viernes, 25 de julio de 2014

Skins. 'Que le jodan' (Parte III).


-      ¿Se puede saber qué pasó contigo anoche?
Naomi se colocó el móvil con torpeza en la oreja.
Había despertado casi al medio día en la cama de Nicholas Winston, con un impresionante dolor de cabeza y un dolor muscular que le impedía prácticamente moverse de la cama. Estaba completamente desnuda, con la parte interna de los músculos cubierta de sangre y chupetones repartidos por su cuerpo que la hacían sentirse sucia. Nicholas estaba a su lado, dormido, con la boca abierta y el pelo revuelto. Naomi se había despertado con dificultad y se había metido en la ducha, eliminando la sangre y el sudor de su cuerpo. Comprobando que Nick seguía dormido, se había vestido y se había marchado de esa casa.
Su madre le había echado la bronca de su vida cuando llegó. Naomi la había aguantado toda con la cabeza gacha, mirando al suelo, asintiendo cuando tenía que asentir y negando cuando tenía que negar. Después de más de cuarenta minutos, Gina Campbell la había mandado a la habitación y ella había obedecido, aceptando también el castigo: el resto del curso sin salir de casa.
Solo la llamada de Jonathan la había sacado del sueño en el que se había pasado el resto del día.
-      ¿Hola? ¿Está ahí la chica que desapareció en mitad de un baile, completamente drogada, y que da señales de vida casi veinticuatro horas después?
-      Qué quieres, Jonny…
-      Que me cuentes – continuó el chico -. ¿Sigues siendo un cáliz no profanado y puro o te profanaron bien?
La imagen de Nick sobre ella apareció en su mente y sintió ganas de vomitar.
-      Pasó algo.
-      ¡OH, DIOS MÍO! ¡Quiero detalles! Quién fue, dónde, qué te hizo, cómo te sentiste…
-      Jonny.
¿Cómo decirle a su mejor amigo que había perdido la virginidad con el tío con el que éste llevaba un año planeando sacar a la fuerza del armario?
-      No me acuerdo de casi nada – mintió, sujetándose la cabeza con la mano libre.
-      ¿Ni de quién era?
Naomi se mordió el interior de la mejilla.
-      No.
-      Vaya primicia de mierda, Campbell. Tener amigos para que olviden la primera vez que follan, vaya desgracia.
Naomi cerró los ojos.
Recordaba los labios de Emily. El beso. La cara que la chica había puesto cuando se separaron. Y recordaba que le habían gustado más esos segundos que la noche que había pasado con Nicholas Winston.
-      Pasó algo, Jonny – susurró.
-      ¿Algo interesante?
-      Besé a una chica – admitió, soltando todo el aire.
-      Bueno, no es algo interesante. He visto más besos entre chicas heteros que entre lesbianas…
-      Me gustó. Demasiado.
Silencio al otro lado de la línea. Naomi soltó el teléfono sobre la cama, sintiendo cómo una lágrima se deslizaba por su mejilla, solitaria y fría. La que iba ser una noche épica había acabado siendo un desastre, un completo error, desde que había empezado hasta que había despertado en aquella cama, sintiéndose sucia y desastrosa. Había tomado drogas después de jurar que no lo haría, había dejado que Emily Fitch la besase y había perdido su virginidad con un tío que apenas conocía, traicionando a su amigo Jonathan, que estaba completamente enamorado de él. Por no hablar de que había decepcionado a su madre de mil y una formas, y todo ello en una noche.
-      ¿Te puso cachonda una chica y te follaste a un tío? Chica, tú no estás en una acera u otra, estás en medio de la carretera buscando que te atropellen.
Naomi recogió el teléfono, quitándose las lágrimas de la cara.
-      Quizás ya me han atropellado, Jonathan.
El chico se quedó callado al otro lado del teléfono. Naomi casi podía ver su cara de preocupación, con el teléfono colocado en la oreja.
-      Paso a buscarte.
Naomi se levantó bruscamente, sintiendo de inmediato el dolor de cabeza por la inmensa resaca que no la dejaba en paz. Todo comenzó a tambalearse a su alrededor, pero seguía aferrada al teléfono como si fuese lo único estable que quedaba en su vida.
-      No – respondió.
-      Naomi, necesitas un consejo de amigo gay. Por suerte, tienes uno, así que…
-      No, Jonathan – No sabía cómo iba a poder mirar a su amigo después de lo que le había hecho, pero esperaba tener más tiempo que veinticuatro horas para pensarlo -. No… no estoy para ver a nadie.
