sábado, 15 de marzo de 2014

Capítulo 82. 'Labios de sal'.

Finnick se miró en el espejo. El equipo de preparación de Katniss, que ahora había pasado a ser el de todas las propos, giraba a su alrededor arreglando el traje. Finnick nunca había sido un engreído, pero era consciente de su belleza, y ahí, con el traje de Cinna, estaba impresionante. Era oscuro, el traje que había llevado Peeta en la fiesta del Capitolio, adaptado a su altura y complexión. Octavia le peinó el pelo, mojándoselo con el cepillo, mientras Flavius le maquillaba.
-      En realidad – explicaba el hombre, afilándole las facciones con un pincel -, no te hace falta maquillaje. Tienes una cara perfecta.
Finnick sonrió. El equipo salió de la habitación al cabo de una hora. En cuanto cerraron la puerta, Finnick se revolvió el pelo y se inclinó sobre el lavabo para lavarse la cara. Quería que Annie lo viese como él era en realidad. Mientras se frotaba la cara, notó cómo le temblaban las manos. Estaba ridículamente nervioso. ¿Por qué? Quería que todo fuese perfecto. Annie se lo merecía.
-      No me lo puedo creer.
Finnick  se giró, secándose la cara con una toalla. Johanna estaba apoyada en la puerta, con unos pantalones oscuros y un largo jersey azul que le favorecía mucho más que cualquier vestido. Ya tenía el pelo más largo, y, afortunadamente, nadie la había maquillado. Seguía siendo Johanna Mason.
-      Yo tampoco – dijo él, acercándose -. Pareces… una chica.
Johanna le dio un puñetazo en el hombro, sonriendo.
-      Tú sí que pareces una chica. ¿Estás nervioso, Odair?
El chico asintió, atusándose el traje. Johanna le quitó una mota del traje y le dio una ligera colleja, mirándose luego las uñas con despreocupación. Finnick se frotó el pelo húmedo.
-      Está preciosa – comentó ella.
Finnick levantó las cejas, mirando a su amiga fijamente.
-      ¿La has visto?
-      No, es que mi cerebro genéticamente modificado está conectado a su espejo – Johanna rió, atusándose el traje -. No ha querido maquillaje. Dice que te gustaría más sin él.
Él se frotó las manos en los bolsillos del traje, sonriendo para sí. Ambos sabían quiénes eran, no tenían que fingir para nadie, no tenían que transformarse en otra persona para que todo el país viese lo guapos que estaban en cámara. Ese era su día.
-      Vamos, Finnick. Te esperan.
Johanna se colgó de su colgó de su brazo y lo arrastró por el pasillo. La gente le sonreía, por primera vez desde que había empezado la guerra, y Finnick devolvía las mismas sonrisas radiante.
-      Jo…
-      Estás nervioso. Te sudan las manos como si fueses una fuente.
Finnick se secó la mano que le quedaba libre en el traje. Era absurda la manera en la que estaba nervioso. Tranquilízate, se dijo, inspirando hondo cuando llegaron al comedor. El bullicio se oía incluso fuera. Johanna le soltó la mano y lo abrazó.
-      Me alegro mucho por los dos, de verdad. Y relájate, inútil.
Le dio un beso en la mejilla y salió corriendo. Finnick esperó, con las manos apoyadas en la puerta. Las ceremonias del 4 solían celebrarse en la playa, y los dos novios caminaban por sendas de algas, descalzos, hasta un arco hecho con redes. Finnick sabía que sería muy diferente allí en el 13, pero Plutarch había prometido que harían todo lo posible por que se pareciese.
Sin embargo, Finnick iba a echar de menos a demasiada gente ese día. Echaría de menos el abrazo de Mags, y su sonrisa al verlos felices. Echaría de menos a Dexter, sonriéndoles a pesar de lo que él pudiese haber sentido, deseándoles lo mejor. Casi podía escucharlos dentro de la habitación, disfrutando con el resto.
En cuanto la música empezó a sonar y escuchó cantar al coro de niños una antigua canción del 4, empujó la puerta. La multitud se levanto de las sillas, mirándolo con sonrisas, pero él no era el único centro de atención. Al otro lado de la sala se encontraba Annie. Finnick apenas pudo ver más que un trozo de vestido verde, y avanzó hacia el arco de redes que había en el centro de la habitación más por la necesidad de verla que por el protocolo.
Y cuando la vio, se dio cuenta de que Johanna no se equivocaba.
Annie estaba preciosa. Llevaba un vestido verde, del mismo color que sus ojos, con reflejos dorados que solo se veían cuando la luz incidía sobre ellos. El pelo castaño estaba recogido parcialmente, lo suficiente para dejarle la cara descubierta, pero caía ondulado por su espalda desnuda y, sobre su cabeza, llevaba una corona de pequeñas flores de un dorado oscuro. Sus manos se movían inquietas a ambos lados de su cuerpo, y sus mejillas, desprovistas de maquillaje, mostraban un rubor encantador. Finnick la miró a los ojos, ralentizando el paso. Ella estaba tan nerviosa y emocionada como él, pero había algo más. Annie irradiaba felicidad, lo que la convirtió en el único centro de atención.
