sábado, 5 de octubre de 2013

Capítulo 59. 'Perdida'.

Annie apenas podía sostenerse en pie mientras Dexter la conducía a casa, con su brazo tembloroso alrededor de sus hombros. Despedirse de Finnick sabiendo que podía no volver a verlo en un futuro cercano era lo más duro que había hecho en mucho tiempo y, probablemente, lo más doloroso.
Y su vida no había estado precisamente vacía de momentos dolorosos.
-      ¿Annie?
La chica alzó la mirada, aún nublada por culpa de las lágrimas que no paraban de acudir a sus ojos.
-      Va a volver, ¿verdad? No puede simplemente no volver.
Dexter tragó saliva, apartando la mirada, y ese sencillo y casi escondido gesto no pasó desapercibido para una persona que había aprendido a fijarse en cada detalle si no quería ser engañada, que rompió a llorar de nuevo.
-      An…
-      ¡Tienes que volver! ¡No puede dejarme aquí, yo voy donde él va y al revés!
La chica salió corriendo, zafándose de la mano de Dexter que ya empezaba a cerrarse en torno a su muñeca. No quería ir a su casa si sabía que Finnick no iba a estar allí esperándola, y solo había un lugar donde podía sentirse protegida aún por él.
Incluso la playa parecía gris aquel día. El mar parecía haber perdido su color, ese verde de los ojos de Finnick. ¿También el océano había sentido su pérdida?
‘No’, se dijo a sí misma, negando con la cabeza. ‘Va a volver. Tiene que volver a mí’.
Annie corrió hacia la cueva que había sido su nido de felicidad tantas noches que ahora parecía irreal. La luz que entraba por las aberturas naturales también parecía oscura, gris y apagada. Muerta.
-      ¡No! – chilló, sujetándose la cabeza con las manos -. ¡No pienses en eso, no ahora!
Annie cogió una caracola que había en la mesilla más cercana y la lanzó por los aires contra la pared, haciéndola añicos. Se sintió tan rota como esa caracola en cuanto vio las esquirlas en el suelo. ¿Quién la habría lanzado a ella con tanta fuerza hacia esa pared?
Cayó de rodillas al suelo, aún con las manos en las sienes. Sentía la sangre palpitar en su cabeza, y le costaba respirar. No podía dejar de pensar en otra cosa que no fuese la muerte.
La misma muerte que se había llevado a su madre.
Que se había llevado a Kit.
Que había tratado de llevársela a ella.
Y que ahora podía llevárselo a él.
Apoyó la cabeza contra las rodillas y gritó. Gritó hasta que sintió sangrar su garganta, hasta que sus pulmones ardieron. Se sentía tan en llamas que podría haber sido Katniss Everdeen.
Empezó a reír. ‘La princesa del océano en llamas. Qué ironía’.
Estaba en el centro de una espiral de rabia, tristeza y dolor que sería difícil saber cuál de los tres sentimientos la afectaba más. Se sentía volviéndose loca de nuevo. Justo cuando parecía haberse acercado a la cordura. O justo cuando Finnick la había acercado más a ella. Eso sería más correcto.
Entonces, su mente abandonó a Finnick por un segundo y fue hacia Mags. Hacia esa mujer que había sido como su madre durante los últimos años. Pensó en lo que le había dicho la anciana entre balbuceos antes de que la puerta se cerrase entre ellas por última vez.
‘Voy… a… morir. Es… espera…lo cuan…do él vuel…va’.
Annie había entendido por qué Mags se había presentado voluntaria por ella. No era por salvar a Finnick, o por protegerlo, como había pensado en un principio. Mags se había presentado voluntaria, había aceptado su muerte, para protegerla a ella. Para que Finnick pudiese volver a su lado.
La chica volvió a llorar, sujetándose el estómago con las manos. Apenas podía sentir el aire entrar y salir de sus pulmones, como si tuviese una garra permanente alrededor de su garganta. Annie se levantó y caminó hacia la cama, donde se dejó caer. Cerró los ojos e inspiró con fuerza. Aún olía a Finnick. A Finnick y a océano.
-      ¿Annie?
La chica abrió los ojos, sobresaltada. Estaba ahí. Estaba ahí, con ella, había escuchado su voz. Se levantó de la cama con una rapidez imposible para el estado en el que se encontraba y se dio la vuelta.
Finnick estaba en la entrada, con una camisa blanca, unos pantalones oscuros y los pies descalzos. Parecía una especie de ángel.
-      Finn… - susurró Annie, llevándose una mano a la boca.
-      No me voy sin ti – gruñó él, avanzando hacia ella.
Annie se dejó caer en sus brazos, respirando su aroma. Apenas habían pasado unas horas desde la última vez que lo había visto y le habían parecido años. Años muy largos.