Jonathan suspiró.
-      Está bien, me rindo – Naomi soltó el aire que sin querer había estado conteniendo -. Hazme saber cuándo me necesitas, ¿está bien?
Naomi esperó a que fuese Jonathan el que colgase y, cuando lo hizo, se tumbó en la cama, con el teléfono al lado de la cabeza sobre la almohada.
Cuando se había mudado a Bristol, se había sentido inmensamente sola. Su madre había entrado en un bucle que, tres años después, aún continuaba y que Naomi había empezado a llamar autodestructor. No era simplemente que ella y su madre vivieran más de la marihuana que esta vendía ilegalmente que del trabajo de Gina Campbell. Naomi siempre había tenido la sensación de que, al marcharse, su padre se había llevado lo único que sustentaba a la familia, y no, no era solo el dinero, sino la roca sobre la que se asentaba. Y lo odiaba por eso, se había obligado a odiarlo. Haberse mudado a Bristol había provocado que una joven Naomi se refugiase en una pequeña burbuja esperando a que alguien entrase en ella. Por eso había sido tan gratificante cuando Emily Fitch se había atrevido a atravesarla.
La sensación ahora era completamente igual y completamente distinta al mismo tiempo. Sabía que tenía a Jonathan, a Emily incluso. Pero no era lo suficientemente valiente como para enfrentarse a uno u otro. Todo lo que tenía que contar, todo lo que necesitaba echar fuera no podía depositarlo en la persona con la que más confianza tenía o en la persona con la que le gustaría tenerla. No estaba sola, pero se sentía completamente así.
De repente sonó el teléfono. Naomi se giró con desgana, poniendo el manos libres. Ni siquiera le apetecía sostenerlo.
-      Hola.
Reconocía esa voz. Y por nada del mundo quería escucharla en ese momento.
-      Hola.
Emily se quedó en silencio. Naomi recogió el teléfono, poniéndoselo sobre el pecho, que subía y bajaba, agitado.
-      Escucha – comenzó Emily -, anoche… tomé el éxtasis y confundí cosas. Lo siento.
Naomi tragó saliva.
-      ¿Cómo has conseguido mi número?
-      Me… me lo diste tú – dijo la chica, bajando la voz -. Yo tampoco lo recordaba hasta que lo he visto en mi mano.
Naomi cerró los ojos, inspirando con fuerza. Sentía una fuerte presión en el pecho, y no era solo el peso del teléfono.
-      Lo siento, de verdad – repitió Emily.
Yo no.
Una puerta abriéndose sonó al otro lado del teléfono. Emily escupió un mierda antes de que Katie Fitch comenzase a gritar.
-      ¿Te ha llamado ella? – preguntó. Naomi escuchó cómo la gemela le arrancaba el teléfono de las manos -. Escucha. No arrastres a mi hermana a tus mierdas, ¿estamos?
-      Katie…
-      Ella no es como tú. Si necesitas una puta bollera, busca a otra. Ella no está en el mercado.
-      ¡Kat..!
El teléfono se colgó en mitad de la frase. Naomi lanzó el teléfono contra la cama, sintiendo la rabia correr por su cuerpo al mismo tiempo que su sangre. No era solo que Katie Fitch le hubiese echado mierdas como si ella tuviese la culpa de algo, como si haber besado a Emily hubiese sido peor para ella que para la propia Naomi. Era que odiaba que Emily no reaccionase frente a su hermana, que se hubiese limitado a llamarla. Que no la hubiese defendido, que no hubiese sido valiente para decir que había sido ella la que había besado a Naomi. Naomi entendía que tuviese miedo de aceptar que le había gustado, si es que lo había hecho. Ella también lo tenía, estaba aterrada. Más de lo que había estado nunca. Pero estaba aún más rabiosa. No había acabado de sentirse así cuando el teléfono sonó de nuevo.
-      Lo siento, Katie…
-      No te vuelvas a acercar a mí – escupió Naomi, sujetando el teléfono con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
-      Pero…
-      No soy una puta lesbiana. Y si lo fuera, no serías la persona a la que besaría.
-      Yo… - Emily parecía completamente desconcertada al otro lado de la línea.
Naomi sentía un nudo en el estómago, un nudo que la impulsaba a parar de hablar, disculparse y colgar el teléfono. Pero la rabia hablaba por ella, la rabia y el terror.
