viernes, 2 de mayo de 2014

Capítulo 89. 'Morflina'.

Empezó a comer. Dormir regularmente con la ayuda de la morflina. Hablar con el resto sin sentir que sus oídos se taponaban. Sentir, de nuevo, y quizá fue esa la parte más dura.
La primera semana, Annie no se había dado cuenta de la vida a su alrededor. Pero cuando había visto a Snow muerto sobre los adoquines de la plaza por la televisión, había sentido alivio y no creía que fuese cruel por desear su muerte, la de otro ser humano, porque Snow no era más que una serpiente. Y, con el alivio, habían llegado el resto de emociones.
Plutarch había contratado un psiquiatra especial para ella. Era un hombre llamado Marfil, del 13. Serio, encorvado y con una calva en mitad de la cabellera oscura. El hombre se limitaba a decirle que cerrase los ojos y tratase de encerrar el pasado en una caja. Por su parte, lo que Annie hacía en esas sesiones era dormir.
Ningún médico podría superar a Dexter, a su amigo, al hombre que la había cuidado cuando Finnick faltaba. Qué ironía que ahora faltasen los dos. Annie trataba de pensar en nuevos poemas, pero los versos no acudían a su cabeza, como si esa parte que tanto le gustaba a Dexter se hubiese esfumado. Y con ella, toda posibilidad de recuperarse.
Su médico le había hablado de las etapas del luto, pero Annie estaba segura de que ella las había pasado todas al mismo tiempo. La rabia, la negación, el dolor… Annie se había sumado al grupo de personas que habían sobrevivido a la vida en lugar de a la guerra, y era mucho peor.
Los días pasaban. Cuando la morflina dejaba de hacer efectos en sus sueños blancos, llegaban las pesadillas, en las que siempre abrazaba una caja de madera que no podía abrir. Siempre sabía que Finnick estaba ahí dentro, frío al tacto, y que no podrían darle un entierro digno. Que seguiría en esa caja. Despertaba gritando. Se levantaba siempre con una mano en la barriga, tratando de llegar hasta la criatura que crecía ahí dentro. Más de una vez se había imaginando dándolo a alguna casa de huérfanos. Quizá le asignasen una familia en la que pudiese ser feliz, con un padre vivo y una madre sana. Se obligaba a sí misma a dejar de pensar y seguir sobreviviendo. Comía con Johanna. Hablaba con Peeta. Apoyaba el oído en la puerta de la habitación de Katniss, escuchándola cantar. Y regresaba a la cama, dejando que Haymitch le pusiese la vía de morflina en el brazo, la suficiente para poder pasar el resto de la noche, aunque iban reduciendo la dosis cada día más.
Sin embargo, el día que despertó y no vio el gotero a su lado, todo empezó a derrumbarse. Johanna parecía delgada y mustia, Peeta apenas podía hablar, y el Sinsajo no cantó al otro lado de la puerta. Desolada, Annie esperó sentada en el suelo, acariciándose la barriga mientras esperaba a Haymitch. Pero Haymitch tampoco llegó esa noche.
Caminó como un zombie hasta su habitación y se dejó caer sobre la cama. Sabía que, si la vencía el sueño, las pesadillas serían demasiado horribles para soportarlas. No estaba preparada para ver una versión extendida de las que había sufrido cada mañana antes de abrir los ojos. No estaba preparada para enfrentarse a las noches sin la droga que la mantenía en sus sueños blancos. Se giró, haciendo espirales en su estómago. Llevaba varias semanas en el Capitolio. Cerró los ojos y se imaginó en su playa, con el agua golpeando las rocas y un niño corriendo por la orilla de la mano de Finnick. Su hijo, ese bebé que ya había empezado a querer y al que no podría cuidar. Y Finnick, que jamás volvería a ver esa playa y que jamás vería a su hijo.
Una mano escamosa pareció rasgar la imagen y abrió los ojos, asustada. Johanna estaba frente a ella, con los ojos castaños llenos de preocupación.
