sábado, 2 de noviembre de 2013

Capítulo 63. 'Gente pequeña'.

Hacía frío.
Annie apenas recordaba la última vez que había tenido que ponerse chaqueta abrigada en el distrito 4, en el que casi siempre brillaba un sol deslumbrante y caluroso. Quizá nunca lo había hecho, o quizá ni siquiera se acordaba. Se subió la cremallera hasta arriba y, metiendo la nariz en el amplio cuello de la chaqueta, trató de pasar desapercibida. A su lado, Dexter miraba despreocupado el puño de su gastada chaqueta oscura. Annie le había instado a ponerse una de Finnick, pero el médico se había negado educadamente, usando la suya propia. Annie en el fondo se lo agradecía. Haber tenido el olor de Finnick en el cuerpo de alguien que no era él y recordar todo lo que podría pasar si… Era algo en lo que prefería no pensar.
Era día de recogida. Los Agentes de la Paz llegarían en breves para recoger todo lo que el distrito había acumulado durante el mes, y, si no todo, al menos tres cuartas partes. Sin embargo, normalmente el Capitolio dejaba pasar ciertas ‘bajas’ en la producción, que no eran más que pequeñas partes de pescado o marisco que el propio distrito guardaba para sí. Ventajas de ser uno de los distritos favoritos del Capitolio.
Annie se acercó a un puesto de marisco. El dependiente, un hombre fornido con una cabeza calva que brillaba como si se la hubiese encerado, apilaba cestas y cestas llenas de marisco frente a la puerta, con el ceño fruncido por el esfuerzo. Cuando reparó en la mirada curiosa de la chica, hizo un gesto con la mano, invitándola a marcharse, mientras añadía:
-      No están en venta niña, lárgate.
Annie asintió y regresó junto a Dexter. Con el pelo rizado y revuelto, la piel bronceada y la chaqueta de cuero viejo, cualquiera hubiese podido confundirlo con un habitante del distrito. Sin embargo, sus costumbres seguían delatándolo: era demasiado educado con todo el mundo, los trataba como a desconocidos y no como gente que veía todos los días, y no se esforzaba por ocultar su acento del Capitolio.
-      ¿Pasa algo? – preguntó el hombre, cogiéndole el brazo.
Annie se colgó de él, negando con la cabeza. Anduvieron por las calles principales, ojeando los puestos por encima, hasta llegar a la plaza central. El escenario de la cosecha había sido sustituido por dos gigantescas pantallas que estaban en constante retransmisión. Si bien unas veces no hacían más que poner estadísticas y publicidad, por las tardes se llenaban de imágenes sobre los tributos y sus peleas más sangrientas. Annie no había visto ninguna imagen de Finnick en sus anteriores Juegos aún, pero sí había visto a una joven Johanna Mason avanzar hacia un chico corpulento y moribundo con un hacha en la mano, dispuesta a partirle en dos la cabeza. Annie no había podido seguir mirando.
En ese momento, las pantallas retransmitían simples pujas sobre el ganador del Vasallaje. De alguna manera u otra, Finnick se encontraba entre los tres primeros, con Brutus y, sorprendentemente, Katniss Everdeen, que probablemente fuese el tributo más joven de los Juegos. Annie frunció el ceño, pero no hizo ningún comentario.
-      Y yo que creo – comentó Dexter – acercándose al oído de Annie – que Johanna Mason debería estar en lugar de Katniss Everdeen.
Annie asintió, tirando de su amigo para salir de la plaza. Sin embargo, justo cuando se encontraban en la entrada de una de las calles que servían de salida, los camiones de los Agentes empezaron a llegar.
El distrito entero se sumió en un silencio tan profundo que, si alguien se hubiese atrevido a respirar un poco más fuerte, se habría oído. Todo el mundo estaba inmóvil, frente a sus puestos de trabajo, con la mercancía ya colocada y lista. Los agentes bajaron del camión. Annie contó cincuenta. Se colocaron en fila frente a las pantallas y comenzaron a dividirse en grupos de cinco para transportar la mercancía. Annie se quedó observando los rostros de los pescaderos, que trataban de ocultar su rabia bajo máscaras de seriedad. Todo un mes trabajando casi sin descanso para conseguir menos del diez por ciento de lo que habían recogido. Annie podía entender su enfado.