-      A lo mejor deberías decirle a la puta loca de tu hermana que eres tú la que me has arrastrado a tus mierdas.
-      Naomi…
Le gustaba. Le gustaba cómo sonaba su voz cuando pronunciaba su nombre, incluso cuando temblaba. Le gustaba cómo lo hacía terminar.
-      Se acabó.
El dedo de Naomi se deslizó hacia el botón de colgar y pulsó con fuerza.
No serías la persona a la que besaría.
Eres tú la que me has arrastrado a tus mierdas.
Se acabó.
Naomi cerró los ojos de nuevo. El dolor de cabeza había aumentado hasta límites que creía inalcanzables. La voz de Katie Fitch se había instalado en sus oídos como un pitido constante y molesto que ahogaba la voz temblorosa de Emily susurrando su nombre.
Naomi escuchó a su madre entrar en la habitación y decir algo, pero no la escuchó, o quizá no quería prestarle atención. ¿La perdonaría Emily alguna vez por las cosas que había dicho? ¿Quería ella que la perdonase? ¿Serían ellas tan atrevidas como para volver a dirigirse la palabra? Naomi se colocó el brazo sobre los ojos, sintiendo las lágrimas calientes sobre la piel desnuda, inflamada allí donde Nicholas Winston la había besado con más fuerza.
Con todo lo que tenía en la cabeza, ni siquiera se había detenido a pensar en que había perdido su virginidad con un tío al que casi no conocía y en un estado en que podría haber abusado de ella todo lo que hubiese querido. Ella no era así, no era esa clase de persona. ¿Cómo había cambiado tanto en una sola noche?
Fueron las drogas, las putas drogas.
Pero no habían sido las drogas, no podía pasarse la vida culpándolas. Había sido ella. Ella había querido besar a Emily Fitch, ella había querido acostarse con Nick movida por el miedo, la furia que le causaba haber besado a una chica y haber sentido algo. Ella había elegido traicionar a su mejor amigo. Y ella había decidido tirar por la borda cualquier posibilidad de amistad con Emily, a pesar de que ella había llamado para disculparse.
Había perdido la oportunidad de llegar hasta ella.  
Naomi se golpeó las mejillas. No se sentía como una mierda, se sentía en un nivel más allá.
-      Naoms.
Naomi abrió los ojos. Su madre estaba en la puerta. Llevaba un batín que le dejaba al descubierto medio pezón y el pelo enredado, además de un porro entre los labios. La chica tiró un cojín hacia la puerta, girándose para que su madre no le viese la cara.
-      ¿Es que nadie puede tener una resaca tranquila en esta puta casa?
-      Tienes visita.
La muchacha se giró, haciendo una mueca.
-      No, no la tengo.
-      Mira, cariño. Si quieres darle calabazas al pobre, díselo tú. No hay nada más patético que tu madre medio desnuda diciéndole que no quieres nada más.
-      Pues escóndete la teta y… - Naomi frenó en seco, levantándose de la cama. Estuvo tentada a echarse de nuevo debido al potente dolor de cabeza -. Espera. ¿Quién está abajo?
Gina sonrió, colocándose de nuevo el batín.
-      Moreno, alto, cachas. Tiene la nariz un poco grande, pero es guapo.
Nicholas Winston. En su casa. ¿Cómo mierdas sabía Nicholas Winston dónde vivía? Primero Emily con el teléfono, ahora Nick con su casa… ¿a quién más había dado sus datos personales?
Naomi se rascó los ojos y volvió a tumbarse.
-      Que se vaya.
La puerta de su habitación se cerró. Naomi lanzó el teléfono a la mesilla, sin preocuparse dónde caía. Así sentía a Emily aún más lejos y, al menos, podía dormir tranquila.
De repente, la puerta se volvió a abrir.
-      Mamá, te he dicho que le mandes a la puta mierda…
-      Oh, educada. Me gusta.
Naomi se giró de repente. Nicholas estaba apoyado en la puerta, con una media sonrisa en los labios. A Naomi nunca le había parecido especialmente guapo. Tenía la nariz grande, la mandíbula muy cuadrada y los ojos demasiado juntos, pero entendía que tuviese a las chicas (y a los chicos como Jonathan) locas. Tenía un atractivo natural, como esa clase de personas que nacen para ligar.
-      ¿Qué mierdas haces aquí?
