El aire que respiraba estaba
repleto de humo y sudor. Pesado. La música retumbaba en mis oídos, música que,
de haber estado sobrio, jamás me habría detenido a escuchar. Me llevé una mano
a la cabeza, pasando los dedos por mi pelo húmedo. El estómago me daba vueltas,
aunque todo se movía a mi alrededor. El alcohol, suponía. Caminé pegado a la
pared, chocando con varias chicas que extendieron hacia mí sus brazos, pero estaba
demasiado ocupado tratando de llegar hasta la puerta del local. Había dejado a
Lisa sentada en un sofá, con la mirada perdida por las drogas que se había
metido. Diría que estaba loca, pero nada me importaba, si soy sincero. No esa
noche, ni probablemente me importaría el resto de mi vida. Lisa había puesto
una pastilla en su lengua y me había besado, depositándola en mi boca. A veces,
podía ser como una boa, de esas que abrazan hasta la asfixia, y no tuve otro
remedio que tragármela. Probablemente por eso me deslizaba por el pasillo como
si mis pies fueran gelatina mientras la gente me hacía muecas.
Tras tres intentos en los que
no hacía más que agarrar el aire confundiéndolo con el pomo de la puerta,
conseguí salir al exterior y respirar aire limpio. Estaba sudando y temblando
al mismo tiempo. Me apoyé en la pared, metiéndome los dedos hasta la garganta
para echar todo lo que había en mi estómago. Era asqueroso. Unas chicas me
vieron, las escuché insultarme, pero no me importaba. Solo quería desintoxicarme,
de todo. Absolutamente todo.
Apoyé la cabeza sobre los fríos
ladrillos. Yo nunca había sido así. Siempre había sido tranquilo. Sin fiestas,
sin alcohol, sin tabaco, sin drogas. Pero las circunstancias cambian, la gente
cambia. Y cambiar, o al menos en mi caso, no significaba madurar. En mi caso,
significaba destrozarme.
Volví a entrar. Me daba igual.
Ya estaba destrozado. Romperme la cabeza habría sido mucho menos doloroso que
romperme a mí por completo. Físicamente, estaba bien. Físicamente, estaba entero.
Pero me faltaba lo más importante, lo que nadie veía. Y por eso, nadie se daba
cuenta. Aceptaban al nuevo yo con sonrisas o ceños fruncidos, incluso con
alguna que otra bofetada, pero ¿qué me importaba? Eso decían mis amigos. No
debía importarme.
El calor dentro del local era
apabullante, tanto que necesité al menos tres minutos para estabilizar mi paso.
Caminé directo a la barra. Había dejado a Lisa al cuidado de Greg. Él siempre
la cuidaba.
Y tanto que la cuidaba.
Decir que me jodió que se
estuviesen enrollando sería mentir, así que no puedo explicar por qué me puse
tan violento. Me abalancé sobre ellos, pero unos brazos me detuvieron antes de
que pudiese estampar mi puño en sus caras. Un tío enorme me sacó de la
discoteca a empujones y me cerró la puerta en las narices, dejándome tirado en
mitad de la calle. Me levanté, loco de rabia, y golpeé con toda mi fuerza la
pared. Ni siquiera sentí el momento en el que se me rompieron los nudillos.
Quizá quería demostrar así que era muy hombre, pero en realidad, no era más que
un niño que se puso a llorar en cuanto vio la sangre.
No sabía qué hacer. Quería
ponerme en mitad de la carretera, dejar que me atropellasen. Quizá así…
Me saqué el teléfono del
bolsillo, manchando la pantalla de sangre. Me costó encontrar el número, hacía
siglos que no lo usaba. Esas son las consecuencias del cambio, supongo. Todas
las cosas que dejas atrás. Marqué, sabiendo que era muy probable que me
encontrase con una negativa o, mejor, que me colgasen directamente. En ambos
casos, ya tendría vía libre para tirarme por un puente.
Sin embargo, descolgó el
teléfono.
Esperé, quizá para oír un
insulto o el pitido que me indicaría que ya no estaba al otro lado. Pero solo
escuché silencio, si es que eso es posible. Supuse que me tocaba a mí hablar,
pues.
-
¿Puedes venir a por
mí?
