miércoles, 25 de diciembre de 2013

Capítulo 70. 'El plan'.

Finnick corría hacia la voz.
No es real, se repetía una y otra vez. No es real.
Pero si sabía que no era real, ¿por qué sentía su pecho estallar como si hubiesen puesto una bomba ahí dentro?
-      ¡Annie! ¡Annie!
No es real. No puede ser real.
No es real. Ella no está aquí, está en casa.
No es ella, no es real.
-      ¡Annie!
De repente, un pájaro cayó a sus pies. Finnick observó cómo el grito moría en el pico del animal mientras lo recogía del suelo, casi con rabia. Había visto esos animales alguna vez. Charlajos. Reproducían lo que oían, como grabadoras con vida.
El chico se giró y se encontró a Katniss junto a él, con las mejillas rojas por la carrera.
-      No pasa nada, Finnick, no es más que un charlajo. Están jugando con nosotros. No es real, no es tu Annie.
-      No, no es Annie – dijo, tirando el pájaro al suelo -, pero la voz era suya. Los charlajos imitan lo que oyen – Katniss empezó a palidecer -. ¿De dónde han sacado esos gritos, Katniss?
-      Oh, Finnick, ¿no creerás…?
-      Sí, lo creo. Eso es justo lo que creo.
Finnick se pasó una mano temblorosa por el pelo. Él no podía proteger a Annie desde la Arena, ella estaba en manos de Dexter. Le había confiado a su amigo su mayor secreto, su mayor tesoro, pero quizá él no era suficiente para protegerla. Para protegerse ambos.
Un nuevo charlajo comenzó a gritar, una voz masculina que gritaba el nombre de Katniss en bucle. Finnick agarró la muñeca de la chica antes de que esta comenzase a correr en otra dirección.
-      No, no es él – gritó, tirando de ella hacia la playa -. ¡Vamos a salir de aquí ahora mismo! – Katniss luchaba por sacarse más flechas del carcaj, pero lo único que conseguiría sería agotarlas. Finnick la conducía a empujones -. ¡No es él, Katniss, es un muto!
Corrieron a través de la jungla. Finnick tiraba de Katniss, con el grito del chico taladrándole los oídos. No sabía quién era, pero ella parecía destruida mientras corría.
Peeta y Johanna estaban en el borde de la jungla, junto a los árboles, haciéndoles señas con los brazos. Finnick les pidió ayuda para arrastrar a Katniss mientras seguía corriendo, pero ninguno de ellos echaba a correr en su dirección. Finnick miró a Johanna, que le devolvió una mirada inquisitiva bajo el ceño fruncido. Y entonces, se dio de bruces contra algo invisible.
Finnick levantó la mirada. Ni siquiera era un cristal. Era simplemente una barrera invisible que les impedía seguir. Johanna golpeaba la pared con el hacha junto a él, pero ni siquiera se escuchaba el sonido. Finnick miró a Katniss, jadeando a su lado mientras Peeta intentaba tranquilizarla al otro lado de la pared. Entonces, llegaron más pájaros.
Comenzaron los gritos de la hermana de Katniss. Y luego Annie. Y luego una sucesión de voces que él no pudo reconocer, porque su cabeza seguía centrada en los gritos de Annie. Y de repente, los gritos de Dexter empezaron a perforarle el cerebro.
Finnick se apoyó en la pared, tapándose los oídos con fuerza.
¡Finnick! ¡Finnick!
Las voces de Annie y Dexter se mantenían en sus oídos, no importaba lo mucho que tratase de amortiguarlas. Finnick se acurrucó, sintiendo a Johanna al otro lado de la pared. Les habían hecho daño. Les estaban haciendo daño. Se imaginó a su Annie, escondida debajo de la cama mientras unos Agentes de la Paz tiraban de sus piernas. Y Dexter, golpeado y roto en el suelo. Vio sangre.
Callad, callad, callad.
Finnick sintió las manos de Johanna sobre él después de una hora.
-      Finn – susurró la chica, acariciándole el pelo -. Finn, ya ha pasado.
-      Callaos, callaos.
-      Finnick, ya está, se han ido.
Finnick se destapó los oídos. No había voces, no había gritos. Habían desaparecido. Pero nunca desaparecerían dentro de su cabeza. Seguían ahí, torturándolo.
-      Les han hecho daño. Les han hecho daño. Les han hecho daño.
Johanna le agarró la cabeza con las manos, obligándolo a mirarla a los ojos.
-      Finnick, se acabó. Ellos están bien.
-      … Prim sigue viva. Será la primera a la que entrevisten, ¿no? Primero Prim, después tu madre, tu primo Gale, Madge – decía Peeta, acurrucado junto a Katniss -. Era un truco, Katniss, un truco horrible, pero…
-      Ya lo estás oyendo – dijo Johanna, sin soltarle la cabeza. Ellos están bien. Solo han modificado sus voces. Era todo parte del juego.
Finnick se zafó de ella, decaído. Katniss se balanceaba en los brazos de Peeta, tratando de mantenerse cuerda.
-      ¿Tú te lo crees, Finnick?
Finnick tragó saliva.
-      Podría ser, no lo sé – se giró hacia Beetee, que continuaba sentado en el suelo mientras miraba con curiosidad el lugar en el que había estado la pared -. ¿Podrían hacer eso, Beetee? ¿Grabar la voz de alguien y convertirla en…?
-      Oh, sí – respondió el hombre, subiéndose las gafas -. Ni siquiera es difícil, Finnick, Nuestros niños aprenden una técnica similar en el colegio.
Finnick enterró la cabeza en las rodillas. Tenía sentido. Incluso podrían haber cogido los gritos de la entrevista de Annie tras sus Juegos, o los gritos de aquella fiesta del Capitolio en la que se volvió loca. Pero ¿de dónde habrían sacado los gritos de Dexter?