-      Finnick…
-      Te amo – murmuró él, antes de besarla -. Te amo, recuerda eso.
Annie le devolvió el beso, enredando los dedos en su pelo. El chico la arrastró hacia la cama, con las manos puestas en su espalda, seguras y delicadas como siempre lo habían sido. Annie cayó sobre él, sin dejar de besarlo. No podía irse. Era algo impensable. No podía irse y no podía morir.
-      No puedo ir donde tú vas – musitó Annie, separándose unos centímetros de él.
-      Lo sé. No quiero que vengas – Finnick cerró los ojos, y sus pestañas rozaron las mejillas de la chica -. Pero quiero llevarme esto antes de irme.
Finnick trazó un camino de besos desde su mentón hasta su clavícula. Annie introdujo las manos bajo su camiseta, rozando su piel. Parecía real. Tenía que ser real. Y, sin embargo…
-      ¿Annie?
Annie abrió los ojos. No había ningún Finnick a su lado. Estaba sola, a oscuras, con la almohada empapada de lágrimas. Se levantó, frotándose las mejillas entumecidas.
-      Ha sido un sueño – susurró -. Un maldito sueño.
La sombra de la puerta avanzó hacia la cama. Dexter parecía mayor a la luz de la luna, o quizá fuese su semblante lo que le daba más años. El hombre se arrodilló junto a la cama, poniendo las manos en sus rodillas.
-      Llevo buscándote todo el día. Han pasado horas desde la última vez que te vi.
Annie tragó saliva. Horas. Demasiadas horas sin él.
-      ¿Estás bien?
La chica negó con la cabeza, mordiéndose el labio. Un sueño. Por un momento, había creído que él estaba allí otra vez, pero no había sido más que un sueño. Un precioso sueño cruel.
-      Hace unos años – comenzó Dexter, con la voz rota – escribiste que te gustaría ser un pez. Porque los peces olvidan.
Annie frunció el ceño. ¿A qué venía eso ahora? ¿Es que Dexter no entendía cómo de rota se sentía?
-      ¿Sigues queriendo ser un pez, Annie Cresta?
La chica miró directamente a los ojos color miel del médico. Olvidar el dolor, la pérdida, aunque fuese solo por un instante. Parecía la oferta más tentadora que le habían ofrecido en mucho tiempo.
Dexter tendió la mano hacia ella, y la muchacha se la cogió con seguridad. El hombre siempre la había ayudado, siempre había estado ahí para ella, y ahora no podía confiar en nadie más que en él. Era toda la familia que tenía. Dexter la sacó de la cueva, tirando con suavidad de su muñeca, y la condujo hasta la orilla. El agua estaba fría como nunca lo había estado, pero no les importó. Continuaron andando hacia dentro y, cuando el agua les llegaba por el pecho, Dexter la obligó a detenerse.
-      Cierra los ojos.
Y Annie obedeció. Escuchaba el romper lejano de las olas contra los acantilados, a pesar de que el mar seguía en calma. Sintió cómo el mismo océano separaba sus pies de la arena del fondo y la obligaba a flotar. Pronto, sus oídos quedaron sumergidos y no escuchó nada más.
Excepto paz. Esa paz que siempre conseguía cada vez que se sumergía. Podía notar su corazón latir en el pecho, pero lo sentía pequeño, diminuto, un latido lejano como el tictac de un reloj.
‘Si hay calma bajo las olas, elijo hundirme’.
Era un pez.
Ya no sentía dolor, ni pérdida. Sabía que era un estado transitorio. Que, en cuanto saliese del agua, todo eso volvería a ella y se sentiría rota de nuevo. Pero su madre lo había sabido cuando ella era pequeña. El agua era su medicina, curaba sus heridas, y ahora lo estaba haciendo. La hacía olvidar.
No supo exactamente el instante en el que Dexter la había sacado del agua. Podían haber pasado segundos o años. Seguía en esa especie de trance que la había hecho sentirse parte del mar.
‘Pero yo ya era parte del mar’, pensó, cerrando los ojos. ‘Era la princesa del océano’.
Dexter puso una mano en su mejilla, y ese simple roce bastó para devolverla a la realidad de nuevo.
-      ¿Ya ha llegado?
Dexter frunció el ceño, confuso.
-      Finnick. ¿Ya está allí?
-      No aún. Mañana es el desfile de tributos.
Annie tragó saliva. Estaba demasiado lejos. Demasiado lejos de ella.
-      ¿Puedes llevarme a casa?
Dexter asintió y extendió la mano para ayudarla a levantarse. Annie temblaba como una hoja.
-      Dex…
-      ¿Sí, An?
-      Va a volver, ¿verdad? Dime que va a volver.
Dexter bajó la mirada.