De repente, a su derecha, un niño comenzó a llorar. La chica giró la cabeza solo para ver cómo un agente le arrancaba una cesta de pescado de las manos a una criatura de apenas ocho años, escuálido y con la carita manchada por las lágrimas, que se aferraba a las asas de la cesta como si se le fuese la vida en ello. El niño tiró con más fuerza y la cesta se desgarró, cayendo todos los peces al suelo.
-      ¡Pero qué has hecho! – rugió el agente, soltando la mitad de la cesta rota.
El niño se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Annie comenzó a acercarse hacia el puesto, ignorando la insistente mano de Dexter, que no dejaba de tirar de ella.
-      Ann… - susurró el médico.
Annie llegó cuando el agente empezaba a sacar una porra de su cinturón. El grupo de agentes seguían llevando las cestas de pescado al camión, ignorando la escena, sorprendentemente al igual que el distrito. Nadie intercedía. Ni siquiera los padres del niño cuando lo golpearon por primera vez. Ni siquiera su hermano mayor, que miraba la escena con lágrimas en los ojos cuando lo golpearon por segunda vez.
Los gritos de dolor del niño taladraban los oídos de Annie. Cuando la porra le partió el labio, dejándolo tirado y encogido en el suelo, Annie se giró hacia Dexter, tratando de no llorar de impotencia.
-      ¿Es que nadie va a hacer nada?
Dexter se mordió el labio, haciendo ademán de marcharse. Pero Annie no podía hacerlo, no podía concebir dejar a ese niño solo sin la protección de su familia. Entonces, bajándose la cremallera de la chaqueta para que todos pudiesen verle la cara, se puso entre la porra y el chico, mirando al agente y aparentando más valentía y seguridad de las que sentía.
-      Ya basta.
El agente la miró con los ojos desorbitados por la rabia, sin bajar la porra.
-      ¿Quién eres tú para frenarme? – preguntó, entre dientes.
Annie tragó saliva, tratando de pronunciar su nombre con la mayor claridad posible, pero el agente no esperó. Levantó la porra, dispuesto a pegarla, pero un brazo de interpuso entre ellos.
Primero, se escuchó un grito de dolor. Un grito tan desgarrador que Annie pensó que había salido de sus propios pulmones. Y después, cuando abrió los ojos, descubrió a Dexter delante de ella, pálido, sujetándose el brazo con la otra mano.
-      Ella es Annie Cresta – dijo, con esfuerzo -, y no vas a tocarle un pelo.
El agente pareció ver a la chica por primera vez. Abrió mucho los ojos, con la boca entreabierta, pero ni siquiera le dio tiempo a reaccionar.
Lo que pasó a continuación fue tan rápido y tan bien organizado que parecía que hubiese sido planeado con anterioridad. El distrito entero se abalanzó sobre los Agentes de la Paz, arrancándoles las cestas de las manos y golpeándoles allí donde podían. Annie vio correr a algunos hacia los camiones completamente ilesos, pero el resto tenía la ropa desgarrada y la piel amoratada o ensangrentada en los peores casos. Los camiones comenzaron a salir de la plaza, entre los vítores de los habitantes, que los golpeaban a medida que avanzaban entre la multitud. Annie se levantó y corrió hacia Dexter, que se había sentado en el suelo, blanco como la tiza.
-      Dex.
El médico hizo una mueca de dolor cuando Annie le tocó el cuello.
-      No tenías que haberlo hecho – maldijo, apartándole un rizo de la frente -. No debías haberlo hecho.
-      Se lo prometí – susurró el hombre -. Se lo prometí.
Annie sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas, que se apartó con el pulgar. Dexter apretaba la mandíbula, intentando fingir que el brazo no le dolía, pero Annie sabía perfectamente que estaba roto. Había escuchado el crujido del hueso al fracturarse.
-      Necesitas que te vea un médico – añadió.
Dexter asintió, levantándose con cuidado. Sin embargo, el dolor comenzaba a marearlo, y el hombre tuvo que apoyarse en Annie para no caer al suelo. La chica lo sujetó, pero era demasiado pesado para ella, y no llegarían muy lejos si tenía que arrastrarlo.
En ese momento, sintió una mano en su espalda.
-      Tranquila, el médico ya está viniendo.