-        Volvemos a casa – dijo, acariciándole la mejilla.
Annie se irguió, colocando las manos a ambos lados del cuerpo.
-        ¿A casa?
-        Al 4. No me queda nada en el 7.
Annie le cogió la mano. Johanna estaría con ella. Se cuidarían. Se necesitaban tanto como Finnick las había necesitado a ambas.
-        ¿Hay algo que quieras llevarte? – inquirió Johanna, frotándose la nuca.
La chica miró a su alrededor. No tenía nada realmente suyo en aquella habitación. Sin embargo, sabía dónde había cosas que quería conservar…
-        Espérame.
Johanna asintió, tumbándose. Annie salió de la habitación y atravesó el palacio presidencial hacia una habitación que había visitado antes, días atrás. Era la sala a la que habían llevado todo lo que habían podido recuperar de los caídos en la guerra y lo que habían podido llevarse del 13.
Annie esperó frente a la puerta, inspirando hondo. De repente, escuchó una voz a su derecha.
-        Annie.
Peeta caminaba cojeando hacia ella, con el brazo aún vendado. Parecía ser el Peeta que había visto en los Juegos del Hambre, el Peeta carismático que había enamorado al país, en lugar del loco que había creado el Capitolio. Pero nunca volvería a ser ese Peeta, solo una extraña versión de él, igual que ella era una versión de la que había sido, o aquella persona era una versión de lo que era ahora. Forzó una media sonrisa.
-        ¿También te vas? – dijo, abriendo la puerta.
Annie asintió, entrando tras él. Peeta recorría los pasillos y pasillos de cajas, mirando los nombres escritos en ellas. Annie lo siguió, incapaz de enfrentarse a la caja que tenía su nombre y apellido. Peeta se paró frente a una de ellas y la sacó del montón. No ponía Mellark. Ponía Everdeen. El chico empezó a sacar cosas, pequeñas baratijas que Katniss había usado. Annie se giró, dándole privacidad y comenzó a caminar. Tampoco ella buscaba una caja con Cresta escrito en ella.
Extrajo la caja del montón. Pesaba. Abrió las solapas, cerrando los ojos. Tenía que hacerlo. No podía irse de allí y dejarlo todo, todos los recuerdos que le habían quedado. Tumbó la caja en el suelo y se arrodilló junto a ella.
Sacó un tridente. No el tridente sofisticado que Beetee había fabricado para él, sino uno sencillo, de metal oscuro, como el que había utilizado siempre. Sacó la red dorada que había servido de arco en su boda. Sacó el precioso vestido verde que Katniss le había prestado y la chaqueta del de Finnick. Un papel doblado y desgastado que contenía el poema que había escrito para él antes del Vasallaje. Y, finalmente, sacó una pequeña tira de tela enrojecida. La sostuvo en sus manos unos instantes, temblando. La habían recuperado de su cuerpo cuando lo encontraron. No le habían dejado verlo, solo había visto la caja. Una fría caja de metal. Una caja que nunca ardería a las orillas del mar.
Se limpió las lágrimas y, tomando las pertenencias, salió del almacén. Peeta seguía arrodillado junto a la caja de Katniss, y sostenía en sus manos un trozo de tela dorado con una perla diminuta en su centro. Parecía totalmente concentrado en ella. Podía ser un recuerdo. De todos modos, no se vio con fuerzas para decirle adiós.
En cuanto Johanna la vio aparecer, le prestó una mochila prácticamente vacía, a excepción de un hatillo de tela con hojas dentro, para meter todas sus cosas, excepto el tridente. Annie lo sostuvo sobre su pecho; nadie podría arrancárselo de allí, aunque tuviese que quedarse en el Capitolio abrazada a él de por vida. Por suerte, nadie puso ninguna objeción.
El viaje en aerodeslizador  fue breve. Johanna se quedó dormida nada más despegar, pero Annie luchaba contra el sueño como si se le fuese la vida en ello. Acariciaba el mango del tridente, recordando cómo él solía sujetarlo, cómo parecía bailar cuando lo empuñaba. Annie pasó un dedo por el filo de uno de los brazos, acariciándolo.
