miércoles, 16 de abril de 2014

Capítulo 86. 'Soldado Odair'.


Bajo tierra.
Finnick Odair se pasó un dedo por la pulsera de tela de Annie que llevaba puesta en la muñeca, llena de sangre. Detrás de él, Gale ayudaba a Peeta a bajar por la trampilla, aún con las manos esposadas. Finnick miró al frente, donde Pollux trataba de mantenerse en pie, aferrado a su hermano Castor.
-        Mi hermano trabajó aquí cuando se convirtió en avox – explicó Castor, tranquilizándolo con una caricia en la muñeca -. Tardamos cinco años en comprar su subida a la superficie. En ese tiempo, no vio el sol ni una vez.
Finnick miró al avox, al que siempre había encontrado solo, toqueteando su cámara mientras miraba fascinado el cielo azul. Ahora entendía esa necesidad de cielo, claridad y sol. Se preguntó si el también la hubiera sentido. Y si ya empezaba a sentirla. Se preguntó si volvería a ver el sol siquiera.
-        Bueno – comentó Peeta, agitando los dedos -, entonces acabas de convertirte en nuestro bien más preciado.
Finnick sonrió y se colocó tras Katniss para avanzar. Peeta seguía pidiendo su muerte, completamente seguro de que no haría más que recordar lo que Snow quería que recordase. Pero Finnick había visto la salvación a Snow una vez, en Annie. Cómo ella había dejado atrás las sombras. Quizá no del todo, porque eso nunca se iría, pero había mejorado muchísimo en todo ese tiempo. Y seguía haciéndolo, más cada día. Sonrió.
Katniss se giró un momento para mirar a Peeta con sus ojos grises. Parecía que había recuperado la esperanza, como si realmente creyese que podían recuperar a Peeta. Se vio reflejado en ella. Se había visto reflejado en ella tantas veces desde que Peeta había regresado…
-        Esto es el Transportador – dijo Castor, sin dejar de mirar a su hermano -. Reparte todos los bienes a la ciudad, así que siempre está concurrido.
Pollux hizo unas señas, señalando una serie de calles en el holo de Boggs.
-        Tomaremos las calles secundarias – continuó su hermano -. Y evitad siempre las zonas secas. Si algo está seco, es que por ahí pasa un camión de mercancías.
-        ¿Y las calles secundarias son seguras? – preguntó Jackson, colocándose el rifle en la cadera.
-        Eso – replicó Messalla, tocándose la cabeza herida -. Seguro que habrá cámaras.
Pollux sonrió, señalando las esquinas de las calles en el holo. Intercambió una serie de signos con Castor, que siguió retransmitiendo.
-        Suelen estar en las vías grandes, las que van por debajo de las calles de la ciudad. El resto, o bien no tienen cámaras, o bien están rotas o bien no graban bien la imagen debido a su uso. De todas formas, las evitaremos. Pollux sabe dónde está cada una.
El pelotón entero asintió y continuaron andando, sin descanso. Pollux iba el primero, señalando silenciosamente a las cámaras para pasar justo bajo ellas y evitar ser vistos. En una ocasión, el avox se puso inmediatamente una mascarilla. Finnick había mirado a Katniss, preguntándole con la mirada que estaba pasando, hasta que les llegó un olor ácido que casi les quemó los pulmones. Finnick no volvió a cuestionar las acciones del avox y lo imitaba todo lo que podía.
Después de casi seis horas andando, Katniss se paró, apoyada contra una pequeña tubería.
-        Deberíamos descansar – sugirió, secándose el sudor de la frente.
Finnick se dejó caer, exhausto. El tridente cayó junto a su cuerpo y el chico suspiró, abriéndose el cuello del traje.
-        No deberías dejar tanta carne al descubierto, soldado Odair – dijo Homes, sentándose a su lado.
-        Una lástima que nadie pueda apreciarla, ¿verdad?
Homes rió, una risa triste. El chico observó cómo Jackson comenzaba a organizar las guardias. A pesar de no poseer el holo, Jackson ejercía la autoridad que Boggs había dejado. Boggs, a quien nunca le había agradecido que salvase a Annie y a Johanna del Capitolio.
-        Soldado Odair – llamó Jackson -. Te toca el primer turno.