La chica ni siquiera supo quién le estaba hablando, porque en ese momento, un anciano se agachó junto a Dexter y, separándole el brazo con cuidado, comenzó a examinárselo. Dexter se mordió el puño para no gritar de dolor cuando el médico le hizo girar la muñeca. Ni siquiera le hizo un diagnóstico seguro, sino que comenzó a enrollar una venda alrededor de su brazo.
Annie observaba al médico trabajar, con una mano aún colocada sobre la rodilla de su amigo. Dexter respiraba con fuerza, y Annie podía entenderlo. En el Capitolio, si te rompías un brazo, tenías un grupo de médicos en tu casa que podían dejártelo como nuevo en un par de horas. Sin embargo, en los distritos, la medicina no estaba tan avanzada, y probablemente tuviese que estar bastante tiempo con el hueso roto. No era algo a lo que Dex pudiese acostumbrarse tan rápidamente.
El médico se levantó y entró en la pescadería, probablemente para curar al niño. Annie ayudó a Dexter a levantarse.
-      ¿Estás bien? – preguntó la chica, poniéndose frente a él para asegurarse de que no se caía.
-      Una venda no me hará nada – masculló, aún con los dientes apretados -. Necesito, como poco, una escayola.
Annie frunció el ceño, preguntándose qué sería una escayola, pero asintió. Podría pedírsela a Margaret, la abuela de Kit, para que la comprase.
Caminaron hasta la Aldea despacio, parándose a descansar. Annie trataba de ignorar los gemidos de dolor de Dexter, pero sabía cuánto estaba sufriendo. Él nunca había sentido un dolor físico tan grande y durante tanto tiempo.
Cuando llegaron a casa, ya era prácticamente de noche. Dexter se tumbó en el sofá, con el brazo extendido. Annie se agachó junto a su cabeza, apartándole el pelo sudoroso de la frente.
-      ¿Qué es una escayola? – preguntó.
Dexter comenzó a reír, evitando hacer muecas de dolor. Annie arrugó la nariz.
-      Solo dile a Margaret que necesito una. Y tráeme un vaso de agua, por favor.
Annie hizo lo que Dexter le había pedido, y Margaret apenas tardó cinco minutos en salir por la puerta. Annie se agachó de nuevo junto a su amigo, mientras este echaba una pastilla en el vaso de agua antes de bebérselo.
-      ¿Qué es eso? – preguntó Annie, señalando al líquido, blanquecino por la pastilla disuelta.
-      Un calmante – respondió Dexter -. Siempre llevaba uno para Mags. Reducirá el dolor.
Annie vio a su amigo cerrar los ojos, apretando de nuevo la mandíbula. Le acarició el pelo con el cariño de una madre o el de una hermana, y trató de que su voz no temblase cuando empezó a hablar.
-      Gracias – susurró.
Dexter abrió un ojo.
-      No las quiero.
-      Pero yo quiero dártelas.
-      Tengo que protegerte, Annie. Se lo prometí a Finnick. Y lo hubiese hecho incluso aunque no se lo hubiese prometido. Porque no pueden hacerte daño.
Annie tragó saliva y lo abrazó, pestañeando para eliminar las lágrimas de sus ojos.
-      Siento que te hayan hecho daño – dijo, con los labios rozando el cuello de la camisa del hombre.
Dexter le puso una mano en la nuca y asintió.
-      No te preocupes, no es tu culpa.
La chica difería en esa afirmación, pero prefirió callarse. Dexter discutiría con ella hasta que aceptase que no tenía razón.
Se quedaron abrazados un largo rato. Estaba bien tener un amigo que la protegiese. De hecho, Annie sabía lo mucho que le debía. Más que por haberse roto el brazo. Más que por haber estado siempre disponible para escucharla. Annie le debía su cordura, o lo que quedaba de ella. Y eso era algo que nunca podría pagarle, ni con todo el dinero del mundo, porque eso no sería suficiente.
-      Deberías irte a dormir –propuso el hombre, girando la cabeza.
Annie se apartó de su amigo.
-      ¿Estás seguro?
Dexter sonrió, poniéndole una mano en un lado de la cara.
-      Completamente. Margaret vendrá en nada y podré curarme como dios manda. Y tú debes irte a dormir.
Annie arrugó la nariz, pero asintió. Se inclinó para darle un beso a Dexter en la frente y un último abrazo antes de subir a la cama.
Ya arriba, tapada hasta las orejas, comenzó a pensar. Era un juego tedioso al que se había acostumbrado desde que Finnick se había ido, hacía menos de una semana, pero lo hacía casi involuntariamente cada noche. Y siempre empezaba de la misma forma.