-      No puedo decirte eso.
La chica se mordió el interior de la mejilla.
-      Lo sé. Pero quiero que lo hagas.
-      Decírtelo no va a hacer que se cumpla, Annie.
La muchacha se abrazó a sí misma, sintiendo la piel de gallina bajo sus dedos.
-      Él puede hacerlo, ¿verdad? Puede ganar. Puedes decirme eso al menos.
El hombre levantó la cabeza y Annie vio que lloraba. Dexter, que la había visto llorar a ella mil veces.
-      Dex…
-      Puede hacerlo – asintió -. Vamos a casa, An.
Annie entrelazó los dedos con los de su amigo y le dio un apretón.
-      Puede volver – musitó Annie.
-      Puede volver – repitió él.
El hombre tiró de ella hasta la cueva que los llevaba de nuevo a la Aldea de los Vencedores, de vuelta al mundo real. Annie inspiró hondo, se limpió las lágrimas de las mejillas y comenzó a ascender.
Finnick iba a volver. Tenía que volver por ella.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Capítulo 58. 'Los tributos'.

-         Annie Cresta.
Finnick sintió un tirón en los pulmones, como si un cordón de metal tratase de sacárselos del pecho. Tuvo que poner toda su fuerza de voluntad para no dejarse caer al suelo.
No era posible. No, ella no. Debía haberlo oído mal.  ¿Cómo iba a haber salido Annie? Era imposible. Una posibilidad entre ocho. No podía ser.
Entonces, Annie empezó a gritar. Fue un jadeo al principio, y Finnick desvió la mirada hacia la chica que amaba, mordiéndose el interior de las mejillas para reflejar en el exterior el dolor que sentía por dentro. Annie cayó al suelo, tapándose el rostro con las manos, y el chico sintió la necesidad de ir a recogerla, como siempre había hecho. Pero era buen actor, o eso creía hasta que sintió las lágrimas escocer en sus párpados. Finnick vio cómo Mags se inclinaba hacia Annie y la recogía con cuidado, a pesar de los movimientos frenéticos de la chica. Los Agentes de la Paz acudieron a buscarla para acompañarla al escenario.
Finnick no sabía qué hacer. Entonces, Mags lo miró, con sus profundos ojos grises rodeados de arrugas. Lo miró un segundo, un sencillo segundo en el que le dijo un millón de cosas que él no tuvo tiempo de entender. De repente, la anciana salió tras Annie y le puso una mano en el hombro.
-         ¡Me… pre… sento… vol… unta…ria!
Eso consiguió derrumbarlo. Casi podía escuchar su corazón partiéndose en su interior, derrumbándose como si fuese de cristal, y esos trozos punzantes se clavasen en su carne, hiriéndolo más de lo que ya estaba.
Quiso pedirle a su madre que no lo hiciese, pero ella lo miró de nuevo antes de que los agentes soltasen a Annie y la agarrasen a ella por los codos. Mags le dedicó una sonrisa y se agachó junto a Annie.
-         O te peocupes – susurró, lo suficientemente alto como para que Finnick pudiese oírlo.
Annie se tapó los ojos y chilló de nuevo. Fue Dexter el que tuvo que ir a recogerla, con las mejillas empapadas y los ojos rojos e hinchados.
Finnick cerró los puños con fuerza, observando la lenta marcha de Mags hacia el escenario. Parpadeó varias veces para contener las lágrimas, casi sin éxito. Notaba un ochenta por ciento de las miradas puestas en él. No podían verlo frágil, ¿pero cómo podía aparentar fuerza cuando todo dentro de él era tan débil como una pompa de jabón? Casi rió ante la ocurrencia, pensando en Annie con un pompero. ¿Estaría volviéndose loco él también?
Mags se colocó junto a Radis y contestó a las preguntas con secos movimientos de cabeza. Entonces, a mujer del Capitolio se dirigió hacia la urna de los hombres contoneándose.
-         ¡Y ahora el tributo masculino!
Finnick ni siquiera oyó su nombre cuando sacó la papeleta. Estaba tan concentrado en los gritos de Annie que ni siquiera oyó los que se produjeron cuando Radis leyó su nombre. ‘Finnick Odair’. Se vio transportado diez años atrás, cuando era un niño de catorce años que temblaba por el miedo a entrar en la Arena.
Ese niño no podía haber desaparecido si aún temblaba.
Se dirigió con pasimonia al escenario, con los brazos rígidos a ambos lados del cuerpo. Sentía que podía flotar en el aire y hundirse en el mar, las dos cosas al mismo tiempo. Tenía en los oídos los gritos de Annie, repitiéndose en bucle, y la mirada de Mags en los ojos. Tuvo que agarrarse a la barandilla de la escalera del escenario para no caer.
