sábado, 15 de junio de 2013

Capítulo 40. 'Sacrificio'.

El Presidente Snow miró a Finnick desde el otro lado de la mesa, con los dedos cruzados sobre el pecho. Finnick se irguió en la silla, incómodo.
-         Llevamos casi una hora aquí, y no me has dicho nada que no sepa ya – dijo el presidente, tranquilo.
-         ¿Qué quiere saber?
-         Cómo está la chica. Si se está recuperando. Si puedo tener una conversación a solas con ella.
Finnick cerró los puños debajo de la mesa, intentando aparentar indiferencia. El presidente sonrió, mostrando unos dientes perfectamente rectos y blancos bajo los gordos labios. Totalmente artificial.
-         En realidad, señor Odair, no debería por qué… digamos, pedirte permiso. Ella es de mi propiedad tanto como tú lo eres. Sin embargo, soy considerado. Sé que tanto tú como la señora Wolsey estáis supervisando su recuperación. Quiero… detalles.
El chico sintió las uñas clavándose en las palmas de sus manos cuando el presidente mencionó a Mags. Respiró hondo. Apenas un año atrás, el presidente había insinuado que, en caso de que Annie mejorase, podría utilizarla del mismo modo que lo usaba a él. Tragó saliva para detener la náusea que le subía por la garganta. Ya era bastante malo tener que hacerlo él, no quería que nadie, y mucho menos su Annie pasasen por eso.
-         Annie Cresta no está bien aún. Sigue desvariando, tiene bruscos cambios de humor… - mintió, mirándolo directamente a los ojos -. Ha mejorado con respecto a la Arena, pero no lo suficiente.
El presidente frunció el ceño, poniéndose los dedos en los labios. Finnick aguardó.
-         ¿Y si te dijera que no me creo una palabra de lo que estás diciendo?
Finnick sintió cómo sus músculos se ponían en tensión. ¿Habría visto algo? ¿Les habría traicionado alguien? Su mente le llevó directamente a Dexter. Pero no podía ser él, no podía. Él estaba ayudando a Annie, él…
Por supuesto.
Dexter estaba ayudando a Annie a mejorar. Eso era precisamente lo que el presidente Snow quería.
Intentó relajarse, pero no podía. Se sentía traicionado. No podía decir que Dexter fuese su amigo, pero le tenía aprecio, mayormente gracias al trabajo que había hecho con An.
-         Creo que Annie Cresta está perfectamente bien – continuó el presidente -. Quizá no sea una persona coherente, pero podría jurar que es capaz de pensar por sí misma, ¿verdad?
Finnick esbozó una sonrisa, a pesar de que seguía con los puños cerrados con fuerza bajo la mesa.
-         No digo que no, pero le prometo que ella no está del todo bien.
-         Matiza ese del todo, señor Odair, por favor.
-         Ya se lo he dicho. Desvaríos. Ataques. Cambios de humor. A veces está tranquila, otras veces está… - Finnick chasqueó la lengua, como si estuviese buscando la palabra adecuada – loca.
El presidente soltó una carcajada. Finnick cerró aún más los dedos, ignorando el olor de sus uñas perforando las palmas.
-         Muy bien, será mejor verlo con nuestros propios ojos, ¿no crees?
El hombre se levantó del enorme sillón, atusándose el traje. Finnick lo miró extrañado.
-         ¿Cómo, señor?
-         Está en la fiesta, ¿no es así? Creo que es hora de conocernos oficialmente.
Finnick abrió las manos, estirando los dedos al mismo tiempo que salía de la habitación junto al presidente. Se pasó una mano por el cuello despreocupadamente, aunque todo cuanto estaba era preocupado. ¿Cómo podía hacerle ver al presidente que Annie estaba completamente loca, si últimamente parecía tan corriente? Relativamente corriente, al menos, teniendo en cuenta sus circunstancias.
La música entró por sus oídos en cuanto pusieron un pie en la sala principal. Estaba atestada de gente, tanto tributos vencedores, como cargos importantes, como entidades del Capitolio que podía pagar la entrada a la fiesta simplemente por el orgullo de poder decir que habían estado. Finnick buscó a Annie, impaciente. Sentía la presencia del presidente como una hoguera, quemándole la piel de un modo insoportable. Había dejado a Annie con Johanna, o más bien ella la había arrastrado entre la multitud. Solo tenía que encontrar a una de las dos, pues confiaba en que su amiga no habría perdido a Annie.