¿Qué ha pasado hoy que
haga que merezca la pena seguir adelante?

Al principio, solo había buscado detalles sin importancia, detalles que apuntaba en su ya casi lleno cuaderno blanco: las escamas de uno de los peces que Finnick le había regalado; un café que Margaret había hecho con extra de azúcar, solo para ella; una planta que había comenzado a crecer en el jardín. Sin embargo, cada día buscaba algo más, algo que le hiciese creer que ella podía hacer cosas. Y nunca había encontrado nada.
Hasta hoy.
Porque había presenciado una revolución. Había visto que incluso la gente más pequeña puede hacer grandes cosas. Había visto que, si todos se unían, eran más fuertes que el Capitolio. Solo tenían que seguir intentándolo.

 
 
 

sábado, 26 de octubre de 2013

Capítulo 62. 'Héroes'.

Finnick puso las manos sobre la mesa, con los ojos verdes libres de ojeras clavados en el plato de huevos que tenía delante y que apenas había probado. A su lado, Mags comía con tranquilidad, examinando con la mirada cada trozo de comida antes de llevárselo a la boca y tragar. Y frente a ambos, además de Yaden y Carrie, se encontraba el que se suponía que debía ser su mentor.
Darwin Fletcher. Sesenta y dos años. Metro sesenta de carne blanca y colgante, como desprendida de los huesos, y silencio. Un silencio casi sobrecogedor, teniendo en cuenta que el hombre en sí parecía un cadáver.
-      ¿Cuál es nuestra misión hoy? – preguntó Finnick, limpiándose la boca con la servilleta, más por protocolo que por necesidad.
Darwin levantó la vista del plato, con la boca llena, y se encogió de hombros. Finnick no podía culparlo por su desinterés. ¿Qué podía aconsejarles a ellos un anciano que había ganado sus Juegos a base de esconderse y matar a palos al último y malherido tributo? Darwin era su mentor solo para decir que tenían uno. No había más.
Finnick miró a Mags con las cejas levantadas. La anciana suspiró, murmurando algo para sí que el chico no alcanzó a escuchar, y se levantó de la mesa. Ambos llevaban los trajes de entrenamiento, unas mallas de cuerpo entero de color negro y blanco que se ajustaban perfectamente a la forma de cada tributo. Finnick estiró los hombros antes de salir del apartamento del distrito 4.
-      ¿Deberíamos ir? – preguntó, pasándose una mano por el pelo. ¿Qué más podría aprender?
Mags asintió, cogiéndole la mano mientras esperaban frente a las puertas del ascensor. Cuando las puertas se abrieron, Finnick levantó la vista para entrar en él, pero frenó en seco al darse cuenta de que no estaba vacío.
Dentro había un hombre fornido, vestido con una túnica púrpura, que se tocaba el labio superior con la punta del dedo índice mientras observaba un curioso reloj dorado que tenía en la mano una y otra vez. Finnick carraspeó, pero Plutarch Heavensbee ya había reparado en ellos con una sonrisa.
-      El inconfundible Finnick Odair y la adorable Magara Creevy. Un placer conoceros por fin.
Finnick estrechó con una sonrisa la mano que Plutarch le tendía. No entendía qué hacía el nuevo Vigilante Jefe en su piso, y menos aún cuando apenas faltaban diez minutos para que empezase el entrenamiento.
-      ¿Os puedo tutear, cierto? – comentó el hombre después de besar la mejilla derecha de Mags -. Me preguntaba si os importaría reuniros conmigo en la azotea. Subid por las escaleras, si no es mucha molestia.
Apenas habían asentido cuando las puertas se cerraron y el ascensor continuó subiendo hasta el resto de pisos. Finnick miró a Mags sorprendido, tratando de imaginar qué podía querer Plutarch de ellos.
-      ¿Qué hacemos, Maggie?
La anciana le devolvió una mirada cargada de seguridad y asintió.
Mientras subían por la escalera del servicio, esa por la que solo iban los avox, Finnick apretó la pequeña mano de la anciana.
-      ¿Cómo crees que estará? – susurró, rozándose el cuello con los dedos.
Mags le acarició el dorso de la mano, moviendo los labios.
-      …en.
-      ¿Crees que Dex la estará cuidando bien?
-      O te pecupes… Nick. Ella… ta… ien.
Finnick asintió. No había dejado de pensar en Annie, como si eso hubiese sido posible antes, pero la distancia que había entre ellos era tan insalvable que creía estar volviéndose loco. Creía haber aceptado que podía morir, pero el simple hecho de pensar que no podría volver a verla le hacía un enorme nudo en el estómago.  Miedo.
Finnick Odair no tenía miedo a morir. Tenía miedo a las consecuencias de morir. A no poder tener una familia. A no poder volver a mirar a Annie. A no poder meterse en el agua de su distrito de nuevo. A la pérdida que suponía marcharse para no volver. Marcharse para no existir.