Cuando las puertas del aerodeslizador se abrieron, el aire salado penetró en su nariz de lleno. Annie tuvo que sentarse, embriagada por ese olor que nunca creyó volver a oler. Johanna salió de la bruma del sueño y miró directamente al exterior, con toda la luz del sol dándole en la cara.
-        ¿Ya hemos llegado?
Annie se levantó como respuesta y salió. La Aldea de los Vencedores estaba prácticamente llena, exceptuando las casas que habían pertenecido a los vencedores. Sin embargo, Haymitch había mencionado que todos los vencedores estaban muertos, exceptuando algunos afortunados y, desde luego, en el 4 no había muchos. La casa de Mags, que casi no había tocado desde que Dexter se había comprometido a tratarla en casa de Annie, y la de Finnick, que había permanecido siempre casi vacías, estaban muertas.
Tanto como ellos, pensó Annie, tragando saliva. Caminó hacia su casa, acompañada de Johanna, que la seguía de cerca. La puerta estaba abierta. Annie apoyó la mano en la madera, sintiendo cómo se agitaba su respiración. En cuanto abriese, Dexter correría a abrazarla. Margaret le colocaría un cuenco de sopa en las manos. Emer se sentaría a su lado y le contaría alguna historia sobre su colegio. Mags bajaría corriendo las escaleras, dispuesta a trenzarle el pelo. Y Finnick… Finnick atravesaría toda la casa solo para llegar hasta ella. En cuanto abriese, vería el cuerpo de Margaret junto a la puerta. A Dexter, sangrando en el suelo con un orificio en la cabeza. A Emer, tumbado de lado frente al sofá, blanco como la cera. A Mags disuelta en volutas de niebla. Y a Finnick…
Johanna le apoyó una mano en la cintura.
-        Estoy contigo.
Annie expulsó todo el aire contenido en sus pulmones y empujó la puerta. El suelo estaba limpio y la casa vacía. Solo estaban ellas dos. Solo ellas.
No se preocuparon en deshacer el poco equipaje que llevaban. Simplemente, se sentaron en el sofá y se quedaron dormidas con las manos entrelazadas, como si esa unión pudiese bloquear las pesadillas de ambas.
Una mano sobre su hombro la despertó.
Dos ojos oscuros. Eso fue lo único que vio antes de saltar hacia atrás y caer sobre la alfombra, dando un grito. Johanna reaccionó tarde, algo impropio de ella, y se dejó caer al suelo, aún aturdida. Cuando reparó en la figura que estaba junto al sofá, se colocó en posición defensiva, enseñando los dientes. Pero Annie ya había conseguido enfocarla bien.
-        ¿Margaret?
La anciana sonrió. Tenía un feo corte a medio cicatrizar en la cabeza y llevaba un enorme vendaje en la pierna, pero parecía sana. Y viva. La mujer abrió los brazos y Annie corrió hacia ellos, dejándose arropar.
-        Lo siento, niña – susurró la mujer -. Lo siento tanto…
Annie se dejó caer. No estaba en casa. No estaba en casa si faltaban los más importantes. Finnick, Dexter, Mags. Apoyó la cabeza en el hombro de Margaret, que le acariciaba la espalda con suavidad. Luchaba por mantener los ojos abiertos. Entonces, reparó en un pequeño marco colocado sobre la mesa. Se separó de la mujer y corrió hacia él.
Era una foto. Finnick sonreía, verdaderamente feliz. Annie vio su traje, la posición de su cuerpo. El día de su boda. Alguien debía haberla traído a su casa mientras la guerra seguía su curso, quizá cuando ya había acabado y se conocían las víctimas. La chica cogió el marco entre las manos, viendo cómo las lágrimas caían sobre el cristal. Y, sin pensar un segundo más, salió corriendo.