Radis anunció que ese Vasallaje sería épico, y eso fue quizá lo que hizo reaccionar a Finnick. Apretó la mandíbula y los puños, con un intenso deseo de pegar a esa mujer. Sin embargo, ese sentimiento de odio fue sustituido por otro mucho más fuerte y doloroso: pérdida.
Sabía que había muy pocas posibilidades de regresar. Esta vez no estaría rodeado de niños con poca o nula experiencia. Esta vez estaría rodeado de iguales, gente que había vivido lo mismo que él, que había hecho lo mismo para ganar. Rodeado de asesinos. Miró hacia Annie, que seguía abrazada a Dexter, escondida tras la solapa de su chaqueta. Si no se hubiese controlado, las cámaras habrían captado cómo se doblaba sobre su estómago, agarrándoselo, contraído por el intenso dolor que sentía en el pecho. Si no se hubiese controlado, las cámaras habrían captado las lágrimas que amenazaban con manar de sus ojos. Si no se hubiese controlado, todo Panem habría escuchado su jadeo de dolor. Pero se controló y actuó.
No se enteró muy bien de lo que pasó tras la cosecha. Recordaba vagamente cómo había visto desaparecer su distrito, la gente, el resto de tributos, Annie y Dexter tras las puertas del Edificio de Justicia. Recordaba haber escuchado a un agente decir que tenían menos tiempo para ver a sus familiares, y que era un privilegio reservado para los distritos profesionales. Recordaba cómo lo habían empujado a la sala de visitas.
Pero solo hasta que estuvo sentado en el sillón, con la mirada perdida, y la puerta se abrió, no fue consciente de en lo que lo habían metido. Y comenzó a llorar.
-         Finnick.
Dexter se arrodilló junto a él, abrazándolo, y comenzó a susurrar en su oído.
-         Solo tenemos un minuto. Es lo que nos han dado a cada uno, así que escúchame. Lucha. Sobrevive.
Finnick negó con la cabeza y se apartó de su amigo. Dexter tenía el abrigo prácticamente desgarrado, lleno de arrugas, el pelo despeinado y las mejillas y los ojos mojados y al rojo vivo. Finnick le apartó las lágrimas de los ojos.
-         Cuida de ella – gruñó.
-         Finnick.
El chico se inclinó con furia y lo besó en los labios, acallándolo. No sabía por qué lo había hecho, o quizá era la manera de decirle que confiaba en él, probablemente más que nadie que hubiese conocido antes, a excepción de Mags y Annie. Cuando se apartó, Dexter lo miraba con los ojos muy abiertos, blanco como la cera.
-         Cuídala. Cuídala como si fuese oro, porque lo es. Prométemelo.
Dexter apartó la mirada.
-         Finnick, no sé si ella…
-         Dexter – interrumpió Finnick, sin apartar las manos del cuello de su amigo -. Yo cuido de tus secretos. Quiero que hagas lo mismo con el mío.
El hombre lo miró a los ojos, a tan solo unos centímetros. Finnick sabía que se les acababa el tiempo, así que lo abrazó con fuerza, como si estuviese abrazando a su hermano.
-         Cuídala por mí – repitió -. Cuídaos ambos.
El agente abrió la puerta y se acercó para llevarse a Dexter, que se resisitió levemente a soltarlo. Finnick le puso los dedos en la muñeca una vez antes de que el Agente de la Paz diese un último tirón y se lo arrancase de los brazos.
-         ¡Sobrev…!
La habitación volvió a quedarse en silencio. Finnick se frotó la cara con las manos, sin acabar de asimilar muy bien lo que había pasado apenas diez minutos atrás, y se levantó hacia la ventana. Apenas había llegado cuando la puerta volvió a abrirse.
Lo primero que sintió fue un tremendo y completamente nuevo derrumbe en su pecho, como si se hubiese esforzado por construir rápidamente un muro a su alrededor, algo que rechazase los golpes, pero era demasiado endeble. Y más aún para un golpe como era Annie Cresta.
La chica se tiró a sus brazos, llorando, y Finnick la abrazó y lloró con ella.
-         Eh – susurró, acariciando su pelo.
-         Vuelve.
-         Annie…
-         Vuelve. Por favor, vuelve, por favor…
Finnick la estrechó con más fuerza. Annie se apartó de él y, agarrándole la cara con las manos, lo obligó a mirarla a los ojos.
-         Vuelve.
-         Todo lo que quiero – musitó Finnick, tragando saliva – es que estés segura y a salvo.
-         ¡No me importo yo! – gritó Annie, besándolo -. ¡Quiero que vuelvas!
