Finnick
corría hacia la voz.
No es real, se repetía una y
otra vez. No es real.
Pero
si sabía que no era real, ¿por qué sentía su pecho estallar como si hubiesen
puesto una bomba ahí dentro?
- ¡Annie! ¡Annie!
No es real. No puede
ser real.
No es real. Ella no
está aquí, está en casa.
No es ella, no es
real.
- ¡Annie!
De
repente, un pájaro cayó a sus pies. Finnick observó cómo el grito moría en el
pico del animal mientras lo recogía del suelo, casi con rabia. Había visto esos
animales alguna vez. Charlajos. Reproducían lo que oían, como grabadoras con
vida.
El
chico se giró y se encontró a Katniss junto a él, con las mejillas rojas por la
carrera.
- No pasa nada,
Finnick, no es más que un charlajo. Están jugando con nosotros. No es real, no
es tu Annie.
- No, no es Annie –
dijo, tirando el pájaro al suelo -, pero la voz era suya. Los charlajos imitan
lo que oyen – Katniss empezó a palidecer -. ¿De dónde han sacado esos gritos,
Katniss?
- Oh, Finnick, ¿no
creerás…?
- Sí, lo creo. Eso es
justo lo que creo.
Finnick
se pasó una mano temblorosa por el pelo. Él no podía proteger a Annie desde la
Arena, ella estaba en manos de Dexter. Le había confiado a su amigo su mayor
secreto, su mayor tesoro, pero quizá él no era suficiente para protegerla. Para
protegerse ambos.
Un
nuevo charlajo comenzó a gritar, una voz masculina que gritaba el nombre de
Katniss en bucle. Finnick agarró la muñeca de la chica antes de que esta
comenzase a correr en otra dirección.
- No, no es él – gritó,
tirando de ella hacia la playa -. ¡Vamos a salir de aquí ahora mismo! – Katniss
luchaba por sacarse más flechas del carcaj, pero lo único que conseguiría sería
agotarlas. Finnick la conducía a empujones -. ¡No es él, Katniss, es un muto!
Corrieron
a través de la jungla. Finnick tiraba de Katniss, con el grito del chico
taladrándole los oídos. No sabía quién era, pero ella parecía destruida
mientras corría.
Peeta
y Johanna estaban en el borde de la jungla, junto a los árboles, haciéndoles
señas con los brazos. Finnick les pidió ayuda para arrastrar a Katniss mientras
seguía corriendo, pero ninguno de ellos echaba a correr en su dirección. Finnick
miró a Johanna, que le devolvió una mirada inquisitiva bajo el ceño fruncido. Y
entonces, se dio de bruces contra algo invisible.
Finnick
levantó la mirada. Ni siquiera era un cristal. Era simplemente una barrera
invisible que les impedía seguir. Johanna golpeaba la pared con el hacha junto
a él, pero ni siquiera se escuchaba el sonido. Finnick miró a Katniss, jadeando
a su lado mientras Peeta intentaba tranquilizarla al otro lado de la pared.
Entonces, llegaron más pájaros.
Comenzaron
los gritos de la hermana de Katniss. Y luego Annie. Y luego una sucesión de
voces que él no pudo reconocer, porque su cabeza seguía centrada en los gritos
de Annie. Y de repente, los gritos de Dexter empezaron a perforarle el cerebro.
Finnick
se apoyó en la pared, tapándose los oídos con fuerza.
¡Finnick! ¡Finnick!
Las
voces de Annie y Dexter se mantenían en sus oídos, no importaba lo mucho que
tratase de amortiguarlas. Finnick se acurrucó, sintiendo a Johanna al otro lado
de la pared. Les habían hecho daño. Les estaban haciendo daño. Se imaginó a su
Annie, escondida debajo de la cama mientras unos Agentes de la Paz tiraban de
sus piernas. Y Dexter, golpeado y roto en el suelo. Vio sangre.
Callad, callad,
callad.
Finnick
sintió las manos de Johanna sobre él después de una hora.
- Finn – susurró la chica, acariciándole el pelo -. Finn, ya ha pasado.
- Callaos, callaos.
- Finnick, ya está, se han ido.
Finnick
se destapó los oídos. No había voces, no había gritos. Habían desaparecido.
Pero nunca desaparecerían dentro de su cabeza. Seguían ahí, torturándolo.
- Les han hecho daño.
Les han hecho daño. Les han hecho daño.
Johanna
le agarró la cabeza con las manos, obligándolo a mirarla a los ojos.
- Finnick, se acabó.
Ellos están bien.
- … Prim sigue viva.
Será la primera a la que entrevisten, ¿no? Primero Prim, después tu madre, tu
primo Gale, Madge – decía Peeta, acurrucado junto a Katniss -. Era un truco,
Katniss, un truco horrible, pero…
- Ya lo estás oyendo –
dijo Johanna, sin soltarle la cabeza. Ellos están bien. Solo han modificado sus
voces. Era todo parte del juego.
Finnick
se zafó de ella, decaído. Katniss se balanceaba en los brazos de Peeta,
tratando de mantenerse cuerda.
- ¿Tú te lo crees,
Finnick?
Finnick
tragó saliva.
- Podría ser, no lo sé
– se giró hacia Beetee, que continuaba sentado en el suelo mientras miraba con
curiosidad el lugar en el que había estado la pared -. ¿Podrían hacer eso,
Beetee? ¿Grabar la voz de alguien y convertirla en…?
- Oh, sí – respondió el
hombre, subiéndose las gafas -. Ni siquiera es difícil, Finnick, Nuestros niños
aprenden una técnica similar en el colegio.
Finnick
enterró la cabeza en las rodillas. Tenía sentido. Incluso podrían haber cogido
los gritos de la entrevista de Annie tras sus Juegos, o los gritos de aquella
fiesta del Capitolio en la que se volvió loca. Pero ¿de dónde habrían sacado
los gritos de Dexter?
- Claro que Peeta tiene
razón – soltó Johanna junto a él -. Todo el país adora a la hermana pequeña de
Katniss. Si de verdad la hubiesen matado así, probablemente se encontrarían con
un levantamiento entre masas. Y eso no les gustaría, ¿verdad? ¿¡Que se rebele
todo el país!? ¡No les gustaría nada!