-      Claro que Peeta tiene razón – soltó Johanna junto a él -. Todo el país adora a la hermana pequeña de Katniss. Si de verdad la hubiesen matado así, probablemente se encontrarían con un levantamiento entre masas. Y eso no les gustaría, ¿verdad? ¿¡Que se rebele todo el país!? ¡No les gustaría nada!
El chico levantó la cabeza, mirando a su amiga con una ceja levantada. Nadie podía decir que Johanna Mason tenía pelos en la lengua. Ella le devolvió la mirada y respiró hondo.
-      Voy a por agua.
-      No entres ahí, los pájaros… - comenzó Katniss.
-      No pueden hacerme daño, no soy como vosotros. A mí no me queda nadie.
Finnick, lo han matado, había dicho entre lágrimas cinco años atrás. Nell.
Pero me tienes a mí, pensó. Quédate.
Sin embargo, Johanna ya se había metido en la jungla sin mirarlos siquiera.
Regresaron a la playa. Finnick sentía todo su cuerpo demolido, como si lo hubiesen aplastado con un aerodeslizador. Se metió en el agua, sintiendo las olas a su alrededor, y cerró los ojos.
Si hay calma bajo las olas, elijo hundirme.
Te quiero, no importa qué pase.
Hubo alguien. Se enamoró de otra persona.
No tenemos un final.
Solo tenemos un minuto. Es lo que nos han dado a cada uno, así que escúchame. Lucha. Sobrevive.
Finnick cerró los ojos. Era demasiado doloroso pensar en casa, sabiendo que no los volvería a ver. Había dado su vida por la rebelión, por el país, por un mundo mejor para Annie. Y sin embargo, estaba en el borde y saltar significaba abandonar la alianza y regresar a casa.
Pero no podía.
Ahogó todo lo que le quedaba dentro pescando y tejiendo redes y cuencos para comer. Cuando sonó el himno, se reunieron todos alrededor de la comida, mirando al cielo.
Cashmere. Gloss. Wiress y su tic, tac. Mags. Finnick trató de no llorar, parpadeando para evitar las lágrimas. Amal, del 5. La adicta del 6. Blight. Finnick miró a Johanna, pero la chica había desviado la vista hacia el suelo. La imagen de Rufus, del 10, apareció en el cielo, pero ninguno le prestó verdadera atención. Todos estaban pensando en quiénes habían perdido realmente.
-      Nos están machacando – susurró Johanna.
-      ¿Quién queda, además de nosotros cinco y distrito 2? – preguntó Finnick, apoyándose en el tronco de un árbol.
-      Chaff.
De repente, un paracaídas cayó del cielo. Finnick sabía que ese era el paracaídas que habían estado esperando en cuanto lo abrió. Distrito 3, veinticuatro panecillos. Todo sería al día siguiente, en cuanto el rayo que marcaba la medianoche restallase en el cielo. Miró a Johanna, que frunció el ceño. Beetee desvió la mirada hacia la playa.
Finnick se acostó de espaldas a Beetee, alternando el sueño y la vigilia. Cuando Johanna se acostó junto a él, consiguió quedarse dormido. Sin embargo, despertó antes del amanecer, con Johanna a su lado tapándole la boca con fuerza.
-      ¿Jo? – murmuró, jadeando. Había visto a Annie y a Dexter torturados tantas veces a lo largo de la noche que no sabía cómo lograba seguir cuerdo.
-      Más te vale no gritar si no quieres molestar a los tortolitos en llamas.
Finnick se irguió levemente. Katniss y Peeta estaban tirados en la Arena, abrazados, con el pelo revuelto y lo que quedaba de los monos quitado hasta la cintura. Finnick sonrió, mirando a Johanna.
-      ¿Es que ahora te va lo de mirar mientras…?
-      No seas asqueroso, Odair.
Finnick volvió a tumbarse, cerrando los ojos. No llegó a escuchar el resto del comentario de Johanna.
Cuando despertó de nuevo, miró a Beetee, que ya estaba despierto, limpiando su cable. Desayunaron lo que quedaba del pan antes de recibir un nuevo lote. Distrito 3, veinticuatro. Katniss y Peeta se alejaron, metiéndose en el mar para nadar, o intentarlo en el caso de Peeta. Finnick recogió hojas alargadas para tejer una red, mientras Johanna dormía a su lado. O lo fingía.
-      Hay que convencerlos para que continúen con nosotros hasta esta noche – dijo entre dientes.
Finnick asintió.
-      Están ahí, confabulando cómo dejarnos. Casi lo huelo – Johanna arrugó la nariz -. No pueden fastidiarlo todo ahora.
-      ¡Eh, Finnick, ven aquí! – gritó de repente Katniss, levantando una mano -. ¡Ya sabemos cómo ponerte guapo otra vez!
El muchacho se rascó el lado derecho de la cara, aún lleno de costras blanquecinas, antes de correr hacia ellos.
Una vez que sus pieles quedaron de nuevo impolutas, Beetee los reunió a todos para poner en marcha un plan. El hombre miró a Finnick por detrás de sus gafas, entrecerrando los ojos. Johanna tenía razón, tenían que mantener a Katniss y Peeta con ellos hasta medianoche.
-      Sorpréndenos con tu mente prodigiosa, Voltios – dijo Johanna, dándole paso con la mano.
Beetee bufó antes de comenzar.
El plan, en realidad, sí era sorprendente. Tenían que adentrarse en la jungla y llegar hasta el árbol del rayo. Al abandonar la playa, los profesionales irían a ella, ya que era el único lugar seguro de todo el estadio. La ola mojaría la playa y el borde de la jungla, que estarían unidas a la posición del grupo a través del alambre de Beetee, introducido en el mar y enrollado en torno al árbol. De ese modo, cuando el rayo cayese, toda la playa y quienes estuviesen en ella quedarían electrocutados y quemados.
Voltios volvió a mirar a Finnick y a Johanna. Naturalmente, su plan tenía  un plan mayor escondido tras él. Algo relacionado con su alianza fuera. Con su acuerdo más allá de la Arena.