El chico la besó de nuevo. Probablemente sería la última vez que la viese. Obviamente iba a luchar por verla de nuevo, por estar con ella de nuevo. Casarse, vivir a su lado el tiempo que les quedase… Pero las posibilidades de salir vivo de la Arena eran mínimas. Con los Juegos del Hambre, solo había una oportunidad de sobrevivir. No dos.
-         Prométeme que vas a volver – susurró Annie contra su boca -. Prométemelo.
-         An…
-         ¡Prométemelo!
Finnick la miró a los ojos con profundidad. No podía decirle algo así. No podía decirle que iba a volver con la seguridad de que lo haría. No podía mentirle.
La puerta se abrió.
-         No, no aún.
El Agente de la Paz cogió a Annie del codo y tiró de ella para levantarla del regazo de Finnick.
-         ¡Prométemelo! – gritó Annie, arañando al agente.
Finnick empujó al Agente de la Paz y tiró de la muñeca de la chica una vez más para abrazarla. Colocó los labios en la piel de su hombro y le dio un beso, un beso con el que pretendía decirle que, pasara lo que pasase, él siempre iba a estar con ella. Que nunca iba a estar sola.
-         Te amo – susurró, muy bajito, para que solo ella pudiese escucharlo.
Annie empezó a apartar los brazos de su cuello cuando el Agente de la Paz regresó para llevársela, pero algo cayó de su mano y la chica no tuvo oportunidad de recogerlo.
-         ¡Y yo! – gritó, mientras el agente la dirigía hacia la puerta -. ¡Regresa! ¡Por favor, vuelv…!
Finnick no supo si Annie continuó gritando o se calló en cuanto la puerta se cerró. Conociéndola, probablemente seguiría gritando un par de horas. El chico se agarró el pecho y recogió  lo que se le había caído a Annie antes de salir.
Era un papelito pequeño, doblado varias veces, con la inconfundible y pulcra letra de Annie. Una poesía.
Quería leerla, pero sabía que, si lo hacía, si se atrevía a pasear su mirada por las líneas que ella había escrito, que ella había sentido, se rompería aún más, y no estaba preparado. Dobló la hoja y, guardándosela en el bolsillo del pantalón, esperó hasta que fueron a buscarlo.
Se pasó las manos por el pelo.
Mags y él. ¿Por qué todo era tan injusto? ¿Por qué ellos? ¿No se merecían felicidad, sobre todo ahora que las cosas empezaban a ir bien? ¿No se merecían eso, después del infierno que habían sufrido?
Por supuesto que no.
¿Recuerdas ese día, en el Capitolio, cuando acabaron los Septuagésimo Cuartos? ¿Recuerdas cuando Annie te besó delante de todos? ¿Y si alguien se dio cuenta? Solo te digo que pienses en ello, Finn.
Snow se había dado cuenta. No se le escaparía un detalle así. Al fin y al cabo, él tenía muchos más juegos dentro de los Juegos del Hambre. Juegos contra la persona individual. Quería verlos destrozados. Y habían sido sus dos nombres los que habían salido en la cosecha. Snow era listo. Seguramente, no era casualidad.
Pero Annie estaba sana y a salvo. Al menos a salvo.
Finnick se mordió los labios cuando la puerta se abrió de nuevo y los Agentes de la Paz entraron para llevárselo al tren. Se levantó, limpiándose la cara con la manga de la camisa y salió con dignidad de la sala, erguido.
Mags estaba junto a él, seria. Lo miró a los ojos y él, por fin, entendió todo lo que ella había querido decirle cuando se presentó voluntaria por Annie.
No te preocupes.
Quiero hacerlo.
Sé lo que significa para ti.
Está a salvo ahora.
Te toca sobrevivir a ti.
Yo ya he vivido demasiado.
Y a vosotros os falta una vida entera juntos.
Finnick respiró hondo, a pesar del intenso dolor que le recorría el cuerpo. Se sentía a punto de desfallecer.
Las cámaras captaron el momento en el que subieron al tren, pero ninguno de los dos dio muestras de debilidad ante ellas. Lo hicieron serios, incluso dejaron escapar algunas sonrisas cuando su distrito, su gente, les lanzaba gritos de apoyo. Finnick se giró antes de que las puertas del tren se cerrasen, solo para comprobar si Annie estaba allí, solo para verla una última vez, pero no hubo suerte.
Casi era mejor así.
La mano de Mags se cerró en torno a la suya, enredado los dedos de ambos, y le dio un suave apretón. Finnick se rozó el papel de Annie que aún guardaba en el bolsillo con los dedos de la mano libre.
‘Que comiencen los Juegos’, pensó para sí.
Las puertas del tren se cerraron y ambos dijeron adiós a su vida, tal y como la conocían.