Nicholas se acercó, sentándose en el borde de la cama, tan cerca que Naomi podía ver los músculos marcarse bajo su camiseta de fútbol, con el dorsal 10. Sin embargo, la chica recogió los pies. ¿Y ella había perdido la virginidad con él?
-      Bueno, esta mañana podíamos haber tomado el desayuno juntos, pero me has dejado plantado. Ha sido decepcionante.
Nicholas sonrió, girándose.
-      Solo venía a disculparme.
Otra disculpa.
-      ¿Disculparte…? – Naomi sentía la cara pesada, como si le costase incluso pestañear.
-      Por lo de anoche. Había sangre en las sábanas y bueno… lo siento si fui muy brusco.
Naomi tragó saliva. Viniendo de Nicholas Winston, esa disculpa era casi como un halago, y valía oro.
-      Bueno, gracias.
Nick sonrió de nuevo, acariciándose las manos. Incluso después de haber demostrado que no era un completo gilipollas, Naomi seguía sin creerse que él hubiese sido su primera vez.
-      Y bueno, por lo de las drogas y eso también lo siento. Y si quieres volver a quedar, pues… - Nick se metió dos dedos en el bolsillo del pantalón, sacando una servilleta doblada por la mitad – pues estoy disponible.
Naomi recogió el papel con los dedos, sin dejar de mirarlo. Sus labios no brillaban, parecían secos, como sin vida, a pesar de que el chico le estaba dedicando una media sonrisa.
Nicholas se acercó, cogiéndole la mano.
-      No soy un cabrón, de verdad. Si te hice daño anoche, lo siento. Nunca había… bueno, desvirgado a una pava.
Naomi miró hacia el teléfono, tirado encima de la mesa. Que le jodan, había dicho Emily al comenzar la noche. Miró a Nicholas frente a ella, casi nervioso, y se inclinó para darle un beso en la mejilla.
-      No, no eres tan cabrón.
De repente, el chico alargó el cuerpo hacia ella y la besó, sujetándole la cabeza con las dos manos. El dulzor de su boca le recordó a Emily y a las pestañas con nieve, a los labios brillantes y a su tono de voz al pronunciar su nombre. Nunca antes se lo había oído.
Nick comenzó a quitarle la camisa, pero Naomi ya no estaba allí. Estaba tres años atrás, en la nieve, frente al colegio. Y una niña alargaba la mano hacia el ojo de la otra para quitarle un copo de nieve. Y ambas sonreían.
Y fue bonito. 


jueves, 24 de julio de 2014

Skins. 'Copos de nieve' (Parte II).


Tres años antes.

Naomi se encogió de hombros. La profesora la miraba por encima de las gafas, con las manos colocadas a ambos lados de la cadera, mirándola fijamente mientras esperaba la respuesta. 
-      Vamos, señorita Campbell. Dimos esto la semana pasada.
Naomi se miró las manos, mordiéndose el labio inferior. El haber llegado nueva al colegio tampoco contribuía a que sus nervios disminuyesen. Sentía las manos levantadas a su alrededor, con la respuesta en la punta de la lengua, mientras ella estaba atravesando un infierno para averiguarla.
-      No… no sé – respondió, soltando todo el aire.
-      Siéntese – suspiró Mrs. Smith, anotando algo en su libreta amarilla.
El timbre sonó sobre sus cabezas. Naomi se levantó guardando los libros en su vieja y descolorida mochila llena de chapas y adornos que había ido guardando a lo largo del tiempo. Los alumnos pasaban en grupos a su lado, desternillándose de risa o quejándose por los deberes. Pero nadie se detenía a susurrarle la respuesta o a decirle que no pasaba nada, que estaba bien, que todo el mundo tenía un fallo. Nadie nunca se detenía.
Hasta ese día.
-      Mil cuatrocientos noventa y dos.
Naomi se giró de golpe. Frente a ella estaba una niña muy bajita, con el pelo castaño oscuro. Dos enormes ojos oscuros adornaban su cara, en contraste con lo diminutos que eran sus labios.
-      Yo tampoco lo recordaba, si te sirve – admitió la chica, tendiéndole la mano -. Emily.
Naomi la miró fijamente. Emily tenía la clase de expresión que te hace confiar en esa persona. Dulce, el tipo de rostro que imaginas en una buena persona. Naomi sonrió, por primera vez desde que había empezado las clases en ese nuevo colegio.
-      ¿Emily?