El
chico levantó la cabeza, mirando a su amiga con una ceja levantada. Nadie podía
decir que Johanna Mason tenía pelos en la lengua. Ella le devolvió la mirada y
respiró hondo.
- Voy a por agua.
- No entres ahí, los
pájaros… - comenzó Katniss.
- No pueden hacerme
daño, no soy como vosotros. A mí no me queda nadie.
Finnick, lo han matado, había
dicho entre lágrimas cinco años atrás. Nell.
Pero me tienes a mí, pensó. Quédate.
Sin embargo, Johanna ya se
había metido en la jungla sin mirarlos siquiera.
Regresaron a la playa. Finnick
sentía todo su cuerpo demolido, como si lo hubiesen aplastado con un
aerodeslizador. Se metió en el agua, sintiendo las olas a su alrededor, y cerró
los ojos.
Si hay calma bajo las
olas, elijo hundirme.
Te quiero, no importa
qué pase.
Hubo alguien. Se
enamoró de otra persona.
No tenemos un final.
Solo tenemos un
minuto. Es lo que nos han dado a cada uno, así que escúchame. Lucha. Sobrevive.
Finnick
cerró los ojos. Era demasiado doloroso pensar en casa, sabiendo que no los
volvería a ver. Había dado su vida por la rebelión, por el país, por un mundo
mejor para Annie. Y sin embargo, estaba en el borde y saltar significaba
abandonar la alianza y regresar a casa.
Pero
no podía.
Ahogó
todo lo que le quedaba dentro pescando y tejiendo redes y cuencos para comer.
Cuando sonó el himno, se reunieron todos alrededor de la comida, mirando al
cielo.
Cashmere. Gloss. Wiress y su tic,
tac. Mags.
Finnick trató de no llorar, parpadeando para evitar las lágrimas. Amal, del 5.
La adicta del 6. Blight. Finnick miró a Johanna, pero la chica había desviado
la vista hacia el suelo. La imagen de Rufus, del 10, apareció en el cielo, pero
ninguno le prestó verdadera atención. Todos estaban pensando en quiénes habían
perdido realmente.
- Nos están machacando
– susurró Johanna.
- ¿Quién queda, además
de nosotros cinco y distrito 2? – preguntó Finnick, apoyándose en el tronco de
un árbol.
- Chaff.
De
repente, un paracaídas cayó del cielo. Finnick sabía que ese era el paracaídas
que habían estado esperando en cuanto lo abrió. Distrito 3, veinticuatro
panecillos. Todo sería al día siguiente, en cuanto el rayo que marcaba la
medianoche restallase en el cielo. Miró a Johanna, que frunció el ceño. Beetee
desvió la mirada hacia la playa.
Finnick
se acostó de espaldas a Beetee, alternando el sueño y la vigilia. Cuando
Johanna se acostó junto a él, consiguió quedarse dormido. Sin embargo, despertó
antes del amanecer, con Johanna a su lado tapándole la boca con fuerza.
- ¿Jo? – murmuró,
jadeando. Había visto a Annie y a Dexter torturados tantas veces a lo largo de
la noche que no sabía cómo lograba seguir cuerdo.
- Más te vale no gritar
si no quieres molestar a los tortolitos en llamas.
Finnick
se irguió levemente. Katniss y Peeta estaban tirados en la Arena, abrazados, con
el pelo revuelto y lo que quedaba de los monos quitado hasta la cintura.
Finnick sonrió, mirando a Johanna.
- ¿Es que ahora te va
lo de mirar mientras…?
- No seas asqueroso,
Odair.
Finnick
volvió a tumbarse, cerrando los ojos. No llegó a escuchar el resto del
comentario de Johanna.
Cuando
despertó de nuevo, miró a Beetee, que ya estaba despierto, limpiando su cable.
Desayunaron lo que quedaba del pan antes de recibir un nuevo lote. Distrito 3,
veinticuatro. Katniss y Peeta se alejaron, metiéndose en el mar para nadar, o
intentarlo en el caso de Peeta. Finnick recogió hojas alargadas para tejer una
red, mientras Johanna dormía a su lado. O lo fingía.
- Hay que convencerlos
para que continúen con nosotros hasta esta noche – dijo entre dientes.
Finnick
asintió.
- Están ahí,
confabulando cómo dejarnos. Casi lo huelo – Johanna arrugó la nariz -. No
pueden fastidiarlo todo ahora.
- ¡Eh, Finnick, ven
aquí! – gritó de repente Katniss, levantando una mano -. ¡Ya sabemos cómo
ponerte guapo otra vez!
El
muchacho se rascó el lado derecho de la cara, aún lleno de costras
blanquecinas, antes de correr hacia ellos.
Una
vez que sus pieles quedaron de nuevo impolutas, Beetee los reunió a todos para
poner en marcha un plan. El hombre miró a Finnick por detrás de sus gafas,
entrecerrando los ojos. Johanna tenía razón, tenían que mantener a Katniss y
Peeta con ellos hasta medianoche.
- Sorpréndenos con tu
mente prodigiosa, Voltios – dijo Johanna, dándole paso con la mano.
Beetee
bufó antes de comenzar.
El
plan, en realidad, sí era sorprendente. Tenían que adentrarse en la jungla y
llegar hasta el árbol del rayo. Al abandonar la playa, los profesionales irían
a ella, ya que era el único lugar seguro de todo el estadio. La ola mojaría la
playa y el borde de la jungla, que estarían unidas a la posición del grupo a
través del alambre de Beetee, introducido en el mar y enrollado en torno al
árbol. De ese modo, cuando el rayo cayese, toda la playa y quienes estuviesen
en ella quedarían electrocutados y quemados.
Voltios
volvió a mirar a Finnick y a Johanna. Naturalmente, su plan tenía un plan mayor escondido tras él. Algo
relacionado con su alianza fuera. Con su acuerdo más allá de la Arena.