'¡Hola, patos y otras criaturas! Espero que os vaya muy bien a todos y esas cosas. ¡Cada vez somos más! No sabéis lo que significa eso para mí, todo esto, de verdad. Cada comentario, cada nuevo seguidor, las visitas cada día, los tuits en Twitter... No puedo más que daros las gracias.
Sin embargo, siento deciros que hasta aquí ha llegado la segunda parte del fic. ¿La razón de que haya colgado todos estos capítulos seguidos? Bueno, la verdad es que tengo que abandonaros un tiempo. Veinte días, quizás un poco más. Es decir, Septiembre va a ser un mes sin 'Calma bajo las olas'. Probablemente en Octubre empezaré con la tercera, última y más dura parte del fic, así que...
Espero que os haya gustado y que estéis disfrutando la historia, de verdad, significa un montón para mí. Seguid comentando y, sobre todo, seguid leyendo :)
¡Nos vemos en Octubre, bichillos!
Os quiere, Pato <3'.

martes, 3 de septiembre de 2013

Capítulo 57. 'Una entre ocho'.

Annie hizo su cuarto desgarrón en la hoja y, tras arrancarla del cuaderno y hacer una bola con ella, la tiró al centro de la mesa, junto con las catorce hojas arrugadas que había usado.
La chica soltó el lápiz y se pasó las manos por el pelo. Ni siquiera podía escribir. Apenas faltaban horas para el día de la cosecha y eso la ponía nerviosa. No dejaba de ver cosas a su alrededor, como si el pasado hubiese regresado a ella. Tan pronto tenía a Finnick practicando con el tridente ante sus ojos como a Kit con un cuchillo corto. Tan pronto estaba rodeada de espuma en la bañera como de hojas y sangre. No sabía qué estaba pasando, no sabía que veía. Pero lo peor eran las voces.
No eran voces propiamente dichas. Eran más susurros, como el sonido que hace el viento. Pero ella lo entendía como su fuesen palabras dichas en voz alta. O, más que las palabras, entendía quién hablaba.
La primera vez, había sido su madre. La había sentido detrás suya, con unos labios intangibles como el humo pegados a su oreja. Se había girado para verla, pero no vio más que la pared de su habitación. Entonces, al girarse de nuevo, había hablado.
Annie.
Annie la escuchó. Tenía la misma voz que había tenido años atrás. Se la imaginó poniendo sus brazos alrededor, sonriéndole, y vio esas arrugas que se formaban a ambos lados de la boca.
Annie, ¿recuerdas esto? Tienes que tejer la red con suavidad, sin tirar mucho de las hebras. Son muy frágiles, y se rompen con facilidad.
Annie se había mirado las manos, desconcertada. Sentía la red, raspando contra la piel delicada de sus palmas, pero ella no estaba allí. Ni la red, ni su madre.
Con Kit había sido peor. No recordaba lo que él había susurrado, pero se recordaba a sí misma gritando y lanzando cosas contra las paredes. ‘¡Estás muerto! ¡Yo te vi, estaba ahí, estás muerto!’.
Annie se frotó las palmas de las manos contra los pantalones y volvió a coger el lápiz. Nunca le había costado tanto, siempre había algo dentro de ella que quería salir y la manera más sencilla de hacerlo era mediante palabras. Siempre había sido eso. Como una especie de lema. No sientas, escribe lo que sientes. Había momentos en los que no había nada dentro de ella que mereciese la pena escribir, o simplemente no sentía inspiración para hacerlo. Pero en ese momento, se sentía más impotente de lo que se había sentido nunca. Era capaz de sentir, pero era un torrente tan grande se sentimientos que se quedaba en… nada. Y eso no podía manifestarse a través de palabras.
Volvió a intentarlo una vez más, colocando la punta del lápiz sobre la hoja, pero no tuvo éxito. Lanzó el lápiz y el cuarderno a la ventana con un  grito.
-         ¡Annie!
Finnick entró corriendo. Había estado hablando con Dexter mientras ella trataba de escribir algo.
-         ¿Estás bien? – preguntó, agachándose a su lado con un tono de preocupación en la voz.
-         No puedo escribir. Es como si no supiera.
Finnick le cogió una mano.
-         An…
Annie empezó a llorar. Rabia, impotencia, dolor, miedo… Lo sentía todo pesado en su pecho, como si se lo hubiesen rellenado con piedras. O peor, más pesado.
-         Tengo miedo – susurró, entre lágrimas.
Finnick la sentó en su regazo y la abrazó. Annie esperó a que él le dijese algo, aunque fuese una mentira. Un ‘no tienes por qué tenerlo’, ‘no voy a dejar que te pase nada’, pero ni siquiera el gran Finnick Odair podía controlar lo que salía de las urnas. Él no podría evitar si era su nombre…
Annie se tapó los ojos con las manos.