Un estremecimiento le recorrió la columna vertebral. Finnick trató de serenarse, poniendo una mano en la pared mientras ascendía. Cuando llegaron al último piso, por encima del piso 12, Mags tiró de su mano antes de que él pudiese girar el picaporte de la puerta de metal que los separaba de la azotea.
-      Maggie, pensab…
-      No… remos… ada que tú… no… ieras.
-      ¿Mags, de qué estás hablando?
Fue Mags la que giró el pomo y abrió la puerta.
Johanna estaba allí. Y Wiress y Beetee, del distrito 3. Y Blight, compañero de Johanna en el 7. Y Chaff y Seeder. Y Haymitch Abernathy, moviendo las manos nerviosamente sobre la tela de su impecable traje gris.
Plutarch llamó a la pareja con la mano, sonriendo como si fuese Caesar Flickerman en una de sus entrevistas. Finnick cruzó una mirada con Johanna, que levantó las manos en señal de negación. ‘Yo no sé nada’, parecían decir sus ojos. Finnick se colocó junto a ella, que miraba al Vigilante con los ojos entrecerrados.
-      ¿Quién falta? – gruñó Haymitch, mirándose las uñas sucias.
-      El seis y el ocho.
-      No te fíes del seis, Plutarch, están drogados. Puedes decírselo en cualquier momento, te van a entender igual de ma…
En ese momento, las puertas volvieron a abrirse, y Cecelia entró seguida de Woof, que los miró a todos con expresión huraña.
-      ¿A qué viene esta reunión? – masculló Johanna -. ¿Vamos a contarnos secretos? Porque, si es así, Finnick tiene mu…
Plutarch empezó a reír, lo que dejó a Johanna desconcertada. Finnick observó con curiosidad al hombre, preguntándose si no estaría loco.
-      Un secreto, de hecho – susurró Plutarch -. He desconectado los micrófonos de esta zona, así que tenemos menos de una hora para hablar, y quiero que lo escuchéis con atención. Haymitch…
El hombre avanzó un paso, poniéndose frente al grupo. Finnick se pasó una mano por el pelo mientras Haymitch empezaba.
-      Como todos sabéis, estamos en guerra. No una guerra pública, pero somos conscientes de la situación del país, y poco falta para que derive en algo más gordo.
-      Si me habéis traído para decirme eso, os merecéis una buena patada en la bo…
-      Jo – gruñó Finnick, cogiéndole la mano.
Haymitch miró con desaprobación a la muchacha antes de continuar.
-      Lo que os propongo es una opción. Muchos habéis dejado familia en el distrito. Hijos – dijo, mirando a Cecelia -, hermanos, padres… amantes – Los ojos de Haymitch se clavaron apenas un segundo en los de Finnick -. Sabemos lo importantes que son para vosotros. Pensadlo un segundo. Si morís en la Arena y la vida sigue igual, si el Capitolio sigue imponiéndose… ¿qué os asegura que ellos están a salvo? ¿Qué os asegura que no van a elegirlos en la siguiente cosecha? ¿Que no van a morir asesinados? Habríais muerto por nada.
Finnick frunció el ceño. Haymitch tenía razón. Si él moría, Annie estaría completamente desprotegida. Tenía a Dexter, sí, pero ¿qué le impedía al Capitolio matar a ambos? La impotencia de no poder hacer nada empezaba a extenderse dentro de él.
-      Os propongo una razón. Podemos hacer que la rebelión continúe. Podemos hacer que no sea en vano. Podemos acabar con los Juegos y el Capitolio. Solo tenemos que mantener viva la imagen – añadió Haymitch, en apenas un susurro.
Johanna fue la primera en coger la indirecta.
-      ¿Pretendes que arriesgue mi vida para que tu chica en llamas siga interpretando su papel de enamorada vivita y coleando? Vas listo.
Los susurros empezaron a extenderse entre los tributos. Todos querían ganar. Todos querían salir de la Arena victoriosos para reunirse con sus seres queridos. Sin embargo, la petición de Haymitch era coherente. Si Katniss moría, toda la revolución que se había formado gracias a ella caería por su propio peso. Sería la misma vida con veintitrés tributos menos y veintitrés familias destrozadas. Si es que conseguían sobrevivir.
-      No es eso, Johanna Mason – sonrió Plutarch -. No os pedimos que muráis por ella. Os pedimos que os sacrifiquéis por vuestro país. Que seáis… héroes.
-      No quiero ser un héroe ni un mártir – dijo Blight, pasándose una mano por la barbilla -. Pero si me aseguráis que mi mujer va a estar a salvo y me prometéis una vida mejor para ella, yo estoy dentro.
Cecelia asintió, poniéndose a su lado, seguida de Seeder. Woof, el más anciano, miró a Plutarch y Haymitch alternativamente y soltó un resoplido antes de ponerse junto a su compañera de distrito.
-      He vivido demasiado como para morir por nada.
Plutarch sonrió antes de volver la mirada a los tributos que quedaban.
