndole pinchazos por todo el cuerpo, pero se irguió y comenzó a llamarla.
-         ¡Annie! – gritó, avanzando por la arena.
La playa tenía forma de herradura. Era muy pequeña, más de lo que él había imaginado, y los acantilados que la rodeaban estaban llenos de aberturas que dejaban ver cuevas más grandes que por la que él había entrado. La arena era blanca, y el agua cristalina. Finnick casi podía ver qué era lo que había enamorado a Annie de ese lugar, aunque el miedo no le dejaba verlo en todo su esplendor.
-         ¡Annie! – gritó de nuevo -. ¡ANNIE! ¡Annie, soy yo, Finnick!
A lo lejos, bajo la sombra de uno de los acantilados, había un cuerpo. El miedo congeló a Finnick en el sitio, bajo el calor del sol que comenzaba a ponerse. Las olas rompían peligrosamente cerca de ella, y podía ver las ropas mojadas pegadas a su cuerpo.
‘No, no, por favor, no’.
Finnick corrió hacia ella como nunca antes había corrido en su vida.
-         ¡Annie! – chilló, dejándose caer a su lado. La chica tenía los ojos cerrados y el rostro empapado y frío -. ¡Annie, por dios, despierta! ¡Annie, eh! ¡Ann…! ¿Annie?
La chica movió los párpados y unas gotas calleron de sus pestañas. Sus ojos verdes se abrieron, mirándolo con seriedad. No era ninguna de las Annies que Finnick había conocido. No era tímida, ni inocente, ni mostraba rasgos de locura. Era completamente diferente.
-         Me llamaban – dijo, con voz clara.
-         ¿Quiénes? – susurró Finnick, con la voz rasgada por el pánico.
-         Ellos – contestó Annie, mirando al mar -. Los peces.
Finnick la ayudó a erguirse. El pelo de la chica estaba casi seco, rodeando su rostro en una cortina de bucles castaños.
-         ¿Qué ha pasado, Ann? – comenzó él, acariciándole el pelo.
-         La he encontrado – respondió ella, dejando caer un puñado de arena entre los dedos -.  Mi casa.
-         ¿Estás bi…?
-         Me metí en el agua – continuó ella -. No estaba fría. Nadé y nadé, pero no… Dexter me dijo que tenía que encontrar mi cola, pero yo seguía teniendo dos piernas. Entonces ellos… me dijeron que me quedase quieta. Y el mar me sostuvo, Finn.
Finnick la observó con cuidado. Había sabido consolarla antes de la Arena, había sabido entretenerla después de eso, pero ¿qué podía hacer ahora? Cualquier cosa que dijera, podía repercutir en ella.
-         Flotaba – seguía -. Y los peces me enseñaban cosas.
-         ¿Qué cosas?
-         Había un chico. Moreno, con el pelo rizado y una sonrisa muy blanca. Se llamaba Kit.
El estómago de Finnick se retorció.
-         ¿Está muerto, verdad?
Finnick miró a Annie. No podia mentirla. Asintió.
-         Seguía sonriendo cuando le cortaron la cabeza – decía Annie. Finnick se estremeció -. Entonces, los peces me enseñaron a una mujer. A… a mi madre. También está muerta.
No era una pregunta. Finnick miró hacia el suelo, avergonzado. Nunca, en un año, le había contado lo que había pasado con su madre. Tenía miedo a su reacción. Y, sin embargo, ella parecía tranquila, como si no le afectase.
-         Todos mueren – dijo la chica, volviendo a soltar un puñado de arena -. ¿Por qué todos mueren? Yo debería estar muerta. El mar me reclamó en ese sitio malo, yo…
Finnick le colocó una mano sobre la boca, apoyando los labios en sus propios nudillos. Las lágrimas de Annie comenzaron a deslizarse entre sus dedos, y Finnick apartó la mano para quitarle las lágrimas.
-         No digas eso – gruñó, con la frente sobre la suya.
-         Yo no quería que murieran – lloró Annie -. Todos a mi alrededor mueren. Solo me han enseñado sangre, sangre, sangre…
Finnick la abrazó.
-         Tienes que irte – susurró Annie, empujándolo -. Yo no quiero que tú mueras.
-         No me voy a ninguna parte – respondió él, mirándola a los ojos -. No me da miedo.
-         Pero a mí sí – continuó Annie, apartándose -. Yo… Vete, ¡vete! ¡Déjame!
Annie se levantó y echó a correr de nuevo hacia el mar. Pero Finnick fue más rápido.
-         ¡Annie! – gritó, agarrándola por la muñeca. La muchacha tiró para soltarse, pero los dedos de Finnick no se lo permitieron -. Annie.
-         Vete, por favor – lloró ella -. No quiero que tú mueras también, como Kit, como mamá…
-         Te necesito, Annie Cresta.
Annie cerró la boca.
-         No puedes. Está mal.
-         No está mal – continuó Finnick, acercándose -. No tengo miedo a morir si es por ti, Ann. Tú me mantienes vivo.
Annie se alejó de él, y Finnick le soltó la mano. Se lo había dicho. Ella lo sabía ahora.
-         Está mal – repitió Annie.
Finnick volvió a acercarse. El agua le llegaba por la cintura.
-         No está mal, Annie. No puede estar mal.
Annie se acercó más a él hasta que sus pechos casi se rozaban. La chica apoyó la frente sobre su cuerpo.
-         Tengo miedo de que te hagan daño. Ellos, los que hicieron daño a Kit.
Finnick cerró las manos en torno a la cintura de la chica. Solo podían hacerle daño si se lo hacían a ella. Ese era el punto. Ningún dolor físico podía compararse al dolor que sentiría si le pasara algo a Annie Cresta.
-         Voy a cuidar de ti – susurró Annie, abrazándolo.
Finnick sonrió y apoyó la barbilla en la cabeza de la chica. Annie había encontrado su hogar, había encontrado esa playa. Y él había encontrado el suyo.
En ella.