martes, 11 de junio de 2013

Capítulo 39. 'Una ballena'.

-         ¿Dónde está Finnick?
Johanna tiró de ella con fuerza. Annie chocó contra el hombro de un hombre con el pelo de un horrible naranja artificial, golpeándose la nariz. Intentó volver la vista para ver si Finnick las seguía, pero Johanna no dejó de arrastrarla.
Finalmente, llegaron a una barra. Johanna se sentó en un taburete, pasándose una mano por el pelo corto. Annie la miró con desconfianza. No le gustaba esa chica. No le gustaba nada.
-         Puedes sentarte, ¿eh? No muerdo. Solemos dejarle esas cosas a Enobaria.
Annie levantó las cejas. ¿Enobaria? ¿Qué era Enobaria? Johanna la miró, frunciendo el ceño.
-         ¿Enobaria? Ya sabes, dientes de oro, puntiagudos… pinchan – Al ver que Annie no respondía, soltó un bufido -. Sí que estás ida, ¿no?
-         No – soltó Annie, sentándose a una prudente distancia -. Estoy bien.
-         Sí, ya se ve que estás en la cresta de la ola.
Annie se mordió el labio, mirando a su alrededor. No había ni rastro de Finnick. ¿Por qué la había dejado sola con esa chica? ¿Dónde había ido él? Una idea pasó por su cabeza, y empezó a ver mujeres mostrando más piel de la que deberían, pero él no se atrevería a hacer algo así, ¿verdad? No estando ella allí.
Se llevó las manos a los ojos, mordiéndose el interior de las mejillas.
-         ¿Algo de beber, señoritas?
Annie abrió los ojos y miró al camarero. Tenía el pelo verde peinado hacia atrás y los ojos oscuros rodeados de pestañas también verdes. Sin embargo, y a pesar de lo extraño de su apariencia, era atractivo. Annie apartó la mirada, aturdida ante la intensidad con la que el chico la miraba.
-         No – gruñó Johanna, mirando al chico.
-         ¿Segura? – El camarero sacó dos copas llenas hasta los bordes de un líquido oscuro -. Es excepcional.
Annie cogió una de las copas. Fuese lo que fuese aquel líquido, olía excepcionalmente bien. Se llevó la copa a los labios, pero, antes de que el líquido los rozase, Johanna dio un tirón de su muñeca, apartándole la copa de la cara. El líquido se desparramó sobre la barra, salpicando al chico de pelo verde, que se apartó de ellas.
-         He dicho que no – repitió Johanna, quitándole a Annie la copa.
El camarero masculló una palabrota y se marchó, alterado. Annie fulminó a Johanna con la mirada.
-         ¿Por qué has hecho eso? ¿No te han dicho que está mal?
-         Oh, por dios – susurró Johanna, mirando a su alrededor.
Tras cerciorarse de que nadie las miraba, la chica cogió la segunda copa y vació su contenido en una maceta. Annie arrugó la nariz, sorprendida y extrañada a partes iguales. Y más se extrañó aún, cuando Johanna se metió la mano en el escote del vestido.
-         ¿Qué estás haciendo?
-         ¿Quieres emborracharte? Pues hazlo con algo seguro y sin alterar.
Annie observó cómo Johanna sacaba de su escote una petaca. La muchacha destapó el objeto y vació parte de su contenido en una de las copas. Al contrario que el líquido que el camarero les había ofrecido, este era dorado y casi transparente. Johanna llenó la otra copa y se la pasó a Annie sobre la barra, que apartó la mano.
-         Eres desconfiada – murmuró la muchacha, acariciando con un dedo el borde de la copa -. Eso te salvará la vida.
Johanna clavó sus ojos castaños en los verdes de Annie, que la miraba como si fuese una especie de animal salvaje y peligroso. Johanna empezó a reír, levantando la copa.
-         ¿No vas a beber? – Annie se mordió el labio -. No es veneno, ¿eh?
-         No me lo dirías si lo fuera – masculló Annie, levantando la copa a su vez.
-         Vaya, no eres tan tonta al final.