Definitivamente, Mags y Dexter hubiesen amado verla así, al igual que ellos deseaban haberlos tenido presentes.
Finnick se colocó bajo el arco de redes, extendiendo una mano hacia ella. Annie se paró frente al pequeño escalón, mirándolo con la boca entreabierta, pero no dudó ni un segundo en cogerle la mano. Inexplicablemente, las manos de la chica temblaban menos que las suyas. El muchacho sonrió. No existían los invitados, ni las cámaras, ni siquiera Dalton, el chico del 10 que se había ofrecido a oficiar la ceremonia. Finnick le cogió las manos mientras Dalton saludaba a los presentes y comenzaba a recitar el poema matrimonial del distrito 4, y Annie lo miró a los ojos, tratando de ocultar una sonrisa.
-      Estás preciosa – murmuró, moviendo únicamente los labios.
Annie se sonrojó y bajó la mirada. Finnick se giró hacia Dalton.
-      El bote podrá moverse, habrá tormentas y oleaje, podrá incluso detenerse, pero sois vosotros los que dirigís este viaje. Navegad juntos, sosteniendo las manos. Navegad sin rumbo, del mar sois hermanos. Y  si amenaza el hundimiento, hacedlo flotar, abandonaos a la calma, puesto que solo vosotros podéis navegar.
'Si hay calma bajo las olas, elijo hundirme'.
Finnick le dio un apretón y Annie le devolvió la misma mirada de entendimiento.
Dalton extendió hacia ellos un cuenco lleno de agua fresca con una media sonrisa. Finnick lo cogió con manos temblorosas, pero las manos firmes de Annie sobre las suyas bastaron para tranquilizarlo.
-      Estoy aquí, ¿recuerdas? – musitó Annie, solo para él, solo para ellos.
Finnick sonrió y, sujetando el cuenco con ambas manos, dejó que Annie mojase los dedos en el agua salada. La chica pasó el dedo índice por los labios del muchacho, arrastrando el pulgar por el labio inferior. Finnick se contuvo para no sonreír en el proceso; parecía tan concentrada, tan… cuerda. Cuando fue su turno, las manos le temblaban tanto que Annie tuvo que sujetar por sí misma el cuenco. Finnick mojó el dedo índice y, evitando pasarse la lengua por los labios salados, le pasó el dedo a Annie por el labio.
-      Esto no es agua salada de verdad – gruñó la chica, arrugando la nariz.
Se escucharon risas en la multitud, incluida la del propio Finnick, que le puso el dedo sobre los labios y, acariciándole la mejilla sonrojada con la otra mano, le mojó los labios.
-      Cogeos las manos – dijo Dalton, dejando la hoja en la que tenía escrito el poema.
La pareja se cogió de las manos, eliminando el temblor y los nervios, y les rodeó las manos con una red dorada.
-      Por el poder que me otorga el distrito 13 – Plutarch rió sonoramente, dando una fuerte palmada – y para devolver la felicidad y la esperanza al pueblo, yo os uno en matrimonio. Podéis besaros.
Finnick apartó la red y la dejó en el suelo, sin dejar de mirar a la que ya era su mujer. Se acercó a ella sonriendo como hacía tiempo que no sonreía y, cogiéndole el rostro con las dos manos, la besó. El violinista empezó a tocar una suave melodía que apenas se escuchaba por los sonoros aplausos de los invitados. Annie le agarró la chaqueta y lo atrajo hacia sí, con la otra mano metida dentro de su pelo, aún mojado. Finnick sonrió contra sus labios de sal, acariciándole el suave rostro. Annie le devolvió la sonrisa inconscientemente, con los ojos cerrados, besándole la mano.
Finnick miró a Annie, miró a la sala, y sintió de nuevo a esa gente que faltaba. Esos que habrían estado más felices que nadie por ellos. Pero sabía que estaban ahí también, desde donde fuese. Observando. Sonriendo, quizá. Cerró los ojos.
Alguien les dio un empujón, acompañado de un efusivo abrazo.
-      ¡Pues ya estáis casados! – gritó Johanna, revolviéndoles el pelo a ambos (con más cuidado a Annie, para no estropearle el peinado) -. ¿Qué tal un brindis?
-      Oh, señorita Mason, eso seguro – Plutarch extendió la mano hacia Finnick y besó la de Annie -, pero después del banquete.
Comieron y bebieron sentados con total desorden en las mesas, contrariamente a cómo se habían estado sentando desde que habían entrado en el distrito 13. Finnick compartió mesa con Katniss, Johanna y Haymitch, además de Plutarch, Boggs y la familia de Katniss, que los trataban como uno más de la familia.
-      ¿Qué tal ahora ese brindis?
Finnick miró a Haymitch, cuyos ojos se iluminaron en cuanto Johanna mencionó la palabra ‘brindis’. El chico rió, acompañado de Plutarch, mientras el resto los miraba a ambos confusos.
-      ¿Qué? – inquirieron Johanna y Haymitch a la vez.
-      Que es… - comenzó Finnick.
-      Sidra de manzana – concluyó Plutarch -. Sin alcohol.