El teléfono se colgó. Me miré
los nudillos, desesperado. Me había destrozado a mí mismo y a todo lo que me
rodeaba. Estaba solo.
Quizá alguna vez os hayáis
sentido solos. Yo, de hecho, nunca me había sentido así. No como esta vez.
Siempre hay alguien. Pero esta vez, era como si estuviese en una burbuja.
Rodeado de gente que no podía oír mis gritos ni ver mis lágrimas. Y me había
costado darme cuenta de que esa burbuja la había creado yo.
Me puse las manos en la cabeza.
Por fin, entendía qué era sentirse solo. Era estar vacío. Era ver cómo todo el
mundo seguía su curso, cómo te dejaban atrás. Cómo todos encontraban unos
amigos en los que confiar mientras tú ibas simplemente tanteando, conociendo a
muchos y queriendo a ninguno.
Y era horrible.
Dicen que la peor sensación es
el dolor. Estoy en desacuerdo, la peor sensación es la soledad.
De repente, un coche paró
delante de mí. Levanté la vista, limpiándome los surcos de las lágrimas de la
cara. Era un coche negro, con marcas de barro en las puertas. Una chatarra, más
bien. Me levanté, frotándome la cabeza, confuso. Quizá las drogas estuviesen
haciendo su efecto. O el alcohol. Debía de ser mi imaginación.
Pero no lo era. Vic alargó la
mano y abrió la puerta, devolviendo la vista al frente, sin alterar ni un
músculo de su cara. Echaba de menos verla sonreír, y parecía mentira que no me
hubiese dado cuenta hasta ahora. Me metí en el coche y, sin haber cerrado aún
la puerta, ella arrancó.
-
Lo siento – gruñí
con voz ronca.
Vic miró por el retrovisor y
rebuscó detrás de su asiento, sin mirarme. Un mechón pelirrojo cayó sobre sus
ojos oscuros cuando se inclinó para ofrecerme una caja.
-
Tienes sangre en la
cara. Límpiate.
Abrí la caja y saqué un pañuelo
para limpiarme. No aguantaba su indiferencia. Prefería su odio, no… esto. Me
coloqué otro pañuelo sobre los nudillos.
Vic aparcó delante de su garaje
a los veinte minutos. Veinte largos minutos sin hablar, sin mirarnos. Un ‘lo
siento’ no valía. ¿Cómo podía explicárselo? No tenía excusa. Y lo peor es que a
ella le daba igual.
-
Vamos a curarte
eso.
Salió del coche, sin dedicarme
una mirada. Me habría enfadado, pero sabía que no debía hacerlo por dos
razones: la primera, no tenía ningún motivo; la segunda, estaba exhausto. La
seguí hasta el garaje, donde sacó un botiquín y me obligó a sentarme en una
mesa. Me cogió la mano y ni siquiera se inmutó. Cuando el alcohol rozó mi piel,
no me aguanté más.
-
¿Me odias, Vic?
Ella paró, dejando el algodón a
medio camino de la herida, helada. O no se lo esperaba o no tenía respuesta. Me
mordí el labio aún así, esperándola. Sin embargo, se limitó a presionar el
algodón sobre mi piel, más fuerte de lo que debería. Me lo merecía, supongo.
-
No te odio –
respondió.
-
¿Entonces, por qué
no me miras?
Vic se apartó de mí.
-
Mírame.
Levantó la vista, clavando sus
ojos oscuros en los míos. Esos ojos que habían estado mirándome toda la vida.
Esos ojos oscuros que se llenaban de brillo con una simple entrada para el
cine.
-
¿Por qué, Troy?
Esta vez fui yo el que no tuve
respuesta.
¿Por qué? ¿Cómo explicárselo?
¿Por dónde empezar, mejor dicho? Pensé en todo lo que había pasado. Pensé en lo
que había hecho. Meses atrás, mi vida había empezado a caerse. Mis padres se
habían divorciado y ¿cuál de los dos querría quedarse con un adolescente
enfermo? Yo os lo diré: ninguno. Mi familia me dio la espalda. Cuando me
diagnosticaron la amnesia, pensé que ellos serían valientes por mí, pero se
asustaron. Creo que tenían miedo de que los olvidase, así que decidieron
olvidarme ellos. Aún no me cabe en la cabeza cómo un padre puede abandonar a su
hijo en una situación así, pero he decidido no cuestionarlo. Mi abuela accedió
a quedarse conmigo, pero ella estaba más enferma que yo. No quedaba muy claro
quién cuidaba a quien. Sí, mi mundo empezó a derrumbarse. Odiaba a mis padres
por abandonarme, odiaba a la enfermedad, un extraño tipo de amnesia que sólo se
da en uno de cada mil jóvenes menores de treinta años alrededor del mundo.