Ambas se giraron. Una niña idéntica a Emily corría hacia ellas, con un bolso que golpeaba su cadera. Naomi levantó las cejas, mirándola de arriba abajo. Si Emily parecía alguien de confianza sin conocerla, su idéntica parecía alguien capaz de juzgarte solo viendo tus calcetines. La niña llegó hasta ellas y, dedicándole a Naomi una sonrisa falsa, tiró de su gemela, arrastrándola pasillo abajo.
Naomi cerró su mochila casi con furia. Cuando sus padres se habían divorciado, a ella no le había parecido mal. Podría pasar un mes en casa de cada uno, yendo al mismo colegio, saliendo con los mismos amigos. Su vida no tenía por qué cambiar drásticamente. Pero su padre había desaparecido de sus vidas, sin dejar una dirección o una carta a la que aferrarse, como si la tierra se lo hubiese tragado. Su madre no podía mantener la vida que llevaban antes, la casa, el coche, el colegio de Naomi. Así que había vendido los dos primeros y se había marchado a Bristol, donde había conseguido una casa mucho más modesta, una bicicleta y un colegio mil veces más barato y asequible para su hija, que lo había aceptado todo a regañadientes. Sin embargo, que lo aceptase no quería decir que lo estuviese disfrutando.
Había dejado a sus amigos en Londres, aunque hablase con algunos de ellos casi constantemente. Y hacer nuevos amigos en Bristol la hacía sentirse como si hubiese regresado a la guardería y tuviese que empezar de cero.
Y justo cuando alguien se había acercado, se había atrevido a hablar a la niña nueva, había aparecido una hermana gemela que era todo lo contrario a ella para alejarla. Y eso le parecía tremendamente injusto.
Naomi salió del colegio, sintiendo la mochila golpearle la parte baja de la espalda. Fuera nevaba, pero no eran copos grandes, sino esa clase de copos que caen sobre tu piel y se deshacen con el simple calor corporal. Apenas se había cuajado, pero el suelo estaba cubierto por una fina capa de hielo.
-      ¡Hey!
La niña se giró. Emily corría tras ella, con una enorme mochila azul dando tumbos en su espalda. De repente, uno de los pies de la chica resbaló y Emily cayó sobre su mochila, soltando un pequeño grito. Naomi caminó hacia ella, casi patinando.
-      ¿Estás bien? – preguntó mientras la ayudaba a levantarse.
Emily asintió colocándose de nuevo el gorro rosa que llevaba sobre la cabeza.
-      Perdona por lo de antes – dijo, mirándose los pantalones mojados -. Mi hermana a veces puede ser un incordio.
-      No hace falta que lo jures – Naomi sonrió, sintiendo las mejillas congeladas por el frío -. Naomi, por cierto.
Emily le devolvió la sonrisa. Las mejillas y la nariz de la chica estaban enrojecidas por el frío.
-      Ya, ya lo sé.
Naomi sintió cómo su cara entraba de repente en calor. Emily no apartaba la mirada ni borraba la pequeña sonrisa que sus labios habían dibujado en su cara.
-      ¿Ibas a casa? – preguntó Naomi, subiéndose la bufanda hasta la nariz para ocultar su timidez.
-      Tendría que esperar a mi hermana, pero está ocupada con… bueno.
Naomi miró a Emily. Un diminuto copo había caído en las pestañas de su ojo derecho y amenazaba con no derretirse. Naomi sintió un irrefrenable deseo de alargar la mano y quitárselo, pero no podía ir por la vida acariciándole el ojo a gente que acababa de conocer. Se obligó a guardar la mano en el bolsillo del abrigo.
-      ¿Vamos? – preguntó Emily, empezando a andar.
Naomi la siguió, colocándose a su lado hasta que sus hombros chocaban.
-      ¿Eres de aquí, de Bristol? – preguntó Emily, golpeando el suelo con sus zapatos verdes.
-      Londres – respondió Naomi -. Pero ahora estoy aquí con mi madre. Nos acabamos de mudar.
-      ¿Por qué?
La niña guardó silencio. ¿Cómo contarle a una niña que acababa de conocer y que amenazaba con convertirse en su única amiga en aquella ciudad tan diminuta comparada con Londres que su padre las había abandonado llevándose con él la vida que habían tenido siempre?
-      Trabajo. Mi madre, ella… Bueno, ha tenido, hemos tenido que mudarnos.
-      Mi padre tiene como una cadena de gimnasios aquí, en Bristol. Pero mamá tiene un trabajo como más serio. No sé exactamente que es, pero también viaja mucho.