Finnick corrió a sentarse junto a Pollux, que se agitaba nervioso en un cuarto de tuberías. El calor allí era apabullante comparado con los fríos conductos que atravesaban. Finnick tragó saliva, observando a su pelotón dormir.
Nunca había sabido qué hacer en presencia del avox. No sabía si hablarle, aun sabiendo que él no podría contestarle y, de hacerlo por signos, tal y como hablaba con su hermano, él no le entendería. Por ello, se limitó a quedarse quieto a su lado, observando sus manos nerviosas. Acarició el trozo de tela una y otra vez, pensando en todo lo que había pasado ese hombre. Cinco años sin ver el sol.
-        Fin de la guardia – anunció Gale, desperezándose -. Mi turno.
Finnick asintió y se tumbó junto a Katniss. La chica estaba profundamente dormida, sujetando el holo con ambas manos como si se le fuera la vida en ello. Finnick cerró los ojos.
Soñó con adoquines teñidos de rojo. Soñó con una masa oscura que se desplazaba hacia él, la misma que se había tragado a Mitchell. Soñó que era él el que daba un paso atrás y sentía cómo le arrancaban las piernas. Soñó que era él el que se lanzaba a por Peeta, para evitar que matase a Katniss, y éste lo lanzaba por los aires, donde una red, una red dorada que él mismo había tejido, se le clavaba en la carne. Soñó que Katniss le clavaba una flecha en el cerebro.
Estaba de vuelta a los Juegos del Hambre. Y con ellos, también habían regresado las pesadillas.
-        Katniss, no… - suplicó, cuando la chica le apuntó con el arco -. Por favor… Katniss…
-        Finnick.
-        No, no…
-        ¡Finnick!
Finnick abrió los ojos, jadeando. Katniss estaba junto a él, observándolo con los ojos enrojecidos por el cansancio. El chico se frotó los suyos, mirando a su alrededor. Pollux despertaba al resto, que ya empezaban a ponerse en pie.
-        ¿Estás bien? – preguntó la chica, poniéndole una mano en el hombro.
El muchacho forzó una sonrisa y dejó que fuese a despertar a Gale. Finnick se puso en pie, recogiendo sus armas. Tenía el tridente y dos misiles que había recogido de los cadáveres de Boggs y Mitchell. Se los colgó al hombro y miró a su pelotón.
-        Callad – ordenó Katniss, acercándose a la entrada del conducto.
El pelotón la miró, estupefacto. Entonces, todos lo escucharon. Era como un siseo. No más que un susurro. Un nombre. Solo un nombre.
Katniss.
La chica se tensó, retrocediendo. Snow. Finnick la cogió del codo, tirando de ella, cuando escuchó un siseo más cercano y más claro.
-        Katniss.
Se giró, apuntando a Peeta con el tridente. Katniss extrajo una flecha de su carcaj y la puso en el arco, apuntándolo a la cabeza. El chico movía frenéticamente las manos.
-        Katniss – repitió, sorprendido -. ¡Katniss! ¡Katniss! ¡Sal de aquí!
-        ¿Por qué? ¿De dónde sale ese sonido?
-        No lo sé, solo sé que tiene que matarte – Peeta se levantó para empujarla -. ¡Corre! ¡Sal de aquí! ¡Vete!
Katniss miró a Finnick, bajando el arma. El chico la imitó, sosteniendo su mirada.
-        Sea lo que sea – comenzó ella -, viene a por mí. Quizá sea buen momento para dividirnos.
-        Pero somos tu protección.
-        Y tu equipo.
-        Yo no me voy – zanjó Gale, cruzándose de brazos.
Finnick se apoyó en la tubería. Él tampoco se marchaba. Iría con ella hasta Snow, y la ayudaría a matarlo. Katniss volvió a mirarlo y extendió la mano hacia uno de los fusiles que llevaba en el hombro.
-        Dale uno a Castor – dijo la chica -. Si vamos juntos, al menos armados.
Echaron a correr. Las voces estaban muy por detrás de ellos, pero seguramente los mutos corrían el doble que ellos. No tardarían en alcanzarlos si eran tan lentos.
Después de un buen tramo de recorrido, comenzaron los gritos. Gritos extraños, sacados directamente de la garganta.
-        Avox – anunció Peeta -. Así sonaba Darius cuando lo torturaban.