Espero que los novecientos noventa y nueve chicos que están en mi grupo estén
disfrutando de su vida sin preocupaciones. Me odiaba incluso a mí mismo por
tener tan poca suerte, así que decidí que, si la enfermedad iba hacerme
olvidar, sería mejor que me adelantase a ella.
Y así fue como empecé a apartar
de mí todo lo que me importaba. Incluso yo mismo. Incluso Vic, que había sido
mi mejor amiga desde que gateábamos. No le conté lo que me pasaba. Me limité a
humillarla, una y otra vez. Y ella siempre me perdonaba. Y, mientras tanto,
empecé a destruirme a mí. Empecé a fumar paquetes de tabaco por día para
destruir mis pulmones. Me desmayaba borracho en los bares para matar a mi
hígado. Hice la vida imposible a mi abuela hasta que no pudo más y también se
marchó, les pedí a mis padres que nunca me llamasen, y todo para destruir mi
familia. Así que, cuando aquella mañana, en el instituto, dije aquellas cosas
horribles sobre Vic, destruí también mi corazón.
Cuando dices que tienes el
corazón roto, la gente suele pensar siempre lo mismo: un amor no correspondido,
alguien a quien amaste hasta la saciedad y que te traicionó, una relación que
no funcionó a pesar de los intentos. Pero pocos se fijan en lo mucho que rompe
el corazón perder a un amigo.
Sigo creyendo que la gente no
valora lo suficiente la amistad. La tienen en un segundo puesto, por debajo del
amor, cuando en realidad es lo mismo. Incluso más importante. Y más dolorosa.
Miré hacia el suelo, sin saber
qué decir. Vic estaba delante de mí, con los ojos llenos de lágrimas. Había
oído que había dejado el instituto. Que se encontraba constantemente las
taquillas llenas de pintadas, llamándola todo lo que yo la llamé ese día. Me
había obligado a que no me importase, pero me importaba. Me rompía, más bien.
Me sentía un hijo de puta.
¿Cómo contarle todo eso a Vic?
No quería decirle que estaba enfermo. No quería recuperar su amistad para
olvidarla más tarde. Y tampoco podía excusarme para que me perdonase. No podía.
Recordé un libro que había leído en clase dos años antes, un libro que no había
entendido bien. En ese momento, lo hice.
El libro se llamaba El camino, de un escritor alemán. Cuando
lo leí, me pareció que el tío iba muy fumado cuando lo escribió. No tenía
ningún sentido. Pero ya lo entendía. El camino era la vida del protagonista. En
uno de los capítulos, Jesse se encontraba en una encrucijada. Solo podía elegir
uno de los dos caminos que se le ofrecían, a pesar de que los dos eran
difíciles de atravesar. Así estaba yo.
-
Vic…
-
Ha sido un
infierno, Troy – continuó ella, limpiándose las lágrimas -. No sabes lo que ha
sido.
No, no lo sabía. Porque yo
había causado esa destrucción tratando de destruirme a mí.
-
Y lo peor –
continúa – es que no lo entiendo. No entiendo qué hice para que me humillases
así. Si lo supiera, sería menos doloroso. Si lo supiera, al menos podría pensar
que me lo merecía.
Me levanté de la mesa,
alargando la mano hacia ella, pero Vic se apartó. Ese paso hacia atrás me dolió
más que la indiferencia, el odio y cualquier cosa que hubiese hecho antes.
-
¡No me lo merecía,
Troy! ¡No lo entiendo!
¿Que qué hizo Jesse en el
libro? Se suicidó y el libro se acabó. Fin.