De repente, el presidente se tocó la rosa blanca que llevaba en el bolsillo del pecho, con una sonrisa.
-         No parece muy loca, ¿no crees, señor Odair? Solo un poco ebria.
Finnick siguió la mirada del presidente y las vio. Estaban en la pista, cerca de la barra, junto a Haymitch Abernathy, Chaff Ducson y un par de personas a las que no reconoció. El estómago del chico se encogió, al clavar su mirada en ella. Annie hablaba y se reía con un camarero con el pelo verde, mientras este le acercaba una copa llena de líquido azul. Ella parecía una adolescente normal, bastante borracha por el modo en que sujetaba la copa, como si no supiera exactamente por dónde cogerla. Annie abrió mucho los ojos y empezó a reír, mirando al camarero.
Mierda, pensó Finnick.
-         ¡Finn!
Annie corrió hacia él, tambaleándose y tropezando. Finnick extendió los brazos para cogerla antes de que cayera al suelo.
-         Johanna es genial. Y Haymitch. Y Chaff también, aunque le falte medio brazo.
-         Me alegro – gruñó él, soltándola. Olía demasiado dulce.
El presidente se colocó frente a la chica, sonriendo. Finnick comprobó cómo su cara se transformaba. Primero fue desorientación, como si no supiese ni dónde estaba ni quién era ese hombre. Luego, reconocimiento. Y, finalmente, miedo. La chica empezó a temblar.
-         Hace mucho que no nos vemos, señorita Cresta.
Annie retrocedió, buscando la mano de Finnick. Sin embargo, él se mordió el labio y no la extendió. No podía dar ninguna muestra de preocupación delante del presidente.
-         ¿Cómo estás? – continuó Snow, cogiendo una de sus pequeñas manos.
Annie observó las manos del presidente cubrir la suya y el temblor se acrecentó. Finnick la vio morderse el labio, y sus ojos reflejaban todo el terror que unos ojos podían mostrar. Era como si hubiese vuelto a la Arena, lo que, en cierto modo, había pasado.
Recordó que, apenas unas horas atrás, ella había dicho que quería sentirse valiente frente a Snow.
Hoy no, An. Hoy no.
Pero la suerte, como siempre, no estaba de su parte esa noche tampoco.
Annie respiró hondo y miró al presidente directamente a los ojos.
-         Bien. ¿Y usted?
Snow miró a Finnick con una sonrisa, y el chico casi pudo escuchar sus esperanzas rompiéndose contra el suelo.
-         Perfectamente, señorita Cresta – respondió el presidente -. Desafortunadamente, hay más vencedores con los que hablar. Ah, desearía poder conversar más con vosotros, pero… - Snow les dedicó una sonrisa -. Confío en que nos veremos pronto.
Finnick asintió, obligando a las comisuras de su boca a elevarse. Annie se desplomó contra él cuando el presidente se dio la vuelta, pero Finnick no la abrazó. ¿Por qué nada podía salirle bien? Apenas un par de horas atrás, estaba bien, casi completamente feliz, con Annie abrazándolo. Pensando que las cosas solo podían mejorar.
¿Cómo podía haber cambiado todo en tan solo unas horas?
Finnick no podía permitir que Snow prostituyese a Annie. No podía, era algo que le repugnaba solo de pensarlo.
-         Quiero irme – susurró Annie, con la frente apoyada en su pecho.
No podía dejar que Snow le hiciese eso. No a Annie.
Sabía lo que tenía que hacer. Sabía que le iba a doler, tanto a él como a ella. Pero era necesario. La estaba protegiendo.
Apartó a Annie de su pecho y la obligó a mirarlo a los ojos. Los tenía llenos de lágrimas, y temblaba, temblaba con más fuerza de la normal. Finnick se inclinó hacia su oído.
Él también temblaba.
Tragó saliva.
Solo era un nombre. Solo tenía que pronunciar un nombre para que ella se volviese loca. Perdería muchísimo tiempo de recuperación, tendrían que empezar desde cero, pero era un sacrificio necesario.
Un nombre.
-         Finn... – comenzó Annie, colocando una mano en su pecho.
-         Ki…
Pero alguien se le adelantó. Alguien que sabía perfectamente dónde hacer daño cuando era necesario, tanto a amigos como a enemigos. Finnick escuchó su voz, al otro oído de Annie, alta y clara.
-         Kit Grobber.