-        Los mutos…
Finnick se acercó a la tubería, colocando la oreja. Los gritos eran lejanos, pero no lo suficiente como para hablar de ventaja. El chico se giró hacia el pelotón.
-        … los despistaré. Le pasaré el holo a Jackson y el resto terminaréis la misión.
-        ¡Nadie va a hacer eso! – chilló Jackson, encarándose con Katniss.
-        ¡Estamos perdiendo el tiempo! – gritó Finnick.
Se acercó a Peeta, concentrado en las voces. El chico susurró el nombre de Katniss al mismo tiempo que las bestias. Siseante. Finnick le puso una mano en el brazo y siguieron corriendo.
El aire comenzó a hacerse pesado y denso a medida que bajaban. Finnick se colocó la mascarilla al mismo tiempo que Pollux mientras Jackson gritaba y le ajustó a Peeta la suya, tirando de él. Messalla iba unos metros por delante. Katniss los adelantó a ambos, seguida por Gale, y se metieron de lleno en el Transportador, seco y vacío. Aquí no, pensó Finnick corriendo. Katniss disparó a una vaina, que explotó al instante. Entonces, Finnick se dio cuenta de que Messalla no estaba junto a él. Se dio la vuelta con el tridente en alto, sujetando a Katniss por el brazo.
-        ¡Katniss! – gritó.
Messalla había sido alcanzado por una vaina. El chico los miraba a ambos, con la boca abierta, inmóvil. Finnick trató de atravesar el haz de luz que lo rodeaba con la punta del tridente, pero era tan intangible como el campo de fuerza de la Arena. En el interior, Messalla se derretía como el hielo.
-        ¡No podemos ayudarlo! – chilló Peeta, empujándolos a ambos -. ¡No podemos!
Corrieron hacia una especie de tubo que giraba, aplastándose contra la pared. Una flecha activó otra vaina, y la fuerza de la explosión empujó a Finnick contra Katniss. En ese momento, empezó a ver las figuras. Iban vestidas de blanco, de pies a cabeza, con extraños cascos alargados…
-        Mutos – siseó Gale, al lado del chico, disparando flechas sin parar.
Finnick lanzó el tridente, que se clavó en uno de los lagartos, y pulsó un botón en el brazalete de su muñeca para recuperarlo. Una y otra vez. Los mutos caían a su alrededor como moscas, pero eran demasiados. ¿Cuánto más durarían las flechas? ¿Y las balas? Los mutos no discriminaban. Mataban tanto a los Agentes de la Paz que entraban en el Transportador como a cualquier otro ser vivo que se les cruzase. Finnick notó una opresión en el pecho. Eran demasiados.
-        Leeg, ¡por aquí! – gritó Jackson a su derecha.
Finnick se giró, observando impotente cómo ambas corrían hacia uno de los callejones, el mismo en el que se encontraba el tubo giratorio, perseguidas por una oleada de mutos. Finnick se dio la vuelta y siguió a Katniss, que se internaba por el pasadizo contrario.
Una flecha salió disparada de su arco directa hacia el tubo giratorio, que se convirtió de repente en una especie de boca gigante, con dientes metálicos que arrasaban todo lo que se interponía en su camino. Finnick vio a Leeg 1 y Jackson correr hacia allí, seguidas por los mutos. Se obligó a pensar en su camino. Tenían que salir de allí.
Gale no dejaba de activar las vainas que dejaban atrás, con el objetivo de contener a los mutos. Katniss, Pollux, Peeta, Homes y Cressida corrían delante de ellos, gritando. Finnick se colocó junto a Gale y, cogiendo el fusil, comenzó a disparar.
-        ¡Finnick! – gritó Gale -. ¡Los de la derecha son tuyos!
Finnick asintió. Los mutos avanzaban hacia ellos a saltos, enseñando los dientes. Finnick captó el olor, lo había olido otras veces. Sangre, sangre y rosas. Una arcada lo recorrió de arriba abajo, pero no podía dejarse vencer por un olor. Siguió disparando, incansable. Gale voló el puente que los separaba, que cayó sobre las aguas residuales de la ciudad, pero los mutos no dudaron en atravesarlas para llegar hasta ellos. Apuntar y disparar. Finnick derribaba un muto tras otro. El resto del pelotón se les unió, pero si se quedaban ahí, acabarían acorralados. Empujó a Katniss con la culata del misil hacia Homes, que la cogió en brazos y la llevó hasta la escalera. Un muto se lanzó sobre Gale, derribándolo. La criatura le desgarró la piel del cuello, y el grito del chico hizo que Finnick se temiese lo peor. Atravesó al muto con el tridente y ayudó a Gale a levantarse, pálido como la cera. El muto cayó al agua, aún con el arma clavada en el pecho.