Johanna llevó la copa hacia la suya y, tras chocarlas, la vació de un trago. Annie se llevó su bebida a los labios y le dio un sorbo, lo suficientemente largo como para sentir el gusto de la bebida.
En cuanto el líquido, que ya de por sí estaba asqueroso, pasó a su garganta, esta empezó a arder.
Annie escupió la bebida en el suelo, tosiendo. Sentía como si se hubiese tragado una caja de cerillas encendidas. Johanna la sujetó mientras se doblaba, escupiendo en el suelo para eliminar el sabor.
-         ¿Qué era eso? – preguntó, asqueada.
-         Se llama ‘la única manera de sobrevivir en fiestas estúpidas de gente hipócrita’. También lo llaman alcohol.
Annie se pasó el dorso de la mano por los labios.
-         ¿Y a ti te sabe bien?
Johanna soltó una carcajada, llenándose otra vez la copa con el líquido dorado. La vació de nuevo y, agitando la cabeza, siguió hablando.
-         No, pero después de un par de tragos te acostumbras.
-         No creo – gruñó Annie, mirando con una mueca su copa semivacía.
-         Prueba – Johanna ya llenaba su copa por segunda vez.
Annie volvió a beber, esta vez con un sorbo más pequeño. Lo cierto era que, si se detenía a saborearlo, podía incluso llegar a estar bueno. Dulce. Como si tuviese mucha azúcar.
Cuando, muchos minutos después, puso su segunda copa vacía sobre la barra, Johanna, ya ebria, aplaudió con fuerza.
-         Te lo dije – dijo, sonriendo. Sus ojos parecían mirarla sin verla realmente -. Es como una medi… medici…na.
Annie se sujetó la cabeza. ¿Por qué se movía todo? Intentó centrarse en Johanna, que se miraba las uñas de las manos, pero ni siquiera podía verla nítidamente. Movió la cabeza, cerrando los ojos. Podía estar perfectamente sentada en una nube en lugar de en un taburete.
-         Chicas, chicas – masculló alguien a su espalda -. Deberíais probar algo menos fuerte.
Annie se dio la vuelta y se encontró con el hombre que había visto antes. ¿Cómo lo había llamado Finnick?
-         Heu… Jai…
-         Haymitch – gruñó el hombre, sujetándola por el codo para evitar que cayera. Annie empezó a reírse -. ¿Qué has tomado, niña?
-         Tranquilo, Haymitch, no he dejado que pruebe na-da – sonrió Johanna, agitando el contenido de su copa.
-         Así que has traído tú – continuó Haymitch, separándose de Annie. La chica se agarró a la mesa -. No sabía que bebieras, Johanna.
La muchacha se sacó la petaca de su escondite, bajo una de las capas de su vestido, y la agitó en el aire. Apenas quedaba nada en su interior.
-         Casualmente – sonrió, y, tras mirar la petaca, esbozó una mueca de tristeza -. Pero ya no queda más.
Annie le hizo un puchero a la chica, que empezó a reírse a carcajadas. Empezaba a gustarle Johanna Mason. Se restregó la nariz cuando Haymitch se acercó a ella. Moviéndose o no, ese hombre seguía oliendo mal.
-         Suerte que llego yo, entonces.
Haymitch se metió la mano en la chaqueta y sacó una botella. Contenía un líquido oscuro, pero no como el que el camarero les había ofrecido antes. Annie abrió mucho los ojos, intentando distinguir el tapón de la botella, pero no pudo. Miró a Johanna, que estaba concentrada en el borde de su copa.
-         Acercad los vasos, preciosas.
Annie nunca pensó que se encontraría tan a gusto en un sitio en el que Finnick no estuviese, pero se encontró riendo en un grupo de personas a las que ni siquiera conocía. Johanna gruñía cada vez que alguien se les acercaba, y esa persona salía huyendo, excepto un par de valientes que decidieron unirse. Uno era alto, con la piel muy oscura. A Annie casi le pareció que no tenía el brazo entero.
-         Pero no puede ser – le dijo a Johanna -. Toda la gente tiene brazos, ¿no?