Caminaron
durante horas, atravesando la jungla hasta llegar al árbol. Katniss lideraba la
marcha, gracias a su don para escuchar los campos de fuerza. Beetee había
sonreído cuando Finnick lo había mencionado, como si fuese una broma que nadie,
salvo él, podía entender. Quizá lo fuese, pero ninguno tenía ganas de
averiguarlo.
Todo
el tiempo que pasaron en el árbol fue más productivo para Beetee, que no dejó
de tomar medidas y hacer observaciones, que para ninguno. Por eso, cuando
regresaron a comer a la playa, cualquier cosa les parecía entretenida. Incluso
arponear peces.
- Peeta, lo estás
haciendo mal – repetía Finnick una y otra vez -. Tienes que evitar mover las
piernas para no alejarlos de ti.
Katniss
se colocó tras él, sonriendo, mientras le daba otra flecha para que el chico la
usase como arpón.
- Por extraño que te
parezca, Finnick, algunos no nacemos con sincronización perfecta en el cuerpo.
Y menos con una pierna de metal.
Finnick
frunció el ceño, pero Katniss sonrió, pasándole una mano por la cintura a
Peeta.
- Peeta, tú ya tenías
poca sincronización antes.
El
chico sonrió y se inclinó para besarla, pero ella se zafó de él y atravesó un
pez con la flecha del muchacho en un abrir y cerrar de ojos. Peeta la miró
impresionado mientras Finnick reía a carcajadas.
- Desde luego, Peeta…
Esa pierna no es la única máquina que tienes.
Ese
fue el último momento de tranquilidad que vivieron.
Regresaron
al árbol tras el himno, no sin recibir antes un nuevo paracaídas. Distrito 3,
veinticuatro bollos. Finnick ayudó a Beetee a enrollar el alambre en torno al
árbol, que el hombre no dejaba de observar. Cuando al menos una quinta parte
del alambre rodeaba el tronco, que parecía de cobre en lugar de madera, Voltios
le dio la bobina a Johanna, mirándola por encima de las gafas.
- Corred hacia la playa
y meted la bobina en el agua. Si salís ya, tendréis tiempo para quedar lejos
del radio de acción del rayo.
- Quiero ir con ellas
para protegerlas – dijo Peeta, colocándose junto a Katniss.
¿Protegerlas de
quién, Peeta? ¿O proteger a Katniss de Johanna? Finnick agitó la
cabeza, masajeándose el puente de la nariz.
- Eres demasiado lento
– admitió Beetee, sin soltar la bobina -. Además, te necesito aquí. Katniss
vigilará. No queda tiempo para discutirlo, lo siento. Si las chicas quieren
salir de esta con vida, tienen que irse ya.
Finnick
levantó la vista para ver la rápida despedida entre Katniss y Peeta y verlas
alejarse. Johanna le dijo adiós con la mano frunciendo el ceño, mientras Peeta
regresaba junto a él.
- ¿Y ahora qué? – gruñó
Peeta, visiblemente molesto.
- Ahora me protegéis –
sugirió Beetee, ultimando detalles en torno al árbol – y salimos corriendo de
aquí.
Finnick
colocó el tridente sobre su hombro, observando la jungla. Entonces, apenas diez
minutos después, el cable dejó de estar tenso y cayó a sus pies, flácido,
enrollándose sobre sí mismo.
- ¿Pero qué…?
- Se ha roto – dijo
Peeta, sacándose el cuchillo del cinturón.
- No, eso es imposible
– admitió Beetee, rascándose la cabeza -. Lo han roto.
Finnick
miró al hombre y se adentró en la jungla. Cuando sintió a Peeta a su espalda,
le dio un empujón, enviándolo de vuelta junto a Beetee.
- Quédate aquí – gruñó
– y protégelo mientras yo las busco.
- Pero…
- Él es el único que
puede hacer que este plan salga bien, Peeta. Protégelo.
Y
salió corriendo, dejando a Peeta atrás.
¿Qué
hacían aún los profesionales en la jungla? Deberían haber llegado a la playa.
Todo el plan estaba saliendo mal.
Entonces
escuchó un grito. Un grito que reconoció, porque lo había escuchado apenas unas
horas atrás. Y corrió.
- ¡Johanna! ¡Katniss!
Sin
respuesta.
Empezó
a asustarse. El plan era sacar viva a Katniss Everdeen de la Arena. ¿Y si todo
salía mal y acababan todos muertos? ¿Y si Enobaria o Brutus se proclamaban
vencedores, o incluso cualquiera de ellos? La gente podría escuchar a Peeta,
pero ¿a Beetee? ¿A Johanna Mason? ¿A Finnick Odair, a quien consideraban tan
artificial como el Capitolio? Siguió corriendo. Tenía que encontrarlas ya.
De
repente, otro grito se escuchó en la Arena.
- ¡Katniss!
No, Peeta, no.
Había
abandonado a Beetee. Katniss respondió a su derecha, con la voz casi tan
desesperada como el muchacho. Finnick corrió en esa dirección. Sin embargo,
Enobaria se introdujo en su camino, blandiendo una lanza tan grande como su
propio cuerpo.
- Vaya, Odair, me
parece que te has quedado sin aliados.
- Qué lástima.
Finnick
se lanzó a por ella, logrando que se apartase de su camino para esquivarlo y
continuó corriendo. Katniss no debía estar muy lejos de él. Peeta estaría
corriendo en la misma dirección, por desgracia.
- ¡Peeta! ¡Peeta!
- ¡Katniss!
No
escuchaba a Johanna por ningún lado. ¿Estaría muerta? No, no había escuchado
ningún cañón. No podía estar muerta. Casi había llegado al árbol, con Enobaria
pisándole los talones.
De
repente, se escuchó un cañonazo.
Finnick
se paró en seco, golpeando a Enobaria con el codo en la nariz. La rabia
ascendía por toda su espina dorsal. Ese cañón podría ser Johanna. Su mejor
amiga. Se giró, dándole una patada en el estómago a la mujer y siguió
corriendo.