La conclusión que tuve la
primera vez fue que era un libro de mierda. Ahora, creo que entiendo lo que el
escritor quería decir. No era una incitación al suicidio. No quería decir que
debíamos huir cuando había problemas. Quería que nos diésemos cuenta de cuan
estúpido había sido Jesse, de lo cobarde que era. Normalmente, los libros te
ofrecen héroes en los que inspirarte. Lo que El camino te ofrecía era el anti-héroe que debías evitar ser.
-
¿Por qué? – repitió
Vic.
Estaba llorando. La había visto
llorar muchas veces. Por la muerte de algún personaje de su serie de televisión
favorito. Cuando murió su abuelo. Cuando su hermano se fue de casa. O cuando
ese novio del que estaba tan enamorada la dejó. Pero nunca como esta vez.
Nunca.
-
No lo sé –
respondí.
Pero sí lo sabía.
-
¿Esa es tu
respuesta? – chilla -. ¿Hace falta que te recuerde lo que dijiste?
Por desgracia, mi enfermedad no
había eliminado eso. Lo recordaba perfectamente, estaba grabado a fuego en mi
cabeza.
-
Perdió la virginidad con Matthew Collins el día del
baile, en los vestuarios de los chicos. Y se acostó con los hermanos Gramm. ¿Te
los turnabas, Victorie? Ah, y cómo olvidarnos de Greg… estuvo bien aquella
mamada, ¿verdad?
Vic paró de hablar, tragando
saliva. Había dicho cosas peores, pero prefería no oírlas de nuevo.
-
Y ninguno de ellos
lo negó.
Asentí. ¿Por qué iban a
negarlo? Eran unos campeones, como
decía Greg.
De repente, me encontré a Vic
sobre mí, golpeándome con sus puños en la cara, en los brazos, en el estómago.
Mi primer instinto fue defenderme, pero me lo merecía. Eso y más. Sé que lloré
mientras me golpeaba. No por el dolor de los golpes. No por lo que había hecho.
Lloré por mi corazón roto.
Paró de repente, sentándose en
el suelo. Llorando. Me arrastré hacia ella como pude, ignorando el dolor de las
costillas. Ignorando cómo me sangraba la ceja partida. Me quedé a una distancia
prudencial. Definitivamente, si me hubiese odiado hubiese sido menos doloroso
que esto.
-
Me importa… una
mierda – gimió, levantando la cabeza – que me llamen puta y que estén viniendo
a mi casa para ‘alquilarme’. Me da igual, Troy. Me duele porque fuiste tú.
Fui yo y sin más razón que el
egoísmo. Tenía tan metido en la cabeza que todo el mundo me abandonaría que
nunca me planteé que Vic, que había estado siempre conmigo, como cuando me
rompí la pierna y obligó al médico a dejarla dormir a mi lado en el hospital,
pudiese preocuparse por mí. En ese momento, viéndola llorar a mis pies,
comprendí que lo hubiese hecho con los ojos cerrados.
-
Vic.
-
Ahora estoy bien –
dijo, limpiándose las lágrimas -. Nos vamos a Boston, así que…
-
¿A Boston?
La voz se me rompió. Boston
estaba a una hora de camino, no estaba lejos, pero que se trasladase a Boston
significaba que ella ya no iba a estar en el pueblo, que… que había perdido un
año con ella.
-
Empezar de cero –
musitó -. Y no quiero…
Y no me quería a mí para
destrozar su vida. Lo entendía. Me levanté, desorientado. Si había tenido la
esperanza de recuperar a mi mejor amiga, se había esfumado, y volvía a estar
solo. Perdido. Pensé en mi casa, sucia y descuidada, llena de botellas de
alcohol vacías y colillas de cigarros ensuciando la alfombra. Así era yo, más o
menos. Salí del garaje casi corriendo. Una vez en la calle, me senté en el
bordillo, frente a la carretera, y empecé a llorar. Lo había perdido todo, y
seguiría perdiendo. Me lo había tomado como una carrera contra la enfermedad,
un juego que no podía ganar. Había buscado la manera de combatirlo, aun
sabiendo que no existía, en lugar de aprender a vivir con ello. Empezaba a
sentirme con Jesse. Perdido, andando sin vivir realmente. Derrumbándome ante
los problemas. Me había convertido en el anti-héroe de mi propia historia.
-
Troy.
Me giré.