Johanna miró a Chaff y sonrió.
-         Hasta que alguien se los quita. Algunos pierden jugue… tes y otros… otros pierden brazos – Annie escuchaba su voz muy lenta y distante, a pesar de que estaba hablando casi en su oreja -. Y otros como tú, que perdéis la cabeza.
-         ¡No! – gritó Annie -. Yo tengo mi cabeza -. Cogió las manos de Johanna y las puso sobre su pelo -. ¿Ves?
Johanna se apartó, tambaleándose.
-         Pero estás… ¡estás hueca!
Annie le dio un empujón, consiguiendo chocarse ella contra la barra. La cabeza empezó a darle vueltas. ¿Hueca? Ella no estaba hueca.
-         Eh, chica – gruñó Chaff, cogiéndole la mano -. ¿Estás bien?
-         Yo no estoy hueca – dijo, tapándose la cara con las manos -. ¡No estoy hueca!
Annie se zafó del hombre y se acurrucó en el suelo. La música estaba demasiado alta, le pitaban los oídos, y a su alrededor solo había pies. Se sentía muy pequeña, y empezó a llorar. Ella no era pequeña, y no estaba hueca.
-         ¿Annie?
La chica alzó los ojos hacia Johanna, que estaba acurrucada a su lado.
-         Oye, vamos. Salgamos de aquí.
Annie se apartó las lágrimas de los ojos y le cogió la mano. Johanna tiró de ella, moviéndola entre la gente. Tenía que concentrarse mucho para seguirla, porque había pies por todo el camino, donde no estaban antes. Johanna la sacó al exterior y se sentó junto a ella en uno de los escalones.
-         ¿Mejor? – preguntó.
Annie la miró. Sentía los ojos torpes, como si no supiesen ver. Y eso era raro, porque los ojos están hechos para ver. Si no, ¿qué otra utilidad tendría?
Entonces pensó en los ciegos. ¿Cómo sería ser ciego? No poder ver. Annie se estremeció. No podía imaginar no ver. Estaba mal. ¿Verían algo en su mente los ciegos?
-         ¿Por qué tienen ojos los ciegos? – preguntó, mirando a Johanna con seriedad.
La muchacha se apartó las manos de los ojos. Tenía el maquillaje corrido por las mejillas y los párpados, pero no parecía importarle.
-         ¿Qu… qué?
-         Los ciegos. Los ojos son para ver – continuó Annie -. Si los ciegos no ven… ¿por qué tienen ojos?
-         Oh, dios mío, sí que estás loca.
Annie se rascó la nuca, tapándose los ojos. No veía nada, pero sabía que estaba viendo negro. ¿Sabrían las personas ciegas lo que era el color negro? Intentó imaginarse cómo sería estar toda la vida así, sin ver los colores, ni el mar. Sin ver a…
-         Finnick – susurró, apartando la mano de la cara -. ¿Dónde está Finnick?
Johanna soltó un bufido, frunciendo el ceño.
-         Creo que no eres la única que lo reclama – gruñó.
-         Yo…
Johanna se giró hacia ella, pasándose una mano torpe por el pelo.
-         ¿Sabes? Dicen que los borrachos no mienten.
-         Bobachos – repitió Annie, asintiendo. No sabía qué significaba esa palabra, pero sonaba bien. Y además, según Johanna, un bobacho era una persona sincera.
-         Finnick es mi amigo – comenzó Johanna, en apenas un susurro -. El único amigo que tengo.
Annie asintió, seria de repente.
-         No, mierda, él… él es la única cosa que tengo – continuó. Annie sintió un tirón en el estómago -. Me importa, ¿vale? Y… ah, yo no te estaría diciendo esto si no estuviera así… Tú no tienes por qué saberlo.
-         A mí también me importa – dijo Annie.
Johanna levantó la mirada hacia ella y clavó los ojos castaños en los suyos con intensidad. Alargó una mano hasta clavarla en su hombro.