El
plan tenía que salir bien. Por Mags, por Johanna, por Wiress y por el resto de
tributos que habían muerto por salvar Panem. Llegó hasta el árbol, pero no
había nadie allí. Enobaria llegó al mismo tiempo que él, enarbolando la lanza.
- Vamos, Odair – gruñó,
enseñándole los dientes puntiagudos.
Segundo
cañón. Chaff, Brutus o Johanna. Dos de ellos estaban muertos, uno vivo. Finnick
se giró, buscando a alguno de sus aliados, pero no quedaba nadie alrededor del
árbol, y apenas quedaban dos minutos para medianoche. Finnick se alejó del
árbol, perseguido por la incesante mujer.
Volvió
a girarse, golpeándola con el mango del tridente, pero esa vez, ella fue más
rápida. Finnick sintió la punta de la lanza clavarse en su pantorrilla,
haciendo un corte profundo. Finnick gruñó, golpeándola con el puño en la cara.
- Deberías haber ido a
la playa – escupió, dejándola jadeando en el suelo.
Corrió
en la porción de selva que rodeaba al árbol, gritando los nombres de sus
amigos. Ninguno respondía.
Y
entonces la vio.
Estaba
aún lejos de él, con el arco en la mano, apuntando al cielo, peligrosamente
cerca del árbol. Finnick corrió hacia Katniss, gritando su nombre.
- ¡Katniss, aléjate del
árbol! ¡Katniss!
Pero
ella no lo escuchaba. Katniss Everdeen miró al cielo y dejó volar la flecha. El
rayo cayó sobre el árbol.
Finnick
fue lanzado hacia atrás con fuerza, golpeándose la cabeza con el tronco de un
árbol. Cayó al suelo, boqueando en busca de aire, pero sus pulmones parecían
haber desaparecido en el golpe.
Entonces,
el cielo estalló.
Dexter
clavó los dedos en el asiento. La Cornucopia no dejaba de girar. Finnick estaba
agarrado a duras penas a uno de los salientes de la isla, pero las armas que
aún quedaban en el cuerno dorado comenzaban a caer hacia ellos peligrosamente.
Dexter desvió la mirada cuando uno de los cuchillos salió volando hacia la
cabeza de Finnick.
- ¡Annie! – gritó,
cuando vio a la chica morderse la mano
con fuerza.
Cogió
su muñeca con delicadez y la apartó de su boca. La muchacha pareció darse
cuenta en ese momento de que se había mordido, porque se miró la mano llena de
costras y sangre como si no hubiese sentido el dolor hasta ese momento.
- Está bien, Ann. Está
bien – El hombre miró la pantalla, descubriendo que la Cornucopia había dejado
de girar y Finnick estaba en pie,
ayudando a Peeta Mellark a levantarse -. Ya ha pasado.
- No, no ha pasado. No
pasará hasta que él salga de ahí vivo y vuelva conmigo.
Dexter
abrazó a Annie, estrechándola entre sus brazos con fuerza.
- Vamos a curarte eso,
¿quieres?
- Pero Finni…
- No podemos hacer nada
por Finnick, Annie. Además, él no está en pantalla ahora, ¿ves?
Annie
asintió. Dexter la llevó a la cocina, donde Margaret estaba haciendo la comida
con Emer. El niño se acercó a Annie y le cogió una mano. La chica lo miró a los
ojos y pareció tranquilizarse. Dexter sonrió mientras recogía vendas y
desinfectante. Ese niño tenía un efecto tranquilizador en ella porque le
recordaba a Kit. Dexter no se había fijado especialmente en Kit Grobber durante
los Juegos, pero podía admitir que veía cierto parecido.
Regresó
junto a Annie, arrodillándose a su lado.
- Emer, ¿quieres
ayudarme?
El
niño asintió. Dexter clavó los ojos en la mirada de Annie, que seguía fija en
los ojos de Emer.
- Vamos allá entonces.
Dexter
empapó un puñado de algodón con alcohol y se lo echó en la diminuta herida.
Annie se mordió el labio y cerró los ojos, aunque no gritó. Ella había pasado
por cosas peores que un simple escozor. Emer fue el encargado de colocar una
venda alrededor de la mano de la chica, tapando cada herida que se había hecho.
Dexter observó al niño con ternura. A ambos. Parecían hermanos.
Cuando
el chico acabó, Dexter se acuclilló junto a Annie, poniéndole una mano en la
rodilla.
- Ann, ve a la cama.
- No.
- Llevas dos noches sin
dormir, ve.
- No.
La
chica se levantó y salió de la cocina, seguida de Emer, que salió corriendo
tras ella gritando su nombre. Dexter se sentó en la silla que Annie había
dejado desocupada, pasándose la mano sana por la cabeza. La otra seguía en un
cabestrillo.
- Necesita descansar –
musitó.
- Todos lo necesitamos –
corrigió Margaret, acercándose al hombre -. Toma, es sopa. Bebe, te sentará
bien.
Dexter
sonrió como agradecimiento y le dio un sorbo.
- Ese niño – continuó,
agarrando el tazón con las manos -, ese niño es como un ángel para ella.
- Lo es, en realidad.
- ¿Lo sabes, no? Ella
le ve en él. A Kit. Cada vez que le mira, vuelve a verlo.
Margaret
se quedó rígida, apoyada en la encimera. Dexter dejó el tazón en la mesa y la
miró, apretando la mandíbula.
- Lo siento, yo… Lo
siento.
- No tienes nada que
sentir – dijo Margaret, girándose -. Es cierto.
Dexter
colocó la barbilla sobre las manos. Tenía un incesante dolor de cabeza desde el
momento en el que había comenzado el Vasallaje. Un dolor que se había extendido
al pecho cuando Mags había muerto. Un dolor que se había intensificado cuando
la había visto arder.
- No conocí a Kit, pero
estoy seguro de que era un buen chico.
- Un buen chico –
interrumpió Margaret, mirándose las manos -. Otro niño que murió demasiado
temprano.
Margaret
fue hasta la mesa y tomó asiento junto a él, frotándose las manos en el
delantal. Dexter tragó saliva, tironeando del puño de su jersey.