-
Estoy enfermo –
solté.
Vic abrió mucho los ojos,
llevándose las manos a la boca. Se sentó a mi lado, sin dejar de mirarme.
Supongo que, en ese momento, no sabía cómo sentirse. Si hubiese sido una
persona normal, estaría feliz y pensaría en que era una suerte que existiera el
karma. Pero era Victorie Davis. Ella no pensaba así.
-
¿Te vas a morir,
Troy?
Reí. Probablemente, pero no por
la enfermedad, sino por mí mismo. Quizá yo era mi propia enfermedad.
-
No, Vic. Es…
Y se lo conté todo. Le conté
cómo mis padres se largaron. Cómo dejé de confiar. ¿Si no podía contar con mis
padres, con quién podría entonces? Cómo empecé a matarme. Suicidándome
inconscientemente. Cómo me obligué a que ella me odiase. Cómo quería quedarme
solo.
Y cómo, ahora que sabía lo que
era, me arrepentía.
-
Sé que no es excusa
– dije, acariciándome los nudillos rotos.
-
¿Por qué no me lo
contaste?
-
Ya te lo he dicho –
dije, demasiado brusco -. Vi a mi madre cerrarme la puerta. La llamé y me dijo
que no podía. ¿Crees que pensaba que tú sí ibas a poder, Vic?
Vic se acercó a mí, mordiéndose
el labio. Había dejado de llorar.
-
Me destrozaste –
señaló, retorciendo las manos -. Y fue horrible.
-
Lo sé. Y lo siento.
De verdad.
Vic me golpeó de nuevo, con los
ojos llenos de lágrimas. Esta vez, quise frenarla, pero ella se retorció.
-
¿Por qué no me lo
contaste? – gritaba, entre golpe y golpe -. ¡Te habría ayudado! ¡Lo sabes!
¡Jamás de abandonaría, yo…!
La cogí por las muñecas, frenándola.
Vic me miró a los ojos antes de cerrarlos con fuerza, dejando caer un par de
lágrimas. Me gustaría poder decir que en ese momento dije algo inspirador, algo
que le devolviese su confianza en mí, que hiciese que me perdonase, pero lo
cierto es que no pude decir nada. Me quedé en silencio, esperando a que ella
dijese algo.
-
Eres un estúpido,
Troy Walters.
Le dediqué una media sonrisa.
Eso era algo, al menos. Me coloqué más cerca de ella hasta que nuestras pieles
se tocaron. Me estaba muriendo de frío, y ella también. Ambos temblábamos, pero
me daba miedo levantarme y romper el poco roce que teníamos.
-
¿Te duele?
¿Que si me dolía? Me escocía,
más bien. No me había dado cuenta de en lo que me había convertido hasta que la
había visto llorar. No me importaban mis padres, que me habían dado la espalda.
Me importaba la gente a la que yo había dado la espalda injustamente.
Escuchaba a Greg y a Lisa
diciéndome que no debía importarme nada. Que yo era libre, que no podía
depender de nadie. Me habían convencido de eso, pero sí dependía. Aunque
nuestra felicidad y nuestra vida dependan solo de nosotros, estamos ligados a las personas que nos rodean. Y ellos dos no
entendían eso, hasta que algún día lo hicieran. Espero que lo hayan hecho.
-
Los nudillos –
aclaró Vic, acariciándomelos con el pulgar -. ¿Te duelen?
Asentí. Me cogió de la muñeca y
volvió a meterme en el garaje. Vic repitió el proceso con el algodón, limpiando
la herida y poniéndole encima una gasa.
-
Vic.
Levantó la vista. Ya no había
indiferencia en sus ojos hinchados. No estaba seguro de si me había perdonado o
no, pero por lo menos me había demostrado que se preocupaba por mí. Eso es lo
que pasa cuando te enfrentas a malos momentos: no te das cuenta de quién está
ahí y seguirá ahí y quien no lo hará.
-
Troy…
-
No puedes
perdonarme. Lo sé y lo entiendo. No te estoy pidiendo eso.
Vic dejó caer las manos a ambos
lados de su cuerpo, mordiéndose el interior de la mejilla. Conocía ese gesto.