Haymitch golpeó la mesa. Johanna se limitó a fulminarlos con la mirada, cruzándose de brazos.
Los chicos que se habían comprometido a ser los camareros sirvieron la sidra en copas altas de cristal. Fue Plutarch el que se levantó, con la copa en alto, mandando callar a todo el mundo con un simple movimiento de la mano. Cuando en la sala reinó el silencio, el hombre se inclinó hacia Annie y le cogió la mano para ayudarla a levantarse, obligando a Finnick a hacer lo mismo con la mirada.
-      Quiero proponer un brindis – comenzó, con la pareja a su lado, cogidos de la mano – por Finnick y Annie Odair. Para que su amor dure más allá de lo que duren sus vidas.
La sala entera se puso en pie, alzando las copas.
-      Salud.
Bebieron y bailaron una danza del distrito 12, divirtiéndose, sin actuar para la propo que Plutarch no dejaba de grabar. Katniss bailó con Prim, Finnick con Annie, incluso Johanna se atrevió a bailar con un niño de ocho años que no paraba de pisarle los pies. Finnick abrazó a Annie, besándole la piel del cuello.
-      Esto es por nosotros – susurró la chica, apartándose de él.
-      No, esto es para nosotros – aclaró Finnick.
Annie se puso de puntillas para besarlo, pero, apenas se habían rozado cuando llegó la tarta nupcial, un impresionante pastel de varios pisos, glaseado con una precisión que solo un pastelero experimentado habría podido hacerlo.
Finnick miró a Katniss, situada a unos metros de él, con la mirada clavada en la tarta. Haymitch apareció tras ella, cogiéndola del codo y arrastrándola fuera del grupo. ¿Habrían recuperado a Peeta? Si era así, se alegraba por ella. Se lo merecía tanto como él se estaba mereciendo ese día. Tanto como Annie se lo había merecido.
Siguieron bailando hasta que la gente empezó a quejarse de los pies doloridos. La pareja despidió a todo el mundo personalmente, agradeciéndoles el haber estado con ellos, el haber compartido ese día. Pero, en el fondo, lo único que ellos querían era quedarse solos.
Finnick la cogió en brazos y la llevó en volandas por el pasillo. Seguía manteniendo una pequeña habitación, con una cama pequeña en la que apenas cabía él, pero a ninguno de los dos le importaba. Annie se enganchó a su cuello, con la diadema de flores en la mano.
-      Eh, tortolitos.
Finnick frenó en seco. Johanna estaba en mitad del pasillo, con los brazos cruzados. Cuando el chico frunció el ceño, inquisitivo, Johanna sonrió y señaló hacia una puerta a su derecha.
-      Mi regalo de bodas. Me ha costado conseguirlo, así que más os vale aprovecharlo bien.
La chica se marchó, desabrochándose el pantalón. Finnick rió y abrió la puerta que su amiga había señalado.
Dentro, se encontró con una habitación grande, iluminada con una pequeña lámpara que proyectaba una luz blanquecina muy tenue. Había una cama, lo suficientemente grande para los dos. Finnick cerró la puerta con el pie y la llevó hacia la cama, tumbándola en ella con cuidado.
-      ¿Estás bien? – preguntó, quitándose la chaqueta y tirándola al suelo.
Annie ni siquiera respondió. Se mordía las uñas nerviosa, mirándolo con ansiedad. Finnick se echó a su lado. La luz hacía sombras en su rostro, afilando sus facciones. Parecía más mayor, más adulta. Y haberla visto crecer desde la niña que subió las escaleras de un escenario el día de la cosecha hasta ese momento había sido un regalo.
-      ¿Pasa algo, amor?
Annie cerró los ojos, acariciándole el dorso de la mano.
-      ¿No crees que ha sido demasiado fácil?
Finnick se apoyó sobre el codo para mirarla, con el ceño fruncido. Annie continuó, jugueteando con el cuello de su camisa.
-      Quiero decir… Sé por lo que hemos pasado – Hizo una pausa, con las manos a medio camino de sus orejas. Finnick le acarició el pelo para tranquilizarla -. Lo sé. Pero ahora lo tenemos todo. Yo te tengo a ti. Tú a mí. Todo esto… ¿No crees que es demasiado? ¿Demasiado afortunados?
Finnick la besó con ternura, rozando su nariz.
-      Somos afortunados porque nos lo merecemos, Ann. Después de todo lo que hemos vivido. Somos infinitos, ¿te acuerdas? No es demasiado, al revés. Nunca es suficiente.
Annie sonrió, pasándole un dedo por la barbilla. Finnick la besó de nuevo, bajando hasta el cuello mientras se desabotonaba la camisa. Annie le besó el pecho cuando éste estuvo desnudo, quitándose las pinzas que mantenían su peinado. Finnick la miró. Esa era su Annie, la chica que siempre tenía el pelo en la cara. La chica que tenía diminutas pecas sobre la nariz, invisibles a primera vista. La chica que seguía sonrojándose y mirándolo como si no se creyera que él estaba allí con ella. La chica que no necesitaba ser guapa para ser bella.
Finnick rozó la piel desnuda de su espalda y deslizó el vestido por sus hombros. Piel con piel. Como aquella primera noche en la cueva. Eran un solo ser. Indivisibles. Finnick le besó la clavícula.