-         Me importa – siguió, pasándose la lengua por los labios -. Y no quiero que le pase na… nada. Pero, si por algún… casual le pasa algo, quiero que sea por algo que le importe a él y que merezca la pena. Tú le importas, eso está claro. Así que, responde. ¿Tú le quieres?
Annie se quedó quieta. ¿Qué se suponía que tenía que decir? Le daba vueltas la cabeza, y ni siquiera era capaz de enfocar a Johanna. ¿Qué había dicho Finnick? ‘Nada de besos, nada de caricias, nada’. Pero decirlo no haría mal a nadie, ¿no? No era un beso, no era una caricia.
Querer. Amar, suponía. Recordó algo que alguien le había dicho una vez.
‘Amor. Es una palabra muy grande’.
Annie arrugó la nariz. ¿Cómo podía ser grande una palabra de cuatro letras? No tenía sentido.
¿Quería a Finnick? Esa era la pregunta. Y Annie no sabía que respoder. ¿Qué significaba exactamente ‘querer a alguien’? Ella sabía que lo necesitaba. Y le gustaba besarlo, y estar con él, y él le gustaba, más que nada en el mundo. Él era suyo. Ella era suya. No era solo ‘querer’.
Y, sin embargo, una palabra empezó a abrirse camino a través de su boca. Annie se mordió el labio, pero no pudo evitar que saliera.
-         Sí.
Sintió cómo le subía la sangre a la cara. Johanna la miró con los ojos entrecerrados.
-         ¿Cuánto lo amas, Annie Cresta?
Annie empezó a ponerse nerviosa. ¿Cómo que cuánto? ¿Eso se podía medir? Pensó en decir que lo quería ‘cuatro letras’. Al fin y al cabo, alguien había dicho que eso era grande. Pero a Annie, por mucho que no intentase, le seguía pareciendo una palabra pequeña. Y no, ella quería mucho más a Finnick.
-        Un montón, yo...
Algo más grande.
-         Una ballena – respondió, sonriendo.
-         ¿Una qué?
-         Una ballena. Son enooooooormes. Muy grandes. Así lo quiero.
Johanna la miró con el ceño fruncido y, acto seguido, soltó una de las carcajadas más fuertes que Annie había escuchado en su vida. La risa de la chica era contagiosa, y Annie no tardó en empezar a reír también. Todo era tan… raro.
-         Una ballena, dice – suspiró Johanna, quitándose una lágrima de los ojos, sin dejar de reírse -. Voy a fingir que estás diciendo esto solo por el alcohol, porque como estés así realmente...
Annie se miró los pies, sonriendo. Una ballena. Era la cosa más grande que había visto en su vida, tan grande como para poder expresar cuánto quería a Finnick. Seguía sin estar segura de que eso se pudiese medir, pero una ballena le parecía suficientemente grande y pesada como para ello.
-         Quieres a Finnick una ballena – concluyó Johanna, sonriendo -. Me vale.
Se levantó y le tendió una mano. Annie la cogió, poniéndose a su lado.
-         ¿Podemos ir a buscar a Finn? – preguntó Annie, colgándose de su brazo.
Johanna la miró desde arriba y volvió a reír, tambaleándose.
-         Claro, princesa del océano. Vamos a buscar a tu amor de ballena.
Ambas entraron en la mansión de nuevo, entre risas.


sábado, 1 de junio de 2013

Capítulo 38. 'La Fiesta'.

-         ¿Estás segura? Aún podemos volver.
Finnick agarró la mano de la chica. Annie estaba tensa, pero en cuanto él la tocó, se volvió para mirarlo con una sonrisa.
-         ¿Es una fiesta, no? ¿Para los Vencedores?
Finnick asintió, serio. No le hacía gracia llevar a Annie directamente ante Snow, pero ella había insistido tanto en ir que al final se había rendido.
Habían pasado varias semanas desde el día en que ella lo besó. Finnick nunca había sentido algo tan puro como lo que sintió en ese momento, bajo aquella sábana, como dos niños pequeños jugando al escondite. Nadie, excepto Mags y Dexter, sabían nada sobre ellos, y se andaban con cuidado de no mostrarse demasiado cariñosos en público. Era difícil, más aún cuando Finnick apenas podía apartarse de ella. Desde ese beso, sentía un lazo más fuerte. Ya no solo temía que le hicieran daño o que se la quitaran: tenía miedo de que le arrebatasen ese sentimiento también.