-         No, no, no – empezó a susurrar.
El chico le besó la sien, sin dejar de acunarla, como si fuese un bebé. Ella se sentía así a veces, como si fuese una niña a la que hubiese que cuidar. No quería ser así, pero no podía evitarlo. Era igual o incluso más vulnerable de lo que lo había sido antes de la Arena.
-         Es injusto – lloriqueó.
-         Lo sé – respondió Finnick, acariciándole un mechón de pelo.
Annie arrugó la tela en su puño. Entonces, al abrir y enfocar más los ojos, se vio a sí misma, cinco años atrás, en un baño demasiado refinado. Ella estaba con Finnick, y se abrazaban, aunque en ese momento ninguno de los dos supiese lo que iban a significar el uno para el otro. Annie había dicho que tenía miedo, que no era valiente.
-         Hay muchos tipos de valentía – recordó, en un susurro -, y hay que ser muy valiente para decir que tienes miedo.
Finnick se quedó quieto,  con una mano posada en el lado derecho de su cuello. Lo recordaba. Tenía que recordarlo.
Finnick la abrazó con más fuerza, apoyando la mejilla en su cabeza. Annie se dejó abrazar.
No se dieron cuenta del tiempo que pasaron así, simplemente abrazados, disfrutando de la proximidad del otro, de su compañía, en el más completo silencio. Quizá deberían haber aprevechado el día mejor. Quizá deberían haber hecho algo antes de que sus vidas pudieran quedar destrozadas sin remedio. Pero a Annie no se le ocurría mejor forma de emplear el tiempo que hacerlo con Finnick.
Cuando él rompió el silencio, ya era de noche.
-         ¿Tienes sueño? – preguntó.
-         ¿Cómo podría? – murmuró ella, rozándole la piel del cuello con los dedos.
Finnick la cogió en brazos y la subió a su habitación. La llevó hasta la cama, le quitó la ropa y se metió bajo las sábanas con ella. Annie tiró de las mantas hasta que cubrieron su cabeza y, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, lo miró directamente a los ojos.
-         Te amo – musitó, sin apenas emitir sonido -. Te amo, te amo.
Finnick la besó, con delicadeza, como si quisiera alargar el momento todo lo que pudiera. Annie enredó las piernas con las suyas, se apretó contra él y le devolvió el beso.
-         ¿Cuánto tiempo tenemos? – susurró ella contra su boca.
Él la besó de nuevo, con una mano en su nuca y la otra en la parte baja de su espalda. Las sábanas aún los cubrían completamente, como una burbuja a su alrededor.
-         ¿A quién le importa? – gruñó Finnick, besándole la clavícula -. No tenemos un final, ¿recuerdas?
Y Annie recordó aquel día en la playa.
Finnick siguió besándola el resto de la noche, acariciándola, abrazándola. Nada más importaba, solo él. Le recorrió el cuerpo con los dedos, memorizando cada poro de su piel. Había olvidado y perdido demasiado. No quería que eso pasase con su Finnick. Así que, cuando ella le observó mientras dormía, entendió que las palabras no iban a transmitir todo el miedo, el dolor, la rabia, la impotencia y el odio que sentía, pero podrían transmitir mucho más. Así que bajó al piso de abajo y escribió.
Escribió durante toda la noche. Escribió sobre ella, sobre sus recuerdos. Sobre su madre, sobre la niña que había sido, sobre Kit. Pero, sobre todo, escribió sobre Finnick. Sobre cómo habían llegado a quererse de esa manera, irremediablemente, con necesidad.
Fue Finnick el que la despertó, con suavidad, pero serio. Annie lo miró una vez, una sola vez antes de ir hacia su habitación. Mags, con el cuidado de una madre, la bañó, pasándole la esponja por la piel pálida como si estuviese acariciando seda. Annie miró a la anciana. No podía imaginar qué clase de mente perversa podría obligar a alguien como Mags a pisar la Arena de nuevo.
-         O te peocupes – repitió Mags, balbuceante.
Eso era prácticamente lo único que había escuchado de su boca en los últimos meses. ‘No te preocupes’. ¿Cómo no iba a hacerlo? Apenas quedaban horas, pero un extraño temblor se adueñó de su cuerpo. Mags la sacó de la bañera, evolviéndola en una toalla mullida y caliente.
En el setenta y cinco aniversario, como recordatorio a los rebeldes de que ni siquiera sus miembros más fuertes son rivales para el poder del Capitolio, los tributos elegidos saldrán del grupo de vencedores.
Annie se giró, envuelta en su toalla. El Presidente Snow había susurrado eso en su oído apenas un segundo atrás. Lo había sentido. Incluso había olido su hedor a rosas y sangre.
Mags la agarró antes de que sus rodillas diesen con el suelo.