-      No se trata de salvar o no a Katniss Everdeen. Se trata de salvar o no al país. Y mientras Katniss viva, la rebelión vive.
Johanna soltó un bufido, cruzándose de brazos. Beetee y Wiress se miraron a los ojos, con los brazos entrelazados.
-      ¿Cuál es el plan?
-      Distrito 13.
Plutarch tardó apenas diez minutos en hablar sobre la existencia del distrito 13 subterráneo, un fantasma de una ciudad desaparecida y muerta que podía servir de refugio. Eso pareció convencer a Beetee y Wiress, que se colocaron junto al resto.
-      ¿Chaff? – pidió Haymitch, levantando las cejas.
El hombre se miró el muñón del brazo.
-      Estoy dentro solo si me juráis que vais a derrotarlo.
Haymitch miró a Plutarch de reojo, con la boca entreabierta. Sin embargo, fue este último el que contestó.
-      No puedo jurártelo. Pero puedo jurarte que vamos a hacer todo lo que esté en nuestra mano, y eso es lo mejor que puedo darte.
Chaff miró a Haymitch. Finnick sabía que eran amigos, amigos íntimos quizá. Si Chaff veía sinceridad en los ojos de Haymitch, se uniría al resto.
Y así lo hizo.
Entonces, Finnick empezó a pensar. Empezó a pensar en Annie, a quien le había prometido que iba a volver. ¿Pero y si no lo hacía? ¿Quién se encargaría de protegerlos a ella y a Dexter? ¿Quién iba a asegurar que estuviesen a salvo del Capitolio, teniendo en cuenta los problemas que había causado Annie con su estado de locura? Mags tiró del brazo de Finnick, obligándolo a mirarla.
-      Yo… voy a… morir – dijo, todo lo claro y despacio que pudo – por… ti. Decide tú… si quie… quieres… morir… por ella.
Finnick clavó sus fieros ojos verdes en la pareja que tenía delante. Haymitch lo miraba con el ceño fruncido, pero Plutarch estaba asustado. Quizá pensaba que su plan no iba a salir completamente redondo. Que Johanna y Finnick bajarían corriendo a avisar a algún otro vigilante o político de sus ideas. Finnick hizo una mueca.
-       Haymitch… - comenzó.
-      Annie Cresta – concluyó él, asintiendo -. Lo sé.
El chico asintió, volviendo a mirar a Mags.
-      ¿Estás… dispuesto?
Una sola imagen cruzó la mente de Finnick. Annie, en la playa, con cualquier otro hombre, con cualquier otra familia, pero viva y feliz, en un mundo sin Juegos del Hambre ni miedo a perder a tus niños. Quizá fuese un sueño irrealizable, pero para él, esa simple imagen fue suficiente. La felicidad de su Annie era suficiente razón para morir.
-      Estamos dentro – dijo, tirando de la mano de Mags.
Solo faltaba Johanna, que miraba incrédula a su alrededor. Finnick alzó una ceja, esperando. Johanna no era mala persona. Sabía lo que era correcto, aunque ella siempre había dicho que no tenía a nadie. No después de que el Capitolio le arrebatase a Nell.
Pero ella tenía esperanza. Tenía rabia contra el Capitolio, quería que cayese. Y ella misma lo sabía.
-      Solo creo – comenzó, pasándose una mano por el pelo, frustrada – que si pretendéis que Katniss Everdeen se alíe con esta pandilla, es que no la conocéis bien. Ella no está sola, y nunca confiará en nosotros estando sola.
-      ¿Propones proteger a Peeta también? – inquirió Blight.
-      Él moriría por ella y ella por él. Si algo les pasase a alguno de los dos, el otro quedaría herido sin remedio y no valdría para nada – afirmó Cecelia, asintiendo -. Johanna tiene razón, tenemos que protegerlos a ambos.
Johanna soltó un gruñido antes de unirse al grupo. Sin embargo, antes de llegar, se giró hacia Plutarch, apuntándolo con el dedo.
-      Si muero de alguna manera ridícula, haré que seas tú el cerdo con la manzana en la boca en lugar del payaso que se caiga en la ponchera.
Finnick rió entre dientes. Alguien le había contado eso el año anterior en una de sus visitas al Capitolio, el suceso de la prueba de Katniss Everdeen, y Johanna había estallado en risas cuando descubrió que Plutarch era el que había caído dentro del ponche. Ya no merecía la pena ocultar ese secreto.
-      Bueno, también tengo preparado algo para eso… - masculló Plutarch, dándose la vuelta -. Os mantendré informados.
Finnick se giró hacia Johanna, que se apartó unos mechones de pelo desiguales de los ojos y soltó un nuevo bufido.
-      Yo a este plan le veo lagunas. Lagunas como océanos.
El chico la abrazó.
-      Eh, tú, descerebrado. Dije que nada de tonitos de lástima ni cosas de ese tipo. Sepárate.
El muchacho se separó, cogiendo las manos de Mags y Johanna mientras salían de la azotea.
-      ¿Lo hemos hecho bien? – susurró Johanna.
Sin embargo, fue Mags la que contestó, con una voz tan clara y fuerte que parecía que no tuviese problemas para hablar. Que nunca los hubiese tenido.
-      Sí. Muy bien.


