domingo, 27 de julio de 2014

Las ventajas de ser un marginado. 'Love Always'.


Querido amigo:

La vida da muchas vueltas. Es algo que he podido comprobar a lo largo de mis años, numerosas veces, como un eterno patrón repetitivo. Recuerdo que alguien una vez me comparó la vida con una rueda, y en ese momento pensé que se estaba burlando de mí, pero ahora me doy cuenta de que es verdad. Tenía razón. Pisamos sobre ya pisado, rozamos los mismos baches una y otra vez, pero ese es el encanto de estar vivo, el encanto de ser humano. Equivocarse y creer aprender hasta que te equivocas de nuevo.
Sí, la vida da muchas vueltas. Un día vas en la parte de atrás de una furgoneta, escuchando una canción que te parece perfecta para un momento perfecto, y, aunque sientes que te queda toda la vida por delante, podrías quedarte en ese segundo para siempre, durante un tiempo eterno, infinito. Y, casi veinte años después, escuchas la misma canción mientras conduces tu coche nuevo, con la máquina de escribir apoyada en el asiento vacío del copiloto, y te das cuenta de que ha pasado el tiempo y tú, al igual que el resto de tu vida, has cambiado, aunque ese chico, infinito adolescente, creyó que seguiría siendo el mismo durante mucho tiempo.
Cumplí mi sueño. Escribí. He escrito varios libros durante estos años, libros en los que no solo podía meterme en la piel del personaje, sino que era el personaje. Yo lo manejaba. Yo decidía sus decisiones. He descubierto que un escritor no es el que escribe, sino el que te lleva en un descapotable de páginas llenas de tinta a mundos en los que los niños corren descalzos por calles empedradas o jóvenes trovadores cantan bajo la ventana de doncellas en busca de amor. El escritor no es el que escribe, sino el que crea. Cualquiera puede escribir, pero no cualquiera puede ser escritor. Espero serlo yo. Y espero que leer que escribo te haga sentir tan orgulloso como yo lo estoy de mí mismo.
Nunca pensé que llegaría a estar tan orgulloso de mí que podría explotar y todo lo que saldría de mí sería eso, orgullo, satisfacción, alegría. Pero lo estoy. Lo estoy de verdad.
¿Por qué escribo de nuevo?
En mi última carta te dije que no podía decidir de dónde venía, pero sí hacia dónde quería ir. Y lo sabía. En ese momento sabía que quería salir, correr, vivir, montarme en la parte de atrás de furgonetas y gritar lo infinito que me sentía. Quería amar. Pero todo eso no es un lugar. Me recuerdo confuso. Amé, viví. Me gradué con unas notas que sorprendieron, a mí el primero, y después a mis padres. Sam venía a visitarme casi cada fin de semana, con locas historias sobre su vida de universitaria, y yo escuché todas y cada una de sus palabras. Continuamos siendo amigos. Patrick, Sam y yo. No me avergüenza decir que mi último año de instituto fue peor que el año que conocí a Sam y a Patrick. Las fiestas, el alcohol, las drogas. Las chicas. Y me arrepiento de muchas de las cosas que hice entonces.
He oído a mucha gente decir que debes vivir tu vida sin arrepentirte de nada de lo que has hecho en el pasado, pero eso es una tontería. Arrepentirse es humano. ¿Dónde está sino el aprendizaje? ¿Dónde queda? Arrepentirse es sano, tanto como una de esas infinitas dietas saludables que mi hermana sigue haciendo. Así que sí, me arrepiento de muchas de las cosas que hice con dieciocho años. Y con dieciséis. Y con quince. Pero durante esos años también viví algunas de las mejores experiencias de m vida. Y esas no las cambio.
La vida no se detiene, sigue su curso, pero los recuerdos permanecen, y quizá sean lo único que nos ancla a quiénes éramos. Una vez que creces, que pasas las treintena, miras atrás y te preguntas dónde quedó el niño que disfrutaba con las cosas más nimias. Dónde está. Por qué ya no disfrutas leyendo los libros que leías entonces, por qué ya no te ilusionas igual. Y te da pena y lástima de ti mismo, pero qué más da, estás madurando. Eres adulto y sientes pasión por otras cosas. Pero no es comparable, y es una lástima.