-         Yo soy una Vencedora también – recordó Annie, dándole un apretón.
Finnick la miró directamente a los ojos. También Annie estaba ligeramente más cambiada, aunque no solo con respecto a él. Se la veía más segura, más confiada en sí misma y en lo que podía hacer. A pesar de que seguía teniendo esa especie de inocencia infantil, su comportamiento era cada vez más acorde con su edad.
Finnick la atrajo hacia su pecho, y ella le devolvió el abrazo, juntando las manos en la parte baja de su espalda.
-         No va a pasar nada, ¿vale? – murmuró ella, con la frente apoyada en su pecho.
El chico la sintió temblar ligeramente. Sabía que estaba asustada, y era comprensible. La última vez que había estado en el Capitolio, no estaba muy cuerda. Esa gente extravagante, incluso los colores chillones de los edificios… Todo le recordaba a esa etapa en la que tenía miedo de todo. Finnick se separó de ella.
-         Eh – dijo, tocándole el cuello con la punta de los dedos -. Estás bien, ¿vale?
Annie sonrió y se puso de puntillas para besarlo. Finnick introdujo los dedos en su pelo castaño y le devolvió el beso, como bebiendo de ella. Al fin y al cabo, era algo así. Annie era como el agua para él: absoluta y completamente necesaria.
Sin embargo, no podían saber eso en el Capitolio. Nadie podía saber que Finnick ya no pertenecía al Capitolio, si no a una chica loca que había ganado los Juegos por pura suerte.
-         Escucha, An – comenzó Finnick, separándose -. Cuando estemos allí… Nada de besos, nada de caricias, nada. ¿Entiendes?
Annie arrugó la nariz, visiblemente molesta. Le quitó las manos se la cintura y se apartó, apoyándose en el alféizar de la ventana del tren.
-         ¿Se molestarían tus… pretendientes… si lo hiciésemos?
Finnick frunció el ceño. Ella nunca le había dicho nada relacionado con su compromiso con el Capitolio. Nunca se lo había reprochado, excepto aquel día bajo las sábanas.
-         Annie, ya sabes que…
-         Entonces, ¿qué más da quien lo sepa?
-         An – dijo Finnick, acercándose de nuevo -. Ya te dije que desearía dejar de hacerlo, pero no puedo. Si Snow se enterase de algo…
-         Ya. Pero no tiene por qué hacerlo, ¿no?
-         Snow tiene ojos en todas partes, An.
Annie giró la cabeza, mordiéndose el labio. Finnick le colocó un dedo bajo la barbilla. Sabía que ella confiaba en él, pero desearía que se diese cuenta de verdad de que él no se prostituía por placer o por dinero, ni siquiera por obligación. Él lo hacía amenazado.
-         Oye – Annie lo miró, seria -. Podemos volver. En casa no tenemos que ocultarnos.
-         No, Finnick. Quiero ir. Quiero saber si… si él me da miedo.
El chico se dio cuenta de que ella, en realidad, estaba aterrada. Podía ver el miedo que le daba temer a Snow. Porque si ella lo temía, él le haría más daño. Annie no era como Johanna. Johanna Mason no le tenía miedo. Era capaz de desafiarlo, de desobedecerlo, aun sabiendo las consecuencias. Pero Annie… Annie sí tenía cosas que perder, sí podía ser coaccionada por él. Finnick se estremeció. No podía verla en la misma situación que él. Le repugnaba la idea.
-         Vale – admitió Annie -. Nada de nada, entonces.
Finnick le acarició el pómulo con el pulgar y se separó de ella, haciendo ademán de marcharse. Entonces, justo cuando daba la vuelta, Annie le cogió con suavidad de la mano y lo obligó a girarse hacia ella de nuevo.
-         Pero cuando estemos en el Capitolio.