- Yo solía disfrutar los
Juegos. Y no sabes cómo lo siento, Marg…
- No lo sientas. Os
educan así. Os educan para amar a vuestros favoritos y llorar por ellos. Pero
para nosotros, los Juegos son una pesadilla año tras año. Vivir con miedo.
Dexter
la miró a los ojos. La mujer tenía los mismos ojos oscuros de Kit, bajo unas
cejas canosas.
- Nunca sabréis lo que
significa para nosotros cumplir diecinueve años y saber que no nos quedan más
cosechas. Entonces, tienes hijos y te das cuenta de que sí quedan más cosechas.
Las suyas. Y vives con el miedo de verlos morir en esos estadios vuestros.
Margaret
se quitó las lágrimas de la cara. Dexter extendió una mano sobre la mesa para
cogerle una mano, que ella apretó con fuerza, agradeciéndoselo con los ojos.
- Yo tuve dos hijos.
Uno de ellos sí fue seleccionado, en su último año. Lo mataron al tercer día,
sin ni siquiera conocer a su hijo, al que le quedaban apenas semanas para
nacer.
Kit.
Dexter levantó la cabeza, pero la anciana no lo miraba a él. Sus ojos estaban
perdidos en el pasado.
- Su madre murió en el
parto y yo me convertí en su madre. Por eso, cuando lo seleccionaron, fue como
revivirlo otra vez. Ese miedo que nunca, durante todos estos años, me ha
dejado.
- Margaret, lo siento.
De verdad…
- Y ahora está este
niño – continuó, señalando la puerta -. Emer. Su hermano ya es lo
suficientemente mayor como para no volver a vivir más cosechas, pero él… -
Margaret se frotó los ojos -. Solo le quedan cuatro años. Solo nos quedan cuatro años para vivir sin
miedo.
Dexter
desvió la mirada hacia la puerta. Emer era nieto de Margaret, de eso estaba
seguro. Por eso era parecido a Kit. Era el hijo del hijo de Margaret que no
había ido a los Juegos. Dexter se giró para mirar a la anciana.
- Y aún así, aunque tú
hayas venido del Capitolio, nos comprendes. Nos comprendes porque los Juegos te
están quitando una parte de ti, ¿verdad?
Margaret
colocó una mano en la mejilla derecha del hombre, acariciándolo.
- Eres de este
distrito, Dexter. De esta familia.
El
médico sintió una lágrima caer por su mejilla y se la quitó con el dedo,
levantándose.
- Debería ir a ver a
Annie. No me gusta dejarla sola.
- Ahora le llevo un
caldo.
Dexter
salió de la cocina y se dirigió al salón. Annie estaba tumbada en el sofá, con
Emer a su lado acariciándole el dorso de la mano. El niño levantó la mirada
hacia él y le sonrió. Dexter le devolvió la sonrisa y ocupó su lugar junto a
Annie, sentándose en el suelo junto a su cabeza.
- No ha vuelto a salir –
susurró la chica, con los ojos fijos en la pantalla.
Dexter
se giró. En ese momento, estaban mostrando a los profesionales, aunque quizá
sería equivocado seguir llamándolos así. En ese Vasallaje, todos eran
profesionales.
- Dexter… ¿por qué no
me odias?
El
hombre se giró hacia ella con las cejas levantadas, extendiendo la mano para
acariciarle el pelo.
- ¿Por qué debería?
Annie
se irguió, arrugando la nariz.
- He visto cómo le
miras. He visto cómo sufres por él, cómo lloras, cómo te rompiste cuando
dijeron su nombre en la cosecha. Le amas.
Dexter
detuvo la mano sobre la cabeza de Annie, que tenía los ojos verdes clavados en
él. El hombre se apartó, bajando la mirada.
- He robado tu tiempo.
He permitido que te peguen y que te hagan daño. Has tenido que soportarme
durante cinco años y amo al hombre que tú amas. ¿Por qué no me odias, Dex?
El
médico se acercó a ella, con una media sonrisa en los labios, y estiró de nuevo
la mano hacia su cabeza. Annie cerró los ojos en cuanto el hombre comenzó a
acariciarle de nuevo el pelo.
- He de admitir que lo
único que buscaba cuando vine aquí era una recompensa. Quizá la satisfacción
personal de haber curado a Mags, o de haberte sacado a ti de tu locura. Quizá
la fama. Quizá el dinero que conseguiría si mi tratamiento salía bien.
Dexter
se pasó la mano por el pelo, colocándose el cabestrillo. Annie abrió los ojos.
- Sin embargo, os
conocí a vosotros tres. A ti, a Mags, a
Finnick. Y,
por primera vez, sentí que no necesitaba más recompensa que la que vosotros,
sin saberlo, me estabais dando.
- ¿Qué recompensa?
- Una familia –
respondió Dexter, acariciando la mejilla de la chica -. Por eso no te odio,
Annie. No podría odiarte. A ninguno de vosotros. Por eso han merecido la pena
todos estos años. Porque sois mi familia.
Annie
se levantó del sofá y abrazó a su amigo con todas sus fuerzas. Dexter la acunó,
sin saber exactamente quién sostenía a quien. Annie se separó de él, dándole un
beso en la mejilla.
- Él va a volver –
respondió -. Y seguiremos siendo una familia.
Dexter
sonrió.
- Además, aún os queda
una boda que celebrar.
- A ti también.
Dexter
la soltó, ahogando una carcajada.
- No planeo casarme,
Annie…
- Me refiero a nuestra
boda, Dex. Yo… yo te quiero allí, sea
donde sea. Y estoy segura de que Finnick también.
El
hombre la miró directamente a los ojos, a esos ojos verdes que parecían el mar
en mitad de una tormenta, agitándose como si bailase. Annie titubeó.
- Si a ti te parece
bien…
Dexter
rió, abrazándola de nuevo.
- Por supuesto, Annie.
Nada me haría más feliz que veros felices. Os lo merecéis tanto ambos…
En
ese momento, la televisión volvió a enfocar a los aliados. Katniss y Finnick
estaban en la jungla. Finnick enredaba en un árbol con un cuchillo, haciendo un
agujero lo suficientemente grande para poder introducir un dedo. Katniss estaba
junto a él, apoyada en el árbol y con la mirada clavada en el suelo. Dexter los
miró con el ceño fruncido. Aún no acababa de entender la alianza que habían
formado.