Caminaron durante horas, atravesando la jungla hasta llegar al árbol. Katniss lideraba la marcha, gracias a su don para escuchar los campos de fuerza. Beetee había sonreído cuando Finnick lo había mencionado, como si fuese una broma que nadie, salvo él, podía entender. Quizá lo fuese, pero ninguno tenía ganas de averiguarlo.
Todo el tiempo que pasaron en el árbol fue más productivo para Beetee, que no dejó de tomar medidas y hacer observaciones, que para ninguno. Por eso, cuando regresaron a comer a la playa, cualquier cosa les parecía entretenida. Incluso arponear peces.
-      Peeta, lo estás haciendo mal – repetía Finnick una y otra vez -. Tienes que evitar mover las piernas para no alejarlos de ti.
Katniss se colocó tras él, sonriendo, mientras le daba otra flecha para que el chico la usase como arpón.
-      Por extraño que te parezca, Finnick, algunos no nacemos con sincronización perfecta en el cuerpo. Y menos con una pierna de metal.
Finnick frunció el ceño, pero Katniss sonrió, pasándole una mano por la cintura a Peeta.
-      Peeta, tú ya tenías poca sincronización antes.
El chico sonrió y se inclinó para besarla, pero ella se zafó de él y atravesó un pez con la flecha del muchacho en un abrir y cerrar de ojos. Peeta la miró impresionado mientras Finnick reía a carcajadas.
-      Desde luego, Peeta… Esa pierna no es la única máquina que tienes.
Ese fue el último momento de tranquilidad que vivieron.
Regresaron al árbol tras el himno, no sin recibir antes un nuevo paracaídas. Distrito 3, veinticuatro bollos. Finnick ayudó a Beetee a enrollar el alambre en torno al árbol, que el hombre no dejaba de observar. Cuando al menos una quinta parte del alambre rodeaba el tronco, que parecía de cobre en lugar de madera, Voltios le dio la bobina a Johanna, mirándola por encima de las gafas.
-      Corred hacia la playa y meted la bobina en el agua. Si salís ya, tendréis tiempo para quedar lejos del radio de acción del rayo.
-      Quiero ir con ellas para protegerlas – dijo Peeta, colocándose junto a Katniss.
¿Protegerlas de quién, Peeta? ¿O proteger a Katniss de Johanna? Finnick agitó la cabeza, masajeándose el puente de la nariz.
-      Eres demasiado lento – admitió Beetee, sin soltar la bobina -. Además, te necesito aquí. Katniss vigilará. No queda tiempo para discutirlo, lo siento. Si las chicas quieren salir de esta con vida, tienen que irse ya.
Finnick levantó la vista para ver la rápida despedida entre Katniss y Peeta y verlas alejarse. Johanna le dijo adiós con la mano frunciendo el ceño, mientras Peeta regresaba junto a él.
-      ¿Y ahora qué? – gruñó Peeta, visiblemente molesto.
-      Ahora me protegéis – sugirió Beetee, ultimando detalles en torno al árbol – y salimos corriendo de aquí.
Finnick colocó el tridente sobre su hombro, observando la jungla. Entonces, apenas diez minutos después, el cable dejó de estar tenso y cayó a sus pies, flácido, enrollándose sobre sí mismo.
-      ¿Pero qué…?
-      Se ha roto – dijo Peeta, sacándose el cuchillo del cinturón.
-      No, eso es imposible – admitió Beetee, rascándose la cabeza -. Lo han roto.
Finnick miró al hombre y se adentró en la jungla. Cuando sintió a Peeta a su espalda, le dio un empujón, enviándolo de vuelta junto a Beetee.
-      Quédate aquí – gruñó – y protégelo mientras yo las busco.
-      Pero…
-      Él es el único que puede hacer que este plan salga bien, Peeta. Protégelo.
Y salió corriendo, dejando a Peeta atrás.
¿Qué hacían aún los profesionales en la jungla? Deberían haber llegado a la playa. Todo el plan estaba saliendo mal.
Entonces escuchó un grito. Un grito que reconoció, porque lo había escuchado apenas unas horas atrás. Y corrió.
-      ¡Johanna! ¡Katniss!
Sin respuesta.
Empezó a asustarse. El plan era sacar viva a Katniss Everdeen de la Arena. ¿Y si todo salía mal y acababan todos muertos? ¿Y si Enobaria o Brutus se proclamaban vencedores, o incluso cualquiera de ellos? La gente podría escuchar a Peeta, pero ¿a Beetee? ¿A Johanna Mason? ¿A Finnick Odair, a quien consideraban tan artificial como el Capitolio? Siguió corriendo. Tenía que encontrarlas ya.
De repente, otro grito se escuchó en la Arena.
-      ¡Katniss!
No, Peeta, no.
Había abandonado a Beetee. Katniss respondió a su derecha, con la voz casi tan desesperada como el muchacho. Finnick corrió en esa dirección. Sin embargo, Enobaria se introdujo en su camino, blandiendo una lanza tan grande como su propio cuerpo.
-      Vaya, Odair, me parece que te has quedado sin aliados.
-      Qué lástima.
Finnick se lanzó a por ella, logrando que se apartase de su camino para esquivarlo y continuó corriendo. Katniss no debía estar muy lejos de él. Peeta estaría corriendo en la misma dirección, por desgracia.
-      ¡Peeta! ¡Peeta!
-      ¡Katniss!
No escuchaba a Johanna por ningún lado. ¿Estaría muerta? No, no había escuchado ningún cañón. No podía estar muerta. Casi había llegado al árbol, con Enobaria pisándole los talones.
De repente, se escuchó un cañonazo.
Finnick se paró en seco, golpeando a Enobaria con el codo en la nariz. La rabia ascendía por toda su espina dorsal. Ese cañón podría ser Johanna. Su mejor amiga. Se giró, dándole una patada en el estómago a la mujer y siguió corriendo.
El plan tenía que salir bien. Por Mags, por Johanna, por Wiress y por el resto de tributos que habían muerto por salvar Panem. Llegó hasta el árbol, pero no había nadie allí. Enobaria llegó al mismo tiempo que él, enarbolando la lanza.