Era el que siempre ponía cuando quería decir algo, pero las palabras no
acudían. Estiré una mano para cogerle la mano, pero algo me detuvo. ¿Miedo?
Creo que fue exactamente el miedo a estropearlo todo lo que me echó para atrás.
Vic no dejó pasar ese movimiento y clavó sus ojos oscuros en mis dedos.
-
Yo… - comenzó –
puedo intentarlo.
No me la merecía. No me merecía
su amistad. No me merecía que hubiese cogido su coche para venir a por mí. No
me merecía que estuviese curándome la mano, ni que estuviese intentando
perdonarme, después de lo que le hice. Me levanté y corrí a abrazarla. Al
principio, se quedó rígida, inmóvil, sin responder. No me importaba. Llevaba un
año sin hacer esto.
Las manos de Vis se anudaron en
torno a mi cintura, apoyando la frente en mi pecho.
-
Estás raro –
musitó. Reí entre dientes -. Estás más grande.
La estreché más fuerte. Vic me
cogió la mano y me llevó de vuelta al coche. No podía ocultar la sonrisa, a decir
verdad. Ninguno de los dos podíamos. Ella se mordía el labio para evitar que yo
la viese sonreír, pero la veía. De alguna manera u otra.
-
¿Quieres ir a
cenar?
Asentí y saqué la cartera de mi
pantalón. Aún me quedaban veinte dólares, lo justo para invitarla. Era lo menos
que podía hacer.
-
¿Han cambiado tus
gustos? – preguntó, girando en una rotonda.
Por supuesto que habían
cambiado. No me había dado cuenta de que éramos completos desconocidos. En un
año, habían cambiado demasiadas cosas, nosotros dos incluidos. Yo había dejado
de estudiar y me había hecho un tatuaje. Ella había dejado de usar las
sudaderas anchas y las había sustituido por jerséis de mangas largas que le
cubrían los dedos. Como he dicho, las cosas cambian y las personas, también.
Pero esa noche, no me apetecía
cambiar.
-
No – susurré,
frotando las manos frente al radiador del coche -. Necesito una buena pizza.
Vic sonrió por fin. Los
conocidos hoyuelos se le marcaron en las mejillas y pareció que hubiésemos
regresado, que estuviésemos como siempre habíamos estado. La miré. Parecía que
no había pasado nada entre nosotros.
Esa noche entendí algo, algo
que he comprobado durante el resto de mi vida. Entendí que Vic era mi mejor
amiga no porque no nos enfadásemos, ni porque fuésemos inseparables, porque la
amistad no trata sobre eso. La amistad no es ser inseparables, sino superar las
separaciones.
-
¿Flat Breads?
No había cambiado nada.
-
Flat Breads.
Dos horas después, me llevó a
un parque. Nos sentamos en un banco, mirando la ciudad amanecer. Vic me cogió
la mano, sorprendiéndome. La cena había sido incómoda para ambos, si soy
sincero. Habíamos compartido anécdotas, pero ese año había sido un infierno
para ambos y ninguno de los dos quería recordarlo. Y cuando me cogió la mano,
un escalofrío me recorrió la espalda.
-
Sabes que voy a
estar aquí – dijo, con la vista aún clavada en el frente -. Ayudándote a
recordar cuando haga falta.
La miré, acariciándole la palma
de la mano con el pulgar.
Han pasado cinco años y sigue
manteniendo su promesa.
Cierro el libro de memorias.
Leo partes todos los días, devolviéndome los recuerdos poco a poco. En mi época
oscura, como Vic la llama, pensaba que la única manera de ganar a mi enfermedad
era destrozarme antes de que ella lo hiciese; ahora entiendo que la manera de
ganarla es arreglándome mientras ella actúa.
Mentiría si dijese que no la
olvidé. Recuerdo perfectamente ese día, no hace falta consultar el libro. Me
desperté y la vi entrar por mi puerta, como si fuese su propia casa. Dejó la
bolsa de la compra sobre la mesa y me sonrió.
-
¿Quién eres? –
pregunté.
Creo que fue su cara lo que
hizo que recordase ese momento. Le empezó a temblar el labio inferior y se acercó
corriendo, extendiendo hacia mí los brazos. Me aparté, asustado.
-
¿Quién eres? –
repetí.
-
¿No me recuerdas?