-      Te quiero – susurró ella, apoyando la frente en su hombro.
Finnick la besó de nuevo como respuesta, mordiéndole el labio inferior. Ese día había sido un pensamiento imposible para ellos desde hacía demasiado tiempo. Habían pasado por la locura, por el dolor, unos Juegos del Hambre, la tortura, la impotencia, la pérdida de quiénes más querían. Y cuando ambos habían pensado que todo estaba perdido, había vuelto a la realidad, a su curso. Estaban juntos. Infinitos.
Annie lo apartó, besándole el hombro.
-      ¿Sabes?
-      ¿Sí, Ann?
-      Estás salado.
Finnick rió y esa noche, la amó con cada poro de su cuerpo.

sábado, 8 de marzo de 2014

Capítulo 81. 'Verde mar'.

-      Ellos…
Se le quebró la voz. Finnick la miraba con ternura, como si no hubiese ser más perfecto en el planeta, pero ni siquiera esa mirada le daba la confianza suficiente para hablar de lo que había pasado en casa. Respiró hondo y volvió a intentarlo.
-      Le golpearon. Me querían a mí. Le pegaron y yo… Ellos lo…
Finnick la abrazó. Estaba sentada en una silla de ruedas, vestida con un amplio camisón gris. Hablar con Finnick era parte de la terapia que su médico le había mandado, aunque ella no lo tomaba como tal. Para ella, todo en Finnick era sanador.
Habían pasado días desde que había sido rescatada. Johanna estaba en la misma habitación que ella, y tampoco las habían sacado del hospital. Annie se separó de Finnick y lo miró, limpiándose las lágrimas.
-      Él me estaba protegiendo y yo… No pude…
Finnick le puso un dedo sobre los labios, acuclillado a su lado. Él también tenía lágrimas en los ojos. Pero él no lo había visto, no había escuchado el disparo. Annie se tapó los oídos. El disparo seguía repitiéndose, así como los gritos de dolor de Johanna y de Peeta, y los extraños sonidos del avox que habían torturado.
Finnick le cogió las muñecas con mucho cuidado, evitando rozarle las vendas, y le apartó las manos de las orejas, obligándola a mirarlo.
-      Lo sé, Annie…
-      No lo sabes – lloriqueó ella -. Ha sido… Nada de lo que te hayan dicho es…
Finnick bajó la cabeza, sin separar los labios de sus manos. Annie se miró los brazos, llenos de agujas que la mantenían enganchada a bolsas de morflina, y vendas que cubrían las rozaduras y los cortes.
-      Sabes que puedes contármelo – susurró Finnick -. Estoy aquí.
Ella lo miró con  ternura, pestañeando para eliminar las lágrimas. Finnick también había vivido un infierno. Primero los Juegos, el reloj de los horrores. Haymitch Abernathy le había contado cómo Finn había pasado los dos meses que había estado confinada en el Capitolio, haciendo nudos y casi tan inestable como ella.
O al menos, eso ponía en la pulsera de plástico blanco que tenía sobre las vendas.
-      Cuando estés preparada – continuó él -. Lo que sea.
Annie le sonrió. Su Finnick. Ni siquiera le había besado, porque le bastaba con poder verlo y tocarlo. Annie observó cada zona de sus ojos verdes, oscurecidos por todo lo que había pasado, pero igual de bellos. El chico le sonrió.
-      ¿Qué hacemos ahora?
La chica se mordió el labio. Quería ir a ver a Johanna, pero Finnick, que la visitaba diariamente varias horas, le había dicho que pasaba la mayor parte del tiempo dormida o drogada. Él solo se limitaba a estar con ella, y Annie se lo agradecía. No hay nadie que se preocupe lo suficiente para querer sacarme de aquí, eso era lo que había dicho mientras estaba en su celda. Annie tragó saliva, eliminando esos pensamientos. No podía pensar en eso, no debía, porque si lo hacía…
Annie cerró los ojos con fuerza.
-      Bueno – musitó Finnick, acercándose -, a mí se me ocurren un par de cosas…
La piel de Annie empezó a arder. Finnick presentaba esa media sonrisa que hacía derretirse a medio país y que la hacía explotar a ella. Annie extendió las manos hasta tocar su cara.
-      ¿Y a ti, Ann?
Annie sonrió y se inclinó para besarlo.
Hasta ese momento, no se había dado cuenta de lo mucho que había echado de menos eso. Cuando sus labios rozaron, se sintió completa, como si hasta ese momento le hubiese faltado una pieza. Y así era. Annie enredó los dedos en su pelo, atrayéndolo hacia sí. Finnick subió a la cama sin dejar de besarla, poniendo las manos en su cintura con una seguridad que le recordaban al antiguo Finnick, el chico que había dedicado gran parte de su vida solamente a ella. Finnick le recorrió la línea del mentón con los labios, sin dejar de acariciarla como si fuese de cristal. Annie lo abrazó. Estaba ahí, era real. Todos los momentos que habían vivido antes del anuncio del Vasallaje regresaron a su cabeza, ahogando los recuerdos más recientes.