Pero un día, repito, escuchas una canción. La primera nota. Y un escalofrío te recorre el cuerpo. Y de repente, ya no llevas traje y corbata. No acabas de regresar de una entrevista con una editorial que está barajando publicar tu próximo libro. No tienes barba en las mejillas y las primeras arrugas alrededor de los ojos. Un anillo no adorna tu dedo.
De repente, vuelves a tener quince años y acabas de beber tu primera copa. Vuelves a tener quince años y sientes la brisa en tu cara suave, el aire nocturno azotarte la cara. Subes el volumen de la música y las notas llenan el coche, salvo que ya no estás en ese coche, sino años atrás, en una furgoneta azul, gritando.
Quizá ese recuerdo fuese la razón por la que cogí papel y bolígrafo y empecé a escribirte de nuevo. Y me gustaría contártelo todo. Contarte cómo está Sam, cómo está Patrick. Mi antiguo profesor, Bill. Me gustaría, de verdad. Y también me gustaría hablarte de mí. De cómo estoy. Y de cómo las cosas, al final, acabaron bien para todos.
Fui al psicólogo el resto de años del instituto, hasta que comprendí dónde estaba mi problema. No le guardo rencor a mi tía Helen, incluso después de entender lo que me hacía. Nunca la imaginé como alguien malvado, o alguien que buscaba aprovecharse del niño que era. Simplemente, creo que ella tuvo muy mala suerte en la vida. No era una mala persona, sino una buena persona a la que la vida había golpeado y le había hecho confundir cosas, entre ellas el cariño que me tenía con algo más. No voy a decir que ahora, con más de treinta años, entienda lo que hizo. Pero al menos, no la castigo.
En cuanto me gradué, empecé a escribir con la máquina que Sam y Patrick me habían regalado. Tocar las teclas, sentir mis historias fluir más allá de mis dedos, verlas recogidas en un papel, me hacía sentir completo. Así que, cuando acabé mi primer libro, no podía creérmelo. Tenía ahí, en mis manos, mi historia. Mis personajes. Yo mismo reflejado en esas letras. Yo era esa tinta.
Sam leyó mi primer borrador. Creo que le gustó, porque me instó a no dejar de escribir. Todo lo que Sam me decía eran halagos, tantos que dejé de creérmelos.
Es algo extraño. Un halago siempre está bien. A todo el mundo le gusta que le digan que está especialmente guapo o que escribe especialmente bien. El problema está en el momento en el que una persona te repite algo siempre. Empiezas a creer que es subjetivo, que es solo su opinión. Que para el resto, eres invisible. Empiezas a creer que lo que esa persona te dice es una completa mentira. Y no te lo crees. Incluso cuando otra persona te dice exactamente lo mismo. Para ti, esa construcción de frases aparece en tu mente rodeado con un gran círculo rojo que chilla ‘mentira’.
Eso me pasó con Sam. Me repetía constantemente que escribía tan bien que le había hecho llorar, que tenía un don. Pero nunca llegué a creérmelo. Quizá pensaba que Sam solo quería contentarme y no destruir mis sueños. Desconfié de su palabra. Así que le envié el manuscrito a Bill, que vivía en Nueva York con su novia.
La respuesta de Bill: ‘es maravilloso, Charlie. No sé si alguna editorial verá lo bueno que es o lo descartarán por no ser de su gusto, pero no dejes que eso te derrumbe. Es muy bueno. Es intenso. Y lo mejor es que se nota que es tuyo, porque formas parte de él. Nunca dejes de escribir, Charlie. Eres las historias que creas’.
Cuando dos opiniones te dicen lo mismo, empiezas a preguntarte si es cierto lo que dicen, pero sigue sin parecerte suficiente. Hay millones de personas en el mundo; dos de ellas pueden pensar igual, pero queda el resto del planeta que puede tener una opinión completamente distinta. Así que le envié mi libro a Patrick, a mi hermana, a mi hermano y a la novia de mi hermano. Todos me dijeron que era maravilloso.