Finnick sonrió y la besó de nuevo.
No había comparación con la cantidad de besos que había recibido a lo largo de su vida. Finnick Odair siempre había sido deseado por las chicas y envidiado por los chicos, durante toda su vida. Tenía una belleza que no podía potenciarse aún más. Y precisamente por eso, no podía enumerar con los dedos de la mano la cantidad de chicas que lo habían besado. Sin embargo, ninguno de esos besos emanaba la ternura, la inocencia y la timidez que tenían los de Annie. Eran esa clase de besos que le hacían desear más. Ni siquiera estaba seguro de que pudiera cansarse de ellos en algún momento. O, más bien, estaba seguro de que no lo haría.
Annie apartó la cara y lo besó en la mejilla. Se había dejado una fina capa de barba, apenas un poco, nada comparado a la espesa mata de vello que había tenido semanas atrás. Al contrario que aquella, a Annie le gustaba así.
-         Ey, tortolitos – carraspeó Mags, apoyada en la entrada del vagón principal -. Estamos llegando.
Finnick acarició la mejilla de la chica una última vez y se apartó, alisándose el traje. Habían llegado a tiempo, justo para salir del tren y encaminarse directamente hacia la mansión del presidente. Finnick se colocó junto a la ventana, observando su reflejo.
-         Sabes que estás guapo, deja de presumir – dijo Mags, dándole un golpe en el hombro -. ¿Verdad, An?
Annie se puso colorada como un tomate. Aún no estaba acostumbrada a que Mags supiese lo que tenían ella y el chico, y siempre enrojecía cuando la anciana hacía referencia a ello. A Finnick le parecía adorable.
-         Muy guapo – susurró Annie.
Finnick le sonrió, poniéndole una mano en la parte baja de la espalda.
-         También tú, An.
Las mejillas de Annie se pusieron más rojas aún. Justo en ese momento, el tren entró en la estación, y los flashes a través del vidrio de las ventanas los cegaron. Annie se cubrió los ojos con los dedos, arrugando la tela del vestido con la mano que le quedaba libre. Finnick la observó. Temblaba.
-         No te separes de mí – pidió ella, con la voz cortada.
-         No voy a hacerlo.
Finnick le agarró la mano y la sacó al exterior.
Las voces, las caras, las manos que se alargaban para llegar a tocarlos… Todo era demasiado abrumador para la chica, que empezó a temblar más violentamente al lado de Finnick, casi tanto que no podía caminar. El chico tiró de ella, poniéndole el brazo alrededor de la cintura para sostenerla, y la metió en el coche que los esperaba, para llevarlos directamente a la mansión del Presidente.
-         ¿Estás bien? – preguntó Finnick, girándose hacia ella para cogerle la cara.
Annie se mordía el labio con fuerza. Finnick tiró de su barbilla para soltárselo y le cogió las manos.
-         Annie, podemos volver a casa. No tienes por qué hacer esto.
-         Es que… ellos… tienen caras raras, y…
Finnick observó a Mags, que se colocaba el pelo frente a la ventana. La anciana lo miró por el rabillo del ojo, antes de girarse hacia ellos.
-         Ha sido una mala idea. Ya sabéis lo que dijo Dexter. Aún no estás preparada, An.
-         Y si no lo estoy ahora, ¿entonces cuándo?
Finnick le acarició el dorso de la mano, sin atreverse a más. Incluso el conductor del coche podría estar contratado por Snow.
-         Puedo hacerlo, ¿vale? – gruñó Annie, cerrando los ojos -. Es solo que me han asustado.
Y no hablaron más durante el trayecto. Finnick le soltó la mano, con la vista clavada en la nuca del conductor. Cuando llegaron a la mansión, fue el primero en salir, tendiendo una mano hacia la chica. Nadie lo juzgaría por ser caballeroso.
-         Vamos entonces.
Annie se cogió de su brazo, seria y decidida. Tras un breve vistazo, se encaminaron hacia la casa.