Incluso su playa había cambiado. El agua había llegado hasta su pequeño nido en la cueva, llevándose la mitad de aquel regalo que Finnick había construido para ella. Annie se sentó en la cama, con las sábanas rígidas por la sal, y lloró. Lloró porque, a pesar de haber vuelto a casa, aquel no era su hogar.
Salió al exterior cuando el sol comenzaba a esconderse, con la foto de Finnick en la mano. Se sentó en la arena, frente al mar, y acarició el cristal, dibujando sus rasgos. Lo tenía ahí, bajo los dedos, perfecto, suyo, y sin embargo estaba tan lejos…
-        Hola.
Annie se giró, sobresaltada. Un niño caminaba hacia ella. Tenía una cicatriz enrojecida en la mandíbula, llevaba el brazo en un cabestrillo y estaba visiblemente más delgado. Se parecía tanto a Kit que dolía. Emer se sentó a su lado, mirando la foto.
-        Te he buscado por todas partes – continuó -. No sabía que esto existía.
La chica arrugó la nariz, abrazando la foto. En otra ocasión, probablemente se habría enfadado. Esa era su playa. El único lugar que podía considerar hogar, suyo propio, aunque ya no estaba segura de poder llamarlo como tal.
-        Me alegro de que estés viva – susurró el niño, bajando la cabeza.
Annie sintió una lágrima comenzar a formarse en su ojo. Emer estaba allí, junto a ella, recordándole a Kit con cada movimiento que hacía. La chica tomó aire.
-        Estoy embarazada.
El niño se giró y la miró con enormes ojos castaños.
-        Mi mamá también. Dice que es esperanza. Y la abuela dice que será el primer niño que nacerá sin miedo.
Annie se abrazó el estómago, sosteniendo la foto contra él. Su hijo nacería sin miedo, pero sin padre.
Emer se colocó frente a ella, cogiéndole la mano. El niño tenía una mirada dulce y, por primera vez, Annie se dio cuenta de que no eran los mismos ojos que los de Kit. Emer los tenía más claros, cálidos como una puesta de sol, dulces, llenos de la inocencia de la infancia. Y sin miedo.
-        Sé que estás asustada – dijo el niño, mordiéndose el interior de la mejilla -. Pero no tienes por qué. Sé que puedes cuidarlo.
Emer colocó la mano libre sobre los brazos de Annie que escondían su barriga. La chica negó con la cabeza, cerrándose a sí misma. No podía cuidarlo. No sabía cómo hacerlo. No tenía a nadie que la guiase, a nadie que la ayudase y la cuidase a ella en el proceso.
-        No, no…
-        Tienes miedo, pero él no – continuó Emer, señalándole la barriga -. Y no te tiene miedo a ti tampoco. Eres su madre. Y tú tampoco debes tenerle miedo a él.
Annie miró a Emer a los ojos.
No te tiene miedo.
Eres su madre.
Tú tampoco debes tenerle miedo a él.
Annie apartó las manos poco a poco, mirándose la piel pálida del estómago. Su hijo, el hijo de Finnick, un niño al que ya quería sin haberlo visto. No podía tenerle miedo. Miró a Emer, sonriendo. No podía seguir teniendo miedo.
-        ¿Ves? – señaló el niño, poniéndose en pie -. Eres valiente.
Annie volvió a dirigir los ojos hacia su barriga, maravillada. Ahí estaba el hijo de Finnick Odair. Sabía que no podría hacerlo sola, pero podía al menos intentarlo. Intentar que ese niño fuese feliz sabiendo quién había sido su padre, quién era su madre. Cerró los ojos, visualizando la playa. Su hijo corría por la arena, chapoteando en la orilla. Sonrió.
-        Vas a ser la mejor madre del mundo, como la mía – añadió Emer, extendiendo la mano hacia ella.
La muchacha la tomó y se levantó.
La certeza de saber que sería madre la dejó embobada toda la noche, tumbada en la cama sin dejar de pasear las puntas de los dedos por la piel de su estómago. Seguiría adelante. No por ella, sino por él. Por Finnick. Por ambos. Se lo merecían.