Y, de repente…
-      Cásate conmigo – susurraron los dos a la vez.
Finnick se separó, con los ojos muy abiertos. Annie rió, besándole la clavícula a través de la tela del camisón.
-      Cásate conmigo – repitió.
El chico cerró los ojos, moviendo los labios para sí mismo. Annie se apoyó sobre la almohada, mirándolo fijamente. Finnick estaba serio, casi sorprendido. Se inclinó hacia ella, acariciándole el cuello con la punta del dedo.
-      Sí – dijo, más para sí mismo que para ella -. Sí.
La besó con necesidad, con una mano apoyada en la almohada junto a su cabeza. Annie desplazó las manos desde su cuello hasta los dedos del chico y los entrelazó, acariciándole la nariz. Finnick metió una mano debajo de su camisón, rozándole la piel desnuda de la espalda. Se separó, con las cejas levantadas.
-      ¿Estás bien?
Annie sonrió. No recordaba las heridas, ni las quemaduras. No recordaba lo que había pasado en un período de tiempo muy largo. Asintió, besándole los nudillos.
-      Annie…
-      Finnick – musitó ella -. Por favor.
Finnick se inclinó, besándole la nariz, y sonrió.
Los días siguientes fueron una locura. Annie iba a todos lados agarrada a Finnick, que organizaba la boda como podía con Plutarch. Sin embargo, el hombre estaba mucho más preocupado que ellos por el acontecimiento. Finnick le contó que Plutarch quería grabar la boda para mostrarla a todo el país. Annie siempre asentía. Para ella, no existían ni las cámaras, ni los preparativos, ni los invitados. Para ella, solo existía la certeza de que ambos iban a estar juntos y a salvo.
-      Plutarch, nos da igu…
-      ¡No! – replicó el hombre, agitando la mano -. ¡Tenemos que hacer esto bien! ¡Y necesitáis…!
Annie no quería saber qué más necesitaban. Johanna Mason estaba fuera, mirándose las uñas apoyada en la pared del pasillo. Annie se acarició el pelo y salió a verla.
-      Vaya – gruñó Johanna, levantando la vista con desgana -. Pero mira a quién tenemos aquí.
-      Jo…
Ella sonrió. Annie se relajó de inmediato, lanzándose a darle un abrazo. Johanna tardó en devolvérselo.
-      ¿Es que no pensabais decirme que os ibais a casar o qué, descerebrados?
Annie sintió la sangre subirle a las mejillas con una rapidez inesperada. Johanna le dio una ligera palmada en el brazo y sonrió, dándole la mano.
-      Gracias.
-      ¿Por qué? – preguntó Annie, dándole un apretón.
-      Por no dejarme morir allí.
La chica bajó la mirada.
-      Ni tú a mí tampoco.
Johanna le soltó la mano, borrando la sonrisa pero sin abandonar sus rostro de satisfacción. Annie se dio cuenta de que tenía los ojos un poco nublados. Drogas. Probablemente, estaba enganchada a la morflina. No la culpaba.
-      Bueno, entonces… ¿tendrás que encontrar un nuevo vestido, no? No puedes casarte con esta… - Johanna cogió el borde del camisón y dio un tirón – cosa.
-      ¡Vestido, sí! – gritó Plutarch desde el interior de la sala -. ¡Necesitamos vestidos!
-      Yo puedo arreglar eso.
Annie se giró, mirando por encima del hombro de Johanna. Su amiga dio un suspiro y se giró. Katniss Everdeen estaba frente a ellas, con un traje gris y una rozadura en la mejilla. Finnick le cogió la mano a Annie y le dedicó a la chica en llamas una sonrisa, acompañada por el gesto de confusión de Plutarch.
-      Quedan vestidos de… - Katniss tragó aire – Cinna en el 12. Seguro que alguno es para ti.
Annie volvió a sonrojarse. Nunca había hablado con Katniss, pero ella había estado con Finnick mientras Annie había estado en el Capitolio. Le debía eso.
-      ¿Podrías acompaña…? – comenzó Plutarch, señalando a Annie con el pulgar.
-      Sí, por supuesto. Dadme un aerodeslizador.
-      Bueno, Annie – susurró Johanna, pasándose una mano por la cabeza rapada -. Vamos a ponerte guapa.
Katniss dejó la mano suspendida en el aire, mirando a Finnick de reojo. El chico asintió y soltó a Annie, dándole un ligero empujoncito en la parte baja de la espalda.
-      ¿Vamos? – dijo Katniss, extendiendo la mano.
Annie se la cogió y, tras recibir un apretón, la siguió hasta el aerodeslizador. Katniss se sentó junto a ella sin soltarle la mano. Annie lo agradecía, aunque no sabía muy bien quién se apoyaba más en quien. Katniss había perdido a Peeta, o eso había dicho Haymitch, lo que la había dejado completamente vacía. La había visto más de una vez caminar sin rumbo, con la mirada perdida. Y se sentía mal caminando de la mano con Finnick mientras Katniss estaba sola.
-      ¿Tienes algo en mente, Annie?