Eso me rompió.
Al final, ella me ayudó a
recordar gracias al libro. Ella siempre me ayuda a recordar. Siempre está
conmigo. Sigue siendo mi mejor amiga, a pesar de todo lo que pasó ese año. Cojo
el teléfono de la mesilla y marco su número, pero me quedo trabado en el
último. No lo recuerdo. Lucho por averiguarlo, pero podría ser cualquiera. Me
empiezan a temblar las manos. Y, en ese momento, mi teléfono suena. Lo cojo,
aliviado.
-
¿Troy?
-
Vic – trago saliva
-. No… no podía recordar tu número.
Vic calla al otro lado. Siempre
se ensombrece cuando se trata de la amnesia. Me lo repite dos veces y hago todo
lo que puedo por recordarlo.
-
Troy, estás bien.
Tienes el libro.
-
Te tengo a ti.
Vic ríe al otro lado del
teléfono.
-
Me tienes a mí –
asegura -. ¿Ibas a dormirte ya?
-
Sí. He leído el
libro y he escrito un par de páginas antes.
-
Voy a salir con
Jake, vamos al cine. ¿Quieres venir?
¿Jake? Agarro el libro y
rebusco. No encuentro su nombre por ningún lado.
-
No…
-
Troy.
-
No sé…
-
Troy.
Agarro el teléfono y me obligo
a tranquilizarme.
-
Vic, no sé quién es
Jake.
-
Vamos a tu casa.
Vístete.
Cuelga el teléfono. Aún estoy
nervioso, siempre me pongo así cuando la enfermedad aparece. La duda por saber
quién es el misterioso Jake me corroe y me disgusta. No recuerdo si quiera
haberlo mencionado alguna vez en mi vida. Me pongo una sudadera y espero,
sentado en el sofá, con el libro entre las manos. Estoy leyendo las últimas
hojas que he escrito hoy cuando llaman a la puerta. Vic está en el felpudo, con
el pelo recogido en una coleta. Me sonríe, mostrándome sus inolvidables (y lo
digo en serio) hoyuelos. Y detrás de ella está un chico rubio, de ojos claros,
que me sonríe tendiéndome la mano.
-
¿Me recuerdas, tío?
Jake. Sonrío, aliviado. El
novio de Vic, tan implicado en mí como ella. Sé que a veces me siento como un
bebé cuando estoy con ambos, y ellos mis padres, constantemente preocupados por
que no olvide qué es el kétchup o cuál es el nombre del camarero del
restaurante al que solemos ir.
Cojo las llaves y salgo de
casa. La mano de Vic se enlaza con la mía. Jake nunca ha estado celoso de mí.
No tiene motivos, pero otras parejas de Vic siempre la obligaban a dejarme ir.
No él. Para Jake, soy parte de ella.
Sé que Vic teme que la olvide.
Yo también lo hago, y creo que incluso Jake está preocupado porque eso suceda.
Pero Vic me prometió que me ayudaría a recordar, y lo mantiene. Y yo me prometí
a mí mismo que no la olvidaría.
Y no lo haré. Porque es inolvidable.

*Holi, criaturitas. Antes de nada, ¡feliz año nuevo! Bueno, hacía tiempo que no subía nada mío. Mucho tiempo. No sabéis lo nerviosa que me pongo cuando tengo que subir algo que no es un fic. Este fic en cuestión lo empecé a escribir hace bastante, y lo he acabado hoy porque quería compartirlo con vosotros. El título, igual que Bring me to Life, hace referencia a una canción de Paramore. Creo que la canción explica un poco el fic, al menos a mi parecer. Y bueno, ¿por qué esta historia? Por dos cosas, principalmente. La primera: cuando lo empecé a escribir, me estaban pasando cosas muy similares a la época oscura de Troy. Perder a un amigo importante, alejar inconscientemente a todos de ti porque crees que te van a abandonar y no quieres que te hagan daño... Siempre escribo cosas con las que me identifico, y este sea probablemente uno de los que más me definirían. Y segundo: quería escribir algo en lo que no tuviese que incluir una historia de amor, sino profundizar en algo que considero más importante, como es la amistad. Espero que os haya gustado, de verdad, y... ¡feliz 2014 desde el estanque!*