-        ¡Corre! – gritó Finnick, empujándolo -. ¡Corre!
Gale corría delante de él. Finnick vio el pie de Peeta desaparecer por la trampilla que los llevaría al exterior y volvió a empujar a Gale. Apuntar y disparar. El cadáver decapitado de Homes yacía al pie de las escaleras. Los mutos no dejaban de morir, pero tampoco cesaba el número de criaturas que atacaban. Finnick escuchó a Gale poner los pies en el primer peldaño y disparó. Otro peldaño, otro disparo. La garra de uno de los mutos se posó en su cara, pero Finnick disparó contra su pecho  y el bicho cayó hacia atrás, muerto. Castor estaba unos metros más allá, tendido en el suelo, con una amplia sonrisa roja en la carne del cuello.
Escuchaba gritos sobre él. Disparó de nuevo, pero el misil estaba vacío. Lo tiró al agua con un grito de rabia y comenzó a subir. Más arriba, Katniss peleaba con Gale, que ya había empezado a salir a la superficie. Una mano escamosa se enganchó en su tobillo y tiró con fuerza. Finnick se golpeó en la cabeza con una barra, pero siguió subiendo. Katniss trataba de bajar, extendiendo la mano hacia él. El chico sintió otro brazo abrazar su cintura y estiró la mano. Más arriba, ya no veía a Katniss. Solo veía el sol.
Sintió dos garras perforarle la carne de los hombros, pero se mantuvo sujeto a la escalera. Katniss gritaba mientras alguien trataba de apartarla de la alcantarilla.
Vete, pensó. Mátalo.
Y de repente, todo pareció ir a cámara lenta. Katniss chillando, a pesar de que no oía sus gritos. Los mutos sobre él. El cielo azul con el sol resplandeciente. Finnick clavó los ojos en ese cielo, igual que los había clavado en el cielo de la Arena. Morir mirando algo hermoso. Y en ese inmenso azul vio a Mags, enseñándole a meter el hilo en un anzuelo. A Dexter, inclinado sobre un libro. A Kit Grobber, el niño al que no había podido salvar, bebiendo chocolate caliente. Los vería a todos pronto.
Y, cuando los dientes del muto rozaron su oreja, vio a Margaret sirviéndole café. A Peeta pintando en el suelo. A Haymitch tratando de sonreírle. A Katniss, disparando una flecha al cielo. A Johanna, dándole una colleja mientras reían. Y a Annie, inmersa en su cuaderno blanco, debajo de una sábana, tejiendo una pulsera, con su vestido de novia debajo de una red dorada. Miró el trozo de tela ensangrentado de su muñeca. Sí, era algo hermoso. Y no hubo dolor alguno cuando todo acabó.




sábado, 5 de abril de 2014

Capítulo 85. 'Donde podamos ser una familia'.


Annie jamás se había sentido tan inquieta. No paraba de repetirse  que no había peligro, que estaba bien. Pero todos parecían alterados desde que los equipos habían partido hacia el Capitolio. Todos se esperaban lo peor.
Aquella mañana, volvió a despertarse gritando. La diferencia radicaba en que Finnick no se encontraba allí para abrazarla, y ese lado de la cama siempre estaba frío desde que él se había marchado. Annie cerró los ojos, respirando hondo. No hay peligro, se dijo a sí misma, no esta vez.
Se llevó las manos al estómago. Desde que Finnick se había ido, había tenido un dolor constante, como si le faltase algo. Tenía ganas constantes de vomitar, como si tuviese una fiera dentro de ella que estuviese deseando salir. Annie se acarició la piel de la barriga con los dedos congelados y se levantó.