Y su hijo nacería sin miedo.
Y sería la esperanza que había perdido.



 

sábado, 26 de abril de 2014

Capítulo 88. 'Jaula, jaula, jaula'.


Finnick extendía la mano hacia ella. Annie trataba de agarrarlo mientras la inmensa negrura se lo llevaba. Conseguía sujetar su muñeca, pero el chico se disolvía entre sus dedos como si fuese arena y desaparecía, dejándola sola con la pulsera de tela en las manos.
Nada.
Eso era lo que sentía. No era como si tuviese una herida abierta, ni una llaga que escociese como si le hubiesen echado ácido. No sentía pérdida, ni miedo, ni dolor. No sentía nada. Lo único que sabía era que bien podía ser un cadáver. Luchaba contra sus propios párpados, que amenazaban una y otra vez con cerrarse. Las pesadillas eran incluso peores.
No era consciente de la gente que entraba y salía de la habitación. No era consciente siquiera de cuando estaba despierta y cuándo dormida, porque todo era lo mismo, la misma fría oscuridad.
No será igual, había dicho Finnick.
Por supuesto que no. Sería mucho peor.
Se acarició la barriga. Dentro de ella, se encontraba una criatura pequeña que nacería sin padre, probablemente huérfana también, porque ella no se sentía con ánimos de seguir viviendo. No podía, ni siquiera por él. Por el hijo de Finnick. No podía hacerle eso, condenarlo a vivir solo. Ella conocía la soledad, lo estaba haciendo en todo su esplendor. No era justo.
Alguien le puso una mano sobre la suya. Vio hematomas en los nudillos y cicatrices a medio curar. Ni siquiera se atrevió a levantar la mirada, una mirada vacía.
-        Annie… - susurró Johanna, con la voz ronca -. Annie, di algo.
¿Qué podía decir? ¿Que estaba tan rota por dentro que había dejado de sentirlo? ¿Que le había sangrado tanto el corazón que estaba segura de haberse quedado sin sangre en las venas? ¿Que no podía dejar de pensar en lo vacío y solo que se había quedado el mundo sin él?
Una lágrima salada como la que había caído por la mejilla de Peeta cayó sobre la piel de su mano. Annie la miró, captando los reflejos multicolores. Recordó algo que había escuchado alguna vez, quizá antes de sus Juegos, antes de que todo empezase a ir mal. Quizá algo que su madre le había dicho o que había leído en un ajado libro de segunda mano: El dolor es bello.
-        ¿Por qué no lloras, Annie? – preguntó Johanna, tumbándose junto a ella.
Tenía el rostro pálido, como quien ha pasado días enfermo. Annie desde luego sí se sentía enferma. Enferma terminal. ¿Cuánto habría pasado? ¿Semanas? ¿Años? El tiempo había perdido el sentido. Todo lo había hecho.
-        No… - comenzó. Incluso su voz estaba rota -. No me queda más por llorar. He llorado noches enteras, días enteros. He llorado incluso en sueños. Estoy seca.
La mano de Johanna se posó en su barriga, con los ojos aún anegados en lágrimas.
-        No puedes rendirte ahora – gruñó -. Sigue. Hazlo por él.
Annie se miró la barriga, tapada con la camiseta que llevaba. Sabía que alguien la duchaba y le cambiaba la ropa casi diariamente, pero nunca le veía, o nunca se daba cuenta de que esa persona estaba allí. Para Annie Cresta, la vida se había vuelto una sombra tan oscura como las que la asustaban años atrás. Ella misma era una de esas sombras. Se había convertido en lo que temía, y eso le daba aún más miedo. Había nacido de las sombras y había vuelto a ellas, como un eterno retorno, siempre empezando, siempre acabando en el mismo sitio.
-        No… - susurró Annie, apartando la mano de Johanna -. No puedo.
La chica abrió los ojos como platos, levantándose.
-        ¿Cómo que no puedes?
Annie se giró, escondiendo su estómago. Escondiendo a ese niño que ya estaba condenado a estar solo.