-      Vamos, Odair – gruñó, enseñándole los dientes puntiagudos.
Segundo cañón. Chaff, Brutus o Johanna. Dos de ellos estaban muertos, uno vivo. Finnick se giró, buscando a alguno de sus aliados, pero no quedaba nadie alrededor del árbol, y apenas quedaban dos minutos para medianoche. Finnick se alejó del árbol, perseguido por la incesante mujer.
Volvió a girarse, golpeándola con el mango del tridente, pero esa vez, ella fue más rápida. Finnick sintió la punta de la lanza clavarse en su pantorrilla, haciendo un corte profundo. Finnick gruñó, golpeándola con el puño en la cara.
-      Deberías haber ido a la playa – escupió, dejándola jadeando en el suelo.
Corrió en la porción de selva que rodeaba al árbol, gritando los nombres de sus amigos. Ninguno respondía.
Y entonces la vio.
Estaba aún lejos de él, con el arco en la mano, apuntando al cielo, peligrosamente cerca del árbol. Finnick corrió hacia Katniss, gritando su nombre.
-      ¡Katniss, aléjate del árbol! ¡Katniss!
Pero ella no lo escuchaba. Katniss Everdeen miró al cielo y dejó volar la flecha. El rayo cayó sobre el árbol.
Finnick fue lanzado hacia atrás con fuerza, golpeándose la cabeza con el tronco de un árbol. Cayó al suelo, boqueando en busca de aire, pero sus pulmones parecían haber desaparecido en el golpe.
Entonces, el cielo estalló.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Capítulo 69. 'Familia'.

Dexter clavó los dedos en el asiento. La Cornucopia no dejaba de girar. Finnick estaba agarrado a duras penas a uno de los salientes de la isla, pero las armas que aún quedaban en el cuerno dorado comenzaban a caer hacia ellos peligrosamente. Dexter desvió la mirada cuando uno de los cuchillos salió volando hacia la cabeza de Finnick.
-      ¡Annie! – gritó, cuando vio  a la chica morderse la mano con fuerza.
Cogió su muñeca con delicadez y la apartó de su boca. La muchacha pareció darse cuenta en ese momento de que se había mordido, porque se miró la mano llena de costras y sangre como si no hubiese sentido el dolor hasta ese momento.
-      Está bien, Ann. Está bien – El hombre miró la pantalla, descubriendo que la Cornucopia había dejado de girar y  Finnick estaba en pie, ayudando a Peeta Mellark a levantarse -. Ya ha pasado.
-      No, no ha pasado. No pasará hasta que él salga de ahí vivo y vuelva conmigo.
Dexter abrazó a Annie, estrechándola entre sus brazos con fuerza.
-      Vamos a curarte eso, ¿quieres?
-      Pero Finni…
-      No podemos hacer nada por Finnick, Annie. Además, él no está en pantalla ahora, ¿ves?
Annie asintió. Dexter la llevó a la cocina, donde Margaret estaba haciendo la comida con Emer. El niño se acercó a Annie y le cogió una mano. La chica lo miró a los ojos y pareció tranquilizarse. Dexter sonrió mientras recogía vendas y desinfectante. Ese niño tenía un efecto tranquilizador en ella porque le recordaba a Kit. Dexter no se había fijado especialmente en Kit Grobber durante los Juegos, pero podía admitir que veía cierto parecido.
Regresó junto a Annie, arrodillándose a su lado.
-      Emer, ¿quieres ayudarme?
El niño asintió. Dexter clavó los ojos en la mirada de Annie, que seguía fija en los ojos de Emer.
-      Vamos allá entonces.
Dexter empapó un puñado de algodón con alcohol y se lo echó en la diminuta herida. Annie se mordió el labio y cerró los ojos, aunque no gritó. Ella había pasado por cosas peores que un simple escozor. Emer fue el encargado de colocar una venda alrededor de la mano de la chica, tapando cada herida que se había hecho. Dexter observó al niño con ternura. A ambos. Parecían hermanos.
Cuando el chico acabó, Dexter se acuclilló junto a Annie, poniéndole una mano en la rodilla.
-      Ann, ve a la cama.
-      No.
-      Llevas dos noches sin dormir, ve.
-      No.
La chica se levantó y salió de la cocina, seguida de Emer, que salió corriendo tras ella gritando su nombre. Dexter se sentó en la silla que Annie había dejado desocupada, pasándose la mano sana por la cabeza. La otra seguía en un cabestrillo.
-      Necesita descansar – musitó.
-      Todos lo necesitamos – corrigió Margaret, acercándose al hombre -. Toma, es sopa. Bebe, te sentará bien.
Dexter sonrió como agradecimiento y le dio un sorbo.
-      Ese niño – continuó, agarrando el tazón con las manos -, ese niño es como un ángel para ella.
-      Lo es, en realidad.
-      ¿Lo sabes, no? Ella le ve en él. A Kit. Cada vez que le mira, vuelve a verlo.
Margaret se quedó rígida, apoyada en la encimera. Dexter dejó el tazón en la mesa y la miró, apretando la mandíbula.
-      Lo siento, yo… Lo siento.
-      No tienes nada que sentir – dijo Margaret, girándose -. Es cierto.
Dexter colocó la barbilla sobre las manos. Tenía un incesante dolor de cabeza desde el momento en el que había comenzado el Vasallaje. Un dolor que se había extendido al pecho cuando Mags había muerto. Un dolor que se había intensificado cuando la había visto arder.
-      No conocí a Kit, pero estoy seguro de que era un buen chico.
-      Un buen chico – interrumpió Margaret, mirándose las manos -. Otro niño que murió demasiado temprano.
Margaret fue hasta la mesa y tomó asiento junto a él, frotándose las manos en el delantal. Dexter tragó saliva, tironeando del puño de su jersey.