Así que ignoré mi lógica pesimista y, sobre la crítica de seis de mis conocidos, envié el libro a siete editoriales distintas.
Ninguna de ellas lo aceptó.
No sé si alguna vez te has sentido así. Poner todas tus esperanzas en algo que crees que es maravilloso, que crees que es perfecto, tu mayor logro, y de repente estamparte contra una pared que te dice las tres palabras fatales: ‘NO. ES. SUFICIENTE’.
Yo llevaba la opinión de seis personas, más la mía propia. Sabía que era bueno. Bill había leído cosas maravillosas. Yo mismo he leído cosas maravillosas. Y mi libro no era una obra maestra, pero era bueno. Como comprenderás, el golpe fue destructivo.
Me negué a seguir escribiendo, a pesar de lo que todos de decían. Guardé mi máquina de escribir bajo cajas de zapatos, dejándola a merced del polvo.
Pero una visita de Sam lo cambió todo. Sacó la máquina del armario y la colocó sobre mis rodillas.
‘Escribe’, me pidió.
Me negué.
‘Escribe, Charlie’.
No.
‘ESCRIBE’.
Colocó mis dedos sobre las teclas de la máquina y presionó.
‘Eres mi mejor amigo’, escribimos. ‘Te quiero, y sé que eres bueno. Escribe’.
Me giré y la miré a los ojos, esos ojos que siempre me habían parecido preciosos. Supe que estaba siendo sincera. Supe que todo lo que me decía era cierto. Supe que solo tenía que apartar sus manos y dejar que mis dedos hiciesen el resto.
Así que escribí sobre sus ojos. Dos enormes lagunas de agua cristalina que el viento azotaba cuando reía. Dos estanques en calma cuando leía. Y dos trozos de océano en los cuáles se reflejaba la luna cuando escuchaba su canción favorita. Escribí sobre sus ojos, bajo su atenta mirada. No sé cómo eran sus ojos en aquel momento, pero no dejé de escribir.
Y se lo agradezco, veinte años más tarde.
Estoy casado. Y no es con Sam. Cada uno de nosotros hemos hecho nuestra vida por separado, pero seguimos siendo amigos. Mejores amigos. Seguimos quedando para tomar agrios cafés en el mismo sitio de siempre. Seguimos hablando casi diariamente. Los tres. Sam, Patrick y yo.
Cuando cumplí los veinticinco años, Sam y Patrick me hicieron una fiesta sorpresa en el sótano de la casa de los padres de Sam y Patrick. Ese sótano en el que tantas cosas viví. Fueron ellos los que se encargaron de todo, y les doy las gracias. Esa noche conocí a la que sería la mujer de mi vida y con la que compartiría algunos de los momentos más hermosos de toda ella. Su nombre es Alison y es preciosa. Ama leer. Ama leer mis historias. Podría hablar con ella durante horas y nunca cansarme de su voz, porque siempre es diferente su manera de contar las cosas. Sus rasgos cambian. Muchas veces se lo he dicho. Habla con la cara más que con la boca, y a mí me parece hermoso. Ella me dio mis primeras veces, y lo considero un regalo. Adora a mis amigos, adora a mi familia, y es recíproco. Y eso para mí es lo más importante.
Así que aquí estoy. Si tuviese que contarte toda mi vida, los veinte años que han pasado, te enviaría un manuscrito enorme. Pero todos hemos crecido, todos tenemos cosas más importantes por las que preocuparnos. Y está bien. Pero también es genial volver a tener quince años, y así es como me siento escribiendo ahora. No es la misma casa, no es la misma habitación y no es la misma mesa. Pero sigo siendo yo, y espero que tú sigas siendo tú.