-        Annie – gruñó Johanna, obligándola a darse la vuelta -. Es tu hijo. Su hijo. Es… por dios, es vuestro, no puedes solo abandonarlo.
-        No, no… Yo no…
-        Annie Cresta, por favor…
-        No puedo…
No podía cuidar de alguien que la necesitaba enteramente cuerda cuando ella no podía cuidar de sí misma. Había confiado en que Finnick la ayudaría, en que él cuidaría de los dos. Pero él ya no podría, nunca podría. Ni siquiera sabría que iba a ser padre.
Algo dentro de ella estalló. Comenzó  a llorar de nuevo lágrimas que quemaban su piel como si de ácido se tratase. Pensaba que estaba seca, que no le quedaba nada más por echar, pero se equivocaba. Ahí, en su interior, quedaba dolor, demasiado, y probablemente se quedaría ahí el resto de su vida.
Johanna la abrazó y se quedaron así durante el resto del día y la noche. De nuevo, Annie vio a Finnick disolverse. Quería gritarle que volviese, pero las palabras no salían de su boca. Estaba atada a un poste mientras él se hundía en la oscuridad en pequeños granos de arena. Despertó sin aire en los pulmones.
Plutarch las llamó cuando el sol, con una luz tenue y gris empezaba a entrar por la ventana. Johanna la cogió de la mano y siguieron a Plutarch por un inmenso pasillo lleno de decoración. Annie arrastraba los pies mecánicamente, como una autómata. No le importaba hacia dónde la estuviesen dirigiendo. Lo único que quería era regresar a su habitación, esconderse bajo las sábanas y gritar.
Entraron en una inmensa sala. Coin estaba sentada al frente, con un imponente traje oscuro. Peeta  movía las manos nervioso frente a ella, sentado junto a Haymitch, que parecía no enterarse muy bien de la situación. Beetee también se encontraba en la sala, con la mirada clavada en la mesa a través de las gafas y, junto a él, Enobaria, mordiéndose el labio con los dientes afilados. Annie se sentó junto a Johanna, dejando un sitio entre ella y Beetee. Katniss entró poco después, con el arco en la mano, y se sentó a su lado.
A pesar del maquillaje, la chica no tenía mucho mejor aspecto. El pelo se le había quemado, parte de su piel era un conjunto de colores rosados, y seguía teniendo en la cara una constante mueca de dolor. Annie apartó la mirada. También Katniss Everdeen había perdido lo más importante en esa guerra.
Comenzaron a hablar. A su alrededor, todo era difuso. Gente discutiendo, moviéndose, silencio. Annie bajó la cabeza. Si Finnick hubiese estado allí, ella podría haberse sostenido a él, mirarlo, saber que Panem era libre y que todo iba a salir bien. Volverían al 4, criarían a su hijo y se darían la felicidad que merecían.
Pero él no estaba allí. Y ella no sería feliz de nuevo sin él.
-        … propuesto que, en vez de eliminar a toda la población del Capitolio, tengamos unos últimos Juegos del Hambre simbólicos con los niños relacionados directamente con los que ostentaban el poder.
El estómago de Annie se contrajo. Imaginó a su hijo en la Arena, un chico sin cara, corriendo por una selva similar a la del Vasallaje. Se lo imaginó muriendo. Gimió.
-        ¿Qué? – gritó Johanna.
-        Que tengamos otros Juegos del Hambre usando a los niños del Capitolio – aclaró Coin.
-        ¿Estás de broma? – inquirió Peeta, con la voz ronca.
Empezaron a discutir. Annie se puso una mano en la barriga. Habían luchado por disolver los Juegos. Por un Panem libre y unido. Finnick había muerto por eso, por evitar más masacres de niños televisadas. No podían simplemente tirar todo eso por la borda.
-        ¡No! – explotó Peeta, levantándose de la silla -. ¡Voto que no, por supuesto! ¡No podemos tener otros Juegos del Hambre!