Naomi escuchaba a Emily con una atención que le había prestado a muy poca gente en sus doce años. Le gustaba escucharla hablar. Le gustaba lo mucho que usaba la palabra ‘como’. La hacía sentirse bien tener a alguien a su lado que no la trataba como si fuese un extraterrestre.
Mientras andaban, Naomi descubrió que la hermana de Emily, Katie, era una niña engreída y superficial, la favorita de su madre. Emily sentía que ella nunca era suficientemente buena para su madre, mientras que Katie lo era demasiado. Sin embargo, no lo decía con envidia, sino como un hecho. Y eso le gustaba. La sinceridad con la que contaba las cosas, como si no le disgustase el hecho de querer ser tan trasparente como el agua.
-      ¿Qué hay de ti? ¿Tienes hermanos?
-      No, no… Creo que mi madre ya tiene bastante conmigo.
-      Claro, eres como… demasiado diva, ¿no, Naomi Campbell?
Naomi soltó una carcajada a la que Emily no tardó en unirse.
-      Si supieses las veces que he tenido que soportar bromas de ese tipo, no las harías.
Emily alargó un dedo desnudo hacia su cara, pasándoselo por la mejilla. Naomi se alejó, sonriendo, pero la niña parecía triste, mirándose el dedo.
-      Vaya, que pena. No es maquillaje.
Naomi la empujó levemente con el hombro, riendo de nuevo. No se sentía en Londres, pero se sentía bien. Cómoda. Y eso ya era algo.
-      Tengo que irme – dijo de repente Emily, parándose en seco -. Vivo en esta calle.
-      Oh – Naomi bajó la mirada hacia el suelo, mirándose las gastadas zapatillas Converse que su padre le había comprado antes de cambiar su vida -. Vale. Nos vemos mañana entonces.
-      Sí, genial.
Emily le dedicó una sonrisa sincera, de esa clase de sonrisas que te demuestran que esa persona merece la pena. Naomi se la devolvió, por detrás de la bufanda. Las pestañas de la niña se habían cubierto de copos de nieve.
Justo en ese momento, cuando ambas se giraban para seguir caminos opuestos, Naomi chocó contra algo. O mejor dicho, alguien, como demostró el grito que pronunció Katie antes de caer al suelo.
-      Perdona, lo… lo siento – se disculpó Naomi, extendiendo la mano por segunda vez en la misma tarde.
Katie la miró con odio desde el suelo, levantándose sin cogerle la mano, y empezó a gritarle a su hermana en un idioma extraño, parecido al japonés. Naomi levantó las cejas, extrañada. Emily no había mencionado nada de que supiese hablar otros idiomas con total fluidez.
Katie corrió hacia Emily y la arrastró por la calle, tirando de su pequeña mano. Emily solo miró hacia atrás una vez, dedicándole a Naomi una mirada de disculpa, para dejarse llevar mientras le contestaba a su hermana en el mismo idioma.
Cuando Naomi llegó a casa, lo primero que percibió fue el olor, el fuerte olor de la marihuana cultivada que su madre fumaba antes de que ella llegase de clase. Naomi dejó la mochila en la entrada y se dirigió a la cocina, que estaba llena de humo. Junto a su madre había un hombre con barba, sin camiseta, que fumaba con los pies sobre la mesa. Naomi le miró los pies con asco, antes de dirigirse hacia su madre.
-      ¿Mamá?
-      Sube a hacer los deberes, cariño. Luego hablamos.
El hombre barbudo soltó una carcajada.
-      ¿Por qué no se queda y le das uno también?
Gina Campbell estalló en risas, golpeando a su compañero con el puño en el pecho.
-      No seas gilipollas, es una niña.
Naomi puso los ojos en blanco y subió a su habitación. Sin embargo, no se preocupó por los deberes, o por estudiar, como habría hecho normalmente, sino que se tumbó en la cama y cerró los ojos.
Le gustaba Emily. Se imaginaba yendo juntas al parque a comer helado en verano, o haciendo carreras de bicis por el puerto. Sabía que podían ser buenas amigas. No le aburría escucharla hablar, ni le molestaba su tono de voz. Además, era la única persona que se había atrevido a hablarla, a pesar de ser el bicho raro de la clase.
Le gustaba Emily Fitch.
Sin embargo, esa sería la última vez que hablaría con ella.
Hasta tres años más tarde.