No sé si alguna vez te llegaron mis cartas. Y tampoco sé si esta te llegará. De verdad espero que sí. Escribir me hace sentir bien, y mejor saber que alguien te lee. Pero escribir a alguien es diferente. Es querer llegar a un corazón en especial, es querer ahondar en una única persona. Y es mucho más difícil, pero el resultado es mucho más satisfactorio. Por eso espero que me leas.
Solo quiero que sepas que todo va bien. He vivido y sigo viviendo. He amado y sigo amando. He aprendido y sigo aprendiendo. Y no he olvidado el pasado. Sigue aquí, en mi cabeza. Y en las innumerables cartas que te envié. Quiero que sepas que mi cabeza está bien, que yo estoy bien, que todos estamos bien. Sam está preciosa, más cada día. Me gustaría que la vieses. Lleva el pelo más corto y viste más adulta, pero sigue siendo la misma Sam. Alocada, dispuesta a todo. Creo que es la única de todos que ha crecido por fuera pero no por dentro. Patrick trabaja en una agencia matrimonial y es experto en bodas gays. Por cierto, ahora tiene una relación mucho más seria con un chico que conoció en la universidad, que no se avergüenza de él y que le quiere. Y a mí me vale. Mi hermana ha tenido dos gemelos que son tan diferentes entre sí que asusta, pero es feliz. A veces, piensa en aquella vez que abortó y se arrepiente de haberlo hecho, pero como he dicho, somos humanos, y arrepentirse es parte del camino. Y mi hermana lo sabe. Ahora es feliz, y eso es fantástico. En cuanto a mi hermano, es una estrella del fútbol. Lleva ya sus años con la misma novia que ha tenido siempre y vive una vida modesta llena de pequeños caprichos. Como el coche nuevo que le acaba de regalar a su hermano pequeño.
Bill escribe críticas literarias en el New York Times. Alguna vez ha escrito algo sobre mis libros, y siempre le agradezco sus buenas palabras. No deja de ser mi profesor, mi maestro y un segundo padre para mí.
En cuanto a mí, bueno. Tengo una casa pequeña en la misma ciudad en la que nací. Me dedico a escribir y eso me hace feliz y hace feliz a mi familia. Alguien me dijo una vez que los libros no dan de comer, pero a mí y a los míos sí, y es maravilloso poder vivir de tu sueño. Alison es todo lo que podría desear, y no puedo pensar en una vida mejor que la que tengo ahora. Con todos los errores y arrepentimientos del pasado. Con todo lo que me queda por vivir. Con los días malos, con los días buenos.
Ahora te escribo como si estuviese escribiendo mi próximo libro, pero eres real. Tú no eres solo el personaje precioso y perfecto de un libro. No eres solo un ‘querido amigo’ escrito al principio de unas cartas, ni letras sobre el papel. No eres solo una creación. Eres un conjunto de personas, esparcidas por todo el mundo, que son como tú, como yo. Que se sienten perdidos, que desconocen y aprenden cosas, que sufren, que se enamoran, que tienen amigos, que los pierden, que se sienten marginados o que forman parte de algo. Eres todas esas personas.
Lo sabes todo de mí y yo no sé nada de ti aparte de tu dirección, que no sé si sigue siendo la tuya, pero eres más que eso. No sé si has llegado al final de esta carta o si la has tirado a la mitad. No sé siquiera si has llegado a leerla. En cualquier caso, está bien. Existes, eres real. Compartimos pasado y papel.
Espero que tu vida haya sido maravillosa. De verdad espero que así sea. Espero que hayas vivido, amado, leído, escrito, equivocado y aprendido, y que sigas haciéndolo. Espero que seas feliz. No puedo decirte que hagas que tu vida sea maravillosa, vacía de arrepentimientos, porque todos los tenemos. Quien dijo eso, no tenía ni idea de vivir. Pero sí puedo decirte algo.
No sé si leerás esta carta. Pero algún día, cuando escuches esa canción que escuchabas de adolescente, cuando visites alguno de esos lugares en lo que te gustaba relajarte, cuando pises el suelo de tu antiguo instituto, no continúes. Para un segundo y trae de vuelta a la persona que eras entonces. Deja que se extienda por tu cuerpo, por tus dedos. Deja que te llene. No dejes que el niño que fuiste se marche del todo. Así, cuando ese segundo pase y vuelvas a ser tú, sonrías, eches la mirada atrás y te des cuenta de que tu vida, con sus más y sus menos, ha sido increíble.