- Katniss – dijo Finnick,
extendiendo la mano mientras observaba el árbol -. ¿Tienes esa espita?
Dexter
vio cómo Katniss rebuscaba en su cinturón. Y entonces, se escuchó un grito. Un
grito estremecedor que hizo cambiar la cara de Katniss Everdeen en menos de un
segundo. Annie se puso rígida. ¿Y si Peeta había decidido matar a Johanna? No,
imposible. Dexter sabía que el hacha de Johanna era demasiado mortífera.
De
repente, Katniss comenzó a correr, adentrándose en la jungla. Finnick recogió las
armas y corrió tras ella, gritando su nombre. Las cámaras los perseguían a
ambos, sin importar dónde se metiesen.
- ¡Prim! – gritaba Katniss,
desgarrando enredaderas con los dedos -. ¡Prim!
Entonces,
las cámaras enfocaron a los pájaros. Charlajos. Dexter se llevó las manos a la
boca. ¿Cómo habrían conseguido esos gritos? No se habrían atrevido a hacerle
daño a la hermana de Katniss, todo el país la adoraba. Pero entonces, ¿cómo y
por qué gritaba a través de esos pájaros que reproducían lo que escuchaban?
- ¿Prim?
Un
pájaro volvió a gritar en la pantalla, y Katniss apenas tardó un segundo en
derribarlo con una flecha, ahogando el grito, y retorciéndole el cuello para
asegurarse de que estaba muerto.
- ¿Katniss?
Finnick
apareció por la esquina de la pantalla, con el tridente delante del cuerpo.
Dexter miró a Annie, que se mordía la manga del jersey.
- No pasa nada, estoy
bien – respondió Katniss, levantándose -. Me pareció oír a mi hermana, pero…
Un
nuevo grito. Dexter se giró con alarma. Había oído ese mismo grito cientos de
veces. Era demasiado familiar para él. Sin embargo, Annie estaba junto a él,
con la boca abierta y las manos sobre la garganta mientras su grito se
escuchaba en la pantalla. Dexter se llevó las manos a la boca. Se iba a convertir
en su debilidad, capaz de volverlo loco.
La
iban a usar contra Finnick.
- Pobre Finnick. ¿Es la
primera vez en tu vida que no estás guapo?
Finnick
abrió los ojos, frunciendo el ceño. Katniss estaba frente a él, con la cara
llena de pomada verdosa.
- Seguramente. La
sensación me resulta completamente nueva. ¿Cómo has hecho tú para soportarlo
tantos años?
Katniss
hizo una mueca que se acercaba a una sonrisa. Finnick apretó la mandíbula para
evitar sonreír frente a ella.
- Solo tienes que
evitar los espejos – contestó ella -. Al final se te olvidará.
- No si sigo mirándote.
Finnick
continuó frotándose la cara y los brazos. Sentía las costras como arena sobre
la piel, pero era reconfortante eliminar el dolor. Todo el dolor.
Aunque
eso era imposible.
Intentaba
olvidarse de Mags, de ese último momento, pero le era imposible. Ni siquiera
haber sido atacados por mutos apenas unas horas antes era suficiente para
hacerle concentrarse en la Arena y los Juegos. No podía dejar atrás la imagen
de verla caminar hacia la niebla. Se repetía en su cabeza una y otra vez.
¿Había sido así cuando Annie había visto morir a Kit? ¿La imagen de su cabeza
una y otra vez? ¿Estaría enfermando él también?
- ¿Necesitas que
alguien te frote la espalda, chica en llamas?
Katniss
se giró, con la cremallera del traje a medio bajar y una ceja levantada.
- ¿Cuánta gente querrá
arrancarme la piel por el privilegio?
Finnick
sonrió y se acercó a la chica con el bote en las manos. Mientras extendía la
pomada por la espalda de Katniss, llena de costras blanquecinas, se preguntó
cuántas cicatrices escondía su piel limada por los médicos del Capitolio.
- Voy a despertar a
Peeta – sugirió Katniss, una vez que ambos se habían dado suficiente pomada.
- No, espera –
interrumpió Finnick -, vamos a hacerlo juntos. Los dos delante de su cara.
Katniss
le dedicó una media sonrisa y se levantaron. Si no aprovechaban los pocos
minutos de tranquilidad que tenían para divertirse y aislarse de la vida real,
¿qué les quedaba?
- Peeta, Peeta – llamó Katniss,
acercándose a su oído -, despierta.
Peeta
comenzó a abrir los ojos. Finnick se acercó un poco más a él, entrecerrando los
suyos. De repente, Peeta abrió los ojos del todo y saltó hacia atrás, alejándose
hacia las armas, gritando.
Katniss
fue la primera en empezar a reírse, y la cara de indignación de Peeta fue
bastante para que Finnick la siguiese. Cayeron sobre la arena, sujetándose el
estómago sin dejar de reírse.
Eran
aliados. Podría incluso atreverse a decir que estaban en el borde para llegar a
ser amigos. Por poco tiempo, pensó
él, y la sonrisa se le congeló en el rostro.
Entonces,
cayó del cielo un paracaídas. Finnick abrió la caja de metal, encontrándose con media docena de panecillos de color verdoso. El chico cogió uno, dándole
vueltas entre los dedos, acariciando la corteza caliente.
“¿Ves, Finnick? Así
es cómo se hace”.
Mags colocó el pan en
la bandeja junto al resto, limpiándose las manos llenas de harina en el
delantal.
“¿Cómo sabes hacerlo?”,
preguntó el joven Finnick, pasándose una mano por el pelo.
“Bueno, digamos que
he tenido muchos años para aprender muchas cosas. Y nunca sabes cuándo te vas a
quedar sin pan, ¿verdad?”.
Finnick asintió. Nunca
se había sentido más vulnerable que la primera noche en la Arena, cuando no
había comido nada en todo el día. Entonces recibió un paracaídas lleno de
panecillos, cortesía de su distrito. Nunca se había sentido más agradecido
tampoco.