Finnick se apartó de Annie. Se había quedado completamente blanca. El chico miró por encima de su hombro y vio a Johanna, seria, incluso con una mueca de desagrado en los labios. La chica le devolvió una mirada llena de pena.
Lo siento, parecía decir.
Finnick asintió y volvió a dirigir la mirada a Annie. Miraba sin ver. Parecía a punto de vomitar. El chico se apartó un poco más de ella.
-         Kit… - murmuró Annie, sin levantar la mirada -. Kit. Está muerto.
Finnick sintió su corazón romperse en pedazos que se clavaban en su pecho como agujas. La había destrozado. La había destrozado, y la había perdido.
Eso era malo.
Horriblemente malo.
Pero no era lo peor. Lo peor hubiese sido verla obligada a acostarse con hombres y mujeres que la asustaban, que la trataban como una simple prenda de vestir de usar y tirar. Verla obligada a satisfacer a quienes más temía.
Eso habría sido peor.
Intentaba autoconvencerse de que estaba haciendo lo correcto. De que había que hacer sacrificios, y este era uno. Por su bien. Sintió las lágrimas empezar a formarse en sus ojos, amenazando con caer.
-         Está muerto – repitió Annie -. Le cortaron la cabeza. ¡La cabeza! Y rodó, rodó hasta pararse. ¡Y el tonto estaba sonriendo!
Finnick se apartó de ella. A su alrededor, la gente empezaba a pararse, simplemente para observar. Seguía siendo un espectáculo.
-         ¿Qué tenía de divertido? – continuó Annie, gritando. Finnick se percató de que estaba llorando -. ¡Está muerto! ¡Sin cabeza! ¡Tonto, tonto, tonto! ¡Tenía que correr! ¡Tonto!
Annie se dejó caer al suelo. Incluso la música había dejado de sonar, y los murmullos a su alrededor aumentaban. Finnick quería acercarse a ella, quería abrazarla y protegerla como había hecho siempre.
La estás protegiendo ahora.
La chica tiraba con fuerza de su vestido, desgarrándolo. Finnick vio cómo empezaba a arañarse la piel también y no pudo soportarlo más.
-         Annie – susurró, agachándose a su lado -. An.
-         Su cabeza rodó. Y sonreía. ¡Sonreía! – Annie empezó a reírse, arañándose el cuello -. Sangre, sangre, sangre por todos lados…
Finnick tiró de sus muñecas, apartándole los brazos del cuerpo.
-         ¿Qué le pasa? – murmuró alguien.
-         Está loca, mírala.
-         Pobrecilla.
Finnick ni siquiera podía sentir alivio. Levantó la mirada y vio al presidente, que tenía los ojos clavados en la chica que se autodañaba en el suelo. Snow clavó sus ojos en él.
Solo estaba borracha, ¿verdad?, pensó Finnick.
Se dio la vuelta y desapareció.
Finnick cerró los ojos levemente y sintió cómo las pestañas se le humedecían. Se llevó una mano a los ojos, intentando mostrar cansancio e impaciencia. Pero estaba roto.
Cuando Annie había salido de la Arena, la primera vez que la vio, huyendo de él, también se había sentido así. Pero entonces no había experimentado lo que era estar con ella, lo que era tenerla, que fuese suya, una parte de él casi tan grande como él mismo. Y perder todo eso lo fragmentaba más dolorosamente que nunca.
-         Finnick – susurró una voz en su oído. Mags estaba allí con él -. Finnick, le van a dar morflina.
El chico asintió y sujetó a Annie contra el suelo. Ella se debatió, llorando y chillando como si la estuvieran torturando. Aunque era su mente, sus recuerdos, los que la torturaban.
Alguien clavó una aguja en su cuello, y presionó el émbolo hasta que la jeringuilla quedó vacía. Unos segundos después, Annie se desplomó en el suelo, inerte, con los ojos desenfocados mirando al techo.
-         Sacadla de aquí – ordenó Mags, tirando de Finnick.
Finnick la oyó dar una dirección, pero no distinguió cual. Se apartó de Annie, intentando mantener el rostro serio, con la mandíbula apretada, y miró a Johanna. Ella asintió, aún con los ojos llenos de compasión, esa clase de miradas que solo tenía para él, y se dio la vuelta. Finnick observó cómo un hombre cargaba a Annie en brazos y la sacaba de allí, con el corazón destrozado.
-         Bueno, que siga la fiesta, ¿no? – susurró alguien.
Finnick aún tenía la mirada clavada en la puerta cuando la música volvió a sonar.
-         Vámonos con ella – murmuró Mags en su oído.
Finnick asintió, dejándose llevar por la anciana.
Definitivamente, dolía más esta vez.