Sintió el mareo de inmediato. Cerró los ojos, tratando de serenarse, y se puso unas zapatillas a ciegas. Salió de su habitación, directa hacia el hospital. Con suerte, podría encontrar a la madre de Katniss y pedirle que le diese algo para que remitiese la incomodidad. Atravesó las puertas y entró en el enorme pabellón, lleno de habitaciones acristaladas y mamparas o cortinas que separaban a unos pacientes de otros. Annie fue hacia la habitación de Johanna. Sabía que la señora Everdeen estaría allí, se había comprometido a cuidarla en ausencia de Finnick y Katniss.
Annie abrió la puerta. Johanna estaba dormida, con la cabeza ladeada sobre la almohada. La señora Everdeen levantó la cabeza, mirándola. Parecía cansada, a pesar de que intentó forzar una sonrisa. ¿Cómo de cansada tendría que estar esa mujer, que había visto a su hija ir a los Juegos dos veces, había presenciado cómo destruían su distrito y había perdido a su marido? Annie agitó la cabeza.
-        Hola, Annie – dijo la mujer, apretando la llave que le regulaba la morflina a Johanna -. ¿Vienes a hacerle compañía?
Annie negó con la cabeza.
-        Venía a verte – La señora Everdeen se acercó a ella, observando los monitores a los cuales estaba conectada Johanna por última vez -. Llevo unos días con dolor de estómago y gan…
-        ¿Ganas de vomitar? – La mujer sonrió, apoyándole la mano en el hombro -. Yo también. Seguramente sean solo los nervios y la preocupación.
Annie le devolvió la sonrisa, bajando la cabeza.
-        Sin embargo, ya sabes cómo son aquí. Te haré unos análisis, solo para comprobar.
-        ¿Análisis?
-        Sí – la mujer la cogió suavemente del codo y la arrastró fuera de la habitación -. No te preocupes. Es solo el protocolo.
La chica se estremeció, siguiendo a la señora Everdeen por el pasillo. La mujer le acarició el dorso de la mano para tranquilizarla. Entraron en una sala pequeña en la que solo se encontraba Prim, la hermana pequeña de Katniss, con sus dos trenzas cayendo por su espalda. La niña se giró, sonriendo.
-        Prim – comenzó la madre, sentando a Annie en una silla -. Análisis.
Prim se marchó, volviendo a los pocos segundos con una caja de metal cerrada.
-        ¿Qué clase de análisis? – musitó Annie, al mismo tiempo que Prim le limpiaba el brazo con alcohol.
-        Nada complejo. Simplemente, para descartar posibles virus.
La señora Everdeen sacó una aguja de la caja, haciendo retroceder a Annie, que se levantó, sujetándose el brazo con la mano. La señora Everdeen,  confusa, miró la aguja que tenía en la mano y después a ella, alternativamente.
-        Oh, no, Annie, no – dijo, tratando de calmarla -. Solo te vamos a sacar un poco de sangre.
Annie retrocedió. La última vez que había visto una aguja en manos de alguien, había revivido los recuerdos más dolorosos de su vida. No estaba preparada para volverlo hacer, no mientras Finnick estaba fuera. Prim se colocó en su campo de visión, totalmente calmada. Puso las manos sobre su cuello, mirándola directamente a los ojos, y cuando habló, parecía tan adulta que Annie se tranquilizó al instante, como si le hubiesen metido morflina directamente en la vena.
-        No vamos a hacerte daño. Te lo prometo.
Annie se dejó arrastrar de nuevo hasta la silla. La señora Everdeen, aún mirándola con suspicacia, introdujo la jeringuilla en su brazo, tirando del émbolo mientras el tubo se llenaba de sangre roja.
Es mi sangre, se dijo a sí mismo. Es solo mi sangre.
-        Vale, Annie – dijo Prim, separándose con una sonrisa -. Ahora vamos a hacer uno de orina.
Annie soltó una carcajada, tapándose la boca con la mano. Sin embargo, ninguna de las dos personas que estaban con ella en aquella habitación compartía el chiste. Annie se enderezó, poco a poco, mientras la señora Everdeen extendía hacia ella un bote de plástico.
-        ¿Es en serio? Tengo que poner mi… mi…
Prim rió.
-        ¿Y cómo vais a saber si tengo un virus con… - Annie señaló el bote, poniendo una mueca de confusión – eso?