-         No quiero – lloró Annie, agarrando a la mujer del codo -. No quiero.
Mags la abrazó, repitiendo una y otra vez que no se preocupase. Pero Annie no podía tranquilizarse. Notaba el corazón a mil, golpeándole el pecho con fuerza.
El grupo de vencedores.
Los miembros más fuertes.
Como recordatorio a los rebeldes.
-         No somos los más fuertes – lloriqueó, sin soltar a Mags.
La anciana aún tenía fuerzas para levantarla y sentarla en la bañera. Le secó el pelo, se lo peinó con la destreza que solo su madre tenía. Annie pensaba que le haría un recogido similar a los que Yaden le hacía, pero solo le dejó el pelo suelto, cayendo castaño en hondas a ambos lados de su cara. Le puso un vestido blanco y la ayudó a levantarse.
-         ¿Ien?
Annie intentó sonreír, pero lo único que le salió fue un sollozo.
Por dios, descerebrada, deja de llorar.
La chica buscó a Johanna Mason en el baño, pero era evidente que no estaba allí. Era solo su voz, grabada en su cabeza, como si fuese un charlajo.
Finnick ya estaba abajo, con Dexter, vestido completamente de azul. Annie sintió cómo escocían sus ojos en cuanto lo vio. El azul era el color de pérdida del distrito. El color de despedida. Finnick avanzó hasta ella y le quitó las lágrimas de la cara.
-         Te quiero – dijo, besándola.
Mags fue la que acompañó a Annie hasta la puerta. Hacía un día soleado. Los demás vencedores del distrito que continuaban vivos salieron de sus casas prácticamente al mismo tiempo que ellos, algunos acompañados de sus parejas, otros incluso con niños que lloraban o trataban de parecer serios y orgullosos, por sus padres.
Niños que, en unos años, tendrían que dirigirse a esa plaza de la misma forma que sus padres lo habían hecho y hacían de nuevo.
Dexter cogió a Annie del brazo y tiró de ella entre el pequeño grupo de tributos.
-         ¿Cómo estás? – preguntó, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar.
Annie miró hacia atrás. Mags caminaba junto a Finnick, seria y segura. El chico la miró un segundo, un solo segundo antes de girar la cara hacia la anciana. ‘No te preocupes’, había querido decir Annie, pero no sabía cómo hacerlo sonando convencida.
-         No quiero volver – rogó, apretando la manga de Dexter.
El médico se paró a la entrada de la lúgubre plaza, en la que ya estaba reunido el distrito. Los tributos comenzaron a entrar en el silencio más absoluto, dirigiéndose a las partes de la plaza que les correspondían, separándose por sexo. El silencio era horrible. Era la clase de silencio que hay en los entierros.
-         Annie, sé fuerte – comenzó Dexter -. Solo es una posibilidad entre ocho. Recuerda eso.
Annie se mordió el labio. Una posibilidad entre ocho. Solo una.
Comenzó a caminar sola hacia el sector de mujeres, delimitado con unas tiras de terciopelo. Mags la cogió de la mano en cuanto llegó.
Annie desvió la mirada hacia el grupo de hombres. Finnick era el más joven de todos. Estaba al frente, con las manos en los bolsillos y los ojos clavados en la multitud. Annie se mordió el labio con más fuerza.
El ritual fue el mismo que había sido siempre. Radis habló, presentó un vídeo especial por el Vasallaje, alentó al público a ver los Juegos y disfrutar en tiempos difíciles. De no ser por la firme mano de Mags sujetando la suya, Annie se habría tapado los oídos más de una vez.
-         O te peocupes – susurraba una y otra vez.
Annie miró hacia el escenario.
Miedo.
Incertidumbre.
Nervios.
Pero sobre todo, miedo.
Miedo y recuerdos.
Volvía a tener quince años. Estaba entre la multitud, esperando. ‘No voy a salir’, se decía una y otra vez. ‘No seré yo. Solo hay seis papeletas. Seis entre mil. No voy a salir’. Se había sujetado el estómago nerviosa mientras Radis, vestida de blanco, había empezado a hablar.
Radis caminó hacia la urna de las mujeres, pero Annie ya no distiguía cuál de las dos era, si la Radis del pasado o la del presente. No sabía el número de papeletas que había en esa urna, si una entre ocho o seis entre mil. Empezó a temblar.
-         ¡Las damas primero! – chillaron las dos Radis a la vez.
Annie se soltó de la mano de Mags.
Solo seis entre mil, se repitió. Una entre ocho.
Annie abrió mucho los ojos cuando Radis retiró la mano y, en el momento en el que la mujer se disponía a leer el papel, supo lo que iba a pasar.
Escuchó su nombre antes de que Radis pudiese leerlo.