Y una cosa más: SÉ INFINITO.
Con cariño siempre,
Charlie. 

viernes, 25 de julio de 2014

Skins. 'Que le jodan' (Parte III).


-      ¿Se puede saber qué pasó contigo anoche?
Naomi se colocó el móvil con torpeza en la oreja.
Había despertado casi al medio día en la cama de Nicholas Winston, con un impresionante dolor de cabeza y un dolor muscular que le impedía prácticamente moverse de la cama. Estaba completamente desnuda, con la parte interna de los músculos cubierta de sangre y chupetones repartidos por su cuerpo que la hacían sentirse sucia. Nicholas estaba a su lado, dormido, con la boca abierta y el pelo revuelto. Naomi se había despertado con dificultad y se había metido en la ducha, eliminando la sangre y el sudor de su cuerpo. Comprobando que Nick seguía dormido, se había vestido y se había marchado de esa casa.
Su madre le había echado la bronca de su vida cuando llegó. Naomi la había aguantado toda con la cabeza gacha, mirando al suelo, asintiendo cuando tenía que asentir y negando cuando tenía que negar. Después de más de cuarenta minutos, Gina Campbell la había mandado a la habitación y ella había obedecido, aceptando también el castigo: el resto del curso sin salir de casa.
Solo la llamada de Jonathan la había sacado del sueño en el que se había pasado el resto del día.
-      ¿Hola? ¿Está ahí la chica que desapareció en mitad de un baile, completamente drogada, y que da señales de vida casi veinticuatro horas después?
-      Qué quieres, Jonny…
-      Que me cuentes – continuó el chico -. ¿Sigues siendo un cáliz no profanado y puro o te profanaron bien?
La imagen de Nick sobre ella apareció en su mente y sintió ganas de vomitar.
-      Pasó algo.
-      ¡OH, DIOS MÍO! ¡Quiero detalles! Quién fue, dónde, qué te hizo, cómo te sentiste…
-      Jonny.
¿Cómo decirle a su mejor amigo que había perdido la virginidad con el tío con el que éste llevaba un año planeando sacar a la fuerza del armario?
-      No me acuerdo de casi nada – mintió, sujetándose la cabeza con la mano libre.
-      ¿Ni de quién era?
Naomi se mordió el interior de la mejilla.
-      No.
-      Vaya primicia de mierda, Campbell. Tener amigos para que olviden la primera vez que follan, vaya desgracia.
Naomi cerró los ojos.
Recordaba los labios de Emily. El beso. La cara que la chica había puesto cuando se separaron. Y recordaba que le habían gustado más esos segundos que la noche que había pasado con Nicholas Winston.
-      Pasó algo, Jonny – susurró.
-      ¿Algo interesante?
-      Besé a una chica – admitió, soltando todo el aire.
-      Bueno, no es algo interesante. He visto más besos entre chicas heteros que entre lesbianas…
-      Me gustó. Demasiado.
Silencio al otro lado de la línea. Naomi soltó el teléfono sobre la cama, sintiendo cómo una lágrima se deslizaba por su mejilla, solitaria y fría. La que iba ser una noche épica había acabado siendo un desastre, un completo error, desde que había empezado hasta que había despertado en aquella cama, sintiéndose sucia y desastrosa. Había tomado drogas después de jurar que no lo haría, había dejado que Emily Fitch la besase y había perdido su virginidad con un tío que apenas conocía, traicionando a su amigo Jonathan, que estaba completamente enamorado de él. Por no hablar de que había decepcionado a su madre de mil y una formas, y todo ello en una noche.
-      ¿Te puso cachonda una chica y te follaste a un tío? Chica, tú no estás en una acera u otra, estás en medio de la carretera buscando que te atropellen.