Johanna, con el ceño fruncido, se irguió, encarando al chico.
-        ¿Por qué no? A mí me parece justo, y Snow tiene una nieta, encima. Yo voto que sí.
Annie miró a Johanna, a quien los Juegos le habían quitado todo. Johanna, que estaba llena de rabia. Pero esos niños no tenían la culpa de las atrocidades de sus padres. No podían culparlos.
-        Y yo – añadió Enobaria, con desgana -. Que prueben su propia medicina.
-        ¡Por esto nos rebelamos! ¿Recordáis? – continuó Peeta, nervioso. Al ver que nadie lo apoyaba, se volvió hacia ella -. ¿Annie?
La chica clavó la mirada en su barriga. No podía condenar a más niños, independientemente de quiénes fuesen sus padres, independientemente de lo que hubiesen hecho o de lo que le hubiesen quitado. No podía pensar en niños como su hijo aún no nacido o como Emer, vestidos con mejores ropas, caminando hacia un escenario mientras gritaban sus nombres como Radis había hecho. No sería partícipe. Y Finnick tampoco lo hubiese sido.
-        Yo voto que no, como Peeta – murmuró -. Y lo mismo habría votado Finnick de estar aquí.
Johanna la cogió por la muñeca, girándola hacia ella.
-        Pero no está porque los mutos de Snow lo mataron.
Annie tragó saliva. Había pedido saber cómo murió, pero prefería no haberlo hecho. Las pesadillas habían sido peores desde entonces.
-        No – dijo Beetee -. Sentaría un precedente. Tenemos que dejar de vernos como enemigos. Llegados a este punto, la unidad es esencial para sobrevivir. No.
-        Solo quedan Katniss y Haymitch.
Annie miró a Katniss, que parecía de nuevo al borde del llanto. La chica clavó los ojos en Coin. Annie pensó en la pequeña Prim, sonriendo mientras le decía que estaba embarazada. Supo la respuesta de Katniss antes de que ella la pronuciase.
-        Yo voto que sí… Por Prim.
-        Haymitch, depende de ti.
Cuando el hombre estuvo de acuerdo con el Sinsajo, Coin dio por concluida la sesión. Annie se levantó con pesadez, seguida muy de cerca por Johanna.
-        No me puedo creer lo que has hecho – susurró, con las manos aún en el estómago.
-        ¿No te parece justo? ¿La vida de Finnick por la de uno de esos niños?
Annie se giró, sintiendo que la cabeza le daba vueltas.
-        ¿Nos lo devolverán, Jo? ¿Va a volver Finnick si muere la nieta de Snow?
Johanna frunció los labios en una fina línea y se marchó pasillo abajo. Annie se dejó caer, apoyando la cabeza en la pared. De repente, una mano se colocó sobre su hombro y, cuando abrió los ojos, la mirada azul de Peeta estaba frente a ella.
-        Vamos – dijo, levantándola.
La acompañó hasta la terraza presidencial, frente al Círculo de la Ciudad, una inmensa plaza abarrotada. Peeta la dejó al borde del estrado, junto a Beetee. Johanna estaba unos metros más allá, cruzada de brazos, pensativa. Annie se apartó el pelo de la cara y esperó.
Katniss fue la primera en aparecer, con el arco en la mano y una sola flecha. Snow salió poco después, magullado y abucheado por la multitud, que no dudó en gritar todo lo que no habían gritado en años. Annie se tapó los oídos. Katniss apuntó al presidente con el arco, justo al corazón. En sus ojos estaban reflejados el dolor y la rabia. La chica tensó la cuerda y, cuando llegó el segundo de disparar, desplazó la flecha hasta el balcón, unos metros por encima, y la soltó.
Coin cayó al suelo, muerta.
Annie miró el cadáver. Alguien tiró de ella, pero nunca llegó a ver su cara. Solo sintió una mano suave rozarle la mejilla antes de que el mundo se desvaneciera. Antes de desaparecer, miró el cielo gris y vio copos de nieve caer sobre ella. Fría.