sábado, 19 de octubre de 2013

Capítulo 61. 'Luces y escamas'.

Luces y escamas,
es todo lo que contemplo.
Todo cuanto puedo contemplar.
Me pregunto si estoy loca.
Me pregunto si estoy cuerda.
Me pregunto si estoy siquiera.
Y no encuentro respuesta.
¿Debería hundirme de nuevo?
¿Debería mantenerme a flote?
Los contemplo a través del cristal.
Los alimento, limpio su hogar.
Me pregunto si será igual conmigo.
Si alguien me verá desde fuera
a través del cristal brillar.
Si alguien notará que me apago.
 
Annie se metió el lápiz en la boca, levantando los ojos hasta la pecera redonda. Uno se los peces nadaba pegado al cristal, como si tratase de encontrar la salida. ‘Está por arriba, tonto’, pensó, golpeando el cristal con la punta del lápiz. Ese pensamiento la hizo levantar la cabeza hacia el techo de la habitación, preguntándose si también habría una salida para ella.
 
Huir. ¿De qué?
Ni siquiera yo lo sé.
No sé si huyo de todos,
de todo,
de mí,
de qué.
 
-      Annie, va a empezar.
La chica levanto la cabeza de nuevo hacia Dexter, que estaba sentado en el sofá con una taza de café humeante entre las manos. Annie se sentó a su lado, acurrucándose junto a su hombro. La televisión estaba encendida, y Dexter ya le había advertido sobre lo que iba a ver. Esas imágenes podían hacerla recordar más de lo necesario, sobre todo viendo a Finnick en los carros. Se exponía al peligro de nuevo, a su peligro particular: el recuerdo.
 
Algunos temen a los monstruos.
Otros a las bestias.
Otros a los humanos.
Yo a recordar.

‘Patético’, pensó, clavando la mirada en la televisión. El himno comenzó a sonar en el momento en el que el primer carro salió a la calle. Annie recordaba a Gloss y Cashmere, los dos hermanos, y sospechaba que sería difícil olvidarlos para cualquiera. Recordaba también a Enobaria y sus dientes afilados, y creía haber visto a Brutus en alguna ocasión. Sin embargo, ni siquiera conocía a los del distrito 3, ni conservaba recuerdo alguno de ellos. Entonces, justo detrás…
-      Ahí están – señaló Dexter con la voz rota.

Ahora soy yo la que observa tras un cristal.
A ti.
Y tú ya lo hiciste una vez.
A mí.

Dexter apretó suavemente la rodilla de la chica para infundirle ánimos. Finnick y Mags estaban subidos en el carro, sonriendo y saludando, cogidos de la mano. Cualquiera podría convencerse de que sonreían de verdad, por el orgullo de representar al distrito, por el orgullo de demostrar que seguían siendo campeones. Para demostrar que merecían seguir vivos. Pero Annie no era cualquiera, y conocía cada mueca y cada minúsculo detalle de la cara y la expresión de Finnick Odair, y sabía que estaba muy lejos de sentir felicidad, ya fuese por el ligero temblor de su barbilla, indetectable para cualquier otro espectador, o la fuerza con la que sujetaba la mano de Mags, como si reuniese toda la rabia de su cuerpo en ese apretón. Un escalofrío le recorrió la columna de arriba abajo, y Dexter se quitó la chaqueta para pasársela por los hombros.
-      Fingen bien – señaló el hombre, pasándose la mano libre por el pelo.
‘Él también los conoce bien’. Annie miró a Mags. En ese momento, la mujer miró directamente a la cámara, y Annie percibió un brillo especial en sus ojos, un brillo que solo duró un segundo. ‘Disfruta de la vida que te ofrezco’, parecía decir. Annie se abrazó a sí misma. Podía no ser su verdadera madre, pero Mags también le estaba dando la vida y eso la convertía en algo muy similar. Y tener que perderla precisamente por ello le parecía injusto.
Aunque ¿qué no era injusto? ¿Cómo iba a disfrutar de la vida si no le quedaba nadie con quien hacerlo?
La cámara volvió a enfocar a Finnick, que sonreía seductor, lanzando besos y guiños a las gradas. Annie apoyó la mejilla en el hombro de Dexter, fingiendo que esos besos eran para ella. Pero no lo eran.
Distrito 5, distrito 6, distrito 7…
-      Espera – musitó, con voz ahogada.
Annie se irguió de repente. ¿Más injusto aún? ¿Era eso posible? Claro que lo era. ¿Qué hacía si no la mejor amiga de Finnick subida en ese carro?
-      No es posible – dijo Dexter, dejando la taza sobre la mesa -. Lo van a destrozar incluso antes de la Arena.
Annie recogió las rodillas contra su pecho. Sentía un dolor profundo y afilado en el costado, cerca del ombligo, un dolor punzante que la hacía querer tumbarse y encogerse durante horas. Pero era un dolor fantasma, el recuerdo de un mucho más intenso, de uno real. Eso era lo que le provocaba recordar, y eso era lo que más temía.
-      ¿Estás bien, An? – preguntó Dex, con la voz teñida de preocupación.
Annie negó con la cabeza sin apartar los ojos de la pantalla.

Me preguntas si estoy bien
como si pudiese estarlo.
Todo cuanto he tenido
se ha marchado
y no sé si va a volver.
Quiero creer que lo hará.
Pero nada es seguro.
Nunca es seguro
cuando jugamos a ser soldados
en unas reglas que no dictamos.
Me preguntas si estoy bien.
Dime, ¿crees que podría estarlo?