Annie la miró a los ojos. Eran grises, de un color que ya había visto antes, unos días atrás, en… Hawthorne. El soldado de pelo oscuro y ojos grises que había irrumpido en su celda. Annie continuó observando a Katniss. ¿Era ese su primo, el de la foto que Peeta le había enseñado en la Arena? Pero parecía más mayor, más…
-      ¿Annie?
La chica volvió a la realidad, meneando la cabeza. Katniss seguía a su lado con la cabeza ladeada, esperando una respuesta a una pregunta que Annie no recordaba.
-      ¿Tienes… algo en mente? ¿Para la boda?
Annie sonrió, bajando la mirada. La boda. Iba a casarse. Ni siquiera diciéndolo parecía verdad.
-      No – dijo, escondiendo la cara entre mechones de pelo -. Yaden, mi estilista, hacía unos vestidos preciosos, pero…
Yaden. Si habían matado a Dexter y casi a Margaret, ¿qué habría sido de Yaden y Carrion? Annie se llevó las manos a la cabeza. Yaden, con su sonrisa cómplice y sus manos capaces de poner el mar sobre la tela.
Las manos de Katniss se cerraron alrededor de las muñecas de la chica quitándole las manos de las orejas, igual que hacía Finnick con ella.
-      Bueno – dijo la chica en llamas, visiblemente incómoda -, Cinna también hacía vestidos increíbles. Te van a encantar.
Annie rió, poniéndose el pelo detrás de la oreja.
-      Vale. Pero un vestido sin llamas.
Katniss la miró, incrédula, y luego sonrió.
-      Sin llamas.




sábado, 1 de marzo de 2014

Capítulo 80. 'No quieres saberlo'.

Finnick permaneció toda la noche despierto al lado de la cama de Annie, con las manos de la chica entre las suyas. Acarició todas las magulladuras de su cara. No importaba nada, salvo que estaba viva y a salvo.
-      Finn…
-      Estoy aquí. Estoy aquí contigo.
Annie entreabrió los ojos. Le habían puesto una dosis de morflina para que estuviese relajada durante la exploración. Finnick había estado presente mientras la vendaban y le examinaban las quemaduras y heridas. Odiaba al Capitolio más que nunca. Más que cuando lo habían seleccionado como tributo, más que cuando había tenido que matar a alguien por primera vez, más que cuando lo habían obligado a prostituirse, más que cuando Snow había amenazado con hacer lo mismo con Annie y más que cuando habían anunciado el Vasallaje. Habían tocado lo que más quería, y eso era imperdonable.
-      Finn…
-      Aquí, Ann. Aquí.
La chica se desplazó hacia él sobre la almohada, esbozando una mueca de dolor a través de la mascarilla que le permitía respirar mejor. Finnick se inclinó sobre ella, dejando su cara a pocos centímetros de la suya, y le quitó la máscara. Annie extendió la mano, sin soltar sus dedos, hasta su cara.
-      No era un sueño.
-      No, estoy aquí – Finnick le acarició la nariz con un dedo -. Ahora estás conmigo.
Annie cerró los ojos, sonriendo.
-      Bien.
Finnick le besó la frente, le devolvió la mascarilla y la dejó dormir, sin despegarse de su lado. A mediodía llegó Haymitch, serio, con aspecto de no haber dormido nada.
-      ¿Cómo está? – preguntó, sentándose a su lado.
-      Bien – respondió Finnick, apoyando la boca en los nudillos de la chica -. Le han puesto un suero para que empiecen a sanar los moratones, y le han curado las heridas. Ahora solo está sedada.
Haymitch miró el suero que salía del gotero directo a su vena con el ceño fruncido. Finnick podría haber ignorado su presencia perfectamente, estaba demasiado concentrado en Annie. Haber estado sin ella durante tanto tiempo le había hecho querer memorizar todos sus rasgos, más aún de los que ya se los sabía, por si volvía a desaparecer. Le pasó la mano por el pelo, sucio después de las semanas de confinamiento, pero le seguía pareciendo lo más suave del mundo.
-      ¿Y su cabeza?
Finnick se giró hacia Haymitch, cansado.
-      ¿A qué te refieres?
-      Finnick, hay una posibilidad de que hayan alterado sus recuerdos. Puede que ahora esté estable por la morflina, pero cuando se recupere… Puede que no sea la misma.
-      Está bien – replicó Finnick, mirándola de nuevo -. Sé que está bien…
-      Finnick.
-      Haymitch, está bien. Lo sé.
Haymitch entendió a la primera que era inútil discutir, así que cerró la boca, mirando a los monitores conectados al cuerpo de la chica. Finnick se giró de nuevo hacia él.
-      ¿Y Johanna?
-      La están observando. Aún no ha despertado, creemos que ya estaba inconsciente antes de que el gas hiciese efecto sobre ella.
-      Quiero ir a verla, pero temo que Annie no me vea aquí cuando despierte.
Haymitch asintió. Finnick observó los monitores que recogían la frecuencia del latido de la chica tumbada sobre la camilla. Sus latidos eran constantes, quizá por el efecto de la morflina. Finnick le besó los dedos.
-      Hemos… - comenzó Haymitch, dubitativo – tenido complicaciones con Peeta.