Naomi recogió el teléfono, quitándose las lágrimas de la cara.
-      Quizás ya me han atropellado, Jonathan.
El chico se quedó callado al otro lado del teléfono. Naomi casi podía ver su cara de preocupación, con el teléfono colocado en la oreja.
-      Paso a buscarte.
Naomi se levantó bruscamente, sintiendo de inmediato el dolor de cabeza por la inmensa resaca que no la dejaba en paz. Todo comenzó a tambalearse a su alrededor, pero seguía aferrada al teléfono como si fuese lo único estable que quedaba en su vida.
-      No – respondió.
-      Naomi, necesitas un consejo de amigo gay. Por suerte, tienes uno, así que…
-      No, Jonathan – No sabía cómo iba a poder mirar a su amigo después de lo que le había hecho, pero esperaba tener más tiempo que veinticuatro horas para pensarlo -. No… no estoy para ver a nadie.
Jonathan suspiró.
-      Está bien, me rindo – Naomi soltó el aire que sin querer había estado conteniendo -. Hazme saber cuándo me necesitas, ¿está bien?
Naomi esperó a que fuese Jonathan el que colgase y, cuando lo hizo, se tumbó en la cama, con el teléfono al lado de la cabeza sobre la almohada.
Cuando se había mudado a Bristol, se había sentido inmensamente sola. Su madre había entrado en un bucle que, tres años después, aún continuaba y que Naomi había empezado a llamar autodestructor. No era simplemente que ella y su madre vivieran más de la marihuana que esta vendía ilegalmente que del trabajo de Gina Campbell. Naomi siempre había tenido la sensación de que, al marcharse, su padre se había llevado lo único que sustentaba a la familia, y no, no era solo el dinero, sino la roca sobre la que se asentaba. Y lo odiaba por eso, se había obligado a odiarlo. Haberse mudado a Bristol había provocado que una joven Naomi se refugiase en una pequeña burbuja esperando a que alguien entrase en ella. Por eso había sido tan gratificante cuando Emily Fitch se había atrevido a atravesarla.
La sensación ahora era completamente igual y completamente distinta al mismo tiempo. Sabía que tenía a Jonathan, a Emily incluso. Pero no era lo suficientemente valiente como para enfrentarse a uno u otro. Todo lo que tenía que contar, todo lo que necesitaba echar fuera no podía depositarlo en la persona con la que más confianza tenía o en la persona con la que le gustaría tenerla. No estaba sola, pero se sentía completamente así.
De repente sonó el teléfono. Naomi se giró con desgana, poniendo el manos libres. Ni siquiera le apetecía sostenerlo.
-      Hola.
Reconocía esa voz. Y por nada del mundo quería escucharla en ese momento.
-      Hola.
Emily se quedó en silencio. Naomi recogió el teléfono, poniéndoselo sobre el pecho, que subía y bajaba, agitado.
-      Escucha – comenzó Emily -, anoche… tomé el éxtasis y confundí cosas. Lo siento.
Naomi tragó saliva.
-      ¿Cómo has conseguido mi número?
-      Me… me lo diste tú – dijo la chica, bajando la voz -. Yo tampoco lo recordaba hasta que lo he visto en mi mano.
Naomi cerró los ojos, inspirando con fuerza. Sentía una fuerte presión en el pecho, y no era solo el peso del teléfono.
-      Lo siento, de verdad – repitió Emily.
Yo no.
Una puerta abriéndose sonó al otro lado del teléfono. Emily escupió un mierda antes de que Katie Fitch comenzase a gritar.
-      ¿Te ha llamado ella? – preguntó. Naomi escuchó cómo la gemela le arrancaba el teléfono de las manos -. Escucha. No arrastres a mi hermana a tus mierdas, ¿estamos?
-      Katie…
-      Ella no es como tú. Si necesitas una puta bollera, busca a otra. Ella no está en el mercado.
-      ¡Kat..!