-      Yo solía disfrutar los Juegos. Y no sabes cómo lo siento, Marg…
-      No lo sientas. Os educan así. Os educan para amar a vuestros favoritos y llorar por ellos. Pero para nosotros, los Juegos son una pesadilla año tras año. Vivir con miedo.
Dexter la miró a los ojos. La mujer tenía los mismos ojos oscuros de Kit, bajo unas cejas canosas.
-      Nunca sabréis lo que significa para nosotros cumplir diecinueve años y saber que no nos quedan más cosechas. Entonces, tienes hijos y te das cuenta de que sí quedan más cosechas. Las suyas. Y vives con el miedo de verlos morir en esos estadios vuestros.
Margaret se quitó las lágrimas de la cara. Dexter extendió una mano sobre la mesa para cogerle una mano, que ella apretó con fuerza, agradeciéndoselo con los ojos.
-      Yo tuve dos hijos. Uno de ellos sí fue seleccionado, en su último año. Lo mataron al tercer día, sin ni siquiera conocer a su hijo, al que le quedaban apenas semanas para nacer.
Kit. Dexter levantó la cabeza, pero la anciana no lo miraba a él. Sus ojos estaban perdidos en el pasado.
-      Su madre murió en el parto y yo me convertí en su madre. Por eso, cuando lo seleccionaron, fue como revivirlo otra vez. Ese miedo que nunca, durante todos estos años, me ha dejado.
-      Margaret, lo siento. De verdad…
-      Y ahora está este niño – continuó, señalando la puerta -. Emer. Su hermano ya es lo suficientemente mayor como para no volver a vivir más cosechas, pero él… - Margaret se frotó los ojos -. Solo le quedan cuatro años. Solo nos quedan cuatro años para vivir sin miedo.
Dexter desvió la mirada hacia la puerta. Emer era nieto de Margaret, de eso estaba seguro. Por eso era parecido a Kit. Era el hijo del hijo de Margaret que no había ido a los Juegos. Dexter se giró para mirar a la anciana.
-      Y aún así, aunque tú hayas venido del Capitolio, nos comprendes. Nos comprendes porque los Juegos te están quitando una parte de ti, ¿verdad?
Margaret colocó una mano en la mejilla derecha del hombre, acariciándolo.
-      Eres de este distrito, Dexter. De esta familia.
El médico sintió una lágrima caer por su mejilla y se la quitó con el dedo, levantándose.
-      Debería ir a ver a Annie. No me gusta dejarla sola.
-      Ahora le llevo un caldo.
Dexter salió de la cocina y se dirigió al salón. Annie estaba tumbada en el sofá, con Emer a su lado acariciándole el dorso de la mano. El niño levantó la mirada hacia él y le sonrió. Dexter le devolvió la sonrisa y ocupó su lugar junto a Annie, sentándose en el suelo junto a su cabeza.
-      No ha vuelto a salir – susurró la chica, con los ojos fijos en la pantalla.
Dexter se giró. En ese momento, estaban mostrando a los profesionales, aunque quizá sería equivocado seguir llamándolos así. En ese Vasallaje, todos eran profesionales.
-      Dexter… ¿por qué no me odias?
El hombre se giró hacia ella con las cejas levantadas, extendiendo la mano para acariciarle el pelo.
-      ¿Por qué debería?
Annie se irguió, arrugando la nariz.
-      He visto cómo le miras. He visto cómo sufres por él, cómo lloras, cómo te rompiste cuando dijeron su nombre en la cosecha. Le amas.
Dexter detuvo la mano sobre la cabeza de Annie, que tenía los ojos verdes clavados en él. El hombre se apartó, bajando la mirada.
-      He robado tu tiempo. He permitido que te peguen y que te hagan daño. Has tenido que soportarme durante cinco años y amo al hombre que tú amas. ¿Por qué no me odias, Dex?
El médico se acercó a ella, con una media sonrisa en los labios, y estiró de nuevo la mano hacia su cabeza. Annie cerró los ojos en cuanto el hombre comenzó a acariciarle de nuevo el pelo.
-      He de admitir que lo único que buscaba cuando vine aquí era una recompensa. Quizá la satisfacción personal de haber curado a Mags, o de haberte sacado a ti de tu locura. Quizá la fama. Quizá el dinero que conseguiría si mi tratamiento salía bien.
Dexter se pasó la mano por el pelo, colocándose el cabestrillo. Annie abrió los ojos.
-      Sin embargo, os conocí a vosotros tres. A ti, a Mags, a Finnick. Y, por primera vez, sentí que no necesitaba más recompensa que la que vosotros, sin saberlo, me estabais dando.  
-      ¿Qué recompensa?
-      Una familia – respondió Dexter, acariciando la mejilla de la chica -. Por eso no te odio, Annie. No podría odiarte. A ninguno de vosotros. Por eso han merecido la pena todos estos años. Porque sois mi familia.
Annie se levantó del sofá y abrazó a su amigo con todas sus fuerzas. Dexter la acunó, sin saber exactamente quién sostenía a quien. Annie se separó de él, dándole un beso en la mejilla.
-      Él va a volver – respondió -. Y seguiremos siendo una familia.
Dexter sonrió.
-      Además, aún os queda una boda que celebrar.
-      A ti también.
Dexter la soltó, ahogando una carcajada.
-      No planeo casarme, Annie…
-      Me refiero a nuestra boda, Dex. Yo… yo te quiero allí, sea donde sea. Y estoy segura de que Finnick también.
El hombre la miró directamente a los ojos, a esos ojos verdes que parecían el mar en mitad de una tormenta, agitándose como si bailase. Annie titubeó.
-      Si a ti te parece bien…
Dexter rió, abrazándola de nuevo.
-      Por supuesto, Annie. Nada me haría más feliz que veros felices. Os lo merecéis tanto ambos…
En ese momento, la televisión volvió a enfocar a los aliados. Katniss y Finnick estaban en la jungla. Finnick enredaba en un árbol con un cuchillo, haciendo un agujero lo suficientemente grande para poder introducir un dedo. Katniss estaba junto a él, apoyada en el árbol y con la mirada clavada en el suelo. Dexter los miró con el ceño fruncido. Aún no acababa de entender la alianza que habían formado.