Finnick se tensó. Nunca había tenido una relación de amistad con Peeta, a pesar de haberle salvado la vida, pero se preocupaba por Katniss.
-      ¿Complicaciones? ¿Qué clase de…
-      Han distorsionado sus recuerdos de Katniss. Ha intentado matarla.
Finnick se irguió, mirándolo incrédulo. ¿Peeta, el chico que había hecho todo por proteger a Katniss? ¿El chico por el que ella había estado al borde de la histeria? ¿El chico que había declarado su amor por ella delante de todo el país, un amor puro y sincero?
-      Es… cómo…
-      Por eso he venido a avisarte. Si han podido hacerle eso a él… Bueno, sabes que Annie tiene una mente inestable, más vulnerable que la del muchacho.
El chico miró alarmado a Annie, que empezaba a despertar. Haymitch se inclinó junto a él, observándola abrir los ojos.
-      ¿Annie?
La chica extendió la mano hacia él. Finnick la sujetó con fuerza.
-      Finn…
-      Aquí. Estoy aquí.
Haymitch se colocó al otro lado de la muchacha, sigiloso y con cuidado. Finnick se lo agradeció en silencio, cualquier cosa brusca podía asustarla.
-      ¿Recuerdas dónde estás, Annie? – preguntó Haymitch, en apenas un susurro.
Annie tardó unos segundos en enfocarlo. No podía apartar la vista de Finnick, y él tampoco. Le acarició el dorso de la mano mientras ella se dirigía hacia el hombre.
-      El… el distrito 13.
-      ¿Cómo estás?
-      Me… - Annie tragó saliva, alertando a Finnick – duele.
Haymitch mandó llamar a un médico y volvió a inclinarse. Finnick lo miró por el rabillo del ojo. Annie inspiró con fuerza y se llevó una mano a un oído.
-      Lo… oigo.
-      ¿Qué oyes, Ann? – preguntó el chico, con urgencia.
-      Gritan… pero no tan fuerte. Aquí – Annie se puso un dedo sobre la sien -. Jo… Johanna…
Un médico corrió la cortina que la separaba de otros pacientes y se acercó con una sonrisa mientras examinaba una hoja.
-      Bueno – comenzó, mirando los monitores -, está un poco aturdida, pero las quemaduras y las heridas no son graves. Solo necesita reposo.
-      ¿Y su cabeza? – preguntó Haymitch, rascándose la ceja con el pulgar.
-      Los asuntos de la mente son siempre complejos y particulares. Hemos encontrado restos de veneno en su sangre que estamos examinando, pero la señorita Cresta ya… - El hombre miró a Finnick de soslayo, como pidiéndole permiso – ya era especial antes.
Finnick se inclinó sobre Annie, apartándole un mechón de la frente.
-      Obviamente, quedarán estragos. Deben estar preparados para cualquier caso de histeria o recaída. Le asignaremos a un psiquiatra.
Finnick asintió. Ya había escuchado algo así antes, cinco años atrás.
Las experiencias traumáticas cambian a las personas. Y lo que la señorita Cresta ha vivido ahí dentro no se le va a olvidar nunca.
Está todo en su cerebro. Por desgracia, no se nos permite acceder a él. Habrá momentos en los que no recuerde absolutamente nada, ni siquiera quién es. Habrá momentos en los que parecerá exactamente la misma persona que antes. Y habrá momentos en los que una simple palabra, o un simple sonido, serán suficientes para que enloquezca. Ella está atada a esta clase de ataques de por vida. No va a recuperarse. Puede que consiga controlarlo, pero esas reacciones van a seguir ahí.
Él debía estar preparado para eso y más. Annie le besó los dedos y clavó en él sus ojos verdosos. Finnick le acaricio la mejilla con el pulgar, bordeando el hematoma que tenía bajo el ojo.
-      ¿Has visto a Johanna?
Finnick negó con la cabeza. Annie cerró los ojos, inspirando con fuerza.
-      Ve – Finnick intentó replicar, pero ella negó con la cabeza -. Por favor, ve.
-      Tenemos que hacerle más pruebas – añadió el doctor -. Evaluar sus reacciones ante distintos estímulos.
-      Ve – insistió Annie, dándole un apretón.
Finnick asintió, mirando a Haymitch. No quería dejarla, tenía demasiado miedo a que se la arrebatasen de nuevo, pero su amiga… No podía dejarla sola. No podía dejar que solo la visitasen los médicos. Finnick salió de la sala, haciendo nudos con un cordel medio deshecho. Johanna estaba en una habitación individual, echada sobre una cama y arropada hasta la barbilla. Miraba con desgana los cables que la rodeaba, producto de la cantidad de morflina que le estaban metiendo. Finnick entró en silencio, intentando que ella no reparase en él, pero Johanna, a pesar de aturdimiento, estaba alerta.
La chica se giró hacia él, entreabriendo la boca.
-      Vaya – musitó, con voz pastosa -. El desaparecido.
Finnick se sentó junto a ella y extendió la mano hacia su amiga, que apenas la movió. Clavó una mirada de cansancio en él y dio un largo suspiro.
-      Morflina. Qué invento.