El teléfono se colgó en mitad de la frase. Naomi lanzó el teléfono contra la cama, sintiendo la rabia correr por su cuerpo al mismo tiempo que su sangre. No era solo que Katie Fitch le hubiese echado mierdas como si ella tuviese la culpa de algo, como si haber besado a Emily hubiese sido peor para ella que para la propia Naomi. Era que odiaba que Emily no reaccionase frente a su hermana, que se hubiese limitado a llamarla. Que no la hubiese defendido, que no hubiese sido valiente para decir que había sido ella la que había besado a Naomi. Naomi entendía que tuviese miedo de aceptar que le había gustado, si es que lo había hecho. Ella también lo tenía, estaba aterrada. Más de lo que había estado nunca. Pero estaba aún más rabiosa. No había acabado de sentirse así cuando el teléfono sonó de nuevo.
-      Lo siento, Katie…
-      No te vuelvas a acercar a mí – escupió Naomi, sujetando el teléfono con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
-      Pero…
-      No soy una puta lesbiana. Y si lo fuera, no serías la persona a la que besaría.
-      Yo… - Emily parecía completamente desconcertada al otro lado de la línea.
Naomi sentía un nudo en el estómago, un nudo que la impulsaba a parar de hablar, disculparse y colgar el teléfono. Pero la rabia hablaba por ella, la rabia y el terror.
-      A lo mejor deberías decirle a la puta loca de tu hermana que eres tú la que me has arrastrado a tus mierdas.
-      Naomi…
Le gustaba. Le gustaba cómo sonaba su voz cuando pronunciaba su nombre, incluso cuando temblaba. Le gustaba cómo lo hacía terminar.
-      Se acabó.
El dedo de Naomi se deslizó hacia el botón de colgar y pulsó con fuerza.
No serías la persona a la que besaría.
Eres tú la que me has arrastrado a tus mierdas.
Se acabó.
Naomi cerró los ojos de nuevo. El dolor de cabeza había aumentado hasta límites que creía inalcanzables. La voz de Katie Fitch se había instalado en sus oídos como un pitido constante y molesto que ahogaba la voz temblorosa de Emily susurrando su nombre.
Naomi escuchó a su madre entrar en la habitación y decir algo, pero no la escuchó, o quizá no quería prestarle atención. ¿La perdonaría Emily alguna vez por las cosas que había dicho? ¿Quería ella que la perdonase? ¿Serían ellas tan atrevidas como para volver a dirigirse la palabra? Naomi se colocó el brazo sobre los ojos, sintiendo las lágrimas calientes sobre la piel desnuda, inflamada allí donde Nicholas Winston la había besado con más fuerza.
Con todo lo que tenía en la cabeza, ni siquiera se había detenido a pensar en que había perdido su virginidad con un tío al que casi no conocía y en un estado en que podría haber abusado de ella todo lo que hubiese querido. Ella no era así, no era esa clase de persona. ¿Cómo había cambiado tanto en una sola noche?
Fueron las drogas, las putas drogas.
Pero no habían sido las drogas, no podía pasarse la vida culpándolas. Había sido ella. Ella había querido besar a Emily Fitch, ella había querido acostarse con Nick movida por el miedo, la furia que le causaba haber besado a una chica y haber sentido algo. Ella había elegido traicionar a su mejor amigo. Y ella había decidido tirar por la borda cualquier posibilidad de amistad con Emily, a pesar de que ella había llamado para disculparse.
Había perdido la oportunidad de llegar hasta ella.  
Naomi se golpeó las mejillas. No se sentía como una mierda, se sentía en un nivel más allá.
-      Naoms.
Naomi abrió los ojos. Su madre estaba en la puerta. Llevaba un batín que le dejaba al descubierto medio pezón y el pelo enredado, además de un porro entre los labios. La chica tiró un cojín hacia la puerta, girándose para que su madre no le viese la cara.
-      ¿Es que nadie puede tener una resaca tranquila en esta puta casa?
-      Tienes visita.
La muchacha se giró, haciendo una mueca.
-      No, no la tengo.
-      Mira, cariño. Si quieres darle calabazas al pobre, díselo tú. No hay nada más patético que tu madre medio desnuda diciéndole que no quieres nada más.