Ambas estallaron en risas. En ese momento, la puerta se abrió, dejando entrar a Johanna, que agarraba un gotero con la firmeza con la que sujetaba el hacha. La chica miró a la pareja que reía con una máscara de incredulidad en el rostro y desplazó sus ojos hacia Annie, sentada en el sillón con el bote en las manos. Annie tragó saliva, colorada como un tomate. Esta vez, era ella la que no entendía el chiste.
-        ¿Qué pasa? – preguntó Johanna, caminando desganada hacia Annie.
-        Es que quieren…
-        Un análisis de orina – explicó Prim, secándose las lágrimas de los ojos -. Si vieses la cara que ha puesto…
Johanna volvió a clavar los ojos en el bote que Annie sujetaba y soltó otra carcajada, uniéndose a la madre y la hija.
-        Venga ya, descerebrada, yo lo he hecho mil veces.
La chica empujó a Annie hacia un baño y la encerró, tirándole una botella de agua. Annie miró el bote fijamente, apoyada sobre la puerta, mientras escuchaba las risas de las otras tres mujeres al otro lado.
Horas después, esperaba junto a Johanna en su habitación los resultados de análisis mientras veían la televisión. En ese momento, Beete había metido una propo del pelotón de Finnick sentados alrededor de un fuego. Jugaban con Peeta, contestando preguntas que él hacía con ‘real’ o ‘no real’, un juego que las mantuvo pegadas a la pantalla la mayor parte de la mañana. Annie agarraba la muñeca de Annie cada vez que Finnick salía en pantalla.
-        Está bien – decía.
Johanna no hacía más que asentir.
A las cuatro horas de haberse hecho los análisis, la señora Everdeen llegó con los resultados, escritos en una hoja. Johanna se revolvió en la cama, inquieta, y Annie trató de serenarse. Como había dicho la mujer esa mañana, probablemente solo fuesen los nervios.
Sin embargo, la señora Everdeen no les leyó lo que habían obtenido, sino que extendió la mano hacia ella, seria.
-        ¿Puedes acompañarme, Annie?
La chica se bajó de la cama, sin soltar la mano de Johanna, que la miraba con preocupación.
-        ¿Pasa algo? – gruñó ésta.
-        Solo queremos comprobar algo y necesitamos maquinaria avanzada. Por favor.
Annie se soltó de Johanna, indecisa, y salió de la habitación. La mujer la condujo a una habitación oscura, iluminada únicamente por un pequeño foco de luz pálida y un monitor colocado junto a una camilla. Prim, que ya se encontraba allí, le pidió que se tumbase.
-        ¿Pero pasa algo? – preguntó Annie, mordiéndose el labio preocupada.
Prim sonrió y miró a su madre, levantando las cejas.
-        Deberíamos llamar a un médico del 13 que sepa ver estas cosas con claridad – sugirió la mujer, preparando el monitor.
-        Yo creo que está claro…
-        Prim. Por favor.
La niña salió de la habitación. La mano de Annie se entrelazó sin quererlo a la de la señora Everdeen, que recogía un aparato redondo, como una piedra blanca, de un mueble. La mujer le levantó la camisa y la miró, frunciendo el ceño.
-        No voy a hacerte daño – aclaró, enseñándole el aparato redondo -. Te voy a poner esto en la barriga. No duele, pero está un poco frío.
Annie miró el aparato, y las imágenes pasaron por sus párpados fugazmente, nublándole la vista. Torturadores llevando cosas similares en las manos, aplicándolas sobre su cuerpo. Dolor. Su respiración aumentó.
-        Annie, te lo prometo – continuó la señora Everdeen -. No te va a hacer daño.
La mujer colocó el aparato en su estómago, cerca de la línea del pantalón que llevaba puesto, por debajo del obligo. Estaba frío, muy frío, congelado. Aguantó la respiración mientras la mujer observaba detenidamente la pantalla. En ese momento, llegó Prim, seguida de un hombre alto cuya nariz estaba tan roja que parecía pintada. Annie evitó reírse a tiempo.
-        Creo que puede ser – susurró la señora Everdeen, señalando la pantalla -, pero quería estar segura…
El médico asintió, desplazando unos centímetros el aparato.
-        No cabe duda.
-        ¿De qué? – dijo Annie, casi chillando, alarmada.
-        Annie…
-        Annie – interrumpió Prim con una sonrisa -, estás embarazada.