“¿Crees que podrías
enseñarme?”, preguntó, acercándose a la mesa.
Mags rió.
“Por supuesto que no.
No tienes la paciencia necesaria, harías bolas deformes de harina en lugar de
pan”.
Finnick sonrió. Mags
tenía razón, como siempre. Él era pescador, no panadero.
“Irá bien con el
marisco”, sugirió la anciana. “Ve a pescar algo”.
- Irá bien con el
marisco – susurró, dejando el panecillo en la caja de nuevo.
Por
suerte, había pescado suficiente esa mañana, por lo que se sentó a pelar todo
lo que había pescado. Como Mags le había dicho años atrás, era una combinación
deliciosa, una comida impensable para unos Juegos del Hambre.
Finnick
fue el primero en acabar, quizá por el hambre o quizá porque todo le recordaba
a Mags y era demasiado doloroso. Se acercó a la playa y comenzó a lavarse las
manos. Entonces, la parte de la selva que se encontraba frente a ellos comenzó
a agitarse y una enorme ola golpeó contra la Cornucopia, deteniéndose como la
niebla lo había hecho. Parecía como si todo siguiese una especie de orden. Empezar
aquí, parar ahí. Un bucle. El agua agitada llegó hasta la playa donde se
encontraban, arrasando con todo aquello que no pudieron coger a tiempo. Un
aerodeslizador apareció en el cielo, llevándose un cuerpo de otro tributo caído
apenas segundos después del cañonazo. Doce. Finnick se acarició la muñeca,
rozando el metal de la pulsera con las manos y miró a Katniss. Sin embargo, la
chica tenía la mirada clavada en algún punto a su derecha, con el ceño fruncido
y la mano a medio camino del carcaj.
- Ahí – señaló.
Finnick
entrecerró los ojos, fijando su mirada en tres figuras que avanzaban por la
Arena. Una de ellas llevaba la delantera, arrastrando a otra que parecía estar
muriéndose. La tercera caminaba tras ellos, haciendo aspavientos con las manos.
- ¿Quiénes son? –
preguntó Peeta, dando un paso al frente -. ¿O son mutaciones?
No,
no eran mutaciones. Eran tributos. La cuestión era si aliados o no.
Entonces,
la figura que estaba siendo arrastrada cayó al suelo, inconsciente, tendida
sobre la Arena. La que lo llevaba comenzó a dar patadas al suelo, levantando
arena por todos lados. La tercera persona se acercó a ella, recibiendo un
empujón.
No
cabía duda.
- ¡Johanna!
Salió
corriendo. Por fin. Necesitaba una cara amiga, alguien de la que no tuviese que
cuestionarse su confianza. Katniss y Peeta lo habían aceptado como aliado,
estaba claro, pero eran los Juegos del Hambre. Los aliados solo son amigos
hasta que llega el momento, y, aunque Finnick estuviese dispuesto a morir por
Katniss, por Panem, ella no era consciente de eso. Y tampoco Peeta.
Llegó
hasta Johanna y la envolvió en un abrazo. La chica apoyó la cabeza en su
hombro, suspirando. Estaba cubierta de sangre de los pies a la cabeza, como si
se hubiese bañado en ella. Finnick la estrechó con fuerza.
- ¿Estás bien? –
susurró el chico.
Johanna
asintió, apartándose de él.
- Es una locura,
Finnick – comenzó -. Ahí dentro. Es una tortura constante. No hay descanso, no
hay seguridad. En ningún sitio.
- Lo sé, Jo.
- ¿Qué te ha pasado a
ti? ¿Con qué te has encontrado?
- Niebla venenosa y
mutos. ¿Tú?
- Sangre. Montones de
sangre. Creíamos que era lluvia, por los relámpagos, y teníamos mucha sed, pero
cuando empezó a caer, resultó ser sangre. Sangre caliente y espesa. No se podía
ver, ni hablar sin llenarte la boca. Estuvimos dando tumbos por ahí, intentando
salir. Entonces Blight se dio contra el campo de fuerza.
Finnick
bajó la cabeza. No quiero ser un héroe ni
un mártir. Pero si me aseguráis que mi mujer va a estar a salvo y me prometéis
una vida mejor para ella, yo estoy dentro. Blight había sido el primero en
unirse a la alianza. Miró a Johanna, mordiéndose el labio.
- Lo siento, Johanna.
- Sí, bueno, no era
gran cosa, pero era de casa – Finnick sabía que, en parte, simplemente fingía. Simplemente
intentaba esconder la pena por la pérdida, por muy tenue que esta fuese, bajo
esa máscara suya -. Y me dejó sola con estos dos. Le clavaron un cuchillo en la
espalda en la Cornucopia – comentó, golpeando levemente a Beetee con el pie -.
Y ella…
Majara
continuaba dando tumbos por la Arena, susurrando ‘tic, tac’ una y otra vez.
Finnick desvió la mirada de nuevo hacia su amiga.
- Sí, lo sabemos, tic,
tac. Majara ha sufrido una conmoción. Quédate quieta, ¿quieres? – ordenó Johanna,
empujando a Wiress.
Entonces,
Katniss dio un paso al frente, agarrando a Wiress del brazo.
- Déjala en paz.
Johanna
la miró con odio, avanzando hacia ellos. Finnick ni siquiera se lo esperaba
hasta que escuchó la mano de Johanna estallar contra la mejilla de la chica en
llamas.
- ¿Qué la deje en paz?
¿Quién te crees que los sacó de esa puñetera jungla por ti? Serás…
Finnick
reaccionó, cogiéndola por la cintura y arrastrándola hasta el mar. Johanna no
dejó de retorcerse, gritando palabrotas a la chica, que seguía en la arena con
la mano en la mejilla, mirando a Peeta. Finnick metió la cabeza de Johanna en
el agua, ahogando sus protestas.