-      Quizá deberíamos dejarlo, Annie…
-      No – concluyó ella -. Necesito verlo. No puedo perderme ni un segundo de él.
Dexter suspiró, pero no dijo nada. Y Annie sabía por qué. El médico la entendía, entendía que necesitaba verlo para hacerse a la idea de que lo tenía más cerca de ella de lo que en realidad estaba. Era una especie de automentira piadosa que se hacía a sí misma.
En ese momento, hicieron su aparición los tributos del distrito 12, envueltos en llamas. Peeta y Katniss, los trágicos amantes separados siempre por la mala suerte, lo que aún los unía más. Annie observó con atención la pantalla. Ambos estaban serios, asombrosos con ese maquillaje, ignorando los gritos de las gradas. Entonces, Annie captó algo. Peeta desvió la mirada un poco, apenas unos milímetros hacia Katniss, y en sus ojos vio la misma mirada que Finnick tenía cuando la miraba a ella. ‘La ama’, se dijo Annie. ‘La ama más de lo que ella lo ama a él’.
Cuando llegaron a la plazoleta y tras las palabras del presidente Snow, las cámaras enfocaron a cada uno de los carros. Al llegar a cuarto, Finnick sonrió a la cámara y lanzó un beso. Ese simple y sencillo gesto podía ganarse al Capitolio entero, pero solo consiguió entristecer a Annie.
‘No es mi Finnick. No es el mío’.
-      ¿Tienes sueño, Annie? – preguntó Dexter, antes de acabarse el café.
Annie respiró hondo, apartando la mirada de la televisión. La casa estaba demasiado vacía sin ellos dos, demasiado grande para ella y Dexter. Se sentía perdida, como si fuese la primera vez que la pisaba.
El médico se levantó, con una mano sobre los ojos.
-      Vamos a dormir, An.
Annie recogió su cuaderno y agarró la mano que Dex le tendía. El hombre la llevó hasta su habitación y la ayudó a meterse en la cama, arropándola con la ternura de un padre. Sin embargo, en lugar de marcharse cuando ella se disponía a dormir, se sentó a su lado y la miró a los ojos.
-      Él me ha pedido que te cuide – susurró, mordiéndose el labio.
-      Lo sé – respondió Annie, asintiendo.
-      Si necesitas cualquier cosa, estoy aquí, ¿vale? No voy a dejarte sola.
Annie percibió la intensidad de la mirada de su amigo, una promesa que él mismo se había obligado a cumplir incondicionalmente. Dexter se inclinó para darle un beso en la frente y, acto seguido, salió de la habitación, cerrando la puerta tras él.
La cama era demasiado grande para ella sin Finnick. La habitación, la casa, todo lo era. Estaba sola, y temía la soledad igual que había temido recordar durante la tarde. Se removió entre las sábanas, buscando la manera de sentirse cómoda y protegida, pero las sábanas no eran Finnick, y esa habitación no era su cueva.
Sin darse cuenta, salió de la cama y se sentó en el suelo, con la cabeza enterrada entre las rodillas. Los últimos años pasaban a toda velocidad por su mente: el primer beso, la primera noche en la cueva, el día que decidieron casarse. Cada uno de los momentos que temía perder. Y, sin embargo, todo recuerdo estaba teñido de realidad, una realidad que dictaba que no quedaría nada si Finnick no regresaba.
‘Pero no puede marcharse. No como mamá y Kit, él tiene que volver’.
Sabía que no podía volver a la cama, era consciente de que no podría dormir sola. Se levantó, frotándose los ojos y salió al pasillo, con los pies descalzos sobre el suelo frío. Ni siquiera llamó a la puerta, simplemente giró el pomo y entró.
Dexter estaba tumbado en la cama deshecha, con un brazo sobre la cara. Ni siquiera se había molestado en cambiarse de ropa. Annie cerró la puerta a su espalda, lo que consiguió sobresaltarlo lo suficiente para que apartase el brazo.
-      ¿Annie? – masculló, irguiéndose -. ¿Pasa algo?
Annie se aclaró la garganta.
-      ¿Puedo dormir contigo?
Dexter se quedó tenso sobre el colchón, abriendo mucho los ojos. Annie se sentó a su lado, dejando que los mechones de pelo y la oscuridad de la habitación ocultasen su rubor.
-      No quiero dormir sola, la cama es… demasiado grande sin él. No eres el sustituto de Finnick, pero hoy necesito un amigo. Necesito a mi amigo.
Dexter apartó el pelo de la cara de la chica y le dedicó una media sonrisa.
-      Vamos a dormir, Annie.
Annie se tumbó en el colchón junto a él, hombro con hombro. Ambos miraban el techo, respirando con regularidad, pensando en lo mismo, o en la misma persona más bien. Involuntariamente, la mano de Annie buscó los dedos de su amigo y los entrelazó con los suyos, recibiendo un apretón como respuesta.
-      Gracias, Dex – murmuró Annie, cerrando los ojos.
Dexter permaneció en silencio, con la mano aún agarrada a la suya. Sin embargo, antes de que el sueño se la llevase, Annie lo escuchó, como un eco lejano.
-      Se lo prometí. Le prometí que cuidaría su secreto.