La palabra tardó en llegarle al cerebro. Embarazada. Pero no podía ser. Ella no podía… no podía ser madre. Se tocó la barriga, mirando a la pantalla. La señora Everdeen y Prim sonreían, mirándola como si fuese el nuevo juguete. Se encogió en la camilla.
-        Los dolores de estómago y las náuseas – añadió el médico, girándose hacia ella – se deben al estrés, no te preocupes. Aún es pronto.
-        Tres semanas – dijo Prim – como mucho.
Annie se miró el estómago. ¿Era posible que, ahí, dentro de ella, casi diminuto, estuviese creciendo una pequeña criatura, el hijo de Finnick Odair? Se acarició la zona bajo el ombligo, aún fría por el roce del aparato. Dentro de ella, estaba creciendo un bebé. Su bebé.
-        No se ve muy bien aún – se apresuró a añadir la mujer, girando el monitor hacia ella -, pero es esta manchita de aquí.
La chica clavó la mirada en la pantalla. Ahí, a unos pocos milímetros del dedo de la señora Everdeen, se distinguía una manchita oscura, no más grande que un guisante. Sonrió. Esa cosita, ese ser diminuto… Era su bebé. Sintió una lágrima deslizarse por su mejilla. Era el hijo de Finnick. Lo quiso de inmediato.
Le agradeció a Prim y a su madre todo el tiempo que le habían dedicado y salió corriendo. Estaba embarazada. Aún no podía creerlo. No podía imaginarse cuidando de otra persona cuando aún tenían que cuidarla a ella. Pero daría la vida por esa manchita, por esa cosita pequeña. No dejó de tocarse el estómago. Su bebé. El bebé de ambos.
-        ¡Jo!
Entró como un huracán en la habitación. Johanna estaba sentada en la cama, mirando la televisión apagada. Se giró para clavar en ella sus ojos castaños dilatados por la morflina y se irguió más, frunciendo el ceño.
-        ¿Ha pasad…
-        ¡Estoy embarazada! – gritó Annie, sentándose junto a ella.
Esperó. Aún no se lo creía. Johanna le miró la barriga y colocó una mano sobre ella, levantando la vista hacia sus ojos. Annie vio lo brillantes que estaban.
-        ¿Emba…
-        Sí – musitó Annie, más para sí misma que para ella.
Una lágrima diminuta se deslizó por la mejilla de Johanna, que sonreía a pesar de la pesadez que le provocaban las drogas. Annie se dejó abrazar, aún conmocionada. Ella, embarazada. De Finnick. ¿Cómo reaccionaría él cuando lo supiese? No podía esperar a darle la noticia. Annie sonrió. Aquella criatura le había devuelto la felicidad, incluso le había devuelto un poco la cordura. Ahora tenía que dejar de ser una chica y convertirse en una mujer. Por su hijo.
-        Es… - Johanna se separó de ella – es increíble, Ann. Ese bebé es…
-        Esperanza – terminó Annie, sonriendo.
Su hijo. El sol que vería un nuevo Panem. Se abrazó a sí misma. Daría lo que fuese porque Finnick hubiese estado allí con ella. Seguro que lloraría. La besaría, primero a ella y después a su barriga, tratando de llegar hasta el pequeño ser que crecía en su interior.
No le importaba si volvían al distrito 4 cuando todo acabase o tenían que ir a otro lugar. No le importaba si, tras tomar el Capitolio, tenían que quedarse allí a vivir. Solo quería un lugar en el que su hijo fuese feliz. Donde ellos fuesen felices. Donde podamos ser una familia.
En ese momento, Haymitch irrumpió en la habitación, pálido, y la televisión se encendió de repente.
-        ¿Qué...
Haymitch se sentó al borde de la cama, junto a ellas. Murmuraba algo para sí mismo, algo que ninguna de las dos lograba entender. Annie acarició su barriga mientras Johanna se aferraba a su mano, ambas mirando fijamente el sello de Panem que acababa de aparecer en la televisión.
Una mujer apareció en la pantalla, seguida de otros tres hombres que Annie había visto grabando en su boda. Boggs, el musculoso comandante. Gale Hawthorne, que había sido el primero en entrar en su celda. Entonces, salió una foto de Finnick, la misma foto que había visto por todo el distrito durante el Vasallaje. Annie miró a Haymitch sin entender, ignorando las fotos de Peeta y Katniss.