-      Katniss – dijo Finnick, extendiendo la mano mientras observaba el árbol -. ¿Tienes esa espita?
Dexter vio cómo Katniss rebuscaba en su cinturón. Y entonces, se escuchó un grito. Un grito estremecedor que hizo cambiar la cara de Katniss Everdeen en menos de un segundo. Annie se puso rígida. ¿Y si Peeta había decidido matar a Johanna? No, imposible. Dexter sabía que el hacha de Johanna era demasiado mortífera.
De repente, Katniss comenzó a correr, adentrándose en la jungla. Finnick recogió las armas y corrió tras ella, gritando su nombre. Las cámaras los perseguían a ambos, sin importar dónde se metiesen.
-      ¡Prim! – gritaba Katniss, desgarrando enredaderas con los dedos -. ¡Prim!
Entonces, las cámaras enfocaron a los pájaros. Charlajos. Dexter se llevó las manos a la boca. ¿Cómo habrían conseguido esos gritos? No se habrían atrevido a hacerle daño a la hermana de Katniss, todo el país la adoraba. Pero entonces, ¿cómo y por qué gritaba a través de esos pájaros que reproducían lo que escuchaban?
-      ¿Prim?
Un pájaro volvió a gritar en la pantalla, y Katniss apenas tardó un segundo en derribarlo con una flecha, ahogando el grito, y retorciéndole el cuello para asegurarse de que estaba muerto.
-      ¿Katniss?
Finnick apareció por la esquina de la pantalla, con el tridente delante del cuerpo. Dexter miró a Annie, que se mordía la manga del jersey.
-      No pasa nada, estoy bien – respondió Katniss, levantándose -. Me pareció oír a mi hermana, pero…
Un nuevo grito. Dexter se giró con alarma. Había oído ese mismo grito cientos de veces. Era demasiado familiar para él. Sin embargo, Annie estaba junto a él, con la boca abierta y las manos sobre la garganta mientras su grito se escuchaba en la pantalla. Dexter se llevó las manos a la boca. Se iba a convertir en su debilidad, capaz de volverlo loco.
La iban a usar contra Finnick.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Capítulo 68. 'Tic, tac'.

-      Pobre Finnick. ¿Es la primera vez en tu vida que no estás guapo?
Finnick abrió los ojos, frunciendo el ceño. Katniss estaba frente a él, con la cara llena de pomada verdosa.
-      Seguramente. La sensación me resulta completamente nueva. ¿Cómo has hecho tú para soportarlo tantos años?
Katniss hizo una mueca que se acercaba a una sonrisa. Finnick apretó la mandíbula para evitar sonreír frente a ella.
-      Solo tienes que evitar los espejos – contestó ella -. Al final se te olvidará.
-      No si sigo mirándote.
Finnick continuó frotándose la cara y los brazos. Sentía las costras como arena sobre la piel, pero era reconfortante eliminar el dolor. Todo el dolor.
Aunque eso era imposible.
Intentaba olvidarse de Mags, de ese último momento, pero le era imposible. Ni siquiera haber sido atacados por mutos apenas unas horas antes era suficiente para hacerle concentrarse en la Arena y los Juegos. No podía dejar atrás la imagen de verla caminar hacia la niebla. Se repetía en su cabeza una y otra vez. ¿Había sido así cuando Annie había visto morir a Kit? ¿La imagen de su cabeza una y otra vez? ¿Estaría enfermando él también?
-      ¿Necesitas que alguien te frote la espalda, chica en llamas?
Katniss se giró, con la cremallera del traje a medio bajar y una ceja levantada.
-      ¿Cuánta gente querrá arrancarme la piel por el privilegio?
Finnick sonrió y se acercó a la chica con el bote en las manos. Mientras extendía la pomada por la espalda de Katniss, llena de costras blanquecinas, se preguntó cuántas cicatrices escondía su piel limada por los médicos del Capitolio.
-      Voy a despertar a Peeta – sugirió Katniss, una vez que ambos se habían dado suficiente pomada.
-      No, espera – interrumpió Finnick -, vamos a hacerlo juntos. Los dos delante de su cara.
Katniss le dedicó una media sonrisa y se levantaron. Si no aprovechaban los pocos minutos de tranquilidad que tenían para divertirse y aislarse de la vida real, ¿qué les quedaba?
-      Peeta, Peeta – llamó Katniss, acercándose a su oído -, despierta.
Peeta comenzó a abrir los ojos. Finnick se acercó un poco más a él, entrecerrando los suyos. De repente, Peeta abrió los ojos del todo y saltó hacia atrás, alejándose hacia las armas, gritando.
Katniss fue la primera en empezar a reírse, y la cara de indignación de Peeta fue bastante para que Finnick la siguiese. Cayeron sobre la arena, sujetándose el estómago sin dejar de reírse.
Eran aliados. Podría incluso atreverse a decir que estaban en el borde para llegar a ser amigos. Por poco tiempo, pensó él, y la sonrisa se le congeló en el rostro.
Entonces, cayó del cielo un paracaídas. Finnick abrió la caja de metal, encontrándose con media docena de panecillos de color verdoso. El chico cogió uno, dándole vueltas entre los dedos, acariciando la corteza caliente.
“¿Ves, Finnick? Así es cómo se hace”.
Mags colocó el pan en la bandeja junto al resto, limpiándose las manos llenas de harina en el delantal.
“¿Cómo sabes hacerlo?”, preguntó el joven Finnick, pasándose una mano por el pelo.
“Bueno, digamos que he tenido muchos años para aprender muchas cosas. Y nunca sabes cuándo te vas a quedar sin pan, ¿verdad?”.
Finnick asintió. Nunca se había sentido más vulnerable que la primera noche en la Arena, cuando no había comido nada en todo el día. Entonces recibió un paracaídas lleno de panecillos, cortesía de su distrito. Nunca se había sentido más agradecido tampoco.