-      Ni que lo digas, Mason – respondió Finnick, imitando su viejo tono.
Johanna sonrió levemente.
-      Como si tú lo necesitases, Odair.
Finnick la miró a los ojos y Johanna le sostuvo la mirada. Luego, con mucho esfuerzo, se apartó y le hizo un hueco en el que Finnick no dudó en tumbarse a su lado, con los dedos entrelazados. La observó de cerca. Ella estaba incluso peor que Annie, con el pelo rapado y la cara llena de heridas a medio sanar.
-      ¿Qué? – gruñó ella, sujetándose el costado con una mano -. ¿No me vas a decir nada sobre mi nuevo corte?
Finnick rió entre dientes, apretándole la mano.
-      Sexy. Masculino. Pega contigo.
-      Masculino – repitió ella, frunciendo los labios -. Da gracias a que estoy atontada, descerebrado.
El chico se obligó a borrar la sonrisa de su cara y girarse hacia ella, serio. Johanna lo observó moverse por el rabillo del ojo, sin inmutarse. Finnick tragó aire.
-      ¿Fue… - ¿Debía preguntarlo? Haymitch había hablado de alteraciones en la mente. Cualquier cosa que dijese podría volverla loca.
-      ¿Malo? – Johanna tragó saliva -. Fue horrible. Para los tres. Ellos…
Finnick observó cómo se le llenaban los ojos de lágrimas que se esforzaba por contener. Hacía mucho que no la había visto llorar. Demasiado. Lo que le habían hecho…
Se imaginó aplastando el Capitolio hasta sus cimientos.
-      Lo siento – se disculpó -. Debería haber venido ant…
-      No. Ella era tu prioridad. Lo entiendo – Johanna cogió aire. Le costaba incluso pronunciar tres frases -. Es solo… Allí… Me di cuenta de… y nadie…
La voz de Johanna se quebró, pero Finnick sabía cómo continuaba el resto de la frase. Siempre se había jactado de no necesitar a nadie, pero en el Capitolio, lo que había sido su defensa, su escudo, se había convertido en su debilidad. Finnick siempre había estado para ella, y Johanna sabía que podía contar con él. Pero ambos sabían asimismo que, con Annie en el Capitolio, siendo torturada, Finnick no sería capaz de centrarse en nada más.
Me di cuenta de que estaba sola y nadie me echaría de menos.
Finnick se inclinó y le besó el hombro. Johanna no soltaba su mano; se lo apretaba con fuerza, como si temiese dejarlo ir. Pero él no se iría. Se quedaría ahí, siempre. Para eso estaban los amigos, para cuidarse los unos a los otros.
-      Sé que ahora… te sientes mal – continuó -. No quiero. No tienes que sentir…te culpable por preocuparte más por Annie que por… mí.
Johanna se quedó en silencio durante veinte minutos. Finnick intentó ponerse en su lugar, pero él siempre había tenido a alguien que se preocupase por él. Sus padres cuando era niño, antes de quedar huérfano. Mags. Annie. Dexter. Incluso Johanna. Gente que se había preocupado en su mayor parte exclusivamente por él.
-      Ella… Pasó algo. En realidad… no quieres saberlo – dijo de repente.
Finnick se levantó, apoyándose sobre un codo y mirándola fijamente.
-      Hace un par de días. Le habían hecho algo a Peeta. Un experimento que había… funcionado con éxito, y querían probarlo con nosotras. Era… veneno.
Lo que había dicho Haymitch. Cómo habían transformado al amable Peeta en un asesino. Imaginarse a Annie o a Johanna queriendo matarlo era demasiado doloroso. No podía imaginar cómo debía sentirse Katniss.
-      Nos pusieron unos vídeos y nos inyectaron esa cosa. Yo… - Johanna se pasó para tomar aire y descansar, con los ojos cerrados -. Queríais matarme. Los dos. Incluso Nell y Blight. Y no podía parar. Vosotros… Era tan real…
Finnick le acarició la mano. Así que eso habían hecho con Peeta. Finnick se preguntó cuántas veces le habían hecho eso al chico para conseguir que odiase a Katniss. Se estremeció.
-      Pero Annie… - Finnick se tensó. No sabía si estaba preparado para oírlo -. Fue como si su mente reaccionase… contra el veneno. Lo que veía no se correspondía con lo que querían que viese. No la atacaban a ella, sino que volvía al pasado. Empezó… a preguntar por… Mags, y Kit y Dexter, y te llamaba pidiendo ayuda…
Las manos de Finnick sudaban. Dexter. Debería desear que estuviese vivo, pero sabía que era algo en vano. Estaba muerto. Él no tenía importancia para nadie a los ojos del Capitolio. Quizá para el propio Finnick, pero no la suficiente como para poder herirlo. Finnick se obligó a tranquilizarse, pero la imagen de su amigo arrodillado junto a él, pidiéndole que volviese a casa le perforaba el cerebro. Johanna le dio un apretón.
-      Por lo menos, estar chalada le ayudó. Ojalá yo lo estuviera. Ojalá lo esté.
Finnick cerró los ojos. Annie estaba a salvo. Johanna estaba a salvo. Era más de lo que podía pedir.