El Presidente Snow se adueñó de la pantalla. Tenía los dedos cruzados por encima de la mesa, con una sonrisa de insuficiencia grabada en unos labios gordos. Annie empezó a marearse.
-        Esta mañana – comenzó, frunciendo el ceño – la guerra a la que este amado país se enfrenta ha tomado un curso inesperado. Víctimas rebeldes han caído bajo las fuerzas de la Paz del Capitolio. A vosotros, a los miles de Agentes que os esforzáis por mantener la paz y la justicia, gracias. Gracias también por detener esta absurda rebelión que no ha hecho más que destrozar la unión de la nación, gracias por… quitarle al Sinsajo su voz.
-        No puede ser – murmuró Haymitch, con las manos delante de la boca.
No podía ser. Annie miró a la pantalla. Era el pelotón estrella. No había peligro real. ¡Finnick lo había dicho! No podía ser, no…
-        Sin esa voz – prosiguió el Presidente -, sin esa voz que solo chillaba, que solo alentó a un grupo desconcertado que se agarró a un puñado de bayas, el Sinsajo no cantará más. Ningún sinsajo. Y sin esos sinsajos, demasiado débiles como para confiar en una cara bonita y un par de trucos inútiles, jamás volarán tampoco. Hoy es el día en el que Panem recuperará la paz por la que luchamos. Hoy es el día en el que volveremos a ser uno.
Annie cayó al suelo, de rodillas. Finnick no podía haberse ido. No podía haberla dejado. Johanna se arrodilló junto a ella, tironeándole de los hombros.
-        No está muerto – susurró -. No lo está.
Annie sintió el pecho explotar, arder.
La imagen cambió. Esa vez era la Presidenta Coin la que hablaba, pero Annie no podía escucharla. Era Finnick el que hablaba en su oído: no será igual, somos el pelotón estrella, no hay peligro real…
-        No está muerto.
Annie levantó la vista hacia la televisión. La imagen de Katniss, solo su imagen, fue sustituida por el Presidente Snow, relajado. Annie sintió el aire escapársele de los pulmones.
-        Mañana por la mañana, cuando saquemos el cadáver de Katniss Everdeen de entre las cenizas, veremos quién es el Sinsajo en realidad: una chica muerta que no podía salvar a nadie, ni siquiera a sí misma.
La chica se llevó las manos al pecho. Dolía. Dolía como si…
-        Annie, mira.
La voz de  Haymitch le hizo levantar la vista. En la televisión, estaban emitiendo un reportaje sobre los rebeldes, los últimos momentos. Annie vio cómo un río negro se arrastraba hacia el pelotón, situado en un cruce lleno de sangre y humo. Finnic arrastraba a un hombre hacia una puerta, con la cara contraída en una mueca de esfuerzo. Gale disparaba a una red en la que se encontraba un cuerpo ensangrentado y, a los pocos segundos, la emisión se cortaba.
-        Están vivos – masculló Haymitch -. Tienen que estarlo.
-        Solo hemos visto morir a Boggs y al otro – gruñó Johanna -. El resto estaban corriendo hacia la casa cuando se ha cortado. Están vivos.
-        Tienen que estarlo.
Annie seguía sujetándose el pecho, aferrada a la esperanza. Se sentía en un huracán, balanceada de un lado a otro. Estaba agarrada a una tabla de madera, agarrada al hecho de que Finnick estaba arrastrando a un hombre hacia la casa. Vivo. Tenía que estar vivo.
Algo vibró en la muñeca de Haymitch, que se levantó de golpe y salió corriendo. Annie lo siguió, con Johanna, sin el gotero, a pesar de seguir con la vía clavada en el brazo, les pisaba los talones. La sala de Mandos era un caos. Plutarch daba voces, ordenando a unos y a otros vigilar las pantallas, que mostraban mapas del Capitolio. El hombre casi chocó con los tres.
-        Beetee ha estado rastreando los dispositivos de las cámaras de Cressida. Ha percibido una señal, pero es débil. Demasiado débil.
Algo se agitó en el pecho de Annie. La mano de Johanna apretó su muñeca.
-        Pueden estar bajo tierra.
Bajo tierra, pero vivos.
Estaban vivos.