“¿Crees que podrías enseñarme?”, preguntó, acercándose a la mesa.
Mags rió.
“Por supuesto que no. No tienes la paciencia necesaria, harías bolas deformes de harina en lugar de pan”.
Finnick sonrió. Mags tenía razón, como siempre. Él era pescador, no panadero.
“Irá bien con el marisco”, sugirió la anciana. “Ve a pescar algo”.
-      Irá bien con el marisco – susurró, dejando el panecillo en la caja de nuevo.
Por suerte, había pescado suficiente esa mañana, por lo que se sentó a pelar todo lo que había pescado. Como Mags le había dicho años atrás, era una combinación deliciosa, una comida impensable para unos Juegos del Hambre.
Finnick fue el primero en acabar, quizá por el hambre o quizá porque todo le recordaba a Mags y era demasiado doloroso. Se acercó a la playa y comenzó a lavarse las manos. Entonces, la parte de la selva que se encontraba frente a ellos comenzó a agitarse y una enorme ola golpeó contra la Cornucopia, deteniéndose como la niebla lo había hecho. Parecía como si todo siguiese una especie de orden. Empezar aquí, parar ahí. Un bucle. El agua agitada llegó hasta la playa donde se encontraban, arrasando con todo aquello que no pudieron coger a tiempo. Un aerodeslizador apareció en el cielo, llevándose un cuerpo de otro tributo caído apenas segundos después del cañonazo. Doce. Finnick se acarició la muñeca, rozando el metal de la pulsera con las manos y miró a Katniss. Sin embargo, la chica tenía la mirada clavada en algún punto a su derecha, con el ceño fruncido y la mano a medio camino del carcaj.
-      Ahí – señaló.
Finnick entrecerró los ojos, fijando su mirada en tres figuras que avanzaban por la Arena. Una de ellas llevaba la delantera, arrastrando a otra que parecía estar muriéndose. La tercera caminaba tras ellos, haciendo aspavientos con las manos.
-      ¿Quiénes son? – preguntó Peeta, dando un paso al frente -. ¿O son mutaciones?
No, no eran mutaciones. Eran tributos. La cuestión era si aliados o no.
Entonces, la figura que estaba siendo arrastrada cayó al suelo, inconsciente, tendida sobre la Arena. La que lo llevaba comenzó a dar patadas al suelo, levantando arena por todos lados. La tercera persona se acercó a ella, recibiendo un empujón.
No cabía duda.
-      ¡Johanna!
Salió corriendo. Por fin. Necesitaba una cara amiga, alguien de la que no tuviese que cuestionarse su confianza. Katniss y Peeta lo habían aceptado como aliado, estaba claro, pero eran los Juegos del Hambre. Los aliados solo son amigos hasta que llega el momento, y, aunque Finnick estuviese dispuesto a morir por Katniss, por Panem, ella no era consciente de eso. Y tampoco Peeta.
Llegó hasta Johanna y la envolvió en un abrazo. La chica apoyó la cabeza en su hombro, suspirando. Estaba cubierta de sangre de los pies a la cabeza, como si se hubiese bañado en ella. Finnick la estrechó con fuerza.
-      ¿Estás bien? – susurró el chico.
Johanna asintió, apartándose de él.
-      Es una locura, Finnick – comenzó -. Ahí dentro. Es una tortura constante. No hay descanso, no hay seguridad. En ningún sitio.
-      Lo sé, Jo.
-      ¿Qué te ha pasado a ti? ¿Con qué te has encontrado?
-      Niebla venenosa y mutos. ¿Tú?
-      Sangre. Montones de sangre. Creíamos que era lluvia, por los relámpagos, y teníamos mucha sed, pero cuando empezó a caer, resultó ser sangre. Sangre caliente y espesa. No se podía ver, ni hablar sin llenarte la boca. Estuvimos dando tumbos por ahí, intentando salir. Entonces Blight se dio contra el campo de fuerza.
Finnick bajó la cabeza. No quiero ser un héroe ni un mártir. Pero si me aseguráis que mi mujer va a estar a salvo y me prometéis una vida mejor para ella, yo estoy dentro. Blight había sido el primero en unirse a la alianza. Miró a Johanna, mordiéndose el labio.
-      Lo siento, Johanna.
-      Sí, bueno, no era gran cosa, pero era de casa – Finnick sabía que, en parte, simplemente fingía. Simplemente intentaba esconder la pena por la pérdida, por muy tenue que esta fuese, bajo esa máscara suya -. Y me dejó sola con estos dos. Le clavaron un cuchillo en la espalda en la Cornucopia – comentó, golpeando levemente a Beetee con el pie -. Y ella…
Majara continuaba dando tumbos por la Arena, susurrando ‘tic, tac’ una y otra vez. Finnick desvió la mirada de nuevo hacia su amiga.
-      Sí, lo sabemos, tic, tac. Majara ha sufrido una conmoción. Quédate quieta, ¿quieres? – ordenó Johanna, empujando a Wiress.
Entonces, Katniss dio un paso al frente, agarrando a Wiress del brazo.
-      Déjala en paz.
Johanna la miró con odio, avanzando hacia ellos. Finnick ni siquiera se lo esperaba hasta que escuchó la mano de Johanna estallar contra la mejilla de la chica en llamas.
-      ¿Qué la deje en paz? ¿Quién te crees que los sacó de esa puñetera jungla por ti? Serás…
Finnick reaccionó, cogiéndola por la cintura y arrastrándola hasta el mar. Johanna no dejó de retorcerse, gritando palabrotas a la chica, que seguía en la arena con la mano en la mejilla, mirando a Peeta. Finnick metió la cabeza de Johanna en el agua, ahogando sus protestas.