6 comentarios:

  1. Pensaba que ya había comentado el capítulo pero no, seguro que me lo impidió el asunto del "kit de maquillaje" XDD

    Muy sexy la foto. Ya sé que no estamos aquí para juzgar la imagen sino el contenido de lo que has escrito, pero es que pones a ese señor en blanco y negro al final y se me olvidan cosas, patito.

    Me parece mal lo que le has hecho a Annie (sí, tengo derecho a quejarme de cómo los demás tratan a sus personajes), peeeero lo cierto es que era necesario. Porque si no, no se explica cómo llega a la saga de Suzanne. Volverla loca a propósito una y otra vez para alejarla de Snow.

    Finnick, hijo mío, le podías haber enseñado a actuar o algo.

    Porque es obvio que eso lo sigue haciendo después, ¿no?

    Oh... Paula siendo la mala del cuento ahora: este capítulo me ha gustado menos que los que has puesto recientemente. No se por qué, o es más corto, o le falla algo; pero me quedé con la sensación que no era tan WOOOOOW como los previos. De todas formas está genial :)

    PD: Dijiste que si cierto examen iba bien subirías algo al blog, y aquí no hay nada.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. There we have the killer of the mothVALE, NO. No te voy a guardar más rencor por lo de Ben, porque lo cierto es que el capítulo me encantó, y el fic también, so...
      Sexy Sam Claflin :)
      La verdad, cuando estaba escribiendo el fic hace como tres semanas o así, veía que cada vez iba haciendo a Annie más normal, y no tendría sentido, así que esto, podría decirse, fue un cambio de última hora que me obligó a reescribir un montón de capítulos. Igual por eso es que está un poco caca, porque a mí tampoco me gusta cómo ha quedado del todo...
      PD: Heeeeeee preferido posponerlo hasta que llegue a las 20.000 visitas. Porque soy mala, ña <3

      Eliminar
  2. ¡Tienes un premio en mi blog!
    www.azucarillosydientesdeleon.blogspot.com

    ResponderEliminar
  3. Capitulazo. Menos mal que he podido ponerme al día. Te felicito por tu historia, me enganchó desde el primer momento. No lo dejes nunca.


    Me gustaría invitarte a mi jardín del Edén:
    Los delirios de Pandora

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchísimas gracias por leer, de verdad :)
      Te sigo <3

      Eliminar
  4. SDFJHSADFLJKSXCZV OH MY GOD. THIS FUCKING CAPIDUCK.

    Debo admitir que cuando leí el titulo ya tuve miedo desde el principio.
    Me encanta este capítulo por varias razones. La primera, es porque te metes muy bien en los personajes. La segunda, porque le das sentido a porque Annie quedó loca por más de cinco años. Y la tercera, ES PORQUE ES UN CAPIDUCK.
    Me disculpo también por la tardanza :c

    "Sin embargo, soy considerado." ¿CONSIDERADO? ¿LLAMAS A ESO SER 'CONSIDERADO'? JAJAJAJAJAJAJdime otro chiste, por favor. Ahora entiendo como este tipo pudo haber muerto ahogado en risas.

    Sigo pensando que Annie borracha es de las cosas mas NDSKABFLNCBXZLÑJASDF. Y cuando esta sobria. Y siempre. MÉH.

    La parte en que Johanna dice el nombre... OH GOD. Dolio demasiado. Aunque es preferible eso a que la prostituyan... DUELE PATO, DUELE MUCHO.
    "Su cabeza rodó. Y sonreía. ¡Sonreía! – Annie empezó a reírse, arañándose el cuello -. Sangre, sangre, sangre por todos lados…" Yo no puedo con esto. ¿Porqué Ann? ¿Porqué alguien así merece sufrir tanto? Es todo demasiado injusto.

    Y ver a Finn sufriendo, otra cosa devastadora. Siento que hay muy poco tiempo que tienen de 'descanso' y es algo muy triste, siendo los dos tan increíbles.
    Con respecto a la foto del final, mis ovarios necesitan tratamiento urgente.

    Seguí así Pato, porque me encanta leerte y mucho <3

    ResponderEliminar