- ¡Suéltame! ¡Voy a
enseñarle más modales a esa puta niñata que nadie que…! – Finnick la sumergió
de nuevo -. ¡Me dice que la deje en paz, como si no hubiese medio muerto por
salvarlos! ¡Desagradecida de mier…! – Otra vez -. ¡Suéltame, Odair, antes de
que te dé una patada en los hue…! – Y otra -. ¡SUÉLTAME YA!
Finnick
le sujetó la cabeza, casi sin apenas sangre.
- ¿Te vas a
tranquilizar y continuar con la alianza o no?
Johanna
le miró con rencor, pasándose una mano por el pelo empapado. Sin embargo,
asintió y regresó a la arena, limpiándose los escasos restos de sangre que le
quedaban. Finnick la siguió.
- Entonces, ¿qué ha
sido eso de la niebla? – comenzó Johanna, acabando una rebanada de pan con
marisco.
Finnick
tragó saliva antes de empezar.
- Ya sabes. Blanca,
espeluznante y venenosa. No era mucho más. Te alcanzaba por mucho que corrieses
– Mags sonriendo y caminando hacia la niebla. El cañonazo -. Ampollas y
espasmos si te rozaba. Otro juego.
Johanna
asintió. Finnick sabía que ella se había dado cuenta, era demasiado lista.
Apretó la mandíbula y se levantó.
- Yo hago la primera
guardia – dijo, ofreciéndose.
- No, yo la haré – dijo
Katniss -. Tú la hiciste anoche, es mi turno.
- Todo lo que he visto
hoy me ha quitado el sueño. Yo me quedo también - Johanna se sentó junto a Katniss, con el hacha en la manos.
Finnick
asintió, tumbándose alejado del resto. Consiguió dormir a ratos, aferrando su
tridente, pero las imágenes se sucedían en su cabeza una y otra vez. Mags
muriendo. Él, asesinando a todos sus amigos, a todos sus aliados, a Johanna
Mason. Saliendo de la Arena, proclamándose vencedor, volviendo con Annie. Cuando
despertó por quinta vez, sudoroso y temblando, se encontró con Johanna frente a
él, mirándolo con los ojos muy abiertos.
- Finnick…
- Dos cosas –
interrumpió él, con la voz ronca -. Primera: ni se te ocurra decir algo con
tono de lástima. Segunda: me alegro de verte con vida, Mason.
Johanna
frunció el ceño. Finnick cerró los ojos un segundo, pasándose una mano por la
cara para apartarse el sudor.
- Bien – susurró Johanna
a su lado -. ¿Qué tal con ellos?
El
chico inspiró con fuerza.
- Creo que no confían
en mí. Aún.
Johanna
miró a Katniss, que continuaba junto a Wiress, tumbada con la cabeza en su
regazo. Finnick cerró los ojos, recordando sus pesadillas. Su tridente enterrándose
en el pecho de Johanna, abriéndole una sonrisa roja a Katniss en el cuello.
- No creo que pueda
seguir con esto – dijo, tumbándose de espaldas.
- ¿Con la alianza?
- No. Con todo esto –
añadió, abarcando la Arena con los brazos -. No es como la primera vez. Era un
crío y no tenía nada por lo que luchar. Pero ahora lo tengo y… quiero vivir,
Jo.
- Como tod…
- El problema –
continuó -, el problema es que me he imaginado matándoos para salir de aquí.
Matándote.
Johanna
apretó la mandíbula. Miró a su alrededor, extendiendo la mano para acariciarle
el pelo.
- Está bien, Finn.
Tranquilo. Lo raro sería que no lo hubieses pensado. Todos queremos vivir,
incluso yo, aunque no tenga nada por lo que seguir luchando.
Finnick
pensó en cómo había perdido Johanna todo cuanto había querido. Su familia nunca
había sido importante para ella, que había sido maltratada casi desde que era
niña. Pero recordaba a Nell, a quien el Capitolio había asesinado. Y Johanna
también lo recordaba.
- Jo…
- Creía que habíamos
quedado en nada de tonos de lástima, ¿verdad? – El chico asintió -. Finnick,
podemos hacerlo.
- ¿Matarnos los unos a
los otros? – musitó él, y la imagen de su tridente sobre el pecho de Peeta
volvió a aparecerse en su cabeza.
Johanna
le golpeó suavemente en la cabeza con los nudillos.
- No, descerebrado.
Sobrevivir. Somos los miembros más fuertes del Capitolio. Ya vencimos una vez.
Todos y cada uno de nosotros. No pueden vencernos desde una sala de control, ya
lo hemos demostrado. No… No van a vencerme así.
Finnick
se irguió, mirando directamente a los ojos de su amiga.
- Si voy a morir –
continuó ella –, si muero, quiero ver la cara de mi asesino. De mi verdadero
asesino. Del verdadero enemigo.
El
chico arrugó el ceño, cogiendo la mano de su amiga. Habían acordado entre todos
morir para salvar al sinsajo, la imagen de la rebelión, pero ¿de verdad esa era
la única opción? Finnick pensó en Katniss sacando esas bayas el año anterior. Negándose
a ser controlada.
- Johanna.
- Fi…
- Levantaos.
Finnick
levantó la cabeza, seguido de Johanna y Peeta, a quien Katniss sacudía con
frenesí. El chico se irguió, con el cuchillo en la mano.
- Levantaos, tenemos
que largarnos.
- ¿Qué está pasando? –
inquirió Peeta, mirando a su alrededor con el puño cerrado en torno al
cuchillo.
- ¿Katniss? – inquirió Finnick,
con el tridente en posición defensiva.
Katniss
miró a Wiress, que daba vueltas en la arena. ‘Tic, tac, tic tac’. Finnick levantó las
cejas.
- Eh, descerebrada – Johanna
golpeó con suavidad el hombro de Katniss, llamando su atención - ¿Qué pasa?
La
chica sonrió, abarcando el estadio con los brazos.
- Tic, tac.
- Oh, dios mío. La
locura de Majara es pegajosa – gruñó Johanna, apartándose -. Tú también no.
Finnick
levantó una ceja, acercándose al mismo tiempo que Peeta. El chico le rozó el
brazo con los dedos, obligándola a mirarlo.
- ¿Katniss?
- Tic, tac. La arena es
un reloj.