-      ¡Suéltame! ¡Voy a enseñarle más modales a esa puta niñata que nadie que…! – Finnick la sumergió de nuevo -. ¡Me dice que la deje en paz, como si no hubiese medio muerto por salvarlos! ¡Desagradecida de mier…! – Otra vez -. ¡Suéltame, Odair, antes de que te dé una patada en los hue…! – Y otra -. ¡SUÉLTAME YA!
Finnick le sujetó la cabeza, casi sin apenas sangre.
-      ¿Te vas a tranquilizar y continuar con la alianza o no?
Johanna le miró con rencor, pasándose una mano por el pelo empapado. Sin embargo, asintió y regresó a la arena, limpiándose los escasos restos de sangre que le quedaban. Finnick la siguió.
-      Entonces, ¿qué ha sido eso de la niebla? – comenzó Johanna, acabando una rebanada de pan con marisco.
Finnick tragó saliva antes de empezar.
-      Ya sabes. Blanca, espeluznante y venenosa. No era mucho más. Te alcanzaba por mucho que corrieses – Mags sonriendo y caminando hacia la niebla. El cañonazo -. Ampollas y espasmos si te rozaba. Otro juego.
Johanna asintió. Finnick sabía que ella se había dado cuenta, era demasiado lista. Apretó la mandíbula y se levantó.
-      Yo hago la primera guardia – dijo, ofreciéndose.
-      No, yo la haré – dijo Katniss -. Tú la hiciste anoche, es mi turno.
-      Todo lo que he visto hoy me ha quitado el sueño. Yo me quedo también - Johanna se sentó junto a Katniss, con el hacha en la manos.
Finnick asintió, tumbándose alejado del resto. Consiguió dormir a ratos, aferrando su tridente, pero las imágenes se sucedían en su cabeza una y otra vez. Mags muriendo. Él, asesinando a todos sus amigos, a todos sus aliados, a Johanna Mason. Saliendo de la Arena, proclamándose vencedor, volviendo con Annie. Cuando despertó por quinta vez, sudoroso y temblando, se encontró con Johanna frente a él, mirándolo con los ojos muy abiertos.
-      Finnick…
-      Dos cosas – interrumpió él, con la voz ronca -. Primera: ni se te ocurra decir algo con tono de lástima. Segunda: me alegro de verte con vida, Mason.
Johanna frunció el ceño. Finnick cerró los ojos un segundo, pasándose una mano por la cara para apartarse el sudor.
-      Bien – susurró Johanna a su lado -. ¿Qué tal con ellos?
El chico inspiró con fuerza.
-      Creo que no confían en mí. Aún.
Johanna miró a Katniss, que continuaba junto a Wiress, tumbada con la cabeza en su regazo. Finnick cerró los ojos, recordando sus pesadillas. Su tridente enterrándose en el pecho de Johanna, abriéndole una sonrisa roja a Katniss en el cuello.
-      No creo que pueda seguir con esto – dijo, tumbándose de espaldas.
-      ¿Con la alianza?
-      No. Con todo esto – añadió, abarcando la Arena con los brazos -. No es como la primera vez. Era un crío y no tenía nada por lo que luchar. Pero ahora lo tengo y… quiero vivir, Jo.
-      Como tod…
-      El problema – continuó -, el problema es que me he imaginado matándoos para salir de aquí. Matándote.
Johanna apretó la mandíbula. Miró a su alrededor, extendiendo la mano para acariciarle el pelo.
-      Está bien, Finn. Tranquilo. Lo raro sería que no lo hubieses pensado. Todos queremos vivir, incluso yo, aunque no tenga nada por lo que seguir luchando.
Finnick pensó en cómo había perdido Johanna todo cuanto había querido. Su familia nunca había sido importante para ella, que había sido maltratada casi desde que era niña. Pero recordaba a Nell, a quien el Capitolio había asesinado. Y Johanna también lo recordaba.
-      Jo…
-      Creía que habíamos quedado en nada de tonos de lástima, ¿verdad? – El chico asintió -. Finnick, podemos hacerlo.
-      ¿Matarnos los unos a los otros? – musitó él, y la imagen de su tridente sobre el pecho de Peeta volvió a aparecerse en su cabeza.
Johanna le golpeó suavemente en la cabeza con los nudillos.
-      No, descerebrado. Sobrevivir. Somos los miembros más fuertes del Capitolio. Ya vencimos una vez. Todos y cada uno de nosotros. No pueden vencernos desde una sala de control, ya lo hemos demostrado. No… No van a vencerme así.
Finnick se irguió, mirando directamente a los ojos de su amiga.
-      Si voy a morir – continuó ella –, si muero, quiero ver la cara de mi asesino. De mi verdadero asesino. Del verdadero enemigo.
El chico arrugó el ceño, cogiendo la mano de su amiga. Habían acordado entre todos morir para salvar al sinsajo, la imagen de la rebelión, pero ¿de verdad esa era la única opción? Finnick pensó en Katniss sacando esas bayas el año anterior. Negándose a ser controlada.
-      Johanna.
-      Fi…
-      Levantaos.
Finnick levantó la cabeza, seguido de Johanna y Peeta, a quien Katniss sacudía con frenesí. El chico se irguió, con el cuchillo en la mano.
-      Levantaos, tenemos que largarnos.
-      ¿Qué está pasando? – inquirió Peeta, mirando a su alrededor con el puño cerrado en torno al cuchillo.
-      ¿Katniss? – inquirió Finnick, con el tridente en posición defensiva.
Katniss miró a Wiress, que daba vueltas en la arena. ‘Tic, tac, tic tac’. Finnick levantó las  cejas.
-      Eh, descerebrada – Johanna golpeó con suavidad el hombro de Katniss, llamando su atención - ¿Qué pasa?
La chica sonrió, abarcando el estadio con los brazos.
-      Tic, tac.
-      Oh, dios mío. La locura de Majara es pegajosa – gruñó Johanna, apartándose -. Tú también no.
Finnick levantó una ceja, acercándose al mismo tiempo que Peeta. El chico le rozó el brazo con los dedos, obligándola a mirarlo.
-      ¿Katniss?
-      Tic, tac. La arena es un reloj.