Finnick no sabía exactamente cuánta gente había allí. Pero los conocía a casi todos. Podía ver a Enobaria sentada en una mesa, mostrando sus afilados dientes. A los hermanos Gloss y Cashmere, junto con otros vencedores profesionales. Gloss lo llamó con el brazo, pero él lo rechazó con una educada sonrisa. No quería llevar a Annie con ellos.
-         Vaya, si tenemos aquí a Finnick Odair – dijo una voz a sus espaldas -. ¿Cuánto hace que no venías a una de estas fiestas?
Finnick se giró, con una media sonrisa.
-         Bastante más que tú – respondió -. ¿Cómo va todo, Haymitch?
El hombre alzó la copa y se la bebió de un trago. Annie se estremeció junto a Finnick, pero si estaba asustada, no lo demostró.
-         Ya sabes, chico. Distrito, Capitolio, distrito. Aunque las bebidas aquí son mejores.
-         Ya veo.
-         Así que esta es Annie Cresta – añadió Haymitch, alargando una mano hacia ella. Annie se encogió -. Vaya, quién diría que esta poquita cosa es una Vencedora.
Finnick se puso tenso. Todo el mundo sabía cómo era Haymitch Abernathy. No era de los que tienen un filtro en el cerebro para saber cuándo dejar de hablar. Annie miró hacia otro lado.
-         Nos vamos – anunció Finnick.
-         Sí, claro. Dale una vuelta a la chica, que respire este aire. Tendrá que acostumbrarse, antes o después.
Y se alejó tambaleándose, con la copa vacía en la mano. Annie se relajó a su lado.
-         Poquita cosa – repitió, arrugando la nariz -. Y él huele mal.
Finnick soltó una carcajada y se giró, arrastrándola con él. Annie observaba la decoración a su alrededor, fascinada por las luces, las figuras de cristal que adornaban las mesas, incluso los elaborados trajes que llevaban los tributos vencedores.
-         Debería haberme puesto algo así – dijo, señalando a una mujer que llevaba un extravagante vestido rojo.
Finnick la miró, sonriendo.
-         Estás preciosa así.
Y lo estaba. Llevaba un vestido verde bastante sencillo, cortesía de Yaden, que se lo había enviado días antes. La chica se sonrojó de nuevo, pero no lo miró.
-         Vaya, mira lo que tenemos aquí.
La sonrisa de Finnick se hizo más amplia. La chica que caminaba hacia él llevaba el vestido azul recogido en la cintura, mostrando una de sus largas y fuertes piernas. Finnick soltó a Annie para abrazarla.
-         Pensaba que no te iban estas cosas.
-         Y no me van – respondió Johanna, agitando una copa -. Pero tenía curiosidad – añadió, mirando a Annie -. Así que tú eres Annie Cresta.
Annie la miró con desconfianza. Finnick se colocó junto a ella, tendiéndole el brazo de nuevo, pero esta vez, Annie no se lo cogió.
-         Sí – respondió la chica -. ¿Y tú eres?
Johanna abrió mucho los ojos y miró a Finnick, sorprendida. Estaba acotumbrada a que todos los vencedores la reconocieran, ya que su paso por los Juegos no había pasado desapercibido.
-         ¿Así que es verdad? – susurró -. ¿Está tan loc… tan ida?
Finnick entrecerró los ojos. Johanna captó la amenaza muda y volvió a dirigir su antención a la chica.
-         Johanna Mason, distrito siete. Un placer.
Annie asintió.
Finnick observó la seriedad que de repente había aparecido en el rostro de la muchacha, pero no tuvo tiempo de fijarse mucho.
Porque en ese momento, al otro lado de la habitación, el Presidente Snow lo llamaba con los ojos.
Finnick sintió un escalofrío recorriéndole la columna vertebral.
-         Jo, ¿puedes…?
La chica siguió su mirada. Cuando descubrió al presidente, su cara se transformó en una nada disimulada mueca de repulsión.
-         Claro, Finn. Yo me encargo de tu chica.
Cogió a Annie del brazo y la arrastró entre la multitud, sin dejar que hablase con él. Finnick las observó marcharse y, con un suspiro, se encaminó hacia el presidente.