-      Pues escóndete la teta y… - Naomi frenó en seco, levantándose de la cama. Estuvo tentada a echarse de nuevo debido al potente dolor de cabeza -. Espera. ¿Quién está abajo?
Gina sonrió, colocándose de nuevo el batín.
-      Moreno, alto, cachas. Tiene la nariz un poco grande, pero es guapo.
Nicholas Winston. En su casa. ¿Cómo mierdas sabía Nicholas Winston dónde vivía? Primero Emily con el teléfono, ahora Nick con su casa… ¿a quién más había dado sus datos personales?
Naomi se rascó los ojos y volvió a tumbarse.
-      Que se vaya.
La puerta de su habitación se cerró. Naomi lanzó el teléfono a la mesilla, sin preocuparse dónde caía. Así sentía a Emily aún más lejos y, al menos, podía dormir tranquila.
De repente, la puerta se volvió a abrir.
-      Mamá, te he dicho que le mandes a la puta mierda…
-      Oh, educada. Me gusta.
Naomi se giró de repente. Nicholas estaba apoyado en la puerta, con una media sonrisa en los labios. A Naomi nunca le había parecido especialmente guapo. Tenía la nariz grande, la mandíbula muy cuadrada y los ojos demasiado juntos, pero entendía que tuviese a las chicas (y a los chicos como Jonathan) locas. Tenía un atractivo natural, como esa clase de personas que nacen para ligar.
-      ¿Qué mierdas haces aquí?
Nicholas se acercó, sentándose en el borde de la cama, tan cerca que Naomi podía ver los músculos marcarse bajo su camiseta de fútbol, con el dorsal 10. Sin embargo, la chica recogió los pies. ¿Y ella había perdido la virginidad con él?
-      Bueno, esta mañana podíamos haber tomado el desayuno juntos, pero me has dejado plantado. Ha sido decepcionante.
Nicholas sonrió, girándose.
-      Solo venía a disculparme.
Otra disculpa.
-      ¿Disculparte…? – Naomi sentía la cara pesada, como si le costase incluso pestañear.
-      Por lo de anoche. Había sangre en las sábanas y bueno… lo siento si fui muy brusco.
Naomi tragó saliva. Viniendo de Nicholas Winston, esa disculpa era casi como un halago, y valía oro.
-      Bueno, gracias.
Nick sonrió de nuevo, acariciándose las manos. Incluso después de haber demostrado que no era un completo gilipollas, Naomi seguía sin creerse que él hubiese sido su primera vez.
-      Y bueno, por lo de las drogas y eso también lo siento. Y si quieres volver a quedar, pues… - Nick se metió dos dedos en el bolsillo del pantalón, sacando una servilleta doblada por la mitad – pues estoy disponible.
Naomi recogió el papel con los dedos, sin dejar de mirarlo. Sus labios no brillaban, parecían secos, como sin vida, a pesar de que el chico le estaba dedicando una media sonrisa.
Nicholas se acercó, cogiéndole la mano.
-      No soy un cabrón, de verdad. Si te hice daño anoche, lo siento. Nunca había… bueno, desvirgado a una pava.
Naomi miró hacia el teléfono, tirado encima de la mesa. Que le jodan, había dicho Emily al comenzar la noche. Miró a Nicholas frente a ella, casi nervioso, y se inclinó para darle un beso en la mejilla.
-      No, no eres tan cabrón.
De repente, el chico alargó el cuerpo hacia ella y la besó, sujetándole la cabeza con las dos manos. El dulzor de su boca le recordó a Emily y a las pestañas con nieve, a los labios brillantes y a su tono de voz al pronunciar su nombre. Nunca antes se lo había oído.
Nick comenzó a quitarle la camisa, pero Naomi ya no estaba allí. Estaba tres años atrás, en la nieve, frente al colegio. Y una niña alargaba la mano hacia el ojo de la otra para quitarle un copo de nieve. Y ambas sonreían.
Y fue bonito.